Ayer disfruté de una de esas experiencias que no por ser repetidas dejan de producirme una sensación de trascendencia. Y es que cada vez que presencio una buena representación de la obra de Carl Orff Carmina Burana, dejo de pensar en mis preocupaciones cotidianas y siento que formo parte de algo más grande, es la experiencia de salir, por unos instantes, de los límites habituales del yo. No escucho únicamente con el oído. La música la  siento también en el cuerpo, en la respiración, en el pulso, en la tensión muscular. en determinados pasajes, siento que la música me envuelve físicamente. Desde las primeras notas, cantadas a mi lado, a dos metros de mi butaca, por un coro que muy despacio va bajando las gradas hasta formarse en el escenario, dominado por los instrumentos de percusión: “O Fortuna, velut Luna, status variabilis. Semper crescis, aut decrescis; via detestabilis…” El coro monumental y la poderosa percusión, despierta asombro, entusiasmo, escalofríos y una sensación de nergía que recorre todo el cuerpo.

 En 1803, en el monasterio de Benediktbeuern, en Baviera, se descubrió un manuscrito medieval que contenía una colección de poemas y canciones. El conjunto se publicó en 1847 bajo el título latino Carmina Burana, que significa aproximadamente «canciones de Beuern», por el nombre del monasterio. Los textos datan principalmente de los siglos XI al XIII y están escritos sobre todo en latín medieval, aunque también incluyen composiciones en alemán medieval y francés antiguo.

Sus autores eran, en buena parte, clérigos, estudiantes y poetas itinerantes vinculados al mundo universitario y eclesiástico de la Europa medieval. Muchos de estos poemas cuestionaban, con humor, ironía o irreverencia, los valores establecidos. Sus temas son sorprendentemente actuales: la fortuna que cambia sin avisar, la corrupción, el vino, el amor, el deseo sexual, la llegada de la primavera y el disfrute de la vida.

El autor de la obra, el compositor alemán Carl Orff, encontró un ejemplar de la colección medieval en un catálogo de libros antiguos. Quedó tan prendado de las imágenes y las palabras de los poemas que, inmediatamente se puso a componer el coro de O Fortuna. Con la ayuda de Michel Hofmann, un bibliotecario especiaista en literatura clásica, la obra quedó lista en 1936, el año de la olimpiada de Berlín, y se estrenó en la Ópera de Fráncfort el 8 de junio de 1937. Yo, que acabo de ver las ultrimas entregas de Babilón Berlín, me imagino la acogida de aquel público ante esta obra.  

Bueno, pues, curiosamente Carmina Burana y su historia como obra coral, de un pergamento medieval a la escena, me lleva a un papiro mucho más antiguo que también tiene que ver con la belleza, el amor y la vida. 

Hoy leo en el periódico un artículo, que lleva varios días editándose en varios medios, sobre los factores que hacen envejecer la piel. Leo que, para comprender cómo y por qué envejece la piel, hay que tener en cuenta factores internos y externos, explica Andrea Heinz, profesora asociada de Farmacia en la Universidad de Copenhague. Ella explica que los factores internos están determinados por la genética y la edad, y son difíciles de modificar. Dos componentes fundamentales de la piel son el colágeno, que le proporciona firmeza, y la elastina, que le aporta elasticidad. Con el paso de los años, la producción de colágeno y elastina disminuye de forma natural y la renovación celular se ralentiza. Como consecuencia, la piel se vuelve más fina, al tiempo que disminuyen la grasa facial y la masa ósea 

Los factores externos tienen que ver con elementos ajenos al organismo que, en gran medida, podemos controlar nosotros mismos, como el sol, el tabaco, el alcohol y la contaminación atmosférica. Estos factores son responsables de la mayor parte del envejecimiento visible, afirma Andrea Heinz.

Cuando el periódico Dagens Nyheter pregunta a Andrea Heinz y a Olle Lärkö, dermatólogo y profesor emérito de Dermatología de la Academia Sahlgrenska de la Universidad de Gotemburgo, qué factores influyen más en el envejecimiento de la piel, ambos coinciden: el sol y el tabaco, porque descomponen el colágeno y la elastina, lo que provoca que la piel se vuelva más fina, seca y menos elástica, con arrugas y una pigmentación irregular, explica Andrea Heinz.

¿Quién no ha deseado alguna vez detener el paso del tiempo, borrar una arruga que acaba de aparecer o recuperar el color de una cabellera que comienza a encanecer? Hoy acudimos a las carísimas cremas antiarrugas, los tintes capilares y los tratamientos cosméticos. Este deseo no es una invención de nuestra época. Desde hace miles de años, la humanidad ha buscado fórmulas capaces de conservar la juventud, o al menos de disimular sus señales más visibles.Porque, si es algo que los humanos idolatramos, es la juventud. La octava estrofa de Carmina Burana dice: “Chramer, gip die varwe mir, die min wengel roete, damit ich die jungen man an ir dark der minnenliebe noete. (Mercader, dame el color que enrojece mis mejillas, para que los jóvenes las vean y se llenen de amor).

Mucho antes de que existieran los laboratorios cosméticos modernos, médicos, curanderos, perfumistas y autores de recetarios preparaban aceites, bálsamos, ungüentos y emplastos destinados a embellecer el rostro, suavizar la piel, combatir las arrugas y ocultar las canas. Algunas de estas recetas han llegado hasta nosotros gracias a antiguos papiros y manuscritos, como por ejemplo esta: https://content.www.wellcomecollection.org/works/j4qjn7na  que es la transliteración de los jeroglíficos encontrados en un fragmento de papiro que contiene una receta para un ungüento destinado a eliminar las arrugas y, de este modo, transformar a un anciano en un joven.

Publicado en: Breasted, James Henry, El papiro quirúrgico de Edwin Smith: publicado en facsímil y transliteración jeroglífica, Chicago, Illinois: University of Chicago Press, 1930..

La receta es fascinante precisamente por eso: hace unos 3.500 años, alguien dejó por escrito un procedimiento cosmético complejo con la promesa de eliminar los signos visibles de la edad. No demuestra que funcionara, pero sí documenta hasta qué punto era antigua la aspiración de recuperar una apariencia juvenil. Lo encontramos en el Papiro de Edwin Smith · Columnas XXI, 9–XXII, 10 · aproximadamente 1550 a. C.

El ingrediente principal es una gran cantidad de un fruto llamado hemayet, almendra amarga, equivalente a unos dos khar, una antigua unidad de capacidad de unos 76,8 litros..

Primera fase: preparación del fruto

  1. Machacar el fruto y dejarlo secar al sol.
  2. Una vez seco, trillarlo como el grano y aventarlo para separar sus partes.
  3. Tamizar y medir el material obtenido.
  4. Dividirlo en dos partes y tratar ambas mediante el procedimiento descrito en el texto.

Segunda fase: cocción y purificación

  1. Mezclar una de las partes con agua hasta formar una masa blanda.
  2. Cocerla en una olla, dejando que hierva hasta evaporar el líquido y obtener un producto seco.
  3. Dejarlo enfriar y lavarlo repetidamente en un recipiente con agua, hasta que desaparezca el amargor.
  4. Extenderlo al sol sobre una tela y, una vez seco, molerlo sobre una piedra.
  5. Repetir el tratamiento indicado para la otra parte y continuar con la elaboración de la pasta.

El texto describe una segunda cocción para extraer la fracción oleosa de la masa. El material se recoge, se trabaja hasta obtener una consistencia espesa, se coloca en un recipiente y se cubre con lino. Finalmente, se guarda en un vaso de piedra valiosa.

Aplicar el preparado sobre la persona. El texto le atribuye la eliminación de las arrugas de la cara y afirma que, aplicado sobre el cuerpo, embellece la piel y elimina manchas, deformaciones, signos de envejecimiento e inflamaciones cutáneas. La fórmula concluye con una expresión enfática equivalente a «eficaz un millón de veces». https://sngg.es/wp-content/uploads/2024/10/Cuadernos_26.pdf Cuadernos gerontológicos.

Lo más sorprendente es que no siempre se trataba de simples productos de belleza. En muchas épocas, la cosmética y la medicina compartían ingredientes, utensilios y conocimientos, hasta el punto de que cuidar la apariencia podía considerarse también una forma de cuidar la salud.

Entre los preparados destinados al rostro se describe una mezcla de incienso, cera, aceite de oliva y una planta identificada habitualmente como cipero o Cyperus, de la familia de la chufa, combinada con leche fresca. El objetivo era combatir las arrugas. También empleaban aceites y sustancias grasas para proteger el cuerpo de la sequedad. Las canas tampoco escapaban a su atención. Los papiros conservan recetas destinadas a eliminarlas o prevenir su aparición.

Aquellos remedios nos revelan que la preocupación por las señales visibles del envejecimiento es muy anterior a la cosmética moderna. Las arrugas, las canas y la pérdida de la juventud ya constituían motivos suficientes para buscar soluciones, experimentar con ingredientes y transmitir recetas.

Muchos siglos después, en la Europa medieval, encontramos una expresión de esa misma inquietud en Carmina Burana, la célebre colección de poemas y canciones conservada en un manuscrito del siglo XIII. Sus textos abordan el amor, el placer, el vino, la fortuna, la primavera y la fugacidad de la vida. En ellos aparece repetidamente la conciencia de que la juventud es un bien precioso precisamente porque no dura para siempre.

Uno de los ejemplos más conocidos es Veris leta facies, un canto a la llegada de la primavera. La naturaleza despierta, los campos florecen y el mundo parece recuperar su vigor. La primavera funciona así como una imagen de renovación: aquello que parecía agotado vuelve a cobrar vida y nos ofrece una imagen poética de la regeneración que contrasta con el envejecimiento humano.

Otro texto célebre de la colección, el que abre la introducción, O Fortuna, presenta la existencia como una realidad sometida a los vaivenes del destino. La rueda de la fortuna eleva y derriba, concede prosperidad y la arrebata. La condición humana aparece marcada por una inestabilidad que el individuo no puede controlar por completo.

Entre ambos testimonios existe, creo yo, una conexión temática, aunque no una relación histórica directa. El papiro egipcio intenta actuar materialmente sobre el cuerpo y busca borrar las arrugas mediante una preparación cosmética. Los poemas medievales, expresan mediante imágenes de la primavera, el amor y la fortuna la conciencia de que la juventud y la plenitud son estados pasajeros.

En el antiguo Egipto, el deseo de rejuvenecer se convierte en una fórmula que puede prepararse y aplicarse sobre la piel. En la poesía medieval, la renovación se manifiesta en la naturaleza que renace y en la celebración de la vida antes de que el tiempo la transforme.

Separados por más de tres milenios y por culturas muy diferentes, ambos testimonios me permiten formular una pregunta que continúa vigente: ¿qué hacemos los seres humanos cuando descubrimos que la juventud no es permanente?

Unos buscan aceites, ungüentos y pomadas; otros cantan a la primavera, al amor y a los placeres que ofrece el presente. Cambian los medios y las formas de expresión, pero permanece una misma conciencia de la fragilidad de la belleza y del deseo de conservarla. Además, dejé de fumar hace más de treinta años.