Me gusta pasear, ya lo sabéis, pero no siempre voy a pie. Algunas veces saco mi bicicleta roja y alargo mi alcance en muchos kilómetros. Sentado en el sillín, con el manillar en mis manos y con mis pies pedaleando alegremente, disfruto del paisaje y contemplo el ir y venir de la ciudad. En mi bicicleta me siento a veces, no os riais por favor, invisible, como si pudiera fundirme en el ambiente de las calles. Sinceramente, creo que uno de los inventos más geniales del hombre ha sido justamente la bicicleta. El invento ya tiene más de 200 años y su inventor, el barón Karl Drais, se sorprendería del éxito de su “draisiana” que el ideó, medio en serio, medio en broma, en su ciudad natal de Karlsruhe en 1817. En realidad, el buscaba aumentar la velocidad del que corría y la primera bicicleta era simplemente una maquina de correr, sin pedales, que alargaba el trayecto de la zancada.
Aunque a mediados de 1860 se introdujeron los pedales en las ruedas delanteras, la bicicleta, como la conocemos hoy, no empezó a usarse en serio como medio de transporte hasta que el inglés John Kemp Starley inventó lo que el llamó “la bicicleta de seguridad” 1885, que él bautizó como “Rover” (vagabundo), fundando así una marca que aún perdura y que ha sido utilizada para diferentes vehículos. Esta bicicleta tenía una cadena y un sistema de tracción trasera similar al que se usa en las bicicletas modernas. Fue la precursora de las bicicletas tal como las conocemos hoy en día. Faltaba solo un pequeño gran invento, el de John Boyd Dunlop, veterinario irlandés que tuvo la idea de construir unos neumáticos para el triciclo de su hijo en 1888. En 1899 se vendieron ya más de un millón de bicicletas en Estados Unidos.
Este sencillo invento revolucionó el transporte de personas y fue algo que se implemento rápidamente, de forma parecida a la implantación de los teléfonos inteligentes. El secreto estaba en que era algo que casi todo el mundo podía costearse. Aquí en Lund, siempre con problemas para acoger a una creciente población, por la escasez de viviendas, permitió la expansión de las industria, pues muchos trabajadores podían acceder a sus trabajos en la ciudad desde sus viviendas en los pueblos adyacentes gracias a la bicicleta. El que por primera vez visita Lund advierte que es una ciudad donde las bicicletas mandan. El tráfico está pensado para ofrecer la mayor movilidad posible a las bicicletas, en detrimento de otros traficantes. Todo empezó a finales del siglo XIX, cuando Wilhelm Hedemann-Gade se mudó desde Malmö a Lund en 1881. El traía consigo su afición por los deportes, que él contagió a muchos en su nueva ciudad. Principalmente el ciclismo y el patinaje, eran los deportes que le gustaba practicar. Se hacía llamar mayorista, tenía una agencia para las compañías de seguros Skandia y Fylgia e importaba bicicletas y neumáticos ingleses. Durante diez años a partir de 1895 participó como político en la dirección del ayuntamiento de Lund, dirigiendo la administración y señalización, la iluminación, limpieza etc. de calles. Y también he sido miembro del consejo técnico de la ciudad, todo hay que decirlo, y sé que queda mucho de su forma de pensar en la actual política de trafico de la ciudad.
Hedemann-Gade fue el primero que tuvo una bicicleta en Lund. Su primera bicicleta era el llamado velocípedo con una rueda delantera grande y una rueda trasera mínima. En 1887, Wilhelm Hedemann-Gade fundó el club ciclista de Lund. También fundó el club de patinaje de Lund. Estos deportes se practicaban en el que todavía es el campo deportivo central de Lund en Trollebergsvägen. Si nos fijamos en el trazado de este estadio, constataremos que en su día fue construido como velódromo. El estadio de Lund es el campo deportivo más antiguo de Suecia que todavía está en uso. Hoy en día allí no se anda en bicicleta ni se patina, pero se corre y salta en lo que al menos los residentes de cierta edad de Lund llaman todavía “Centrala idrottsplatsen”.
Pero el pedalear no se hizo popular hasta que un verdadero “tredsetter” de la época, el farmacéutico Fredrik Montelin, apareció en una foto montado en una bicicleta. Rápidamente el interés por la bicicleta se disparó y con el tiempo fue calando desde los más pudientes hasta las clases medias y finalmente hasta los trabajadores. Con el tiempo, las mujeres también conquistaron la bicicleta y hoy constituyen una mayoría en el ciclismo de Lund. La bicicleta conquistó Lund y hoy reina en la ciudad. Todos, desde el alcalde hasta el pequeño de cinco años camino del colegio, van en bicicleta y no se dejan asustar por las inclemencias del tiempo; haga frío, calor, llueva o nieve, el vecino de Lund va a su trabajo, a su escuela o a su ocio en bicicleta. Hoy me fui a Södra Sandby, a nueve kilómetros del centro, y seguí hasta el bosque de Skrylle, y desde allí, pasando por Dalby, regresé a casa con viento en popa. Una foto del archivo de la ciudad que muestra la familia de Hedemann-Gadecon sus bicicletas y otra de mi bicicleta en Södra Sandby, camino de Lund.
Al pasear por la ciudad encontramos edificios que nos recuerdan momentos importantes de nuestra vida. Al pasar por el hospital universitario, mis ojos van, casi sin proponérmelo, hacia la puerta de la clínica maternal. Me vienen, mirando su puerta, los recuerdos de nuestra azarosa entrada, mi compañera y yo, ella a punto de dar a luz, yo a punto de explotar, cargado de esperanzas y de presagios. También recuerdo la salida con nuestro hijo en su carrito, radiantes de felicidad. Por otra puerta, en el mismo edificio, entramos con la abuelita, pero ella ya no pudo celebrar su salida. Las puertas del hospital son solemnes, infunden respeto.
Hay portales en los que he entrado lleno de sentimientos encontrados; ilusión, desasosiego, pánico, incertidumbre. De esos mismos portales he salido a veces aliviado, a veces confuso, no pocas veces empequeñecido, raras veces triunfante y siempre aliviado. Portales de instituciones docentes en las que he pasado gran parte de mi vida.
Hay puertas por las que yo sé han pasado personajes muy conocidos; artistas, escritores, académicos famosos, políticos y malhechores. De ellos sabemos algo y con ello construimos una historia, en la que creemos poder recrear sus reacciones y sentimientos. Es, claro está, pura ficción, pero no puedo dejar de pensar que puedo vivirlo como si yo hubiese sido testigo, es parte de la fascinación de mis paseos.
Las verjas, las viejas verjas férreas que separan la calle de pequeños paraísos terrenales como el Jardín Botánico o las que enmarcan el lugar de reposo de aquellos que entraron y nunca más salieron de allí. Verjas que llevan el sello del yunque y el martillo, los golpes y el calor de la forja como recuerdo. Cuidando la tumba de mi suegro se nos fue el santo al cielo y quedamos encerrados dentro del cementerio. El coche quedó allí, hasta el día siguiente. Nosotros saltamos y, si alguien nos hubiera visto encaramados sobre la verja, quizás creería que eran dos almas en pena que querían regresar a sus casas.
Las puertas de la ciudad, existentes ya solo en el nombre del lugar de su ubicación, La Puerta Sur o Aduana Sur, por la que se salía hacia Malmö. La Puerta Norte o Aduana Norte, por la que se emprendía el camino hacia Landskrona, Helsingborg y más allá,a la lejana Vä, cerca de Kristianstad, camino de la vecina Suecia. La Puerta Oeste o Aduana Oeste, que salía del monasterio de Santa María y San Pedro, que aún conservamos. Finalmente, la Puerta del Este o de San Martín, que se abría al camino de Dalby. Es curioso como esas ahora inexistentes puertas de entrada y salida de la ciudad siguen vivas en las conversaciones cotidianas, confundiendo a los viajeros y nuevos estudiantes, que infructuosamente las buscan por la ciudad. Lo único que pueden encontrar es un letrero metálico con una imagen de la ciudad rodeada de su palizada con las puertas marcadas y el nombre de la que antaño se encontraba en aquel lugar.
Lund es una ciudad muy de puertas adentro. Hay vida tras los portones, en los patios antiguos. Una vida secreta, oculta al caminante que pasea calle arriba, calle abajo, mirando sus puertas. A veces me recuerdan un poco las calles de Marrakech, aunque aquí no son solo las mujeres las que se esconden tras los muros que dan a la calle. Yo sigo mi camino y al llegar a mi puerta, entro y descanso hasta mañana, que pienso dar otro paseo.
Este lunes pasado tuve la oportunidad de conversar con el director de planificación urbana de Lund, Hans Juhlin. Un joven muy bien formado y lleno de proyectos para mejorar nuestra ciudad. Lund es una ciudad adorable, pero, como toda ciudad, mejorable. El viajero que llega a nuestra ciudad se encuentra con un muestrario de estilos arquitectónicos que reflejan lo que en su día fueron proyectos urbanos que seguían las tendencias del momento. El estilo románico tardío de la catedral se junta con el gótico nórdico de los edificios La iglesia del claustro de San Pedro (XIV) y Liberiet (XIV), las casas particulares Krognos (XV) y Stäket (XVI). El renacimiento francés y el neoclasicismo convive con el neogótico y el modernismo en los edificios del siglo XIX. A veces, el mismo arquitecto era el que creaba en diferentes estilos, como si la ambición hubiese sido hacer un pastiche de épocas o un decorado teatral. Los años 20 a 50 del siglo XX están representados por construcciones funcionalistas, sobre todo del “Funkis” sueco. En los años 60 y 70 del pasado siglo se construyeron una gran cantidad de edificios que hoy se consideran en su mayoría como francamente prescindibles.
Para Hans Juhlin la ciudad debe estar concentrada en torno a espacios que potencien la calidad de vida desde la sostenibilidad. Marcados en los pasados decenios por la era automovilística, , estamos ante una ciudad con “mellas” urbanísticas, espacios vacíos y destartalados que se emplean como aparcamiento de coches. Plazas enteras, como Mårtenstorget, inundadas por cientos de coches aparcados. En la visión del joven director, desaparecerán los coches en espacios subterráneos o a las afueras de la ciudad, cuyo centro será preferentemente peatonal. Yo estoy impaciente por moverme en esos nuevos espacios, abiertos para los ciudadanos, pero protegidos de la intemperie, como es lógico en nuestro clima.
Bueno pues, en el paseo de hoy, he pasado por la tumba de un hombre que como muy pocos han dejado su huella en nuestra ciudad, Carl Georg Brunius. Su tumba, casi un programa, está marcada por una gran cruz solar, una cruz dentro de un círculo, que es un símbolo común en artefactos de la Europa prehistórica, en particular durante el período Neolítico hasta la Edad de Bronce de Europa. También puedo leer perfectamente esta leyenda: Qui quondam fuit hic opifex, Græcæque Professor Linguæ. Romanus quique poeta fuit. Et cui firma manent monumenta per oppida perque Rura ædes iacet hoc BRUNIUS in tumulo MDCCLXXXXII – MDCCCLXIX” (Aquí yace el que fue catedrático de griego y poeta romano (en latín) y dejó firmes monumentos por todos los pueblos de alrededor. 1792-1869. He aquí, concentrado en una tumba, toda la vida y obra de un hombre singular.
Carl Geor Brunius nació en 1792 en Tanum, en Bohuslän, uno de los territorios que Suecia arrebató a Dinamarca en 1658, por tanto era lógico que eligiese Lund para sus estudios universitarios, que comenzó en 1803, por tanto conoció y tuvo mucho en común con Tegnér, Agardh y Ling. En 1814, era ya docente en griego y profesor asistente también en retórica y poesía romanas. En 1824 sucedió a Esaias Tegnér como catedrático de griego, cargo que desempeñó hasta su jubilación en 1858. Traductor de Apolonio y Tirteo en tesis académicas escribió en latín una teogonía nórdica “De diis arctois libri sex (1822)” en la que se unen su conocimiento y amor por la cultura latina y su dedicación a la divulgación de la literatura nórdica, siguiendo la pauta creada por los miembros de la Asociación Gótica, a la que Tegnér, Agardh och Ling pertenecían. Recordemos que Tegnér estaba escribiendo su gran obra “Frithiofs saga” cuando Brunius publicó “De Diis”.
Pero Brunius es mucho más conocido por su tercera faceta. Ni como catedrático de griego, ni como poeta latino, le conoce la gente. Lo que sí saben es que era un arquitecto y divulgador histórico-artístico de alta categoría. La mayor parte de su tiempo la dedicó al estudio y práctica del arte de la arquitectura. Durante los años 1833-1859 dirigió los trabajos de restauración de la catedral de Lund y, al mismo tiempo, se llevaron a cabo otras obras bajo su dirección en las que siempre trató de emular el arte románico y gótico, un estilo en concordancia con su tiempo, cuando el romanticismo y la añoranza de un glorioso pasado nórdico marcaban la época.
De la misma manera que los edificios ideados por Brunios se integran en la ciudad, que sin ellos perdería gran parte de su carácter, los nuevos edificios, con nuevos materiales y nuevas funciones, se integrarán también en la ciudad de las generaciones que vendrán cuando ya no la recorramos en nuestros paseos. Abajo podemos ver a Brunius en una fotografía ya emérito, su casa privada y su tumba, a cien metros de su casa. En la última fotografía vemos al director de urbanismo Hans Juhlin durante su presentación el pasado lunes.
Este domingo me recordó Rosa Lencero que el ministerio de asuntos exteriores español recomienda a los ciudadanos españoles extremar las precauciones en Suecia ante la posibilidad de ataques terroristas. A mis amigos y amigas de la Sociedad Científica de Mérida les parece muy raro que esto pueda suceder en una sociedad como la sueca, José Carlos escribe que a el le parece que se trata de una provocación para deteriorar “la buena imagen de tolerancia de las culturas y credos.” Y es que estas amenazas vienen como resultado de la quema pública i viral del Corán por nazis daneses y suecos, pero siempre en Suecia, porque aquí se puede blasfemar cuanto se quiera, sin tener que temer ser perseguido por ello. La constitución sueca avala la libertad de exteriorizar las opiniones sin miedo a represalia y la policía está obligada a defender al que quiera expresarse pacíficamente, sin tener en cuenta si esa expresión es bien o mal recibida por un individuo o un grupo concreto.
El Corán es el libro sagrado de los musulmanes y entre la población musulmana hay muchos individuos para los que el libro es sumamente importante. No representa solamente la religión en sí, sino se considera como un regalo que Dios (Alá) a dado personalmente a Mohamed para difundirlo entre los hombres. Quemar ese libro públicamente es una ofensa a Dios, al profeta y a todos los creyentes. Por menos se han anunciado fetuas por muchos muftíes, contra cientos de blasfemos, ¡que se lo pregunten a Salman Rushdie! Hay un joven danés, que también tiene pasaporte sueco, que tras de quemar algunos Coranes en Dinamarca, ha hartado a las autoridades danesas y se ha venido a Suecia a, con la venia y ayuda del partido de extrema derecha Sverigedemokraterna (Los demócratas(sic) suecos), se ha puesto a quemarlos en Suecia. Armando un revuelo de mil demonios, porque en Suecia viven casi un millón de musulmanes, el 9% de la población, de los cuales 200 000 más o menos son muy religiosos. Los hay iraquíes, turcos, sirios,iranies, palestinos, magrebíes etc. También hay una minoría árabe cristiana y muy “anti-musulmana” que está dispuesta a apoyar y promover la quema de Coranes. También hay un grupo numeroso de musulmanes secularizados, especialmente iraníes, que identifican el islam con la opresión.En algunas ocasiones, últimamente, hemos tenido autenticas batallas campales entre los que se sienten ofendidos por la quema y los que dicen expresar su libre opinión, sobre una religión que consideran contraria a los derechos humanos, especialmente a los derechos de las mujeres.
De resultas de estas quemas del Corán, los medios de comunicación de los países islámicos se han encargado de agitar los ánimos contra las autoridades suecas que tildan de sacrílegas y nazis. Los medios cargan las tintas para calentar las masas y, en algunos países islámicos se han quemado banderas suecas y se han atacado embajadas, edificios y negocios suecos. La agencia de seguridad nacional sueca ha informado sobre la posibilidad de que se cometan atentados en Suecia y ha subido el nivel de incidencia a un cuatro en una escala de cinco, peligro inminente, por tanto. De resultas de estas acciones contra las sensibilidades musulmanas, Turquía se ha negado a apoyar la candidatura de Suecia a la OTAN, y por tanto, el ingreso de Suecia al pacto atlántico está detenido, ya que basta que un miembro se niegue a ratificar para que no se admita a un candidato.
Personalmente creo que no se puede vivir con temor a ataques terroristas. Primeramente, porque no es nada que se pueda predecir de antemano, ni dónde, ni cómo, ni a qué hora van a ocurrir. Los atentados ocurren en un cierto lugar, a una cierta hora y puede ser con bomba, con atropello, con armas de fuego o con objetos punzantes o contundentes. No son alas armas, son las manos y las intenciones de los que quieren cometer esos atentados. Tampoco los terroristas van por el mundo con cara de malos, así que no vale la pena ir mirando a la gente a ver si se ve alguien sospechoso. Aquí en Suecia hemos tenido ya algunos atentados, por ejemplo, el 7 de abril de 1917, en una de las calles peatonales más céntricas de Estocolmo, Drottninggatan. Poco antes de las tres de la tarde. Un camión, robado y conducido por un refugiado de Tayikistán, Rakhmat Akilov, que se dijo haber actuado en nombre del Estado Islámico, atropello y mató a cinco personas y a un perro. Diez personas quedaron heridas de gravedad. Yo había paseado por esa misma calle un día antes a aproximadamente a la misma hora junto a mis estudiantes, porque estábamos visitando el parlamento, que queda a cien metros del lugar del atropello, en un viaje de estudios a Estocolmo.
Pero este atentado no ha sido el único en Suecia. Para no remontarme demasiado atrás, me limito a comenzar en el siglo pasado. El primero tuvo lugar en Malmö en 1908, y de eso hablare hoy más adelante. El segundo ocurrió en Estocolmo durante la visita del zar Nicolass II a la ciudad al año siguiente. El tercero fue un ataque a la redacción de un periódico de izquierdas en 1940, el cuarto ocurrió en 1971 y fue el ataque a la embajada de Yugoeslavia en Estocolmo. El quinto tuvo relación con el cuarto, porque fue el secuestro de un avión en Malmö, que termino en Madrid con los secuestradores y los terroristas croatas puestos en libertad por el gobierno de Franco.
Paseando por uno de los muelles de Malmö, Bejerskajen, encontramos dos placas conmemorativas de un hecho que hoy habríamos denominado un acto de terrorismo, cometido durante la noche del 11 al 12 de julio de 1908. Por las casualidades que siempre nos ofrece la vida, tuve la ocasión de escuchar de propia voz la versión del principal implicado en este atentado, Anton Nilson, a comienzos de los ochenta, en una conferencia que nos dio en la facultad de historia de Lund. Mientras comíamos nuestros típicos garbanzos con tocino, nuestra cerveza fría y nuestro ponche caliente, como todos los jueves, Anton Nilson nos explicó con todo tipo de detalles su actuación; el cómo y el por qué, lo que vino después y su valoración personal.
Este nonagenario lúcido y vital, nacido en 1887, que llegó a cumplir los 101 años, recordaba toda la historia previa que le llevó a arriesgar su vida y la de otros por lo que, a él, y a muchos otros, le parecía una causa justa. Cuando escribo estas líneas, el 21 de agosto, se dedica esta fecha por quinta vez a la memoria de todas las victimas del terrorismo, por una iniciativa de las Naciones Unidas. En todo acto de terrorismo hay agentes y víctimas. Los agentes suelen estar seguros de que sus acciones son motivadas por hechos o situaciones que las legitiman. Se dice que el terrorismo es el arma de los pobres y en parte es así. Las víctimas por su parte son en su mayoría gente inocente. Regresemos al relato de Anton Nilson, relato contado con 74 años de perspectiva, por alguien que a sus 21 años planeó y ejecutó una acción terrorista en Malmö.
¿Qué puede hacer que un joven trabajador inteligente arriesgue su vida y la de otros? Según él, fueron dos eventos que sucedieron en 1905 los que influenciaron a Nilson en una dirección radical. El primer evento fue la masacre el Domingo Sangriento, en enero de 1905 en San Petersburgo, cuando cientos de manifestantes encabezados por el sacerdote Georgy Gapon fueron asesinados a tiros por los militares. El segundo evento fue la huelga de talleres que estalló en Suecia ese mismo año. Nilson se unió al movimiento “Jóvenes socialistas” (Ungsocialisterna) y se comprometió con la idea del desarme distribuyendo folletos en los regimientos de Scania, junto con Per Albin Hansson (el que muchos años más tarde sería primer ministro sueco durante la segunda guerra mundial), entre otros. En 1906, empezó Anton Nilson a trabajar como albañil en Malmö pero, como muchos otros, perdió el trabajo en la primavera de 1908 por culpa de una baja coyuntura económica. Los que pudieron conservar el trabajo vieron disminuidos sus salarios.
En el verano de 1908, los trabajadores portuarios de Malmö se declararon en huelga para mejorar sus precarias condiciones de trabajo. Los empresarios pidieron protección a la policía y al ejército para mantener el orden al mismo tiempo que traían a esquiroles británicos, lo que provocó tensiones aún mayores. Los trabajadores lo tomaron como una gran provocación. El barco en el que pernoctaban, Amalthea, estaba anclado a unos metros del muelle para evitar que los trabajadores que hacían huelga agrediesen a los esquiroles ingleses.
En la noche entre el 11 y el 12 de junio, Anton Nilson remó los aproximadamente cien metros que separaban el muelle del barco y plantó una bomba lapa en el casco del Amalthea. La bomba explotó, matando a un hombre, Walter Close, e hiriendo a 23, varios de ellos de gravedad, con quemaduras graves y discapacidad de por vida. Anton Nilson, al que se le cayó una nómina a su nombre que llevaba en el bolsillo, fue condenado a muerte y sus dos cómplices Algot Rosberg y Alfred Stern, que al igual que Anton eran miembros de Jóvenes Socialistas y desempleados, fueron condenados a cadena perpetua por el crimen. Sin embargo, Nilson fue indultado y su sentencia fue más tarde conmutada por cadena perpetua. Al principio, la opinión popular y el movimiento obrero estaban fuertemente en contra del atentado, sin embargo, la opinión fue cambiando a medida que el movimiento obrero crecía y se consolidaba en Suecia. Se inició una campaña masiva para indultar a los convictos, que tuvo una gran repercusión internacional. En Suecia se recogieron 130.000 firmas para liberar a los Jóvenes Socialistas.
Se puede decir que la revolución rusa fue la que al final liberó a Anton Nilson y a sus compañeros. Tras la revolución de marzo miles de obreros se dirigieron a la cárcel para sacar a los presos, pero no pudieron entrar. La presión obrera era tal que dio lugar a la formación de un gobierno liberal con un socialdemócrata, Hjalmar Branting, como ministro de finanzas. Finalmente, en octubre de 1917, el recién instalado gobierno de Edén-Branting ordenó la liberación de Anton Nilson, que fue la primera decisión tomada por el recién instalado gobierno de coalición de socialdemócratas y liberales. Esta concesión a los movimientos revolucionarios apagó un poco el malestar social que amenazaba con estallar en ese momento.
Ya libre, y con el apoyo financiero del banquero Olof Aschberg, Nilson pudo realizar su sueño de volar; Aschberg le pagó a Nilson un curso de pilotaje en la escuela de vuelo de Ljungbyhed. Y aquí comienza una aventura que podía servir como un buen guion para una película de acción o una serie de Netflix. Con su certificado de piloto en el bolsillo y después de participar en una reunión en El parque del pueblo de Malmö (Malmö Folkets Park) y escuchar a Angelica Balabanova hablar sobre la lucha en Rusia, decidió, este convencido pacifista, participar en la guerra, ayudando al Ejército Rojo. Balabanova le gestionó una visa a Petrogrado, pero Nilson no pudo obtener un permiso de salida de Suecia porque, como buen pacifista, se había negado a hacer el servicio militar obligatorio.
Ni corto ni perezoso, se puso en contacto personalmente con el ministro de la Guerra Erik Nilson, tras lo cual su permiso de salida le llegó en una semana. En 1918, después de un curso acelerado de ruso, viajó a la ciudad de Gattjina para ocupar un puesto en el Ejército Rojo como piloto de reconocimiento. Durante los combates entre Estonia y la Rusia soviética, fue trasladado a Torosina en las afueras de Pskov. Por recomendación de su jefe, se convirtió en miembro del Partido Comunista de Toda Rusia. Alcanzó el grado de capitán y durante un tiempo fue jefe interino de su división. Por sus servicios, Lev Trotsky lo recompensó, entre otras cosas, con una chaqueta de cuero. Nilson llegó a conocer personalmente a Vladimir Lenin y estrechar la mano de Josef Stalin. En 1921, en medio de la agitación de la revolución y la guerra civil, ayudó a parte de la familia Nobel a abandonar Bakú donde estaban recluidos y dejar el país, rumbo a Suecia, a donde el propio Anton Nilson también huyo más tarde, cuando el estalinismo se hizo más fuerte. Nilson veía a Josef Stalin como un traidor a la revolución y la clase trabajadora y convirtió a la Unión Soviética en un estado policial que encarcelaba y oprimía a los verdaderos socialistas. Desde 1926, Anton Nilson vivió en Suecia. Aquí abandonó finalmente el comunismo y pasó a la socialdemocracia como un miembro de base. Anton Nilson murió en agosto de 1989 y no llegó a conocer la caída del muro de Berlín y tampoco la disolución de la Unión Soviética. Adjunto una foto tomada por la policía tras su detención, otra de como quedó el barco después de la explosión y las placas conmemorativas, una realizada por la ciudad y otra por una asociación anarquista.
A veces mis paseos se alargan un poco y salgo de Lund camino de Malmö. La antigua carretera que va de Lund a Malmö corre en paralelo con una autopista, la primera que se construyó en Suecia en 1952. A unos metros de la carretera, bordeando los campos de labor repletos de trigo, cebada y centeno, algunos de radiantes, amarillas flores de colza, corre un camino para bicicletas y gente como yo, que prefiere caminar. El camino va pasando por lugares de mucho interés histórico. Uno de ellos será el objeto de mi entrada de hoy.
Aquí abajo me podéis ver sentado en el lugar donde un gran acto de heroísmo (visto desde una perspectiva sueca) contribuyó de manera decisiva a que los daneses, en su último intento por recuperar Scania, fracasaran en sitiar Malmöhus. Se trataba de un herrero cuya hazaña fue advertir a los defensores de la fortaleza Malmöhus de la llegada del ejército danés a Åkarp, camino de Malmö. Se dice que logró engañar a los daneses, que no querían dejarlo pasar, diciendo que iba a Burlöv con un cargamento de lúpulo. La astucia de este herrero abortó los planes del ejercito danés anulando el elemento sorpresa y Scania siguió siendo sueca. El nombre de este herrero era Tuve Månsson. Yo estoy sentado bajo el monumento erigido en 1915, un año en que la guerra europea revivió el nacionalismo sueco, y se denomina la piedra de Månsson.
Yo voy a utilizar a Tuve Månsson para mostrar de qué manera y con qué celeridad se cambió el sentimiento de identificación con Dinamarca, el estado dentro del cual Scania había sido una provincia de central importancia, por la identificación con Suecia, país que había ocupado la región por medio de una invasión militar. Remontémonos por tanto al nacimiento del padre de este Tuve Månsson. En 1620 nace Måns Tuvfesen en una familia de granjeros acomodados, propietarios de tierras, en el norte de Scania. En 1651 heredó la propiedad familiar y se especializó en la producción de lúpulo para la fabricación de la cerveza, actividad que combinaba con el oficio de herrero, productor de armas de fuego y guadañas.
A los siete años de heredar la granja y la forja, Scania es ocupada por el ejercito sueco y Måns Tufvesen se convirtió en Måns Tuvfesson. En su faceta de maestro armero, inventó o mejoró un tipo de mosquete que se vino a llamar “snapphanegevären”, fusil favorito de la guerrilla danesa que hostigaba a las fuerzas invasoras suecas, desde 1658 hasta 1713. En su faceta de agricultor y mayorista, viajaba por toda Scania y el resto de Dinamarca vendiendo lúpulo y, claro está, los productos de su forja y armería. Pero este hombre que arma a la resistencia, asume rápidamente el cambio de nacionalidad y se siente tan sueco como cualquier nacido en Estocolmo. Sus dos hijos, Hans, nacido en 1668 y Tuve, en 1671, son ya completamente suecos, cuando los daneses hacen su primer gran intento de recobrar Scania en 1675. En 1705 la granja y el negocio de Måns Tuvfesen, ahora ya Måns Tuvfesson, pasaron a manos de los hijos.
Tras la debacle sueca en Rusia, los daneses lo intentan otra vez, con el rey sueco exiliado y Suecia en condiciones muy precarias. Tuve Månsson se encuentra en uno de sus viajes por Scania cuando descubre el desembarco de las tropas danesas en el pequeño pueblo pesquero de Råå, al norte de Lund. Ya en Lund, consigue del comandante al mando de las tropas concentradas en la ciudad un permiso para llevar el lúpulo a Burlöv, cerca de Malmö. Al llegar a Åkarp, más o menos dónde ahora se encuentra el monumento, a unos diez kilómetros de la fortaleza de Malmö y tres de Burlöv, se vio rodeado por jinetes daneses que le tomaron prisionero y registraron cuidadosamente la carga, que contenía lúpulo y también cerveza, que sirvió para sobornar a los soldados daneses y proseguir el camino hacia Malmö bajo promesa de no ir a la fortaleza de Malmö. Se encomendó a dos soldados daneses que le acompañasen para asegurarse de que obedeciera las órdenes. El soldado tomó asiento encima de los sacos de lúpulo, pero cuando Tuve llegó a las inmediaciones de Malmö, cortó con su navaja una cuerda con la que estaban atados los sacos de lúpulo y los soldados dieron con sus huesos en la grava del camino. Tuve hostigó a los caballos y logró llegar hasta la fortaleza de Malmö y avisar a los defensores de que las tropas danesas estaban de camino.
El comandante de la fortaleza, Carl Gustaf Skytte, utilizó a Tuve para enviar un despacho al mariscal de campo y gobernador general Magnus Stenbock, que se encontraba en Växjö, ya en Suecia, a unos 200 kilómetros de distancia. Para que no le encontrasen el mensaje, lo ocultó en la estructura del carro, de tal manera que, aunque fue parado y detenido en dos ocasiones por tropas danesas, le dejaron proseguir su camino al no encontrar nada sospechoso. Gracias al aviso de Månsson, las tropas suecas consiguieron reaccionar llegando a derrotar a los daneses, quedando Scania en manos de los suecos, ya definitivamente desde 1713. Como reconocimiento por su decisiva labor de mensajero, Stenbock le prometió que estaría exento de pagar impuestos el resto de su vida pero la mala suerte hizo que el mariscal fuera hecho prisionero y muriera en manos de los daneses, el rey en el exilio y nadie se hizo cargo de cumplir la promesa al granjero. Pensemos en similitudes y diferencias entre lo ocurrido en Scania y lo que ocurrió en Cataluña en 1714. De esto hablaremos otro día.
La piedra conmemorativa lleva la siguiente inscripción: “En memoria de la hazaña de un mensajero patriótico que, según la leyenda, fue realizada en este lugar por el granjero Tuve Månsson de Hasslaröd el año de guerra 1710. La piedra fue erigida en 1915 AD”.
La masonería conserva aún gran parte de su mística. La hermandad EOS de Lund se reúne en las instalaciones de Krafttorget 10 a celebrar sus ritos y celebraciones. A veces, estas instalaciones se pueden utilizar para actos varios. Recuerdo el día en que en el departamento de historia celebramos la transición del profesor Göran Rydstad al estatus de emérito. Fue a principios de los 90, he olvidado el día, pero no la canción que mi colega y ahora embajadora Cilla Ruthström y yo cantamos a dúo en honor a Göran: “Only You”, hábilmente acompañada al piano por el docente Ingvar Elmroth. Sí, fue una fiesta memorable y es un buen recuerdo que me viene a la memoria un día nublado como este.
Mientras pienso en como profundizar en el conocimiento de la masonería de Lund, me viene a la mente la certeza de que lo que voy buscando es el “genius loci” de la ciudad. Sí, porque esta ciudad, como todas las ciudades del mundo, tiene un alma distinta y reconocible. No es fácil detectar esta alma a primera vista, ni siquiera es seguro que se pueda hacer tras muchos años de patear por sus calles mirando sus adoquines, de oler sus olores y oír sus sonidos. Pero ese genius loci está ahí y solo falta que le descubramos y que lo describamos con palabras, y eso es lo que voy a intentar ahora. Seguramente, tendré que dedicar unas cuantas entradas hasta llegar a describir esa alma de Lund.
El que llega a Lund en tren puede encontrarse con dos imágenes diferentes, según la salida que elija desde la estación. Si sale hacia la salida este, se encontrará en una calle con edificios de los años 70 del pasado siglo, tiendas con grandes escaparates y una especie de espacio abierto que ha querido ser una plaza, pero que solo es un lugar de paso, la plaza de Canuto el Grande (Knut de Stores torg). Si elige la salida oeste, verá a su izquierda un antiguo convento medieval, pero saldrá a una plazoleta bastante anónima con edificios de los primeros años del siglo XXI. El viajero podrá a continuación plantarse en medio de la antigua ciudad, con calles estrechas y trazado medieval, o bien salir a la parte “moderna” de la ciudad con calles anchas y edificios construidos a principios del siglo XX por emprendedores afortunados. En fin, la ciudad de Lund nos permite leer el paso de la historia en sus calles y plazas.
Podríamos decir que hay un espíritu conservador en la ciudad, que intenta preservar todas las huellas históricas, que convive con un espíritu renovador y modernizante, que quiere incorporar en la ciudad las nuevas técnicas de la construcción y todas las comodidades de la gran ciudad. Hay pues una especie de pulso continuo entre lo antiguo y lo moderno, entre la historia y la modernidad. Esta tensión está aflojando últimamente pues, tras muchas discusiones, se ha llegado a la conclusión de que, si Lund tiene que crecer, deberá hacerlo fuera de los límites actuales de la ciudad. Esta conclusión, convertida en decisión política, descubre otra de las tensiones constantes que mantienen la tensión en la política de Lund: la lucha por la preservación de las tierras de labor contra la dinámica imparable de la construcción de viviendas, para una población que crece continuamente.
Volvamos la vista atrás para identificar el comienzo de la expansión de Lund. Remontémonos por tanto a comienzos de siglo XIX y a la famosa definición de Lund por nuestro ya bien conocido Esaias Tegnér: “Una aldea académica” (En akademisk bondby). En el año 1800 contaba Lund con 3000 habitantes de los cuales 500 estaban de alguna manera ligados a la universidad. Desde su creación en el siglo X, la población había fluctuado entre los 1000 y los 2500 habitantes. Pero a principios del siglo XIX empieza a crecer de manera que, al llegar al fin del siglo, cuenta con más de 16 000 habitantes y, muy importante también, una población trabajadora que llega por las mañanas desde pueblos cercanos para trabajar en las fabricas y que regresa a sus pueblos al terminar la jornada. Esta situación propició muchos cambios en la antigua ciudad. Primeramente, se trataba de alojar a los que venían a vivir, porque su habitual vivienda quedaba muy lejos para ir al trabajo y regresar en el mismo día. Estos alojamientos debían ser baratos, pues los salarios eran muy bajos, así que se construyeron casas/chabolas en los patios interiores de las casas de la ciudad.
Con el tiempo, ya entrados en los años 60 y 70 del siglo XIX, esas soluciones se hicieron insuficientes. La gente vivía hacinada y las condiciones higiénicas eras pésimas, así que la solución fue dejar que la ciudad creciese extramuros. Para hacerlo posible se derruyeron las murallas/promontorios/palizadas que rodeaban la ciudad y se empezaron a construir casas alrededor. Estas construcciones tuvieron lugar al tiempo que se hacía una gran reforma de la catedral y se construían el edificio central de la Universidad y unas cuantas instituciones, amén de un hospital quirúrgico y un psiquiátrico. Se puede decir que durante cuatro décadas todo Lund se encontraba bajo los efectos de una gran burbuja del ladrillo, que formaba una legión de millonarios, nuevos ricos, que necesitaban un lugar donde dejarse ver.
El genius loci de Lund se fue forjando en lugares lúdicos de encuentro y distracción. El Gran Hotel de Lund se inauguró el 12 de octubre de 1899 y vino a atraer a muchos de los nuevos ricos. No es que faltaran hoteles y restaurantes en la ciudad a finales del siglo XIX, pero ninguno hasta entonces había ostentado el lujo y la elegancia que los nuevos potentados exigían. Los altos precios constituían una muralla tras la cual los nuevos ricos podían disfrutar sin mezclarse con los pobres. Los estudiantes habían podido disponer de locales elegantes en su “castillo” (AF-borgen), reservado para estudiantes y académicos, emulando el lujo de los grandes salones, y para los trabajadores había una gran cantidad de tabernas en sótanos y viejos edificios de la ciudad. Volveremos a ocuparnos de estos tugurios sombríos más adelante, donde los trabajadores dejaban gran parte de sus ingresos y su salud. Abajo, el Gran Hotel y la casa de los masones, EOS.
Y sigue lloviendo. Nadie diría que estamos a 10 de agosto. Hace hasta frío, pero yo sigo con mis paseos. Al pasar por la estación central de Lund me viene a la cabeza que, cuando se construyó, era el segundo edificio más grande de Lund, solamente superado en su elegante magnitud por la catedral. No es de extrañar, porque los ferrocarriles fueron las infraestructuras terrestres que permitieron la industrialización masiva desde el tercer decenio del siglo XIX, aunque al principio no tuvo muchos seguidores, mientras los detractores se podían contar por millones. Ya en 1825 se construyó en Inglaterra la primera línea de ferrocarril traficada con vagones tirados por una locomotora de vapor, que unía Stockton con Darlington. Algunos suecos se embarcaron rápidamente en el proyecto y John Ericsson participó en la primera competición de velocidad entre locomotoras en 1829 con su “Nowelty”, en la que finalmente venció la locomotora “The Rocket”, consiguiendo una velocidad media de 46 kilómetros por hora.
En Bélgica (Bruselas-Malinas) y Alemania (Núremberg-Fürth) se construyeron líneas férreas en 1835 y en España (Barcelona-Mataró) en 1848. Aquí en Suecia había muchos intereses que bloqueaban su construcción, y faltaba también capital para invertir. Con la fuerza que su mayor representación les daba en la Cámara Baja, se oponían los campesinos tozudamente a todo lo referente a los ferrocarriles. A los campesinos y sus representantes les interesaba más que se invirtiese en carreteras y caminos. Pero el futuro de Suecia estaba en la exportación de materias primas y productos derivados de ellas. El ministro de hacienda, el liberal Gripenstedt, que ya había conseguido iniciar el proceso de modernización de la economía del país, estaba dispuesto a convencer a la sociedad sueca de la conveniencia de implantar los ferrocarriles. Faltaba capital dentro de las fronteras, faltaba también una visión optimista de las posibilidades del país en los mercados internacionales.
Las grandes líneas férreas se empezaron a construir en 1854 con capital extranjero; alemán, francés e inglés. Y se empezó justamente por enlazar Lund con el puerto de Malmö, cuando podía haberse elegido el puerto de Ystad, que por aquellos entonces era el puerto más importante del sur de Suecia, con mucho trafico hacia España, concretamente hacia Cádiz. Se puede decir sin exagerar que la ciudad de Lund tuvo grandes lobistas, primero el alcalde Johan Bäckström, un hombre moderno que, junto con otro personaje ilustre de Lund, Carl Adolph Agardh, fue uno de los responsables de la creación de la caja de ahorros de Lund, de la que también fue vicepresidente desde 1837 hasta su muerte, tras la cual, el nuevo alcalde, el liberal Lars Billström siguió su camino. Así fue que finalmente, el 1 de diciembre de 1856, se inauguraba el tramo Lund – Malmö que en poco tiempo se convirtió en un catalizador del emprendimiento en Lund. Dos años más tarde, en 1858, se inauguraba por fin la estación den Lund, curiosamente, no se sebe quien fue el arquitecto al que se le encomendó este trabajo, y esto es algo muy raro en Suecia, donde tenemos conservados casi todos los documentos relevantes desde mediados del siglo XVI e incluso mucho antes.
Todo este largo preámbulo me sirve de presentación para uno de esos emprendedores que empezaron a usar el ferrocarril, su nombre: Carl Holmberg. Este hombre nació a 52 kilómetros al norte de Lund en 1827. Hijo de un campesino y molinero, se interesaba por la mecánica y construyo su primer molino de viento cuando tenía 19 años. Para aprender bien el oficio y para conocer las últimas novedades en mecánica era preciso emigrar, allá donde la tecnología había avanzado más, y para un joven sueco, Alemania era el mejor lugar y Holmberg practicó en talleres mecánicos, especializados en la construcción de vagones de ferrocarril. Los conocimientos adquiridos le valieron un empleo como capataz en Kockums, la empresa más importante de Malmö en aquellos momentos. El talante emprendedor lo demostró cuando a sus 29 años compró un gran solar enfrente de la parada de trenes de Lund, dos años antes de que se construyera la estación. Asociado con dos capitalistas fundó un taller mecánico en el que empezó a fabricar desde fogones de hierro, máquinas trilladoras y, finalmente, lecherías enteras que se podían expedir hasta con planos para construir industrias lecheras. Ya en 1870, la empresa tenía 60 empleados y era la industria más importante de Lund.
Las cosas le fueron bien a Carl Holmberg, y en 1885 construyó un magnífico edificio comercial y residencial de tres pisos para sí mismo de estilo neorrenacentista francés en Bantorget 4, a menos de 200 metros de la fábrica. Holmberg y sus socios ganaban mucho dinero. Abastecían el mercado nacional y exportaban en principio a todo el mundo aparatos para el procesamiento de alimentos base. Se podría decir que la función del emprendedor era esencial para paliar las consecuencias de la efectivización y mecanización del campo que expulsaba al exceso de natalidad hacia las ciudades. Pero la realidad era que esos desplazados trabajaban 11 horas al día. seis días a la semana por un salario que apenas alcanzaba para sobrevivir. La brecha económica entre los trabajadores y los emprendedores exitosos era cada vez más grande. Saltaba a los ojos el lujo que exhibía Holmberg con la pobreza de sus trabajadores. En general, la pobreza era grande en Lund, entre los ocupados por los precarios salarios y entre los que iban engrosando las filas de los desocupados recién llegados, siempre dispuestos a aceptar cualquier trabajo, a cualquier precio, lo que mantenía una presión asfixiante sobre la economía de los trabajadores. Los sueldos balanceaban casi siempre alrededor del mínimo existencial, y a veces no llegaba ni siquiera a eso.
Esta situación de precariedad de los trabajadores era nueva, porque hasta mediados del siglo XIX, los habitantes de Lund que no se dedicaban a la agricultura pertenecían a algún gremio y estaban dentro del sistema económico que regulaba la vida desde los diez años hasta la muerte. El aprendiz comenzaba su vida laboral en casa de un maestro, haciendo los trabajos más sencillos, hasta que iba aprendiendo poco a poco todos momentos de su oficio. Con el tiempo llegaba a oficial y, tras un examen práctico, conseguía el título de maestro, pero no podía ejercer como tal hasta que quedase un puesto libre en la ciudad, lo que podía tardar muchos años o no llegar nunca. El sistema garantizaba que no hubiera más cantidad de zapateros, por poner un ejemplo, de los que se necesitaban en la ciudad. Por tanto, el precio de los artículos estaba regulado de tal manera que el maestro zapatero pudiese sacar un beneficio suficiente para tener una economía holgada.
Este sistema era muy bueno para los que se encontraban dentro del mismo, pero era estático y bloqueaba el desarrollo capitalista. De un plumazo desapareció con la ley de libertad económica del 18 de junio de 1864. Esa ley decía textualmente: “Los hombres y mujeres suecos tienen /…/ derecho a dedicarse al comercio, la fabricación, la artesanía u otra gestión en la ciudad o en el campo”. De esta forma podía cualquier persona que tuviese capital, establecer un taller de zapatería, contratar trabajadores, adquirir máquinas y producir cualquier cantidad de zapatos, sin que el estado o el gremio pudiese establecer cuotas de producción o inmiscuirse en la forma de poner el precio a los productos. Esto significó el triunfo del capital sobre las costumbres y abarató la mano de obra. Es justamente en 1864 cuando Holmberg y sus socios abren las puertas de su nueva industria. El local, el capital y el reclutamiento de los trabajadores estaban ya listos al salir la ley de libertad económica.
Los antiguos oficiales de cualquier oficio, que no tenían capital o que no estaban en posesión de esa fuerza emprendedora necesaria para lanzarse al vacío en una empresa a gran escala, se vieron obligados a buscar trabajo en las nuevas fábricas y manufacturas. Los herradores, herreros, barrileros, caldereros etc. junto con los nuevos oficios como torneros, soldadores, carpintero de moldes, fundidores y una larga lista de nuevas especialidades derivadas de los antiguos oficios formaron pronto una elite entre los trabajadores, consciente de su valor y celosa de sus derechos. Un peldaño más bajo que estos, se encontraban los peones, los porteadores y todos los que formaban parte de la asistencia a la producción y carecían de formación, así como los que se dedicaban a los servicios, domésticos o de restauración y, claro está, los que se encontraban fuera del mercado del trabajo.
También esas élites obreras fueron perdiendo su situación privilegiada a medida que la producción se fue automatizando, ya que el aprendizaje de los nuevos trabajadores fue siendo muy rápido y poco costoso, siendo todos remplazables. Fue en ese momento, que podríamos localizar en la década del 1880, en el caso de Suecia, cuando la organización de la clase obrera, consciente ya de su pertenencia a una clase oprimida, se hace patente. El primer paso se da organizando cajas de seguros de enfermedad y entierro. En este primer paso, de organizar cajas de seguros, no ponían inconveniente los dueños de las fábricas, más bien, como en el caso de Holmbergs, estaban dispuestos a aportar un cierto capital para su formación. La primera caja de este tipo se consolida en el taller mecánico de Holmberg en 1870 y en su dirección encontramos a trabajadores y oficinistas, trabajadores de cuello blanco que Holmberg consideraba más de confiar y que le podían mantener informado de las actividades de la caja y de quién utilizaba sus servicios.
La necesidad de asociarse hizo que la idea de cajas de enfermedad y entierro transgrediera los limites de la propia fábrica y se extendiera por la ciudad en círculos de cien trabajadores (hundramannaföreningar) y más tarde en círculos de mil trabajadores que, entre otras cosas, tenían como fin rebajar los costes de vida de sus miembros, formando economatos y cooperativas de consumo. Ni que decir tiene que la formación de estos círculos de trabajadores no sentó muy bien a los hacendados de la ciudad, que intentaron por todos los medios dificultar su formación, sobre todo impidiendo que pudieran hacerse con un local propio. Y es en una de las actividades conjuntas que organizó la junta directiva de los círculos de mil (Tusenmannaföreningar) con representantes de todas las ciudades de Scania, en junio den 1884, curiosamente, o seguramente elegido a propósito, a la orilla del lago Ring (Ringsjön) – ring = anillo, círculo, surgió la organización política como una consecuencia de la lucha de clases. Lo que debemos mantener en la memoria es que, entre los que participaron de forma activa en el aquel mitin, había socialistas y liberales; el agitador socialista August Palm y el diputado liberal Sven Adolf Hedín, el segundo presidiendo el mitin. Hoy ilustro la entrada con una fotografía de la casa de Carl Holmberg en Lund.
Hoy llueve como no ha llovido nunca, al menos que yo recuerde. Empezó a llover ayer y no ha parado ni un momento. Además, sopla un viento muy fuerte que se carga todos los paraguas y hace volar los gorros, pero a mi no me para. Yo salgo a pasear haga el tiempo que haga. La ruta hoy va por la ciudad, por las calles y plazas, hoy desiertas, por las que he caminado tantas veces y, al pasar frente a la Casa del Pueblo me viene un recuerdo de 1987. Una tarde, en la cocina/comedor de la institución de historia, estando yo tan tranquilo bebiendo el cuarto café de la tarde, se acercó el catedrático Lars Olsson, un verdadero experto en la historia social y me espetó: “Martín, tengo un encargo para ti”. Yo le miré medio sorprendido y creo que me dio tiempo a pensar muchas cosas en los dos segundos que siguieron, mientras Lars me observaba. El encargo, me explicó a continuación, se trataba de escribir una crónica en forma de libro, de cien años de organización de los trabajadores del metal en Lund.
Yo estaba entonces muy metido en la historia social y las transformaciones económicas y sociales del siglo XIX, con especial interés en la organización obrera. Yo había presentado poco antes en un seminario un estudio comparativo de la organización obrera en España y en Suecia, para lo que había realizado largas y amenas entrevistas con los historiadores Manuel Pérez Ledesma y con Pere Gabriel Sirvent, con el primero en su domicilio de Madrid, con el segundo en Barcelona, en un bar de Gracia. Sus obras,” El obrero consciente” (Pérez Ledesma, 1987) y “El Moviment obrer a Mallorca” (Gabriel Sirvent 1973) me habían inspirado mucho en mi trabajo. En fin, la propuesta de Olsson significaba un encargo que tenía mucho de investigación. Naturalmente lo acepté, aún a sabiendas de que pasaría los próximos meses leyendo actas, profundizando en los archivos y escribiendo con la ayuda de un primitivo y muy rudimentario ordenador, de esos que tenían la memoria en un disco blando, memoria muy corta, por cierto.
Aquí, en las oficinas que entonces tenía el sindicato del metal en la Casa del Pueblo de Lund. Pasé muchas tardes, buscando en sur archivos recientes. Los archivos históricos de la organización estaban cedidos para su custodia al archivo central de la ciudad, que entonces estaba localizado en unas dependencias de la biblioteca municipal. De allí logré llevarme a casa seis cajas grandes de cartón con unos cuantos miles de folios escritos a mano por secretarios de mano firme, encuadernados por años. En mi casa, mi despacho se convirtió en una especie de central estratégica de campaña, donde yo habitaba aislado de todo lo que ocurría a mi alrededor.
Lo primero que hice fue leer las primeras crónicas que los trabajadores del metal escribieron con motivo de la celebración de sus primeros 25 años. Después profundicé en todo lo que se había escrito sobre ellos en los medios locales y regionales. Con esta perspectiva me inmergí de lleno en las fuentes originales, para descubrir que, la historia de los trabajadores del metal, corría en paralelo con las transformaciones sociales y económicas que tanto Suecia como todo occidente vivió desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los años setenta.
En los miles de folios que iba leyendo, estaban plasmadas la vida, las necesidades y las expectativas de hombres, porque el trabajo del metal estaba reservado para hombres hasta hace muy poco tiempo, que trabajaban 12 o 13 horas al día, seis días a la semana y que, en algunos casos tenía dos horas de camino de casa al trabajo. En el caso de los funcionarios sindicales había que añadir unas cuantas horas a la luz de la vela o el quinqué, para leer cartas y documentos y para escribir en limpio actas de reuniones. También descubrí muy pronto que una crónica de esos 100 años de asociación sindical implicaba el estudio de las circunstancias que llevaron a fundar la organización y entonces nos tenemos que remontar a principios del siglo XIX.
Cuando Esaias Tegnér decía de Lund que era “una aldea académica” se refería a que Lund a penas llegaba a los 3000 habitantes, de los cuales unos 500 eran estudiantes o profesores universitarios. El resto era o bien campesinos, porque aunque viviesen el la ciudad se dedicaban a las tareas del campo, dentro y fuera de las murallas, o bien eran artesanos con oficios como zapatero o alfarero, o pertenecían al servicio de los más acomodados, a la restauración o al procesado y transformación de productos agrícolas: lecherías, fabricas de cerveza, destilerías, curtidores etc. El gran pistoletazo que daba la señal de salida a la modernidad fue la decisión de reunir las tierras comunitarias de cada pueblo o aldea y dividirlas en partes proporcionales, reunidas alrededor de una granja. Antes de que se implementaran estas modernas reformas inmobiliarias que en sueco se denominan “reparto y conmuta” (laga skiften) , la tierra de los pueblos estaba dividida en diferentes sistemas de propiedad. Común a los sistemas de propiedad era que las tierras de las diferentes fincas estaban fuertemente mezclada entre sí, en franjas de tierra de unos diez metros de ancho y a veces cientos de metros de largo, entremezcladas, para garantizar que todas las propiedades tenían una mezcla similar de tierras buenas y menos buenas, buscando equidad y justicia.
Por lo tanto, era necesario coordinar la preparación de la tierra, la siembra y la cosecha y la saca de los animales para que pastaran. La agricultura era intensiva en mano de obra e irracional, pero también significaba compartir y repartir los riesgos, ya que los usuarios tenían una participación tanto en la tierra buena como en la menos productiva. Durante el siglo XVIII, pensamientos e ideas sobre varias reformas de conmuta y reparto comenzaron a difundirse en Suecia. La inspiración provino de Inglaterra, Alemania y Dinamarca, entre otros, donde ya se han implementado reformas similares con resultados exitosos. Las reformas se generalizaron y solo unas pocas aldeas del país escaparon de serlo.
La idea básica de las reformas parcelarias era hacer que la agricultura fuera más eficiente limitando el número de campos y prados para cada granja y, en cambio, reuniendo las propiedades de las unidades agrícolas individuales en parcelas más grandes. La esperanza del estado era que estos cambios resultaran en un aumento de nuevos cultivos y mayores rendimientos y, por tanto, mayor recaudación de impuestos. El primer decreto de la reforma fue publicado en 1758 y tenía dos propósitos principales; los campos y prados se unirían en menos unidades, y la tierra de propiedad conjunta se dividiría entre los usuarios para su mejor aprovechamiento. La gran conmuta se llevó a cabo en gran parte del país entre 1758 y 1827.
Las reformas fueron de gran importancia para el futuro desarrollo de la agricultura y dieron como resultado, de acuerdo con los propósitos estatales, un aumento del cultivo y la producción de cereales. En relación con el cambio legal, se inició el desarrollo integral de la agricultura sueca, lo que suele denominarse como revolución agraria, que coincidió con el gran aumento demográfico durante el siglo XIX.
El desarrollo se basó en una variedad de esfuerzos destinados a lograr una producción agrícola mayor y más racional. En relación con el cambio legal, se introdujo la agricultura rotativa, lo que significó una rotación de diferentes cultivos en la tierra y, por lo tanto, a la larga, la abolición de los barbechos. Los agricultores de Scania introdujeron nuevos cultivos desde el principio en forma de, por ejemplo, diversas legumbres y tubérculos (patatas, sobre todo), así como plantas de guisantes fijadoras de nitrógeno, que mejoraron considerablemente la producción. Al mismo tiempo, se desarrolló el cultivo de pastos. Los agricultores comenzaron a producir alimentos tanto para humanos como para animales en la tierra cultivable. La agricultura forestal se eliminó gradualmente y la gente comenzó a hablar de una división en zona forestal y zona de cultivo. La producción de alimentos y la producción de madera se separaron para maximizar la rentabilidad.
Estas reformas eran absolutamente necesarias y estaban forzadas por la premura de aumentar la producción para alimentar a la población creciente.[1] Pero, cómo es el caso de muchas de las actividades humanas, se hicieron a costa de la naturaleza. Cómo es lógico, los agricultores se esforzaron por lograr unidades agrícolas cada vez más grandes, y se tomaron varias medidas para crear tierras contiguas, para lo que se desarrolló una extensa técnica de zanjeo que se difundió ampliamente. Las antiguas zanjas abiertas desaparecieron y fueron reemplazadas por tuberías de drenaje. En parte, se drenaron las tierras de cultivo ya existentes y, en parte, grandes extensiones de humedales que antes funcionaban como prados o pastizales se convirtieron en campos de labranza. Incluso se excavaron ciénagas. El secamiento de lagos o el drenaje de humedales para obtener acceso a tierras cultivables adicionales fue otra medida común asociada con las racionalizaciones agrícolas del siglo XIX. Hoy nos damos cuenta que el drenaje de los humedales ha originado daños difícilmente reparables a la flora y fauna autóctona y natural, y por tanto al medioambiente y a la sostenibilidad de nuestro hábitat.
Los costes sociales de estas reformas fueron también muy grandes. Muchos de aquellos que carecían de tierras propias y se sustentaban ayudando en los quehaceres del campo, o podían mantenerse con alguna choza en los bosques comunes, dejando pastar una vaca o unas cuantas cabras en el prado común, quedaron sin sustento de un plumazo. Un tanto de los mismo le ocurrió a gran cantidad de sirvientes de las granjas que, a medida que se introducían máquinas y utensilios agrícolas para efectivizar, se quedaban sin trabajo. Ahora se podía producir más con menos brazos, y esto sumado al natural aumento de la natalidad, forzó la emigración del campo a las ciudades.
Las ciudades se llenaron pronto de un proletariado que carecía de todo; trabajo, alojamiento, manutención, ayuda, en resumen, de todo lo necesario para subsistir. Este proletariado estaba dispuesto a tomar cualquier trabajo a cualquier precio, a veces con salarios tan bajos que apenas les llegaban para subsistir. Privados de la solidaridad y, por qué no, del control social a lo que estaban acostumbrados en sus aldeas, podían caer muy bajo en una ciudad extraña. El alcohol era un peligro constante, para aquel que no encontraba más consuelo que la botella, la prostitución era a veces el único camino para las mujeres que llegaban a la ciudad sin recursos.
La modernidad llegó precedida de mucha miseria y destrozando muchas vidas, pero a la vez, toda esa gente proletarizada significaba grandes posibilidades para todo aquel que podía invertir en alguna de las nuevas formas de producción. Directa o indirectamente, las zonas próximas a los grandes núcleos de industrialización, en el caso de Suecia se trataba de Inglaterra y Alemania, se beneficiaban del aumento de la demanda. Los campesinos podían vender sus excedentes, los propietarios de minas y bosques, sus productos. Para poner un ejemplo; los ferrocarriles alemanes se construyeron en gran parte con hierro sueco para los carriles, madera para los travesaños y, muy importante, cebada sueca para los caballos, que junto con los hombres, hicieron el trabajo.
Ni siquiera el aumento de la producción y el crecimiento del capital pudieron abastecer a la creciente población que desde mediados del siglo XIX hasta la primera guerra mundial, tuvo que acogerse a la posibilidad de emigración que ofrecían los Estados Unidos, sobre todo al finalizar su guerra civil. En total, casi un millón y medio de suecos emigraron a Estados Unidos, Dinamarca, Alemania, Australia y América del Sur. Más de un millón doscientos mil lo hicieron a Estados Unidos. De esta manera, la presión demográfica fue disminuyendo, hasta convertirse en un problema de estado entrando en el siglo XX, por el encarecimiento de la mano de obra.
En este contexto se fueron creando las asociaciones que sirvieron de caldo de cultivo para la formación de los sindicatos de trabajadores y del partido socialdemócrata, que aglutino a la clase trabajadora y contribuyo a la transformación de Suecia en uno de los países más ricos, modernos y justos del mundo. Si os interesa, seguiré con el tema de mi libro en la siguiente entrada. Os pongo una foto de mi libro, que estoy releyendo ahora.
[1] Esaias tegnér decía, y tenía mucha razón, que el aumento de la población se debía a “la vacuna, la paz y la patata”. La patata tardó en arraigar, pero cuando lo hizo, se convirtió en un producto central en la alimentación de las familias.
Esta mañana salí como de costumbre a dar mi paseo y, al pasar por delante de la estación de ferrocarril; Lund C, me encontré un caos de camiones de bomberos y coches de policía. Parece ser que una explosión en un restaurante sito en un antiguo almacén, junto a los andenes, había incendiado gran parte del edificio. Aún es pronto para saber con certezas las causas de este incendio y, mientras seguía mi paseo, me vino a la cabeza la lectura de un libro escrito por Anders Bruzellius que, entre otras muchas cosas, recoge los incendios sufridos por Lund, ya casi desde el primer momento de su fundación.[1]
Lund se ha visto afectada por extensos incendios varias veces durante sus mil años de historia, a veces debido a la guerra, a veces por otras razones. Las casas de madera y adobe, calentadas con fuego de leña, eran fácilmente pasto de las llamas ya en épocas de paz. Las guerras, las revueltas, las invasiones, convertían la ciudad en una antorcha. En esos casos solamente sobrevivían los edificios de piedra, que podían arder igualmente y perder el techado y todo lo que pudiese arder, pero conservaban la piedra. Por culpa de los incendios tenemos tan pocos edificios medievales en una ciudad que conserva por otra parte su trazado medieval. Las excepciones son la catedral del siglo XII, el convento de St Petri (San Pedro) también del siglo XII, pero reformada en el siglo XIV de la forma en que se conserva hoy, la casa del deán, ahora dentro del museo al aire libre, cuyos cimientos son del siglo XII mientras el resto del edificio fue construido en el siglo XIV, Krognoshuset, del siglo XIV y Liberiet, la antigua biblioteca catedralicia y más tarde sala de esgrima, construida en el siglo XV. Quitando esos edificios, el resto es del siglo XVI y más recientes, siendo los anteriores al 1700, fáciles de contar con los dedos de una mano.
Las llamas consumieron gran parte de la ciudad en 1172 y más tarde, en 1234, la catedral resultó gravemente dañada por otro incendio, Tras ello, se derribaron las bóvedas y hubo que colocar nuevas ventanas. Las huellas de este incendio se mantuvieron hasta las importantes renovaciones del siglo XIX. En esa ocasión el fuego también devastó gran parte de la ciudad y en Pentecostés de 1263, gran parte de la ciudad se quemó incluidas cuatro de las muchas iglesias de la ciudad construidas en madera. Otro incendio en 1287 destruyó el monasterio de los dominicanos, cercano a la catedral, y de nuevo se quema más de la mitad de las casas que se habían logrado reconstruir tras el incendio anterior.
En febrero de 1452 llegó la guerra hasta la pequeña ciudad, cuando el rey sueco Karl Knutsson Bonde marcha hacia Scania y derrota a un ejército de campesinos escanianos en Dalby, a diez quilómetros al sureste de Lund. Sin embargo, el arzobispo Tuve Nilson defiende con éxito Lundagård (el domicilio del arzobispo, que estaba amurallado) y la catedral. Sin embargo, grandes partes de la ciudad son quemadas por los suecos. También llegó la guerra a esta ciudad en 1676, con motivo de la batalla de Lund, aunque entonces quedó poco afectada porque el grueso de la batalla ocurrió cerca pero fuera de su muralla. Pero, en 1678, un destacamento del ejército danés prendió fuego a Lund y 163 de las 304 casas/granjas de la ciudad se quemaron, junto con su ayuntamiento, que, tras ser levantado en 1699, se incendió de nuevo en 1711. En 1731 se quemarían de nuevo una treintena de casas, pero este sería el último gran incendio devastador sufrido por la ciudad.
Hoy, al pasar por el lugar del incendio, pude constatar que había ocho modernos camiones de bomberos. La profesionalización de la defensa contra incendios data del 1856, pero anteriormente también se contaba con una cierta prevención, en forma de guardias. Durante el siglo XIII, había leyes municipales danesas que contenían disposiciones sobre, entre otras cosas, la vigilancia en las ciudades, tanto de día como de noche. En Lund, este sistema duró hasta 1692, pero no funcionó muy bien. Se trataba de tener vigías (serenos)diariamente en el punto más alto de la ciudad, una de las torres de la catedral, desde que oscurecía hasta que amanecía al día siguiente. El vigía tocaba un cuerno cada media hora que significaba que no había peligro. En caso de distinguir algún incendio, tocaba de una forma reconocible para alertar a los vecinos. Este arcaico sistema se sigue empleando en la ciudad scaniana de Ystad, donde, desde la torre de la iglesia de Santa María, se toca por las noches un cuerno, que asusta a los visitantes que no conocen la costumbre. Lo puede afirmar mi compañera, que se llevó un susto terrible una noche que dormimos en un hotel próximo a la iglesia.
Bueno, pues aquí en Lund se decidió adquirir un carro con cisterna y una manga de riego en 1731 pero no fue hasta 1868, cuando un gobierno municipal adoptó su primera ordenanza contra incendios, por lo que Lund, por primera vez, contaba con un departamento de bomberos que funcionaba bastante bien, con cinco estaciones de bomberos de la ciudad. La organización del cuerpo de bomberos seguiría estando basada en el deber cívico. Aunque en 1880, 1884 y 1887, se planteó la cuestión de un cuerpo de bomberos organizado permanentemente y costeado por la ciudad, esto no se realizó hasta 1908, cuando se organizó un cuerpo de bomberos permanente con carácter militar que, con algunas reformas estructurales sigue estando vigente. Un día como hoy, podemos estar tranquilos porque tenemos una buena organización contra incendios. Las primeras fotos de hoy bajo el texto están tomadas por mi esta mañana, frente a la estación de Lund. Las dos siguientes son del primer equipamiento de los bomberos organizados, su primera manguera de presión a vapor, de 1868 y del ya profesional cuerpo de bomberos en 1912. Las dos últimas fotografías son del archivo de la ciudad.
[1] Lunds Historia, ett kalendarium från 990 till 1990. Anders Bruzelius 1989
Desde el mismo momento en que fue fundada la universidad de Lund, comenzaron a surgir los problemas de alojamiento. Para una ciudad de 1300 habitantes, la acogida de 150 estudiantes foráneos ya era un problema, que en la época de Tegnér y Agardh se había agravado tanto, que era preciso hacer algo para solucionarlo. Los catedráticos empezaron a ganarse un sobresueldo, alojando en sus casas a sus estudiantes. Esta era sin duda una buena solución para muchos, porque en estas casas había buenas bibliotecas y, estando cerca del catedrático, se podía profundizar en temas que le interesaran al estudiante. Cuando Lineo vino a Lund a estudiar en agosto de 1727, Lund tenía 2750 habitantes de los cuales 300 eran estudiantes. Linneo se alojó en la casa de Kilian Stobeus, doctor en medicina, el primero en Suecia, que un año más tarde ganó la doble cátedra de filosofía natural y física experimental. Stobeus tenía la biblioteca más completa de Lund y Linneo tomaba prestados libros que leía por las noches. Pero el joven Linneo estaba muy descontento con la enseñanza que recibía de sus profesores y también con lo que a él le parecía un jardín botánico insuficiente para sus necesidades. Un amigo de la familia le aconsejó mudarse a Uppsala, cuya universidad contaba con un mejor jardín botánico y con profesores competentes, y Line dejó Lund, casi sin despedirse de su anfitrión, al año siguiente.
La estancia y manutención en Lund era uno de los obstáculos, quizás el más serio, que un joven podía encontrar para estudiar en su universidad. Por tanto, esta posibilidad les estaba vetada a casi todos los jóvenes suecos, salvo que tuvieran algún mecenas. Si buscamos en las matriculas veremos que los padres de los estudiantes eran nobles o pertenecían a la jerarquía religiosa, aunque los hijos de campesinos se iban haciendo notar cada vez más. Especialmente estos últimos necesitaban encontrar alojamientos económicos y así fueron surgiendo las casas de estudiantes. Generalmente estas casas eran de dos plantas y las habitaciones para estudiantes estaban dispuestas en el segundo piso o en el ático, preferiblemente agrupadas alrededor de un corredor común. Las habitaciones eran muy primitivas para los estándares actuales: generalmente una cama, una silla, una mesa pequeña, una jofaina y, en el mejor de los casos, algún baúl o armario, donde guardar las pocas pertenecías. La limpieza estaba incluida en el alquiler y no había posibilidad de cocinar. Por otra parte, limpiar, cocinar, lavar y remendar la ropa rota no eran tareas que se esperaba que hiciera un estudiante, para eso estaban las doncellas comunitarias de la casa, que lo hacían por un pequeño sueldo. Las habitaciones generalmente se calentaban en otoño e invierno, y más de la mitad de la primavera, con una estufa de leña empotrada. El costo de la leña podía ser tanto como el alquiler. También era preciso costearse las velas de cera, necesarias todo el invierno para poder estudiar.
Algunas de estas casas, construidas en el siglo XVIII, siguen existiendo y dan ambiente a la ciudad, aunque ya no sirven como albergue para estudiantes. Como podéis ver en las fotos que subo a esta entrada, hoy podemos encontrar peluquerías o restaurantes en los bajos, mientras que los pisos altos son viviendas particulares. En su tiempo se las conoció con diversos motes: Locus Peccatorum o Locus Virtutum, ambas se hallan ahora dentro del recinto del museo al aire libre Kulturen, La Antorcha, La Felicidad y La Cabaña en la Calle St Petri, La caserna de Malmros, en Skomakargatan, La casa de los caballeros en Södergatan, La granja de Wickman o otras muchas. A mediados del siglo XIX fue construido el castillo de los estudiantes (AF borgen), que durante mucho tiempo acogió habitaciones para estudiantes junto con locales para fiestas y reuniones, además de oficinas. A las espaldas del castillo de los estudiantes se construyo en 1947 una casa prototipo con comodidades modernas, duchas y cocinas, para albergar a los estudiantes que, a partir de mediados de los años 40, abarrotaron la universidad y la ciudad, dejando así de pertenecer a una élite y formando un feliz proletariado. En la actualidad, la universidad de Lund tiene más de 8000 empleados de todas las categorías y unos 42 000 estudiantes. Las fotos de abajo muestran algunas de las antiguas casernas estudiantiles, cuyos edificios han sobrevivido hasta nuestros días. La ultima muestra Locus Peccatorum, el lugar del crimen.
Paseando por los alrededores de la Iglesia de Todos los Santos, lugar sito a la entrada norte de la ciudad, justo extramuros, me vino a la mente la batalla de Lund. No pensaba yo en la propia batalla, de eso ya he contado algo, pero lo que paso después, merece la pena contarlo. El rey Carlos XI, vencedor en la batalla, tenía entonces veintiún años recién cumplidos, pero llevaba ya dieciséis como soberano sueco., porque su padre Carlos X Gustavo murió a los 37 años, al poco de conquistar Scania, de resultas de una pulmonía. Este joven rey decidió al llegar a la mayoría de edad, en su caso a los 17 años, seguir los pasos Luis XIV, el Rey Sol, y tomar las riendas del gobierno de Suecia como monarca autocrático, rompiendo la tradición de los monarcas suecos de basar sus decisiones en mayorías parlamentarias. Desde la declaración ante el parlamento convocado en 168, el rey se consideraba “solamente responsable de sus actos ante Dios” (allenast inför Gud responsabel för sine actioner).
Para independizarse de la influencia francesa, tanto económica como política, ideó un sistema de levas (indelningsverket) basado en la designación de una cantidad especifica de reclutas según las circunstancias de cada comarca. Estos soldados tenían que ser alimentados y equipados por los campesinos, que además tenían que proveerle un domicilio, construyéndole una cabaña rodeada de un terreno suficiente para su manutención y la de su familia. Durante los periodos de maniobras y entrenamiento, los campesinos tenían que ayudar con los quehaceres necesarios a la esposa del soldado. Los que tenían que presentar soldados de caballería, tenían también que poner a su disposición un caballo. De esta manera el ejercito sueco se componía de 38 000 hombres en permanente estado de alerta, soldados profesionales, dispuestos a entrar en acción. Estos soldados recibieron el nombre de carolinos.
Carlos XI no consiguió grandes victorias con este ejercito profesional y bien entrenado, pero gano la paz, de manera que los últimos 20 años de su reinado fueron el periodo de paz más dilatado que se había vivido en Suecia desde tiempos remotos. Este rey supo hacerse popular de muchas maneras y contribuyo al futuro buen funcionamiento del estado, creando instituciones importantes de control y administración. Su temprana muerte a los 41 años, de un cáncer de estómago traumatizó al país. Pero el que más traumatizado quedó fue su propio hijo Carlos, el futuro Carlos XII.
El príncipe Carlos tenía 14 años cuando su padre murió. La noche del 7 mayo de 1697 estaba su padre en lit de parade en el palacio Tres Coronas (Tre Kronor) cuando un incendio fortuito obligo a todos a abandonar los aposentos y dejar el palacio, que en poco tiempo ardió por completo. Así empezó la extraña odisea de Carlos XII, un rey inmortalizado 1732 por el gran Voltaire en su obra “La historia de Carlos XII” (Histoire de Charles XII). El rey llevaba ya muerto 14 años cuando el libro fue publicado. Durante su corta vida vivió constantemente vestido con su uniforme de carolino, rodeado de sus soldados, viviendo en tiendas de campaña, siempre en el frente.
La paz que su padre había conseguido quedó rota después de su muerte. El pequeño imperio sueco, que había nacido de conquistas impuestas a Dinamarca, Polonia, Rusia y Sajonia, se veía atacado por todos sus enemigos, que aprovecharon los momentos convulsivos que siguieron al 1697. Obligado a guerrear, lo hizo de corazón. Entro en batalla con sus carolinos y su táctica le dio triunfos ante todos sus enemigos menos el zar Peter I de Rusia, aunque a la larga era imposible resistir. En Poltava, en lo que ahora es parte de Ucrania, en el verano de 1709, el ejercito ruso alcanzó las formaciones suecas y, tras una cruenta batalla, sufrió su mas costosa derrota. Los carolinos fueron aniquilados o hechos prisioneros y Carlos XII se retiró con el resto de su ejército hacia el sur, hasta el río Dniéper, que cruzaron el rey, Mazepa, el cabecilla cosaco, y unos 1500 suecos y una cantidad parecida de cosacos para escapar de los rusos y establecerse en el Imperio Otomano. El resto del ejército carolino se vio obligado a rendirse ante la superioridad rusa en el pueblo de Perevolotjna el 1 de julio de 1709. Al llegar a lo que hoy es Moldavia, entonces bajo el imperio otomano, se les permitió acuartelarse en Bender, hoy conocida como Tighina que, aunque está ubicada en la orilla derecha del río Dniéster, está controlada por la región separatista de Transnistria. Me paro a pensar un instante, porque me viene a la cabeza que los turcos hoy día no son tan buenos aliados de los suecos: eso de la OTAN y tal. Bueno, pues allí estuvo el rey Carlos viviendo con sus soldados, con dinero prestado por los mandatarios turcos, que consideraban que el enemigo de su principal enemigo, Rusia, era su amigo. Pero todo tiene su fin y en 1713 se cansaron en Bender de tener a tanto soldado sueco y cosaco por las calles y de prestarles dinero y, tras una buena trifulca, los suecos tuvieron que marcharse de allí un año más tarde.
Nos podíamos preguntar por qué el rey Carlos se conformó con quedarse en Bender tanto tiempo. En realidad no tenía salida, no podía regresar con sus soldados, porque los rusos, sajones, polacos y daneses le cerrarían el camino y les aniquilarían. Además Carlos, el gran batallador, sentía vergüenza de haber perdido su ejercito en una derrota tan aparatosa como lo fue Poltava. Obligado a marchar tuvo que tomar contacto con Viena, ya que los únicos caminos que Carlos XII podía seguir con cierta seguridad pasaban por las tierras del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por tanto, Carlos XII eligió una ruta que atravesaba Siebenbürgen y Hungría a lo largo del Danubio, pasando por territorio bávaro hasta Frankfurt am Main y Kassel, cuyo elector estaba emparentado con él. A partir de ahí, todo recto hasta Stralsund, que entonces era territorio sueco, donde pensaba quedarse un tiempo, pero los enemigos daneses, prusianos y sajones atacaron la ciudad y la asediaron. Carlos no tuvo más remedio que salir huyendo hacia Scania.
Finalmente, el 13 de diciembre de 1715, Carlos XII desembarcó en el pequeño pueblo pesquero de Skåre, al oeste de Trelleborg. El rey guerrero no había puesto los pies en su reino en quince años. Durante ese tiempo, el país se había deteriorado en gran manera. La economía estaba por los suelos, la moneda sueca carecía de valor y se cotizaba al peso, el territorio se mantenía de milagro. La idea era hacer un rápido ataque contra Noruega, entonces territorio danés, pero no funcionó como el pensaba. Y ahora viene lo inesperado: nuestro pequeño Lund, que a duras penas se había repuesto de los destrozos del 1676, se ve de repente convertido en la capital de Suecia.
Desde el 6 de septiembre de 1716 y durante casi dos años, Lund, la pequeña ciudad danesa, recientemente ocupada por Suecia, pasó a ser la capital del reino. El rey se apropió rápidamente de la mejor casa de la ciudad, que sigue estando en la confluencia de Södergatan y Svanegatan, que era propiedad de un catedrático de la recientemente abierta universidad, que naturalmente tuvo que buscar cobijo para él y su familia en otro lugar. La planta baja servía de residencia y en las habitaciones empapeladas de azul y amarillo había “todo tipo de armas caras y preciosas y muchos retratos” nos cuenta Johan Hultman, un sirviente del rey en sus memorias. El piso superior albergaba dos salones, donde se podían celebrar fiestas y reuniones, así como algunas habitaciones para invitados.
Caminando llego esta mañana al edificio que eligió Carlos XII para su estancia y veo que sigue estando allí, en el cruce de Södergatan con Svanegatan, como si estos 300 años no hubiesen pasado. Es un caserón construido en piedra en su base, con paredes muy gruesas y recubierto de ladrillo. Construido en el siglo XVI, forma parte de un pequeño grupo de construcciones de piedra y ladrillo que han sobrevivido hasta hoy, sobreviviendo los repetidos incendios que sufrió la ciudad desde el siglo XI hasta el XIX, que calcinaron las antiguas granjas de madera y barro que formaban la ciudad. Ahora no vemos soldados con uniformes carolinos en la puerta, tampoco vemos caballos ni carros, ni hay trajín en el patio, ni se oyen órdenes de los oficiales, ni cornetas, ni timbales. A esta hora lo que puedo ver es una grúa que unos hombres utilizan para mejorar la fachada de un edificio colindante, al otro lado del gran patio abierto. Si viniese aquí dentro de unas pocas semanas a esta hora, las ocho y diez de la mañana, encontraría el patio lleno de jóvenes, la mayoría de entre 16 y 19 años, camino de sus calases. Eso es porque aquí, a este antiguo edificio, se trasladó en 1837 la escuela catedralicia, convertida en instituto de bachillerato, dejando sus antiguos locales anexos a la catedral. Por tanto, Katedralskolan, que así se llama el instituto, ha recogido la herencia catedralicia y proclama su antigüedad partiendo del 1085, fecha en que fue fundada la primera escuela trivial catedralicia hasta nuestros días. En el siglo XIX se construyo el que ahora es edificio central y, pasando el tiempo, otros más en diferentes estilos, bastante distintos unos de otros, pero “la casa de Carlos XII”, como sus 1500 alumnos y 160 profesores la llaman, sigue en pie y en buen uso, cobijando oficinas y aulas de estudio.
Durante su estancia, el rey estaba bastante molesto con los inconvenientes, que una ciudad/aldea le ocasionaba. Por aquí pululaban cerdos a sus anchas, gallinas y perros sueltos. Por Södergatan, que baja en cuesta, navegaban excrementos y desperdicios los días lluviosos, y vagabundos llamaban a las puertas pidiendo limosna. Además, el monarca llevaba a donde fuera un grupo de acreedores compuesto por media docena de turcos, unos cuantos árabes, algunos judíos y hasta una condesa polaca, que le acompañaban esperando que pagase las deudas contraídas en Bender, durante su estancia y la de sus tropas, de más de cinco años. Es difícil hacerse a la idea de como una ciudad/aldea de 1300 habitantes podía alojar a tanta gente. Todas las casas quedaron ocupadas por soldados y miembros del séquito real, turcos y visitantes esporádicos que tenían que hacer tramites ante la corte. En los alrededores, en casas de labor y granjas por el sur de Scania, se acuartelaban más de 20000 soldados, dispuestos a marchar en alguna dirección, cuando se diera la orden.
Hubieron de ser días difíciles para la ciudad, que no sé yo si disfrutaría mucho con la presencia del rey. Los que sí sabemos la odiaban eran los 150 estudiantes que por aquellos entonces tenía la universidad, porque el monarca, muy interesado en la ciencia y asiduo oyente en las clases exigía que, los estudiantes mostraran su aplicación o, si suspendían, se alistasen al ejército. El rey asistía con frecuencia e inesperadamente a las clases, muy interesado en matemáticas y ciencias, también en filosofía, y en conversar con los nueve catedráticos de la institución.
Finalmente, el 11 de junio de 1718, el rey, solamente acompañado por su secretario y otro jinete sin identificar, dejaron Lund y partieron en dirección a Noruega. El ejército y su séquito partiría escalonadamente, hasta formarse frente a la frontera con Noruega. Carlos XII estaba obligado a intentar mejorar sus finanzas con una guerra, que esta vez lanzaría contra Dinamarca-Noruega. Lejos de solucionar los problemas financieros de Carlos XII, la campaña fue un fracaso y, el mismo rey, siempre al frente de sus soldados, siempre en la avanzada, fue abatido en la mañana del 30 de noviembre de 1718 por una bala disparada desde los muros del castillo de Fredriksten cerca de la noruega Halden. La saga de los carolinos terminaba aquí y con ella también llegaba a su fin la época del imperio sueco, que comenzó al final la guerra de los treinta años, con la Paz de Westfalia, 1648.
Lund volvió a su trajín diario y somnoliento. La universidad volvió a funcionar y a desarrollarse, al abrirse la posibilidad para estudiantes de fuera de encontrar alojamiento, lo que antes había sido imposible mientras la corte estaba aquí. Pero la muerte de Carlos XII sumió a todo el país en un estado de recesión del que tardó un siglo en recuperarse. El recuerdo de la estancia de Carlos XII en la ciudad quedó grabado en la memoria de los que la vivieron y de las siguientes generaciones y ha formado parte del relato histórico de la ciudad y de su propia imagen. Por su perfil guerrero, resaltado por Voltaire y por cientos de historiadores y escritores posteriores, han hecho del rey un ídolo de la extrema derecha, racistas skinheads y algunos académicos nazis trasnochados, que en los años 90 del siglo pasado celebraba el día de su muerte con una marcha a la luz de las antorchas. Recuerdo perfectamente como mis estudiantes preparaban batallas a pedradas contra estas marchas, hasta que poco a poco han ido desapareciendo, porque la extrema derecha ha dejado crecer el pelo, se ha comprado trajes de buen corte, y ahora está en el parlamento. Nuevos tiempos para Lund, nuevos tiempos para Suecia. Abajo podéis ver algunas fotos que he tomado de “la casa de Carlos XII” y al rey, llevando su uniforme carolino, De Atribuido a David von Krafft, un grabado que representa la ciudad a fines del siglo XVI y un mapa de la ciudad intramuros de 1801.
Paseando por la ciudad un día lluvioso, con un cielo plomizo y amenazante, me paro por casualidad ante un busto conocido, de los que hay bastantes por la zona universitaria. Yo sé que se trata de un historiador sueco del siglo XVII, Sven Lagerbring, el primer historiador profesional sueco que aplicaba algo parecido a un método moderno en sus investigaciones. Sí, este hombre se merece un busto al pie de la entrada al aula magna, entre las escaleras de la universidad y la Palestra et Odeum, antigua sala de esgrima y gimnasia de los estudiantes. Otro busto merecido es el de Kilian Stobeus, un precursor de la arqueología moderna al que en Lund le debemos la preservación de muchas huellas históricas. Su busto esta al cobijo de las hojas de una de las magnolias que engalanan el primero de mayo la fiesta de los estudiantes.
Está muy bien que la ciudad honre a los prohombres que la pusieron en el mapa, pero, ¿por qué no hay ni siquiera un pequeño busto de una mujer con nombre propio? ¿Es que no hemos tenido mujeres excepcionales en esta ciudad? Me cuesta creerlo, pero estatuas de mujeres ilustres no encuentro por ninguna parte. Tampoco encuentro muchos nombres de calles que lleven el nombre de una mujer y parece ser que otras ciudades suecas están en la misma situación, aunque un poquito mejor. La media sueca es de 14% nombres de mujeres y aquí en Lund solo 13%. Me pongo a buscar en la historia alguna mujer muy importante que fuese de Lund o hubiese vivido gran parte de su vida aquí. Encuentro a una mujer singular, Görvel Fadersdotter Sparre., nacida en 1517 en lo que entonces era Suecia, por tanto, fuera de Scania i lógicamente de Lund. Pero esta mujer tuvo una gran relevancia en su época, entre otras cosas como la mujer independiente más rica de Dinamarca. Recordemos que Lund era parte de Dinamarca hasta 1658, en realidad hasta 1712, pero Görvel nació dentro de la unión de los tres reinos, Noruega, Dinamarca y Suecia, que se mantuvo entre 1397 y 1523. Al menos el diseño de viviendas se le daba muy bien. Entre otros edificios diseño el palacio de Torup y en Lund, su propia casa casa, Stäket. Creo que algún recuerdo de esta señora entre las calles de Lund habría estado bien motivado. Esta mujer, casada tres veces y tres veces viuda, con su único hijo fallecido en 1548, dispuso hasta su muerte de su fortuna como quiso, recibió el encargo real de representar la corona danesa como encargada de uno de los más importantes territorios agrícolas en la zona. De ella se dice que siempre estaba dispuesta a “aprender a hacer cuentas como un alguacil, trabajar la madera como un carpintero, pensar como un catedrático, diseñar casas como un arquitecto y cultivar la tierra como un agricultor”.
Nuestra universidad, creada en 1666 por los ocupantes suecos, no tuvo ninguna mujer matriculada hasta 1880. No se yo si la primera mujer debería tener un busto o una calle a su nombre, porque Hildegard Björk, como se llamaba esta estudiante, no termino sus estudios. La que sí lo hizo fue Hedda Andersson, admitida el mismo año que Björk, que finalizó sus estudios de medicina en 1887. Esta mujer ha recibido algo de crédito en nuestros días, ya que un nuevo instituto de bachiller ha sido bautizado con su nombre. Abrirá sus puertas, por cierto, ahora en agosto. Hedda Andersson es interesante además porque provenía de una familia que en cinco generaciones, siempre había contado con alguna curandera. Ella es pues una exponente de la profesionalización de la medicina y su alejamiento de la medicina tradicional. Si las pioneras no han dejado mucho rastro, las que les siguieron han logrado tomar el espacio que les corresponde. Hoy hay más mujeres que hombres estudiando en la universidad y sus resultados son ligeramente superiores a lo0s de los hombres. Todavía hay más catedráticos que catedráticas, pero hemos tenido una rectora de la universidad, mujeres obispo (obispas?.)
Yo encuentro alguna que otra mujer interesante en la historia de Lund, pero ningún rastro honorifico, bueno, sí, alguna ha sido honrada con darle nombre a una calle. Una de ellas fue Hildur Sandberg, una de las doce mujeres que en el año 1900 estaban inscritas en la universidad de Lund. Una joven con una fuerte personalidad, estudiante de medicina y muy interesada en la política y en cuestiones relacionadas con los derechos de las mujeres, la sexualidad y la libertad religiosa, que murió de forma extraña a los 23 años. Por su intensidad la apodaban sus compañeros Magnus Bonum y en Malmö, donde solía dar conferencias, hablaban de ella como “la leona de Lund”.
Yo encuentro estatuas de mujeres, pero son alegóricas o anónimas y en su mayoría representan mujeres desnudas. Mujeres y jóvenes son siempre representados desnudos. Yo pienso que casi todos los hombres a los que se les ha dedicado una estatua o un busto, han estado vestidos y con atributos de su rango o clase social. Voy pensando que quizás de ahora en adelante se empiece a considerar un poco que la mitad de la humanidad esta compuesta por mujeres y que entre ellas hay muchas cuya valía merece una especial atención. También es importante que las generaciones que vienen encuentren referentes, tanto hombres como mujeres. En Lund hay un grupo de referencia que tiene como objetivo aconsejar a la junta de urbanismo y construcción nombres para las nuevas calles que se van construyendo en las nuevas urbanizaciones. Tendré que hablar con ellos.
Si hay pocas huellas de mujeres en el callejero o entre los monumentos de Lund, hay algunos edificios muy interesantes diseñados por féminas. El primero ya lo he nombrado, Stäket, diseñado por la señora Görvel Fadersdotter Sparre y es del siglo XVI y el otro es mucho más reciente y mucho más controvertido, el centro de visitas de la catedral de Lund, diseñado por la española Carmen Izquierdo en 2011. Izquierdo ganó el concurso que la diócesis publicó en 20003 al que se presentaron 353 proyectos. Este edificio tiene tantos detractores como partidarios, aunque ya casi no se habla de ello. A mi me encanta, la verdad, y suelo pasar por allí a tomarme un café o a leer el periódico. También he presentado proyectos allí con mis estudiantes y he dado alguna que otra conferencia en sus locales. Las fotos las he tomado hoy para ilustrar mi relato.
En una ciudad cohabitan los vivos, los muertos y los que han de venir y aún no son más que posibilidades y sueños de los vivos. Antiguamente, como se sigue haciendo en los pueblos y aldeas suecas, se enterraba a los fallecidos en la misma iglesia o en el terreno colindante a ella, el sagrario. Allí se reunía la parroquia para asistir a misa y rezar, también por los que habían comenzado el eterno descanso. En Lund se fueron reubicando las tumbas que rodeaban la catedral y las iglesias que quedaron tras la Reforma en 1536, que solo fueron dos (de las 24 que había) y los muertos quedaron separados de los vivos y fueron trasladados a cementerios enmarcados dentro de la ciudad, pero separados por verjas o vallas. La excepción en Lund es el sagrario de la iglesia conventual de San Pedro (Sankt Peters Klosters kyrkogård), que conserva 340 tumbas, 70 de las cuales se consideran como valores históricos protegidos.
En 1845 fue vendido en subasta un terreno pegado a la parte este de la muralla/promontorio que bordeaba la ciudad. Lo compró el alcalde que lo convirtió en una sociedad limitada y vendió las acciones entre las familias acomodadas de la ciudad. El cementerio del este (Östra kyrkgården) es probablemente el único cementerio de Suecia que se financia y gestiona como sociedad limitada. Debido a que los pioneros de la época habían firmado acciones, que a su vez acreditaban el derecho a un lugar de sepultura para 10 tumbas, el cementerio se convirtió en el lugar de descanso final de muchos de los que durante la mayor parte del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX marcaron en gran medida el desarrollo de la ciudad.
Un destacado miembro dentro del estrecho círculo de amigos de Esaias Tegnér en Lund fue el catedrático matemático, botánico, micólogo y obispo sueco Carl Adolf Agardh. Este hombre singular, tiene, sin duda, el monumento funerario más grandioso de Lund. Su busto parece mirarnos cuando pasamos por el camino de gravilla que atraviesa el camposanto de norte a sur. ¿Quién era este hombre? Juzgando por su fisionomía parece un hombre bien parecido, con mirada inteligente y quizás un tanto soñadora. Era, pensamos, un hombre moderno en aquella época que le tocó vivir, que supo aprovechar las oportunidades que la vida le concedió. Además es posible que la tez morena y el pelo negro que le caracterizaba se debiera a una tradición familiar que atribuía los rasgos mediterráneos de la familia a un capitán de barco español, cuya hija o hermana se habría casado con un Ollman, la familia de la madre de Carl Adolf Agardh.
En la matricula de la universidad de Lund de 1799 encontramos a Tegnér y Agardh en el mismo folio. A diferencia de Tegnér, Agardh, venía ya sabiendo exactamente lo que quería estudiar. A él, la botánica era lo que mas le interesaba. Había tenido un gran profesor desde muy joven en el pastor protestante Osbeck que a su vez había sido discípulo del famoso Lineo. Tras su doctorado en 1805, necesitando encontrar una seguridad económica, muy insegura en la universidad, iba de camino a comenzar una carrera docente en el instituto, pero sus profesores lograron retenerlo, ofreciéndole una plaza de profesor adjunto de matemáticas. En 1807 fue recomendado como profesor privado de los hijos del diplomático y político Lars von Engeström, que ese año había regresado a Suecia y fijado su residencia en Lund. Tras el golpe de estado que obligó a abdicar a Gustavo IV Adolf, fue llamado a Estocolmo a hacerse cargo del ministerio de asuntos exteriores y fue uno de los negociadores suecos que firmaron la dura paz con Rusia que supondría la perdida de Rusia.
Entraba Agardh de esta manera, como figura periférica pero relevante, en la élite política de aquellos años. Una época llena de importantes acontecimientos y nuevas perspectivas a las que él, con su olfato político, se iba acoplando. Von Engeström fue nombrado canciller jefe de la universidad de Lund y como tal ayudó al profesor de su hijo a lograr una plaza de catedrático. Las carreras de Tegnér y Agardh confluyeron pronto y fueron durante muchos años los que marcaron el ritmo de la vida cultural y política en Lund. En casa de un amigo de ambos, el catedrático de historia y orientalista Bengt Magnus Bolméer, formaron una sociedad científica informal muy parecida a nuestra Sociedad Científica de Mérida (SCM), Härgärget, con la diferencia de que sus reuniones siempre eran presenciales, aunque creo yo que, de haber existido el WhatsApp en aquellos tiempos, los miembros de Härbärget (el albergue) seguramente lo habrían usado. Exponía Tegnér de esta manera la actividad de esta agrupación: “fue la fraternal amistad, el entusiasmo por la vida, la cosmovisión juvenil y los intereses literarios, no las normas y estatutos reglamentarios, lo que unió a sus miembros”. Al mismo tiempo contribuyó Agardh de una forma concreta a la introducción de reformas que potenciasen el desarrollo económico de la región y de Suecia en general. De esta manera trabajó para la realización de nuevas ideas económica, encabezando la fundación de la caja de ahorros de Lund, participando en la formación de una compañía especial de protección contra incendios para las ciudades de Scania y presentando un plan para la formación de una asociación hipotecaria de Scania, participó en la redacción de sus estatutos.
Todo hijo de padres burgueses que quisiera hacer carrera pública soñaba con algún día llegar a obispo. Era esta también la aspiración de Tegnér y de Agardh. Una plaza de obispo le proporcionaba al elegido una vida holgada y un puesto de relevancia política, que podía servir de baluarte para la realización de proyectos sociales y económicos. El parlamento sueco estaba compuesto de cuatro brazos, el noble, el eclesiástico, el burgués y el campesino. El brazo noble estaba compuesto de representantes de las familias nobles, autóctonas o introducidas en Suecia. El brazo eclesiástico estaba presidido por al arzobispo y constaba de todos los obispos y un numero especifico de pastores. El brazo burgués representaba las ciudades y estaba representado por los alcaldes. El brazo campesino estaba compuesto por un campesino de cada demarcación jurídica (härad), siendo por lo general un propietario importante. Cada brazo tenía un voto y por tanto en cada brazo se discutían las decisiones hasta conseguir una mayoría para una línea de voto. El parlamento sueco (Riksdagen) tenía la potestad de administrar la base económica del poder, concediendo impuestos para la financiación del estado. El regente no podía financiar una guerra sin la aprobación de una mayoría parlamentaria. Tras la constitución de 1809, el parlamento, jugaba un papel de gran relevancia. En 1866, el parlamento sueco fue reformado, suprimiendo los cuatro brazos y sustituyéndolos por dos cámaras; cámara alta, compuesta por los gobernadores de las provincias más representantes de la población elegidos por sufragio relativo a su posición económica, a más capital más votos, y cámara baja, elegidos por sufragio universal masculino y restringido a aquellos que tenían un cierto salario o disponían de un capital. Ni Tegnér ni Agardh llegaron a conocer el nuevo parlamento, pero fueron altamente relevantes en el brazo eclesiástico durante su vida activa.
A sus 42 años, Tegnér fue nombrado obispo de Växjö en 1824. Su amigo y casi coetáneo (nacido en 1785) Agardh tuvo que esperar a 1835 a ser nombrado obispo de Karlstad. Para Tegnér fue un nombramiento deseado, pero altamente inquietante. Nada más ser elegido, se arrepintió, porque se sentía muy a gusto con su vida de académico y escritor en Lund. Tardó un año en incorporarse a su nuevo cargo y tras el nombramiento sufrió su primera depresión, a la que seguirían muchas más durante el resto de su vida. No le ocurrió lo mismo a Agardh que usó su nueva plataforma para desarrollar todo su potencial político. De los dos se puede decir que conservaron una amistad profunda condicionada por la admiración sin reservas de Agardh hacia Tegnér, que ni siquiera los periodos continuos de depresión de este pudieron cambiar. Tras la muerte de Tegnér en 1846, Agardh lo recordó como un genio universal.
En el cementerio del este de Lund queda el recuerdo de Agardh en su tumba. Tegnér recibió sepultura en Växjö pero está presente en Lund con su monumento y su casa/museo. La importancia de estos dos estudiantes, profesores y políticos no se puede exagerar. Los dos fueron vitales para la transformación de Suecia tras la gran derrota contra la poderosa Rusia, una Rusia que los dos odiaban de corazón. Con sus escritos y sus campañas políticas contribuyeron a formar una conciencia escandinava que intentaba ser aglutinadora, mucho antes que Alemania o Italia. El escandinavismo como movimiento político tiene una fecha de salida, el 23 de junio de 1829, cuando en una ceremonia de promoción de doctores en la universidad de Lund, el ya obispo Esaias Tegnér colocó una corona de laurel en la cabeza del poeta danés Oehlenschläger con las palabras: “El tiempo de la reconciliación ha culminado”. Con eso quería decir que las viejas rencillas entre Dinamarca y Suecia habían concluido. Las primeras estrofas del himno nacional sueco, escritas en 1844 por otro romántico influido por el goticismo nos dejan comprender la idea de la unión escandinava: “Antiguo, libre y montañoso Norte/silencioso, feliz y hermoso/yo te saludo, el país más benévolo del mundo/tu sol, tu cielo, tus verdes prados.”
(Du Gamla, Du Fria, Du Fjällhöga Nord
Du Tysta, Du Glädjerika Sköna
Jag Hälsar Dig Vänaste Land Uppå Jord
Din Sol, Din Himmel, Dina Ängder Gröna)
El himno no nombra a Suecia pero si al Norte (Norden) que comprende Suecia, Dinamarca y Noruega. Traducido a la realidad ibérica sería como un movimiento que quisiera unir Portugal con España, mirando aquello que nos une y olvidado lo que nos ha dividido en la historia pasada. Un sueño ibérico como lo fue el sueño escandinavo, vivo aún dentro de la cultura y las artes, pero muerto y enterrado políticamente. Finlandia se consideraba perdida a Rusia, donde formaba un gran ducado dependiente de Moscú. Islandia pertenecía a Dinamarca. Noruega y Suecia mantenían desde 1814 una unión bajo la regencia de la dinastía Bernadotte, introducida en Suecia por el mariscal francés Jean Bernadotte. En la actualidad Islandia es independiente de Dinamarca desde 1944. Finlandia logró su independencia de Rusia tras la revolución de 1917 y Noruega se independizó de la unión con Suecia en 1905. En la actualidad Suecia, Dinamarca y Finlandia forman parte de la Unión Europea. Noruega está asociada a la misma, pero ha elegido no ser miembro, aunque es miembro de la OTAN, como Islandia y Dinamarca, y como recientemente también Finlandia. Suecia eligió permanecer neutral, como lo había sido desde 1814, pero ha solicitado la entrada en el pacto atlántico a raíz de la ocupación rusa de Ucrania, algo que por el momento Turquía y Hungría bloquean. En 1914, al estallar la primera guerra mundial tuvo lugar en Malmö un encuentro entre los tres monarcas. En las fotos vemos el monumento funerario sobre la tumba de Carl Adolf Agardh, un cartel propagandístico de 1845 y una foto de los tres reyes escandinavos en el balcón del ayuntamiento de Malmö 1914.
Desde que tuvo uso de razón, Esaias Tegnér, quiso ser escritor. El se veía a si mismo como un gran poeta y mandaba a partir de 1801 sus poemas a todos los concursos que anunciaba la Academia Sueca, institución creada por Gustavo III en 1786, ahora conocida en todo el mundo por ser la que concede los premisos Nobel. A caballo entre el estilo erudito, latinista sueco, de finales del siglo XVIII y el romanticismo alemán. Desde su pequeño despacho en Lund, los poemas de Tegnér, inspirados sus lecturas de Kant, Schelling y Fichte, van siendo poco a poco conocidos. La Academia Sueca le concede alguna que otra mención, pero en Gotemburgo, conseguirá al fin algunos premios.
A los 28 años le llega al fin el reconocimiento de la Academia. Lo gana con su poema “Lo eterno” (Det eviga). Aquí trataré de traducir los primeros versos:
El fuerte, con la espada, da forma a su mundo,
Su fama vuela como águilas;
Pero en algún momento la espada viajera se rompe.
Y las águilas son derribadas al vuelo.
Lo que la violencia puede crear es difícil y breve,
Muere como una tormenta de viento en el desierto de la distancia.
Pero la verdad sigue viva. Entre carros y espadas
Ella se irgue tranquila con una frente radiante.
Ella guía a través del mundo nocturno
Y sigue señalando el camino.
La verdad es eterna: Por cielo y la tierra
resuenan de generación en generación sus palabras…
http://runeberg.org/tegnersskr/2/0212.html
Tegnér escribe “el fuerte” y en 1810 todos sabían a quienes se refería. Eran dos, los fuertes, no uno. Uno de ellos Napoleón, el ídolo que le había defraudado con sus planes de atacar Suecia. El otro es , naturalmente, el zar Alexander, que poco antes había tomado Finlandia, la cuarta parte del territorio Sueco, tan sueco como podía ser Estocolmo y mucho más sueco que el territorio sueco recientemente conquistado a Dinamarca, donde Tegnér vivía. Cuando se trata de Napoleón, la frustración que sentía Tegnér es la misma que sintió Beethoven seis años antes, al ver como su héroe, Napoleón, traicionaba las ideas liberales de la revolución francesa haciéndose proclamar como emperador de los franceses.
Con este poema se le abre a Tegnér el camino de la fama y, curiosamente, también el reconocimiento académico. El mismo año es nombrado catedrático de estética y dos años mas tarde también de griego. Y, finalmente, consigue su más dorado sueño: el gran premio de la Academia -sueca en 1811, aunque no se publicaría hasta 1817. Es su obra más política, tanto, que le obligan a cambiar algunas estrofas que podían molestar demasiado al gran vecino del este, esa Rusia que se sabía poderosa y que quizás no se conformara con Finlandia y estuviera dispuesta a venir a por más. Desde la isla de Åland, ocupada por formar parte del territorio finlandés, incurrían a veces, aprovechando los hielos del invierno, destacamentos rusos hasta la costa sueca. Se habían visto cosacos cerca de Uppsala, se decía.
En 1812 es admitido como miembro en la Asociación Gótica (Götiska Förbundet) formada el año anterior en Estocolmo por escritores personas relevantes de la vida cultural sueca en un contexto claramente ligado al romanticismo. Allí se volverá a encontrar con un antiguo amigo de Lund, el maestro de esgrima Ling, que recordamos como creador de la gimnasia sueca y a otros escritores y académicos. Todos tomaron nombres vikingos, que utilizarán durante sus reuniones y ceremonias. Tegnér recibe el nombre de Bodwar Bjarke. Con el tiempo se le sumaran más amigos de Lund, entre otros Carl Adolf Agardh, al que dedicaré una entrada de blog completa. Esta asociación tenía como principal objetivo la regeneración de la sociedad sueca tras la perdida de Finlandia, aceptada la derrota y olvidando el revanchismo, que se consideraba como algo indeseable, ya que podía resultar en una catástrofe. En lugar de revancha militar, trabajaba esta organización con la idea de, como Tegnér escribía en el poema que le dio el gran premio de la Academia sueca, Svea: “…para, dentro de las fronteras de Suecia, crear de nuevo Finlandia.”
Se refería Tegnér al esfuerzo necesario para redimir el país de la pobreza y el atraso. Se quería crear una conciencia nacional que uniese las fuerzas de académicos, industrialista, banqueros, trabajadores y artistas, para conseguir un futuro mejor. La Asociación Gótica tuvo gran transcendencia durante las cuatro primeras décadas del siglo XIX, directa o indirectamente, como inspiradora del desarrollo económico y cultural de Suecia. La vida de Tégner durante estos años tuvo unos grandes cambios; subió muchos escalones en la escala social, contrajo matrimonio y, quizás para el lo más importante: se convirtió en el primer “best seller” famoso en toda Europa y traducido a varios idiomas.
Desde su residencia en Lund, a partir de 1815 en una casa-granja cerca de la catedral, estuvo escribiendo una serie de poemas que fue publicando en la revista Iduna. Eran cantos que formaban parte de una historia inspirada en la saga islandesa. El poema entero fue publicado en 1825 con el título Frithiofs saga (La historia de Frithiof). Johann Wolfgang von Goethe pidió a Amalie von Imhoof que tradujera su obra al alemán y pronto estaría en las mesas de todos los eruditos y estudiantes. Un verdadero furor por todo lo “vikingo” o nórdico acompañó a esta obra inspirada en la Helga del danés Oehlenschläger, el amigo de Ling. Y es que el romanticismo alemán necesitaba encontrar sus raíces, y parecía haberlo hecho en estos versos rudos que recordaban un pasado idealizado, bien distinto de los modelos latinos que se habían usado hasta entonces. Una nueva estética, una nueva léxica, una nueva historia, para construir el espíritu germánico. Como os habréis fijado, la estatua de Tegnér se apoya en una piedra rúnica, símbolo del pasado nórdico. Aquí le dejamos por hoy. Seguiremos mañana, porque hay mucho más que contar de este señor. Como podéis ver en la foto, estoy leyendo una edición de la obra de 1903, de ahí la diferente ortografía del título. El la veintisieteava edición.
“Ama la libertad, incluso a los audaces, en la investigación, en el poema, en el pensamiento, porque la libertad es la cuna del noble, al temeroso, su espíritu servil le hace merecer sus grilletes.”- Esto lo escribió un hombre culto en Lund, Esaias Tegnércuando según él el lugar donde vivía era simplemente “una aldea académica”. Este hombre nació en 1782 y murió en 1846. Su vida y obra la he empleado cientos de veces con mis estudiantes para dar vida a procesos históricos, sociales y económicos muy variados. Él ha venido a representar una encarnación de la transición entre el antiguo régimen y la modernidad. Empezaré por presentar a los antepasados de este hombre. Su abuelo era campesino, como casi todo el mundo en aquella época. Los abuelos tenían tan buena economía que pudieron enviar a su hijo, Esaias Lukasson, nacido en 1733, a estudiar teología y de esa manera aspirar a una plaza de pastor en alguna buena parroquia, lo que consiguió, casándose al poco tiempo con la hija de un vicario bien situado. De esta manera subía el joven Esaias Lukason unos cuantos peldaños en la escala social. Acceder a la carrera eclesiástica era la única forma en la que, el hijo de un campesino, podía aspirar a escalar socialmente. En muy pocas ocasiones, esta posibilidad quedaba abierta también para hijos de braceros o gañanes sin tierra, en caso de ser excepcionalmente inteligentes y de que alguien con poder le cogiese bajo su tutela.
Uno de los primeros pasos que marcan el nuevo estatus de Esaias Lukasson es que elige un nuevo apellido, Tegnerius, para dejar constancia de su educación latina (Tegnerius del pueblo Tegnaby en Småland) Apellido que en sueco es Tegnér. Al morir en 1792 dejo viuda, dos hijas y cuatro hijos, de los cuales los dos mayores ya eran estudiantes en Lund, y con ellos marchó el pequeño Esaias, puesto a su cuidado. Esaias empezó a trabajar con un amigo de su padre, alguacil ejecutor de deudas. En sus ratos libre Esaias leía todo lo que pillaba, sobre todo historia y literatura. Su jefe se dio cuenta de las posibilidades del muchacho y le envió a casa de un hacendado capitán perteneciente a la nobleza, donde su hermano mayor trabajaba de profesor particular. De esta manera, el pequeño Esaias pudo adquirir la misma educación que su hermano impartía a los hijos del capitán. Cuando el hermano Carl Gustav recibió la llamada del dueño de una explotación minera para educar a sus hijos, llevó consigo al ya adolescente Esaias que siguió estudiando bajo su tutela. Aquellos eran los tiempos en los que hombres audaces de orígenes medianamente humildes podían hacerse ricos en los nuevos escenarios de la economía, que comenzaba a ser global; primero fue la minería y la madera, más tarde serían os cereales, los productos suecos que iban a parar a los mercados de los países en vías de industrialización.
Con 17 años, este mozalbete avispado y empollón se inscribió en la universidad de Lund, y fue el día 4 de octubre de 1799., día que los estudiantes de Lund han mantenido hasta hace poco como día festivo, para recordar al ilustre alumno. La necesidad económica le llevó como profesor particular a la casa de un barón durante dos semestres, pero, lejos de perder el hilo de los estudios, consiguió graduarse en filología en diciembre de 1801 y en mayo de 1802, en filosofía. A nuestro amigo y colega, el psicólogo Ramón Alvarado supongo que le encantará saber que la tesina de grado que presentó el joven Tegnér se titulaba en latín De causis ridendi (Sobre las causas de la risa).
Dejadme que recapitule un poco sobre lo que ocurría alrededor de Esaias Tegnér hasta el momento de su graduación. Primeramente, nace en un tiempo crucial, en plena rebelión de los colonos americanos, la guerra ya casi conclusa, las colonias liberadas. Con siete años quizás se entero de la revolución francesa, los diarios suecos la comentaban. Con diez años, Suecia vivió un magnicidio, el atentado que le costó la vida a Gustavo III en marzo del 1792, un verdadero drama. Se inscribe nuestro hombre en la universidad al mismo tiempo que Napoleón toma las riendas de Francia y transforma la revolución desbordando sus cauces por toda Europa. Mientras presenta su De causis ridendi, Tegnér conoce los grandes triunfos del general corso. Hasta la moda ha cambiado. Las pelucas han dado paso al pelo corto, a la romana, los pantalones llegan ya a los tobillos. Las mujeres se visten con sencillos vestidos de colores suaves, el pelo recogido en moños, todo mucho más fácil para ellas con la nueva moda que se impone desde Paris y Londres.
De aquí en adelante todo transcurre muy rápido para Tegnér. En 1803 se le concede el puesto de profesor adjunto en Estética. En 1806, su cargo, que combina con el empleo de bibliotecario, ya es más seguro y decide casarse con el amor de su vida, Anna Myhrman, hija del rico magnate de la minería donde su hermano trabajaba como profesor particular y donde Esaias, un niño aún, comenzó a interesarse intensamente por la historia y la literatura.
El joven académico pluriempleado encuentra tiempo para escribir en verso y en prosa. Su faceta de autor literario le haría famoso más adelante. Ahora, en 1806-1807 vuelca sus versos cargados de alabanzas hacia su ídolo predilecto, Napoleón, sobre el papel que puede comprar. Lo del papel es importante porque a comienzos del siglo XIX es tanta la fiebre literaria que no hay papel para tanto libro. Pronto cambiará todo en la vida política sueca. De alguna forma lo que ocurrió hace más de doscientos años sigue condicionando la escena política en nuestros días. Una actualidad que une el pasado con el presente. Pero antes de llegar allí, detengámonos en un pequeño detalle histórico no muy conocido en Suecia ni en España, aunque tuvo grandes consecuencias para los dos países.
Como una respuesta a la derrota sufrida en Trafalgar por las escuadras francesas y españolas, Napoleón se empleó a fondo para aislar a los ingleses con el llamado Sistema Continental. Su superioridad por tierra le permitía ir ocupando todos los países europeos, haciéndese con sus puertos para controlar los transportes navales. De esta manera tomó Napoleón Dinamarca sin un solo tiro, más o menos como hicieron los alemanes siglo y medio después. Para controlar este pequeño país tenia a su disposición un contingente francés mandado por el mariscal Jean Bernadotte y, ahora viene lo bueno, un contingente español de 13 355 hombres, 3088 caballos, 25 cañones, 116 mujeres, 69 niños y 49 criados, que fue enviado por España a Dinamarca como ayuda a Napoleón en 1807 para proteger las costas danesas de desembarcos británicos. El contingente español, al mando de Pedro Caro y Sureda, III Marqués de La Romana, ha partido de España por Irún y Port Bou respectivamente y pasarán ese invierno en Hannover, hasta que en marzo de 1808 entran en Dinamarca. Los daneses les reciben con los brazos abiertos, entre otras cosas porque los ingleses les han destruida la flota y les han dejado sin comunicación con los territorios de ultramar, entre ellos Islandia.
Tenemos noticia de como fueron recibidos y considerados estos soldados españoles, por los relatos que nos han dejado los que estuvieron allí y lo vivieron. Uno que lo recordaba 42 años después era un niño cuando vinieron los españoles a Dinamarca, su nombre es Hans Christian Andersen, leamos su relato:
“Pero lo que más me agradó en mi recuerdo, y que fui reviviendo después en numerosas narraciones, fue la estancia de los españoles en Fionia en 1808. Ciertamente, entonces yo no tenía más que tres años, pero recuerdo perfectamente a aquellos hombres morenos que paseaban armando bulla por las calles, y los cañones disparando. Vi dormir a aquella gente en una iglesia medio derruida al lado del hospital, sobre montones de paja. Un día un soldado español me tomó en sus brazos y me puso sobre los labios una imagen de plata que llevaba en el pecho. Me acuerdo de que mi madre se enfadó, porque debía ser algo católico, dijo, pero a mí me gustó la imagen y también el extranjero, que bailó conmigo, me besó y lloró. Seguramente también él tendría hijos, allá en España. Vi cómo llevaban a uno de sus camaradas al paredón por haber asesinado a un francés. Impulsado por este recuerdo escribí, muchos años después, mi poemita “El soldado”, que Chamisso tradujo al alemán y se incluyó en el libro ilustrado Soldatenlider.” Hans Christian Andersen. “El cuento de mi vida sin literatura”, 1847 (Mit eget Eventyr uden Digtning).
Poco duró el idilio, porque los acontecimientos en España: el Motín de Aranjuez el mismo marzo, la ocupación francesa de importantes plazas, la retención de la familia real en Francia y la usurpación del trono español, poniendo al hermano de Napoleón, José Bonaparte como rey de España, cambiaron radicalmente las condiciones y la motivación del contingente español que meses más tarde, con la ayuda de la flota inglesa, pudo ser repatriado. Bueno, todos no, algunos se quedaron allí porque encontraron novia, otros, como el joven soldado Isidoro Panduro, no pudieron embarcar por enfermedad o, como en el caso del mismo Panduro, porque se habían accidentado, roto una pierna, en su caso. Este muchacho de Alcázar de San Juan, fue acogido por los daneses y se casó con una joven danesa. Sus descendientes ahora en Dinamarca son bastante conocidos. Isidoro, que era de oficio carpintero ebanista, fundó una compañía que hoy es muy conocida en toda Escandinavia, Panduro Hobby y uno de sus descendientes ha sido uno de los escritores más famosos en lengua danesa.
La idea de juntar a soldados españoles, franceses, daneses y polacos, en un número aproximado a los 40 000 hombres era atacar a Suecia, porque Suecia, con la política de su monarca Gustavo IV, o quizás, mejor dicho, por la animadversión privada del rey sueco contra Napoleón, permanecía como aliada del Reino Unido. Las desgracias se le juntaban a Suecia, pero la oportunidad de ser atacada por las fuerzas de Bernadotte se fue al traste con la partida de los españoles, al menos por un tiempo. Peor iban las cosas por el este, desde donde los rusos, todavía aliados de Napoleón, amenazaban Finlandia, una parte esencial del territorio sueco. En 1809 el zar Alexander decidió invadir Finlandia y las tropas suecas fueron incapaces de impedirlo. Replegados hacia Estocolmo, los oficiales suecos, que echaban la culpa de su derrota a la política del rey, decidieron obligarle a abdicar y lo consiguieron. En la próxima entrega os contaré que pasó ese para Suecia tan convulsivo 1809 y de qué forma entró Tegnér en los acontecimientos. Abajo prodrís ver una foto del que suscribe rodeado de estudiantes, mientras les cuento las batallitas de Tegnér bajo su estatua, por cierto la primera estatua en Suecia que representa a alguien que no perteneciera a la casa real o fuera un militar de alto rango.
Yo no he sido nunca un amante de la gimnasia. Simplemente con acercarme a la sala empezaba a sentirme mal. En el vestuario me movía lentamente, como para acortar el tiempo en la maldita sala. Hasta allí llegaban los ecos de la actividad de la clase que nos predecía. Se oían risas, golpes de balón en el parqué, estruendos metálicos y la voz ronca del profesor, dando órdenes a voces, despidiendo a la clase. Mis compañeros se apiñaban a la entrada para aprovechar lo más posible el tiempo muerto hasta que empezará la clase. Ese tiempo en el que podíamos usar todo a nuestro antojo, corretear jugando, dar patadas a un balón. Todos se apresuraban, menos yo. Yo entraba despacio, me sentaba a esperar en uno de los bancos de madera que se usaban para hacer ejercicios y pedía por dentro que pasase algo, lo que fuera, que interrumpiese la lección o la retrasase. Pero eso casi nunca sucedía.
No, a mi la gimnasia no me gustaba nada. Formar en fila y, a golpe de pito, hacer una cantidad de movimientos con nombres raros, todos sincronizados, todos tiesos como palos con caras serias, las camisetas blancas, los calzones azules, descalzos. Los aparatos de tortura esperaban amenazantes; el plinto, el potro, el caballo, la escalera horizontal, las espalderas, las cuerdas; la lisa y la de nudos, en fin, aparatos todos dignos de la inquisición. Había que saltar el potro, siempre muy alto, y yo sabía que me trabaría y me trababa, con las risillas de los compañeros como alfileres por toda mi alma. Había que dar volteretas sobre el plinto, yo que no daba volteretas en el suelo siquiera; más risas. ¡Vuelve a intentarlo! ¡Ponte al final de la fila y vuelve a intentarlo! – gritaba el energúmeno de profesor que teníamos, gimnasta de élite, que no comprendía por qué un chico con dos brazos y dos piernas, no pasaba el potro en volandas o no volaba sobre el plinto.
Gimnasia sueca, llamaban a esa tortura. Gimnasia infernal, diría yo, que me imaginaba Suecia como las Calderas de Pedro Botero, y a este potentado como el padre de la invención. La verdad, a mi me salvo el vivir en un quinto piso sin ascensor, Aunque parezca mentira yo, desde muy temprana edad, ejercitaba mis piernas y mi oxigenación subiendo y bajando cien escalones de madera, por lo menos cuatro veces al día. Y, claro, yo tenía en mis piernas un tesoro sin descubrir. Ocurrió un día frío de febrero que el profesor de gimnasia, don Luis, creo que se llamaba, se acercó a mi con una cara que no le había visto hasta entonces. Me parece recordar que hasta sonreía un poco. Me dijo: “Se avecina el Dos de Mayo y, tenemos que participar en las celebraciones del heroico día en el estadio de Vallehermoso. Tu clase hará una exhibición de gimnasia y, como a ti no te gusta mucho la gimnasia sueca, he pensado que puedes representarnos en la carrera pedestre de tres kilómetros que tendrá lugar a la vez.” – Me lo decía a mi porque la carrera no le importaba mucho; llevando a alguien quedaba bien y siempre podía achacar un mal resultado a que yo era un niño “crudito”, como el solía decir. Puso un dorsal de tela en mis manos y me dijo: “No nos dejes mal, Martín, ¡sabes que llevas la honra del colegio y de tu clase a las espaldas!, y se alejo con una sonrisa de complicidad dedicada a mis compañeros de calse que me miraban incrédulos y socarrones.
Se suponía que, los días de clase, mientras mis compañeros volaban sobre el potro y el plinto y hacían cientos de ejercicios y movimientos casi de ballet, yo debía entrenarme corriendo algunas vueltas a la pista de atletismo que teníamos a la intemperie. Hiciera sol o calor, se suponía que yo tenía que correr durante la hora de la gimnasia. Yo lo intentaba, pero nadie me decía como tenía que hacerlo, qué ritmo llevar o como fortalecer las piernas. Yo lo hacía a mi manera y corría como un potrillo, hasta que el ácido láctico me rezumaba por las orejas y algo parecido al rigor mortis se apoderaba de mis piernas. Así iban pasando las semanas mientras se acercaba esa situación desconocida y yo seguía entrenándome lo mejor que sabía y podía.Llegó al fin el día de los eventos y yo me fui de casa con la ropa de gimnasia ya puesta, mis zapatillas blancas con suela de cáñamo completamente planas, mi dorsal (no recuerdo el número, pero sí estoy seguro de que tenía cuatro cifras) de tela sujeto a la camiseta con cuatro imperdibles, cada uno de un tamaño.
Cuando llegué a la puerta del estadio ya estaba la clase formada. Se oía música, que luego supe que se trataba de la agrupación de coros y danzas del frente de juventudes y la sección femenina. Jóvenes grandotes vestidos con trajes regionales. Desde fuera se iban agrupando los colegios con sus representantes, precedidos de un abanderado. A mí me cogió un señor que yo no conocía de nada y me llevo a un lugar cercano, donde ya se encontraba un centenar o más de niños de mi edad, nueve o diez años. Los había de todas las hechuras y todos los tamaños; altos, bajos, flacos y gorditos. Yo era del montón, ni muy alto ni muy bajo, más bien delgaducho. Por un altavoz nos explicaron que nos trasladaríamos a pie hasta el punto de partida de la prueba y que nuestra llegada marcaría el fin de la celebración. Empezamos a caminar tras unos señores que vestían chándales azules y mientras caminábamos íbamos dejando atrás la música y los altavoces. Los únicos sonidos que nos acompañaron todo el camino fueron nuestras pisadas y las risas nerviosas de algunos participantes. Yo no conocía a nadie en ese inmenso rebaño numerado. Me parecía vivir una pesadilla y sentía un retorcijón en el estómago.
La espera se me hacía muy larga. Me parecía que llevábamos horas esperando, apiñados, silenciosos los más, aunque algunos bromeaban sobre la carrera y unos cuantos decían que fácil les iba a ser ganar. Yo apreté como pude por ponerme lo más adelante posible, pero nio llegue a la primera fila, donde los más aguerridos y fuertes ya se preparaban para la salida codo con codo, sin dejar pasar a nadie. Un señor bajito con camisa azul, chaqueta blanca y el pecho lleno de condecoraciones levantó de repente la voz. Me di cuenta qu en la mano llevaba un revolver. “Muchachos” – “vais a participar en la carrera pedestre, el evento que cerrará esta celebración y todo el mundo en el estadio estará esperando al triunfador. Seguramente vuestros padres, profesores, hermanos y amigos estarán ansiosos de veros llegar a la meta. Sabéis que con esfuerzo y coraje podemos conseguir todo lo que nos propongamos.” – hizo una pequeña pausa, mientras casi todos nos mirábamos los zapatos – “La vida es una carrera y, quién esté dispuesto a desempeñar la misión que le sea encomendada, sin escatimar esfuerzo, siempre será recompensado. Todos no podéis ganar, pero todos debéis intentarlo, con todas vuestras fuerzas.” – aquí se oyeron algunos tímidos aplausos de algún pelota mientras, el minúsculo potentado alzo la mano que empuñaba el revolver, y dijo en voz alta y algo aguda: “Preparados” – una pausa que se me hizo muy larga – “Listos” – aquí la masa de niños temblaba como un flan en una mesa coja – “Pum” – el tiro se oyó claramente pero no tan fuerte como yo esperaba. Los de la primera fila salieron veloces casi todos, aunque algunos que estaban allí gracias a su volumen se quedaron rezagados tras unas cuantas zancadas mal controladas. Desde atrás venían algunos como balas, empujando y codeando, “! Quita, quita!” – chillaban – “Pasmao” – me espetó un pelirrojo malencarado.
Yo trataba de abrirme paso zigzagueando como podía, a veces tocando una espalda para no pisar los talones de algún chico que empezaba a flaquear. Se veía que muchos habían creído estar en mejor forma de la que estaban, o no sabían lo que era correr tres kilómetros. Yo sí lo sabía. Yo había entrenado, a mi manera, pero lo bastante como para saber que se podía salir disparado, como para correr cien metros, porque entonces no se podía continuar y había que parar o bajar la marcha. Ya iba pasando a muchos, aunque todavía no podía ver la calle por todas las espaldas ante mis ojos. Poco a poco iba pasando a docenas de chicos que soltaban y cambiaban el paso a un trote lento o paraban sin más. Oí una voz que me animaba gritando mi nombre: “Vamos, vamos, Martín. Ya queda poco. Vas muy bien” – No reconocí la voz y no tenía fuerzas para buscar de dónde procedía. Mis fuerzas me valían para seguir corriendo, justo eso. Ya se oía la música desde el estadio y eso me dio fuerzas para sacar un cambio de marcha. Iba pasando muchos chicos que intentaban seguirme sin conseguirlo y, de pronto, la puerta del estadio estaba allí. Delante tenía yo una decena de chicos que luchaban por llegar primeros a la meta. La música, los ruidos, los gritos de los presentes el las tribunas, hacían que yo no sintiese el cansancio. Con un último esfuerzo crucé la meta y un hombre mayor me paró y sostuvo mientras gritaba al grupo de funcionarios: “tercero” – y el numero que yo llevaba en el dorsal que ahora solo pendía de dos imperdibles. Cuando me soltó, di unos pasos vacilantes hasta el césped y me tiré boca arriba. ¡Tercero! Me lo repetí muchas veces para creérmelo, pero quedó corroborado cuando el profe, con camiseta de tirantes blanca y pantalones del mismo color se agacho para cogerme en vilo y levantándome, sentarme sobre sus hombros. “Tienes premio, Martín” – “Eres un campeón”.
Esas palabras fueron mi mejor premio. ¡Don Luis me llamó campeón delante de toda la clase! Al llegar a casa me esperaba otro premio. Algunas vecinas con sus hijos se habían juntado en el comedor de mi casa y me estaban esperando para felicitarme. Allí supe que la voz que me jaleaba por el camino era la de una joven vecina, Isabelita, la del cuarto derecha, que había ido a ver a su novio y salió a ver la carrera. Al llegar a casa se lo fue a contar a sus padres, que se lo contaron a mis padres, que a su vez lo propagaron, como si se tratase de una declaración de guerra o un premio de la lotería. Esa tarde y esa noche fueron mi propio Dos de Mayo, solo que, a diferencia de Daoíz y Velarde, la cosa terminó bien para mi. Ya nadie me obligaría a saltar y dar volteretas y pasaría las horas de gimnasia entrenándome, pero desde entonces, con un programa de entrenamiento que el profe me escribía. Me puso de mote Zátopek y yo tan contento.
Bueno, y diréis, ¿para qué nos cuenta Martín esta batallita? ¿No iba esto a ir de connotaciones históricas que tengan que ver con Suecia, Lund y su universidad, España? Pues sí, querido lector o lectora, de eso va. Porque el que inventó la gimnasia sueca fue un sueco afincado en Lund como profesor y gran maestro de de esgrima y danza, el insigne Pehr Henrik Ling. Este señor nacido en Småland, al norte de Scania, en 1776. Con diecisiete años comenzó sus estudios en Lund, pero pronto se traslado a Estocolmo, donde siguió estudiando, para mudarse a Copenhague en 1799, donde entró en contacto con el gurú danés de la gimnasia, Franz Nachtegall. Al mismo tiempo se puso en contacto con uno de los grandes promotores del movimiento escandinavita, el también danés Adam Gottlob Oehlenschläger. Ling, que era muy enclenque, empezó a entrenas en el gimnasio de Nachtegall y tomó lecciones de profesores de esgrima franceses que se encontraban en Copenhague como exiliados. Ling fue convirtiéndose en un atleta y, al regresar a Lund consiguió el puesto de profesor de esgrima en la universidad. En Ling se juntaron la ambición de servir a su patria con la certeza de que un cuerpo bien entrenado podía resistir mejor las enfermedades. Una mente sana en un cuerpo sano (“mens sana in corpore sano”) se había dicho desde que el autor romano Décimo Junio Juvenal lo escribiese, pero Ling lo puso en practica creando un sistema de gimnasia, que con el tiempo, llegó a España. Recomiendo dos fuentes esenciales para el estudio de la gimnasia sueca en España.
Os contare que este Ling consiguió formalizar los estudios de los profesores de gimnasia, creando un instituto en Estocolmo que aún en nuestros días educa a los futuros profesores de enseñanza física suecos. Le sobró tiempo para hacerse un nombre como poeta y cofundador del movimiento naciona sueco (Göticism) y para conseguir una importante fortuna, que invirtió en ladrillo. Mañana os contaré más cosas de este Ling y de sus interesantes amigos de Lund. Por las cosas de la vida, me tocó comprobar que la gimnasia sueca no era un invento diabólico y que Suecia no era el infierno, y aquí sigo. En la foto de abajo os pongo el actual monumento a Ling en el parque de la ciudad y el edificio donde impartía sus clases de esgrima a los atolondrados estudiantes que, según el lema de la universidad de Lund siempre debía estar dispuestos a empuñar las armas y los libros, según fuese necesario (“Ad utrunque paratus”).
Para estudiar la gimnasia sueca en España; https://bibliotecadigital.jcyl.es/fr/catalogo_imagenes/grupo.do?path=10067840
En el Instituto Vipan, en mi despacho, tenía yo una reproducción de un cuadro pintado por un conocido pintor local, Gösta Adrian Nilsso (1884-1965). Este cuadro, que lleva el título “Síntesis de una ciudad” (Syntes av en stad) es una estampa de Lund en 1915, así como era cuando Nilsson pintó el cuadro con la antigua catedral en el centro, rodeada de los símbolos de la nueva era: chimeneas de fábrica, locomotoras y torres de telégrafo. La pintura es un resumen de entonces y ahora, así como una síntesis de las tendencias artísticas con las que GAN (así firmaba él) entró en contacto durante su estancia en Berlín en la década de 1910; expresionismo, cubismo y futurismo. Era el tiempo de la modernidad, la ilustración y el racionalismo. Hoy podemos contemplar ese cuadro sabiendo que detrás de esa fachada se escondía tendencias abominables.
Los frutos de la modernidad estaban reservados a aquellos ciudadanos sin mácula, a los buenos representantes de una raza fuerte, capaz, dura como el acero, constante, perseverante y consciente de su valor. Una raza poco dada a la compasión, que priorizaba la utilidad y detestaba la debilidad. En el caldo de cultivo del socialdarwinismo, nacieron la eugenesia y el racismo. Y ya que hablo de racismo me iré volando hacia atrás siguiendo las sendas de la historia. Trataré de ser breve, pero es difícil
La “pureza de la sangre” es para empezar un invento español y portugués. Los estatutos de limpieza de sangre se basaban en “la idea de que los fluidos del cuerpo, y sobre todo la sangre, transmitían del padre y la madre a los hijos un cierto número de cualidades morales y en la de que, según se exponía, los judíos, en tanto que pueblo, eran incapaces de cambiar, a pesar de la conversión. El 31 de marzo de 1492 firmaron los monarcas que más adelante serían denominados Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, los dos decretos de Granada por los cuales los judíos de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón fueron expulsados. El promotor y principal artífice de estos decretos fue el inquisidor mayor Tomás de Torquemada. El 5 de diciembre de 1496, el rey Manuel I de Portugal, firmó el decreto que expulsaba a los judíos y musulmanes de las tierras portuguesas si no se convertían al catolicismo. La expulsión era una de las condiciones que los Reyes Católicos exigían para concertar el matrimonio del rey portugués con de su hija Isabel, princesa de Asturias.
Es importante conocer estos datos porque lo que vino después era en parte una consecuencia de esta construcción de la raza. Los conquistadores europeos, aquí entran todos, llevaron consigo la idea de la pureza de sangre a todos los lugares que iban sometiendo. Pero los que llevaron esta idea de superioridad europea y cristiana fueron los ingleses, los holandeses y en parte los franceses. Los españoles optaron muy pronto por la asimilación y no tuvieron reparos en unir su sangre a las mujeres indígenas. Franceses, ingleses y holandeses optaron por importar familias enteras de colonos y en el caso de Francia, exportar mujeres a las nuevas colonias, para asegurarse que no resultase una mezcla racial indeseada. La superioridad técnica y económica, la consolidación política, se confundió con una superioridad biológica y moral.
La legitimación moral, el espaldarazo científico, vendría de manos de los grandes empíricos, de los ilustrados y finalmente de los seguidores de Darwin. La biología racial asumió que es posible dividir a la humanidad en diferentes “razas”, donde algunas son más valiosas que otras. En el siglo XVIII, los investigadores suecos, con Lineo[1] a la cabeza, estaban muy adelantados a la hora de sistematizar la botánica y la zoología. Una sistemática similar se utilizó luego en el siglo XIX para clasificar plantas y animales, y se transfirió al estudio del hombre. Por ejemplo, los científicos inventaron los términos “cabeza larga” y “cabeza corta” para clasificar a las personas. Al mismo tiempo, las nociones de “pureza” de la nación se fueron formando durante el romanticismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Todo esto servía a las maravillas para legitimar al imperialismo y disculpar la trata de esclavos, Pero el desarrollo económico-industrial durante el siglo XIX abrió la perspectiva de seleccionar a la propia ciudadanía en diferentes estratos según su “provecho” a la sociedad. Con la democracia llegó también la necesidad de definir los derechos y deberes de la ciudadanía. Un hombre, un fusil, un voto, era la consigna de los que querían alcanzar el sufragio universal. Las mujeres quedaban fuera, también todos aquellos que por incapacidad física o psíquica no pudiesen empuñar un fusil o ser útiles a la nacion. El sufragio universal llegó hasta las mujeres, pero todos aquellos que se consideraban imperfectos por enfermedad o adicción, quedaron fuera. En una sociedad que se basaba en la ciencia para formar su democracia, tenía que ser la ciencia la que legitimase este nuevo orden.
En 1922, tras una decisión parlamentaria, se fundó en Uppsala un instituto estatal de biología racial. El director del instituto fue Herman Lundborg. Como el primer instituto gubernamental de su tipo en el mundo, fue el modelo a seguir por alemanes, franceses e ingleses durante los años aciagos del eugenismo. Durante la década de 1920, Suecia fue un líder mundial en “investigación” sobre biología racial. El objetivo de la “investigación” biológica racial era encontrar causas y curar “enfermedades sociales” y así beneficiar a una población sana. A través de investigaciones científicas, los investigadores llegaron a la conclusión de que ciertos individuos y grupos tenían predisposiciones hereditarias para, por ejemplo, el crimen, el alcoholismo u otro “comportamiento inmoral”. El punto de partida fue que las personas tenían diferente valor para la sociedad. Por ejemplo, no fueron sólo vistos como “inmorales” los alcohólicos o los afectados por las clasificaciones del instituto. También se realizaron categorizaciones sobre una base racial, donde los investigadores separaron a los suecos blancos de los romaníes, los nómadas, los sámi (lapones) y las personas rasificadas. Los lapones, etnia autóctona escandinava posiblemente anterior a la invasión germánica, fueron descritos por Lundborg como una “raza degenerada”.
Salto en mi relato de nuevo a Lund y a Vipeholm, aquellos edificios originalmente concebidos para acoger a un regimiento de infantería, que quedaron vacíos por causa del desarme siguiente a la primera guerra mundial. Los edificios se construyeron finalmente en su totalidad, pero quedaron vacíos durante unos años, hasta que se convirtieron en cobijo provisional para gente sin techo. En 1935, tras vaciar el recinto y hacer unas cuantas obras de remodelación, el estado decidió convertir el área en una institución para el cuidado de discapacitados intelectuales (sinneslöa) . La ciudad ya tenía un hospital general y un hospital psiquiátrico y desde entonces tendría una institución que albergaría a personas con diferentes discapacidades del desarrollo, discapacidades intelectuales con trastornos del comportamiento y “casos sin esperanza”. La mayoría de los pacientes provenían del norte de Suecia (Norrland), lo cual era una política consciente para mantener a los pacientes lo más lejos posible de sus familiares. Al principio solo había una sección de hombres, pero muy pronto se abrieron también secciones para mujeres y niños. Cuando Vipeholm estaba en su apogeo en la década de 1950, había espacio para 1000 pacientes.
Era difícil encontrar personal que quisiera trabajar en Vipeholm y en principio, todo el que quería podía hacerlo. De esta manera se puede decir que más de la mitad de los que en mis tiempos de estudiante eran mis compañeros o profesores, habían trabajado allí algún verano. Un médico declaró en la década de 1960 que el que trabajaba allí era un cuidador de animales y comparó la institución con un establo de ganado limpio y ordenado. Durante los años 1941-1943, la mortalidad de los pacientes de Vipeholm se triplicó y a partir del 1945, se hicieron estudios dolorosisimos con los internos, que fueron obligados a ingerir grandes cantidades de chucherias para estudiar el daño dental. Casi una cuarta parte de los pacientes de la institución fallecieron durante su estancia y los que no tenían parientes cercanos o pertenecían a familias pobres fueron enterrados en una fosa común en el cementerio norte, en el bloque 46. Alli se encuentra la tumba donde los pacientes del Hospital Vipeholm fueron enterrados entre los años 1935 y 1965. En ese cementerio es también dónde están enterrados los prisioneros de los campos de concentración que llegaron a Suecia en tan malas condiciones que murieron al poco de llegar.
Vipeholm, como otras áreas similares en Suecia, vivió autosuficiente y aislada del mundo exterior hasta los años 70. Una alta valla metálica rodeaba el recinto para impedir que se escaparan los internos. Algunas muchachas jóvenes habían sido llevadas a la institución por las autoridades sociales por temor a que se quedaran embarazadas ya que según las autoridades llevaban una vida promiscua. El problema en esos casos era que podían quedar embarazadas sin control, quizás con una persona de una raza inferior o con un alcohólico. Estas mujeres podían dejar la institución tras firmar el consentimiento de ser esterilizadas.[2] Casi todas consentían al final o no salían más de allí. También había un grupo de epilépticos que eran llevados allí por razones similares, para proteger la genética superior sueca. El director del centro confecciono una lista con cinco categorías que iban desde los corregibles hasta los “vegetales”. Cuando un interno perteneciente a la categoría vegetales enfermaba, no se hacían grandes esfuerzos en salvar su vida. Durante la década de 1970, al utilizarse más frecuentemente los psicofármacos, estas instituciones quedaron obsoletas. En 1975, como primera institución en Suecia, se abolieron las medidas coercitivas en el tratamiento y en n 1982, la mayoría de las secciones estaban cerradas, excepto un par de hogares grupales que permanecieron abiertos durante los 90, así como un hospicio para enfermos terminales. Ya en 1988 por razones de espacio, uno de los programas de instituto Katedralskolan, se trasladó allí y con el tiempo se fueron acomodando los locales para crear un nuevo instituto, el Instituto Vipan, dónde yo he trabajado los últimos 25 años de mi vida profesional como catedrático de historia y religión.
¿Cómo puede concebirse que, en un país dominado por la socialdemocracia, además famoso por su defensa de los derechos humanos, hubiese instituciones de ese tipo? Podemos tratar de comprender la ideología del momento estudiando lo que dos de los gurús socialdemócratas de los años 30 escribían sobre la protección de los genes suecos.[3] Lo más sorprendente es que el celo sueco por la esterilización no se apagó cuando las actividades de higiene racial alemanas se hicieron ampliamente conocidas después de la guerra. Muy al contrario, en Suecia, las esterilizaciones alcanzaron su punto máximo un par de años después del final de la guerra y solo se detuvieron en 1974. No ha habido ninguna disculpa oficial para aquellos que sufrieron las consecuencias de estas políticas. El Instituto de Biología Racial del estado nunca se cerró, pero cambió su nombre por el de Departamento de Genética Médica y fue absorbido por la Universidad de Uppsala en 1959.
[1] Fue Carl von Linné quien primero comenzó a dividir a las personas en razas definidas biológicamente. Durante el siglo XIX, otros destacados investigadores suecos ayudaron a fundar la biología racial, uno de los intentos científicos de la época para estudiar la genética humana. Se midieron los cráneos y se llevó a cabo una investigación genealógica. Herman Lundborg, uno de los líderes, investigó la historia de una enfermedad hereditaria en una familia de Suecia Occidental. Luego afirmó que la pobreza y las dificultades sociales de los miembros vivos de la familia se debían a varios cientos de años de “degeneración” (física, económica, psicológica y social) causada por predisposiciones genéticas “enfermas”.
[2] Cuando finalmente se levantaron las leyes de eugenesias en 1974, se estimaba que 16.000 personas habían sido esterilizadas usando más o menos chantaje y coerción.
[3] Gunnar y Alva Myrdal defendieron en “Kris i befolkningsfrågan) Crisis en la cuestión de la población (1934) una “erradicación radical de individuos altamente incapaces” a través de un “procedimiento de esterilización bastante despiadado”. Destacan motivos económicos para sus propuestas. En el pasado, por ejemplo, los “retrasados mentales” -término vago que abarcaba entre el cinco y el diez por ciento de la población- podían ganarse la vida como “gañanes”, pero en la sociedad industrializada ya no había lugar para “esos desafortunados rezagados”, y que ahora ya no tenían la oportunidad de “ni siquiera por un salario más bajo, hacer un esfuerzo que ganarse su vida de un modo decente”.
Los días que salgo a dar un paseo largo, suelo salir hacia el sur, bajando desde la cima de la suave colina donde vivo, por la antigua vía del tren de cercanías que ahora hace de camino de bicicletas. Veinte minutos más tarde puedo ver ya los edificios amarillos y blancos que, a partir de 1914, fueron construidos como sede de un destacamento militar, pero que nunca fueron utilizados como tal. El Instituto Vipan, dónde han transcurrido los últimos veinticinco años de mi vida laboral, dispone ahora de esos locales, aumentados con nuevos edificios, necesarios para albergar los locales que precisan los 1600 estudiantes y 200 docentes actuales. Sigo bajando hacia el centro de la ciudad por la antigua vía férrea mientras pienso en el empleo que se dio a esos locales, planificados como casernas, y este será el contenido de mi relato esta mañana.
Remontémonos a la noche del 31 de diciembre de 1899. Esta noche, todo aquel que podía, lo celebraba por todo lo alto. Era un fin de año especial. Un nuevo milenio lleno de esperanza y de ilusiones se abría, al menos, ante los ojos de los países industrializados o en vías de desarrollo. ¡Había tantas cosas nuevas maravillosas! Maravillas a penas soñadas anteriormente eran ya bastante conocidas y comunes: el teléfono de Bell, el micrófono y fonógrafo de grano de carbón, la pluma estilográfica (especialmente interesante para Xavier), la máquina de escribir, el automóvil, el cine, el cable submarino de telegrafía, tarjetas perforadas en máquinas eléctricas y muchas más cosas, que iban cambiando el mundo, para mejor, pensaba la mayoría. Un futuro brillante y feliz se abría ante los participantes de aquellos bulliciosos cotillones de la última noche del siglo XIX. Y el nuevo siglo comenzó de la misma manera, con nuevos inventos, nuevas posibilidades, todo a gran velocidad. Automóviles, aviones, submarinos, radio. Adelantos en la física y la química, nuevos medicamentos…el futuro era prometedor.
En Europa se disfrutaba de un periodo dilatado de paz, al menos entre los antiguos y casi eternos rivales, Francia y Alemania desde 1871, aunque en el sureste se desmoronaban el antiguo imperio austrohúngaro y el decrepito imperio otomano, a la vez que Rusia temblaba entre convulsiones internas. Guerras había habido, pero lejos, en las colonias; EEUU contra España, poniendo punto final al imperio español de ultramar, las guerras Bóer, entre Gran Bretaña y los fundadores de las repúblicas independientes del Estado Libre de Orange y la República Sudafricana, la primera finalizada y la segunda todavía humeante descorchar el champán de fin de año. ¡Quién podría pensar esa Nochevieja de 1899 que 14 años más tarde, en medio de un caluroso verano, estallaría una guerra mundial en la que morirían millones de jóvenes de todo el mundo, hijos y nietos de los que entonces brindaban!
En Suecia, la política de neutralidad armada, había mantenido al país fuera de las contiendas continentales, aunque cerca estuvo de ser arrastrada a la contienda por Gran Bretaña durante la guerra de Crimea. El pequeño ejercito sueco se formaba de reclutas costeados por los campesinos. El sistema de reparto de levas (Indelningsverket) era un sistema de organización militar sueco creado por Karl XI en 1682. Este sistema obligaba a los campesinos a costear un jinete, soldado o marinero y todo el material necesario, uniformes, armas, amén de la manutención del mismo y de su familia, de manera que, entre unas cuantas fincas (dependiendo del tamaño y la tasación que tuvieran) se le ponía al soldado una pequeña granja y algo de tierra para cultivar. A cada oficial se le daba una finca según su rango para vivir en tiempos de paz y un salario adicional. El sistema estaba costeado por los agricultores como un impuesto al estado. De esta manera los campesinos evitaban ser reclutados como soldados. Se elegía como soldado a un gañan pobre y sin tierra, alto, fuerte y comilón, especialmente si se le consideraba como poco aficionado a los trabajos del campo. En 1901, este sistema fue remplazado por el servicio militar obligatorio. Esta reforma no solamente era de carácter técnico-militar, sino que iba ligada a la democratización de la sociedad sueca.
Aquí, en Lund, los soldados se alojaban en el centro de la ciudad, en unos cuantos edificios antiguos, mejor o peor habilitados como casernas, pero las maniobras y el tiro lo practicaban en unos terrenos que están al este de mi casa, a unos dos kilómetros (Kungsmarken), que ahora es un campo de golf. En 1901 pendía solamente una amenaza sobre la neutralidad sueca, la posibilidad de verse obligados a defender con las armas la unidad territorial, frente a los nacionalistas noruegos, que pretendían dinamitar la unión de las dos coronas y constituir un país independiente, con capital en Oslo, algo que ocurrió en 1905 pero que no llevó a una guerra abierta, ya que Suecia permitió la solución pacífica de la ruptura.
La primera guerra mundial forzó una política de inversiones en defensa. Había que construir nuevas instalaciones para acoger a todos los reclutas y los nuevos armamentos. Las antiguas casernas en la ciudad se habían quedado obsoletas y, en medio de la guerra, en la que Suecia se mantuvo neutral, se planifico la construcción de un cuartel que alojase al nuevo regimiento I 25. Las obras comenzaron poco antes de terminar la primera guerra mundial y en mayo de 1919 se pararon las obras. Tras la guerra se extendió rápidamente la idea de que esta vez la paz sería eterna, ¡Nunca más guerra! Y por tanto, todas esas inversiones en la defensa se podrían emplear para costear reformas sociales. Al quedar las instalaciones de Vipeholm vacías, encontraron pronto otra utilidad, pero de esto escribiré en mi próxima entrada. Las fotos de los en blanco y negro de los soldados pertenecen al museo del regimiento (Regimentsmuseet). La vista de Vipan la tomé un otoño, cuando todavía trabajaba allí.
Hoy, al pasar por el jardín del Museo de los bocetos, hermoso jardín repleto de arte, un oasis para los estudiantes de las instituciones colindantes y muy cercano a la biblioteca de la universidad, me vinieron a la cabeza algunos recuerdos que quiero juntar para contar a todo aquel que quiera saber. El museo alberga una estupenda colección de procesos artísticos, desde la propia idea, a veces simplemente dibujada sobre la servilleta de un café parisino, hasta llegar al producto final. Estos bocetos han sido donados por famosos artistas como Sonia Delaunay, Siri Derkert, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Henri Matisse, Elli Hemberg, Fernand Léger, Sigrid Hjertén, Christo och Jeanne-Claude, Amédée Ozenfant, Isaac Grünewald, Jean Dubuffet, Henry Moore, Maria Miesenberger y muchos más. El museo fue creado por Ragnar Josephson en 1934. Josephson, catedrático de historia del arte en la universidad de Lund.
Lógicamente, pensando en Josephson y en su trayectoria académica, literaria y política, llego a la época tan dura que le toco vivir en el momento en que se encontraba en mitad de su carrera. Como judío y sueco de tercera generación, le toco vivir un tiempo hosco y duro. Como escribió el filósofo judío francés Emmanuel Levinas, cuando en 1934 publicó una breve reflexión sobre la filosofía del hitlerismo, como él la llamó: “Declarando la categoría de raza una prisión biológica sin escapatoria espiritual, la ideología hitleriana fue una ruptura fundamental con los principios básicos de la existencia humana.” Lo que estaba en juego para Levinas no era una doctrina política o religiosa de un tipo u otro, sino la humanidad misma del ser humano ser, “l’humanité même de l’homme.”[1]
Amenazado constantemente por las corrientes fascistas, que se propagaban por toda Europa y que llegaban hasta Suecia, amortiguadas, pero igualmente perfectamente perceptibles, decidió plantar cara a la situación. Ragnar Josephson no se escondió, más aún, dio un paso al frente y se hizo visible, se hizo escuchar. I sabemos perfectamente, por muchos trabajos históricos que estudian el ambiente nazi en la universidad de Lund durante los doce años que duró el loco imperio de la maldad.[2] No debemos de ninguna manera pensar que existía un ambiente generalizado de simpatía respecto a las ideologías nazis, pero no se puede tampoco negar que el racismo y el nazismo formaban parte del discurso político e incluso académico de la época.
Es fácil imaginar la situación de una persona que se ve atacada por el mero hecho de ser judío. Ante los ojos de colegas y estudiantes, que abiertamente lucen sus insignias nazis y que se expresan en términos claramente racistas, poco vale el mérito personal, la excelencia académica, la sensibilidad artística, de un hombre que se considera inferior por su raza. Eso se notaba al caminar por las calles de Lund, en los restaurantes, en los claustros, en las aulas. Sería lógico que una persona reaccionara con odio ante tanta maldad e injusticia, pero Ragnar Josephson supo sobreponerse al miedo e ir más allá del perdón, durante la explosión de las ideas nazis y fascistas en los años 30, durante la segunda guerra mundial y, sobre todo, tras la derrota del nazismo. Sus ideas sobre la situación de los judíos en Suecia las expresó en 1936 en su discurso “La doble lealtad” (Den dubbla lojaliteten) ante los colectivos judíos de Gotemburgo y Estocolmo, plasmados en un escrito muy citado. En el discurso afirmaba que la relación entre la tradición judía y los deberes de un judío hacia su patria (Suecia) eran completamente compatibles, espontáneas y naturales. Pero para ser compatibles tienen que adaptarse a las necesidades de “la patria” a la que, según Josephson, se debía una lealtad a ultranza. Por tanto, Josephson no era partidario de que Suecia abriese sus puertas incondicionalmente a la inmigración judía. Josephson defendió la necesidad de mantener la confianza en “nuestra confiabilidad nacional intransigente” y, por lo tanto, actuar con moderación en el tema de los refugiados judíos. ‘Es beneficioso para un país incorporar algunos “hombres honestos”‘, escribió Josephson, pero “grupos más numerosos de ciudadanos extranjeros…podrían por su enajenación número crear sospecha, angustia y desorden en la sociedad.”[3]
Esta posición, ambigua si se quiere, pero representativa de la opinión de la mayoría de los judíos suecos, era parecida a la posición de los judíos alemanes que, habiendo participado en la primera guerra mundial y siendo ciudadanos de pleno derecho en la sociedad alemana, creían que las amenazas nazis eran pura propaganda electoral. Una vez en el poder, se vio claramente que las amenazas iban en serio. Las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze) del 15 de septiembre de 1935 marginaron a los judíos discriminando y persiguiendo al colectivo por motivos raciales. Es en este contexto en el que Josephson escribe su discurso, cuando ya hay miles de judíos llamando a las puertas de todos los países democráticos. Suiza y Suecia exigieron que las autoridades alemanas marcasen con una jota en rojo (J) los pasaportes de los ciudadanos alemanes de origen judío, para poder impedir su entrada. Quedaba la posibilidad de buscar asilo en otros países europeos y, para los que tenían posibles y contactos, emigrar lo más lejos posible, al poder ser a los Estados Unidos.[4] Desde 1933 a 1939 más de 400 000 judíos habían dejado Alemania, Austria y Checoslovaquia. Estos refugiados Se repartieron prácticamente por todo el mundo, de USA, México, Chile hasta Shanghai y la India. Generalmente no eran bienvenidos en ningún lugar, a pesar de las declaraciones políticas y los discursos en la Sociedad de las Naciones.
En mi paseo, camino ya de dejar el jardín del museo, me encuentro con una obra de arte que parece un objeto olvidado. Es una cartera-portafolios de ese tipo que solían llevar los diplomáticos, los profesores o los directores de empresas importantes. Sobre la tapa dos iniciales, R W. A los suecos no les cuesta reconocer de quién era esa cartera, pues pertenecía a Raoul Wallenberg, que entre julio y diciembre de 1944, Raoul Wallenberg emitió pasaportes de protección y acogió a judíos en edificios designados como territorio sueco. Wallenberg pudo así salvar a miles de judíos de ser enviados desde Hungría a campos de exterminio nazis. En enero de 1945, Raoul Wallenberg fue hecho prisionero por el ejército soviético trás la liberación de Budapest por parte del Ejército Rojo. Posteriormente fue llevado a la Unión Soviética. A partir de entonces no se supo más de él. Lo más probable es que muriera en una prisión de Moscú en 1947.
Es curioso, porque pocos españoles conocen la figura de Raoul Wallenberg, pero todavía menos sobre un diplomático español, Ángel Sanz Briz, que en 1944, al mismo tiempo que Wallenberg, ayudó a salvar la vida de miles de judíos del Holocausto. Les expidió papeles de protección y los alojó en casas de seguridad españolas, amparadas por la soberanía de la embajada. En ese momento, el gobierno húngaro perseguía y deportaba a los judíos a los campos de exterminio nazis. Podéis leer más en la referencia abajo.[5]
Sigo mi paseo hasta el Cementerio del Norte (Norra kyrkogården) en busca de recuerdos de las victimas del nazismo. Este cementerio es un jardín frondoso en su parte antigua con arboles centenarios que protegen las bien cuidadas tumbas de muchos ciudadanos insignes. En la parte este, junto a la verja que da a una anónima calle colindante, encontramos un grupo de lapidas dispersas bajo una estatua metálica que representa un ángel con las alas desplegadas. Este pequeño grupo de lapidas recuerda la odisea y el calvario de seres humanos, victimas del nacismo. Al final de la guerra, poco antes de la caída de Berlín, consiguió Suecia, con la cooperación de algunos funcionarios alemanes, sacar a grupos de prisioneros nórdicos (noruegos y daneses) de los campos de concentración alemanes. Esto se hizo por medio de los llamados autobuses blancos de la Cruz Roja sueca. Entre los que de esta manera consiguieron escapar se encontraban también prisioneros polacos y de otros países. Algunos de ellos estaban en tan malas condiciones al llegar que fallecieron casi inmediatamente en el hospital de la ciudad. En mayo murieron, entre muchos otros, la polaca Paulina Stolarczyk, de 51 años, el niño polaco Riszard Ehret, nacido seis semanas antes en Ravensbrück, el ruso Nicolai Chavanov, de 35 años, Charles Louis Lalanne, director de cine de Burdeos, de 25 años, la cerrajera rusa Ilja Ivanov, de 24 años, la holandesa Magdalena Verbrugge, de 54 años, así un grupo de unas decenas. Una tumba está dedicada a un refugiado desconocido. El epitafio reza así:
“Aquí descansa un refugiado desconocido, fallecido en su camino a casa desde un campo de concentración alemán. D11/5 1945”. El responsable de todas estas muertes y de millones otras, se quitó la vida el 30 de abril del mismo año, no hay tumba que le cubra.
Dejo el cementerio con pensamientos sombríos, pero, al salir al camino de Kävlinge (Kävlingevägen), lugar por cierto en que dejó caer un bombardero ingles sus bombas el 18 de noviembre de 1943, deslumbrado por el reflejo del sol en los cristales de un invernadero, aunque eso será parte de un próximo relato, el sol se abre camino entre las nubes y mi paso acelera. Aún me quedan algunos kilómetros de caminata.
[1] Emmanuel Levinas, Quelques réflexions sur la philosophie de l’hitlérisme, L’Esprit, 2, 1934
[2] Aquí quiero especialmente resaltar la obra de mi amigo y colega Sverker Oredsson, que, en su trabajo sobre la universidad de Lund durante la segunda guerra mundial, nos legó un profundo análisis sobre los debates y trifulcas que se vivieron durante esos convulsivos años: Lunds universitet under andra världskriget – motsättningar, debatter och hjälpinsatser, 1996. Un trabajo necesario para comprender la situación de los intelectuales judíos durante la época es también “Judarnas Wagner” Moses Pergament och den kulturella identifikationens dilemma omkring 1920-1950, de mi joven colega en el Instituto Vipan, Henrik Rosengren, en el que refleja la situación de un conocido músico sueco de etnia judía durante el periodo que estudiamos aquí.
[3] Ragnar Josephson: Den dubbla lojaliteten, Stockholm, Albert Bonniers Förlag, 1936.
[4] En octubre de 1938, la Alemania nazi comenzó a sellar los pasaportes de los judíos alemanes con una J roja en la primera página. El trasfondo fue la decisión de Suiza de introducir requisitos de visa para todos los ciudadanos alemanes para evitar que judíos austriacos no deseados solicitasen la entrada al país. La propuesta alemana significaba que los pasaportes judíos estarían marcados con una J para facilitar el reconocimiento en los controles fronterizos. El gobierno suizo aceptó la propuesta y, por lo tanto, eliminó el requisito de visa el 4 de octubre. Unas semanas más tarde, el 27 de octubre de 1938, Suecia también introdujo requisitos de visa para ciudadanos alemanes con pases J, pero muchos intentaron entrar a Suecia. Inglaterra eligió un camino diferente e introdujo visas obligatorias para todos los ciudadanos alemanes.
Cae de las bajas nubes una lluvia liviana y templada, que casi se agradece, después de muchos días de sol y calor. Es un día típico de verano en Lund; llueve, escampa y al rato llueve otra vez. Nos ponemos y quitamos prendas según va cambiando el tiempo. En Lund los parques y jardines están siempre verdes, con un verde intenso y profundo que muestra al visitante que aquí llueve a menudo pero que también luce el sol. Me viene a la cabeza el estribillo de una canción de Serrat: “… Tu nombre me sabe a hierba/De la que nace en el valle/A golpes de sol y de agua”. Hoy me suenan unas cuantas canciones, a propósito del paseo. Iré presentándolas más adelante.Ahora emprendo la marcha hacia el centro de la antigua ciudad medieval.
La plaza mayor de Lund no es una plaza mayor común y corriente. Para empezar, no es una plaza, se encuentra como un ensanche entre la Calle de la Iglesia (Kyrkogatan) al norte y la Calle del Sur(Södergatan), que forman una ancha brecha, como una rambla, que divide la antigua ciudad, de norte a sur, en dos hemisferios. En un lugar abierto, más o menos triangular, que se extiende al este, allí donde se unen las dos calles principales, se encuentra La Casa Consistorial (Rådhuset) que con La Sala de la Ciudad (Stadshuset) enmarcan el espacio. Aproximadamente en el centro de este esplanada/plaza podemos ver hoy un pequeño cartel que muestra que allí se encontraba desde 1972 una escultura del escultor vasco Arturo Chillida, Campo Espacio de Paz (Rymdfält av Frid), una magnifica obra en basalto inacabada, compuesta por seis losas que forman un puzle cerrado, que se abrirá en el momento en que se pueda constatar que hay paz en este mundo y quedará completo. Chillida murió 30 años después sin haber podido completar el trabajo pues, como bien sabemos, no estamos ni siquiera cerca de una paz mundial.
El edil de Cultura de la ciudad en aquellos entonces, el liberal Rune Nordström, fallecido hace unos pocos días, fue quien propuso la adquisición del monumento y quien invitó a Chillida a la inauguración. A principios de los años 70 corrían tiempos de paz en Lund, aunque no en el mundo en general. El anhelo de paz se respiraba en la universidad, en los institutos, en la calle, en los puestos de trabajo. Paz mundial y desarme era la consigna a seguir, mientras en el mundo de la guerra fría morían millones de personas en guerras proxy. Vietnam, Laos y Camboya eran los escenarios bélicos por excelencia y en África, luchaban las antiguas colonias portuguesas, Angola y Mozambique, por su libertad con la ayuda de Cuba, que aquí se consideraba un régimen progresista, como igualmente se consideraría justa la revolución sandinista de 1975, llegando a hermanar Lund con la ciudad de León. Los `malos” eran entonces los Estados Unidos, Yankee go home!
La canción que sonaba era del 1971, era del primer álbum de John Lennon que llevaba de título el nombre de la canción, Imagine. Algunas de las estrofas definían el sueño de toda una generación: “…Nothing to kill or die for and no religion too”. Despertamos todos del sueño pacifista un 8 de diciembre de 1980, ante el edificio Dakota, en Nueva York, cuando sonaron los disparos que acabaron con la vida de Lennon. Carl Fredrik Reuterswärd, artista sueco, hijo, nieto biznieto etc. etc. de militares de alta graduación, que había conocido a John Lennon y Yoko Ono en Suiza, recibió un encargo de Ono para hacer una obra que perpetuase la vida y obra de John Lennon. Reuterswärd se puso manos a la obra y en un tiempo récord dió forma a un monumento que, desde entonces, es la imagen pura del sí a la paz y el no a la violencia: la escultura Non-Violence, que representa un revólver con un nudo en el cañón y se ha convertido en un símbolo de las luchas por la paz en todo el mundo.
El monumento de Chillida está en un almacén esperando ser reinstalado en su lugar, frente al ayuntamiento. La paz sigue sin llegar y los sentimientos pacifistas se fueron con los vientos que la invasión rusa de Ucrania levanto. Ahora se quiere conseguir la victoria; se precisaría un nuevo monumento. ¿Quizás un monumento a Ares o Marte o una Nike de Samotracia? El revolver de Reuteswärd, presente ante la sede de Las Naciones Unidas, en Nueva York tiene hermanos, copias dispersas por todo el mundo, también en Lund, donde se puede seguir el proceso de creación, desde un pequeño boceto hasta la obra completa en el jardín. Recordando en la biblia las palabras de Isaías “ y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra.”Isaías 2:4. Por ahora no hay señal de que los arsenales de guerra disminuyan ni de que las ingentes cantidades que se emplean en armamento se empleen para paliar el hambre y darle a los pobres del mundo una vida digna. En fin, siempre nos quedarán los monumentos.
Esta mañana entramos en el grupo de Whatsapp de la Sociedad Científica de Mérida en una larga discusión a partir de un artículo de opinión escrito en El País que lanzaba la pregunta: “Por qué llamamos ultra a Vox (y no a Podemos). Discutimos allí políticos y políticas, Yo quise introducir una retrospectiva que nos guiase hacia las condiciones necesarias para la democracia, las garantías, las libertades y derechos, que la política y los políticos deben defender en un estado de derecho. Se aproximan las elecciones en España y la temperatura, la política y la meteorológica, sube según nos vamos aproximando al 23-J.
Caminando ayer entre caserones neogóticos y neoclásicos, iluminados por la dorada luz del atardecer, llegué hasta la puerta del Instituto Pufendorf (Pufendorfinstitutet). La sede de este instituto se ha mudado recientemente a este magnifico edificio, mitad solido mitad etéreo, rodeado de un frondoso jardín, que antaño albergaba la institución para el estudio de la antigüedad (Institutionen för antikens kultur). En mis tiempos de estudiante, el edificio estaba repleto de arte grecorromano, copias casi todas, pero que formaban un entorno perfecto para los estudios de latín y griego e historia de la antigüedad. En el sótano se conservaban objetos traídos a Suecia desde las excavaciones de Jericó.
El nombre de la actual institución, que ahora se alberga en este edificio de ladrillo rojo, es el apellido de un hombre que en su día fue muy importante en esta universidad, por ser uno de los primeros catedráticos, traído expresamente de Alemania, para configurar lo que sería la segunda universidad sueca, en 1666. Esta universidad, fundada en territorio danés, usurpado siete años antes por Suecia, era parte del proyecto de cambio de identidad del territorio. Para conseguir este cambio, era preciso conseguir que los sacerdotes predicasen en sueco, cosa que solo se podría lograr educando a los futuros pastores en instituciones suecas.
Samuel Pufendorf nació en Sajonia en 1632. Su padre era párroco y se suponía que este avispado muchacho seguiría sus pasos. Comenzó a estudiar teología en Leipzig, pero lo abandonó al poco tiempo y se pasó a la jurisprudencia, que continuó en Jena. Su maestro allí fue Erhard Weigel, célebre matemático y filósofo cartesiano. Pufendorf se sintió atraído por el método científico empírico que representaba Galileo en la física. También fue influenciado por Hugo Grocio, el fundador de la ley natural moderna, según la cual, el orden jurídico, sostén de la convivencia humana, tiene su raíz única en el propio raciocinio del hombre. Esta idea de la natural tiene unas raíces muy profundas que se internan en el mundo estoico y se reproducen durante la edad media en los autores escolásticos. Bueno, pues este Hugo Grocio (Hugo de Groot, latinizado como Grotius) estuvo, por una de esas coincidencias raras de la vida, también muy ligado a Suecia.
Este Grocio fue un hombre extraordinario que merecería muchas páginas en este relato pero que yo me permito presentar en unos cuantos gruesos trazos. Académico, político y diplomático, desempeño muchas funciones dentro y fuera de los Países Bajos, pero fue perseguido por sus detractores, encarcelado y milagrosamente liberado con la ayuda de su esposa, para a continuación partir al destierro primero en Francia y más tarde en Alemania, donde conocería al todopoderoso canciller sueco Axel Oxentierna, que le ofrecería el cargo de embajador sueco en París en 1634, cargo que ostentó durante diez años, pero que tuvo que abandonar en 1644 por haberse atraído la i: ra del poderoso Richelieu. Interesante, ¿verdad? Pero en realidad, lo que yo quiero explicar se refiere ante todo a la producción intelectual de Hugo Grocio y no tanto a su vida aventurera.
En 1609 escribió, pero no firmó, un tratado sobre la libertad de los océanos que le venía como anillo al dedo a los intereses holandeses, Mare liberum, pero su obra maestra fue sin duda el tratado sobre la guerra justa que escribió 1625, De iure belli ac pacis (Sobre las leyses de la guerra y de la paz), el primer tratado sistematizado sobre derecho internacional influenciado por Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca. La Guerra de los 30 años, en la que Suecia no había todavía entrado como parte beligerante, llevaba ya siete años destrozando la economía y la población alemana. Me paro un instante a recapacitar si este trabajo de Grocio nos aporta algún elemento a tener en cuenta ante la actual guerra en Ucrania. Mañana continuaré con nuevas energías. Sigo mi camino por las calles de Lund.