PASEOS POR LA HISTORIA

Buscando las raíces históricas de la actualidad.

Reflexiones desde la presidencia de una comunidad de arrendadores ante el avance urbano

Como seguramente ya sabéis, tengo una pequeña casita en una de las llamadas ciudades jardín (koloniområden), una de las veinte que existen actualmente dentro del término municipal de Lund. Hace cuatro años entré a formar parte de la directiva de nuestra comunidad, y desde hace tres años ocupo el cargo de presidente, elegido por los 78 arrendadores, propietarios de las casitas que componen nuestro enclave.

Estas ciudades jardín, herederas de una larga tradición de urbanismo social y ecológico, están construidas sobre suelo comunal, propiedad del municipio de Lund. Nosotros, los arrendadores, alquilamos el terreno, pero somos legalmente dueños de las construcciones, las casas, cobertizos, invernaderos y demás edificaciones menores. Nuestra situación jurídica se regula por un contrato de arrendamiento de diez años de duración, que se renueva automáticamente y establece los derechos y obligaciones de nuestra comunidad frente a la administración comunal.

Ahora bien, Lund es una ciudad en crecimiento constante. Su universidad, de prestigio internacional, y sus centros de investigación y desarrollo atraen a miles de estudiantes, profesionales e inversores. Con ellos llega también una presión demográfica considerable: se necesitan nuevos hogares, desde chalets hasta bloques de pisos, pasando por escuelas, hospitales, residencias de ancianos y otros servicios públicos esenciales.

En ese contexto, nuestras ciudades jardín, esos pequeños oasis verdes que rodean el centro urbano y en algunos casos ya están completamente absorbidos por el desarrollo de la ciudad, se convierten en espacios codiciados, visibles y vulnerables. Lo que antes era un margen, hoy se halla en el centro mismo de las decisiones urbanísticas.

Hace más de seis años, la dirección política de la ciudad dio luz verde a la construcción de nuevas viviendas y residencias para personas mayores en los alrededores de nuestro koloniområde. Como consecuencia, se han diluido las fronteras naturales y simbólicas que marcaban el perímetro de nuestra comunidad, y algunas zonas, hasta entonces mantenidas como prado, han sido transformadas en espacios abiertos al uso general.

Hasta ese momento, nuestro recinto estaba cerrado al público durante los meses de octubre a mayo, y solo se abría a los visitantes entre mayo y octubre. El cambio aprobado implica que nuestro koloniområde permanecerá abierto todo el año, y que las zonas comunes, aquellos caminos, bancos y espacios de paso que hasta ahora sentíamos como propios, deberán compartirse con personas ajenas a nuestra pequeña comunidad urbana durante todo el año.

Y aquí empieza el verdadero problema. Porque más allá de los cambios físicos en el entorno, lo que está en juego es el sentido de pertenencia, de comunidad, de identidad construida a lo largo de años, incluso décadas. Lo que para las autoridades es una medida de integración y apertura, para muchos de nuestros arrendadores se percibe como una pérdida de intimidad, de autonomía y de control sobre nuestro propio espacio.

Como presidente, me corresponde gestionar no solo los aspectos prácticos de este cambio, sino también sus dimensiones emocionales, históricas y sociales. Porque gobernar una comunidad no es solo organizar podas y reparaciones: es también defender un estilo de vida, un modo de habitar el mundo y, en cierto modo, una memoria compartida. Y eso, en estos tiempos de crecimiento vertiginoso, es más difícil —y más necesario— que nunca.

Ser presidente de una comunidad de arrendadores puede parecer, desde fuera, una responsabilidad modesta, casi doméstica, limitada a cuestiones como el mantenimiento de los caminos, el reparto de los gastos comunes o la organización de la limpieza y mantenimiento de las áreas comunes. Pero esa visión se desmorona cuando el entorno se ve sacudido por decisiones tomadas desde un nivel mucho más alto: el político.

La reciente decisión del ayuntamiento de construir una nueva urbanización justo al borde de nuestro barrio ha puesto a prueba no solo la estabilidad estructural del vecindario, sino también su delicado equilibrio emocional y social. Como representante de los propietarios, me he encontrado en medio de un cruce de expectativas, miedos, esperanzas y viejos resentimientos.

Desde el primer anuncio del proyecto, los correos electrónicos llegan en oleadas. Algunos vecinos, sobre todo los mayores, lo ven como una amenaza directa: “Nos van a quitar nuestro prado”, “Va a subir el ruido”, “Aquí ya no se podrá vivir en paz”. Otros, los más jóvenes o los que miran con ojos de oportunidad, preguntan: “¿Habrá nuevos servicios?”, “¿Se revalorizará nuestro inmueble?”.

Agradar a unos es, de inmediato, decepcionar a otros. La comunidad ya no es una unidad, sino una suma de intereses en pugna. La presidencia se vuelve entonces una posición incómoda, casi ingrata, en la que cada palabra puede interpretarse como una traición o una complicidad.

La dificultad no reside solo en lo práctico, el polvo de las obras, el tráfico adicional o la tensión sobre las infraestructuras, sino en lo simbólico. La ciudad jardín en la que pasamos los veranos, para muchos, es más que un lugar: es una identidad construida durante décadas. Es el lugar donde los hijos jugaron y crecieron, donde los vecinos se saludan por el nombre, donde las fiestas populares, como la del 70 aniversario, que celebramos hace dos años. todavía tienen el sabor de lo auténtico.

La nueva urbanización, con su arquitectura moderna y sus promesas de eficiencia energética, parece una intrusión ajena, una forma de desarraigo. Los que temen perder su paraíso terrenal tal como lo conocen no están luchando contra unos edificios nuevos, sino contra el olvido, contra la sensación de que el progreso se hace siempre a costa de los de siempre.

He aprendido que, en tiempos así, incluso el silencio se interpreta. Si no hablo, es que estoy negociando algo a escondidas. Si hablo, es que ya he tomado partido. Si convoco una reunión, es que quiero manipular la opinión. Si no la convoco, es que estoy ignorando a la comunidad. Ninguna decisión es neutra. Y, sin embargo, hay que tomarlas. He tenido que aprender a escuchar incluso cuando me gritan (bueno, es un decir), a defender acuerdos que sé que no satisfarán a todos, a dormir con la incomodidad de haber actuado con honestidad, pero sin aplausos, aunque hoy he recibido aplausos de los comunitarios que han participado en el día de la actividad común.

Quizás el aprendizaje más profundo es este: que liderar una comunidad en tiempos de transformación urbana es enfrentarse a la paradoja de ser leal a todos sin poder complacer a ninguno por completo. No hay soluciones mágicas. Solo hay procesos, diálogo, y la voluntad constante de estar presente, aun sabiendo que muchos mirarán con desconfianza.

Ser presidente en este contexto es aprender a vivir con la frustración ajena y la propia, y aun así, seguir creyendo que vale la pena defender la convivencia, la historia común y la posibilidad, por muy difícil que parezca, de construir un futuro donde lo nuevo no destruya lo valioso, sino que lo respete y lo complemente. Porque al final, eso es lo que nos mantiene unidos, la esperanza de que podamos crecer sin olvidar quiénes somos.

Cruzando fronteras

Me ha ocurrido hace un momento. Algo que no esperaba, aunque ahora me doy cuenta de que llevaba tiempo rondándome. De pronto, sin darme cuenta del todo, he traspasado una frontera invisible. Y sé que no podré regresar a donde me hallaba antes de cruzarla.

Yo, que siempre creí vivir lejos de esa línea. Yo, que aún me veía entre los activos, los que avanzan a buen paso por las calles, los que suben las escaleras sin buscar el ascensor. Yo, que he corrido la media maratón del puente, el famoso Broloppet, entre Dinamarca y Suecia. Yo, que camino veinte o treinta kilómetros diarios a mis 73 años. Pues bien: hoy todo eso ha quedado en suspenso en un trayecto anodino de metro, de Verdaguer a Badal, en Barcelona.

Ha sido allí, en uno de esos vagones con sus luces frías y asientos de plástico, donde una señora o señorita, en la flor de la vida, con una sonrisa abierta y una mano delicada, me ha cedido su asiento. Me he sentado. Sonreí. No supe si rechazarlo, si fingir que no lo necesitaba, si agradecer sin más. Me senté, y mis pies, esos fieles compañeros, lo agradecieron. Me senté. Y mientras el tren seguía su marcha entre estaciones, supe que algo se había roto. ¿Será la hora de hacerme el harakiri o de lanzarme desde aquella roca donde los vikingos, dicen, despeñaban a sus ancestros, cuando ya no eran más que un estorbo?

Lo dejo por hoy. Ya tendré ocasión de volver sobre este pequeño y fatal instante, este gesto bienintencionado que ha abierto una grieta en la conciencia. Hoy preferiría contar lo que hice ayer. Porque ayer sí fui otro. Ayer conquisté una montaña.

Barcelona se extiende en un llano generoso, abierto al mar, pero protegido por una muralla natural de colinas. Desde el puerto, mirando al norte, los ojos encuentran primero Montjuic, ese montículo discreto y lleno de secretos. Y más allá, en la distancia, una figura que vigila la ciudad con brazos abiertos: el Cristo del Tibidabo.

Ayer le propuse a mi compañera una aventura: subir a pie hasta la basílica del Tibidabo. Me miró dudando, mitad escepticismo, mitad confianza. Me siguió. Iniciamos la marcha por Badal, remontamos la Diagonal, y desde allí comenzamos la verdadera subida por la Calle Mayor de Sarrià, una calle que guarda el alma de un viejo pueblo engullido por la gran ciudad. Subimos y subimos hasta alcanzar una villa solitaria, con su verja adornada por dos ositos de piedra, como porteros de un mundo privado. Desde ahí, el camino se volvió inédito, sin señales, solo un sendero insinuado entre matorrales y piedras sueltas, que serpentea montaña arriba, seco como un torrente esperando lluvias, abierto solo a los valientes o a los que, como nosotros, aún se atreven.

Después de dos horas subiendo, llegamos a un pequeño puesto de bomberos, guardianes discretos del monte. Pregunté a uno de ellos por el camino, y nos indicó, amable, por dónde seguir. Retomamos la subida hasta alcanzar la torre de Collserola. Desde allí, el mundo se abría a nuestros pies, toda Barcelona desplegada como una maqueta viva, y al fondo, recortado contra el cielo, el macizo de Montserrat.

Un poco más, y el Tibidabo nos recibió con su basílica y su Cristo gigantesco. Allí, en lo alto, tomamos una cerveza, respiramos hondo y descansamos. Después, bajamos a pie, con el cuerpo cansado pero el alma plena. Dormimos como benditos. Hoy, sin embargo, la frontera ha sido cruzada. Ayer conquistamos una cima. Hoy me han ofrecido un asiento. Y la vida sigue.

A quien madruga…

Cuantas veces hemos oído eso de: “A quien madruga dios le ayuda. Sí, sí, muchas veces ¿verdad? Yo puedo corroborar ese dicho con la experiencia de muchas mañanas en la ciudad condal. Hoy, sin ir más lejos, desperté no demasiado temprano y dirigí mis pasos a la Plaza San Jaime para desayunar, pero, por el camino, me entretuve disfrutando de las desiertas calles del Barrio Gótico, aún libres de las consabidas hordas de turistas dirigidos por algún guía que, con voz monótona y destemplada, va contando una historia simplona de lo que van viendo y digiriendo, cada cual a su manera.

Por favor, no me interpretéis mal. No quiero criticar ni a los guías ni a los turistas, que tienen el mismo derecho que yo de sentirse atraídos por este escenario tan sugerente, en el que se han convertido los alrededores de la catedral. En realidad, A inicios del siglo XX, la catedral de Barcelona presentaba una fisonomía inacabada. El edificio gótico se había levantado entre los siglos XIII y XV, pero su fachada principal todavía era una estructura neogótica sin terminar, y el entorno inmediato era un denso laberinto urbano medieval con calles estrechas y casas adosadas al propio templo. Las obras de remodelación de la catedral En 1882 se iniciaron las obras de la fachada principal siguiendo un diseño neogótico del siglo XV que no se había ejecutado antes. El arquitecto Josep Oriol Mestres lideró el proyecto, y las obras culminaron en 1913, financiadas en gran parte por el banquero barcelonés Manuel Girona i Agrafel.

El resultado fue una fachada monumental, neogótica, que no corresponde exactamente al estilo gótico original, pero que le da hoy su aspecto icónico. A lo largo del primer tercio del siglo XX, se demolieron casas y calles medievales adosadas a la catedral, especialmente en el lado que hoy da a la Avinguda de la Catedral. El objetivo era “liberar” la catedral y hacerla visible, siguiendo los ideales higienistas y monumentales del urbanismo decimonónico. Algo parecido ocurrió en Lund, derribando todos los edificios adosados a la catedral y el cementerio que había junto a su ábside.

En Barcelona, se abrió un espacio frontal que es la la actual plaza, que permite contemplar la fachada desde lejos, cosa que antes no era posible. Se abrió, también un nuevo eje urbano entre la catedral y la Via Laietana, para facilitar la circulación y reforzar el eje monumental.

Entre los edificios o objetos más fotografiados en el Barrio Gótico está el famoso paso elevado que une el Palau del Bisbe con un edificio anexo del Palau de la Generalitat en la calle del Bisbe, justo al lado de la Catedral de Barcelona, que se ha convertido en una de las imágenes más icónicas del Barrio Gótico. Pero lo interesante es que no es medieval, sino una construcción moderna, aunque de estilo neogótico. Lejos de ser una obra gótica, fue construido en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, como parte del ambicioso proyecto de “góticazación” del barrio. El autor fue el arquitecto Joan Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí y ferviente defensor del neogótico. Rubió ideó el puente como parte de una campaña para crear una imagen “coherente” y romántica del pasado medieval del barrio gótico, muchas veces eliminando o falseando partes auténticas para hacerlas más “fotogénicas”.

Para mí, que interpreto las cosas a mi manera, representa el intento del poder político y cultural de reescribir el pasado medieval de Barcelona para fines turísticos, ideológicos y nacionalistas. También marca un pasaje físico entre el poder religioso, el Palacio Episcopal, y el poder político, la Generalitat, aunque su uso real ha sido más decorativo que funcional.

La Plaça del Rei, es una plaza cerrada, de aspecto gótico, situada justo detrás de la catedral. En su estado actual está rodeada por varios edificios de gran valor histórico, como el Palau Reial Major, la residencia medieval de los condes de Barcelona y reyes de Aragón, La capilla de Santa Àgata, del siglo XIV, el Palau del Lloctinent del siglo XVI y la Casa Padellàs, que fue trasladada allí piedra por piedra y hoy alberga el Museu d’Història de Barcelona.

Las transformaciones se llevaron a cabo principalmente entre 1920-1930. En esa etapa, el interés por redescubrir la Barcelona medieval llevó a los primeros derribos de viviendas adosadas al Palau Reial. El objetivo era liberar el antiguo conjunto palaciego, invisibilizado durante siglos por construcciones posteriores, y resaltar su valor patrimonial. Durante la Segunda República, y especialmente bajo el mandato del arquitecto e historiador Adolf Florensa, se impulsó el llamado “gòtic oficial”: un estilo promovido para consolidar una imagen unificada y monumental del pasado medieval catalán. También tenemos algo parecido en Lund, cuando se fueron descubriendo los ladrillos de las dos casas medievales que quedan en el recinto urbano, Krognoshuset y Stäket, cubiertas hasta mediado el siglo XX por una gruesa capa de adobe gris, dotándolas además de un tejado con fachada escalonada, como en la arquitectura holandesa.  

En 1931 se inició el traslado de la Casa Padellàs, que estaba en la calle Mercaders, y fue desmontada y reconstruida en la plaza del Rei para evitar su demolición. Este proyecto se interrumpió por la Guerra Civil, pero se retomó con más fuerza tras 1939. Y es que, el régimen franquista adoptó la monumentalización del pasado medieval como instrumento de propaganda, pues mostraba una Barcelona “imperial”, ligada al poder monárquico y cristiano. Se llegaron a eliminar edificaciones posteriores al siglo XVI para “purificar” el espacio. Se excavó el subsuelo y se descubrieron restos romanos, que formaban parte de la antigua ciudad de Barcino, que dieron origen al Museo de Historia de la Ciudad inaugurado en 1943. El diseño de la plaza, tal como hoy lo conocemos, cerrada, solemne, con acceso al subsuelo arqueológico, es fruto de esta etapa.

La Plaça del Rei no es por tanto una “plaza histórica” en el sentido de que haya existido tal como la vemos hoy, sino una creación del siglo XX que reúne y reorganiza edificios antiguos para crear una imagen idealizada del pasado medieval. Es una “escenografía histórica”, meticulosamente diseñada para contar un relato, con pretensión de autenticidad, que en realidad fue cuidadosamente construido.

Yo voy caminando despacio hasta la Plaza de San Jaime. Por la calle Paradis, vamos solo dos personas, un guardia con uniforme marrón y beige con una inscripción en la espalda que reza, Guarda Patrimoni, y yo. Le sigo, porque van a dar las diez y creo que se encamina a abrir las puertas de la casa-palacio que pertenece a el Centre Excursionista de Catalunya, lugar en el que se pueden ver los restos de un templo romano. El Centre Excursionista nació en 1890 en Barcelona con el objetivo de “fomentar las excursiones por nuestra tierra para hacer que sea conocida y amada, y también publicar los trabajos resultantes de estas excursiones, crear una biblioteca y archivo”. Qué mejor manera de documentar las salidas, a finales del siglo XIX, que a través de la fotografía y actualmente custodia más de 100 fondos con más de 400.000 imágenes procedentes de donaciones particulares y legados.  Para el que quiera estudiar la historia de Catalunya de los siglos XIX y XX es un lugar esencial.

Yo hoy no voy a consultar los fondos, sino que me paro ante su vidriera y leo las frases “Patria – Libertas – Fides” que concentran toda la ideología catalanista de los últimos siglos, y me apresuro a bajar al sótano, para, durante unos momentos, estar solo con las columnas romanas. Es un placer, que solo el madrugador puede disfrutar. A quien madruga, Dios le ayuda. las cuatro columnas del templo de Augusto, dos mil años de historia, en el Monte Táber, a 16,9 m del nivel del mar, en la romana Barcino. Pasan unos minutos en silencio y reposo y empiezo a oir voces, primero lejanas y luego más cercanas, y comprendo que ahora, el recinto en el que he disfrutado de esta corta comunión con la historia, pasa a ser una atracción turística y me apresuro a salir y dejar paso a los que entran.

La manzana de la discordia

Me encantan las manzanas. Como muchas, no puedo remediarlo, es quizás mi comida favorita, un majar divino. Por eso me parece un poco injusto que la diosa Eris eligiera esta fruta para sembrar la discordia, todo por no ser invitada a la boda de Peleo y Tetis, los padres de Aquiles. Hoy, en Barcelona, me acerco a Caixa Forum en Montjuic, para ver 62 piezas prestadas por del museo del Prado de Madrid que representan el barroco flamenco y, claro, me llama la atención este cuadro tan emblemático, que he utilizado para explicar la mitología griega, la guerra de Troya, el mundo helénico y la filosofía básica.

El cuadro de Rubens, pintado en 1636, “El juicio de Paris” explica el origen de la Guerra de Troya. En el cuadro Tetis ha lanzado una manzana de oro con la inscripción “para la más bella” y las diosas Hera, Atenea y Afrodita reclamaron la manzana. Zeus, que quería eludir problemas, se negó a decidir y encargó a Paris, príncipe troyano, que eligiera. En el cuadro vemos a Hermes, vínculo entre los dioses y los humanos, con su casco alado, mostrando la manzana de oro. Paris, pintado como pastor bucólico, se muestra dubitativo. Las diosas, desnudas, para mostrar su belleza, intentaron sobornarlo. Cada diosa intentó hacerlo a su manera. Hera le ofreció poder político. Atenea, sabiduría y victoria en la guerra. Afrodita, el amor de la mujer más hermosa del mundo: Helena. Paris eligió a Afrodita, eso lo sabemos, y también sabemos que ni Hera ni naturalmente Pallas Atenea se lo perdonarían nunca.  

En el cuadro de Rubens, Paris aparece como un joven pastor. Su figura está alejada del ideal heroico, se le ve más contemplativo, incluso pasivo. Representa el juicio humano, falible y guiado por el deseo.

A las diosas, Rubens las pinta desnudas, siguiendo la tradición renacentista y barroca que une belleza ideal con desnudez. Hera, hermana y esposa de Zeus, está representada junto a su animal alegórico, el pavo real, símbolo del orgullo y majestad, como diosa del poder y el matrimonio. Atenea, se ha despojado de su armadura, que yace en tierra, el casco, la lanza y el escudo con el terrible rostro de Medusa; a sus pies el búho, animal emblemático de la patrona de Atenas, nos mira bajo el manto púrpura de Afrodita, quien está recibiendo una corona de flores de una figura angelical alada, un putto, con Eros, con arco y flechas, asido a su pierna izquierda, simbolizando el amor erótico.

Es como una fotografía tomada justo en el momento en que Afrodita aún no sabe que ha vencido, tampoco lo saben las otras dos, que esperan esperanzadas; lo sabemos nosotros. El deseo ha triunfado. Rubens usa esta escena como una alegoría de la elección entre poder, sabiduría y amor/deseo, sugiriendo que la humanidad, aquí representada por Paris, suele inclinarse por el placer sensual, sumemos aquí todos los placeres.

Yo solía utilizar este cuadro como una especie de mapa conceptual o ventana abierta al conocimiento. Lo empleaba para explicar a mis alumnos muchas cosas, abarcando desde la Antigüedad hasta el arte y la filosofía. Era mucho más que una simple imagen: era un punto de partida para hablar de ideas, épocas y pensamientos que, aunque distantes entre sí en el tiempo y en el espacio, se conectaban de formas sorprendentes.

Por ejemplo, desde los personajes representados o los símbolos presentes en el cuadro, podíamos retroceder a las civilizaciones clásicas, Grecia, Roma, Egipto, y hablar de sus mitos, de sus sistemas políticos, de sus lenguas y sus visiones del mundo. Luego, podíamos saltar al Renacimiento y ver cómo esos saberes antiguos fueron redescubiertos y reinterpretados por artistas y pensadores como Rubens. A través del arte, explicaba cómo las imágenes no son solo decoración, sino vehículos de pensamiento, de ideología y de emoción.

El cuadro me servía también para introducir preguntas filosóficas: ¿Qué es la verdad? ¿Qué papel tiene el ser humano en el universo? ¿Por qué seguimos hablando de Platón, Aristóteles o Séneca? Todo eso estaba, de una u otra forma, reflejado o sugerido en la obra. Usar el cuadro me permitía, además, despertar la imaginación de los alumnos. No les daba respuestas, sino caminos para pensar, para preguntar, para relacionar ideas. Aprendíamos a leer imágenes como se leen los textos: con atención, con espíritu crítico, y con la voluntad de entender el mundo y a nosotros mismos. Echo de menos las clases de historia e historia del arte con mis alumnos, especialmente hoy, aquí, en el Caixa Forum, frente al cuadro de Rubens.

Money talks

Repasando mis fotografías para intentar archivarlas un poco sistemáticamente, comenzando quizás, lo que aquí en Suecia llamamos “dödstäda”, que es el acto de ordenar, reducir y organizar las pertenencias personales mientras uno aún está vivo, con el fin de aliviar la carga a los familiares después de la propia muerte, encuentro algo que me recuerda un tiempo cuando yo dedicaba cada minuto consciente a estudiar la historia. Era como una enfermedad; llegando a un lugar, me ponía rápidamente a rebuscar en la historia del lugar; museos, archivos, bibliotecas y anticuarios, era mi mundo, y lo sigue aún siendo, no lo puedo evitar.

Reconozco la fotografía como una que yo había tomado en la ciudad sarda de Bosa. Hay lugares que parecen haber sido tocados por una mano antigua, no necesariamente piadosa, pero sí paciente. Así es Bosa, una ciudad que se desliza con dulzura por la pendiente de una colina sarda, entre el murmullo lento del río Temo y la presencia vigilante del castillo Malaspina. Uno la ve desde lejos, desde la carretera que serpentea por la costa, y parece un ramo de casas pintadas en tonos pastel. El río, que es de los pocos navegables en toda Cerdeña, cruza la ciudad como si no tuviera apuro, reflejando fachadas ocres, rosadas, azuladas, como si cada casa hubiera querido recordar su historia con un color. Sobre las aguas duermen barquitas viejas, amarradas como en una pintura del siglo XIX. Es un río manso y melancólico, que huele a sal y a piedra mojada, a ropa tendida, a infancia.

El casco antiguo, Sa Costa, donde viven mis amigos y donde se encuentra el dormitorio y el comedor perteneciente al instituto Pischieda, trepa hacia el castillo. Las calles estrechas están empedradas con siglos y tradiciones. Vi una vez un entierro, pasar a pie, camino del cementerio, y era como ser transportado en el tiempo, con la rara sensación de haberlo visto antes.

Y arriba del todo, el castillo. No es una fortaleza opulenta, sino severa, sobria, casi monástica. Desde allí la vista se abre como un abanico sobre los tejados de teja roja, sobre el curso serpenteante del Temo, sobre las llanuras que huelen a tomillo y al mar que se adivina más allá, en Bosa Marina.

En Bosa, el tiempo no se ha detenido, sigue caminando, pero en voz baja. En Bosa, tuve en la mano una pequeña moneda de plata acuñada en nombre de Juan II. No era más grande que una uña, pero su peso simbólico me condujo directamente al corazón del siglo XV. La encontré en casa de un entrañable señor que había dedicado su vida a coleccionar objetos cotidianos de su ciudad, como si con ello intentara detener el olvido. Me la mostró con la emoción de quien entrega un fragmento del tiempo. Y lo era.

Con un poco de paciencia, y con la ayuda del archivo municipal, cuya directora tuve la suerte de conocer en casa del alcalde, fui hilando la historia que contenía esa reliquia. Esto es lo que encontré:

La moneda procede de la antigua ceca de Bosa, situada en el castillo, y fue acuñada bajo la autoridad del alcaide local. Un documento del 15 de mayo de 1445 recoge que Alfonso V de Aragón había concedido a Silvestro Colomeri, maestro de la ceca, magistrum sicle, el privilegio de acuñar moneda en Cagliari, Sassari, Alguer y también en Bosa. Más tarde, durante el reinado de Juan II (1458–1479), se acuñaron efectivamente en Bosa algunos reales minuti de billón, una aleación de plata pobre, destinados a la circulación local. Según los ejemplares conservados, pertenecientes a dos cuños distintos, en el anverso puede leerse Joanes Rex A(ragoniae) rodeando el escudo aragonés, y en el reverso Civitas Bose con una cruz central. ¿Quién fue ese Juan que ordenó acuñar moneda en esta ciudad sarda?

Juan II fue un personaje muy interesante. Nació en Medina del Campo en 1398, como segundo hijo de Fernando de Antequera y, como tal, no destinado inicialmente a reinar. Pero la vida, y la política, tuercen destinos. Fue duque de Peñafiel, lugarteniente en Sicilia y Cerdeña, rey consorte de Navarra, y tras la muerte de su hermano Alfonso V el Magnánimo, heredó el trono de Aragón. Enemigo de Álvaro de Luna en Castilla, esposo de dos mujeres poderosas, Blanca I de Navarra y luego Juana Enríquez, padre del desdichado Carlos de Viana y del futuro Fernando el Católico, Juan atravesó su vida como un funambulista entre guerras, alianzas y traiciones.

Fue, sin duda, un rey tenaz, quizá cruel. Enfrentado a su propio hijo Carlos, llegó a encarcelarlo. Cataluña se alzó contra él; los campesinos también. Luis XI de Francia aprovechó la ocasión para arrebatarle los territorios, que empeño para conseguir su ayuda, entre otros Cerdeña. Pero Juan resistió, ciego y envejecido, hasta reconquistar Barcelona y concluir la guerra civil catalana en 1472 con una paz tensa y una clemencia calculada. Murió en 1479, dejando Navarra a su hija Leonor y Aragón a Fernando, el esposo de Isabel de Castilla, el que pasó a la historia como Fernando el Católico.

La moneda que sostuve, pues, es más que un objeto numismático, es una puerta a esa época convulsa, cuando los reyes eran también maridos, enemigos, padres y traidores; cuando los mares no separaban, sino unían coronas lejanas; cuando Bosa, tan callada hoy, fue una ciudad con ceca propia y el eco de una historia mayor. Una historia que cabe, entera, en la palma de la mano.

Montserrat y el eco del Grial: una ascensión al mito

Voy a subir otra vez a Montserrat. No hace mucho que lo hice, pero tengo ganas de repetir. Caminando por sus senderos, doy rienda suelta a la fantasía y disfruto pensando en todas las historias que se han contado de esta mística montaña que parece cincelada por las manos de un creador. La más conocida de las historias sobre esta montaña es la del Santo Grial, que nace en un cruce fascinante entre antiguas tradiciones cristianas, mitología celta y literatura cortesana medieval. Aunque en los evangelios no se menciona como tal, el Grial, el cáliz supuestamente usado por Jesús en la Última Cena, o en otras versiones, el recipiente que recogió su sangre durante la crucifixión, fue transformándose en una poderosa imagen simbólica con el paso de los siglos. Símbolo de pureza, de sabiduría secreta, de redención, de linaje divino, el Grial se convirtió en una brújula moral para caballeros errantes… y, más tarde, en obsesión para ideologías más oscuras.

El primer autor en hablar del Grial como objeto sagrado fue Chrétien de Troyes, hacia 1180. En su Conte du Graal[1], el objeto aún no tiene un carácter netamente cristiano: es un cuenco que brilla, que alimenta, que promete. Solo en el siglo XIII, con Robert de Boron, el Grial se convierte en el cáliz de la Última Cena y recipiente de la sangre de Cristo recogida por José de Arimatea, quien lo lleva, según la leyenda, a las Islas Británicas[2]. Allí nace el vínculo con las leyendas artúricas y con la figura de Parsifal, el caballero puro, el ingenuo iluminado que emprende el viaje más sagrado: el del alma en busca de sentido, un viaje simbólico, literario, espiritual, que se proyectó con fuerza sobre lugares reales. Uno de ellos fue la montaña de Montserrat.

He subido a Montserrat muchas veces, pero cada vez es distinta. Hay días en que la niebla abraza las rocas como si fueran gigantes dormidos; otros en que la luz las vuelve púrpura, casi líquidas. Caminar por sus senderos, escuchar el eco de las propias pisadas entre piedras afiladas como cuchillos antiguos, mirar hacia el monasterio suspendido entre la historia y el vértigo, produce una extraña sensación de intemporalidad. Es como si el alma de la montaña respirara todavía por las grietas del mito.

Allí, uno puede imaginar sin dificultad que algún objeto sagrado, alguna verdad recóndita, alguna presencia antigua habita entre las grietas. Montserrat no solo es una montaña: es una forma de lo sublime, una aparición geológica que se resiste a toda clasificación. Y quizás por eso fue vista como posible custodio del Grial.

En los textos medievales, especialmente en el Parzival de Wolfram von Eschenbach[3], se menciona un castillo llamado Montsalvat, guardián del Grial. La semejanza fonética con Montserrat no pasó desapercibida para místicos, escritores románticos y aventureros del espíritu. El romanticismo alemán, fascinado por lo sagrado y lo escarpado, miró hacia la montaña catalana con ojos cargados de simbolismo. Wagner, en su Parsifal[4], situó en Montsalvat el drama del Grial, y muchos interpretaron que hablaba de Montserrat.

En el año 1809, durante la ocupación napoleónica de Cataluña, las tropas francesas al mando del general Louis-Gabriel Suchet, que venía de conquistar Tortosa y Tarragona, se dirigieron hacia Montserrat. Suchet, fascinado por el esoterismo, decidió desviar sus tropas de otros objetivos estratégicos para marchar directamente hacia la montaña. Su intención era encontrar el Santo Grial.

Y es que su emperador, Napoleón Bonaparte, otro apasionado del ocultismo, ansiaba poseer la reliquia sagrada y exhibirla como símbolo de su poder absoluto. Pero Suchet no tuvo éxito. Enfurecido por el fracaso, ordenó arrasar el monasterio. El fuego y la destrucción se llevaron casi todo por delante, dejando en pie apenas unas pocas columnas del antiguo claustro benedictino, fundado en el año 1025.

Esoteristas como Otto Rahn[5], y más tarde algunos vinculados al nazismo, vieron en la montaña una señal, un lugar de poder. Fue en ese contexto que se inscribió una de las visitas más inquietantes del siglo XX: la de Heinrich Himmler. El 23 de octubre de 1940, en plena guerra mundial, el jefe de las SS subió a Montserrat. Oficialmente, se trataba de una visita de cortesía, parte del protocolo que precedía al encuentro de Hitler con Franco en Hendaya. Pero en realidad, Himmler llevaba consigo algo más que saludos diplomáticos: llevaba la obsesión de su ideología.

Influido por las ideas de la sociedad Thule[6] y por sus propios delirios místicos[7], Himmler creía que el Grial no era solo una reliquia cristiana, sino una fuente de poder espiritual y racial. En su castillo de Wewelsburg, que planeaba convertir en centro ceremonial de las SS, ya se ensayaban rituales inspirados en Parsifal y el Grial. Para completar el símbolo, faltaba el lugar donde ese poder estuviera enterrado o custodiado. Y Montserrat, con su perfil sobrenatural, encajaba perfectamente.

Según varios relatos, la visita fue breve y tensa[8]. Himmler preguntó al abad si conocía la ubicación del Grial. El abad, con serenidad, respondió que allí solo se veneraba a la Virgen. Otra versión dice que un monje intentó bendecir al jerarca nazi con agua bendita, provocando su ira. Algunos incluso afirman que se le impidió el acceso a archivos antiguos y criptas. Lo cierto es que Himmler se marchó con las manos vacías… y el alma más vacía aún.

¿Era el Grial un objeto físico o una metáfora que consumía a quienes la tomaban demasiado literalmente? ¿Se trataba de una copa o de un camino? Sea como fuere, la montaña resistió. Resistió a los nazis, a los turistas, a los que vienen solo por la vista. Montserrat se mantiene, vertical e indomable, como si la eternidad le hubiese dado forma de sierra para recordarnos que lo sagrado no es fácil, ni accesible, ni utilizable. Lo sagrado exige respeto, silencio, altura.

Quizás por eso sigo subiendo. Porque allí, entre los riscos y las nubes, uno puede entender, aunque sea por un instante, que hay búsquedas que no se completan con mapas ni con poder. Y que el verdadero Grial, si existe, está siempre más arriba.


[1] https://archive.org/details/percevaloulecont0000chre

[2] https://archive.org/details/merlinromanduxii0000robe

[3] https://archive.org/details/Parzival

[4] https://archive.org/details/parsifal_bn/mode/2up

[5] https://archive.org/details/luzifers-hofgesind/mode/2up

[6] https://archive.org/details/hammer-of-the-gods-the-thule-society-and-the-birth-of-nazism/mode/2up

[7] https://ia802302.us.archive.org/5/items/hitlers-monsters-the-occult-roots-of-nazi…/Hitlers%20Monsters%20The%20Occult%20Roots%20of%20Nazi….pdf

[8] https://www.nationalgeographic.es/historia/2018/03/montserrat-heinrich-himmler-y-el-caliz-de-cristo

Entre simios y sambuca: una historia del alcohol

Mientras andaba a paso ligero por el bosque, esta mañana, me dio por pensar que hay muchos más aspectos que estudiar referentes a las bebidas alcohólicas. Lo primero es su antigüedad. Según un maravilloso estudio publicado en PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences)[1], el metabolismo del alcohol apareció en nuestros ancestros primates entre hace 7 y 21 millones de años, mucho antes de que existiera la especie humana. La población de primates que evolucionó para metabolizar el alcohol dio lugar, no solo a los humanos, sino también a los chimpancés, bonobos y gorilas, todos los cuales comparten nuestra capacidad para descomponer el alcohol. Resulta que nuestra especie ha sido capaz de tolerar el alcohol desde mucho antes de que fuéramos humanos.[2]

La mutación, que los humanos compartimos con chimpancés, bonobos y gorilas se debe a un cambio climático en África, a mediados del Mioceno, una de cuyas consecuencias fue la transformación de los ecosistemas forestales del este de África en bosques fragmentados y pastizales. Nuestros ancestros, que caminaban apoyándose en los nudillos por esas sabanas, podrían haber comenzado a comer más frutas caídas en el suelo, en lugar de recolectarlas de los árboles. La fruta que yace en el suelo se pudre, y parte de ese proceso implica la fermentación de los azúcares en etanol. Los primates que cogen la fruta directamente de los árboles, como los orangutanes, los gibones, los babuinos y los demás primates. no pueden metabolizar el alcohol.

De metabolizar el alcohol a fabricarlo hay un gran trecho, pero, casi todas las culturas han desarrollado algún tipo de bebida alcohólica, para usar en diferentes cultos o, simplemente, para embriagarse. En regiones como el Ártico, entre los inuit, yupik y chukchis y sami, las condiciones climáticas extremas limitan la disponibilidad de azúcares vegetales y, por tanto, la fermentación natural era difícil. Estas culturas son la excepción y no desarrollaron originalmente bebidas alcohólicas propias. Por tanto, cuando el contacto con los colonizadores europeos y rusos les puso en contacto con el alcohol, el impacto fue devastador, precisamente porque no había una tradición cultural de consumo y control del alcohol.

La mayoría de los pueblos que han consumido alcohol durante miles de años, como los europeos, chinos o africanos, han desarrollado mecanismos metabólicos más eficientes para descomponer el etanol. Los pueblos árticos nunca desarrollaron bebidas alcohólicas tradicionales, ya que no había frutas ni cereales fermentables en su entorno y las bajas temperaturas dificultaban los procesos de fermentación. Por tanto, sus organismos no evolucionaron para procesar bien el alcohol, lo que hace que incluso pequeñas cantidades tengan efectos más intensos o duraderos. La primera vez que visité Copenhague me llamó la atención el gran número de groenlandeses borrachos, que se encontraban por las plazas y jardines de la ciudad. En Suecia, los samis se consideraban como muy vulnerables a las bebidas alcohólicas y propensos a desarrollar alcoholismo, pero desde el siglo XIX, con la conversión de gran parte de ellos a la secta laestadiana, el problema parece haber disminuido dentro de la comunidad sami, que habita en Sapmi[3], pero no así entre los samis que viven fuera de su territorio.  

Parece ser que, en el la zona mediterránea, hemos convivido con las bebidas fermentadas y destiladas tanto tiempo, que forman parte de nuestras culturas. En Cataluña he bebido ratafía y Garnatxa de l’Empordà, y en Cerdaña he comprendido el sentido casi místico de beber en grupo.  Allí, una tarde en Bosa, después de una visita al castillo, con una vista fantástica sobre todo el valle en la desembocadura del río Temo, terminamos en una bodega. Todo ocurrió muy rápido, y de repente nos vimos en plena vida cotidiana de Bosa. Nos convertimos en parte de lo cotidiano, fuimos recibidos en lo más íntimo. Nos encontramos con un grupo de señores mayores, de mi edad más o menos, que estaban sentados junto a la catedral, charlando al sol de la tarde. Les saludamos, y ellos nos preguntaron quiénes éramos, y tras dos minutos de conversación, acabamos en una bodega que uno de los hombres tenía justo allí cerca. Estas bodegas son completamente privadas, y en ellas se guarda el vino de producción propia, y la malvasía, además de embutidos, jamones, membrillo y todo tipo de cosas comestibles. Se encuentran estas bodegas en casas medievales con hermosos arcos de piedra. Allí se va con la familia o con los amigos más cercanos a charlar tranquilamente. Nuestra conversación pronto giró en torno a cuestiones de fe, Dios, del espíritu, el panteísmo y la falta de espiritualidad de los jóvenes. Ni que decir tiene que cerramos nuestra visita con una copita de licor de mirto. También es bastante significante que, alrededor del Mediterráneo se beban tantos licores con el anís como aromático central; desde el ouzo, al raki, la sambuca, o nuestro anís de siempre. Se podría decir que la Pimpinella anisum nos une alrededor del Mare Nostrum.


[1] https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1404167111

[2] https://www.nature.com/scitable/blog/accumulating-glitches/how_and_when_did_humans/

[3] El nombre que los sami da a su región, también llamada Laponia.

La ratafía: un licor de memoria y palabra

Pensaba yo seguir contando historias referentes a licores, partiendo de mi entrada sobre el Anís del Mono y Darwin, y, de pronto, me vino a la memoria un licor que probé por primera vez hace más de cincuenta años y que también tiene su origen en Cataluña, aunque yo, curiosamente lo bebí en Andorra.

 Hay bebidas que se beben para olvidar, y otras para recordar. La ratafía pertenece a las segundas, porque no embriaga, evoca. Cada sorbo recuerda el eco de voces antiguas, pactos orales, manos que se estrechan bajo la sombra de una masía, una promesa entre vecinos o un tratado sellado sin tinta. Porque la palabra, antes que el papel, también obligaba. Y alzando un vaso de ratafía se decía: “Rata fiat”, “que quede ratificado”.

La ratafía no nació en un laboratorio industrial, ni fue concebida para grandes cadenas de distribución. Nació en las cocinas rurales y los monasterios del Pirineo, cuando el verano alcanzaba su cenit y la gente sabía que era tiempo de recolectar nueces verdes, antes de que endurecieran. Esas nueces, símbolo de lo que aún no ha madurado, se mezclaban con hierbas, raíces, cáscaras de frutas y aguardiente. Se dejaban al sol, al aire libre, durante semanas. El resultado: un licor que es al mismo tiempo medicina, amuleto, y testimonio del ritmo lento de la tierra.

Pero la ratafía es también un símbolo de identidad cultural. Lo sabe bien Quim Torra, expresidente de la Generalitat de Cataluña, quien, en su primer encuentro con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, le regaló una botella de ratafía. Un gesto sutil y cargado de significado, ya que le ofrecía algo más que un licor casero. Le ofrecía un pacto simbólico. Una bebida que, históricamente, no acompañaba las firmas oficiales, sino los acuerdos no escritos, los compromisos de palabra, que son, muchas veces, más difíciles de romper que los contratos legales.

Sánchez lo aceptó con una sonrisa, sin comprender del todo que aquella botella contenía no solo hierbas y aguardiente, sino siglos de tradición, de resistencia cultural, de pactos cerrados a viva voz. Y, por qué no decirlo, una invitación a hablar sin mediadores, con honestidad. Pero el gesto pasó, como tantas otras cosas, sin consecuencias. Aquel posible pacto quedó en suspenso, como si el licor no hubiera sido bebido.

La ratafía exige tiempo. No se puede improvisar. Hay que esperar al solsticio, recoger las hierbas exactas, dejar que el aguardiente se impregne lentamente, añadir la miel con mesura, y sobre todo, dejar reposar. En un mundo de urgencias y titulares, la ratafía parece un anacronismo. Pero quizá por eso tiene tanto sentido reivindicarla.

Hoy, mientras muchas tradiciones se evaporan entre la velocidad digital y el olvido urbano, la ratafía resiste. En pueblos de Cataluña, sigue preparándose en casa, con recetas heredadas de abuelas y notas escritas a mano. Se celebra cada año con ferias, concursos y catas, como la Festa de la Ratafia en Santa Coloma de Farners, donde se elige la mejor versión casera de esta bebida solar, o la fiesta de la ratafía de Centellas que se suele hacer el primer fin de semana de junio.  Al fin y al cabo, ¿qué es la ratafía sino una metáfora del pacto comunitario, del saber compartido, de la paciencia necesaria para transformar lo salvaje en hospitalario? El mundo tal vez no necesite más decretos urgentes, sino más acuerdos lentos. Más sol y serena. Más tiempo para escuchar, para destilar, para brindar mirando a los ojos. Y entonces, quizá, volver a pronunciar con sentido pleno las palabras fundacionales: Rata fiat. Que así sea.

Ahora que estamos en verano, si tienes tiempo, puedes hacer tu propia ratafía siguiendo esta receta, para una arroba, 16 litros. (16,133 litros o una cántara). Si tienes una buena damajuana, ya tienes para empezar.

Ingredientes:

1,5 kg de nueces verdes (recién recogidas, antes de que endurezcan)

1 kg de azúcar (puedes ajustar al gusto, incluso usar azúcar moreno para un toque diferente)

16 litros de aguardiente de buena calidad (de unos 40-50º, tipo orujo o similar)

20-30 gramos de canela en rama

20 gramos de clavos de olor

20 gramos de anís estrellado

30 gramos de piel de naranja (sin parte blanca)

30 gramos de piel de limón (sin parte blanca)

20 gramos de nuez moscada rallada

10 gramos de semillas de cilantro

Opcional: unas hojas de menta o hierba luisa para un toque fresco

Opcional: 1 rama de romero o tomillo para un matiz herbal

Preparación:

Preparar las nueces: Lava bien las nueces verdes y córtalas en cuartos. Las nueces se recolectan tradicionalmente a finales de junio o principios de julio, cuando todavía están verdes y blandas.

Maceración: En un recipiente grande de vidrio o acero inoxidable (nunca de metal que pueda oxidar), coloca las nueces cortadas, el azúcar y las especias (canela, clavos, anís, pieles de cítricos, nuez moscada, cilantro y hierbas opcionales).

Añadir el aguardiente: Vierte el aguardiente hasta cubrir completamente todos los ingredientes.

Reposo: Tapa el recipiente y deja macerar en un lugar fresco y oscuro durante al menos 40 días (algunos recomiendan hasta 3 meses para más sabor).

Agitar ocasionalmente: Durante la maceración, remueve o agita suavemente la mezcla una vez por semana para que se mezclen bien los sabores.

Filtrado: Una vez pasado el tiempo de maceración, filtra el líquido con un colador fino o tela para separar los sólidos. Si quieres, puedes repetir el filtrado para mayor claridad.

Embotellado: Embotella la ratafía en botellas limpias y déjala reposar al menos un mes más antes de consumirla para que los sabores se integren bien.

Salut!

https://www.lavanguardia.com/comer/20180711/45825189863/reunion-sanchez-torra-regalo-ratafia-licor.html

Darwin entre escépticos y creyentes: cuando Suecia dudaba y España despertaba

Hoy quiero seguir por el sendero de la ciencia, esa senda luminosa que no siempre fue bien transitada por el gran público. Me detengo en una figura que cambió nuestra forma de entender la vida: Charles Darwin. Y no tanto para explicar su teoría, sino para observar la actitud, a veces entusiasta, otras recelosa, con la que fue recibida.

Ayer hablaba de la dificultad que tuvo la teoría de la evolución para abrirse paso, especialmente en un país como España, donde El origen de las especies, publicado en inglés en 1859, no fue traducido hasta 1877. Tres años más tarde, llegaría por fin la versión castellana de El origen del hombre y la selección sexual. La resistencia fue fuerte, sobre todo por parte de la Iglesia.

En Suecia, sin embargo, las tesis de Darwin fueron tomadas en serio, aunque tampoco allí fueron recibidas con brazos abiertos, especialmente en Lund, como veremos. Algunos científicos se apresuraron a tomar partido: ya fuera para apoyarlas o para condenarlas.

En noviembre de 1859, Darwin envió su libro a sus contactos en distintos países. En Suecia, uno de los ejemplares llegó a manos de Nils Johan Andersson, responsable del Departamento de Botánica del Museo Nacional de Historia Natural en Estocolmo y profesor de la Real Academia de Ciencias. Otro fue a parar a Jakob Georg Agardh, reputado botánico y algólogo de la Universidad de Lund. Ambos lo leyeron, pero sus reacciones no pudieron ser más opuestas.

Darwin sostenía que en la naturaleza se produce una sobreproducción de seres vivos, que dentro de cada generación hay variaciones y que esto, a largo plazo, conduce a la selección natural: quienes mejor se adaptan sobreviven y se reproducen. A partir de aquí, hablaba de una lucha por la existencia y de una larga historia de transformaciones que explicaría la diversidad de la vida en la Tierra. Nada de esto era completamente nuevo: en 1809, Lamarck ya había propuesto que los caracteres adquiridos se heredan, y desde mediados del siglo XVIII, muchos científicos habían ido abandonando la fe literal en la creación bíblica.

Lo revolucionario en Darwin fue la potencia de sus observaciones y la simplicidad de su explicación: los mejor adaptados sobreviven. Nada más… y nada menos.

Agardh no quedó convencido. “Escrito con un talento fascinante, pero indudablemente falso en su base”, dijo. Aceptaba que las especies pudieran cambiar, pero no su esencia. Para él, había algo inmutable en la estructura del mundo. Venía de una tradición que pretendía unir ciencia y religiosidad, explicar el mundo sin negar la autenticidad de la Biblia.

Su padre, Carl Adolph Agardh, fue obispo protestante de Karlstad y un intelectual ilustrado. Para él, no existía contradicción entre ciencia y religión, porque concebía el mundo como una manifestación del orden divino. Estudiar la naturaleza era, en cierto modo, estudiar el pensamiento de Dios. Esta postura se inscribía en el llamado naturalismo teológico o fisicoteología, corriente muy difundida en el siglo XVIII y comienzos del XIX, que veía en la naturaleza una prueba de un creador racional. Para Carl Adolph, la ciencia no refutaba la fe: la enriquecía.

Jakob Georg Agardh, aunque educado en este espíritu, vivió su carrera científica en una época de mayores tensiones entre la biología evolutiva y la visión religiosa tradicional. Fue un botánico brillante, respetado internacionalmente. Sin embargo, cuando leyó El origen de las especies, reaccionó con una mezcla de admiración y rechazo. Valoró su claridad y elegancia, pero no aceptó sus fundamentos. Para él, la naturaleza respondía a un orden esencial dado por Dios, no a fuerzas ciegas ni al azar.

No era teólogo, pero su reserva ante Darwin respondía a un principio filosófico profundo: el mundo no podía ser fruto de la mera lucha, sino de un diseño superior. Sin embargo, ya no recurría abiertamente a la fe como argumento científico: exigía rigor, sí, pero dentro de un marco en el que la finalidad seguía teniendo peso.

Andersson, en cambio, quedó entusiasmado. “¡Esta doctrina me entusiasma! Es un canto a la investigación libre, un himno a la posibilidad de desarrollo de todo lo que existe. La creación cobra vida y sentido; incluso la más pequeña observación adquiere valor”. Quizá se identificó con Darwin: dos décadas después del Beagle, él mismo había dado la vuelta al mundo a bordo de la fragata Eugenie, enviando crónicas al diario Aftonbladet. En las Galápagos, mencionó las observaciones de Darwin. A su regreso, publicó un texto que llegaba a la misma conclusión: las especies del archipiélago eran producto de una adaptación progresiva.

Andersson se convirtió en el abanderado del darwinismo sueco. En 1861, presentó la teoría en la ceremonia anual de la Real Academia de las Ciencias. Aftonbladet llevó la noticia al público. Durante toda la década, Andersson dio conferencias, escribió artículos y, desde su revista Botaniska Notiser, defendió el darwinismo. Incluso en sus estudios sobre los sauces (Salix) aplicó el marco evolutivo.

La Academia fue bastión del darwinismo en Suecia. Muchos jóvenes naturalistas se sintieron atraídos por la nueva visión. No así en Lund, donde el interés fue escaso. En Uppsala, Darwin fue elegido miembro de la Real Sociedad de Ciencias en 1860, aunque más por sus méritos geológicos que por sus ideas evolucionistas.

Curiosamente, no fue hasta 1871 que On the Origin of Species se tradujo al sueco como Om arternas uppkomst, pese al creciente interés por la ciencia. Las revistas debatían sus postulados con entusiasmo. Fredrika Bremer, escritora y feminista, escribió en 1864 que la ciencia debía prestar atención a “las variaciones que Darwin ha puesto de moda”.

No todos eran partidarios. Olof Immanuel Fåhræus, gobernador de Gotemburgo y naturalista, escribió en Svensk Tidskrift (1874 y 1876) que la selección natural era una doctrina del azar. Aceptaba la sobreproducción de individuos, pero se preguntaba: “¿Cómo explicar una ley natural que produce más seres solo para acabar eliminando a la mayoría?”.

Ese era el verdadero debate. No tanto la descendencia del hombre del mono —tan explotada por caricaturistas—, sino la idea de un mundo sin propósito fijo, gobernado por adaptación y azar.

En España, la situación era aún más difícil. La oposición de la Iglesia fue feroz. Destaca el caso del obispo José María Urquinaona y Bidot, cuyo nombre lleva una estación de metro en Barcelona, que hizo todo lo que pudo por perseguir a todos los que osaban nombrar a Darwin o sus teorias. Aunque parece que en la sociedad española, en ambientes academicos y estudiantiles, se discutian las tesis de Darwin. En Fortunata y Jacinta, Benito Perez Galdós describe el ambiente universitario de 1863, con jóvenes debatiendo sobre Haeckel, Darwin y el fijismo.

Tras la Revolución de 1868, las ideas de Darwin comenzaron a discutirse más abiertamente, amparadas por la nueva Ley de Libertad de Enseñanza (21 de octubre de 1868). Esta permitió que figuras como Augusto González de Linares (Santiago), Antonio Machado Núñez (Sevilla) y Rafael García Álvarez (Granada) pudieran enseñar y defender el evolucionismo.

Pero tras el Sexenio, la Iglesia se vengó. Machado perdió su cátedra por sus artículos a favor de Darwin. Chil y Naranjo fue excomulgado en 1878 por su obra sobre la evolución en Canarias. El obispo Urquinaona la calificó de “falsa, impía, escandalosa y herética”.

Con la guerra civil vino una nueva recaída científica. En 1942, la revista Escorial, vinculada a la Falange, publicó un artículo del botánico sueco Nils Heribert-Nilsson que negaba el darwinismo con retórica tajante: “La evolución […] es una ficción”. Que la propaganda franquista se sirviera de una voz escandinava no es casual: la pretendida objetividad del norte europeo reforzaba ideológicamente su negación del cambio.

En el tardofranquismo aún se libraban batallas entre ciencia y censura. En 1971, Félix Rodríguez de la Fuente fue reprendido por hablar de la evolución en su programa Planeta Azul sin aclarar que era “solo una teoría”. La presión vino de la revista católica Roca Viva, que ridiculizaba la idea de que un pez “aburrido del mar” se fabricase patas.

Más de siglo y medio después de El origen de las especies, las teorías de Darwin siguen incomodando. Ya no por críticas científicas rigurosas, sino por sectores ideológicos y religiosos que se sienten amenazados por sus implicaciones: un mundo sin diseño, sin centro, sin jerarquías inmutables.

La oposición a Darwin no es un debate sobre fósiles. Es un combate entre cosmovisiones. Quienes resisten no temen lo que dice la teoría, sino lo que implica: que la vida es fruto del cambio, del azar, de la lucha. En ese sentido, Darwin sigue siendo subversivo. No porque la ciencia haya dejado de validarlo, sino porque su mensaje sigue desestabilizando el orden simbólico. Allí donde haya un púlpito, un plató o un panfleto, siempre habrá quien quiera acallarlo.

https://www.gutenberg.org/files/17013/17013-h/17013-h.htm

https://sok.riksarkivet.se/sbl/Presentation.aspx?id=5591

https://culturacientifica.com/2015/11/20/como-llego-el-darwinismo-a-espana

https://publicacions.iec.cat/repository/pdf/00000054/00000089.pdf

Cien años del juicio a la evolución con regusto a anís

Antes de cerrar el ordenador, tengo que escribir algo sobre la efeméride del día, porque el 10 de julio de 1925 pasará a la historia como un día importante para la ciencia, para Estados Unidos y para la humanidad. Ese día, hoy hace cien años, se inició el juicio contra el maestro de escuela de 24 años John Scopes en la pequeña ciudad de Dayton, en Tennessee, EE. UU. Esto me lo recuerda el diario Dagens Nyheter.[1]

A Scopes, profesor de física y química, se le acusaba de haber enseñado a sus alumnos la teoría de la evolución de Darwin, lo que contravenía una ley que el estado había aprobado en marzo de ese mismo año, la cual hacía ilegal que cualquier maestro en las escuelas y universidades públicas financiadas por el estado “enseñara alguna teoría que niegue la creación divina del ser humano tal como se enseña en la Biblia, y en su lugar enseñe que el ser humano desciende de especies animales inferiores”. [2]

Bueno, diréis, – eso era hace cien años- y, claro, pensaréis que eso no puede ocurrir hoy, pero la verdad es que sí, que ocurre hoy mismo, en EEUU, se entiende. En realidad, como muestra un reciente estudio hecho sobre la percepción de los americanos sobre la ciencia, por la revista Public Understanding of Science, una tercera parte de los encuestados no cree en la teoría de la evolución.[3]

William Jennings Bryan, quien había sido secretario de Estado y candidato demócrata en tres elecciones presidenciales, representaba a la acusación. Para él, el juicio contra Scopes era una cruzada para defender la iglesia, que según él estaba amenazada de muerte, si la teoría de la evolución triunfara. El resultado del juicio fue que a Scopes, que se declaró culpable, le impusieron una multa de cien dólares, pero el juicio en sí, abrió la puerta a serias discusiones sobre la evolución y el creacionismo, discusiones que aún siguen enfrentando a los americanos.

Una gran cantidad de los que votaron a Trump en las pasadas elecciones se definen como creacionistas, y en algunos estados americanos, la ley les ampara. En Louisiana, la Ley de Educación Científica de Louisiana (Louisiana Science Education Act, 2008) permite que los profesores utilicen material suplementario crítico con teorías como la evolución, calentamiento global o clonación, lo que facilita la inclusión de creacionismo en la enseñanza científica. Una ley aprobada en Tennessee en 2012 autoriza que se analicen y discutan críticamente en clase teorías controvertidas (como evolución, cambio climático o clonación), proporcionando cobertura legal para los profesores que quieran enseñar creacionismo bajo el amparo de la “libertad académica”. Solo dos estados lo permiten por ley en escuelas estatales, pero en estados como Texas, Florida, Arkansas, Georgia, Oklahoma, Arizona, Colorado, Indiana, Michigan, Ohio, Wisconsin y Washington D.C., existen programas de ayudas estatales que financian escuelas privadas que enseñan creacionismo. Aunque el creacionismo no se enseña directamente en escuelas públicas, parte de los fondos estatales sí lo financian. Todo esto en el país presupuesto más alto del mundo en investigación y desarrollo en términos absolutos. Un país que alberga instituciones líderes como Harvard, MIT, Stanford, Caltech, la NASA etc, y que ha ganado más premios Nobel en ciencias que cualquier otro país. Paradojas de la vida.

Este aniversario me recuerda la etiqueta de una conocida botella. La botella de anís de las Navidades, en mi casa siempre El Anís de Mono, que también servía de instrumento musical con la ayuda de un cuchillo, cuchara o tenedor, para acompañar las zambombas y el pandero en los villancicos; ¡Qué recuerdos! Vamos a ver como se relaciona el creacionismo con el castizo Anís del Mono. Empezamos nuestro relato en Cataluña, donde los hermanos José y Vicente Bosch y Grau crearon una bebida que llegó a ser líder mundial en su tipo: el Anís del Mono. Seco: etiqueta verde; o dulce: etiqueta roja, esta última es la que teníamos nosotros en casa, por cierto.

Conscientes de el revuelo que las teorías de Darwin habían levantado y que en 1870 ya había muchos productos internacionales que usaban lo de “el hombre y el mono” como reclamo; los Bosch y Grau le encargaron a un dibujante que les hiciese algo que aludía a la controversia. El resultado está ahí a día de hoy, un mono con la cara de Darwin que, sentado en un espigón proclama: “”Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento”. Fuera por la gracia de la etiqueta o por la calidad del producto o por las dos cosas, el Anís del Mono se hizo famoso y los Bosh y Grau se hicieron ricos.

A los partidarios de la evolución no les hizo gracia la etiqueta, pero, esta se hizo muy popular y fue la primera en ser mostrada en anuncios iluminados, tanto en la Puerta del Sol de Madrid como en la Plaza Catalunya en Barcelona. Desde la publicación del Origen de las Especies, en 1859, las burlas contra Darwin, en particular en las revistas inglesas, como en la clásica caricatura de la revista Hornet, eran comunes, pero se supone, que los Bosch y Grau, que eran muy católicos, aprovecharon para hacer valer su particular punto de vista ante la discusión científica[4].


[1] https://www.dn.se/varlden/maria-gunther-skracken-for-vetenskap-lever-vidare-100-ar-efter-aprattegangen/

[2]https://web.archive.org/web/20090520091924/http://www.law.umkc.edu/faculty/projects/ftrials/scopes/tennstat.htm#

[3] https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/09636625211035919

[4] https://www.lavanguardia.com/comer/al-dia/20211026/7806053/licor-colo-salas-arte-debate-teoria-evolucion.html#google_vignette

Entre el moksha y el chip: ascetismos del siglo XXI

Estoy en Sannyāsa[1], el cuarto ashrama[2] en la vida de un hindú, aunque, claro, sin ser hindú. Me he puesto a pensar en esto después de leer un segundo artículo sobre una especie de movimiento internacional, que tiene como fin evitar la muerte, logrando, por propios medios, alcanzar la vida eterna. No me lo estoy inventando yo, no. Lo pone en el periódico Dagens Nyheter, que es de fiar, aunque se sirve de las mismas fuentes de información que la mayoría de los periódicos occidentales, pero bueno, mantiene una cierta porción de ética periodística.

Según este artículo, Johnson sueña con “reprogramar” el cuerpo para que envejezca más despacio, quizá incluso curar enfermedades asociadas al tiempo, acercándose así a una forma de inmortalidad terrena deteniendo el reloj biológico. El protocolo de Bryan Johnson, conocido como “Project Blueprint” o bajo el lema “Don’t Die”[3]—es un plan de antienvejecimiento pensado para optimizar la salud y retrasar el deterioro biológico al máximo. Sus piezas fundamentales son la evaluación continua, la nutrición de precisión, el ejercicio dirigido, la higiene del sueño y la recuperación y, por último, las estrategias de reparación.

Básicamente, Johnson tiene una dieta de aproximadamente 1800 Kcal/día, basada en proteínas magras como pollo, pescado, claras de huevo, Grasas buenas, como el aceite de oliva extra virgen, aguacate, frutos secos y verduras de bajo índice glucémico. Además, Johnson practica el ayuno intermitente con ventana de alimentación de 6–8 h para mejorar la sensibilidad a la insulina y activar la autofagia.

Para potenciar el efecto de la dieta, Johnson usa suplementos como la Nicotinamida[4] ribósido, la Metformina[5], para la regulación de glucosa y posible efecto antienvejecimiento, inhibidores de la α-glucosidasa, ácidos grasos omega‑3, coenzima Q10, polifenoles, vitamina D, magnesio.

Para estar seguro de que va por buen camino, Johnson se somete a una valuación continua, con frecuentes analíticas sanguíneas, perfiles lipídicos, inflamación, marcadores de función renal, hepática, hormonal, estrés oxidativo etc. También se hace resonancia magnética cerebral y cardíaca, densitometría ósea, densidad muscular, plicometría[6], ecografías de órganos. Y, naturalmente, lleva siempre consigo aparatos para la monitorización continua de glucosa, análisis de sueño por polisomnografía, datos de ejercicio y ritmo cardíaco, ya sabéis, el típico reloj inteligente que ahora lleva casi todo el mundo y que a mi me regalaron, pero que anda por ahí, sin batería.

Claro está, en este método no puede faltar el entrenamiento de fuerza: 4–5 sesiones semanales, trabajando grandes grupos musculares para mantener la masa y densidad ósea, el cardio de baja intensidad, caminatas largas o bicicleta suave para optimizar la función mitocondrial sin sobrecarga con breves picos de intensidad para estimular la plasticidad cardiovascular y metabólica. Saunas y baños de contraste, frío-calor y meditación periódica forman parte del “paquete” alargavidas.  

Hasta ahí, lo veo todo muy natural, pero también entran suplementos de soporte mitocondrial: PQQ (piroloquinolina quinona[7]), resveratrol[8], y control del microbiota: prebióticos y probióticos de cepas específicas para reducir la inflamación sistémica. Johnson ha publicado datos cardíacos, cerebrales y celulares que muestran mejoras en “edad fenotípica[9]”.

Su éxito, según él, se basa en una adhesión rigurosa al protocolo, sin “trampas”. Cada dato impulsa una modificación del plan con más ayuno, otro suplemento, variar el entrenamiento y así va acoplando el protocolo a sus necesidades. Pero, claro, este señor es milmillonario y tiene tiempo y dinero para hacer sus experimentos y a la vez, ganar aún más dinero con su proyecto Blueprint[10], que él pone a la venta para que todo aquel que tenga posibles y quiera ser inmortal, lo intente.

Es interesante ver como este proyecto de inmortalidad trata de burlar a la muerte con los mismos métodos que el hinduismo trata de llegar a justamente lo contrario, moksha, que significa el apagón definitivo del alma, porque moksha es la liberación última del ciclo de renacimientos, cuando el alma, atman, al fin libre del apego y del sufrimiento, se funde con lo absoluto, Brahman.

La filosofía de las escrituras védicas me parece a simple vista más lógica que la del señor Johnson. Un ciclo definido de reencarnaciones, seguido de una definitiva disolución en un todo, me parece una explicación científica, mientras que la inmortalidad de un subjeto me parece descabellada, al menos, poco reflexionada. Me imagino que pasaría si todos los ocho mil millones y medio de humanos que por el momento vivimos en nuestro planeta, siguiéramos reproduciéndonos a la vez que consiguiéramos la inmortalidad. ¡Qué pesadilla! Pero, los métodos son los mismos. En los dos casos se trata de alcanzar el moksha o la inmortalidad por medio del ascetismo y el control del cuerpo.

Yo, que estoy como dije al principio en la cuarta fase de mi vida, casi sin darme cuenta, sigo una mezcla de los dos métodos anteriores, en cuanto a mi dieta, frugal, vegetariana y baja en carbohidratos, compuesta de frutas y bayas principalmente, ejercicio físico comparable al de Johnson, pero a mi manera, sueño y mucha meditación. Mi meta no es el moksha, que de eso no sé mucho, ni tampoco la inmortalidad, que me parece bastante aburrida; en todo caso, diría yo, que lo que yo quiero es disfrutar esta cuarta fase lo mejor posible, manteniendo mi lucidez y mi movilidad el mayor tiempo posible. Cualquier similitud entre los métodos de Mr Johanson y mis practicas son pura coincidencia.  


[1] Significa renunciación, en sanscrito

[2] Cuatro estadios o fases de la vida por los que tradicionalmente debe transitar un hindú, cada uno con sus propias metas y deberes. El primero es el de discípulo “Brahmacharya”, durante el cual debe adquirir conocimiento y disciplina. Esta fase se caracteriza por la vida en celibato, residencia en el gurukula (escuela del maestro), estudio de los Vedas y desarrollo de la autodisciplina. El segundo es el de cabeza de familia o “Gṛhastha”, en el cual el buen hindú tiene que cumplir con los deberes familiares y sociales: el dharma familiar, el sustento económico (artha) y el placer (kāma) dentro de los límites éticos. En el tercer estadio, el de retiro, “Vānaprastha”, comienza la renuncia gradual a los placeres materiales y dedica más tiempo a la contemplación espiritual, Reduciendo las responsabilidades familiares, retiro parcial, idealmente en un bosque, para estudiar escrituras y meditar. El cuarto es el de la renuncia “Saṃnyāsa” cuyo objetico es alcanzar

mokṣa, la definitiva liberación del ciclo de nacimientos y muerte. Para lograrlo, el hindú que ha llegado a mi edad, debe despojarse de toda propiedad y vínculo familiar, llevar vestiduras simples, vida mendicante, meditación intensiva y desapego total de lo material.

Cada āśrama marca una transición en la vida: de la formación intelectual al compromiso social, luego a la retirada espiritual y, por último, al abandono completo del mundo. La correcta observancia de estos estadios garantizaba, según la tradición, un desarrollo equilibrado entre las metas terrenales (dharma, artha, kāma) y la meta última (mokṣa).

[3] https://time.com/6315607/bryan-johnsons-quest-for-immortality/

[4] Una forma de la vitamina B3 (niacina), esencial para el buen funcionamiento del cuerpo humano. Se disuelve en agua y participa en procesos vitales relacionados con la energía, la reparación celular y el metabolismo.

[5] Medicamento de origen sintético, utilizado sobre todo para tratar la diabetes tipo 2, pero que hoy también se investiga activamente en contextos más amplios, como el envejecimiento, el cáncer y la longevidad. En pocas palabras: un viejo fármaco con nuevos horizontes.

[6] Plicometría es el método que se utiliza para medir el grosor de los pliegues cutáneos en distintos puntos del cuerpo, con el fin de estimar la cantidad de grasa corporal subcutánea que tiene una persona. Se realiza con un instrumento llamado plicómetro o calibrador de pliegues cutáneos, una especie de pinza de precisión con escala milimétrica.

[7] La piroloquinolina quinona (PQQ) es un compuesto natural que actúa como coenzima en ciertas bacterias y que, en humanos, ha despertado gran interés por sus posibles efectos antioxidantes, neuroprotectores y energizantes.

[8] El resveratrol es un compuesto polifenólico presente en ciertas plantas, especialmente en la piel de las uvas rojas, los arándanos, las frambuesas y en menor medida en el vino tinto. Se ha hecho famoso como uno de los posibles “secretos” de la llamada paradoja francesa: la observación de que en Francia se consumen dietas ricas en grasas saturadas, pero con una incidencia relativamente baja de enfermedades cardiovasculares, supuestamente gracias al consumo moderado de vino tinto.

[9] A diferencia de la edad cronológica, que solo mide el tiempo, la edad fenotípica refleja el desgaste del cuerpo: cómo están tu piel, tus músculos, tu sistema cardiovascular, tu metabolismo, tu sistema inmunológico, tu fuerza, tu flexibilidad, tu capacidad pulmonar, etc. Dos personas de 70 años pueden tener edades fenotípicas muy diferentes: una puede parecer y rendir como de 55, y la otra, como de 85.

[10] https://www.bryanjohnson.com/

Diálogos sobre reencarnación y olvido

Mi suegra tiene cuatro amigas con las que se relaciona periódicamente y con las que conversa sobre todo lo habido y por haber. Todos los martes, recojo a Eva, que así se llama mi suegra, y nos damos un paseo en coche a los lugares a los que a ella le gusta ir; casi siempre a mercadillos o tiendas de antigüedades. Por el camino, hablamos de todo un poco y, las conversaciones con sus amigas, suelen salir a relucir con cualquier motivo. Hoy, así como si fuera una trivialidad, Eva comentó que todas sus amigas son budistas, bueno, quizás no sean budistas, pero todas, según ella, creen en la reencarnación. A ella, que es muy poco dada a las especulaciones religiosas, eso de creer en la reencarnación, le parece una gran tontería, sobre todo, viniendo de mujeres con estudios e intelectualmente solventes, podríamos decir. Yo la dejo hablar y escucho atentamente porque justo esta mañana, antes de ir a buscarla en el coche, durante mi paseo matutino, he llegado al cementerio del Norte (Norra kyrkogården) y he estado caminando por ese bello parque mientras iba sumido en mis pensamientos.

Mientras paseaba por las bien cuidadas veredas de grava, franqueadas de diminutos jardines, iguales en el área, pero diferentes en cuanto a los árboles, arbustos y flores que crecen en cada uno y que, en esta época del año, muestran una variación de colores y fragancias difíciles de igualar, me venían a la mente muchos recuerdos. Si me detengo a leer los nombres de las lápidas, reconozco los nombres de antiguos profesores, amigos y conocidos. Desgraciadamente, también el de algún alumno o alumna, fallecidos por enfermedad o accidente en la flor de su juventud.

Este cementerio es bastante antiguo, pues data de 1816, a poco de decidirse que los cementerios debían estar sitos fuera de la ciudad, por motivos de higiene, y porque la expansión de la ciudad necesitaba terrenos. Hoy este cementerio como el del Este (Östra kyrkogåden) están rodeados de calles y viviendas, tragados por la ciudad, que ha superado todos los cauces pensados. Teniendo en cuenta que Lund tenía poco más de 3000 habitantes 1816 y que ahora pasa de los 126 000. Lo primero que se me vino a la cabeza es: ¿Cuánta gente ha sido enterrada en este cementerio desde su inauguración?

Después de consultar algunas fuentes fidedignas[1] llego a la cantidad aproximada de 88 000 fallecidos. Detrás de estos 88 000 fallecimientos están historias individuales, de familias, epidemias, accidentes y alguna que otra guerra. Vuelan las ideas mientras paso ante la tumba de mi suegro, adornada con un sol, que puede ser naciente, el sol del alba, o poniente, el sol del ocaso. Si las amigas de mi suegra tienen razón, el símbolo nos vale para las dos cosas. ¿Si tendrán razón esas señoras? No puedo dejar de pensar que yo, por ley de vida, estoy muy cerca del momento en que seré un nombre en una piedra, por tanto, pienso que me gustaría la idea de la reencarnación. Yo amo la vida y, aunque me ha dado algunos palos, pensar en otra oportunidad me ofrece cierto consuelo.

Leo los nombres en las lápidas; nombres y apellidos, casi siempre acompañados de títulos o profesiones que el difunto tuvo en vida. Todos queremos ser recordados porque, como ya dice el Talmud babilónico[2] el hombre muere dos veces: “Cuando expira su vida corporal y cuando su nombre ya no se pronuncia entre los vivos.” Busco antiguas lápidas, intento encontrar las primeras y algunas hay. De las 12 000 tumbas de todas las clases, unas 200 se consideran de valor cultural y están protegidas, aun cuando ya no haya parientes que las cuiden o que paguen por ellas. Esas tumbas están provistas de códigos QR que conducen a videos que se pueden ver y escuchar, mediante los códigos. Estos afortunados ciudadanos todavía permanecen “vivos” según la definición del Talmud. Entre ellos, el más antiguo de ellos es el catedrático de filosofía Matthaeus Fremling, nacido en 1744 y fallecido en 1820. Curiosamente, aunque no tuviese su lápida protegida, no habría muerto del todo, porque hace aproximadamente un mes, hablaba yo con una señora, pariente suyo sin saberlo, que da la casualidad que es la secretaria del consejo de enseñanza de Lund, al que yo pertenezco como miembro. También he encontrado la casa que el construyo a finales del siglo XVIII, que ahoya sirve como espacio juvenil, que yo visité con motivo de una reunión del consejo de enseñanza.

Este buen Matthaeus puede estar tranquilo que no le olvidaremos fácilmente. Para asegurarse de ello nos dejó un trabajo sobre Kant “De spatio secundum decreta Kantiana”[3], 1796-97. Otro de los “inmortales” es el sacerdote y predicador Henrik Schartau, nacido en 1757 y fallecido en 1825. Este señor, no solamente fundó una variante cuasi sectaria del protestantismo en la región de Gotemburgo, sino que se le ha levantado una estatua enfrente de la mismísima catedral. Posiblemente, alguien preguntará alguna vez por sus escritos y sermones en la biblioteca de la universidad, pero, estoy seguro, muchos turistas, atónitos ante la esbelta figura del predicador en bronce pulido, buscarán su nombre y lo encontrarán en grandes letras y, al pronunciarlo, le mantendrán vivo.

Entre sorbos de café que acompañan un delicioso bizcocho, le digo a mi suegra que yo también creo en la reencarnación. Me mira con gesto incrédulo y yo me apresuro a aclarar que, de todas las alternativas, es lo que me parece más simpático. Sé que miento, porque yo, cuando pienso en estas cosas, prefiero pensar que todos somos simplemente piezas del puzle de la naturaleza; de allí venimos y allí iremos. No es necesario que nadie pronuncie nuestro nombre para seguir existiendo, aunque, hay que reconocerlo, me gustaría que los hijos de mi nietos, si los llegan a tener, alguna vez escuchen algo de su tatarabuelo; alguna anécdota, algún recuerdo, que vean algo que he hecho yo o algo que he escrito y que piensen en este viejo que fue hombre y fue niño.


[1] Landsarkivet i Lund/projektet DDSS

[2] Tratado de Shabbat 152b

[3] Dissertatio critica, de spatio, secvundvm decreta Kantiana, cuius particulam quartam … praeside, Matthaeo Fremling … pro lavrea, publicae disquisitioni subiicit Ericvs Matth. Billing, Scanus, die XXI. junii, a. MDCCXCVII

Damnatio Memoriae en nuestros tiempos.

Durante mi paseo matutino, me detengo un instante ante el Monumento al Campo de Batalla de Lund, que recuerda la sangrienta batalla del 4 de diciembre de 1676, que tuvo lugar en sus alrededores, a las afueras de la ciudad, tan cerca de ella, que sus habitantes podían seguirla desde las casas más altas. El enfrentamiento tuvo lugar durante la Guerra de Escania (1675–1679) y fue una de las batallas más violentas en territorio nórdico, con 9 000–10 000 muertos entre ambos bandos, resultando en una victoria sueca y consolidando el control sueco de la región danesa de Escania. La leyenda que se puede leer en el pedestal reza en suco y danés: “1676, el 4 de diciembre, lucharon y sangraron aquí pueblos de la misma estirpe. Los descendientes reconciliados erigieron este monumento.”[1] (leyenda sueca) y “Aquí yacen valientes hombres, cuyos huesos y sangre están mezclados entre sí, de modo que nadie puede decir otra cosa que eran de una misma estirpe; también compartían una misma fe, y sin embargo no pudieron vivir en paz unos con otros.”[2] (leyenda danesa).

Este monumento tiene relevancia hoy en relación con la actual guerra de ocupación en Ucrania. Rusia a invadido un territorio habitado por una etnia hermana. Suecia invadió la Escania danesa en 1658 y la guerra de 1676 fue un intento fallido por parte de los daneses de recuperar la región. El monumento se puede considerar como una forma de llegar a la reconciliación, pero también se puede utilizar para resaltar una victoria, lo que se ha llegado a hacer, la última vez en 2008, cuando los Nacionalistas Libres de Escania realizaron una marcha con antorchas, escoltados por un gran número de policías de toda Escania, desde la estación de ferrocarriles la estación, en dirección al Monumento para rendir homenaje a los caídos en la batalla de Lund. Pero allí les estaban esperando manifestantes liberales y de izquierda, y se armó una pequeña batalla campal en la que los de izquierdas tiraban piedras y los manifestantes nacionalistas usaban sus antorchas. Los nacionalistas tuvieron que ser escoltados de vuelta a la estación por un contingente de policía superior al número de manifestantes. Todo eso lo recuerdo muy bien, porque yo estaba en la estación cuando ocurrieron los hechos.

La cuestión de los monumentos históricos es complicada porque se sitúa en el cruce entre memoria, poder, identidad y conflicto. Aunque muchas veces se presentan como conmemoraciones objetivas del pasado, los monumentos siempre reflejan una interpretación, una elección de qué recordar y cómo recordarlo. Quien erige un monumento ejerce un acto de poder simbólico: decide qué valores, qué personajes o qué eventos merecen ser exaltados públicamente. Los monumentos fueron construidos en contextos sociales, políticos e ideológicos que ya no existen. Lo que ayer fue motivo de orgullo, una victoria militar, una figura patriótica, un colonizador, un dictador, puede hoy generar vergüenza o rechazo. Pero el monumento sigue en pie, recordando una narrativa con la que muchos ya no se identifican. Frente a la incomodidad que generan ciertos monumentos, hay quienes proponen retirarlos o destruirlos. Pero eso plantea un dilema: ¿se puede corregir el pasado borrándolo? La historia no cambia porque se quite una estatua. A veces, derribar monumentos crea un vacío donde antes había una posibilidad de reflexión crítica.

En otros casos, grupos radicales intentan apropiarse de monumentos para promover ideologías contemporáneas, nacionalistas, racistas, autoritarias. Esto puede llegar a distorsionar su sentido original, como ocurrió con el Monumento al Campo de Batalla de Lund, pensado para la reconciliación y usado después por movimientos nacionalistas.

Borrar la historia, destruir sus huellas físicas, reescribir sus narrativas, silenciar sus voces, ha sido un impulso recurrente en momentos de ruptura, revolución o vergüenza colectiva. Sin embargo, los intentos de cancelar el pasado rara vez logran su propósito, porque el pasado, cuando no se conserva, regresa deformado, mitificado o instrumentalizado. Y a menudo, con más fuerza.

En muchos países, regímenes o ideologías se ha tratado de eliminar símbolos, documentos, edificios o recuerdos que no encajaban con la nueva visión del mundo. Desde la quema de libros, y la destrucción del arte moderno en la Alemania nazi, pasando por la damnatio memoriae[3] romana, hasta los talibanes destruyendo los Budas de Bamiyán, la historia está plagada de gestos iconoclastas. Pero estos actos no han hecho desaparecer la historia, la han cubierto más bien con un velo que, tarde o temprano, alguien intenta descorrer. Cuando se elimina una huella del pasado, no se borra la historia, sino que se vacía el lugar donde el diálogo podría haber ocurrido. En lugar de enseñar, se impone el olvido, en lugar de comprender, se moraliza, en lugar de reconciliar, se acumula tensión.

Sería más sabio, a mi entender, dejar que las huellas —aunque incómodas— hablen por sí mismas. No para glorificar lo que fue injusto o cruel, sino para permitir que las generaciones futuras comprendan los contextos, los errores, los procesos. Un silo, una estatua, una fábrica, un barrio entero pueden ser testigos silenciosos, más elocuentes que cualquier panfleto, si los sabemos leer. Mi entrada de hoy tiene que ver con esa ambigüedad que noto en la manera en que se está tratando el famoso silo de Mérida. Mi buen amigo y colega Antonio Viudas Camarasa se ha empleado a fondo para desentrañar la historia de este monumento que, cual coloso perdido entre los campos, recuerda con su imponente estructura de hormigón las políticas agrarias de la época franquista, construida para almacenar grano, un símbolo de la arquitectura industrial del siglo XX en España. El silo, actualmente en desuso, su volumetría rotunda y ubicación estratégica ofrecen múltiples posibilidades de transformación cultural, social o ecológica. Aquí algunas ideas que podrían devolverle vida y sentido.

Yo me puedo imaginar muchas funciones para este silo. Una de ellas sería el acoger un museo dedicado a la historia del mundo rural extremeño, la transformación del campo en el siglo XX, la reforma agraria frustrada, el éxodo rural, y la mecanización del trabajo agrícola. También podría convertirse en un espacio multidisciplinar para exposiciones, residencias artísticas, talleres, conciertos y proyecciones. Su verticalidad podría aprovecharse para instalaciones inmersivas o exposiciones de gran formato. Ejemplos similares son, el Matadero de Madrid o el Silo de Córdoba, reconvertido en espacio de creación.

Y es que, la memoria crítica no nace de la demolición, sino del encuadre. Se puede resignificar un espacio, contextualizar un símbolo, reinterpretar un edificio. Pero borrar el pasado es una forma de infantilizar al presente, de pensar que basta con esconder lo feo para que deje de doler. Y eso nunca ha funcionado porque, la historia, como el agua, encuentra siempre un cauce para volver. Mejor construir puentes sobre ella, que diques para contenerla.

España vive desde hace años un proceso tenso de revisión de su memoria. Cambios de nombre en calles y plazas, la retirada de estatuas de Franco, la reubicación del dictador fuera del Valle de los Caídos, o la eliminación de bustos de conquistadores o prohombres del siglo XIX ligados al esclavismo. Las razones son comprensibles: nadie quiere rendir homenaje a la violencia, ni perpetuar símbolos de opresión en espacios públicos que aspiran a representar la convivencia democrática. Pero la línea entre hacer justicia y borrar la complejidad es muy fina.

Porque la intención de los nuevos iconoclastas no es revisar, sino amputar sin explicar. Al sustituir nombres sin dejar rastro de lo anterior, al vaciar de contexto los monumentos, al actuar como si el cambio de un cartel fuera suficiente para transformar la memoria colectiva, se corre el riesgo de infantilizar el presente. ¿Qué sentido tiene que un joven lea que una calle se llama “Memoria Democrática” si no puede saber que antes fue la avenida del Generalísimo?

En lugar de enseñar, se impone el olvido, en lugar de comprender, se moraliza, en lugar de reconciliar, se acumula tensión. Y esa tensión puede convertirse en resentimiento o en nostalgia disfrazada de revisionismo. Muchos países han enfrentado dilemas similares. Francia con sus estatuas coloniales, Bélgica con Leopoldo II, Estados Unidos con los generales confederados. Algunos han optado por resignificar en lugar de eliminar: contextualizar los símbolos, añadir placas explicativas, transformar espacios en museos o memoriales. La memoria crítica no necesita la demolición: necesita la palabra, el encuadre, la educación.

En España, donde la historia reciente ha sido tan densa y dolorosa, conviene recordar que las huellas no tienen por qué ser homenajes, pueden igualmente ser advertencias, lecciones, espejos deformantes que nos ayuden a no repetir errores. Un monumento franquista puede convertirse en un lugar de pedagogía democrática si se explica. Una calle con nombre polémico puede acoger un relato visual de su transformación, desde su bautizo hasta su renombramiento.

El riesgo, cuando se borra todo lo anterior sin relato ni contexto, es que el pasado regrese, sí, pero en versión épica o victimista. En lugar de memoria crítica, memoria mitificada. En lugar de historia, propaganda. El pasado no se borra. Se transforma, o se venga. Más nos vale comprenderlo y dialogar con él, antes que dejarlo en manos de quienes lo quieren recuperar a su manera. Por tanto, creo yo, debemos tratar de conservar en Mérida ese monumento tan importante para comprender el espíritu y la historia de la región, y transformarlo en algo que beneficie a las nuevas generaciones.


[1] “1676 den 4 december stridde och blödde här folk af samma stam. Försonade efterkommande reste minnesmärket.”

[2] ” Her ligger kecke Mend, hvis Been oc Blod er blandet

Iblandt hinanden, saa at Ingen siger andet

End de er aff een Slect; de var oc aff een Troe

Dog kunde de med Fred ey hos hinanden boe.”

[3] La condenación y erradicación de todos los símbolos que pudieran recordar a alguien que el senado romano lo decretaba contra un emperador derrocado o un político acusado de traición. Entonces se ordenaba eliminar su nombre de documentos oficiales, inscripciones públicas o monedas, destrozando sus retratos y estatuas y prohibiendo mencionar su nombre en público, para que las futuras generaciones no lo recordaran. Era una forma simbólica de matar a alguien por segunda vez, no solo físicamente, sino también borrar su huella en la historia. Un castigo que aspiraba a hacer que esa persona “nunca hubiera existido”.

Territorialidad y asimilación en la sociedad sueca.

Una noticia en el diario me ha transportado en el tiempo treinta y cinco años atrás, a los tiempos cuando yo vivía sumido en el estudio de los nacionalismos, preparando mi artículo para el libro de “Europa – en el retrovisor de la historia”. La noticia es la declaración de la nueva presidenta de mi partido, Simona Muhamsson, ministra de enseñanza e integración, de que piensa poner todo su empeño en combatir los clanes en Suecia, es decir, que pretende identificar y analizar redes familiares o clánicas, algunas de las cuales se cree que están implicadas en organización criminal o en prácticas de honor que socavan valores democráticos.

Esta declaración de intenciones reconoce el problema, de que, en estos momentos, entre 34 y 40 clanes en Suecia están implicados en crímenes graves y pueden aterrorizar distritos enteros. Mohamsson destaca que estas estructuras no pueden quedar al margen de la ley; el principio fundamental es que la democracia debe aplicarse a todos y en todos los aspectos de la vida social. Al estudiar clanes con normas de honor, busca prevenir prácticas que generen desigualdad de género o que dificulten la inclusión. Sin duda, preparar propuestas legislativas en este momento, de cara a las elecciones de 2026, puede tener un impacto político significativo. Pero, la oportunidad estratégica de la propuesta, no disminuye la magnitud del problema.

Territorialidad

Antes de profundizar en la cuestión de los clanes en Suecia, quiero explicar por qué esta declaración me ha traído tantos recuerdos. Comenzaré con la lectura de un libro: Räkna med revir (Territorialidad) de Torsten Malmberg, ecólologo humano, que, en un comienzo, formaba parte del grupo multidisciplinario de escritores que preparábamos la redacción de nuestro libro, aunque, poco a poco, el grupo quedó formado solamente por historiadores, mientras filósofos y el propio Torsten, lo abandonaron.

El libro, cuyo título en inglés es Human Territoriality: Survey of the Behavioural Territories in Man, with Preliminary Analysis and Discussion of Meaning (1980), es una obra académica exhaustiva donde se examina cómo los seres humanos organizan, perciben y defienden los territorios, en analogía con los animales, pero integrando dimensiones sociales, simbólicas y culturales. Malmberg define el concepto “territorio” en términos conductuales y establece el marco teórico, revisando cómo diversas especies demarcan y defienden espacios, estableciendo paralelos con los humanos, estudiando tribus, comunidades tradicionales, formas de organización espacial en el campo y urbanos, en diferentes escalas, desde la casa hasta la ciudad y metrópolis, incluyendo parques, calles, barrios, guetos, pisos y hasta lugares de juego, sín olvidar espacios simbólicos, como cementerios, templos etc.

Malmberg analiza tanto dimensiones físicas, como la defensa y uso del espacio, pero también simbólicas, viendo el territorio como sistema semiótico que transmite información y permite respuestas rápidas del individuo, reflexionando sobre la evolución y el papel de los territorios en diferentes contextos históricos y sociales. Me pregunto cómo analizaría Torsten Malmberg el comunicado de Simona Muhamsson. Desgraciadamente, Torsten, falleció en 2003.

La razón por la cual el capítulo que preparaba Torsten Malmberg para nuestro libro, al final, quedó excluido, como una especie de apócrifo, es porque, si la territorialidad es biológica, el nacionalismo y aún el nacionalismo excluyente es “natural” y comprensible. Las ciencias sociales, especialmente desde el siglo XX, se han fundado sobre la idea de que la conducta humana es aprendida, no innata. Proponer que la territorialidad, o la agresividad, o el dominio, tiene una base biológica parece implicar que las personas actúan como animales, impulsadas por instintos, y no como sujetos racionales e históricos. Por tanto, Torsten Malmberg, ponía en jaque nociones clave como cultura, educación, libre albedrío y responsabilidad social.

Desde la sociología, la historia o la antropología, reducir la complejidad de la vida social a instintos se considera como una forma de empobrecimiento teórico. La territorialidad humana, por ejemplo, no es solo ocupar un espacio, sino producir sentido, definiendo fronteras, propiedad, memoria, exclusión, identidad. Decir que la territorialidad o la desigualdad, la violencia es “natural” puede conducir a la peligrosa conclusión de que así ha sido siempre. En cambio, las ciencias sociales trabajan sobre la transformación, cómo cambiar estructuras injustas, cómo crear espacios compartidos, cómo superar exclusiones.

Clanes y estados

Hago una pequeña pausa, me preparo un café, y mientras la cafetera produce su gorgojeo metálico, pienso que debo regresar a la argumentación original sobre el comunicado de Simona y los clanes. Y estoy de vuelta. En Suecia hay clanes y siempre los ha habido, punto. ¿Por qué digo esto? Pues, simplemente porque es un hecho histórico. Veamos: para empezar, explicaré lo que es un clan. Un clan, de forma general, es un grupo de personas unidas por lazos reales o supuestos de parentesco, que se reconocen como parte de una misma identidad colectiva, con normas internas de lealtad, protección mutua y autoridad compartida o centralizada. La palabra proviene del gaélico clann, que significa “hijos” o “descendencia”. Originalmente se usaba para describir a grupos familiares amplios en Escocia e Irlanda, los “kilt” son una reliquia de aquellos clanes.

Un clan es por tanto una forma básica y poderosa de organización humana, donde la identidad compartida y la lealtad al grupo prevalecen sobre otras formas de asociación. Puede ser un espacio de apoyo mutuo, y una estructura cerrada, jerárquica o conflictiva, dependiendo del contexto.

Como estoy hablando de Suecia, me remonto a la historia y al concepto de “ätt” (linaje, estirpe), un grupo de personas que comparten ascendencia común. Antes de que existiera el Estado moderno sueco, antes de los registros civiles y de las instituciones centralizadas, la identidad de una persona no era individual, sino colectiva: se era parte de una ätt que designaba un linaje, una estirpe de sangre común. No se trataba sólo de genealogía, la ätt era origen, protección, herencia, responsabilidad y, a veces, condena.

Una ätt era un grupo de parentesco patrilineal y se heredaba el nombre, la tierra, el prestigio y los enemigos. Dentro de la ätt se resolvían disputas, se organizaba la defensa, se cuidaba a los ancianos y se vengaban las ofensas. En las leyes suecas medievales, como el Código de Uppland o el de Götaland, la ätt jugaba un papel central ante cualquier forma de delito. La compensación (bot) no era solo entre individuos, sino entre ätter. Una persona que careciera de ätt, por ser huérfano, extranjero, esclavo liberado etc. estaba fuera del orden social. No tenía quién lo protegiera ni quién lo vengara.

Con la consolidación del poder real en Suecia en los siglos XIII–XVI, la autoridad del rey comienza a sustituir la justicia del linaje. El rey se convierte en “el vengador público”, y el Estado en el nuevo árbitro. Pero el concepto de ätt no desaparece. Pasa al lenguaje de la nobleza y la historia. Las casas reales, como Vasaätten o Bernadotteätten, conservan la idea de que gobernar es, también, pertenecer a un linaje legítimo. En la Casa de la Nobleza (Riddarhuset), lugar donde se conservan los registros nobiliarios, hay contabilizadas unas 330 000 personas, vivas y fallecidas, nobles y por matrimonio.

Paradójicamente, a la entrada de Riddarhuset, y muy cerca del Palacio Real y del parlamento sueco (Riksdagen) , está la estatua del hombre que personifica el triunfo del estado sobre las antiguas estructuras de poder, Axel Oxentierna  Como Canciller del reino, Oxenstierna fue el gran reformador que impulsó la centralización administrativa y la modernización del aparato estatal sueco, creando un sistema burocrático profesional y eficiente, con funcionarios leales al Estado y no solo a sus señores o familias. Como canciller plenipotenciario, fundó instituciones claves, como el Consejo Privado (Riksrådet) y la organización de la administración provincial e impulsó la codificación de leyes y reglamentos, que reemplazaron las viejas costumbres locales. Oxentierna fomentó la uniformidad administrativa para que el Estado pudiera gobernar eficazmente territorios cada vez más extensos.

Durante la pandemia del COVID, la sociedad sueca dio muestras de la gran confianza que la mayoría de sus habitantes tiene en las instituciones, siguiendo a rajatabla las ordenaciones que venían del ministerio de sanidad, aunque nunca se amenazó con sanciones. Hasta aquí se podía decir que el estado hade triunfado sobre cualquier tipo de estructura organizadora de la sociedad, pero, no hay regla sin “pero”.

¿Integración o asimilación?

El formato de este blog me obliga a ser breve. Me preparo dando un paseo por la lluvia, para aclarar mis ideas. Llueve, como suele hacerlo aquí en Escania, cuando la gente tiene vacaciones. Es una lluvia leve, una especie de chirimiri que moja, pero no molesta demasiado y que parece que oxigena y refresca. El paseo me ha servido para sistematizar la continuación de mi relato, para comprender de qué manera Mohamsson se relaciona con los clanes o, mejor dicho, ¿por qué Mohamsson elige los clanes como objeto a combatir?

Simona Mohamsson, de padre palestino y madre libanesa, nació en Hamburgo en 1994 y llegó a Suecia con sus padres en 2002 y pertenece a la importante minoría de “nuevos suecos”, resultado de varias olas de inmigración a partir de 1945. Para no extenderme demasiado nombraré las olas más importantes, sus causas y sus efectos en la sociedad sueca.  

En la primera ola, entre 1945 y finales de los 60, llegaron unos 300,000 a 400,000 trabajadores extranjeros principalmente procedentes de Grecia, Italia, Turquía y Yugoslavia, que se sumaron a los 50,000 a 70,000 refugiados y desplazados, principalmente de Alemania, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia, que llegaron a Suecia desde el final de la segunda guerra mundial hasta 1950. Muchos de estos refugiados eran personas que huían de la destrucción de la guerra o del avance del comunismo en Europa del Este.[1]

Estos grupos, los que se arraigaron en Suecia y no regresaron a sus países de origen, se integraron pronto en la sociedad sueca y las siguientes generaciones pueden considerarse bien integradas.

La segunda ola es la que comenzó en 1970 hasta 1990. En estas décadas llegaron varios cientos de miles, se estima que más de 300,000 personas, incluyendo refugiados y reunificación familiar. En 1970 finalizó la época de la inmigración laboral, a petición de los sindicatos. Crisis políticas y conflictos en países como Chile (tras el golpe de 1973), Vietnam, Irán, y países del este de Europa bajo regímenes comunistas.

Suecia amplió su política de asilo y refugio, consolidándose como país receptor de refugiados. Las características de esta inmigración eran más diversas culturalmente y con un incremento de la población de origen no europeo.

En la tercera ola, de 1990 a nuestros días, dio paso a una inmigración humanitaria y económica global. Desde los 90 hasta hoy, Suecia ha recibido más de un millón de inmigrantes, contando refugiados, migrantes económicos y reunificación familiar.

Guerras y conflictos en los Balcanes, Somalia, Siria, Irak y Afganistán. Una cierta inmigración económica desde Europa del Este, Polonia, Rumania, Bulgaria, tras la expansión de la UE. Reunificación familiar continua y movilidad internacional creciente. Estas olas de inmigración han transformado a Suecia de ser un país homogéneo a convertirse en una sociedad multicultural, con retos y oportunidades en la integración social, económica y política.

Durante la primera ola de inmigración, la actitud dominante en la sociedad sueca era que se valoraba positivamente la inmigración laboral como necesaria para la economía. Se promovía la integración bajo el modelo de “igualdad, libertad y cooperación”. Las resistencias eran minoritarias, dispersas y no organizadas políticamente. Algunas críticas de sectores conservadores o nacionalistas, pero sin gran eco público.

En los 90 hay un cambio de perfil migratorio, llegando refugiados de fuera de Europa con diferentes culturas y religiones, como Irak, Irán, Somalia, Bosnia, etc. y comenzaron las críticas organizadas sobre el sistema de asilo y los “guetos” urbanos. Surgen partidos y grupos que critican la inmigración, como Ny Demokrati (Nueva Democracia). Aparecen, también conflictos en barrios periféricos con alta concentración de inmigrantes.

Al comienzo del nuevo milenio, 2000–2015, surge una consolidación del multiculturalismo, contestada por una reacción nacionalista. Durante la crisis migratoria europea en 2015, más de 160,000 solicitantes de asilo llegaron a Suecia, una cifra muy alta para su población y creció la desconfianza hacia las políticas de inmigración.

Surge con fuerza Sverigedemokraterna (Demócratas de Suecia), partido antiinmigración con raíces en el movimiento neonazi-skin que pasa del margen al centro del debate político. Aumentaron los discursos sobre crimen, islam, identidad nacional y “valores suecos” y finalmente, el gobierno socialdemócrata sueco, impuso controles fronterizos y endureció las leyes de asilo, alejándose del modelo abierto anterior. Aquí comienzan también los estudios sobre “fallas en la integración”.

A partir de esa crisis de 2015 se vislumbra una clara división social y un giro en la política oficial hacia la contención del flujo migratorio. Parte de la población mantiene una visión solidaria; otra exige “orden, control y seguridad”. Surgen debates encendidos sobre la relación entre inmigración y violencia/bandas y se ponen en entredicho los costos del Estado de bienestar haciendo que, gobiernos sucesivos, incluso socialdemócratas, hayan endurecido progresivamente las políticas migratorias. Se llega a considerar que la propia identidad cultural sueca, peligra.

Este es, en breves trazos, el panorama sobre la inmigración en Suecia. Ahora pasaré a intentar describir las diferentes estrategias de los inmigrantes para sobrevivir o integrarse en la sociedad sueca. La primera ola se trataba de trabajadores europeos, aquí cuento yo también a los turcos de los 50 y 60. Ellos venían solos con la intención de trabajar y enviar dinero a sus familias, los que las tuvieran, o ahorrar para asegurarse una vida mejor en sus países de origen. Con el tiempo, algunos de ellos que ya tenían familia propia, las trajeron a Suecia y comenzaron una integración, normalmente culminada con las segundas generaciones. Otros, solteros, encontraron esposas suecas e iniciaron otro tipo de integración que a veces resultaba en asimilación. Las costumbres que traían arraigaron en un par de décadas en la sociedad sueca; las pizzerías, cafés el vino y muchas otras cosas cambiaron en pocos años los hábitos de los suecos.

En los años 70 y 80, la inmigración, fue en primer lugar una inmigración altamente politizada, sobre todo la argentina, chilena y uruguaya, que se integró fácilmente en las estructuras sociales de la izquierda sueca. Mientras tanto, otros grupos trataban de dejar sus países comunistas y huir a occidente: polacos y checos, principalmente. La guerra de Vietnam trajo a una nueva categoría de inmigrantes, los que trataban de huir del comunismo de Hanoi, la minoría china de Vietnam, gente muy trabajadora y emprendedora que consiguió adaptarse sin problemas.

A partir de los 80, la inmigración a Suecia ha estado marcada por el islam. Leo este último renglón y comprendo que es muy importante matizar. Primeramente, decir que considero al islam una religión como cualquier otra y que la libertad de culto debe ser igual para todos. Dicho esto, paso a explicar las características de esta inmigración. La mayoría de los musulmanes en Suecia, son suníes, lo que refleja la composición global del islam. Proceden principalmente de países como Siria, Irak, Somalia, Bosnia, Afganistán, Turquía y Pakistán. Dentro del sunismo, hay también diferencias doctrinales, étnicas y culturales, árabes, kurdos, turcos, somalíes, etc.

Los chiíes son menos en cifras totales pero están presentes especialmente entre inmigrantes de Irán, Irak, Líbano y Afganistán (hazara). Los chiíes tienen sus propias mezquitas y centros culturales, a veces en tensión o distanciados de los suníes. Algunos grupos chiíes tienen una estructura más jerárquica y teológica, otros más liberal o incluso secular, sobre todos los iraníes. Aunque la mayoría convive pacíficamente, en algunos barrios ha habido roces entre comunidades suníes y chiíes, a veces importando conflictos del país de origen, por ejemplo, tensiones kurdo-árabes o saudí-iraníes.

Algunos pertenecen a asociaciones islámicas organizadas, como el Islamiska Förbundet o grupos con vínculos con países de origen. Dentro de este grupo hay también diversidad: desde interpretaciones moderadas o reformistas, hasta sectores salafistas más rígidos.

Una gran cantidad de musulmanes en Suecia se identifican como musulmanes por herencia o cultura, pero no practican la religión activamente. Muchos de estos seculares proceden de Irán, Turquía, Líbano, Bosnia o Siria, donde hay tradiciones de secularismo fuertes. En algunos casos, incluso critican el islam político o el fundamentalismo y defienden un islam personal, privado o simplemente una identidad no religiosa.

Muchos musulmanes viven en barrios periféricos con fuerte presencia migrante, lo que favorece la cohesión interna pero también la marginalización. La falta de integración socioeconómica ha sido utilizada tanto por movimientos islamistas como por populistas antiinmigración.

Algunos grupos buscan representación política en nombre del islam, mientras que otros musulmanes luchan por una integración basada en los valores democráticos y la separación entre religión y Estado. Aquí hemos tenido controversias sobre el uso del velo, la educación religiosa, los tribunales paralelos, etc.

Aunque es una minoría muy pequeña, algunos jóvenes suecos musulmanes han sido captados por redes yihadistas, sobre todo entre 2013 y 2016, con el auge del Estado Islámico. Esto ha generado vigilancia estatal, estigmatización y debates sobre prevención, exclusión social y responsabilidad comunitaria.

La religiosidad entre el grupo musulmán es mucho más grande que en el grupo autóctono sueco, siendo Suecia junto con los Países Bajos los estados más secularizados del mundo, según World Values Survey[2] Una gran parte de la sociedad sueca no comprende por qué las normas religiosas de una comunidad son importantes hasta condicionar el día a día de los practicantes. Por ejemplo, el velo de las mujeres o la oración, que puede llegar a parar la actividad de los creyentes en algunos casos, les parecen a muchos suecos costumbres ofensivas. La política socialdemócrata hacia esas comunidades ha sido permisiva, partiendo del deseo de integrar a las nuevas comunidades, permitiendo sus peculiaridades. En algunas escuelas y puestos de trabajo se pusieron a disposición de los musulmanes puntos de oración y se construyeron mezquitas subvencionadas en algunos casos con dinero del Golfo.

Sociedades paralelas

En Estocolmo, Gotemburgo y Malmoe se fueron formando enclaves musulmanes, allí donde los alquileres eran más económicos, en antiguos barrios obreros, vaciados al subir el poder adquisitivo de sus antiguos habitantes, y en las barriadas del “programa del millón”. Paseando por Möllevången, un antiguo barrio obrero de Malmoe, se podría creer que se pasea por una calle de Damascos, con todos los anuncios en árabe. Las diferentes olas migratorias buscaban la seguridad en la proximidad de inmigrantes de olas anteriores, que podían servir de mediadores entre la sociedad sueca y los nuevos inmigrantes. Se fueron formando enclaves, que muchos empezaron a denominar guetos de forma despectiva. Al juntarse tanta población árabe o somalí en una comunidad, el idioma sueco se convirtió en lengua extranjera. En algunas escuelas sitas en esos barrios, no se encontraban más que un pequeño grupo de suecos autóctonos y el idioma en la clase era el árabe, aunque los profesores suecos, intentaban con poco éxito, implantar el idioma sueco. Esta fue una de las causas que llevaron a proponer e implantar el sistema sueco de libre elección de escuelas “Friskolereformen” y pasar de ser enviado a la escuela más próxima, a elegir la escuela para los hijos. Las escuelas que se encontraban en las zonas más expuestas a la inmigración, fueron abandonadas por todos los suecos autóctonos y por los inmigrantes con mayor nivel de educación y/o poder económico, empeorando la situación precaria en la que ya se encontraban antes de la reforma. Un niño puede nacer en un barrio de Malmoe sin escuchar sueco hasta comenzar la escuela, ya que en la casa se habla árabe, la televisión y todos los medios de comunicación son en árabe, padres, familiares, amigos, todos hablan árabe. En consecuencia, estos niños y niñas tienen por lo general peores resultados en la escuela, y están menos preparados para el mundo del trabajo. Por tanto, el paro en estos barrios es muy superior al paro general en Suecia, que ya de por sí es altísimo (9,5% en mayo de este año) comparado con épocas anteriores. Lo del paro es muy importante porque, los suecos que son más contrarios a la inmigración, decían que los extranjeros les quitaban los puestos de trabajo, pero ahora se quejan de que los extranjeros no trabajan. Cosas de la vida.

Un dato importante a tener en cuenta es el paro. Durante las décadas de los 50 y 60, el mercado laboral se caracterizó por una fuerte escasez de mano de obra, especialmente en las grandes ciudades y esto fue el principal aliciente para buscar mano de obra extranjera. El desempleo aumentó temporalmente a comienzos de la década de los 70 y hacia finales de la misma. En particular, durante la segunda mitad de la década de los 80 volvió a darse una situación caracterizada por un exceso de demanda en el mercado laboral.

Picos temporales de desempleo, en especial entre 1957 y 1958, cuando llegó a acercarse al 3 por ciento, pudieron ser contrarrestados de manera exitosa mediante una ambiciosa política de empleo, desarrollada a partir de finales de los 40. Con la creación de la AMS (Dirección Nacional del Mercado Laboral) y la AMV (Servicios Públicos de Empleo) en 1947, esta política de empleo adquirió un papel reforzado y único a nivel internacional en Suecia.

Se puede evaluar esta política laboral desde distintas perspectivas. Pero sin duda alguna desempeñó un papel importante para suavizar las cifras de desempleo, así como para crear las condiciones que permitieron la profunda transformación estructural que sustentó el elevado crecimiento sueco, sobre todo durante la década de los 50 y los primeros años de la de los 60. Suecia pasó de mostrar un patrón de desempleo durante las décadas de los 50 y 60 que apenas se diferenciaba del resto de Europa, en todo el mundo occidental el desempleo era bajo, a desviarse notablemente del patrón habitual durante las décadas de 1970 y 80.

Mientras que la mayoría de los países occidentales comenzaron a experimentar un aumento del desempleo a partir de las crisis del petróleo de los años 70, Suecia logró mantener durante un tiempo una baja tasa de desempleo gracias a su política activa del mercado laboral. Sin embargo, hacia finales de los años 1980, comenzaron a manifestarse señales de presión también en Suecia, a pesar de la continuidad de políticas intervencionistas.  Una causa importante que se ha señalado en el debate para explicar por qué el desempleo siguió siendo bajo en Suecia fue que la política económica, mediante una serie de devaluaciones, logró crear una “plena ocupación”. La corona sueca perdió valor frente a las monedas extranjeras como el dólar, abaratando los productos suecos para exportación, a costa de la perdida de valor adquisitivo para los suecos.

El presupuesto básico de esta “política de transición” ha sido que la “plena ocupación” constituyó constantemente el objetivo principal de la política económica sueca durante la posguerra. En torno a esta meta, por lo general, ha existido un alto grado de consenso político entre todos los partidos. Si se quiere generalizar, se puede afirmar con bastante certeza que, ante la disyuntiva entre inflación y desempleo, los políticos suecos han optado generalmente por lo primero. Esta fue una de las razones por la que Suecia decidió en referéndum no adoptar el euro.

Esto, a su vez, sentó las bases de la inusualmente grave crisis que golpeó a la economía doméstica sueca, con un fuerte aumento del desempleo, entre otros efectos, durante la década de los 90. Durante esa crisis surgió el primer partido abiertamente crítico contra la inmigración “Ny demokrati” (Nueva democracia), fundado por un conde y un director de empresas discográficas y parques de atracciones (Ian Wachmeister y Bert Karlsson) que entró en el parlamento sueco en 1991 con el 6,7 % de los votos, recibiendo 25 escaños, siendo por tanto el partido bisagra entre los socialdemócratas y comunistas que juntos obtuvieron el 42,2 % y el bloque conservador con 46,7 %, que pudo formar gobierno con la ayuda del apoyo tácito de Ny demokrati. La actual situación desde 2022, con un gobierno de derechas liderado por el partido de derechas (Moderaterna) y con los demócratas cristianos (Kristdemokraterna) y liberales (Liberalerna), exhibe una similitud innegable con la situación que se vivió entre 1991 y 1994.

 Si, por un momento, dejamos la política nacional y la economía a un lado y nos concentramos en el inmigrante como persona agente empezaremos a comprender las diferentes posiciones existentes. Recordamos que hay dos maneras para un extranjero de tratar de encajar en una sociedad: integración y asimilación. La política desarrollada por la socialdemocracia desde 1945 ha tenido como objetivo el integrar la inmigración, aceptando que hay diferentes formas de vivir, diferentes credos y que, las culturas “huéspedes” enriquecen la propia cultura sueca. Para alcanzar esta integración, el estado ha promovido la conservación de las culturas de los inmigrantes, fomentando, por ejemplo, el estudio de las lenguas maternas de los inmigrantes.  La asimilación, por otra parte, es un proceso mediante el cual una persona o grupo minoritario adopta progresivamente la cultura, valores, normas, idioma y costumbres del grupo mayoritario o dominante en una sociedad, hasta integrarse plenamente en él. la asimilación implica que los recién llegados abandonen total o parcialmente sus propias tradiciones culturales para adaptarse a las formas de vida del país receptor, hablando el idioma local, adoptando las costumbres sociales prevalentes y se ajustándose a las normas del sistema educativo, laboral y legal.

Mirando la problemática de adaptación desde una perspectiva subjetiva y privada, el individuo puede optar por una u otra forma de encajar en el sistema, según crea entender sería lo más beneficioso para él y para su familia. Aquí entra la asimilación, ni requerida ni fomentada, como, por poner un ejemplo que tenemos a mano, el caso de la familia de Simona Mohamsson, la presidenta desde hace una semana del partido Liberal. El padre de Simona, Mehsen, es palestino, nacido en Haifa, su madre, Iman, proviene del Líbano. Ambos se conocieron en el campo de refugiados Nahr al-Bared antes de emigrar a Europa y establecerse en Hamburgo. Cuando Simona tenía alrededor de ocho años, la familia se trasladó desde Hamburgo a la pequeña aldea de Överlida, cerca de Borås, en Suecia. Según Simona, sus padres eligieron ese lugar pensando en su mejor integración, siendo un entorno rural, con pocos inmigrantes y con vecinos dispuestos a apoyar a la familia. Para facilitar su integración, el padre decidió cambiar el apellido familiar de Mohammad a Mohamsson. No solo sonaba más sueco, según Simona, sino que simbolizaba un acto de respeto, gratitud y orgullo hacia su nuevo país. Simona ha explicado que este gesto generó reacciones diversas, incluso burlas, pero para su padre, fue un mensaje de voluntad de pertenecer.

Mehsen no es único. Muchos inmigrantes han elegido la asimilación por diferentes causas, pero, a veces, han encontrado el rechazo de la sociedad a la que ellos pretendían pertenecer. ¿Cuestión de racismo? No sé, cada día que pasa pienso que Torsten Malmberg tenía bastante razón en su análisis de los mecanismos de rechazo al extraño en una sociedad. Para una parte bastante importante de la población autóctona no basta con la asimilación cultural, la biología pone los límites. Sí, es importante el color de los cabellos, ojos y piel. Para muchos cuenta más la apariencia que asimilación cultural, y el que quiere diluir su presencia dentro de la sociedad sueca, se ve a veces obligado a teñirse el pelo y usar lentillas de color. No es el caso de Simona, pero algunas de las propuestas que ha presentado hablan por si solas.

La última propuesta es la de encargar a la red de investigación World Values Survey (WVS) que estudie cómo difieren los valores entre quienes han llegado a Suecia y los nacidos en el país. Entre los temas que se investigarán están: igualdad de género, derechos de la infancia y confianza en las instituciones. Estudios previos muestran que los recién llegados suelen tener posturas distintas sobre el divorcio, el sexo antes del matrimonio, el aborto y la homosexualidad. Sin embargo, después de diez años en Suecia, sus valores se acercan notablemente a los de los nativos. Pero, Simona no quiere esperar, porque dice que: “Diez años es demasiado. Es una generación entera de chicas que no pueden elegir a quién amar, o chicos que no pueden salir del armario”. Mohamsson considera que quienes eligen venir a Suecia tienen la obligación de intentar integrarse en la sociedad. Según ella: “No es un derecho humano vivir en Suecia.”

La posición de la ahora ministra de integración a cambiado radicalmente desde que entró en la política hace 15 años. Ella, que en las juventudes liberales luchaba por que el partido no se acercase a la derecha y mucho menos a la ultraderecha, ha cambiado de opinión, respecto a la problemática de la integración de los inmigrantes. “En cuanto a los problemas sociales, sobre todo en la escuela y la integración, creo que la mejor forma de resolverlos es con la cooperación que tenemos hoy.” – declara abiertamente en una interviú concedida ayer al diario sueco DN. La cooperación a la que se refiere es el apoyo de los demócratas suecos (Sverigedemokraterna), el partido de ultraderecha que tiene como fin luchar contra la inmigración, concede al actual gobierno, en el que se integra Simona, sin el cual no podrían gobernar.

Así que, sin decirlo explícitamente, el gobierno sueco va caminando hacia la promoción de la asimilación de los inmigrantes, o su expulsión. De ahora en adelante, cualquier delito que conlleve una multa puede ser motivo de deportación, y se espera expulsar hasta 3.000 personas al año por ese motivo. Hay además una propuesta sobre un requisito legal de “vida honrada” para inmigrantes, estudiantes, trabajadores y sus familias, por lo que, cometer delitos o comportamientos que amenacen el orden público, fraudes, drogas, terrorismo, etc., puede derivar en expulsión. Desde abril de 2025, las órdenes de expulsión ya no caducan tras 4 años sin ejecutarse, sino 5 años después de que la persona realmente abandone Suecia, evitando que las personas se “escondan” esperando la caducidad. Para acelerar el “vaciado” de extranjeros, el gobierno propone aumentar el pago a inmigrantes con residencia legal que opten por marcharse voluntariamente, de los actuales 900 € hasta 32.000 € por adulto, con el objetivo de animar a quienes solo perciben ayudas o están “estancados”. Está así mismo en proceso de cambiar la Constitución para permitir quitar la ciudadanía sueca a personas con doble nacionalidad que obtuvieron la misma mediante fraude o que cometieron delitos que amenazan la seguridad nacional o el Estado, como espionaje, traición, crimen organizado o terrorismo.

El objetivo de estas leyes y propuestas es promover una integración basada en valores comunes y no solo en la recepción, vinculando residencia y ciudadanía al respeto de normas fundamentales suecas. Lo dejo por hoy y volveré con la cuestión de los clanes en mi próxima entrada.


[1] En 1945, Suecia tenía aproximadamente 6,5 millones de habitantes

[2] https://www.worldvaluessurvey.org/wvs.jsp

Embriagueces del mundo: del vodka al hachís, un mapa líquido y cultural bajo el sol de Lund.

¡Qué calor! 31 grados a la sombra, ¡en Lund! Además, parece que la temperatura irá subiendo durante el día. Estamos aún en mediodía y los pronósticos dicen que seguirá subiendo el mercurio hasta culminar a eso de las 5 de la tarde. El récord absoluto desde 1753 es 34,3 grados C del 13 de julio de 2010. Esta tarde sabremos si lo hemos superado. Yo he sudado en cantidad durante mi paseo matutino y ahora, en el bosque, no encuentro alivio ni en la sombra. Quiero beber agua, agua fresca y pura que alivie mi sed, pero al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en otros líquidos, aunque ahora no aliviarían mi sed.

Pienso que en el mundo siempre, o al menos, desde que podemos constatar con la ayuda de fuentes escritas o restos arqueológicos, ha habido sustancias a las que el hombre ha recurrido con distintos fines, para aumentar sus sensaciones o alojar los “espíritus” en su cerebro.  Si uno parte del polo norte y comienza a descender en dirección al sur, puede ir delineando franjas de intoxicación que, como los anillos de un árbol, marcan historias y geografías.

No es un capricho suponer que las formas de embriaguez que adoptan los pueblos no son meramente una cuestión de elección cultural, sino también el reflejo de coordenadas climáticas, trayectorias históricas y herencias espirituales.

Partimos del norte, dejando atrás los hielos eternos. Desde Siberia hasta Escandinavia, pasando por la Rusia profunda, el frío extremo parece exigir una combustión interna potente. Aquí reina el vodka, el samagón, el akvavit. Los pueblos de estas latitudes han domesticado la patata o el cereal hasta extraer de ellos un fuego líquido. El aguardiente no solo calienta el cuerpo, también rompe silencios, enciende bailes y dulcifica largas noches invernales.

Al avanzar hacia el sur y cruzar Alemania, Bélgica, Inglaterra, el norte de China o Estados Unidos, uno entra en la franja de los cereales fermentados. La cerveza, con sus infinitas variedades, es casi una religión laica. Más social que solitaria, más burbujeante que ardiente, la cerveza es hija de los campos de cebada y trigo, y símbolo de la industrialización del placer alcohólico.

Las tierras del vino, donde el sol madura la vid y la historia embriagan, es ell cinturón mediterráneo, que se extiende hacia América Latina, Sudáfrica y partes de Oceanía, es tierra de uvas y vino. Desde el Rioja hasta el Malbec, pasando por el Chianti o el Shiraz australiano, el vino es la embriaguez del tiempo lento. Baco, Dionisio y Cristo se beben en la copa. Aquí la embriaguez se vuelve casi espiritual, y cada sorbo recuerda al sol y a la tierra. In vino veritas, que decían los romanos.

En muchas regiones del norte de África, el mundo árabe, el sur de Asia y buena parte de América Central y del Sur, donde el alcohol está cultural o religiosamente restringido, los hachises, las hojas de coca, los hongos o el khat cumplen la función de alterar la conciencia. Estas sustancias, más vinculadas al trance, a la meditación o a la resistencia física, configuran otro tipo de embriaguez, no líquida sino fumada, mascada o inhalada. Y en las zonas más australes, Chile, Argentina, Nueva Zelanda, Australia, conviven tradiciones importadas, como el vino o la cerveza, con nuevas formas de consumo globalizado. Aquí la embriaguez no tiene un rostro definido: conviven el vino europeo, la cerveza industrial, las drogas sintéticas y el mate, que, aunque no embriaga, activa y une, como lo hace el café, el té y el chocolate.

Se puede afirmar, con fundamento antropológico, histórico y sociológico, que muchos productos como el alcohol, el hachís, la coca, el opio o incluso el tabaco, han tenido en sus orígenes funciones rituales, simbólicas o comunitarias, y que su toxicidad social y personal ha aumentado notablemente cuando fueron separados de ese contexto regulado, festivo o ceremonial, cuando se les ha sacado de sus contextos tradicionales, en donde el consumo era ocasional y delimitado a ritos de paso, celebraciones religiosas, funerales, bodas, cambios de estación etc., donde existía control social, muchas veces ejercido por figuras de autoridad: ancianos, chamanes, sacerdotes. El uso no era recreativo ni privado, sino compartido, cargado de significado. Había además límites simbólicos y reales sobre la edad, la dosis, el momento y la frecuencia.

Cuando estos productos se comercializan y consumen de forma industrializada, como el alcohol barato y las drogas sintéticas, fuera del marco ritual, a solas o sin estructura comunitaria, con fines de evasión o rutina y no celebración, transformación o comunión, se transforman en sustancias peligrosas, generadoras de adicción, aislamiento, violencia, enfermedades y destrucción social.

La coca, que en los Andes era y es aún usada por comunidades indígenas para resistencia física, rituales o ceremonias, se transformó fuera de ese contexto en cocaína, ligada al narcotráfico y a daños psíquicos y sociales graves. La hoja contiene alcaloides, aunque menos del 1% de cocaína, y no es adictiva en su forma natural ni produce efectos psicotrópicos fuertes. Los pueblos andinos, quechuas, aimaras, entre otros,  han masticado hojas de coca durante milenios, para combatir el cansancio, el frío y el hambre, y en rituales religiosos. En 1860, el químico alemán Albert Niemann aisló   por primera vez el principio activo de la coca, la cocaína, que se popularizó como medicamento milagroso, estimulante y anestésico. En 1884, Sigmund Freud publica Über Coca[1], ensalzando sus efectos psíquicos y físicos, aunque luego se desengañó, cuando ya era tarde y sufrió los efectos de su uso. Carl Koller, amigo de Freud, descubrió sus efectos anestésicos en operaciones oftalmológicas.

La coca se incluyó en tónicos, jarabes para la tos y bebidas, como el famoso Vin Mariani[2], un vino aderezado con coca, consumido por papas, artistas y jefes de Estado. En 1886, en EE.UU., John Pemberton lanzó una bebida a base de extracto de coca y nuez de cola: Coca-Cola. Hasta 1903 contenía pequeñas cantidades de cocaína, y sus efectos estimulantes la hicieron muy popular.

Fue a partir de 1914 cuando, primero en EE.UU. y progresivamente en otros países, la cocaína se empieza a regular y luego prohibir, debido entre otras cosas, a que la ciencia médica reconoció sus efectos adictivos y el riesgo de abuso y se e dejó de usar como ingrediente farmacéutico común convirtiéndose en droga ilegal. Aun así, su consumo se mantiene en círculos clandestinos, y renace con fuerza en los años 70 y 80, asociado a la cultura de la fiesta, el lujo y el crimen organizado.

Con la globalización el consumo de la cocaína se extiende por el mundo. La producción ilícita de cocaína se encuentra concentrada en Colombia, Perú y Bolivia, mientras que el consumo se da sobre todo en EE.UU. y Europa, pero se puede decir que está extendido por todo el mundo. Su consumo desarrolla una industria criminal transnacional, con carteles, rutas de tráfico y corrupción política, mientras que la llamada “guerra contra las drogas” no ha logrado erradicar el consumo ni la producción, pero sí ha generado violencia, encarcelamientos masivos y desigualdad.

Hoy, los estados lidian contra la droga con estrategias dispares, algunos apuestan por la prohibición, otros por la legalización regulada, y muchos más por una confusa mezcla de represión y prevención. ¿Qué está funcionando? ¿Qué no? ¿Y por qué el modelo sueco, aparentemente tan racional, resulta tan problemático?

Desde los años 70, cuando Richard Nixon declaró la “guerra contra las drogas”, el mundo ha oscilado entre la represión violenta y la despenalización parcial. América Latina, convertida en campo de batalla, ha pagado el precio más alto, con cientos de miles de muertos y estructuras estatales corroídas por el narcotráfico. Colombia, México, Brasil y una larga lista de estados, muestran los efectos devastadores de políticas antidroga que priorizan la fuerza y el castigo por encima de la prevención y la salud pública, por ejemplo, El Salvador o Filipinas.

En contraste, Portugal dio un giro en 2001: despenalizó el consumo y posesión de todas las drogas para uso personal, y derivó a los usuarios a comisiones de disuasión con asistencia médica, psicológica y social. El resultado fue que bajaron las infecciones por VIH, las sobredosis, y la población reclusa relacionada con drogas. Lejos de colapsar, el país se estabilizó.

Suecia es un caso único, pues ha mantenido una política de tolerancia cero, con un enfoque moralista y legalmente restrictivo. Está prohibido no solo el consumo y la posesión, sino también tener drogas en el organismo. No se distingue entre sustancias blandas y duras, ni entre consumo ocasional y dependencia. Esta dureza ha tenido éxito en mantener niveles relativamente bajos de consumo en comparación con otros países europeos, cosa que también se puede poner en duda, pero al precio de criminalizar a usuarios y dificultar el acceso a tratamientos.

El sistema sueco tiene una imagen pulcra de sí mismo, pero oculta algunas sombras, como el aumento de muertes por sobredosis en los últimos años, rechazo hacia los usuarios en contextos de tratamiento, y escasa educación pública sobre el uso responsable o la reducción de daños. El consumo no ha desaparecido, solo se ha vuelto más clandestino.

España ha seguido un modelo mixto. El consumo personal no es delito penal, pero sí sancionable administrativamente. Las drogas blandas, particularmente el cannabis, gozan de una tolerancia social y legal considerable: existen clubes de cannabis, su cultivo doméstico no está penado si no es para venta, y hay jurisprudencia a favor de los consumidores.

Sin embargo, el modelo español carece de una legislación integral. El vacío legal que rodea a los clubes de cannabis genera inseguridad jurídica, y la atención a los usuarios de drogas duras es desigual. La reducción de daños, eso sí, ha sido clave: distribución de jeringuillas, salas de consumo supervisado, y programas de metadona han permitido reducir los daños sanitarios.

Legalizar no es la panacea, prohibir tampoco es la solución. Legalizar drogas puede reducir el poder del narcotráfico y permitir controles de calidad, tributación y prevención. Pero también implica riesgos, como el aumento del consumo, la banalización de sustancias potentes, creación de mercados comerciales que operan con lógicas de maximización del beneficio.

Por otro lado, prohibir por completo, como en Suecia, no elimina la droga, sino la empuja a las sombras, la asocia con vergüenza, y deja a los usuarios en manos del mercado negro y sin apoyo. Además, la represión suele cebarse con los eslabones más débiles: jóvenes, pobres, migrantes.

A mi parecer, un modelo ideal integraría la despenalización del consumo y posesión para uso personal, el tratamiento del consumo como problema de salud pública, no criminal, la educación temprana basada en evidencia científica, una regulación legal del mercado de drogas blandas, el acceso a servicios sociales y sanitarios para usuarios crónicos, y una lucha eficaz contra el narcotráfico en los niveles medios y altos, sin criminalizar la pobreza. El reto es político, pero también cultural. Hay que desactivar el miedo, desestigmatizar al usuario y admitir que la embriaguez, la evasión o el rito de la sustancia nos acompañan desde hace milenios. La solución no puede ser la guerra, ni el laissez-faire, debe ser una convivencia lúcida, regulada, socialmente responsable.

Una nota importante: En estudios recientes realizados en Estocolmo, Uppsala y otras ciudades suecas, las anfetaminas —no la cocaína— son la droga ilícita más consumida. Por ejemplo, en Uppsala, las tasas oscilan entre 280‑350 mg/día/1 000 habitantes en primavera y alcanzan 600‑1 200 mg/día/1 000 habitantes en otoño → cifra entre 4 y 7 veces superior al promedio europeo (~170 mg/día/1 000). En Estocolmo, el consumo aumentó de 91 mg en 2011 a más de 1 200 mg/día/1 000 habitantes en 2019. Además, muy importante, este patrón no muestra un pico claro de consumo los fines de semana, lo que sugiere un uso habitual o diario más que recreativo. La cocaína y MDMA (éxtasis) también se detectan, pero en niveles menos pronunciados comparados con los de anfetaminas  No obstante, en los muestreos de 2019 y campañas europeas conjuntas, se observó un incremento de estas sustancias en días de fin de semana. La metanfetamina está presente de forma significativa en algunas ciudades, no necesariamente las grandes, pero su nivel general es menor y esporádico. Drogas como ketamina, la droga preferida de Musk, mefedrona y MDMA se eliminan menos (eficiencia del 64 %), por lo que siguen detectables en el agua tratada.

Concluyendo: Suecia tiene un uso elevado de anfetaminas, con consumo habitual y sostenido, especialmente en ciudades como Estocolmo y Uppsala, pero también en Lund. El consumo de cocaína y MDMA existe, sobre todo de fin de semana, pero es menos prevalente que en el sur de Europa. La detección de estas sustancias en agua residual muestra un mapa dinámico y en tiempo real del uso de drogas, útil para políticas de salud pública y prevención. Y, lo que debemos de llevar como conclusión de estos análisis es que, hay una demanda grande de droga y por lo tanto un mercado a utilizar por las bandas. El trabajo para combatir la violencia no puede limitarse a tratar de combatir las mafias armadas, sino, en gran parte, a conseguir que baje la demanda de droga en las clases medias, que son los que consumen la droga pues tienen medios económicos para hacerlo. Es cuestión, como todo, de educación. Aquí paro para beberme un buen vaso de agua y esperar que pase la canícula.


[1] https://archive.org/details/Freud_1885_Coca

[2] Patentado en 1860 por Angelo Mariani, funcionaba de manera que el etanol del vino actuaba como disolvente y extraía la cocaína de las hojas de coca. Originalmente contenía 6 mg de cocaína por onza líquida de vino (211,2 mg/L), pero el Vin Mariani destinado a la exportación contenía 7,2 mg por onza (253,4 mg/L), para competir con el mayor contenido de cocaína de bebidas similares en los Estados Unidos. Los anuncios del Vin Mariani afirmaban que restauraba la salud, la fuerza, la energía y la vitalidad.

Malmö: Entre el paraíso cotidiano y la sombra de la exclusión.

Hoy me he dado una buena vuelta por Malmö, por sus parques, que son muchos y bien bonitos. En esta época del año, un día como el de hoy con 25 grados a la sombra y un cielo azul esplendoroso, es como vivir una experiencia paradisiaca. Vamos, que, el paraíso, tendrá muchas dificultades para mejorarla. “Si has visto Malmö, has visto el mundo” (Haur du sitt Malmö, haur du sitt varden), el eslogan que lanzó el diario Sydsvenskan en el año 2000, con motivo de la inauguración del puente que une Dinamarca con Suecia, muestra el orgullo que sienten los habitantes de esta mediana ciudad del norte de Europa por ser una ciudad acogedora y verdaderamente cosmopolita.

Justamente por eso, por ser cosmopolita ha tenido el honor de ser atacada por nadie más y nadie menos que el mismísimo Trump, que en febrero de 2017, durante un mitin en Florida y siendo presidente de EEUU, afirmó que había ocurrido “algo anoche en Suecia”, vinculándolo con ataques terroristas o una crisis de inmigración. Dijo: “Mirad lo que está ocurriendo en Alemania, mirad lo que pasó anoche en Suecia… Suecia, ¿quién lo creería? Cogieron a un gran número (de inmigrantes) y están teniendo problemas como nunca imaginaron posibles”

Este comentario causó perplejidad en Suecia, ya que no hubo ningún ataque terrorista ni incidente grave la noche anterior. El ex primer ministro sueco Carl Bildt respondió en Twitter:

“¿Suecia? ¿Ataque terrorista? ¿En qué habrá estado fumando?”

Pues, aunque parezca mentira, muchos americanos se creen esos bulos. Lo peor es que también hay algunos suecos, y no pocos, que se lo creen y piden “mano dura” contra esos “terroristas”, que para muchos es lo mismo que gente que aparenta tener raíces árabes, porque el enemigo identificable es ese al que se puede cosificar, recortando su libertad de movimiento, controlándolo en sus guetos, con cámaras, policías, autoridades sociales.

Muy pocos medios trabajan realmente para desenmascarar esos bulos. Malmö es una ciudad tranquila, moderna, bien cuidada. Un día caluroso, como hoy, muestra todas las delicias de una ciudad litoral, con sus playas, sus parques, cientos de lugares de asueto y descanso. Pero, hasta en el paraíso hay manchas. La violencia existe, aunque no es visible ni tangible, está ahí, concentrada en algunos barrios, como Rosengård, Nydala, Hermodsdal, Lindängen och Södra Sofielund la violencia en forma de explosiones y asesinatos con arma de fuego son sorprendentemente comunes. ¿Qué es lo que está fallando en esta apacible ciudad?

Las causas son múltiples y complejas. No hay una sola explicación, pero los factores estructurales, sociales y económicos se entrelazan de forma significativa. Malmö es una ciudad muy diversa, con más del 40 % de su población nacida en el extranjero o con padres inmigrantes. No es la causa principal, ni mucho menos, pero debemos tenerlo en cuenta cuando analizamos por qué puede ser interesante presentarla como ejemplo de sociedad fallida por alguien como Trump, que quiere echarle la culpa de todos los problemas de su sociedad a la población extranjera, o los Democratas Suecos (Sverigedemokraterna), la ultraderecha sueca, que apunta a la población extranjera como la causa de la decadencia del idealizado modelo sueco.

En un análisis de las causas del aumento de la violencia en Malmö debe entrar el conocer que en esos barrios, las tasas de desempleo, los bajos niveles educativos y la dependencia de subsidios sociales son muy altos. Esta concentración de vulnerabilidad en ciertas zonas genera entornos de exclusión social, en los que el crimen se arraiga fácilmente, como forma de salida de esa espiral de miseria comparativa.

La escuela, que en teoría debería nivelar la situación social de la población no autóctona, no ha estado funcionando como tal. Como ejemplo, en Rosengård, más del 60 % de los jóvenes no alcanza los niveles educativos básicos al salir de la escuela obligatoria (grundskolan). Esto es un gran problema, yo diría que el mayor de todos, pues la escuela debería darles a todos una buena base para entrar en la sociedad sueca con un mínimo de cualificaciones necesarias para emprender el camino a la integración. Alumnos que han nacido en Suecia pero que no dominan el idioma lo suficiente para desenvolverse en los estudios primarios, quedan a la merced de bandas armadas que les ofrecen dinero y artículos de lujo, a cambio de su lealtad y de ponerse al servicio de las bandas para cometer crímenes de toda clase, especialmente crímenes de sangre, explosiones, asesinatos por contrato y todo tipo de delitos referentes a la posesión y almacenamiento de droga y armas. Jóvenes de hasta 12 o 13 años cometen actos criminales y no pueden ser sancionados, ya que no llegan a la edad de responsabilidad penal, que por el momento está en los 15 años. En estos barrios vulnerables, grupos criminales se han ido arraigando con el tiempo y se dedican al tráfico de drogas, control de territorios, extorsión a comercios etc. Les resulta muy fácil reclutar, porque ofrecen estatus, ingresos y pertenencia a jóvenes excluidos del sistema formal.

Estos barrios fueron construidos durante “el Programa del millón” (Miljonprogrammet) en la década desde 1965 a 1975, un programa estatal para construir rápidamente un millón de viviendas. Estos barrios, a los que llegaron los inmigrantes de la época expansiva, pues eran relativamente económicos, tienen infraestructura envejecida, mala planificación urbana y falta de espacios comunes seguros. El diseño urbano ha contribuido a la creación de zonas cerradas y aisladas, lo que favorece el anonimato y dificulta la vigilancia comunitaria o policial.

Los residentes no criminales, la mayoría, perciben a la policía como distante, ineficaz o incluso discriminatoria. La desconfianza mutua entre comunidades y fuerzas de seguridad reduce la eficacia de las intervenciones y la disposición a colaborar. La policía ha sido acusada de perfiles étnicos y parcialidad, algo que aumenta la tensión hasta el punto de extenderse el rechazo a las autoridades, a los cuerpos de protección civil, ambulancias, bomberos etc. que frecuentemente son atacados durante sus actuaciones en esas zonas, lo que les lleva a veces a no asistir a llamadas de auxilio, por miedo de ser atacados.

Los servicios sociales, escuelas, organizaciones civiles y actores públicos no han logrado cooperar eficazmente ni intervenir a tiempo. Niños en riesgo desde edades muy tempranas, no siempre reciben apoyo antes de entrar en contacto con redes criminales. La falta de presencia estatal proactiva permite que los grupos delictivos ganen influencia. A esto se suman estructuras tribales que algunos grupos étnicos traen consigo formando sociedades paralelas, con sus propios códigos de actuación y sanción que difieren totalmente de los que reinan en la sociedad sueca.

A todo esto, se suma la estigmatización de esos barrios, que han sido retratados en los medios como zonas de conflicto o “no-go zones”, algo que Suecia niega oficialmente. Imagen que refuerza la autoexclusión y la desconfianza, y afecta las inversiones, el empleo y la integración social. ¿Cómo se puede solucionar este conjunto de problemas?

Mi partido, El Partido Liberal sueco (Liberalerna), propone una serie de medidas firmes y estructurales para combatir la criminalidad en los barrios vulnerables, centradas en dos ejes principales, que son la seguridad y la educación. Nuestro enfoque se basa en la idea de que Suecia necesita tanto más policía como más escuela.

Nuestras propuestas comienzan con la prevención, obligando a padres de menores delincuentes a participar en programas de apoyo parental, y en casos graves, aplicar sanciones económicas si no colaboran. Ampliar el control y la intervención social desde edad temprana, en especial, fortalecer los servicios sociales en escuelas y barrios. Colocación obligatoria de menores en entornos seguros si se comprueba que están en riesgo, reforzando el uso de la ley LVU, la ley de cuidados obligatorios para menores.

La escuela debe estar en el centro de atención. Escuela obligatoria desde los 3 años, hoy es desde los 6, para integrar antes a niños en riesgo. Escuelas especiales para niños en riesgo, con grupos pequeños, disciplina reforzada, y más personal cualificado. Sueco obligatorio desde temprana edad para los hijos de inmigrantes con bajo dominio del idioma. Sanciones contra padres que no aseguran la escolarización de sus hijos.

Proponemos un plan nacional para desmantelar las zonas vulnerables en un plazo de 10 años y recuperar el control estatal del espacio público, com más cámaras de vigilancia, iluminación, y presencia activa de autoridades. Prohibición de escuelas religiosas nuevas, con el argumento de que algunas fomentan aislamiento social y son caldo de cultivo para la radicalización. La libertad no existe donde las bandas mandan. Para que todos los niños puedan elegir su camino, debemos liberar a los barrios del crimen.

Y yo sigo mi paseo por los tranquilos parques de Malmö, porque la violencia no está extendida, sino vive enquistada en esos barrios marginales, donde no hay nada que atraiga nuestra curiosidad. Podemos decir que son ciudades paralelas. Una de ellas, atractiva y bella, la otra caótica y destartalada. En números generales, el 13% de los habitantes de Malmö viven en esos barrios marginales y vulnerables. En toda Suecia es el 5%, por tanto, Malmö está muy por encima de esa media.

Trump y los que piensan como él, saben utilizar estas cifras para estigmatizar a la población inmigrante, especialmente a la musulmana, como un problema. Esta posición racista obvia que la inmensa mayoría de la población de esos barrios no ha cometido ningún crimen, pero son igualmente estigmatizados. Aquí, la prensa y los medios de comunicación podrían ayudar a desmitificar, ofreciendo datos concretos.

Sigue la barbarie.

Sigue la barbarie. Cada día que pasa es un goteo de información sobre el rearme. Todos hablan de seguridad, pero nadie habla de paz. Yo, por mi parte, voy a seguir hablando de los que creyeron, ya hace muchos siglos, que era posible llegar a un estado de paz general sin perder ni un ápice de la protección que las armas dicen ofrecer. Ayer me remontaba a épocas lejanas, con Ashoka y Mozi, en la India y China respectivamente. Desde el lejano oriente parece haberse esparcido las ideas de paz universal hasta la antigua Grecia y de allí al resto del mundo. La ruta de expansión budista a través del Asia Central, Persia y el mundo helenístico fue real. Los contactos entre Grecia e India son evidentes desde la expedición de Alejandro Magno en el siglo IV a.C., que llegó al Punjab y estableció reinos helenísticos como el de Bactria.

En Bactria y Gandhara surgió una síntesis greco-budista que no fue solo artística, sino también filosófica. Algunos monjes budistas hablaban griego y participaban en discusiones con filósofos griegos. Emisarios de Ashoka viajaron hacia occidente en un momento en que el mundo helenístico era receptivo a ideas filosóficas extranjeras. Estas misiones budistas fueron sembrando ideas sobre la ética universal y la paz que luego aparecieron en círculos estoicos y cínicos.

Filón de Alejandría, siglos después, habla de los “gymnosofistas”, los sabios desnudos indios que practicaban la contemplación y predicaban la humildad y la no violencia, lo que indica una impresión duradera. Gimnosofista es el nombre dado por los antiguos griegos a ciertos místicos y filósofos ascéticos de la India, los cuales rechazaban la comida, la carne y la ropa por ser enemigos de la pureza de pensamiento. Las crónicas les consideran los homólogos indios de los magos persas, los astrólogos caldeos o los druidas celtas, y es común que a importantes figuras helénicas como Licurgo, Pitágoras o Demócrito se les atribuya haber viajado a la India y aprendido de ellos. Hasta nosotros ha llegado el término de la mano de Plutarco, en el primer siglo de nuestra era.

Hay momentos en la historia en que ideas semejantes florecen simultáneamente en tierras distantes, como si respondieran a una necesidad profunda del alma humana más allá de la geografía o la lengua. Uno de esos momentos, acaso uno de los más esperanzadores, ocurrió entre los siglos V y III antes de nuestra era, cuando hombres de tres culturas —china, india y griega— comenzaron a esbozar con sorprendente claridad una idea aún radical en nuestros días: la de una paz universal fundada en principios éticos comunes a todos los seres humanos.

En China, Mozi predicó en el siglo V a.C. una ética basada en el “amor imparcial”, la idea de que todos los hombres, sin distinción de sangre, riqueza o nación, merecen el mismo cuidado. Para Mozi, la guerra no era una fatalidad ni una forma de gloria, sino un error moral. Su escuela no solo defendía el pacifismo en teoría, si no que organizaba redes de técnicos e ingenieros para defender ciudades atacadas sin recurrir a la agresión, practicando una suerte de resistencia técnica sin odio, ese odio que parece ser una constante en nuestra cultura judeo-cristiana-musulmana, la herencia bíblica, la sangre del dragón. Mozi fue olvidado durante siglos, pero su visión resurge hoy como una alternativa sorprendente frente al cinismo del realismo político.

En la India, dos siglos después, Ashoka el Grande, emperador del poderoso Imperio Maurya, vivió una transformación moral tras la sangrienta conquista de Kalinga. Conmovido por el sufrimiento que había causado, Ashoka abrazó el budismo y proclamó, en sus célebres edictos grabados en piedra, un nuevo ideal de gobierno: uno fundado en la compasión, la no violencia, ahimsa, y el dhamma como orden moral universal. Pero Ashoka no se limitó a proclamar principios: envió emisarios, no ejércitos, a tierras lejanas. Entre los destinatarios mencionados en sus inscripciones figuran los reyes helenísticos, herederos del imperio de Alejandro: Antíoco II en Siria, Ptolomeo en Egipto, Magas en Cirene, entre otros.

Este gesto, documentado en la decimotercera roca-edicto, no puede ser ignorado. Por primera vez, un gobernante del Este tendía la mano al mundo occidental no con ánimo de conquista, sino con el deseo de compartir una visión ética y espiritual del orden humano. Fue un acto civilizatorio de primer orden: diplomacia del espíritu en un mundo aún gobernado por la espada.

¿Llegaron estos mensajes a su destino? ¿Escucharon los sabios griegos el eco de aquellas palabras pronunciadas bajo el sol de la India o los cielos de Lu? No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos que, en los mismos siglos, en Atenas y en Corinto, en el Pireo y en Rodas, florecieron voces que hablaban de la humanidad como una sola comunidad.

Zenón de Citio[1], fundador del estoicismo, hablaba ya en el siglo III a.C. de la “cosmópolis”, la ciudad universal. Para él, todos los seres humanos participaban de la razón divina, y por tanto eran esencialmente hermanos.[2] La virtud, y no la cuna, debía ser el criterio para juzgar a un hombre. Los estoicos enseñaron que el sabio vive en paz no solo consigo mismo, sino con el mundo entero.

También Diógenes[3] el cínico, cuando fue preguntado por su patria, respondió simplemente: “soy ciudadano del mundo”. En su boca, no era una metáfora. Era una afirmación moral. Y Epicuro, aunque más replegado en su jardín, enseñó que la felicidad verdadera consiste en eliminar el miedo, a los dioses, a la muerte, al poder, y vivir en la tranquilidad que nace de la moderación y la amistad. ¿No resuenan aquí, aunque con otros tonos, las voces de Mozi y de Ashoka?

Hay quienes dirán que estas similitudes son coincidencias. Tal vez. Pero la historia no solo se hace de causas directas, sino también de afinidades profundas, de atmósferas compartidas, de vientos de pensamiento que soplan más allá de las fronteras. Sabemos que existieron contactos entre griegos e indios desde los tiempos de Alejandro. Sabemos que en Bactria y Gandhara surgió una cultura greco-budista, y que en los siglos siguientes los monjes budistas viajaban hasta Alejandría y Siria. ¿No es posible que algunas semillas orientales hayan germinado en las escuelas filosóficas de Occidente?

No afirmo una influencia directa y lineal. Pero sí una consonancia espiritual. En un mundo marcado por imperios y conquistas, surgieron, casi al mismo tiempo, hombres que imaginaron otra vía: la de la razón, la compasión, la fraternidad. Y aunque sus nombres y doctrinas hayan sido relegados a márgenes de los libros de historia, hoy, en esta hora de conflictos globales, tal vez merezcan ser leídos de nuevo.

Porque quizá, más que nunca, necesitamos recordar que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino un arte antiguo, nacido de la sabiduría compartida de muchos pueblos. Ciertos no podremos estar nunca de una historia que solo conocemos de forma fragmentaria, pero yo, personalmente, encuentro ideas paralelas en pensadores griegos posteriores al contacto con Oriente, como Diógenes de Sinope y los cínicos, que predicaban la autosuficiencia, la sencillez, la fraternidad universal y el desprecio por las guerras, o Zenón de Citio[4], fundador del estoicismo, que en el siglo III a.C. defendía la idea de la cosmópolis, una ciudad universal gobernada por la razón y la ley natural, donde todos los humanos fueran hermanos. Epicuro[5] también abogaba por evitar la guerra y buscar la ataraxia, la paz interior, mediante la eliminación de deseos innecesarios.

Un poco de lectura habría seguramente ayudado a los mandatarios del momento. De Ashoka podrían haber aprendido que el poder se legitima si se basa en valores universales: respeto, compasión, tolerancia religiosa y ayuda mutua y que la diplomacia ética, con misiones pacíficas, y no con intervenciones militares, puede tejer alianzas más duraderas que la fuerza. Leyendo a Mozi podrían haber aprendido entre muchas más cosas, que el gobernante justo no debe favorecer a su grupo, clase o nación, sino actuar con imparcialidad moral: “amar sin distinción” y que la guerra por ambición, gloria o recursos no es noble ni inevitable: es inmoral y contraria al bien común. Epicuro les enseñaría que la política debe asegurar los bienes naturales y necesarios, como salud, seguridad, alimento, abrigo, libertad interior y que el mayor enemigo de la paz es la codicia institucionalizada. Y por último, para no cansarles demasiado, sería bueno que leyeran lo que se dice que escribió Zenón de Citio y que eran cosas tan fáciles de comprender como que los hombres no deben dividirse por naciones, razas o credos, sino reconocerse como ciudadanos del mundo (kosmopolitês). También decía el buen Zenón que el buen gobernante legisla no para sus compatriotas únicamente, sino pensando en la humanidad entera, y en su lugar en la naturaleza y que el derecho no es simple norma, sino una expresión de la razón común a todos los seres humanos.

Esperemos que algún día, los poderosos líderes de las potencias mundiales, lean a los filósofos, los comprendan y pongan en practica los sabios consejos que nos trataron de dar.


[1] https://archive.org/details/los-estoicos-antiguos-zenon-de-citio-ari

[2]https://www.perseus.tufts.edu/hopper//text?doc=Perseus%3Atext%3A2008.01.0232%3Achapter%3D1%3Asection%3D3

[3] https://en.wikisource.org/wiki/Lives_of_the_Eminent_Philosophers/Book_VI

[4] ” La muy admirada República de Zenón, fundador de la escuela estoica, apunta a este punto principal: que nuestras organizaciones domésticas no deberían basarse en ciudades ni en parroquias (mê kata poleis mêde kata dêmous), cada una delimitada por su propio sistema legal, sino que debemos considerar a todos los seres humanos (pantas anthrôpous) como nuestros conciudadanos y vecinos (dêmotas kai politas), y debería haber una sola forma de vida y de orden, como la de un rebaño que pasta unido y se alimenta de un mismo campo común (nomôi koinôi). Zenón escribió esto como si representara un sueño o imagen (onar ê eidôlon) de una sociedad bien ordenada según el ideal del filósofo (politeias).” En Plutarco: “Sobre la fortuna y la virtud de Alejandro”.https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A2008.01.0231%3Achapter%3D1%3Asection%3D1

[5] https://classics.mit.edu/Epicurus/princdoc.html

Cuando la ciencia cura y el poder destruye.

Hoy estamos a 28 de junio de 2025. Lo escribo aquí, porque hay cosas que ocurren que parece como si hubiera que recordar la fecha en que estamos, en la misma época en que se utiliza la edición génica ultra selectiva para corregir mutaciones en humanos, inmunoterapias avanzadas contra el cáncer, la fusión nuclear es cada vez más viable y se empiezan a desarrollar reactores solares para convertir CO₂ en combustibles sostenibles, en esta misma época, hay gente que se dedica con todo su poder, todos sus conocimientos y todos sus recursos, a destruir vidas y haciendas, demoliendo ciudades enteras, con sus bibliotecas, laboratorios, universidades, hospitales, escuelas etc.

Podríamos pensar que se trata de seres diferentes, orcos maléficos, extraterrestres, diferentes a nosotros. Pero, no, no son orcos ni alienígenas, son gente normal, que ha jugado al escondite con sus amigos, ha aprendido a leer con la ayuda de algunos cuentos edificantes, ha ido a la escuela y estudiado algo de ética y filosofía, en la mayoría de los casos, claro. Hombres, sobre todo hombres, y algunas mujeres, muchos de ellos bastante jóvenes, aunque los más poderosos por el momento están ya en la tercera edad. Gente normal, podríamos decir, sí, pero gente que está dispuesta a dar ordenes de destrucción sin vacilar. Gente que cree que puede solucionar conflictos con ayuda de las armas de destrucción, al coste de muchas vidas de propios y ajenos.

Y, no es que la resolución de conflictos sea algo en lo que nadie haya pensado hasta ahora, no, porque la historia está llena de buenos propósitos y de teorías sobre la resolución de conflictos. En nuestra cultura tenemos por ejemplo la Ecechiria, que en griego antiguo significa armisticio o tregua. No es la solución de un conflicto, pero es un concepto de pausa para discernir como llegar a su solución. Los griegos lo usaban entre otras cosas para proclamar la tregua olímpica y el que osaba romperlo, encontraba consecuencias muy negativas, como bien pudieron experimentar en su día los reyes de Macedonia y Esparta. Pierre de Coubertin intento soplar vida en la Ecechiria para proponer la celebración de las olimpiadas en Berlín en 1916, en medio de la primera guerra mundial, las del 1912 se celebraron en Estocolmo y las de 1916 se deberían haber celebrado en Berlín. Coubertin no consiguió la tregua, y las olimpiadas se celebraron, como sabéis, en la capital alemana veinte años después.

En la India, Ashoka el Grande, concibió la paz budista (India, siglo III a.C., tras la sangrienta guerra de Kalinga. Ashoka abrazó el budismo y promovió la ética compasiva del Dhamma. Los principios del Dhamma eran en primer lugar la no violencia (ahimsa), que conocemos de la actividad de Gandhi, la promoción activa de la no violencia hacia humanos y animales. En segundo lugar, la tolerancia religiosa, con respeto y protección de todas las creencias. El respeto es central, y el tercer principio es el respeto filial a los padres, maestros y mayores. En cuarto lugar, asumir la moderación y humildad, rechazando los lujos excesivos y la arrogancia, algo con lo que el señor Bezos parece no estar muy de acuerdo. El quinto principio es el de la justicia y compasión, y el emperador nombro “oficiales del Dhamma” para ayudar a los más vulnerables, viudas, ancianos, presos, etc. el sexto principio es la propia base: la educación moral, fomentando los valores éticos en toda la sociedad. El séptimo y último, que muchos políticos modernos deberían estudiar, es el de la buena administración: una guía de gobierno justo y cuidadoso. Ashoka hizo grabar estos principios en edictos tallados en roca y pilares por todo su imperio y hoy se conservan más de 30 de ellos, en idiomas que los pueblos locales entendían. La paz duró tanto como el resto de su reinado, unos 30 años, desde el 261 a.C. hasta la muerte de Ashoka en el 232 a.C. Después de su muerte, sus herederos no tuvieron la suficiente perseverancia para mantener la paz.

La paz se mantuvo mientras el poder renunció a la expansión militar: Ashoka abandonó toda política de conquista tras Kalinga. En lugar de ejércitos, envió emisarios religiosos, diplomáticos y éticos a otras regiones. Fomentando un intercambio pacifico. Aunque no completamente exento de conflictos, su imperio vivió un período de calma y administración ética sin precedentes.

Es muy posible que Ashoka, además de ser influenciado por el budismo, lo fuera por la escuela Mohista, fundada en China por Mozi o Mo Tzu[1] en el siglo V a.C. Los mohistas rechazaban el belicismo, y defendían la paz universal y el amor imparcial.

Cuando pensamos en los grandes nombres del pacifismo, solemos mirar hacia Occidente: Sócrates, Jesús, Tolstói, Gandhi, Bertrand Russell… Pero hubo también, mucho antes, en la antigua China, un pensador que se atrevió a levantar la voz contra la guerra en una época feroz de conflictos continuos. Su nombre fue Mozi, y su legado, olvidado fuera del mundo sinológico, es uno de los más radicales y modernos intentos por pensar una sociedad ética, práctica y pacífica.

Mozi vivió en el siglo V a.C., durante el llamado Período de los Estados Combatientes, una era en que los reinos de China se enfrentaban en luchas constantes por el poder. Era un tiempo de militarización, fortificaciones, espionaje y destrucción masiva, muy parecido a lo que vivimos hoy. En ese escenario, Mozi, probablemente de origen humilde y formación artesanal, elaboró una filosofía que fue tan audaz como coherente: oponerse activamente a la guerra, denunciar la injusticia y proponer un nuevo orden social basado en el amor universal. La escuela fundada por Mozi, conocida como mohismo, se caracteriza por una serie de principios que anticipan muchas ideas que solo siglos más tarde reaparecerían en Occidente:

Mozi afirmaba que la raíz de los conflictos era el favoritismo, amamos a nuestra familia, clan o país, pero ignoramos a los demás. En lugar de ello, proponía un amor universal, imparcial, sin jerarquías, porque si todos se amaran mutuamente como a sí mismos, no habría guerras, ni hurtos, ni odio”. No se trataba de sentimentalismo, sino de una ética racional de la coexistencia que también conocemos del cristianismo, en las palabras de Jesús, según Mateo 5:43-48: “43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”

La escuela de Mozi se basa en principios que pueden considerarse modernos. El primero es el amor imparcial, pues, según Mozi la raíz de los conflictos era el favoritismo: amamos a nuestra familia, clan o país, pero ignoramos a los demás. En lugar de ello, proponía un amor universal, imparcial, sin jerarquías. No se trataba de sentimentalismo, sino de una ética racional de la coexistencia.

Mozi habla claro: la guerra de conquista es un crimen. Consideraba a los reyes que emprendían guerras por ambición aún peores que los ladrones comunes. Calculaba, con detalle, el coste humano, económico y moral de cada conflicto. Su pensamiento fue pionero en deslegitimar éticamente la guerra como instrumento político.

Aunque defendía la paz, Mozi también formó a sus discípulos en ingeniería militar defensiva, ayudando a ciudades pequeñas a protegerse de ataques. Este pacifismo “técnico”, basado en la protección de los débiles, revela un pensamiento realista, no ingenuo.

Para Mozi el buen gobierno debía estar basado en el mérito. Se oponía a los ritos fastuosos, las castas y los linajes. Para Mozi, el buen gobierno debía basarse en la eficacia, la justicia y la ayuda a los pobres, no en ceremonias vacías ni privilegios heredados. El mohismo era profundamente igualitario y anticlerical.

Tras la unificación de China bajo la dinastía Qin (221 a.C.), el mohismo fue perseguido y casi desapareció, mientras el confucianismo se convirtió en doctrina oficial. Sin embargo, su influencia no se borró del todo e inspiró a generaciones posteriores de pensadores técnicos, reformistas y críticos del autoritarismo. En la China moderna, donde algunos intelectuales vieron en Mozi un modelo de racionalismo ético y utilidad social, ha sido redescubierto. Esperemos que sirva de algo. Sus ideas sobre el pacifismo basado en la lógica y la responsabilidad colectiva anticipan debates contemporáneos sobre desarme, justicia global y gobernanza moral.

El pensamiento de Mozi nos recuerda que la paz no necesita religión ni utopías, sino ética, coherencia y razón práctica. Fue un pacifista sin templos, sin mitos, sin dogmas. Solo tenía argumentos y una profunda fe en que el sufrimiento humano no es inevitable, sino que nace de la injusticia, la avaricia y el desprecio por el otro. Tal vez por eso su voz resuena todavía hoy, 2500 años después, con una fuerza serena y luminosa. A Trump, a Netanyahu, a Xi Jinping, a Rutte y también a Sánchez y a Kristersson, les recomiendo la lectura de los pensamientos de Mozi, aprovechando las vacaciones.


[1] https://archive.org/details/motzubasicwritings/page/n21/mode/2up

La traición de la fides.

Sobre la corrupción, la confianza política y la ilusión del mérito en las democracias modernas

El último escandalo de corrupción en España es tratado en los medios como si fuera algo endémico en la sociedad española. Ayer, contestando a Víctor sobre su artículo[1] me refería a que “el latrocinio” no es exclusivo de la clase política española, sino que está ampliamente repartido por todo el mundo, sin poder decidir dónde se encuentra más arraigado. Procedo a repetir aquí mi posición, según le contesté ayer:

“Víctor, tu artículo plantea de forma lúcida y provocadora un retrato del modo en que en España se percibe, y a menudo se justifica, la corrupción, especialmente la relacionada con lo público. Sin embargo, es importante no caer en la tentación de considerar estas actitudes como algo esencial o singularmente español. La corrupción política no solo está lejos de ser una anomalía ibérica, sino que es una realidad profundamente arraigada y generalizada en muchos países europeos. Algunos ejemplos recientes y llamativos pueden ayudarnos a contextualizar mejor este fenómeno, por ejemplo en Italia, que ha sido durante décadas uno de los ejemplos paradigmáticos de corrupción institucional en Europa occidental. Desde el escándalo de Mani Pulite en los años 90, que reveló una red sistémica de sobornos que afectaba a toda la clase política, hasta los más recientes casos como el de Giuseppe Conte y sus vínculos con tramas de favores en la gestión de fondos europeos, la corrupción ha sido tan visible que ha dado lugar incluso a una expresión cultural propia: la malapolitica. En Italia, muchos políticos corruptos han regresado a la vida pública tras condenas, lo que revela que el fenómeno del “trincar” no es ni raro ni especialmente escandaloso en la percepción popular.

En Francia, varios expresidentes han sido condenados o investigados por corrupción: Jacques Chirac fue hallado culpable de malversación y abuso de poder; Nicolas Sarkozy ha sido condenado por corrupción y tráfico de influencias. Y sin embargo, ambos conservaron un notable nivel de aprobación pública durante años. La respuesta de la ciudadanía ha sido ambivalente, cuando no resignada, y las élites políticas rara vez han pagado un precio duradero.

La crisis financiera griega puso de manifiesto un sistema clientelar profundamente arraigado en la política del país. Desde contratos inflados con empresas extranjeras, como el caso Siemens, hasta evasión fiscal sistémica entre élites políticas y empresariales, lo griego no es muy diferente de lo que denuncias en lo español: un Estado visto por muchos como botín, no como institución moral compartida.

En países como Rumanía, Hungría o Bulgaria, la corrupción es aún más cruda. En Hungría, Viktor Orbán ha consolidado un sistema político basado en el uso partidista de fondos públicos, incluidos los fondos europeos. En Bulgaria, la connivencia entre mafia, poder político y justicia ha sido señalada incluso por la Comisión Europea.

No creas Víctor que aquí en Escandinavia estamos vacunados contra la corrupción. Para no cansarte, nombraré solo uno en Suecia, uno que comenzó en 2016 y todavía sigue, el escándalo del Hospital Nya Karolinska en Estocolmo, uno de los proyectos hospitalarios más costosos del mundo que se convirtió en un caso de corrupción por contratos mal gestionados, costos inflados y vínculos opacos con empresas privadas como Boston Consulting Group. Aquí se trata de miles de millones de euros. Cosas parecidas te puedo contar de Noruega, Dinamarca y Finlandia y, si hablamos de Alemania, Países Bajos o Bélgica, podemos sacar cantidad de casos.

Tu crítica a la percepción del Estado como “ajeno” y de lo público como “de nadie” resuena, y sin duda tiene una historia española particular. Pero sería injusto, y hasta contraproducente, convertirlo en una forma de excepcionalismo ibérico. La corrupción, la instrumentalización partidista de la ética y el oportunismo político son males ampliamente compartidos en Europa.

Quizás lo realmente europeo, no lo “español”, es esta dificultad para hacer que la integridad pública pese más que la lealtad política, la astucia individual o la permisividad social. En eso, por desgracia, estamos bastante integrados.”

En política, porque yo aquí sobre todo me refiero a la política y a los políticos, se supone que, los que deciden poner sus personas, con sus conocimientos, esfuerzos e ilusiones, al servicio de una causa común para beneficio de la sociedad, lo hacen movidos por valores morales que van más allá del beneficio propio. Sabemos de sobra que, aunque muchos lo hagan así, otros piensan en la carrera política como una forma de medrar en estatus y patrimonio. Esto es así, y siempre ha sido así, desde donde las fuentes nos permiten analizar. No es un problema nuevo, pero sigue escandalizando, lo que me parece muy buena señal, porque muestra la presencia de una suerte de conciencia colectiva sobre la virtud y el vicio.

Los estados modernos son construcciones complejas, cuyo funcionamiento precisa de la conjunción de muchos conocimientos, puestos a disposición de los legisladores. En democracia, al menos en las democracias liberales, existe la ilusión de que estas necesidades se verán cubiertas siempre con el concurso de la meritocracia. Desde la revolución francesa, estamos repitiendo que queremos abolir los privilegios y que los mejores, los que reúnen mayores méritos, son los que deben dirigir y estructurar nuestros trabajos. Hasta ahí estamos casi todos de acuerdo, pero, en la práctica, surge el problema de la confianza. Me explico:

Yo estoy hablando de lo que los romanos llamaban “fide”, ablativo de “fides”, un sustantivo que significa fé, confianza, lealtad, fidelidad, cosas todas muy importantes para las relaciones humanas.  “Fides” es fundamental para las relaciones sociales. En las sociedades antiguas, y aún hoy, no hay contrato ni ley que funcione si no hay una mínima dosis de confianza mutua. Un aspecto clave es la confianza personal. Antes que leyes escritas, existía la palabra dada. Tener “fides” era tener reputación, uno podía ser pobre, pero si su palabra era de fiar, se convertía en alguien valioso.

La fides estructuraba relaciones como la del padre con el hijo, el amo con el esclavo, el ciudadano con magistrado, el señor con el vasallo y así una larguísima lista de relaciones. La fides es la base del derecho y el comercio, y la misma noción moderna de contrato proviene de la fides, el compromiso mutuo en que ambas partes confían en que se cumplirá lo pactado.

La autoridad política y religiosa se ha sostenido históricamente sobre la base de la fides. En el cristianismo, “fides” es la fe en Dios, pero también la confianza en la Iglesia como institución que transmite la verdad. El creyente no solo “cree”, sino que confía, incluso sin pruebas.

En la Roma republicana, los líderes eran evaluados por su fides publica, su fiabilidad ante el pueblo. Cuando los pueblos pierden la fe en sus líderes, instituciones o promesas… sobrevienen revoluciones, colapsos y cambios de régimen. Recordemos cómo alcanzó el poder Pedro Sánchez.

Hoy vivimos sin duda en una era donde la fides se ha erosionado. Hay desconfianza en la política y en los políticos, se sospecha de los medios, se duda de la justicia, se llega a dudar hasta de la ciencia y de la misma verdad. Y, sin embargo, nada puede funcionar sin una mínima “fides” entre nosotros: sin confianza, no hay sociedad posible.

Todo poder, desde el más humilde hasta el más majestuoso, se construye sobre un tejido invisible de confianza. El político, el gobernante, incluso el revolucionario, necesita de hombres y mujeres de confianza —gente en la que depositar su palabra, su estrategia, su sueño de transformación. Sin fides, sin ese pacto tácito de lealtad mutua, la política sería solo cálculo y paranoia. Pero aquí aparece una antigua y peligrosa paradoja: cuanto más poder se acumula, más intensa se vuelve la necesidad de lealtad absoluta, y menor la tolerancia a la crítica o la discrepancia. En ese clima, la fidelidad deja de estar unida al mérito o al juicio y se convierte en sumisión interesada.

Así ocurre que, por miedo o por comodidad, el político en el poder, empieza a rodearse de fieles sin calidad, aduladores, oportunistas, personas que no tienen otra ambición que su propio enriquecimiento o ascenso personal. No están allí para construir, sino para consumir. No entienden el servicio público como un deber, sino como un botín. Se aferran a su puesto como a una rama seca en el abismo, no por vocación, sino por falta de alternativas morales. Y esto no es nuevo y no nos debería asombrar porque, desde las cortes imperiales hasta los ayuntamientos de provincias, desde el César hasta los presidentes actuales, la historia está llena de ministros mediocres, asesores sin escrúpulos y funcionarios fieles solo a su bolsillo. No porque el poder los corrompiera, sino porque el líder eligió mal, prefiriendo la obediencia al pensamiento, la docilidad a la competencia. La traición de la fides no ocurre solo cuando alguien rompe un pacto, ocurre también cuando se simula la confianza para encubrir la incompetencia. Y en ese momento, la política pierde su dignidad. Porque sin confianza auténtica, sin diálogo honesto entre el que manda y el que colabora, el poder deja de ser servicio y se convierte en simple ocupación de espacio. El político sabio, y hay algunos que lo son, sabe rodearse no de quienes le deben favores, sino de quienes le pueden decir que se equivoca.

Todo esto está tan generalizado que no se puede decir que es un mal español. Es un mal general que se da tanto en gobiernos de derechas como de izquierdas y que solo se podría controlare, que no erradicar, con unos controles administrativos estrictos y objetivos. El problema es que, siempre habrá alguien encargado de interpretar esos controles y ahí tenemos ya un riesgo de sesgo. Quizás, con el tiempo, llegaremos a tener un sistema en el que la inteligencia artificial decida sobre las designaciones, pero no sé yo si quiero llegar a eso.


[1] https://filosofiacavernicolas.blogspot.com/2025/06/el-latrocinio-nacional.html

Crónica de una impunidad anunciada o, todo está atado y bien untado

Aquí en Suecia decimos “Det som göms i snö, kommer fram i tö” que traducido a la lengua de Cervantes quiere decir: lo que se oculta en la nieve, aparece al derretirse. En la península Ibérica, aunque hay nieve en invierno, no hay tanta como para esconder cosas, al menos, si uno quiere que permanezcan ocultas durante mucho tiempo. Sorprende que, a diario, tengamos que contemplar el triste espectáculo de una clase política, la española, concretamente, que continuamente nos sorprende con tantos casos de corrupción, que mancillan la imagen de una de las democracias más sólidas del mundo.

Sí, porque la democracia española se ha consolidado en la base, en la ciudadanía, que, en estos cincuenta años, que han pasado desde la muerte del dictador, ha conseguido dejar atrás unas estructuras verticales que parecían eternas, a un asociacionismo trasversal, y del absentismo político a la participación. Todo esto en paz y tranquilidad, aún en los momentos más difíciles del terrorismo de ETA, dando ejemplo de solidez democrática, aunque salpicada a veces por sobrerreacciones del poder ejecutivo, casi siempre castigadas.

Sobre este relato de triunfo democrático se extiende una mancha gris que ensucia la clara imagen de un proceso exitoso, tanto a nivel político como económico. La mancha gris es la corrupción. Desde el primer momento, se han ido descubriendo, gracias a la ardua e incansable tarea de los medios de comunicación, que a mi entender son los auténticos guardianes de la democracia española, cientos de casos de corrupción política. La pugna ideológica entre los medios de comunicación afines a uno y otro bando, se han encargado de investigar cualquier signo de prevaricación de los políticos del bando contrario, descubriendo así, la mayoría de ellos, porque, tarde o temprano “la nieve se derrite” y aparece lo escondido.   

Sí, “ya lo sabemos”- pensaran casi todos mis lectores, pero – ¿qué podemos hacer para evitarlo? – ¿Cómo podremos deshacernos de esta lacra? Bien, pues daré mi “receta”, a ver que os parece. Para empezar a erradicar la corrupción, la clase política española debería dejar de protegerse a sí misma y empezar a proteger a las instituciones y a la ciudadanía. Eso implicaría renunciar a privilegios, reformar estructuras profundamente y aceptar que la verdadera ética pública no se improvisa ni se proclama: se demuestra con actos firmes, sostenidos y valientes. El primer paso sería blindar la independencia del Poder Judicial, porque, por ejemplo, la politización del Consejo General del Poder Judicial es un punto débil. Si los partidos siguen repartiéndose los cargos judiciales, la justicia pierde credibilidad. Una buena reforma debería permitir que los jueces eligieran a los jueces, como recomiendan organismos europeos, a la vez que se refuercen los medios de la Fiscalía Anticorrupción.

En segundo lugar, se debería prohibir el acceso inmediato a “puertas giratorias”, una mala practica que Suecia comparte, desgraciadamente. Ex ministros, presidentes y altos cargos no deberían poder incorporarse a empresas reguladas por ellos mismos hasta al menos 5 años después de dejar su cargo. Además, se necesita una ley estricta de incompatibilidades, sin excepciones ni privilegios camuflados.

En tercer lugar está la transparencia total en la financiación de partidos, que obligue a los partidos a publicar en tiempo real todos los ingresos y donaciones, y los contratos públicos gestionados por sus cargos electos. La financiación irregular de campañas es una de las principales fuentes de corrupción estructural.

La cuarta medida sería proteger realmente a los denunciantes de casos de corrupción. Hoy en España, denunciar corrupción puede arruinarte la vida. Hay que establecer mecanismos legales y sociales que garanticen la seguridad, anonimato y estabilidad laboral de quienes revelan irregularidades. Esto se puede hacer creando una Oficina del Denunciante, independiente del Gobierno, como en algunos países nórdicos.

La quinta sería eliminar los aforamientos injustificados, porque hoy, más de 2000 cargos públicos están aforados, de manera que solo pueden ser juzgados por el Supremo. Eso crea impunidad de facto (ver por ejemplo el último caso en Extremadura). El aforamiento solo debería aplicarse a situaciones muy concretas y nunca cubrir actos de corrupción.

Como la sexta reforma me gustaría ver que se hace obligatorio el uso de plataformas digitales transparentes y auditables para todos los contratos públicos. Toda empresa contratista debe publicar su estructura de propiedad y evitar testaferros y sociedades pantalla

Y, como siempre, empezar desde la escuela, porque, no basta con leyes. Hay que formar desde temprano en valores como la honestidad, la justicia y la responsabilidad pública, y esto se puede hacer con programas educativos que vinculen ciudadanía, ética pública y memoria de los casos de corrupción recientes.

Y, para finalizar, y posiblemente lo más importante, es que las sanciones que se impongan sean reales y ejemplares. No puede haber condenas con penas simbólicas o sin cumplimiento efectivo. También debe haber sanciones económicas severas a partidos, empresas y particulares corruptos, porque, la corrupción debe dejar de ser rentable. Si alguno de vosotros conoce, es amigo de, o quiere comunicárselo a los líderes políticos españoles del momento, por favor, pasarle estos consejos, porque a mí no me escuchan. Ahora me voy a concentrar en la carrera del domingo. Ya os contaré.

Correr sobre un puente, correr sobre una idea

Hoy ya estoy pensando en la carrera del domingo. No es una cualquiera: se trata de una media maratón que me llevará desde Dinamarca hasta Suecia, cruzando a pie el puente de Öresund, esa magnífica obra de ingeniería que este año cumple 25 años. Recorrerlo corriendo será, para mí, algo más que un desafío físico: será también una forma de celebrar el sueño que dio origen a su construcción. Un puente que no solo une dos orillas, sino también dos países hermanos, Dinamarca y Suecia, con la ilusión de una Europa más cohesionada, más cercana, más solidaria.

Cuando se inauguró, el puente simbolizaba la voluntad de romper con esa vieja sensación sueca de insularidad. En aquel tiempo, muchos hablaban aún del “continente” como algo ajeno, como si lo verdaderamente europeo empezara al otro lado del mar. El famoso “ellos y nosotros” estaba llamado a desaparecer, se decía, y todos saldríamos ganando con esta fusión europeísta. Este domingo, al pisar cada metro de esa estructura colosal, me sentiré parte de ese anhelo. Y correré no solo con las piernas, sino con la memoria.

En mayo de 2004 se añadieron Chipre, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia, La república Checa y Hungría. En el 2007 se incorporaron Rumanía y Bulgaria y en 2013, Croacia. Por otro lado, Gran Bretaña, dejó la unión el 29 de marzo del 2017. El puente sigue ahí, inmutable por fuera, pero reflejando la realidad política y migratoria de cada época. Esa vía permanente de comunicación con el continente, que se pretendía unir y amalgamar, hasta formar un crisol donde se forjara la nueva Europa, comenzó a plagarse de controles y fronteras. Tras la adhesión de Bulgaria y Rumanía, miles de ciudadanos de estos países, en su mayoría de etnia gitana, comenzaron a salir de sus países, donde aún hoy se les niega un mínimo de derechos, para ejercer el “oficio” al que han sido obligados a dedicarse por sus precarias circunstancias: la mendicidad. Muy pronto, ese mismo año, se comenzaron a ver mendigos por las calles de toda la Europa occidental, recordando imágenes que no se veían en más de un siglo, al menos en tiempos de paz. Mendigos por la calle, en las estaciones de trenes, en las inmediaciones de las iglesias, en las calles más céntricas, a la puerta de las tiendas más lujosas. Mendigos de todas las edades, a veces con niños en brazos, a veces tirados en el suelo, como en adoración, sosteniendo un vasito de papel, pidiendo dinero para comer. Esto fue verdaderamente un despertar inesperado. De pronto, ciudadanos de la unión nos demostraban con sus andrajos y sus precarias infraviviendas diseminadas en parques y solares céntricos, que Europa no era el paraíso para todos sus ciudadanos.

La reacción inmediata fue la de tratar de ayudar a esos desgraciados, pero muy pronto se vio que, si se les ayudaba, se producía un efecto llamada imposible de contener. A nivel individual, un sueco, no podía pasar con sus hijos pequeños frente a un mendigo y pretender no verle, por tanto, echaba alguna moneda en el vasito o dejaba que los pequeños lo hicieran. Naturalmente, la certeza de conseguir algún dinero de esa manera hacía que viniesen más y más mendigos. Yo hablo de mi experiencia en Suecia, Dinamarca, Gran Bretaña, Francia e Italia. Sin embargo, en Bulgaria y Rumanía, casi no veía nada que se le pareciese, aunque hay pueblos enteros allí en que esta gente malvive.

Con el tiempo se pasó de la pena a la rabia. Se buscaron formas de controlar el flujo sin renunciar al Schengen, pero, el flujo seguía y sigue, aunque indudablemente más debilitado que en los primeros años.  

Después vino la gran oleada de solicitantes de asilo en 2015, con 160 000 sirios y afganos, jóvenes, casi niños, varones en su mayoría, que cruzaban el puente buscando una mejor vida en paz y prosperidad. No me gusta especular, pero es fácil pensar que un movimiento masivo de esas características podría muy bien haber sido orquestado por alguien o algunos que querían desestabilizar la Unión Europea. El resultado fue el cierre del puente y la salida de Schengen. La fluidez se perdió para aumentar la seguridad. Trabajadores suecos que tenían sus puestos de trabajo en Dinamarca quedaban atrapados en colas interminables, cada vez que iban y venían a sus trabajos o a sus hogares. Lo mismo sucedía con los daneses (menos) que trabajaban en Suecia.

La idea de unir las regiones, que no los países, se perdió y ya no volvió a resurgir, porque, cuando se cambiaron las reglas del juego para evitar la llegada masiva de solicitantes de asilo, llegó el COVID y volvió a cerrar el puente, haciendo de la comunicación entre Suecia y Dinamarca un cuentagotas, lejano al flujo que se pretendía llegar en el 2000. Ahora, en 2025, celebramos el vigésimo quinto aniversario de la inauguración y correremos el domingo desde Kastrup a Malmö. Seremos 40 000 los que lo haremos, de todas las edades y géneros. Algunos, como yo, lo haremos con el pensamiento puesto en las ilusiones de hace 25 años, esperando que algún día este puente no funcione como una cerradura que se pueda utilizar para aislar herméticamente las sociedades que pretende unir.

En el 2013 visité el parlamento europeo durante un cursillo para los que, como yo, somos embajadores de la Unión Europea para la enseñanza. Allí tuve la oportunidad de preguntarle a los responsables de la política europea de inmigración, por qué no se hacía nada para evitar la plaga de indigentes. Yo no preguntaba porque quería que se escondiesen o que se les impidiese la movilidad, yo preguntaba porque me parecía absurdo que ciudadanos europeos, en el 2013, estuviesen obligados a pedir limosna para subsistir. Me dijeron que la Unión había dedicado partidas económicas para ayudar a Bulgaria y Rumanía en buscar formas para promocionar la vivienda, la escuela y los puestos de trabajo dedicados a esas minorías, principalmente la gitana, pero que estos países, automáticamente devolvían esas partidas, sin utilizarlas. No tengo datos concretos de esas afirmaciones, pero me parecen tan incomprensibles, que cuesta trabajo creerlo.

Si os interesa saber más sobre la política de inmigración europea, recomiendo este enlace[1] que, a mi parecer ofrece toda la información necesaria para comprender el problema. Sin duda, la falta de decisiones constructivas respecto a las migraciones, por parte de los gobiernos europeos, tan ufanos en defender sus prerrogativas en el campo de las fronteras y nacionalidad, nos ha llevado a la situación política en la que nos encontramos en la actualidad, con el ascenso de partidos xenófobos de la ultraderecha y movimientos que ponen en entredicho la pertinencia a la Unión Europea, porque, aunque parece que el Brexit les ha costado más de lo que suponían a los ingleses, hay muchos partidos políticos en Europa que lo defienden, como una posibilidad para sus respectivos países, mientras otros, que querrían entrar, están llamando a la puerta de “el Fuerte Europa”. El domingo no llevaré ni carnet ni pasaporte. Espero que me dejen llegar a la meta.


[1] https://elordenmundial.com/historia-politica-europea-inmigracion-y-asilo/

Salud y ética. Correr como un ternero

En los últimos años del pasado siglo, fui miembro de la dirección regional del atletismo en Escania. Me eligieron por mi pasado como atleta y entrenador y porque había trabajado con la difusión del deporte en las escuelas de la región.

Fue a principios de los años 80 cuando comencé una de las tareas más gratificantes de mi vida: organizar campeonatos de atletismo para niños y jóvenes en las escuelas de Escania. Por aquel entonces, el deporte escolar era todavía una actividad en construcción, con grandes esperanzas, pero escasos recursos. Sin embargo, yo creía, y aún creo, que el atletismo no solo forma cuerpos sanos, sino también mentes despiertas, corazones valientes y amistades duraderas.

Lo que empezó como un pequeño torneo entre algunas escuelas del sur de Suecia pronto fue creciendo. En colaboración con profesores de educación física, padres voluntarios, clubes deportivos locales y las propias escuelas, pusimos en marcha campeonatos municipales y regionales que dieron a cientos de niñas y niños la oportunidad de descubrir la alegría de correr, saltar, lanzar y competir, no contra el otro, sino contra sí mismos.

Mi compromiso no se limitaba a los eventos en sí. Luché por integrar el atletismo en la vida escolar cotidiana, promoviendo jornadas deportivas, visitas de atletas a los colegios, charlas motivadoras y entrenamientos accesibles para todos. Una parte fundamental de mi labor fue mostrar que el deporte no es solo para los más rápidos o los más fuertes, sino para todos, sin importar habilidades, género o procedencia.

Con el tiempo, vi cómo algunos de aquellos jóvenes llegaban lejos: algunos alcanzaron los podios en competiciones nacionales, otros se convirtieron en entrenadores, docentes, o simplemente en adultos activos con una saludable relación con su cuerpo y su entorno. Y aunque el atletismo ha cambiado mucho desde entonces, con nuevas tecnologías, métodos de entrenamiento y competiciones internacionales, la esencia permanece: un niño o niña que cruza una línea de meta con una sonrisa es, para mí, una victoria mayor que cualquier récord. Mirando atrás, me enorgullece haber contribuido a que el atletismo formara parte del paisaje escolar escaniano. No solo como deporte, sino como escuela de vida.

Bueno, pues me eligieron para formar parte de la dirección de la federación y, naturalmente, me encargaron la responsabilidad de la sección juvenil, de los alevines a los juniors de ambos sexos. Como tal, me vi implicado en la implementación de dos eventos de ámbito nacional, uno de los cuales se sigue realizando todos los años, en el mes de mayo. El primer evento, cuya intención era descubrir talentos de velocistas, era la proclamación del chico y chica más rápido de Suecia. Se llevaba a cabo tras una serie de eliminatorias locales y regionales y finalizaba con una competición en el estadio de Malmö, con motivo de un Gran Prix internacional. El encargado de colgar las medallas a los tres primeros el primer año, fue nada más y nada menos que Maurice Green, campeón olímpico y poseedor del entonces récord mundial en los 100 metros lisos, con una escalofriante marca de 9´79´´.

El segundo evento, que al principio parecía más humilde, comparado con el primero, perdura aún, más de un cuarto de siglo después. Recuerdo la tarde de otoño en que tuvimos la primera reunión en Malmö, en la pista de atletismo cubierta que combina las dependencias de uno de los mayores y más exitosos clubes de atletismo de Suecia, MAI (Club de atletismo de Malmö), unas instalaciones modernas y bien diseñadas, siempre utilizadas por cientos de atletas de todas las edades, un lugar que rezuma los valores olímpicos. Alrededor de la mesa de reuniones, estábamos sentados los representantes de la federación, entre los que yo me encontraba, en mi papel como responsable de las actividades juveniles, y dos representantes de la mayor cooperativa lechera sueca, Skånemejeriet (Lechera de Escania). Nosotros, los representantes de la federación, participábamos en la reunión con l intención de propagar el deporte entre los niños y jóvenes, Skånemejeriet, quería simplemente vender más leche.

Mi labor consistió en organizar una serie de eventos, carreras de 2-3 kilómetros, para todos los escolares desde primero a sexto de primaria. En cada población, el club local organizaba una carrera, con el apoyo financiero y propagandístico de la central lechera y la federación. Skånemejeriet lanzó una macota que reunía todo lo que pretendíamos lograr; más actividad física y más consumo de leche. La mascota, que recibió el nombre de Kalvin (kalv en sueco significa ternero) es el reclamo oficial de Kalvinknatet, una serie de carreras infantiles organizadas cada primavera en toda Suecia, representa un ternero, curioso y amistoso, creada originalmente como, como dije antes, como símbolo para promover el consumo de leche entre niños de manera lúdica y positiva. A lo largo del tiempo, Kalvin se ha convertido también en un embajador del ejercicio físico, sobre todo en el contexto de las carreras.

Kalvin está diseñada para atraer a los niños y es simpática, sonriente y no competitiva. Esto hace que los más pequeños se sientan bienvenidos al mundo del deporte sin temor a la presión del rendimiento. Claro que, una vez en la carrera, todos quieren ganar. La leche se asocia con el crecimiento, los huesos fuertes y una vida sana. Kalvin representa esta relación de forma visual y alegre. Después de la carrera, muchos niños reciben un producto lácteo como parte del “premio”, cerrando el círculo de forma coherente y educativa. Kalvin simboliza hábitos saludables, correr al aire libre, comer bien, divertirse en grupo y tener una actitud positiva frente al cuerpo y el esfuerzo.

Hasta aquí, todo bien. Pero, ¡hasta el sol tiene manchas! Desde el principio recibí muchas opiniones contrarias al uso de un ternero para promocionar el deporte. Las críticas venían de animalistas y veganos, los más informados solían citar al filósofo Peter Singer. Sí, porque desde una perspectiva ética y filosófica, especialmente desde el punto de vista del filósofo Peter Singer, podrían plantearse ciertos reparos a la elección de Kalvin, un ternero caricaturesco, como símbolo para promover tanto las carreras pedestres como el consumo de leche. Singer es uno de los principales defensores del derecho de los animales y del altruismo efectivo, y ha argumentado extensamente en contra de la explotación animal en su libro fundamental, Animal Liberation, escrito en 1975[1]. Desde su perspectiva, los detractores argumentaban que usar una figura como Kalvin, un ternero feliz y humanizado, para promover el consumo de leche por los niños, es una forma de ocultar las realidades éticamente problemáticas de la industria láctea, como la separación de terneros de sus madres, inseminación forzada, y matanza temprana de terneros que ya no “sirven”. Los enojados decían que era un caso típico de moral whitewashing, (lavado ético) hacer que una industria basada en el sufrimiento parezca amigable e inocente.

Esa crítica me hacía pensar. Que se asocie una figura animal con el consumo de productos derivados del mismo animal, podría crear una especie de contradicción moral en los niños. Por una parte, se les enseña a querer a Kalvin, mientras, por otra parte, se les anima a consumir lo que implica su explotación. Es como usar un cerdito adorable para vender jamón: la lógica es amable, pero el mensaje implícito es confuso y, desde el punto de vista de Singer, éticamente cuestionable.

Seguí con interés las reflexiones del filósofo Peter Singer, especialmente sus críticas a la explotación animal y su defensa del veganismo como una forma de reducir el sufrimiento. Admiré su coherencia ética y su compromiso con los derechos de los animales. Sin embargo, como uno de los promotores de Kalvinknatet, el circuito de carreras infantiles asociadas a la figura de Kalvin el ternerito, me siento obligado a matizar algunas de sus premisas, no desde el rechazo, sino desde una posición igualmente ética pero más pragmática y centrada en el bien común.

Kalvinknatet nació en los años 90 con un objetivo claro: motivar a los niños suecos a moverse, correr, participar en actividades al aire libre. Lo hicimos sabiendo que estábamos enfrentando una tendencia creciente hacia el sedentarismo, el aislamiento, y una relación empobrecida con el cuerpo. Si Kalvin, una figura amable, cercana y reconocible, ayudaba a despertar entusiasmo y curiosidad por correr, jugar, participar, ya estábamos logrando algo extraordinario.

Desde una perspectiva utilitarista, el criterio moral no es la pureza de los medios, sino el balance de bienestar y sufrimiento que generan nuestras acciones. Kalvinknatet ha acercado el deporte a cientos de miles de niños, muchos de los cuales han desarrollado una relación sana con la actividad física, con su entorno, con la comida, y con su propio cuerpo. Hemos sembrado hábitos saludables en edades clave, y lo hemos hecho de forma accesible y festiva.

¿Es esto moralmente inferior a una postura estrictamente vegana que, en nombre de una coherencia con los animales, pueda descuidar efectos sociales colaterales como la salud pública infantil? Creo que no. Singer y otros críticos del consumo de productos animales tienden a asumir que toda producción láctea implica sufrimiento innecesario. Pero en el contexto sueco, donde existen regulaciones estrictas, control veterinario, pastoreo estacional y una conciencia creciente sobre el bienestar animal, es perfectamente posible y real una producción de leche con estándares éticos muy superiores a los de muchas otras formas de alimentación.

Además, la leche ha sido durante generaciones una fuente rica y asequible de proteínas, calcio y vitaminas, y sigue siendo un recurso valioso, especialmente en edades de crecimiento. Quitarla del menú infantil sin considerar alternativas nutricionales realistas y accesibles tiene efectos indeseados.

El veganismo ético parte de una buena intención, que es reducir el sufrimiento de los animales. Pero en su versión más rígida, corre el riesgo de convertirse en una doctrina abstracta que no considera suficientemente las complejidades sociales, culturales y materiales del mundo real. No todos los contextos permiten una alimentación 100% vegetal balanceada, y no todos los sistemas productivos implican el mismo nivel de daño. Desde un punto de vista utilitarista amplio, lo correcto no es maximizar la coherencia moral individual, sino minimizar el sufrimiento y aumentar el bienestar general. Kalvinknatet, con su propuesta integradora de salud, comunidad y alegría infantil, ha logrado exactamente eso.

No niego que Singer plantee preguntas importantes. Nos hace pensar. Pero también creo que hay espacio para una ética que construya alianzas en lugar de límites: niños saludables, animales bien tratados, productores responsables, y una sociedad más activa, alegre y solidaria. Kalvin puede representar justamente eso, un símbolo de salud, de juego, y sí, también de una tradición alimentaria que debe evolucionar, pero no desaparecer. No hay contradicción si entendemos la ética como una herramienta para vivir mejor todos, no como un dogma que se impone desde arriba.


[1] https://archive.org/details/animalliberation0000sing_f1z7

Sobre la felicidad

Es fácil dejarse llevar por la euforia primaveral. El aroma del café, que se extiende por toda la casa, los rayos de sol que reviven los colores del mantel de la mesa en la cocina y dan vida a las flores del bacón. El canto de los mirlos, carboneros y verderones ayuda a enmarcar el comienzo de un día perfecto. Por un momento, no hay problemas que resolver ni preocupaciones que nos pesen. Una taza de café, una tostada: la vida comienza de nuevo y los sueños, que nos acompañaron en la nocturnidad, se van disipando hasta desaparecer. Así comienzan mis mañanas de junio, ahora que ya me encuentro en esa época dorada de la vida, cuando uno se puede titular emérito o jubilado. Prefiero pensar que tengo merecido el descanso, porque no siento júbilo al estar apartado de la docencia.

Esta euforia me acompaña hasta que leo las primeras noticias de los periódicos y algún artículo de peso que me obliga a ubicarme en el mundo en que vivimos. En verdad, visto de forma global, hay poco de que alegrarse, si uno no es muy aficionado al deporte y ganan nuestros ídolos, claro. Pensándolo bien, nunca hemos estado mejor en términos generales, pero, el contenido de los medios de información parece como si estuviera hecho para comunicar catástrofes e injusticias bíblicas. Yo puedo comparar desde mi realidad septuagenaria. En los años 70, el mundo tampoco era amable: había guerras, crisis petroleras, dictaduras, terrorismo, desigualdad. Pero los medios operaban de otro modo. La inmediatez no lo era todo. Se escribía con más espacio y más pausa. El periodismo televisivo tenía sus tiempos, y el ciclo de noticias permitía cierta distancia reflexiva.

Hoy vivimos en la era de la ansiedad informativa permanente. Las redes sociales y las plataformas de noticias 24/7 han transformado la lógica del periodismo: la atención es el bien más codiciado, y pocas cosas capturan más que el miedo. Se habla de “doomscrolling”: deslizar sin parar, enganchados al desastre. Además, los algoritmos recompensan el catastrofismo. Una noticia alarmante o polarizadora se comparte más, genera más interacción, y por tanto, más ingresos por publicidad. No es que los medios sean maliciosos, es que están atrapados en un modelo que alimenta la alarma.

A esto se suma la sensación generalizada de pérdida de control en un mundo globalizado, tecnológico, cambiante. Frente a eso, los medios a menudo refuerzan esa narrativa de colapso inminente: clima, geopolítica, salud mental, inteligencia artificial… todo parece al borde del abismo. Ls paz que sentía bebiendo el primer sorbo de café se va disipando y siento una rara desazón, como si estuviese perdiendo el tiempo. ¡Hay que hacer algo! – me digo- Sí, ¿pero qué puedo hacer yo? ¿Pasar algún meme o entrada sobre alguna catástrofe? ¿Ridiculizar a algún mandatario omnipotente? ¿Para qué?

Aparto la vista de las pantallas, porque los periódicos de papel son tan caros que ya no estoy suscrito a ninguno, y miro afuera, al jardín, donde todo está en calma, y las pulsaciones bajan inmediatamente. Decido salir a dar mi paseo matutino, porque es algo que puedo hacer y me hace sentir una forma de felicidad fácilmente alcanzable. Porque, al fin, ¿Qué es la felicidad? Yo, ayer, releí a Aristóteles[1], y me sirvió de mucho.

En tiempos donde la palabra “felicidad” se ha vuelto un producto de mercado, prometida por anuncios, perseguida por algoritmos, medida en sonrisas y clics, resulta refrescante volver a Aristóteles, que hablaba no de felicidad, sino de eudaimonía. Una palabra griega difícil de traducir, pero cargada de sentido: no se trata de sentirse bien, sino de vivir bien; no de placer momentáneo, sino de una vida plena, lograda, en armonía con uno mismo y con el mundo. Aristóteles no era un iluso. Sabía que la vida humana es frágil, que las pérdidas duelen, que la fortuna juega su papel. Pero también sabía, y aquí está quizás su mayor grandeza, que no hay bien mayor que desarrollar nuestras capacidades más nobles, aquellas que nos hacen humanos: la razón, la justicia, la templanza, la amistad, la contemplación del mundo. Esta eudaimonía no se alcanza con recetas rápidas ni retiros de fin de semana. Es una forma de vivir, un trabajo cotidiano sobre uno mismo. Es elegir el punto medio entre los extremos, cultivar hábitos justos, aprender a pensar, a escuchar, a actuar con prudencia. Es construir una vida que, al mirar atrás, uno pueda decir: esto valió la pena. Y lo más bello: la eudaimonía no depende del humor del día ni del aplauso ajeno, sino del arte silencioso de crecer interiormente. Es como un árbol que echa raíces lentas y firmes, y que un día, casi sin darnos cuenta, da fruto.

Yo voy pensando lo bueno que sería si todos hubiésemos leído y comprendido este texto. No tendríamos tantas catástrofes a nuestro alrededor, no habría guerras, ni hambrunas, ni feminicidios ni violencia. Viviríamos como las flores del campo, disfrutaríamos de nuestro tiempo en el mundo de los vivos. Hoy, más que nunca, pienso, necesitamos recuperar esa antigua y sabia idea, que ser feliz no es poseer mucho, ni evitar el dolor artificialmente, sino florecer como seres humanos, vivir con sentido, con virtud, con hondura. Muchos me dirán, que yo vivo en uno de los países más felices de la tierra, pero ¿eso es verdad?

¿Quién decide la felicidad? Cada año, titulares en letras grandes nos informan que Finlandia, Japón o Dinamarca son “los países más felices del mundo”. ¿Pero felices según quién? ¿Según qué medida? Estas afirmaciones, amparadas en encuestas de percepción y fórmulas estadísticas, nos imponen una idea de felicidad que parece tener pasaporte del norte y gustos minimalistas, como orden, silencio, estabilidad, eficiencia burocrática. Pero ¿acaso no hay felicidad también en la improvisación latina, en la resiliencia africana, en la solidaridad de los barrios pobres, o en la mesa compartida en un día cualquiera? Tal vez lo que estamos midiendo no sea la felicidad, sino el grado de conformidad con un cierto modelo de sociedad. Tal vez llamar “el país más feliz del mundo” a uno u otro no sea más que una forma elegante de exportar una idea, y de paso vender un estilo de vida. En definitiva, ¿por qué seguir preguntando en qué país vive la gente más feliz, en vez de preguntarnos qué hace que la vida valga la pena en cualquier rincón del mundo?

El World Happiness Report (El Informe Mundial de la Felicidad) fue iniciado en 2012 por las Naciones Unidas y basa en encuestas de percepción subjetiva. Una de las premisas detrás del informe es que la felicidad es un derecho humano fundamental y que las políticas deben alinearse para fomentar el bienestar. Las clasificaciones, publicadas anualmente, han alentado a muchos gobiernos a centrarse en estrategias que mejoren la calidad de vida de sus ciudadanos, y eso es bueno, pero, aunque factores como el PIB per cápita, el apoyo social, la libertad para tomar decisiones, la generosidad, la corrupción, ayudan a crear una visión amplia del estado de la felicidad en una nación, no siempre capturan la experiencia diaria de los ciudadanos. La complejidad del bienestar humano no puede ser totalmente entendida a través de estadísticas o clasificaciones simples, y es aquí algunos países, como Finlandia, se enfrentan a la dicotomía entre ser percibidos como felices y los desafíos que realmente viven sus ciudadanos. Por ejemplo, Finlandia, que año tras año lidera el ranking, en uno d elos países europeos con la tasa más alta de suicidios y de uso de antidepresivos, sobre todo entre los hombres.  Una de las condiciones que afecta a muchas personas en Finlandia es el Trastorno Afectivo Estacional (TAE), una forma de depresión que surge en los meses más oscuros del año. Con inviernos largos y oscuros, los finlandeses son particularmente susceptibles a esta afección, que puede afectar la productividad, el bienestar y la calidad de vida general durante una parte significativa del año.

La forma en que se plantean las preguntas sesga las respuestas. Por ejemplo, es posible que, en algunas culturas, donde el individualismo y el bienestar personal son menos valorados que el éxito comunitario, las personas sientan la necesidad de responder de manera optimista, incluso si sus experiencias no se alinean con esa percepción. Como resultado, la felicidad autorreportada puede crear una visión alterada de la realidad, haciendo difícil identificar las áreas que realmente necesitan atención. Yo, personalmente soy muy escéptico frente a las encuestas y evaluaciones subjetivas y, por tanto, no me creo los resultados del Informe Mundial sobre la Felicidad, pero a algunos políticos y periodistas nórdicos les gusta mucho, casi como si sus selecciones nacionales hubiesen ganado el campeonato mundial de fútbol.


[1] https://archive.org/details/aristoteles-u-o-etica-a-nicomaco

Manos que levantan sueños. Los otros catalanes y sus hijos.

Tres, eran tres, los dueños y señores del bar Alama, donde entré una tarde de otoño al principio de los ochenta. Edificio de dos pisos; abajo el bar con sus mesas y unos cuantos veladores afuera, bajo las sombrillas con anuncios de cerveza nacional. Arriba, subiendo una estrecha esclera de caracol de forja, el comedor y la cocina. Abajo, en el bar, reinaba José, sirviendo en la barra, preparando tapas y aperitivos, siempre con una broma agridulce en los labios, la cara siempre seria, y una mirada que parecía decir “qué te diría yo…”. Arriba eral territorio exclusivo de Alfonso y su mujer. Ella, catalana “de soca-rel”, morena, conservando rastros de una belleza que fue, sonrisa franca, fuerte acento catalán. El, siempre sonriente, comunicativo, de una inteligencia manifiesta, aunque no pulida, abierto a todos los placeres de la vida. Por todo el local, sin lugar ni deber fijo, el hermano mayor, flaco, sencillamente elegante, cuidando sus palabras, como midiéndolas y sopesándolas con esmero, parándose aquí o allá con un cliente, la mirada perdida en un horizonte imaginario, reviviendo recuerdos o analizando los sucesos del día.

Los tres tenían hijos, ya grandes, funcionarios, ingenieros, y también nietos. Si pasaban por el bar, hablaban catalán con los padres, que les contestaban en su catalán de casa, voluntarioso, pero poco gramatical. Eran conversaciones naturales, expresaban la profunda asimilación de esas cuatro generaciones, y la cultura mixta que se vivía en los ochenta, cuando todavía se creía en una identidad compartida, en un mundo cada vez más abierto; tiempos del mejor pujolismo.

Yo pasaba los días en archivos y bibliotecas, a la caza de material para mi libro, pero procuraba llegar al Alama a la hora de comer, a sabiendas que a las dos menos cuarto, no quedaría ninguna mesa vacía, pues los trabajadores de las cercanas obras, los empleados del banco, algún que otro taxista y muchos propietarios de tiendas y muchos más, entre los que siempre se podía encontrar un sacristán de la catedral, el párroco de la iglesia local, un doctor en química educado en Alemania, el carnicero de la calle y aficionado alpinista de ochomiles y un joven productor de radio, que un tiempo más tarde, me incluiría en un breve dialogo con Gorbachov. Aunque no muy habitual, había también por allí un fabricante de lencería un tipógrafo. El que no hubiese mesas libres no me preocupaba, porque siempre me traían una silla para que me sentara enfrente del padre de los tres propietarios del Alama, el abuelo Alfredo, y a mí me encantaba oír sus historias. Me contaba, entre las lentejas y el bistec, que el vino a Barcelona el 1927 para “lo de la exposición”, dejando atrás su pueblo murciano, como tantos otros, y un oficio de espartero, que no le daba para comer.  –“Los árboles que ves, Martín, y que ahora nos dan sombra”- me decía – “los he plantado yo con mis manos.” Y me mostraba su mano izquierda, huesuda, como testigo de su afirmación, mientras la derecha sujetaba la cuchara, como si quisiera explicarme el porqué de su emigración; trabajar para comer.

Como él, habían también dejado sus tierras, ya para la primera exposición universal de 1888, gentes de Andalucía, sobre todo de Jaén, Almería y Granada. De Aragón, de Galicia, de Murcia, de Castilla-La Mancha, de comarcas del interior valenciano, pero, principalmente de localidades de la provincia de Barcelona y del resto del territorio catalán, sobre todo Lleida, fueron los principales puntos de procedencia de la población inmigrante. Hombres y mujeres, ellas apenas adolescentes, jóvenes, curtidos por la miseria, que llegaban con lo puesto y una dirección escrita a lápiz. Muchos no sabían leer, pero sabían trabajar. Y trabajaron hasta el agotamiento. Vivían en condiciones duras, a menudo infrahumanas: en barracas de Montjuïc, en Somorrostro, en los márgenes de Sants, del Clot o del Carmel.

Hombres y mujeres, que llegaron en trenes, los menos, y carromatos, los más, a una ciudad que se prometía moderna, pero que aún era profundamente desigual. Venían en busca de trabajo, y lo encontraron. En las obras, en las cocinas, en los talleres de carpintería, en las fundiciones, en la limpieza de escombros, en las fábricas textiles. Dormían en barracas, en corrales, en estancias improvisadas en los extramuros de una ciudad que apenas los registró[1]. Barcelona los necesitaba, pero no los miraba.

Sin sindicatos reconocidos, sin seguros ni leyes laborales, esos trabajadores dieron forma a la ciudad del futuro con las condiciones del pasado. Eran jornaleros y peones, hombres sin historia en los periódicos, pero esenciales en cada piedra colocada. Mientras los burgueses admiraban las novedades industriales y los pabellones exóticos, aquellos trabajadores se agachaban una vez más para mezclar cal, cargar ladrillos o levantar estructuras que aún hoy permanecen en pie.

No hay placas con sus nombres. No hay discursos que nombren sus apellidos. Pero hay rastros en los censos de suburbios, en los archivos de beneficencia, en las cartas escritas a sus pueblos. Y sobre todo en los barrios que crecieron entonces, como Poble-sec, Sant Martí o el Clot, donde se asentaron muchas de sus familias, y que aún conservan la dignidad de quienes construyeron sin ser reconocidos.

Barcelona se engalanó en 1888 para mostrarse al mundo. Bajo la batuta del progreso y el ornato urbano, la ciudad se transformó: se abrió el Parque de la Ciudadela, se levantó el Arco del Triunfo, se tendieron avenidas nuevas y se vistieron fachadas como si la urbe hubiese despertado de pronto de un sueño largo. Fue la Exposición Universal, ese hito que los manuales presentan como símbolo de modernidad y apertura, como si hubiera surgido por sí solo, como un milagro técnico y cultural.

No hay placas con sus nombres. No hay discursos con sus apellidos. Pero hay rastros: en los censos de suburbios, en los archivos de beneficencia, en las cartas escritas a sus pueblos. Y sobre todo en los barrios que crecieron entonces, como Poble-sec, Sant Martí o el Clot, donde se asentaron muchas de sus familias, y que aún conservan la dignidad de quienes construyeron sin ser reconocidos.

Hoy, más de un siglo después, la historia parece repetirse. Nuevos trabajadores, a menudo migrantes, igual que entonces, aunque hoy es gente de otras tierras más lejanas, levantan edificios, sirven comidas, limpian oficinas o cuidan a nuestros mayores, muchas veces en la sombra, sin papeles, sin voz. Y aunque las grúas sean más altas y los materiales más modernos, la precariedad sigue anidando en los márgenes del esplendor. Mirar hacia atrás no es sólo un acto de memoria, es también una llamada a la justicia. Porque si el pasado nos enseñó algo, es que ningún proyecto de ciudad, ni en 1888[2], ni en 1929, ni 1992, ni hoy, se construye sin manos, por mucho que haya avanzado la tecnología, y que toda verdadera modernidad empieza por reconocer y agradecer, el trabajo de esas manos.

Si quieres saber más sobre la inmigración en Cataluña, debes pasar por Sant Adrià de Besòs, porque allí, en la Masia de Can Serra, en la carretera de Mataró número 12, encontrarás el MHiC (Museu d´història de la inmigración a Catalunya). Un lugar que todos los catalanes deberían conocer.[3]


[1] https://www.ub.edu/geocrit/b3w-1098.htm

[2] https://www.barcelona.cat/internationalwelcome/es/noticias/los-monumentos-de-la-exposicion-de-1888-a-traves-de-los-fondos-del-archivo-1406398

[3] https://www.mhic.cat/es/

Donde la piedra toca el cielo: un paseo por Montserrat

Hoy te invito a que me acompañes en mi paseo en Montserrat. Lo primero es llegar a la mítica montaña, y hay muchas formas de hacerlo. Hace unos años se hacía a pie desde Montjuïc, una buena caminata, que mis amigos de tertulia en el Alama de Santa Eulalia Provencana añoraban las caminatas del Club de Natació Sant Andreu y otros clubes que iban desde Barcelona a Montserrat, 52 kilómetros de caminata nocturna, unas 16 horas, por caminos y pistas de montaña, atravesando pueblos y urbanizaciones, para acabar en una subida exigente, entre el Aéreo de Montserrat hasta el monasterio. Yo no he llegado a hacer, pero he tenido muchas ganas de hacerlo, aunque, la posibilidad de acometer ese camino en solitario, no me resulta ya tan natural como hace cuarenta o cincuenta años.

Pero, si se quiere y se puede, existen rutas señalizadas que permiten realizar este recorrido de forma autónoma. Una de las más conocidas es el GR-6, un sendero que conecta Barcelona con el monasterio de Montserrat. Este camino, tiene también aproximadamente 52 km, y puede completarse en una jornada o dividirse en etapas. El GR-6 parte desde la zona alta de Barcelona, cruza la sierra de Collserola, pasa por localidades como Sant Cugat del Vallès, Rubí y Olesa de Montserrat, y asciende hasta el monasterio. También se puede seguir el Camí de Sant Jaume, la variante catalana del Camino de Santiago, que incluye un tramo desde Barcelona hasta Montserrat. Este camino, que es una excelente alternativa, es utilizado tanto por peregrinos como por senderistas y dicen que ofrece una experiencia espiritual y cultural única.

Yo hoy me conformo con una versión light de esta aventura, aunque no por ello menos exigente, cuando se trata del esfuerzo necesario para completarla. Yo no me conformo con subir al monasterio, sino que sigo la ascensión hasta la cumbre de las rocas místicas, en un esfuerzo prudente pero no por ello menos gratificante y agotador. Pero ahora lo primero es llegar desde Barcelona al monasterio. Para ello me voy primero a la calle Viriato, junto a la estación de Sants. El autobús sale a las nueve y cuarto de la mañana y son menos cuarto cuando miro el reloj, bajando el Paralelo, tras mi paseo mañanero por Montjuïc. Corro lo más rápido que puedo, subiendo hacia Plaza de España y sigo sin parar hasta la parada, que ha sido cambiada de lugar por las obras que se están realizando en la plaza. Llego a la parada con la lengua fuera a las nueve y dieciséis y encuentro una larga cola de gente que espera el autobús y descubro que, casi la mitad de los integrantes son monjas, al parecer de origen asiático que me atrevo a adivinar puede ser filipino. Por suerte parece que el autobús se ha retrasado, de otra manera no lo abría podido abordar.

Ya sentado en mi lugar, cierro los ojos y no los abro hasta que el autobús muestra signos de subir una cuesta pronunciada y veo ante mi ya bien definida y cercana la mole pétrea de Montserrat. Al llegar, nos dice la chófer que la partida de vuelta será a las cinco de la tarde. Tengo un poco más de seis horas para hacer mi caminata. Decido cargar mis depósitos de energía con algo típico de la región, Pa amb tomáquet y Mel i Mató. Reconfortado, me voy ya buscando el principio de la ascensión que decido hacer que es la del Ruta del Monasterio a Sant Jeroni, el punto más alto, una distancia aproximada de 10 km ida y vuelta, que parece sencilla de cubrir, pero que no lo es, aunque tampoco es inaccesible, si se tiene un mínimo de movilidad y energía para hacerla. Tengo ante mi unas cuatro horas de caminata, a veces en cuestas muy pronunciadas, no siempre en terreno fácil, pues está plagado de raíces y piedras, y hay que mirar continuamente donde se pisa. El camino va por una especie de cornisa en espiral de aproximadamente un metro de ancho, que por un lado se abre en terraplén de cientos de metros y es importante ir concentrado en el camino, para no caer.

El camino comienza en el monasterio, sube por el camí nou de Sant Jeroni pasando por la ermita de Sant Miquel, las escaleras dels pobres, el mirador de la Miranda, hasta llegar a Sant Jeroni , a 1 236 metros, que es el punto más alto de Montserrat. Las vistas con impresionantes. Un día claro como este puedo ver hasta los Pirineos y el mar, aunque, hasta llegar aquí, voy pasando microsistemas con una flora bella y perfumada. El romero, en las zonas soleadas y secas, conserva aún algunas florecillas azuladas. En la garriga, la jara blanca con sus flores rosadas y púrpuras extiende sus hojas pegajosas. Veo y huelo también el aroma del tomillo, con pequeñas flores lilas o rosadas. Ha llovido estos últimos días y el sol de esta esplendida mañana esparce su perfume por el camino. En zonas más protegidas, a la sombra, veo orquídeas silvestres, como la orquídea abeja,

Me encuentro con algún caminante muy de tarde en tarde, casi todos en parejas que me saludan con un – “bon dia”- que yo contesto de igual manera. Caras amigables, que muestran esa mezcla tan bella de esfuerzo y júbilo, típica de los que, por primera vez, visitan un paraje hermoso. Cuando he avanzado unas dos horas sin descanso, siento pasos acercarse por detrás, cada vez más cercanos y decido parar, para dejar al que venga que pase y siga su ritmo. Es una mujer joven la que me saluda y sigue su camino, mochila a los hombros y buen calzado. Yo la sigo a una distancia prudente, y ella se va alejando poco a poco, hasta desaparecer a la vuelta de una curva cerrada, en una pendiente boscosa.

Sigo mi camino. Mi respiración es forzada pero estable. Siento una cierta euforia por estar aquí, subiendo esta pendiente. En este preciso momento, soy feliz. Comprendo la bendita paz del ermitaño, la satisfacción de compartir existencia con las mariposas y las flores silvestres. Casi sin pensarlo llego a la cima y me entristece saber que cada paso ahora me llevará más cerca del final de mi caminata. Algo de sed, pues he subido sin agua, convierte la bajada en una expedición con un fin marcado y, al llegar al monasterio me dirijo a la cafetería/restaurante a beberme una buena cerveza y a mirar las fotos que he hecho durante el camino. Como siempre, no hay fotografía, por muy buena que sea, que pueda explicar la sensación vivida en el momento, pero ayuda a recordarla.

Esperando a que venga nuestro autobús emprendo conversación con las monjitas con las que he hecho el viaje. Me cuentan que son filipinas y que han venido a España a participar en unas actividades de su hermandad. Hablamos inglés y, como tenemos tiempo, les pregunto sobre el idioma, el tagalo y el español. Habiendo sido colonia española cientos de años, parece como si el idioma español hubiese desaparecido como por encanto, siendo este sustituido por el inglés, dejando solo los nombres y apellidos, junto con la religión católica, como testigos de la antigua dominación española. Descubrí hablando con las monjitas, que el español ha resistido en la vida cotidiana, en el pequeño circulo familiar que denomina las cosas de uso diario. Aunque el español dejó de ser lengua oficial en Filipinas en 1973 y eliminado como asignatura obligatoria en la universidad en 1987, su influencia sigue muy presente en el tagalo y en muchos dialectos locales. Hay miles de palabras de origen español que se siguen utilizando cotidianamente, como los días de la semana, año, minuto, oras, mesa, silya, kutsara, tenedor, plato, kutsilyo, ventana, kandila, banyo, kuwarto, pan, sopa, azúcar, kape (casi como en polaco), mantika, tsokolate,carne. También está presente en palabras como sapatos, kwento, eskwela, libro, maestro,relos, dios, santo, krus, kumusta (Cómo está usted) y muchas más. La monjita escribió en mi cuaderno estas palabras. Notaba yo como una pena personal, a la vez que me explicaba las vicisitudes del idioma español en Filipinas, cómo si fuera una pérdida para ella en concreto, aunque, por su apariencia, no habría nacido antes de 1987. Llegó el autobús y ceso nuestra conversación y, cada uno quedó absorto en sus pensamientos, digiriendo las vivencias y sensaciones del día y por mi parte, pensando que mi tita tenía mucha razón cuando me decía: -“no te acostarás sin saber una cosa más”.

Camino a Sant Ramón Nonat

Una subida entre amigos, aromas de romero y vistas que reconcilian el alma

En mis paseos por Cataluña no voy siempre solo. A veces voy en compañía, como esta mañana de mayo. No es lo mismo caminar solo que caminar con otros. El diálogo interior cambia a conversación abierta, a intercambio de observaciones y recuerdos.

Salimos temprano, cuando el aire aún conserva la frescura de la noche. Desde Viladecans, la silueta de la ermita de Sant Ramón Nonat nos observa en lo alto, blanca, sencilla, como un faro terrenal que guía a caminantes, corredores y almas en busca de un respiro. A mi lado camina Eduardo Muñoz, amigo de los de verdad: corredor incansable, sensato, de palabra medida y mirada clara. Su paso es firme, sin alardes, con ese ritmo que solo los que conocen bien sus fuerzas saben mantener.

—¿Te acuerdas de la carrera de Helsingborg, en el 1983? —me pregunta, con una sonrisa ladeada, mientras bordeamos los primeros repechos.

—Claro que me acuerdo. Tú llegaste fresco como una rosa y yo me pasé una semana con agujetas —respondo riendo.

—Tú te reías más que nadie en la meta. Eso es lo que cuenta.

La subida comienza entre casas bajas y calles que se estrechan, hasta que la ciudad queda atrás y nos recibe la montaña. El sendero, al principio de tierra ancha, se va volviendo más agreste. Las piedras sueltas nos obligan a elegir cada pisada con atención. El monte, cubierto de pinos carrascos, lentiscos, romero y tomillo, nos rodea con su olor seco y cálido. El canto de los pájaros es la única música que necesitamos.

A mitad de camino hacemos una breve pausa. Desde allí se abre una vista amplia hacia el delta del Llobregat, con sus campos bien trazados y el aeropuerto a lo lejos, sus aviones diminutos como juguetes de niños. Eduardo hace un gesto amplio, mostrándome el paisaje y me dice:

—Esta subida la hacemos en invierno Vicky y yo, a veces con la perra —dice, con una sonrisa ancha—. Vicky sube muy bien, todavía conserva su buen estado físico.

Seguimos el camino. La cuesta se vuelve más exigente en los últimos tramos. El sendero zigzaguea, ganando altura, y el corazón late más rápido. Eduardo sigue hablando, sin perder el aliento, contándome sobre su hija, sobre su último viaje a Galicia, sobre los libros que ha estado leyendo.

Y entonces, sin previo aviso, la cima se abre. La ermita de Sant Ramón Nonat, blanca y quieta, se nos presenta como un premio silencioso. El viento sopla con suavidad, moviendo apenas la hierba y el romero.

Nos sentamos en las gradas de piedra, frente al horizonte. La ermita está cerrada, quizás por ser hora tan temprana. A nuestros pies se extiende San Climent de Llobregat, idílico, sereno, abrazado por viñas y colinas. Desde aquí parece un mundo en miniatura: los tejados rojizos, el campanario, las huertas ordenadas como piezas de un rompecabezas antiguo. Al fondo, Montserrat se alza como un gigante dormido, custodiando la comarca.

—Siempre me impresiona cómo cambia todo al llegar aquí —dice Eduardo—. El cuerpo cansado, pero la cabeza clara.

—Es como si el alma respirara mejor a esta altura —añado.

Nos quedamos un rato en silencio, contemplando, dejando que el tiempo se diluya como el vapor de una taza de café. No hay prisa. Solo esa sensación tan rara hoy en día: la de estar exactamente donde uno quiere estar.

Cuando finalmente nos ponemos en pie para emprender el regreso, sé que este paseo quedará grabado en mi memoria. Por el esfuerzo compartido, por la conversación sin prisas, por el níspero a mitad de camino y por la certeza de que la amistad, como las buenas caminatas, se mide en pasos dados juntos, no en la distancia recorrida.

Mis oasis favoritos en Barcelona.

Muchos de mis paseos por Barcelona contienen paradas temáticas. Uno de ellos es la biblioteca, Biblioteca Nacional de Catalunya, sita en carrer de l’Hospital 56 y ubicada en un edificio gótico construido durante el reinado de Martí el Humà y dedicada desde entonces a ser el hospital de Barcelona, funcionando como tal hasta 1926, bajo el nombre de Hospital de la Santa Creu. Para mí, este edificio y todo su contenido, forman un oasis donde puedo consultar colección de documentos, que van desde manuscritos medievales hasta cartas escritas por diversas personalidades destacadas del siglo XX, como las históricas Homilías de Organyà, la Crónica de Bernat Desclot, los Viajes del barón de Maldà, la Oda a la patria de Aribau, el original de L’Atlàntida de Verdaguer, y manuscritos originales de Carles Riba, Eugeni d’Ors, Josep Pla, Josep Maria de Sagarra y muchos más, en resumen, todos los personajes que han sido importantes para el catalanismo. En este viaje me he concentrado en Víctor Balaguer “Las calles de Barcelona” [1]  que he estado consultando para crearme un mapa interior para mis paseos. Se puede decir que la biblioteca me proporciona una importante porción del sustento espiritual que preciso, que “no solo de pan vive el hombre”, aunque el pan también es necesario, y no muy lejos de la biblioteca, en carrer del Pintor Fortuny 28, tengo un lugar para asegurarme la nutrición necesaria para el cuerpo, L´Antic Forn. Hace mucho tiempo que descubrí este pequeño restaurante con su comida casera, típicamente catalana, y sigo fiel a él, acompañado mis comidas con el consiguiente porrón de vino tinto.

Otro de mis oasis en Barcelona es L´Ateneu Barcelonès en el antiguo palacio Savassona, en el carrer Canuda 6 esquina a Bot. Aquí he pasado muchas tardes disfrutando de conciertos a la fresca, con un vaso de vino y, por lo general, buenísima compañía. Esta vez disfrute de un jam de poesía, Jeroglífic Sánchez-Cutilles, y descubrí que podía asistir a otro jam en los Jardins Canals i Junyer, ya en Vallcarca, a suficiente distancia para que mereciese la pena enfilar un buen paseo hasta allí. En la calle Gustavo Bécquer celebraban su aniversario leyendo sus poesías. A ese lugar recóndito se llega siguiendo el paseo de Gracia hacia el norte, por tanto, recorre todo Gràcia y allí tengo otro oasis que es, La plaça del Diamant, inmortalizada por el libro de Mercè Rodondela. Esta plaza, construida en 1850, es un punto de encuentro para los vecinos del barrio, y claro está, el lugar donde puedo encontrar a mi amigo y compañero en la Sociedad Científica de Mérida, el geógrafo Xavier Muñoz, viajero incansable, escritor y coleccionista de plumas estilográficas.

Subí por el paseo de Gracia esquivando turistas con el palo de selfis y corros de gente esperando no se qué, Yo iba pensando que las aglomeraciones terminarían al llegar a la Plaza de Nicolás Salmerón, y así fue. Desde allí pude enfilar el Carrer Gran de Gràcia, descubriendo que aquí el ritmo baja de repente y se pasa de la ciudad estresada a un ambiente casi provinciano, como si de repente estuviéramos en un pueblo o en un barrio obrero de cualquier capital europea. Yo pienso en Islington, Cambden en Londres, con un pasado de vida obrera, espacios alternativos, vida comunitaria activa. Gràcia se parece más a Islington en la parte más residencial y a Camden en lo más bohemio. Pienso en Trastevere, en Roma, con ambientes populares, plazas vivas y una cultura local muy fuerte. Calles pequeñas y un ritmo de vida más pausado dentro de una gran ciudad. Me recuerda sin duda a Prenzlauer Berg en Berlín. Un barrio este, que como Gràcia, tiene raíces obreras y tradición contestataria, ahora lleno de cafés, librerías, mercados y espacios culturales. Ambientes familiares y alternativos, igual que aquí, en la La plaça del Diamant.

Nada más llegar a la plaza me encuentro con un puesto de libros y tras una rápida ojeado, veo uno que quiero leer. El título en sí es altamente atractivo: Fer-se totes les il·lusions possibles[2], y se trata de la publicación de papeles inéditos de un escritor catalán que siempre me ha fascinado, el inigualable Josep Pla. Pregunto el precio y me dice una señora simpática y seguramente buena lectora que dos euros. ¡Dios mío – pienso – eso es lo que pagaba yo por los libros hace más de cincuenta años! Naturalmente lo compro y, acto seguido, empiezo a buscar un lugar donde sentarme para leer mientras espero a mi amigo Xavier. La terraza del bar en la que solemos sentarnos esta, según puedo ver, llena de parroquianos y, afortunadamente, encuentro un sillón de esos tan cómodos que forman parte del mobiliario urbano y empiezo a leer. Los textos inéditos escritos para no ser publicados revelan que Pla es posiblemente el observador más agudo de las enfermedades del país, el comentarista que hace gala del escepticismo mejor informado, el narrador preciso de anécdotas impagables, el cronista de la cotidianidad, el escritor devoto del memorialismo, el maestro del retrato literario. Una vez abierto el libro, no puedo cerrarlo, me olvido de por qué estoy en la La plaça del Diamant y voy profundizando en los textos. De pronto, oigo la voz de mi amigo que viene hacia mí en compaña de su adorable hija Sara. Nos sentamos en una mesa, que milagrosamente ha quedado vacía, o que ha sido sacada del bar expresamente para nosotros, eso no lo sé.

Empezamos a hablar de nuestras cosas, pues mantenemos un continuo dialogo a través de WhatsApp pero nos vemos solo esporádicamente. Mientras conversamos se acerca un hombre de aspecto agradable, ligeramente bohemio, a nuestra mesa y saluda cordialmente. Se presenta como Joan y casi inmediatamente, cuando yo me he presentado como un gran amante de Cataluña y medianamente conocedor de su historia y su presente, revela sin titubeos que él es partidario de la independencia, ni más ni menos, y en un monólogo plagado de juicios peyorativos, declara a la mayoría de los políticos catalanes de todas las tendencias, como ineptos, corruptos e impresentables. En realidad, toda esta explosión de indignación revolucionaria, tiene algo de teatral, yo diría que este señor, que me parece inteligente y agudo, emplea diatribas acres y violentas, pero con una especie de guiño, que les quita fuerza. Es como una función de fuegos artificiales que hacen mucho ruido, pero no causan daños. Además, nuestra conversación resultó inmensamente amena. Sin duda, las tertulias precisan de este tipo de conversación para ser interesantes. Escuchando a Joan pienso en Ramón del Valle-Inclán, tan intenso en las tertulias del Café de la Montaña, en la Puerta del sol madrileña, que no dudaba en recurrir al duelo con quien osara poner en duda sus ideas o sus puntos de vista. He de decir, que muchos de los argumentos de Joan llaman a recapacitar, pues no están exentos de razón. Coincido además con Joan en el interés por la historia y en especial la de Cataluña y en la afición a caminar.

Ya entrada la noche desando lo andado y regreso a la gran urbe, que poco a poco se va desmontando, a la vez que se cierran los comercios y los puntos turísticos, La ciudad se recoge para comenzar el pulso de noche, concentrado en algunas calles adyacentes, en clubs y bares de copas. Las terrazas siguen bien concurridas, aprovechando la noche templada de mayo y yo voy camino de mi casa, para terminar de leer el libro con los textos inéditos de Pla.


[1] https://archive.org/details/bub_gb_9WbFavyIMfgC

[2] “Res em fa il·lusió. Quan em parlen de la felicitat, la cursileria de la paraula em fa rebentar de riure. L’ideal consisteix en fer-se totes les il·lusions possibles i no creure en cap. Decepcionant, depriment, però ¿què hi voleu fer?” – Fer-se totes les il·lusions possibles i altres notes disperse. Edició de Francesc Montero, 2017

Los colores del F.C. Barcelona y otros símbolos.

Mis paseos por Barcelona tienden a ser bastante largos. Casi siempre paso por Montjuïc, porque, aunque visito esa amable montaña tan a menudo, siempre me quedan rincones por descubrir, secretos que revelar. Pocos lugares tienen tanta variación y se pueden vivir de formas tan diferentes. A la montaña se va para disfrutar del ocio, del deporte, de la gastronomía, de sus parajes recónditos, de sus edificios y museos, de sus vistas panorámicas, a estudiar en sus colegios e institutos, a aprender a conducir, a disfrutar de sus jardines y, finalmente, a encontrar el último y definitivo lugar de descanso. Yo voy allí a observar y a sentir la presencia de Clío en cada paso. Hoy voy observando Montjuïc como un campo de expresión simbólica de la masonería. Si ya se conocen los símbolos habituales de esta organización, siempre malinterpretada, quizás debido a su hermetismo y al secreto con el que ha acometido sus actividades, no resulta difícil ver que Barcelona está repleta de guiños masónicos.

La iglesia y el gobierno central acusaba a los primeros catalanistas de ser masones. Esa acusación la hacían también los catalanes que se oponían a la ideología particularista de aquellos, y en verdad, coinciden muchos de los valores promulgados por el catalanismo con los de la secta secreta. Tanto la masonería como el catalanismo, especialmente en su vertiente cultural y política del siglo XIX y principios del XX, compartieron ciertos ideales, como la defensa a ultranza de la laicidad y la educación universal, la apuesta por el progreso científico y la modernización social, así como la promoción de los derechos individuales, la libertad de conciencia y el autogobierno. Esto hizo que no pocos masones catalanes simpatizaran o participaran en proyectos vinculados al catalanismo emergente, especialmente en su vertiente más liberal y republicana.

Algunos personajes destacados del catalanismo fueron masones o estuvieron cercanos a logias, por ejemplo, Francesc Ferrer i Guàrdia, fundador de la Escuela Moderna, aunque en su caso, más vinculado al anarquismo pedagógico, fue fuertemente influenciado por ideales masónicos de libertad, razón y anticlericalismo. La antorcha encendida que sostiene en sus manos la estatua que le representa en Montjuïc, es un inequívoco símbolo masón.

También Valentí Almirall, uno de los padres del catalanismo político moderno, frecuentaba círculos progresistas donde la masonería tenía fuerte presencia, aunque no hay pruebas claras de su pertenencia, sabemos que su íntimo amigo Rossend Arús i Arderiu lo era. Arús, un hacendado heredero de familia industrial de L´Hospitalet de Llobregat, ingresó en la masonería el 16 de mayo de 1866, en la logia La Fraternidad número 1 de Barcelona, En 1884 logró el grado 33, el máximo del rito escocés. También era miembro de otras logias como La Verdad, número 17 de Barcelona, el Gran Capítulo Catalán, Pureza número 2 de Lisboa, Unión Ibérica número 252 de Madrid, La Sagesse de Barcelona, Perfetta Unione de Italia y en el Gran Consejo de la Masonería Portuguesa.[1]

Arús organizó la logia Avant número 149 en Barcelona, de carácter catalanista, y de la que se convirtió en Maestro Venerable. En 1886 se celebró la Asamblea Constituyente de la Gran Logia Simbólica Regional Catalana, y fue elegido Gran Maestro de la masonería catalana. Este paladín de la libertad falleció en Barcelona el 22 de agosto de 1891, dejando en su testamento como albaceas y herederos de confianza a Valentín Almirall y Antonio Farnès para que dispusieran de sus bienes en la forma que creyeran conveniente, a fin de cumplir su voluntad de que en su casa del Passeig de Sant Joan número 26 se creara una biblioteca. Esta se inauguró el 24 de marzo de 1895, y hoy es la Biblioteca Pública Arús[2]. En sus inicios tuvo unos 24 000 volúmenes que comprendían todas las áreas del conocimiento de aquel momento. Actualmente supera los 69.000 volúmenes, entre libros y revistas. La biblioteca está especializada en la masonería. Al entrar, lo primero que se ve, es una copia de la estatua de la Libertad de la isla de Bedloe, ahora Liberty Island en la bahía de entrada en Nueva York.

Durante el periodo de la Restauración borbónica (1875–1931) y la Segunda República (1931–1939), muchas logias masónicas en Cataluña sirvieron como espacios de sociabilidad para intelectuales, maestros, abogados y médicos que también militaban o simpatizaban con partidos catalanistas como Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) o el Partit Republicà Democràtic Federal.

La Iglesia católica, que históricamente había tenido una fuerte implantación en España, era vista por la masonería como un obstáculo para la libertad de pensamiento. En Cataluña, esto coincidió con el anticlericalismo de sectores catalanistas, especialmente durante el auge del republicanismo federal y el anarquismo pedagógico. Se abren dos ramas del catalanismo, la primera anticlerical y la segunda, liderada por el obispo Josep Torras i Bages, altamente cristiana y católica. “Catalunya serà cristiana o no serà”, la máxima de su libro “la tradiciò catalana”[3] fue asumido por la militancia catalanista conservadora i gravado en la fachada del monasterio de Montserrat. Esta división se nota perfectamente en la actualidad en la pugna por liderar el catalanismo que disputan ERC, heredera de la corriente anticlerical y Junts per Catalunya, que sigue enarbolando la tradición democristiana de Torras i Bages.

Montjuïc y otros espacios simbólicos de Barcelona como el Parc de la Ciutadella o la Exposición de 1888, están impregnados de signos y símbolos de clara influencia masónica: columnas, escaleras ascendentes, figuras alegóricas, todo orientado a transmitir mensajes de civilización, orden y progreso. Pero la simbología masónica está también representada en la arquitectura moderna y la ornamentación de la decoración urbana. Hoy voy bajando la montaña en dirección al Parallell para desembocar en Colón y tomar el muelle del puerto camino de la Barceloneta, de la montaña al mar. Nada más llegar a el paso marítimo, camino de las torres de Mapfre, veo a lo lejos el primer testimonio de que los símbolos masónicos todavía proliferan. A lo lejos veo el gran Pez Dorado de Frank Gehry, sin cabeza ni cola, sin principio ni fin, que a su vez es una puerta enmarcada por el edificio Mapfre y el Hotel Arts, camino a la Sagrada Familia. Por si esto fuera poco encontramos también la esfera y la pirámide.

Y es que toda Barcelona está continuamente transmitiendo mensajes, para el que quiera y sepa escuchar. A veces son susurros, a veces gritos. Veo a muchos niños y jóvenes de diferentes países llevando camisetas del Barc̦a de diferentes modelos y temporadas, pero siempre con los colores característicos de este equipo de fútbol que es “més que un club”. Pues bien, los colores del equipo que como nadie representa a Cataluña en el mundo, provienen de la tradición masónica de sus fundadores, sobre todo un pariente de Gamper que era discípulo de Arús. Los colores azul y grana provienen del mandil del maestro, que los lucia para distinguirse de los aprendices, que los llevaban blancos. Pero hay más teorías sobre los colores de la popular camiseta, os dejo con La Vanguardia[4] y sigo mis paseos. ¡Hasta mañana, amigos!


[1]  Sánchez i Ferré, Pere: La mac̦oneria a Catalunya (1868-1936) Volum 44 de Col·lecció Estudis i documents. Ajuntament de Barcelona, 1990.

[2] https://bpa.es/en/

[3] https://archive.org/details/latradicicatalan00torr/page/n9/mode/2up

[4] https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20150408/54429731919/masoneria-barca.html

Tercer paseo por tierras catalanas: Montjuïc.

Regreso al castellano como lengua vehicular para mi relato. Siempre es más fácil escribir en el idioma, o en mi caso, los idiomas, que mejor domino, si es que se puede hablar de dominio cuando se trata de idiomas tan grandes, tan profundos, como el castellano y el sueco. Se preguntarán muchos por qué digo “castellano” y no “español” cuando me refiero al idioma en el que estoy escribiendo ahora mismo, y es que yo creo que tanto el catalán, el gallego o el euskera son idiomas españoles, porque se hablan en España o, como algunos prefieren, en el estado español. En mi parecer, deberíamos todos saber algo de los otros idiomas que se hablan en España, especialmente los habitantes de aquellas regiones que tienen el castellano como idioma propio. Es cuestión de proponérselo al pensar los currículos escolares.

Sigo paseando por la plaza de España, cruzo desde Sants con dirección al nuevo mastodóntico hotel de fachada gris, que parece un pegote irreverente con el espíritu de la palza pero al que voy acostumbrándome con el paso del tiempo. Veo ante mi la antigua plaza de toros Las Arenas, plaza que yo conocí como tal pero que cayo en desgracia con el movimiento animalista, y se apunto como un proyecto de desconexión con el resto de España. A mi no me gustan los toros, solo he presenciado una corrida precisamente en Barcelona, hace veintisiete años, y fue por entrar en la monumental. El acto de lidiar y masacrar a un ser vivo para mostrar la valentía de un señor vestido con traje de luces, me parece de lo más desagradable. Sé que a muchos les parece que es parte de la cultura española, de su esencia, y que por eso se debería conservar, pero a mi me parece que afortunadamente hay culturas que se han deshecho de costumbres como la de hacer ofrendas humanas en Méjico o los países escandinavos, sin que por eso el sentimiento nacional se haya resentido particularmente. Las Arenas se ha convertido en un centro comercial con restaurantes con vistas panorámicas en el ático y ha conservado su españolismo ofreciendo diarios pases de show flamenco, muy solicitado por los “guiris”.

Cruzo La Gran Vía de les Corts Catalanes y a continuación la Avenida del Parallell y me planto delante de la Fira, el gran complejo para ferias y exhibiciones que ha convertido Barcelona en un lugar preferente para grandes ferias y congresos, como feria la del automóvil, que en este momento se celebra allí.  La tradición ferial de Barcelona se remonta a la Exposición Universal de 1888 y a la Exposición Internacional de 1929. Justamente 1888 fue el pistoletazo de salida a la modernidad internacional. La exposición universal de ese año dejó entre otras cosas el Arco del Triunfo y todo lo relacionado con el parque de la Ciutadela. La inauguración oficial tuvo lugar el 20 de mayo de 1888, y fue presidida por el rey Alfonso XIII, que entonces tenía dos años y su madre, la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena. Un retrato de los dos se conserva en el salón de plenos del ayuntamiento de Barcelona.

Si juntamos estos dos acontecimientos, las exposiciones universales de 1888 y 1929 con el efecto de las olimpiadas de 1992 tenemos la Barcelona que conocemos hoy. La antigua ciudad industrial que a mediados del siglo XIX era la cuna de la gran industria española, junto a Bilbao, y que en muchos casos fue la primera del territorio español en introducir las tecnologías que iban surgiendo en Europa, teniendo ya en 1836 el primer “vapor” o fábrica mecanizada, el primer trayecto ferroviario en 1848, el primer barco de hierro en 1857. Barcelona fue la primera ciudad española en tener gas y electricidad, y fue sede de importantes industrias como la España Industrial y la Maquinista Terrestre y Marítima. Barcelona era la capital industrial de España, pero carecía del peso político que sus élites añoraban. Entre 1888 y 1929 surge con fuerza un movimiento nacionalista, que no lo tiene muy claro lo que quiere conseguir, si una mayor capacidad de decisión en cuestiones económicas, o una independencia total. El problema para esa élite catalana era que, al mismo tiempo que surgían organizaciones culturales y políticas que afianzaban el catalanismo, el sindicalismo obrero, apretaba para disputarle a la élite el poder en las fábricas y en las instituciones. Un difícil equilibrio mantenía la tensión con el estado por un lado y con la clase obrera por el otro, tendiendo a elegir caminos posibilistas, como el de Prat de la Riba y su Mancomunitat. Pero ahora mismo estoy frente a la torres venecianas con la mirada puesta en la cúpula del Palacio Nacional, imponente construcción que constituyó el centro de la exposición universal de 1929, conteniendo muestras de arte de todo el territorio español. Allí se inauguró en su salón oval la exposición por el mismo Alfonso XIII que 43 años antes había inaugurado la exposición de 1929. Al rey, pletórico y orgulloso en ese momento, le quedaban menos de dos años en el trono, y el 14 de abril de 1931 abdicaba, dando paso a la segunda república.

Entre las torres venecianas y el Palacio Nacional, se encuentran franqueándola los edificios que constituyen la Feria de Barcelona. La fuente que ilumina las noches de verano, la Font Màgica de Montjuïc fue construida por el arquitecto y luminotécnico Carles Buïgas. Cuatro gigantescas columnas jónicas representan las cuatro barras de la bandera catalana, atribuidas a los surcos de sangre que Luis el Piadoso de Francia planto con su mano manchade con la sangre que manaba de la herida que el conde Guifré el Pilós había recibido combatiendo a los normandos, en el escudo dorado del conde, diciéndole que ese sería en adelante su escudo y su señal. Así lo escribió el cronista Pere Antoni Beuter en 1551 en la segunda parte de la Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cataluña y Valencia, editada en castellano en Valencia, y a dejado las cuatro barras en fondo gualda en los escudos de Valencia, Aragón, Alguer y Cataluña. Pero estas columnas no estaban allí en la inauguración, ya que otras construidas con anterioridad fueron derribadas por considerarse políticas, un año antes, durante la dictadura de Primo de Rivera. Todo es simbolismo en Montjuïc y hoy se puede leer bajo una de ellas la leyende: “Restitució, com acte de justicia, de les quatre columnas enderrocades per la dictadura l´any 1928 per su carácter de simbol de Catalunya”. En Montjuïc todo es simbología. La perspectiva es imponente con escaleras que flanquean y ascienden hasta la entrada del Palacio, repleto el camino de símbolos en forma de esculturas, pequeños guiños para los conocedores de la historia y la mitología.

Subo las escaleras y sigo por el camino que me lleva a otro símbolo importante, aunque en un rincón más discreto, camino del estadio olímpico. Es el monumento al fundador de La Escuela Moderna Francesc Ferrer i Guàrdia. Este monumento es una réplica del monumento que se encuentra en Bruselas y representa un hombre atlético y desnudo, que levanta en sus brazos extendidos al cielo una antorcha encendida. La encontramos en el cruce Avinguda de l’Estadi/Avinguda dels Montanyans. Su legado, La Escuela Moderna situada en la calle Balmes e inaugurada 1901 abría el camino a la pedagogía moderna, con una base un tanto rousseauiana. El propio Ferrer i Guardia lo explicaba así:

“Los niños y las niñas tendrán una insólita libertad, se realizarán ejercicios, juegos y esparcimientos al aire libre, se insistirá en el equilibrio con el entorno natural y con el medio, en la higiene personal y social, desaparecerán los exámenes y los premios y los castigos. Se hace especial atención al tema de la enseñanza de la higiene y al cuidado de la salud. Los alumnos visitarán centros de trabajo —las fábricas textiles de Sabadell, especialmente— y harán excursiones de exploración. Las redacciones y los comentarios de estas vivencias por parte de sus mismos protagonistas se convertirán en uno de los ejes del aprendizaje. Y esto se hará extensivo a las familias de los alumnos, mediante la organización de conferencias y charlas dominicales.”

En realidad, como pedagogo que he sido, sé perfectamente que algunos de esos principios son altamente cuestionables, pero no se puede negar que muchas de esas ideas hoy por hoy forman parte de los sistemas educativos occidentales. Ferrer i Guardia acabó sus días en Montjuïc, en el foso del castillo que corona la colina, acusado de ser uno de los organizadores de la Semana Trágica, y condenado a muerte en un juicio sumarísimo por un juzgado militar.

Si seguimos subiendo por Avinguda de L´Estadi encontramos más símbolos. En la acera de enfrente, junto al Jardín de aclimatación y las Piscines Bernat Picornell, muy cerca del Estadi Olímpic de Montjuich y del Palau Sant Jordi, nos encontramos con una campana instalada en un soporte metálico, La Campana de la Paz, también llamada Campana de la Libertad. El monumento se instaló gracias a una donación realizada al Ayuntamiento de la ciudad en conmemoración de la XXV olimpiada, entre otros, por el gobierno alemán de la región de Baden-Wüttemberg y diversos particulares. Además, la compañía aérea Lufthansa patrocinó el transporte. La campana fue fundida en Heilbrun por la Fundición Bachart, una empresa con tradición de fundir campanas desde 1725. La inscripción reza “perquè l’esperit d’Olímpia plani damunt la humanitat. I la pau i la llibertad esdevinguin perdurables. Barcelona J.J.O.O. ’92”. Bello sueño, al parecer imposible en la actualidad, pero como símbolo, perfecto.

De vuelta a la izquierda de nuestro camino de subida llegamos a otro monumento simbólico. El monumento a la amistad catalanocoreana. Es un regalo del gobierno coreano a la ciudad de Barcelona en el año 2001 para homenajear al atleta coreano Young-Cho Hwang, ganador del maratón de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Es un conjunto de rocas simuladas, en una de las cuales se grabó un altorrelieve con la figura del atleta corriendo la maratón. También hay una dedicatoria del poeta Cho Byung Hwa que resalta la amistad entre Cataluña y Corea. Me extraña que en ese monumento no se realce la imagen de otro vencedor coreano en un maratón olímpico, Son Kee-chung, que venció en el maratón de Berlín en 1936, con el nombre japones de Kitei Son, ya que Corea estaba ocupada por el país nipón. Me imagino que la fuerza simbólica de la figura de Son Kee-chung, obligado a competir bajo una bandera impuesta, podía haber sido aprovechada.

El mismo estadio olímpico, que hoy se ha convertido en el lugar donde el también mítico Barcelona FC, es en sí un símbolo. Fue construido en 1927 para la Exposición Universal de 1929, como Estadi de Montjuïc. En 1936 debería haber sido la sede de Las Olimpiadas de los Pueblos, como contestación a las olimpiadas nazis en Berlín, pero el estallido de la guerra civil española, hizo que se suspendiese, cuando muchos de los atletas ya estaban en Barcelona. Para más simbología, el estadio se llama hoy  Lluís Companys, en honor a la figura del presidente de la Generalitat muerto en el tristemente famoso castillo de Montjuïc el 15 de octubre de 1940, entregado a Franco por la Gestapo desde el refugio francés donde se encontraba desde el final de la guerra civil. Paro aquí, que aún queda mucho camino en este paseo por Montjuïc.

Segon passeig per terres catalanes: Plaça d’Espanya, Labordeta i Sants.

Arribant a la Plaça d’Espanya, construïda amb motiu de l’Exposició Internacional de 1929, seguint un projecte elaborat per Josep Puig i Cadafalch i Guillem Busquets, i finalitzat per Antoni Darder, se m’obre un escenari ple de simbolisme. Al centre de la plaça, on antigament hi havia la creu de terme de la ciutat, a l’antiga carretera de Madrid, s’alça una font monumental dissenyada per Josep Maria Jujol, col·laborador de Gaudí, rica i carregada de detalls, és obra de Miguel Blay i dels germans Miquel i Llucià Oslé. La seva ornamentació barroca representa una al·legoria d’Espanya. Inclou tres conjunts escultòrics, obra de Miguel Blay, que personifiquen els grans rius que desemboquen als mars que envolten la Península Ibèrica: l’Ebre, que va a parar al Mediterrani; el Tajo i el Guadalquivir, que aboquen les seves aigües a l’Oceà Atlàntic; i els rius menors del Cantàbric, representats per figures de nens. El monument està coronat per un pebeter de foc d’estil art déco, realitzat per Frederic Llobet, que ofereix un contrapunt simbòlic a l’element que homenatja la font: l’aigua. Avui no puc contemplar els detalls de la font, perquè una de les moltes obres que es duen a terme arreu de Barcelona fa que, en part, estigui coberta per una malla metàl·lica.

Continuo el meu camí per la vorera esquerra de la Gran Via i creuo el carrer estret de Labordeta, que és el nom tradicional amb què es coneix el tram que travessa el barri de la Bordeta, corresponent al camí ral de Barcelona cap a ponent. Aquest carrer humil neix com un ramal de la via Augusta, des del portal de Sant Antoni de Barcelona, i passava per l’actual avinguda Mistral, Hostafrancs, la Bordeta, l’Hospitalet de Llobregat i Cornellà de Llobregat, fins a arribar a Martorell, on es podia creuar el riu Llobregat.

El tram concret de la Bordeta partia de la Creu Coberta, una creu amb un petit templet situada a l’actual confluència de l’avinguda del Paral·lel amb el carrer Llançà. A partir d’aquí, la carretera rep diversos noms. Es diu carrer de la Bordeta des de la Plaça d’Espanya fins a l’encreuament amb la riera de Magòria, que baixava pels actuals carrers de Joanot Martorell i Noguera Ribagorçana.

A partir d’aquest punt, el carrer pren el nom de Gavà fins a Sant Medir, on es creuava amb el Canal de la Infanta i la seva sèquia auxiliar de la Bordeta. En el darrer tram fins a la Riera Blanca rep el nom de Constitució. A partir de la Riera Blanca, ja dins del terme municipal de l’Hospitalet de Llobregat, la carretera pren el nom de carrer de Santa Eulàlia. Per a mi, aquest carrer estret i antic em porta molts records. Aquí, ja a prop de la Plaça d’Espanya, hi va tenir durant molts anys, als anys vuitanta i noranta, una botiga de material esportiu el meu amic Domingo Catalán, antic corredor de fons i, en el seu moment, campió i rècord mundial dels 100 km. Aquest home, excepcional en tots els sentits, era una aves raris en el món de l’esport. Fumava, bevia més del que seria habitual, es divertia… i tot i així podia córrer com si hagués dut una vida de monjo. Ell va ser el primer que em va ensenyar el barri de Gràcia, portant-me a la seva festa. Amb ell vaig conèixer també llocs emblemàtics com el monestir de Poblet i altres indrets de Catalunya. De Poblet en parlaré més endavant, perquè allà van passar coses remarcables que ara em vénen al cap, parlant de Domingo Catalán.

Aquesta part de la plaça està en obres i he de continuar avançant per un passadís estret que em porta fins a l’encreuament amb el carrer de Sants. Aquest carrer, que comença aquí mateix, a la Plaça d’Espanya, arriba fins a l’Hospitalet i és un carrer molt comercial, que els caps de setmana queda lliure de trànsit i permet als vianants gaudir de tot el trajecte, des de la Plaça d’Espanya fins a l’estació de Sants. Famílies senceres, bicicletes i gent que fa esport passegen per un carrer ple de terrasses a banda i banda. Una idea excel·lent, copiada del primer carrer exclusivament per a vianants del món, la Lijnbaan de Rotterdam, que es va obrir als anys cinquanta i que va resultar ser un èxit tant comercial com urbanístic.

Sants conserva encara un aire de poble industrial, tot i que les seves fàbriques van tancar fa gairebé un segle. La tradició obrera i republicana el va convertir en bressol d’Esquerra Republicana de Catalunya l’any 1931, i de Comissions Obreres de Catalunya l’any 1964, aquesta darrera a la Parròquia de Sant Medir, com a exemple de la complicitat de l’Església amb les organitzacions democràtiques dels treballadors durant el franquisme.

Primer passeig per terres catalanes: de la Plaça d’Europa a la Plaça d’Espanya.

Avui començo a explicar els meus passeigs per la història des de zero. Això es deu al fet que, des del dia 5 de maig, he fet tots els meus passeigs per Barcelona i els seus voltants, inclosa la sagrada muntanya de Montserrat. Tinc moltes coses per explicar dels meus passeigs, i començo pel primer itinerari, que em porta a sortir des de la Plaça d’Europa, als afores de l’Hospitalet de Llobregat.

Haureu notat que ara escric en català, i això és perquè jo, igual que els camaleons, prefereixo adaptar-me a l’entorn en què em trobo. Molts diran que a Barcelona es parla sobretot el castellà. Pot ser, vist superficialment i escoltant contínuament el castellà entre la gent que passeja i en tota mena de converses —incloses les que mantenen entre ells els membres de la policia local (Guàrdia Urbana) o la catalana (Mossos d’Esquadra)— es podria dir que el català és una llengua minoritària o fins i tot absent a la pròpia capital de Catalunya.

Continuaré parlant de la qüestió de la llengua més endavant, però ara seguirem el meu itinerari, que comença en aquesta plaça moderna, amb edificis alts d’esplendor de vidre i acer, envoltada d’avingudes molt transitades, entre les quals destaca la Gran Via. Prenc la vorera de l’esquerra en direcció a la Plaça d’Espanya. Les voreres són amples, travessades per camins per a bicicletes i vianants, cosa que em permet accelerar el pas, seguint aquells que, a aquesta hora tan primerenca del matí, caminen cap als seus llocs de feina en tota mena d’empreses que es troben pel camí.

Al cap de poc arribo als Jutjats, edificis nous de to groguenc que transmeten una impressió de solidesa i sobrietat, tal com se suposa que ha de ser un lloc al qual s’hi va per necessitat, quan la vida es complica. Aquí em trobo amb diferents tipus de gent; alguns vesteixen elegantment, els homes i les dones amb vestit i de tons foscos i elles, amb sabates de taló. Seran, penso, advocats, secretaris o jutges. També hi ha persones que segurament s’han esforçat a arreglar-se tan bé com han pogut, però que, per la seva roba, deixen entreveure que no solen comprar-la a les botigues cares del Passeig de Gràcia. Seran, imagino, gent acusada d’alguna cosa, familiars de reus o acompanyants d’algú encausat per rebel·lia o alguna altra qüestió… qui sap! Tot això no són més que especulacions meves, que avui dia és difícil endevinar, només per l’aspecte, a què es dedica cadascú. No és com abans, quan els pagesos portaven espardenyes i els obrers de fàbrica vestien amb tratges de pana.

De tant en tant he de parar davant d’un dels molts semàfors que travessen les voreres. El trànsit, a les vuit del matí, ja és molt intens. M’adono que el soroll constant del trànsit té un efecte semblant al d’un tinnitus, que sempre ens segueix i ens acompanya. De tant en tant, una sirena trenca la monotonia i ens recorda que, enmig d’aquesta vida quotidiana, sempre hi ha tragèdies de tota mena: angoixes, atracaments, accidents, urgències de tota classe que requereixen transports ràpids.

Nosaltres, els vianants, continuem el nostre camí, cadascú amb les seves preocupacions, pensant en els seus projectes, plorant alguna pèrdua o, simplement, escoltant la ràdio o música, o parlant amb algú a través del mòbil. Els ulls són l’única cosa que ens entrellaça d’alguna manera. Si jo miro algú, veig que aquesta persona em mira a mi; encara que porti auriculars, és conscient de la meva mirada. Passa, esporàdicament, que el vianant i jo intercanviem un somriure, i això fa el camí més lleuger. Jo penso que ja som, d’alguna manera, coneguts.

Arribo al gran encreuament que es troba a prop de l’antiga seu de la SEAT, on s’uneixen la Ronda de Badal i el Passeig de la Zona Franca, travessant la Gran Via. En creuar, penso que és una de les artèries de la ciutat, necessària per a la seva vida, com una mena d’aorta d’asfalt.

Tot just creuar, em trobo amb un malabarista que aprofita el temps que el semàfor atura la circulació en direcció a la Zona Franca per fer una actuació ràpida, amb equilibris i malabars realment hàbils. En acabar, passa el seu bombí davant les finestretes dels cotxes per recollir algunes monedes, com a gest d’admiració o de llàstima, o potser ambdues coses. Això només es pot presenciar a Barcelona, crec jo: un gest de desesperació i d’emprenedoria alhora, que porta centenars d’artistes a actuar enmig del carrer, de vegades amb una qualitat que supera la de molts que es consideren professionals.

Des que travesso l’encreuament i durant tot el camí fins arribar a la Plaça d’Espanya, m’adono que més de la meitat de tots els establiments —de tota mena: bars, restaurants, fruiteries, botigues petites i floristeries— estan regentats per xinesos. Això és quelcom nou que fa anys que constato. Fa molt de temps que les botigues de souvenirs del Barri Antic són en mans d’indis i pakistanesos, però ara els xinesos s’han expandit de veritat i en massa. No és cap problema, jo només ho constato, perquè és força remarcable.

Tenint en compte aquesta proliferació, ja hauria d’haver algun polític d’origen xinès, alguns policies, alguns mestres, i també algunes tombes al cementiri. Es diu sovint que una població esdevé autòctona quan ja té parents enterrats a la nova pàtria. Bé, “pàtria” i “pàtria”… com deia Jordi Pujol, evocant la frase de Rafael Campalans: “És català aquell qui viu i treballa a Catalunya.”

Arribo finalment a la Plaça d’Espanya, un dels espais més amplis i transitats de la ciutat, amb les torres venecianes al fons que anuncien l’entrada al recinte de Montjuïc. És una plaça sorollosa, envoltada de cotxes, autobusos i gent que ve i va de tot arreu. Però també és un lloc carregat d’història, d’actes multitudinaris, de fires, exposicions i records. M’aturo un moment al centre, deixant passar el trànsit, observant els turistes que fan fotos, els treballadors que travessen amb pressa, els ciclistes i els venedors ambulants. És aquí on acabo aquest primer itinerari, però no pas la història. Aquesta només comença.

Aquest primer passeig m’ha servit per mirar amb uns altres ulls el que pot semblar rutinari. Barcelona, i les seves perifèries, ofereix una riquesa humana i urbana immensa, plena de contrastos, de detalls que parlen del món sencer, i alhora de nosaltres mateixos. Continuaré caminant i observant, i explicaré el que veig, perquè escriure també és una forma de viatjar. I aquest viatge, que ara comença, no té altra finalitat que compartir el que els meus ulls, i potser també el meu cor, descobreixen a cada pas.

Duocentésimo paseo. Alargando el camino

Hoy, en vez pasear, podría haber corrido, como lo va a hacer mi compañera. Es la carrera de Lundaloppet (la carrera de Lund) que se corre desde 1980, 10 kilómetros por la ciudad, que ha ido creciendo desde sus comienzos, desde apenas un centenar de corredores aguerridos, a congregar a miles de participantes de todas las edades y capacidades. Este año superará los 7000 corredores. Yo he corrido esta carrera desde el principio, pero, en los últimos años, he dejado de ser fiel a esa tradición. Yo me concentraré en la carrera del puente (Lundaloppet) que es el gran acontecimiento en el sur de Suecia y en Dinamarca, con 40 000 participantes y otros cuantos a la espera de que quede alguna plaza libre. Es pura nostalgia, pues hace 25 años que se inauguró el puente y mucho de los que corremos este año, el 15 de junio, para más detalle, lo hacemos, al menos por segunda vez, ya que, después del 2000 se corrió en tres ocasiones más.

En mis paseos, en el de hoy, y en los de siempre, suelo pasar por el cementerio, un lugar precioso con grandes árboles centenarios y un ambiente agradable, grandes avenidas con tumbas bien cuidadas con arbustos, setos y flores, pequeños cerezos y magnolias. Allí tengo ya muchos amigos, profesores y hasta estudiantes, y un vecinito de cinco primaveras que nos dejó tras un accidente, al regreso de unas vacaciones. Es curioso que cuando hablamos de los jóvenes que se han ido, decimos que la muerte se los llevó prematuramente. Les compadecemos a ellos y a sus parientes, que les perdieron. Pensando, recuerdo algunas veces, que por distintas razones: accidente con la moto, caída al subir una montaña, proeza intrépida con el barco, o casualidad que me libro por los pelos de un atentado en Estocolmo, o, el año pasado, cuando me salvaron por horas, de morir por una tonta apendicitis complicada, se me dijo que “me había librado de la muerte”. No. De la muerte nadie se libra. La muerte nos acompaña desde que nacemos y ya no nos deja, hasta que nos viene a recoger, a cada uno a su tiempo.

No, no es que yo me conforme con el destino, más bien creo que tengo una visión teleológica de la vida, porque pienso que todo sucede por una razón y que hay un plan más amplio tras los acontecimientos, por lo que tiendo a buscar un propósito incluso en las dificultades. No me refiero a los hechos particulares, accidentes, enfermedades etc. sino algo que, ante la imposibilidad de evitarlo, decido vivir con ello como algo natural. Pero, mi espíritu luchador, hace que me decida a retrasar, o al menos a intentar retrasar, el momento en que “La Parca” me tome como pieza de caza.

Yo veo la vida como un corto viaje en una escalera mecánica, como las que nos bajan desde la Montjuic a la Plaza de Espanya en Barcelona, por poner un ejemplo. En el momento de dar el primer paso a la escalera rotante, que es el nacer, sabemos que llegaremos abajo, y que el tiempo del viaje esta medido. Yo no me conformo con eso y, desde hace unos años me he puesto a correr en dirección contraria, subiendo en lugar de bajar. Por eso camino y corro, para nivelar la lucha durante, al menos, un pequeño lapso de tiempo. Y es que yo adoro la vida, con todo lo que puede dar, todas las sensaciones, hasta las desagradables en cierto punto. Camino y camino, mirando las lápidas: nombres conocidos, personajes famosos, ricos que han pretendido conservar su condición ante nosotros, dejando construir lapidas y tumbas pretenciosas, otros, más humildes o menos ostentosos se conforman con una simple lapida con su nombre y oficio o, como en el caso de mi antiguo profesor, Bengt Ankarloo, con una placa con su nombre del tamaño de los rótulos de las puertas, junto a otras muchas de idénticas dimensiones, que marcan el lugar donde sus cenizas fueron esparcidas en el prado común, el llamado “Minneslund” o Prado de la memoria.

Me vienen a la memoria las famosas estrofas de Jorge Marnrique, que hace más de 600 años describió elegantemente, en forma de coplas, lo que yo hoy querría expresar más burdamente en mi pobre prosa:

1
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

2
De manera que trae muerte
lo que vive, y es verdad
acompañamiento;
que todos somos de la suerte
de aquello que vemos pasar
lento y presto.

Es esa inercia de la escalera mecánica a la que me refiero. Allí vamos todos, aunque podemos resistirnos un poco, darle trabajo a la muerte, no ponérselo tan fácil, aunque sepamos que el final será el mismo. No es que yo corra así por que sí, lo hago porque sé que haciéndolo tengo una cierta posibilidad de retrasar mi regreso a la tierra. Diez años más, nos han vaticinado científicos americanos que podemos añadir a nuestro viaje. Y es el propio viaje lo importante, como decía Machado, Karin Boye o, al poeta indio que estoy releyendo ahora, Rabindranath Tagore, y su poema “El viaje” (The Journey):

“El mar matinal del silencio se quebró en ondas de cantos de aves;
junto al camino, las flores se vestían de alegría;
el tesoro de oro se dispersaba en las grietas de las nubes
mientras, absortos en nuestro andar, no reparábamos en nada.

No entonábamos himnos alegres ni tocábamos melodías;
no íbamos al pueblo en busca de trueque;
ni dijimos palabra, ni esbozamos sonrisa,
ni nos demoramos en la senda.
Aceleramos el paso cada vez más, al compás del tiempo que huía.

El sol trepó al cenit y las palomas arrullaron bajo la sombra.
Las hojas marchitas danzaron y giraron en el aire ardiente del mediodía.
El pastorcito dormitaba y soñaba tras la silueta del sicomoro,
y yo me tendí junto al agua
estirando mis miembros fatigados sobre la hierba.

Mis compañeros se burlaron con risas desdeñosas;
alzaron la frente y siguieron presurosos su marcha;
jamás miraron atrás ni buscaron reposo;
desaparecieron en la lejana bruma azul.

Atravesaron praderas e infinitas colinas,
cruzaron tierras extrañas y muy apartadas.
¡Honor a vosotros, valeroso ejército del sendero sin fin!
La burla y el reproche me urgían a levantarme,
pero hallaron en mí un silencio sin respuesta.

Me di por perdido
en lo hondo de una gozosa humillación
—en la penumbra de un placer tenue.

El sosiego de la penumbra verde, bordada de sol,
se extendió con lentitud sobre mi corazón.
Olvidé el motivo de mi viaje,
y cedí mi mente sin resistencia
al laberinto de sombras y cantos.

Por fin, al despertar de mi sopor y abrir los ojos,
te vi junto a mí, inundando mi sueño con tu sonrisa.
¡Cómo temí que el camino fuera largo y fatigoso,
y ardua la lucha para llegar hasta ti!”

Está claro que Tagore, influido por la tradición mística oriental, ve el camino como búsqueda de la unidad con lo trascendente. La resistencia inicial (“me urgían a levantarme”) fructifica al rendirse a la experiencia contemplativa. Culmina el poema con el hallazgo del “tú” junto al yo lírico, una aparición redentora que convierte todo el esfuerzo anterior en camino merecido, pues la verdadera meta es el encuentro. Cómo dice Karin Boye:

“Ciertamente hay meta y sentido en nuestro viaje,

pero es el camino el que justifica el esfuerzo.”

Para Karin Boye la vida es también un viaje continuo: quedarse es estancarse, avanzar es crecer. “ciertamente hay meta y sentido en nuestro viaje”, dice Boye, sin aclarar cual es esa meta; el camino, la propia vida “justifica el esfuerzo”. La poetisa acortó su viaje suicidándose la noche del 23 al 24 de abril de 1941, a los 41 años, en en Norrtälje, en medio de una depresión profunda. Boye estaba profundamente inquieta por la deriva política de Europa y el ascenso de los totalitarismos. Ese clima de desesperanza exterior se sumó a su tormento interno y decidió acortar el camino, que ella ya no consideraba que justificara el esfuerzo.

 Nuestro Antonio Machado, que desconozco si fue leído por Boye, escribía sobre el camino como metáfora de la vida misma, pero comunica un optimismo autentico, esperanzador y emancipador:

“Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.”

Machado nos invita a asumir que no hay rutas seguras y que el verdadero valor está en atreverse a avanzar, paso a paso. Formado en la Institución Libre de Enseñanza, y heredero de aquel liberalismo humanista que valoraba la libertad interior y la fraternidad, Machado es optimista. Esta idea del liberalismo que comparto junto a mi fe en la enseñanza como un ejercicio de esperanza, de sentido de la propia vida. Como decía Krause, ya en 1812:

“La Humanidad celebra en la vida de su alianza para la educación su continuo rejuvenecimiento, y así gana una vida más elevada y más bella; y aunque las generaciones vayan sucumbiendo como las hojas, crece el árbol de la vida más alto y más bello con fuerza jovial, mostrando en patente riqueza continuamente sus flores y sus frutos.”[1]

Con estos últimos pensamientos y el recuerdo de una lápida que contemplé en Alguero, en la bella Cerdeña, en la tumba de un caballero sin nombre, que yace enterrado en el piso de mármol de la basílica di Santa Maria, la catedral de L’Alguer. Bajo el crucero, cerca del altar mayor, aparece grabada esa inscripción sobre la losa funeraria que cubre su sepultura. Allí, justo a los pies del coro, puede leerse:

“Io ero ciò che tu sei, tu sarai ciò che io sono.”

Y, pensándolo bien, se trata de seguir el camino, alargándolo, marchando siempre hacia adelante, en mi caso enseñando, que es lo mío, y escribiendo estas entradas en mi blog, que ojalá alguien lea y comparta. Hoy no correré, pero el 15 de junio lo haré, si llego.


[1] F Krause, Das Urbild der Menschheit, 1.ª ed. Dresden, 1811 (de la 2.ª edición: Göttingen 1851, p. 234).

Centésimo nonagésimo noveno paseo. Seis días que transformaron España.

Hoy he salido a pasear después de escribir la entrada del viernes, que se refería al 1 de mayo. Todo estaba tranquilo, los parques desiertos, las calles casi vacías, aun siendo un día normal de trabajo, pero se ve que algunos se han tomado un puente. En España y especialmente en Madrid hoy es un día festivo, porque se recuerda el comienzo de una semana vertiginosa, que cambiaría el rumbo de la historia en nuestro país y, como se vería más adelante, significaría el principio del fin de la era napoleónica.

El 2 de mayo de 1808, Madrid estalló al ver cómo las tropas napoleónicas arrancaban a la familia real, y una multitud se enfrentó a los granaderos ante el palacio. Al día siguiente, Murat ordenó fusilar sin piedad a los sublevados en Moncloa, mientras en Móstoles su alcalde Andrés Torrejón proclamaba la guerra a Francia. Las protestas se dispararon por toda la península, naciendo juntas provinciales y revueltas populares. En medio de este tumulto, el 6 de mayo, Napoleón consumó las abdicaciones de Bayona: la corona pasó de Fernando VII a Carlos IV y de éste al propio emperador, que situó en el trono a su hermano José. Fue el preludio sangriento de la resistencia española y el inicio de la Guerra de la Independencia.

Afortunadamente disponemos de gran cantidad de fuentes históricas que nos permiten reconstruir los acontecimientos. Las fuentes nos dejan ver la magnitud de la tragedia a pie de calle, barrio por barrio, casa por casa. Diferentes historias de victimas y héroes. Podemos leer el caso de Alfonso Esperanza Reluz, un niño de once años nacido en Madrid y vecino del barrio de Cuatro Caminos, que cayó herido de gravedad durante la refriega del 2 de mayo junto a la iglesia de San Isidro, en la confluencia de la calle Toledo y la Plaza de la Cebada y fue trasladado agonizante al Hospital de la Latina, donde falleció poco después. Su cuerpo fue enterrado más tarde en la parroquia de San Millán. [1]

Alfonso fue uno de los muchos caídos durante los hechos, como también lo fue Francisco Otero y Méndez, de veintiún años, natural de Santa Eulalia de Villamor (Mondoñedo), que trabajaba como mozo de pala en la tahona de doña María Cándida Escribano, viuda de don Pedro Clarouche, junto a las Maravillas. ¡Dios mio, es mi antiguo barrio en Madrid! Siento las alas de Clío.  Este muchacho fue uno de los héroes del asalto al Parque de Artillería. Su ama relata que lo vio partir valiente, combatir con arrojo y caer herido y arrastrarse desangrándose hasta el Hospital, donde falleció el día 15.[2]

Cayeron jóvenes y viejos, pobres y ricos, trabajadores y nobles. Encontramos a relevantes personalidades también de fuera de Madrid, como el catalán Carlos Nogaés y Pedrol, médico honorario de Cámara de S. M. y catedrático de Clínica en la Universidad de Barcelona, que ejercía como vicepresidente de la Junta de Medicina de Cataluña cuando se formó en 1807. Natural de Santa Coloma de Queralt. Estaba ocasionalmente en Madrid cuando fue llamado el 2 de mayo al Palacio de Vicálvaro para atender a los heridos tras el levantamiento. Al volver a su casa en la calle del Carmen, un tiro de pistola disparado por un soldado francés lo alcanzó en la cadera derecha. Lo llevó el platero José Álvarez al cirujano y paisano de Nogaés José Capdevila, que extrajo la bala y fragmentos óseos. Sobrevivió, regresó a Cataluña y fue nombrado primer médico de los ejércitos de Aragón y Cataluña, pero murió tres meses después a consecuencia de complicaciones por su herida. [3]

Encontramos entre las victimas héroes y heroínas que lucharon frenéticamente y gente que cayó de forma fortuita “sin comerlo ni beberlo” simplemente porque una bala intencionada o perdida se cruzó en su camino, mientras estaban es su casa, en el balcón o sorprendidos en la calle, en medio de la revuelta. Una de las más famosas heroínas fue Clara del Rey y Calvo, de 41 años, vecina de la calle San José, en las Maravillas, y fue al parque de artillería de Monteleón junto con su esposo Manuel González Blanco y sus tres hijos, de Estanislao de 15, Ceferino de 16 y Juan de 19 años. Cuando el fuego cruzado envolvió el Parque de Artillería, Clara no abandonó ni un instante su puesto junto a los cañones. Con voz firme, avivaba el valor de sus hijos mientras descargaban sus piezas contra el invasor. Fue en ese arrojo, entre el estruendo de metralla, cuando el casco de una bala de cañón le estalló en la frente y la muerte le sobrevino al instante. Su cuerpo fue sepultado con honores en el cementerio de la Buena Dicha, y Juan González Rey, su primogénito, tomó el fusil de soldado en la 5.ª compañía del tercer escuadrón de cazadores de Sagunto. Juró entonces empuñar las armas “para defender la patria y vengar a su madre”. [4]

Para hacernos una idea de la violencia podemos constatar que nadie estaba seguro allí donde los altercados se producían, como es el caso de Eugenio Aparicio y Sáez de Zaldúa, corredor de Vales Reales, que vivía en el número 4 de la Puerta del Sol. Cuando tras la refriega los franceses hallaron en su portal el cuerpo de un mameluco de la Guardia Imperial, la propia tropa asaltó su casa. A bayonetazos le obligaron a descender por la escalera hasta el zaguán, donde remataron su vida sin piedad. Su sobrino Valentín de Oñate, un muchacho de dieciocho años, y el dependiente Gregorio Moreno sufrieron idéntica suerte. La mansión, una de las más ricas de Madrid, fue entregada al saqueo y la destrucción, y solo escaparon al horror la esposa de Aparicio y una criada, que, junto al bebé de cuatro meses, se refugiaron precariamente en los tejados.[5]

Y así, página tras página voy encontrando una lista de 406 muertos y 172 heridos, 578 víctimas constatadas y presentadas con todo tipo de detalle. Individuos anónimos los más, aunque algunos como Daoíz y Velarde, Clara del Rey y Manuela Malasaña, han pasado a la posteridad. La última ha dado su nombre a la calle más conocida de Madrid, desde la época de “la Movida”. Hoy Malasaña, de apenas unos pocos centenares de metros, es uno de los ejes principales de la zona y concentra tiendas de moda alternativa, como la de la anterior alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena y galerías de arte, bares y cafés de ambiente bohemio.

Manuela Malasaña y Oñoro, que es la última víctima que presento aquí, tenía quince años cuando su padre le pidió que llevase munición al Parque de Artillería. Manuela era bordadora, hija de Juan Malasaña y María Oñoro y vivía en la calle de San Andrés, nº 18, cuarto. Según certifica el capitán Manuel Goicoechea, “un paisano anciano ocupó a su hija única de 15 años en llevarle cartuchos al Parque, en cuya ocupación fue muerta de una bala, y su padre, imperturbable, continuó tirando hasta la tercera orden que le envié”. Antonio García Bermejo añade en su oración fúnebre de 1817 que aquel anciano, Juan Malasaña, murió luego de pena durante la dominación francesa, y que María Oñoro también falleció.[6]

Toda esta información y toda la lista detallada de víctimas del 2 y el 3 de mayo, porque muchas de las victimas fueron fusiladas al día siguiente, en diferentes lugares, entre otros la Moncloa, la podeís encontrar en el trabajo de Juan Pérez de Guzmán, “Muertos y heridos el dos de mayo de 1808” publicado por la Real Academia de la Historia. Seguid el enlace abajo.


[1] Folio 31 de las actas del hospital y en el folio 80 de San Millán, y archivos municipales de Madrid (expediente 2-327-13) y en la lista de víctimas, 1816.

[2] Su muerte quedó consignada en el libro I, folio 207 de la Comisaría de Entradas del Hospital de la Pasión; en el folio 357 del registro del Hospital General; en la lista del cuartel de las Maravillas, núm. 144; en el archivo municipal de Madrid (expediente 2-329-38); y en la partida de defunción del folio 357 del Hospital General.

[3] Archivo Municipal de Madrid, 2-329-00; Lista de víctimas, 1821.

[4] Lista del cuartel de Maravillas, n.º 148; Archivo Municipal de Madrid, exp. 2-327-15 y 2-329-41; Lista de víctimas, 1816.

[5] Lista del cuartel de San Jerónimo, n.º 175; partida parroquial del Buen Suceso, folio 91; Archivo Municipal de Madrid, 2-328-22; Lista de víctimas, 1816; Archivo del corregimiento de Madrid, 1-96-51; Archivo de la Real Casa de Fernando VII, papeles reservados, tomo 117.

[6] Archivo Municipal de Madrid (expediente 2-328-22; lista de víctimas, 1816), su familia pidió pensión a la viuda de un hermano materno, Marcela Oñoro, pero ella aclaró que Manuela fue fusilada por los franceses a las puertas del Parque el 2 de mayo, donde aún en 1815 se erguía una cruz que recordaba su heroísmo y conmovía a todos los transeúntes. (Lista del cuartel de Maravillas, nº 145; Oración fúnebre del 2 de mayo, García Bermejo, 1817, p. 53.)

https://www.rah.es/wp-content/uploads/2021/04/RAH_Juan-Perez-de-Guzman-y-Gallo-Muertos-y-Heridos-1.pdf

Centésimo nonagésimo octavo paseo. Banderas bajo el sol

Llego a la Plaza Mayor de Lund atraído por la música de una orquesta de viento tocando un pasacalle, que rompe el silencio de una mañana festiva. Es el 1 de mayo. Veo en la plaza banderas rojas y gente reunida en corrillos, conversando, como ante una excursión dominguera. Algunos llevan en sus manos palos con pequeñas pancartas de cartón escritas a mano. No los cuento, pero con la orquesta y todo, pueden ser unos 80 o 90, todo lo más 100, contando algún niño en su carrito. Sigo mi camino por un Lundagård desierto y bañado por el sol y oigo como la orquesta empieza a entonar una marcha casi militar. Me paro al escuchar como la orquesta, ahora tocando la Internacional, se me va acercando y decido pararme. Casi al instante, los veo tomar la calle Kungsgatan precedidos por un policía que va caminando por el centro de la calle desierta, como para abrir camino. Yo soy el único público, pero la banda de música toca como si la calle estuviese abarrotada. Se oyen algunas consignas, que una mujer joven grita por un altavoz de mano y que algunos en el cortejo corean. La mayoría parece haber sobrepasado la edad de jubilación con creces, aunque veo algún que otro participante en edad escolar. Distingo entre los convocados a unos cuantos políticos locales y entre ellos a Heléna Fritzon, parlamentaria en Bruselas. Cuatro o cinco banderas rojas rodean la bandera sueca, llevada por una joven tocada con hiyab. En las pancartas leo lemas como: “Llevemos a Suecia en una nueva dirección” y “yala yala trabajo para todos”, “Di no al racismo”, “Ningún racista por nuestras calles”.

Vi pasar el cortejo por la calle soleada, al paso marcado por la orquesta, que tocaba incansable las melodías más conocidas del movimiento obrero. Los vi alejarse, camino del edificio de la universidad, a esta hora desierta, pero que a partir de las cinco de la tarde estará repleta de gente de todas las edades, donde las gorras blancas de los estudiantes lucirán en el sol de la tarde. Sigo mi camino y paso por la puerta de la Palestra y Odeón, antigua sala de esgrima y gimnasia de los estudiantes, y allí me encuentro con un grupo de músicos de la orquesta estudiantil Academimusiccorpset Bleckhornen (el Tintero) con sus uniformes blancos cubiertos de medallas, pañuelos de colores y gorros estrambóticos, que conversan al sol, esperando a que pase el desfile socialista para empezar a ensayar ante la actuación de la tarde. Me detengo a preguntarles la hora de la actuación de los coros estudiantiles, y me dicen que a la seis de la tarde. Se les ve felices ante este acontecimiento, que para alguno de ellos será el primero y que repetirán muchas veces, como parte del ritual estudiantil de Lund, tan rico en rituales de todo tipo. Pienso que los que participan en el desfile socialista, también lo hacen como parte de un ritual, para algunos, la mayoría creo, familiar.

Dejando ya Lundagård, prosigo mi camino sin dejar de pensar en el desfile, las consignas y lo que todo esto dice sobre la política en Suecia en este momento. Lund tiene hoy 131 590 habitantes, según el último censo. El partido más votado en las elecciones de 2022 fue el socialdemócrata (S) con el 24,04 % y el partido de la izquierda, los antiguos comunistas (V), también presentes en el desfile, lograron el 10,97%, los demás partidos que se declaran no-socialistas tuvieron una clara mayoría, pero, los socialdemócratas consiguieron una alianza con el más antisocialista de todos los partidos suecos, los moderados (M) y lograron quitarnos a los liberales (L) la dirección de la comuna, además con la ayuda de V y de los cristianodemócratas (Kd). De esto se deduce que la política de Lund no se mueve por convenciones ideológicas. La ciudadanía va a votar en gran número (83,54%) pero luego se desentiende completamente, sino surge algo que ataña especialmente a un grupo concreto, como puede ser el cierre de alguna escuela o el trazado de alguna nueva urbanización. De los más de 33 000 votantes de la izquierda, solo movilizaron a este pequeño grupo y eso da que pensar.

Lo primero que está bien claro es que los habitantes de Lund no tienen muchas reivindicaciones que exigir. Lund es una ciudad privilegiada, con universidad, hospital regional e industrias punteras dentro de la tecnología y la medicina. Obreros hay pocos, porque las industrias que hay aquí requieren una alta formación de sus empleados: Axis Communications, Tetra Pak, Alfa Laval, Ericsson, Consafe Logistics, Qliktech International, GPI Flexibles, Sigma Connectivity, etc. Aparte la universidad, la comuna y la región, sin olvidar European Spallation Source y los empleados en defensa, forman un cuadro mayoritario de trabajadores con educación superior y una media de salarios mucho más alta que la de Suecia en general. El paro, que en Suecia está llegando a un inaudito 10%, se mantiene en un 4%.

¿Dónde están los obreros proletarios? En el sentido clásico marxista, proletarios son quienes carecen de medios de producción propios y sólo obtienen sus ingresos vendiendo su fuerza de trabajo. En Lund podríamos incluir, sobre todo, al personal de servicios de limpieza y conserjería, tanto en edificios universitarios, bibliotecas, laboratorios, como en hospitales, escuelas, hoteles y oficinas. También podríamos contar empleados de la hostelería y el comercio minorista, camareros, cocineros, repartidores, cajeras y dependientes que sostienen el vibrante tejido de bares, cafeterías, restaurantes y tiendas del centro. Conductores y mozos de almacén de empresas de transporte y reparto, incluidos mensajeros a domicilio y logística de e-commerce, cuya jornada depende de contratos temporales o por horas. Y, claro está, personal de atención social y sanitaria no especializado, cuidadores de ancianos, auxiliares de clínica, limpiadores de centros de salud y de residencias, con salarios fijos y escasa negociación colectiva. Entre las empresas de alta tecnología hay también obreros no especializados, como

Trabajadores de la construcción y mantenimiento, albañiles, pintores, electricistas, fontaneros y operarios de obra pública que participan en la urbanización de la ciudad y sus campus, son en gran parte obreros por propia cuenta, PYMES, o pertenecen a empresas extranjeras, sobre todo en el caso de la construcción.

Suecia tiene una gran tradición sindical. Las asociaciones obreras han sido el mayor soporte de socialdemocracia, su organización centrar LO (Landsorganisationen) estaba directamente conectada con el partido, hasta el punto que la pertenencia a LO implicaba automáticamente la pertenencia al partido socialdemócrata. Pero todo ha cambiado en los últimos años y los directivos de LO no sabe explicar por qué cada vez más afiliados votan al SD, el partido de ultraderecha. La respuesta sencilla es, por supuesto, la inmigración. En especial los hombres de LO se muestran escépticos por motivos tanto económicos como culturales. Al no encontrar respaldo en el S, se han acercado al SD, que piensa igual como ellos. Es fácil olvidar cuánto ha cambiado esto. Hace poco más de una década, dos tercios de los miembros de LO votaban a los socialdemócratas. En las elecciones de 2018, un tercio votó al S y aproximadamente otro tercio al SD. Pertenecer al primer tercio o al segundo es algo bastante decisivo. Socialdemócratas y LO están entrelazados desde antiguo. Hasta los años 90 los afiliados de LO se cotizaban automáticamente en el S, y se contaban como miembros del partido. Las federaciones regionales siguen donando millones al partido cada año y el presidente de LO ocupa un puesto fijo en el comité ejecutivo de los Socialdemócratas. Ero solo pude ver una pancarta en el desfile de Lund con el logo de LO, y, con toda seguridad no había entre los participantes muchos “trabajadores proletarios” en activo.

Suecia ha sido durante décadas uno de los países con mayor afiliación a los sindicatos y a los partidos, especialmente al bloque socialdemócrata. Hoy esa pertenencia ya no está garantizada desde el nacimiento o la familia, sino que cada votante cuestiona caso por caso sus opciones y, por tanto, sus votos oscilan con más facilidad. La ciudadanía busca cada vez más resultados concretos en temas inmediatos, vivienda, impuestos, empleo, y menos grandes relatos ideológicos. Esto favorece al electorado volátil y a los partidos que ofrecen soluciones puntuales más que a los marcos ideológicos clásicos. El declive de la confianza en los actores tradicionales, tanto de izquierda como de derecha, ha abierto espacio a formaciones nuevas como SD, y a candidatos “profesionales” o procedentes de la sociedad civil que prometen no ser políticos al uso. Un caso en nuestro propio partido es el de Anna Maria Corazza Bildt, esposa del anterior primer ministro sueco Carl Bildt y representante del partido moderado, que se presentó a las elecciones europeas del pasado año representando a nuestro partido, como ”empresaria defensora de los intereses de los emprendedores”.

La política se vive cada vez más en retazos de X, TikTok y spots de 30 segundos. La deliberación pausada, acudir a asambleas, leer programas extensos, escuchar debates largos, ha dado paso a la inmediatez, el titular y la anécdota viral. La reflexión pausada ya no se lleva. Pero hay temas, como la inmigración, el género, la identidad etc. que logran movilizar a grupos muy activos, pero otros asuntos de fondo, reforma del mercado laboral, transición energética, calentamiento climático, apenas generan pasión ciudadana. Esa inquietud temática puede parecer desinterés generalizado, cuando en realidad es un interés muy focalizado.

El descontento no es con la política per se, sino con la falta de ejemplaridad, escándalos de corrupción, que los hay también aquí en Suecia, conflictos de intereses o incumplimientos reiterados han inflamado la idea de que “todos son iguales”. De ahí surge tanto la tentación de renegar del sistema como la urgencia de renovarlo. La política ha devenido líquida más pragmática, menos mediatizada por la lealtad partidaria y más dependiente de figuras carismáticas o de propuestas muy concretas. Es un reto para la democracia, porque la deliberación colectiva necesita cauces y paciencia, y hoy todo es más fragmentado y fugaz. Pero también ofrece la oportunidad de reinventar la política como servicio público de proximidad, de involucrar a la gente en decisiones reales y de construir confianza a base de resultados tangibles, más allá de los viejos lemas ideológicos. No soy socialista, pero me dio pena ver este cortejo de personas mayores, marchando bajo el sol, en una ciudad vacía.

Centésimo nonagésimo séptimo paseo. Ofrendas

Ayer di dos paseos, el primero por la mañana y el segundo por la tarde. El de la tarde me llevó a Stadsparken (parque de la ciudad) donde ya estuve de mañana, cuando los estudiantes venían por todas las calles en dirección al parque, con sillas de camping y neveras llenas de cerveza y algo para picar, porque estarían allí, celebrando su gran día, la víspera de Valborg, el 30 de abril. Ya de tarde regresé al parque, que se iba llenado de gente mayor, familias y niños, que se abrían camino entre los miles de estudiantes que quedaban y que habían estado celebrando desde muy temprano. Todos íbamos en dirección al centro del parque, donde ya estaba preparada una hoguera gigantesca compuesta de ramas y troncos. Coros de música amenizaban la función, aunque sus melodías tenían que competir con música proveniente de cientos de aparatos de toda clase que emitían música a gusto de cada corrillo. A la hora prevista, las ocho menos cuarto en punto, un ciudadano elegido para esa ocasión, en este caso el presidente de un club de balonmano, originalmente una asociación estudiantil de gimnasia y atletismo, LUGI (La asociación de gimnasia y atletismo de la universidad de Lund) club al que yo pertenecí muchos años y en el que practiqué el atletismo como atleta y más tarde como entrenador, cosa que ya he descrito en otra entrada.

El orador, cuya voz se abrió paso entre el gentío, ensalzó las bonanzas de la ciudad de Lund, sus tradiciones, la universidad y el espíritu juvenil de la ciudad, que esa condición estudiantil le concede. La diferencia de la edad mediana sueca, 41 años y la de Lund, 39, tampoco es tan grande, pensé. Bueno pues, tras el largo discurso, sufrido por todos con paciencia y buen humor, se pasó a prender fuego a la hoguera, que esta vez, al contrario que en otras ocasiones, prendió a la primera y las llamas se fueron alzando hasta quedar bien visibles para casi todos los asistentes, al menos los de más que mediana estatura. En ese momento, con las miradas y los móviles de todos los asistentes dirigidos a la hoguera, se debió de llegar a la sensación que el simbolismo de esta celebración trata de despertar.

En esta tarde del 30 de abril, las grandes hogueras, los valborgsmässobål, tienen un doble simbolismo que hunde sus raíces en ritos paganos y cristianos. Por un lado, el fuego actúa como purificador, ya que quemar leña u otros materiales combustibles ancestralmente servía para ahuyentar los últimos vestigios del invierno, las enfermedades y los malos espíritus. Por otro, es un faro de bienvenida a la luz y al calor de la primavera. Al encender la hoguera, la comunidad sellaba colectivamente el paso del frío al renacer de la naturaleza. Walpurgisnacht en Alemania y países bálticos, también la noche del 30 de abril, hermanada con Valborg, conserva hogueras y bailes al filo de mayo.

En cuanto a tradiciones análogas, España ofrece un ejemplo muy cercano en las hogueras de San Juan, 24–25 de junio, cuando se prenden fogatas en playas y pueblos para celebrar el solsticio de verano y quemar símbolos de lo viejo. València va más allá con Las Fallas, enormes estructuras, obras de arte de madera y cartón incendiadas la noche de San José, en marzo, como catarsis colectiva. En el resto del mundo también encontramos rescoldos de esta herencia de fuego y estación. Por ejemplo en las islas británicas y Bretaña perdura Beltane, también 30 de abril, con fogatas en colinas para asegurar fertilidad y protección.

En Latinoamérica, algunas comunidades celebran la Quema de Judas en Semana Santa, o las hogueras de Año Nuevo en Ecuador, con quema de muñecos para purgar lo negativo. En Asia Central, el Nowruz el 21 de marzo, incluye saltar sobre hogueras para atraer salud y prosperidad con la llegada del equinoccio. A lo largo de latitudes y culturas, el fuego encendido en un mismo acto colectivo sigue representando fuerza, renovación y purificación, marcando el pulso de los ciclos de la tierra y de nuestras propias tradiciones. Y mirando la fogata, pienso en mi antiguo profesor, Bengt Ankarloo, que en su tesis en 1971 estudiaba los procesos de brujería en Suecia (Trolldomsprocesserna i Sverige) y con el que yo tuve largas conversaciones durante nuestro viaje a Andorra en la primavera de 1990, sobre los procesos y sobre los mitos sobre la Inquisición.

Durante la Edad Media y la Europa moderna temprana, el fuego fue instrumento y metáfora de purificación. La quema de supuestas “brujas” en la hoguera obedecía a una doble lógica: punición y escarmiento. Se consideraba la brujería, la práctica de artes mágicas fuera de la ortodoxia cristiana, como herejía y pacto con el demonio. El tribunal eclesiástico o civil buscaba, mediante la hoguera pública, castigar al blasfemo y disuadir a otros de seguir su ejemplo.

El fuego representaba el juicio de Dios, así como el fuego limpia los metales al fundir sus impurezas, se creía que, a través de las llamas, aquel cuerpo infestado de malicia quedaría consagrado al Creador. Se pensaba que el acto purgaba Santidad de la comunidad y expiaba el pecado colectivo, que se creía había permitido la expansión del mal. En este sentido, me parece que existe un parentesco conceptual con las hogueras de purificación de Valborg o las fallas de San José. En todos los casos, la llama renueva la comunidad, erradica lo dañino y abre el paso a un ciclo más vivo. Sin embargo, mientras en esas fiestas el fuego se enciende para celebrar el renacer de la luz y la esperanza, en la caza de brujas la hoguera se convirtió en un instrumento de miedo y violencia, revestido de un pretendido humanismo religioso que creía librar al mundo de las sombras.

Yo veo en estas hogueras de Valborg y la quema de brujas, una similitud bastante clara con las ofrendas bíblicas. En el Antiguo Testamento, el fuego de las ofrendas, holocaustos, sacrificios quemados en altares, era la forma suprema de entregar regalos a Dios. El humo ascendente simbolizaba la comunión directa con lo divino, la expiación de pecados, y la gratitud, un acto íntimo de alianza entre creyente y Creador. En los tres casos, el fuego sirve de mediador entre dos planos: purificador y transformador, pues la combustión cambia la materia y el símbolo.y conector vertical, porque las llamas o el humo suben y llevan intenciones, temores o alabanzas hacia lo trascendente.

La gran diferencia está en la intención y el contexto social. En Valborg, se celebra la vida y la renovación. En la caza de brujas, se busca eliminar el mal mediante un castigo público. En las ofrendas bíblicas, se ofrece lo mejor a Dios para recibir bendición o perdón. Como podemos leer en el Génesis 4:4, Abel, que era pastor, sacrifico a la mejor de sus ovejas a Dios y esta ofrenda fue del agrado del todopoderoso, mientras que la ofrenda de Caín, agricultor, no fue de su agrado. Curiosamente, en las hogueras actuales echamos lo que ya no nos vale mientras que, las ofrendas religiosas, siempre son florales, con la excepción de la comunión, que, en su dimensión mítica, se erige como un rito de ofrenda compartida en el que lo humano y lo divino se entrelazan en un acto de entrega y renovación. Ante el altar, el pan y el vino reposan como frutos de la tierra y de la vid, tesoros sencillos que han nacido de la labor del campesino y del fruto del sol. Al alzar la hostia y el cáliz, el sacerdote ofrece al Creador lo mejor de su pueblo, consagrando esos elementos para que, transformados, se conviertan en símbolos vivientes del vínculo eterno entre lo finito y lo infinito.

En el mito de la comunión late la idea del sacrificio, no como una renuncia estéril, sino como una ofrenda generosa que desborda la mera transacción. El pan se parte y el vino se vierte para que cada fiel reciba, en su boca y en su corazón, la presencia viva de lo divino. Al compartir ese único pan, la comunidad se afirma unida, no hay grano que alimente al yo aislado, sino que todos beben de la misma copa, participan de la misma mesa. El gesto de partir el pan evoca el sacrificio primordial, la ofrenda suprema, en la que el propio dios entrega su ser al mundo para restaurar la armonía rota.

La liturgia envuelve cada movimiento con un halo de misterio: el pan sube envuelto en aromas de trigo y levadura, el vino brilla como la sangre nueva de la creación. La voz del sacerdote canta la consagración, y el espacio se llena de un silencio expectante, pues se cree que, en ese instante, el cielo y la tierra se entrelazan. Los fieles reciben la comunión con gratitud y asombro, conscientes de que, al comer y beber, no solo nutren su cuerpo, sino que renuevan su pacto con lo divino. Así, la comunión es mucho más que un alimento sagrado, es la ofrenda permanente que cada generación hace de sí misma, un recordatorio de que la vida brota en la entrega y florece en la comunión de todos los corazones. Los católicos creemos en la transubstanciación, es decir, que el pan y el vino, o la ostia, se convierten realmente, aunque su aspecto siga siendo el mismo, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es un misterio que solo el sacerdote puede consagrar al actuar “in persona Christi”. La mayoría de los protestantes lo entiende de forma consubstancial (luteranos) o simbólica (calvinistas, bautistas, evangélicos), viendo el pan y el vino como señales que evocan la presencia espiritual de Cristo y renuevan la fe de los creyentes, sin cambio físico del alimento.

Imagino los problemas que los misioneros cristianos, católicos o protestantes, pudieron tener para explicar el misterio de la comunión a indígenas de todo el mundo. Cómo hacer comprender la comunión a alguien diciendo que se hace como memoria de la ofrenda del hijo de Dios y que, lo que se come, es el cuerpo y la sangre del mismo, o, en el caso de los protestantes, que se hace en memoria de esta ofrenda.

En “Los Discursos en la Comunión del Viernes” Søren Kierkegaard pone de manifiesto la tensión ética entre comunión y el canibalismo. Para Kierkegaard, la comunión es una excepción a lo ético, “una suspensión teleológica de lo ético”. Lo ético queda suspendido por un poder superior, un mandato divino directo. Además, la concepción kierkegaardiana de la relación entre lo humano y lo divino enfatiza que la comunión es necesaria para mantener la relación correcta con Dios. Es a través del acto de la comunión que los humanos afirmamos nuestro vínculo con lo divino, y rechazarlo conduce, según Kirkegaard, a la desesperación. Lo humano y lo divino entran en relación, en el acto de la comunión.

De lo sublime a lo terrenal. El otro día recibimos la noticia de que el líder de nuestro partido, Liberalerna, y actual ministro de educación Johan Pehrson, decidía dejar sus cargos, dimitía inexplicablemente, sin que ninguno de nosotros, ni siquiera los más próximos, supieran la razón y aún menos, se hubieran esperado algo parecido. Y yo, en mi paseo, mientras pululaba por un bello parque, recibí la noticia y, rápidamente pensé en un cuadro, obra del pintor sueco Carl Larsson, titulado “Midvinterblot” (sacrificio del solsticio de invierno), que por cierto, tuvo que pasar muchos años almacenado en Lund.   El motivo Midvinterblot proviene del texto nórdico antiguo Ynglingatal, que narra cómo el rey Domalde de los svear se sacrifica en el templo de Uppsala tras años de malas cosechas. El artista había previsto colgar el cuadro en la escalera principal del Nationalmuseum de Estocolmo, pero por diversas razones fue finalmente rechazado en 1916, pero, como veremos llegó finalmente al lugar para el que estaba pensado y allí se puede contemplar desde 1998.

En el texto explicativo que se adjuntó decía: “Aquí se sacrifica a un rey por el bien del pueblo para lograr una buena cosecha anual. Es ahogado en la fuente sagrada a los pies del árbol que permanecía verde todo el año.” Las figuras secundarias en el cuadro eran pequeños reyes, el joven hijo del rey a lomos del caballo negro de su padre, la esposa del rey, un arpista y mujeres danzantes.

Después de muchos vaivenes y controversias, el cuadro fue depositado en Skissernas museum (museo de los bocetos), aquí en Lund, pasando 40 años a la espera de lo que decidiesen los herederos.  En 1987 el propietario, heredero de Carl Larsson, vendió el cuadro en Sotheby’s de Londres por algo más de 10 millones de coronas (algo menos de un millón de euros). Lo compró el japonés Hiroshi Ishizuka, quien lo prestó a la gran exposición de Carl Larsson de 1992, con motivo del bicentenario del Nationalmuseum. La muestra, con la pintura incluida, viajó posteriormente al Museo de Arte de Gotemburgo.  Gracias a fondos de varias fundaciones y donaciones, el Nationalmuseum adquirió Midvinterblot en el verano de 1997 por 14,6 millones de coronas, y allí se puede contemplar hoy.

Vueno pues, diréis que ¿qué tienen que ver las hogueras de Valborg y la comunión con un cuadro de Carl Larsson de principios de siglo? Estáis en vuestro derecho, pero creo que puedo explicarlo para que lo entendáis. Hace dos días, el líder de mi partido, Liberalerna, Johan Pehrson, nos dejá a todos boquiabiertos y ojipláticos anunciando que dimitía. Nadie sabía nada y, de verdad, no nos lo esperábamos. Hace menos de un mes que estuve hablando con el, con ocasión de una reunión del partido en Karlstad y todo parecía estar bien. Además, hablamos del futuro y de las próximas elecciones del año que viene, queda poco más de un año y estamos trabajando para recuperar terreno y aumentar nuestro cupo de voto.

En realidad, tenemos un problema, que tiene que ver con la imagen que estamos ofreciendo últimamente. Uno a uno, nuestros dirigentes nos van dejando: el secretario del partido y la ministra de igualdad nos dejaron hace menos de dos semanas con media hora de diferencia uno del otro. No sé, parece que algo va mal. Lo peor es que estamos en 3% y necesitamos subir un par de puntos para asegurarnos la permanencia, sino, quedaremos fuera del parlamento, lo que sería un escándalo, ya que hemos estado siempre presentes en él desde los albores de la democracia. Y, aquí viene mi comparación: cuando un partido va perdiendo apoyo sin tocar fondo, hay que hacer algo, hay que presentar una ofrenda al pueblo todopoderoso, y la mayor ofrenda no es otra que el propio líder. Quizás, conociendo Johan el cuadro de Carl Larsson, y/o la saga del rey Domalde, haya decidido sacrificarse igualmente, aunque menos cruento, por el bien del partido, lo que también debería ser el bien del pueblo sueco, ya que nosotros queremos mejorar la vida de todos y tenemos un compromiso con toda la sociedad. Muy rebuscado, quizás, pero, admitid que tiene algo de parecido, ¿o no?

Carl Larsson: Midvinterblot.NM 6971

Centésimo nonagésimo sexto paseo. Magnolias premonitoras.

Paseo por el jardín botánico, paraíso asequible y reconfortante. En este 30 de mayo, la naturaleza muestra sus mejores galas. Como me fascinan las plantas, disfruto inmensamente de estos paseos y me fijo en cada una de ellas, admirando su belleza. Este año he descubierto que las magnolias han florecido al menos una semana antes de lo normal. Esto de fijarse en las magnolias es muy típico de Lund, porque aquí, un día como hoy es, como cada año, la noche del 30 de abril, la celebración de Valborgsmässoafton[1], el paso invernal hacia la primavera con raíces que se hunden en antiguas celebraciones paganas de fuego y purificación. Se encienden enormes hogueras (valborgsmässobål) en colinas, praderas o parques, cuya llama simbólica se dice ahuyenta a los malos espíritus y se celebra el renacer de la luz y la calidez. Nos reunimos con mantas y termos de café, y cantan coros estudiantiles, y se brinda por el sol que regresa.

En Lund, esta tradición adopta un matiz especial gracias a su vibrante comunidad universitaria. Al caer la tarde, miles de ciudadanos de todas las edades marchan hasta el parque principal de la ciudad, Stadsparken, donde se enciende la hoguera principal. En cada barrio y en cada pequeña población se encienden hogueras y los vecinos se juntan y cantan canciones que dan la bienvenida al mes de mayo. Al día siguiente, el 1 de mayo, miles de estudiantes, profesores y todos los que algún día fueron estudiantes, marchan hasta la puerta principal del edificio de la universidad, Lundagård, donde el coro académico entona los cánticos que todos conocen. Para Lund, Valborg no es solo la bienvenida a la primavera, es el latido de una ciudad académica que renueva cada año su energía colectiva, mezcla tradición y juventud, y reafirma su identidad de urbe culta y festiva. Volviendo a las magnolias; en Lundagård, enfrente de la entrada principal del edificio que contiene el aula magna de la universidad, florecen las famosa magnolias de Lund. Todos sabemos que el 1 de mayo las magnolias ofrecerán un marco de lujo al coro académico. Todos tenemos fotografías de muchos primeros de mayo en que las magnolias en plenitud lucen su rosada belleza. Pues bien, este año, las magnolias han florecido antes de tiempo y peligra la imagen tradicional. Este “problema” es tema de conversación con todos y cada uno de los amigos que me encuentro por el camino. El domingo, por ejemplo, en una reunión con gente de mi partido, lo comentábamos alarmados; ¡las magnolias se nos marchitan!

Parece una cosa baladí, pero no lo es. Que las magnolias florezcan antes de tiempo es una cuestión de alarma, sobre todo si hemos leído aquel libro, que ahora se nos antoja profético, titulado Six Degrees (seis grados) de Mark Lynas[2], que yo utilicé como un tema de discusión en historia. Recuerdo que, con motivo de la aparición de este libro, quizás comparable con el efecto que tuvo en su día Silent Spring[3] (primavera silenciosa), de Rachel Carson, el diario Aftonbladet hizo un material audiovisual y participativo muy adaptable a las aulas, que yo utilicé en clase. Resumiendo, el libro de Lynas nos presenta un planeta que hierve bajo un sol implacable, en el que cada décima de grado quiebra un poco más la tierra cuarteada, alarga las llamaradas y seca ríos, bosques y esperanzas. Animales y hombres sucumben al asedio del calor y de la sed, mientras el humo envenena los pulmones y las cosechas se marchitan, empujando al hambre y al miedo. Al rozar 1,5 °C, las alarmas del IPCC[4] anuncian riesgos crecientes para nuestra salud, nuestros alimentos y nuestro agua; al superar los 2 °C, los ecosistemas colapsan y el desierto avanza sin piedad. Con 3 °C, África y la Amazonia se estremecen bajo sequías infinitas; con 4 °C, el pan de cada día se vuelve un lujo imposible y el Sahara devora el Mediterráneo; a 5 °C, los bosques son cenizas y los polos liberan metano ancestral; y a 6 °C, la Tierra revive el horror del Permico, cuando el 95 % de la vida se desvaneció para siempre. Si no frenamos el péndulo climático, ese será nuestro legado.

Mis alumnos, conocedores de mi interés y entrega al estudio de cuestiones medioambientales me preguntaban si seis grados de calentamiento me quitaban el sueño. Contesté que no, no porque ignore el horror de tal catástrofe, sino porque intuía y sigo intuyendo que, mucho antes de llegar a ese extremo, nos habremos despedazado entre nosotros al superar apenas los tres grados. La verdadera amenaza no es tanto el calor final, sino la inestabilidad geopolítica que desata el ascenso imparable de la temperatura. Es por eso que el dogma de la “eliminación inmediata de los fósiles” que inundó la COP28[5]. Poner fecha de caducidad a la producción y al uso de carbón, petróleo y gas en tres décadas, sin un plan de transición realista, desestabilizaría economías enteras y exacerbaría tensiones sociales. La gran lección, creo, es que no bastan ni el voluntarismo extremo ni la tecnofobia; necesitamos soluciones duras para los combustibles fósiles —captura, compensación, gestión avanzada— mientras tejemos con cautela esa red de energías limpias que mantenga el pulso de nuestras sociedades. Porque, al final, si queremos detener el cambio climático, primero deberemos asegurar que no nos derrumbemos los unos a los otros en el intento.

Cuando señalo esto, la gente asiente y dice “sí, es obvio”, pero pocos parecen reconocer la implicación más polémica: si la inestabilidad geopolítica provocada por el cambio climático es un riesgo mayor que los efectos directos del calentamiento máximo, entonces las “soluciones” climáticas que aumenten esa inestabilidad, aunque reduzcan el pico de temperatura, podrían no solo no merecer la pena, sino ser directamente nocivas. Soy consciente de que mi análisis puede sonar a argumento de quienes quieren demorar la acción climática. Algo que oí mucho en CERAWeek[6], una suerte de “anti-COP” que se celebra en marzo en Houston, resumido en “No dejen que las preocupaciones climáticas y de sostenibilidad desestabilicen el suministro energético”. Hay que tomarlo en serio, aunque, la inacción climática podría ser una de las opciones más desestabilizadoras de todas.

El impulso de una política inmediata de “eliminación de los fósiles” adoptada en la COP28, puede ser altamente peligrosa. Si bien es urgente frenar cuanto antes el calentamiento que provocan los combustibles fósiles, tratar de suprimir por completo su producción y uso en los próximos 30 años resultaría casi con certeza altamente desestabilizador, dada la cantidad de países, industrias y comunidades que dependen de ellos. Debemos poner mucho más énfasis en corregir el uso de los combustibles fósiles. Llegará el día en que dejemos de emplearlos, nadie sabe cuándo, pero primero tendremos que detener el cambio climático antes de poder abandonar por completo los fósiles. Insistir en que la única opción es la eliminación inmediata de todos los combustibles fósiles, e incluso rechazar medidas para neutralizar su impacto climático por temor a “legitimar” su uso, podría ser, al final, la opción más políticamente desestabilizadora de todas.

Por eso, nuestra joven ministra de Medio Ambiente y Clima, Romina Pourmokhtari, desde el otoño de 2022 al timón de la cartera, ha trazado un sendero práctico, confiando en la tecnología, hacia la neutralidad climática en 2045 con escalones claros hacia 2030, impulsando una ola de proyectos renovables que doblan la producción de energía con viento, sol y, sobre todo, con la promesa de al menos diez nuevos reactores nucleares antes de esa fecha, al mismo tiempo que teje alianzas para que empresas, universidades y sociedad civil compartan mapas de ruta sectoriales, sin olvidar la apuesta por la innovación y la investigación de vanguardia que desentierre soluciones insólitas, rechazando rescates estatales a gigantes industriales como Northvolt[7] para dejar que sean los mercados y los incentivos claros los que empujen la transición, y defendiendo más realismo que radicalismo con pasos medidos hacia la salida de los fósiles, captura creciente de CO₂ y ajustes que no desmoronen comunidades ni alejen inversiones, todo ello cimentado en un consenso amplio entre política, economía y ciencia y en la confianza en la tecnología y la energía nuclear como palancas de crecimiento y auténtico beneficio climático.

Romina propone combatir el cambio climático con investigación e innovación, aumentando las partidas destinadas a I+D en tecnologías de captura y almacenamiento de CO₂, baterías de larga duración, hidrógeno verde y soluciones disruptivas que aún no existen en el mercado. También propone invertir en redes eléctricas reforzadas y digitalizadas (smart grids) capaces de integrar grandes volúmenes de renovables de forma segura, para que no ocurra lo que pasó anteayer en España y Portugal. Pero, sabemos que Suecia es muy pequeña y el impacto de su política contra el cambio climático no soluciona el problema, es preciso una colaboración internacional que deje a un lado las diferencias y animosidades y se ponga a trabajar para paliar los efectos de esa parte del cambio climático que depende de la acción humana. Si no lo hacemos así se cumplirán las profecías de los que, como Lynas, nos advierten de las consecuencias de los famosos 6 grados.


[1] El nombre de la fiesta proviene de Santa Valburga, una monja anglosajona canonizada en el siglo VIII, pero las raíces de la fiesta son aún más antiguas, mezclando ritos paganos de fuego y purificación con prácticas cristianas.

[2] https://zoboko.com/text/1wqnoqgo/seis-grados-el-futuro-en-un-planeta-mas-calido/4

[3] https://archive.org/stream/fp_Silent_Spring-Rachel_Carson-1962/Silent_Spring-Rachel_Carson-1962_djvu.txt

[4] The Intergovernmental Panel on Climate Change https://www.ipcc.ch/

[5] https://unfccc.int/cop28/5-key-takeaways

[6] https://www.ceraweek.com/en

[7] Industria sueca que fracasó en el intento de convertirse en una gran productora de baterías https://northvolt.com/

Centésimo nonagésimo quinto paseo. Apaga y vámonos.

El día está gris, pero la temperatura es agradable y no llueve. Es un buen día para caminar y hoy llegaré al bosque, que allí se piensa mejor. Llevo conmigo muchas ideas, recuerdos, proyectos y cuestiones prácticas para pensar. Lo difícil es lograr un equilibrio en mis pensamientos, para comunicar mis ideas, publicándolas aquí. El tema de hoy es naturalmente el gran apagón que azotó España y Portugal, el sur de Francia y Andorra, y que paralizó todo tipo de actividad durante muchas horas, mostrando la fragilidad de nuestro sistema energético y hasta de nuestro desarrollo técnico y humano.

Leo en un periódico español que mucha gente, vecinos de poblaciones cercanas a Madrid, vagaban por las carreteras caminando durante horas, porque no tenían acceso al GPS. Un ejemplo de lo desamparados que estamos hoy, cuando nos fallan nuestros aparatos tecnológicos. Si energía no hay GPS, ni teléfonos móviles, ni patinetes eléctricos y mucho menos coches o autobuses eléctricos, no hay trenes ni luz, ni fogones que funcionen, y un silencio extraño se cierne sobre el mundo.

Aún demasiado pronto para saber las causas exactas del reciente apagón, quiero comunicar lo que yo sé, sobre posibles apagones, conocimiento adquirido en cursillos y conferencias para políticos, a las que asistí cuando yo formaba parte del consejo técnico de Lund, cargo que dejé para incorporarme al consejo de educación, representando a los liberales. Los cursillos y las conferencias estaban dirigidos por expertos en medioambiente y energía. Discutíamos el camino hacia el Net Zero o neutralidad de carbono con cero emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente dióxido de carbono, aunque en el cómputo Net Zero también se incluyen otros como metano, óxidos nitrosos, etc. Es el balance entre lo que emitimos y lo que logramos eliminar o compensar, de modo que el resultado neto sea cero.

Partiendo del cambio climático, ampliamente aceptado por todos los científicos serios del mundo, es nuestro deber detenerlo. Imaginemos por un momento que nuestro planeta es un viejo reloj de péndulo: su tic-tac rítmico marca la vida de mil millones de seres, de bosques y de océanos. Hoy, ese latido natural late cada vez más acelerado por los combustibles fósiles, que aportan el 80 % de la energía global. La exigencia del Net Zero nos convoca a una doble proeza, a saber: multiplicar con urgencia nuestro caudal energético y, al mismo tiempo, descarbonizarlo por completo.

Es un desafío titánico, como tratar de frenar una ola gigantesca que crece sin pausa. Porque la demanda de energía no solo no se estanca, sino que, según las previsiones más sólidas, seguirá subiendo durante siglos, al ritmo que aumenta la población mundial y los países mejoran su nivel de vida. ¿Podremos atender esa sed creciente sin desbordar los límites de la protección ambiental, sin esquilmar los minerales que nos fabrican paneles solares y turbinas eólicas, sin tambalearnos ante conflictos y sanciones que alteran suministros de la noche a la mañana?

La respuesta, para muchos, se cifra en la economía verde: un futuro en que la innovación limpie nuestro pasado y potencie nuestros empleos. En España[1] y Suecia[2], como países del primer mundo, no podemos escudarnos en “solo aportamos muy poco” mientras China[3], EE. UU[4]., la India[5] y Rusia[6] levantan las cifras globales. Tenemos el deber moral, y la oportunidad histórica, de liderar la transición: reducir emisiones no es simplemente un sacrificio, sino la semilla de una nueva prosperidad. La cuestión es ¿cómo hacerlo sin morir en el intento?

En Suecia tenemos el privilegio de disponer de energía fluvial gracias a nuestros caudalosos ríos del norte de Suecia[7], pero la electrificación de la sociedad nos obliga a aumentar la producción y los ríos ya están aprovechados al tope. Para eso, necesitamos aumentar considerablemente las energías renovables, eólicas y fotovoltaicas principalmente o, abandonando la aversión de gran parte de la sociedad, la nuclear. El gran problema es que, ni el viento ni el sol nos dan su energía constantemente. El sol, luce más y mejor, cuando menos lo necesitamos en Suecia, en verano. En invierno hay pocos días de sol y pocas horas efectivas, aunque haga un día esplendido. El viento es “volátil” y sopla cuando quiere, a veces más de lo deseado. En suma: las renovables no ofrecen un suministro constante y seguro, y esto es muy pernicioso y peligroso para el mantenimiento de la red y, por supuesto, para el buen funcionamiento de la sociedad, sin sobresaltos como el que acaba de sufrir España y Portugal. Sustituir las nucleares por aerogeneradores o paneles solares sin rediseñar la ingeniería de la red puede ponerla al borde del colapso. Pero con la combinación adecuada de tecnologías de control, almacenamiento y refuerzo de infraestructuras, podemos conservar la tensión y la frecuencia estables y beneficiarnos a la vez de un sistema energético cero-carbono. Trataré de explicar lo que aprendí en esos cursillos.

Al pasarnos de grandes turbinas de vapor o gas, que giran con mucha masa rotatoria, a cientos de miles de aerogeneradores e instalaciones solares fotovoltaicas, perdemos automáticamente buena parte de la inercia y de las capacidades de regulación de tensión que antes garantizaban la estabilidad de la red. Esto sucede porque ocurren más fluctuaciones de frecuencia, menos inercia. Las centrales convencionales, sean hidráulicas, de carbón, gas o nuclear, tienen grandes rotores girando a velocidad constante. Ante una variación brusca de carga, si por ejemplo, cae un gran consumidor, o tras un fallo, esa masa inercial libera o absorbe energía mecánica, amortiguando el salto de frecuencia.

Las plantas eólicas o solares no giran sincronizadas con la red, sino van conectadas vía inversores electrónicos, así que carecen de inercia natural. Sin inercia, una pequeña perturbación puede disparar la frecuencia fuera de la horquilla segura y desencadenar desconexiones en cadena. Las máquinas síncronas generan y consumen potencia reactiva de forma inherente, ayudando a mantener la tensión, o sea el voltaje, en los nodos de la red.

Los inversores de renovables pueden programarse para inyectar reactiva, pero si están diseñados solo como “seguidores de tensión”, a menudo carecen de la robustez y la velocidad de respuesta de un alternador clásico. El resultado puede ser caídas o subidas de tensión imposibles de corregir con la misma eficacia, dándonos menos soporte de potencia reactiva y menor control de tensión.

Sol y viento fluctúan minuto a minuto. Sin centrales flexibles que compensen al instante, esos altibajos pasan directamente a la red, lo que da una variabilidad imperfecta, mientras las grandes centrales de gas o hidroeléctricas pueden arrancar o parar rápido para “suavizar” picos; un parque solar o eólico no puede hacerlo con la misma precisión salvo que se reserve capacidad o se acompañe de almacenamiento masivo. El almacenamiento sigue siendo un problema sin resolver del todo. Cuando partes de la red quedan aisladas por fallo (modo “isla”), las renovables mal configuradas pueden desconectarse automáticamente ante variaciones de tensión o frecuencia. Sin generación de respaldo, la isla se queda a oscuras.

¿Qué se puede hacer para eliminar el riesgo de que ocurran apagones generalizados, que paralicen un país (o varios, porque estamos conectados)? Yo creo que aprendí algunas cosas en esos cursillos: Inyección de inercia sintética: algunos inversores modernos imitan la respuesta inercial de un rotor giratorio. Grid-forming Inverters[8]: que en lugar de “seguir” la red, generan la referencia de tensión y frecuencia, ayudando a arrancar y mantener estable un sistema con alta penetración renovable. Síncronos de condensador: máquinas sin rotor combustible que aportan potencia reactiva e inercia mecánica. Lo más importante creo yo, es el almacenamiento y gestión avanzada: baterías y unidades de control para responder en milisegundos a oscilaciones. Y, por último, redes inteligentes y refuerzos de línea, para evacuar la producción variable sin colapsar puntos débiles de tensión.

La respuesta política, al menos la que ofrece mi partido liberal, es el no desmantelamiento de la nucleares existente y la construcción de nuevas nucleares de última generación, mucho más seguras y mucho más efectivas que las anteriores. Contra esto, tenemos el miedo generalizado en partes de la sociedad que recuerda Three Mile Island, Chernóbil y Fukushima y políticos populistas que, como Merkel hizo tras Fukushima, prometen deshacerse de las nucleares sin pensar en las consecuencias, cosa que Alemania está sufriendo. En fin: creo que he podido comunicar que no podemos deshacernos de las nucleares hasta que no hayamos solucionado completamente el problema del almacenaje de la energía, si no queremos que estas caídas de tensión provoquen apagones de graves consecuencias. Recomiendo leer el artículo publicado hoy en El Mundo: https://www.elmundo.es/economia/2025/04/28/680fccc621efa0e05b8b4599.html


[1] España aporta alrededor de un 0,6 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. En concreto, en 2021 sus emisiones supusieron el 0,61 % del total mundial emission-index.com y en 2022 ascendieron al 0,64 % según la Agencia Internacional de la Energía.

[2] Suecia contribuye muy poco al total global. En 2021 sus emisiones de gases de efecto invernadero supusieron solo un 0,1 % del total mundial: emission-index.com En cuanto al CO₂ fósil, en 2022 aportó aproximadamente un 0,098 % de las emisiones globales, según Worldometer. https://www.worldometers.info/co2-emissions/co2-emissions-by-country/?utm_source=chatgpt.com

[3] China es, con diferencia, el mayor emisor del mundo: en 2022 sus emisiones de CO₂ supusieron alrededor del 32–33 % del total global: https://www.worldometers.info/co2-emissions/co2-emissions-by-country/?utm_source=chatgpt.com

[4] Estados Unidos contribuye aproximadamente con un 12,5 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, al emitir 6 343 millones de toneladas de CO₂ equivalente frente a unos 50 600 millones de toneladas a nivel mundial en 2022 https://www.worldometers.info/co2-emissions/co2-emissions-by-country/?utm_source=chatgpt.com

[5] India 6,99% https://www.worldometers.info/co2-emissions/co2-emissions-by-country/?utm_source=chatgpt.com

[6] Rusia 4,96% https://www.worldometers.info/co2-emissions/co2-emissions-by-country/?utm_source=chatgpt.com

[7] En Suecia alrededor del 40 % de la electricidad que se genera proviene de la energía hidroeléctrica, es decir, de las centrales instaladas en sus ríos. La cifra puede oscilar entre el 39 % y el 45 % en función de la pluviometría anual, pero sitúa al país entre los líderes mundiales en aprovechamiento de recursos hídricos para producir electricidad.

[8] Un inversor grid-former es la pieza clave para que las energías limpias no solo inyecten megavatios, sino que construyan y mantengan la propia estructura de la red: tensión, frecuencia e inercia, garantizando estabilidad y fiabilidad en un sistema cada vez más renovable.

Centésimo nonagésimo cuarto paseo. Cantar para aprender y vivir en sociedad.

¡Qué mañana tan clara! Qué aire tan fresco se respira, da gusto salir a caminar. Hoy voy ligero, y cantando para mis adentros una melodía en silencio, porque, los reflejos del sol en las flores, levemente bañadas por el roció, y todos los colores a mi alrededor, forman en sí una melodía, capaz de ser convertida a tonos musicales. Veo ante mi un pentagrama dispuesto a cobijar los tonos más alegres y luminosos.

Y, en una mañana así, ¿qué ideas me acompañan? Casi siempre voy pensando en algo que he leído o alguna discusión que he tenido con alguno de mis amigos, mi compañera o mis hijos. Pero, hoy no. Lo que me viene a la cabeza es algo que tiene que ver con la música, la canción, la memoria y la escuela. ¡Aj, qué lío! Vamos a ver; lo que yo estoy pensando es en lo bien que se aprende cantando. Veréis: cuando yo acababa de llegar a Suecia, lo más importante, decía yo, era aprender el sueco. Era el 1970. Me apunté a una academia y caí en un grupo compuesto por una familia checoeslovaca, un matrimonio de médicos con dos hijos adolescentes, un paquistaní, estudiante de ingeniería, dos jóvenes desertores estadounidenses, un capitán de marina mercante inglés, casado con una sueca, una chica polaca y políglota, refugiada política y yo. Nuestra profesora tenía un método estupendo para hacernos aprender la lengua sueca: cantar.

Nuestra profesora no olvidaba la gramática y nos hacía leer todo tipo de lecturas interesantes, introduciéndonos a la literatura sueca, en su mayor parte, completamente desconocida para nosotros. Pero, lo que hacía nuestro aprendizaje verdaderamente ameno, era que en cada una de las lecciones teníamos alguna canción que aprender. Primero la escuchábamos, después leíamos la partitura, cantándola y la teníamos como tarea para el día siguiente, para cantarla a coro, un coro que, la verdad sea dicha, alcanzó con el tiempo cierta armonía no exenta de belleza. Cantábamos todo tipo de canciones: infantiles, clásicas, ocasionales y modernas. Entre las ocasionales, aprendimos canciones de brindis, que aquí en Suecia se cantan con motivo de cualquier fiesta. Al brindar, siempre hay alguien que entona una canción conocida y todos le siguen al momento.

Me permito hacer un pequeño paréntesis par explicar esto de las canciones y los brindis, contando una pequeña anécdota. En la primavera de 2013, nos encontrábamos un colega sueco y yo en Jumilla, provincia de Murcia, para, junto con colegas rumanos, españoles, húngaros e italianos, planificar un proyecto Erasmus. Era la hora de comer y nos fuimos a un restaurante, donde habíamos reservado mesa. Estábamos allí comiendo tranquilamente y conversando en inglés, cuando llego un grupo de hombres y mujeres de mediana edad que inmediatamente identificamos como suecos, jugadores de golf. Mi compañero sueco y yo, nos miramos con una sonrisa y, afirmando levemente con un gesto imperceptible para los no iniciados, nos dispusimos a hacer un pequeño experimento. Esperamos un tiempo prudente, hasta que todos teníamos bebidas en nuestro vaso, vino o cerveza en general, y, de repente, me puse en pie y entoné una conocida canción de brindis “¿Quién puede navegar sin viento? (Vem kan segla förutan vind) y, como si hubieran sido disparados por un resorte, todos los suecos levantaron sus vasos y siguiéndonos a Rolf, que así se llama mi colega sueco, y a mí, cantaron esta canción, que todos se sabían de memoria. Ellos no se habían dado cuenta de que había dos suecos en el grupo de enfrente, porque nosotros hablábamos inglés entre nosotros, por ser un grupo internacional. Nos reímos mucho y conversamos entre los grupos.

Bueno, pues, de esto, saco la conclusión de que cantar es algo muy bueno para la memoria y al regresar de mi paseo me pongo a buscar algo sobre esto y me encuentro con una conferencia dada en el Gresham College por la catedrática Melissa Lane con el título “Singing the Laws: Ancient Greek Lawgivers in History and Legend”[1]. Como siempre, las conferencias de Gresham es algo magnifico para el que está interesado en la ciencia en general y la historia en particular. Es como asistir a una universidad abierta, a la que se puede ir en cualquier momento y elegir entre una gran cantidad de temas abordados por expertos en sus particulares materias.

Bueno, pues, la esencia de esta conferencia, si se me permite hacer un pequeño resumen, es la siguiente: En un texto atribuido a Aristóteles, se explora el doble sentido de la palabra griega nomos, que se refiere tanto a “canción” como a “ley”. Según Aristóteles, la palabra nomos para las canciones puede haber sido utilizada originalmente porque, antes de la escritura, las leyes se cantaban para no olvidarlas, como sucedía en tiempos de Aristóteles entre los Agatircios, pobladores de Transilvania. Así, las canciones eran una forma de transmitir las leyes, y las leyes podían ser compuestas para ser cantadas, ya que en la antigua Grecia la música y la poesía no se separaban como lo hacemos hoy.

La conexión entre nomos como ley y como canción no se limitaba a las sociedades primitivas. En la antigua Grecia, los legisladores, conocidos como nomothetēs, eran figuras cruciales que, además de redactar leyes, las ponían en forma musical. Por ejemplo, Solón, legislador de Atenas, intentó convertir sus leyes en versos épicos para ser recitados públicamente. De manera similar, Charondas, legislador en Sicilia, promulgó leyes que debían ser recitadas en los banquetes.

Este vínculo entre música, ley y ciudadanía muestra cómo la educación musical era central en la formación cívica en Grecia, influyendo no solo en la aculturación, sino también en la participación activa en la vida política. La música, al igual que las leyes, era una forma de moldear la percepción y los valores de la comunidad, de manera similar a la influencia de medios como la televisión en la sociedad moderna.

Y, me digo yo: ¿no sería bueno que los jóvenes de hoy se entrenasen en el canto en las escuelas? En mi parecer, hay varias razones por las que sería beneficioso para los jóvenes de hoy recibir una buena formación en música y canto emulando la pedagogía de la Grecia clásica, donde la música no solo era una forma de entretenimiento, sino que también desempeñaba un papel crucial en la formación del carácter, la cohesión social y la identidad política.

En la antigua Grecia, la música estaba vinculada a la educación en varias disciplinas. Se creía que entrenaba la mente y el cuerpo, ayudando a desarrollar habilidades cognitivas y emocionales. El aprendizaje de la música y el canto mejora la memoria, lo puedo asegurar la concentración, la creatividad y la resolución de problemas, habilidades esenciales para la vida personal y profesional. Además, fomenta la inteligencia emocional, ya que a través de la música se pueden explorar emociones complejas y aprender a expresaras. El canto en grupo y la participación en eventos musicales públicos fomentaban la disciplina, ya que se requería esfuerzo colectivo y compromiso para alcanzar un objetivo común. Hoy en día, formar parte de una banda, un coro o un grupo musical enseña a los jóvenes a trabajar en equipo, a escuchar a los demás y a respetar el proceso creativo de los demás. También promueve la perseverancia, porque dominar una habilidad musical requiere práctica constante y esfuerzo.

En la Grecia clásica, la música era un medio fundamental para crear sentido de comunidad. Las canciones y los himnos no solo unían a las personas en celebraciones o rituales, como nosotros en Jumilla, sino que también eran herramientas para transmitir valores compartidos y normas sociales. Si los jóvenes de hoy tuvieran una buena formación en música y canto, tendrían una vía más profunda para conectarse con su cultura y comunidad, además de fortalecer el sentimiento de pertenencia. Porque el canto y la música pueden ayudar a unir a las personas de diferentes orígenes y promover la comprensión intercultural, algo que es fundamental en sociedades diversas, como la nuestra. He aquí un canon útil.

Los antiguos griegos consideraban que la música estaba estrechamente vinculada con la poesía y la filosofía. Aprender a componer o interpretar música no solo requiere habilidades técnicas, sino también una apreciación profunda de las ideas y los valores expresados a través de la música. Esto fomenta un pensamiento más crítico y reflexivo, además de permitir a los jóvenes explorar sus propias ideas y emociones de forma creativa. En un mundo que valora la innovación y la resolución de problemas, la música puede ser una herramienta poderosa para desarrollar estas habilidades. Y, al igual que las leyes, la música era una forma de aculturación, donde los ciudadanos se educaban sobre los valores, las normas y la identidad de su sociedad. La música y el canto desempeñaban un papel en la formación cívica, ayudando a los jóvenes a comprender su lugar en la comunidad y su responsabilidad hacia el bien común. Al aprender y participar en actividades musicales, los jóvenes hoy en día también pueden desarrollar una mayor conciencia de su papel en la sociedad, la importancia de la cohesión social y el sentido de responsabilidad cívica.

Finalmente, la música tiene un impacto directo en el bienestar físico y psicológico. En la antigua Grecia, se creía que la música podía equilibrar los estados emocionales y curar el alma. Hoy en día, sabemos que la música tiene efectos terapéuticos comprobados, reduciendo el estrés, la ansiedad y mejorando el estado de ánimo. Un enfoque integral en la educación que incluya la música podría ayudar a los jóvenes a manejar mejor sus emociones y a enfrentar los desafíos cotidianos de la vida moderna. Pero, desgraciadamente, a pesar de la fuerte tradición en educación musical en la escuela sueca, en años recientes ha habido una disminución en las horas dedicadas a la música, debido a la presión de mejorar los resultados en materias consideradas más “importantes”, como matemáticas y ciencias. En algunos casos, la música ha sido relegada a una asignatura optativa en lugar de un componente esencial de la formación escolar. Además, la educación musical se enfrenta al reto de la falta de recursos y formación especializada en algunas zonas del país.

Tras la transición democrática en España, se produjo una importante reforma educativa que incluyó la música como una asignatura dentro del currículo obligatorio. A lo largo de los años, ha habido esfuerzos por integrar la música de manera más inclusiva en la educación, promoviendo tanto la música tradicional como la música moderna y popular. La Ley de Educación de 2006 (LOE) consolidó la presencia de la música en el currículo educativo, aunque con limitaciones en cuanto a horas dedicadas a la materia. A pesar de estos avances, la música en las escuelas españolas sigue siendo una asignatura secundaria en comparación con otras materias académicas. La presión por alcanzar altos niveles en materias “racionales” (matemáticas, lengua, ciencias) similar a Suecia, ha relegado la música a un lugar menos privilegiado. Las horas de clase de música en muchos colegios y escuelas secundarias son escasas y no siempre están bien estructuradas. Además, muchos centros educativos no tienen los recursos adecuados (instrumentos, profesores especializados) para ofrecer una educación musical de calidad.

Aunque no lo parezca, integrar el canto y la música en la educación no es solo cuestión de arte: es una estrategia pedagógica y social de alto impacto, capaz de fortalecer la memoria, moldear el carácter cívico, unir a la comunidad y arraigar el respeto a las normas como parte natural de la vida en común. Si no quieren los políticos comprender una cosa tan sencilla, habrá que cantarles las cuarenta.


[1] https://www.gresham.ac.uk/watch-now/singing-laws

Centésimo nonagésimo tercer paseo. El pastor y su rebaño.

Parece ser que, desde tiempos prehistóricos, nuestros ancestros vivían en grupos donde seguir a un líder eficaz podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Se precisaba coordinación grupal para cazar y para defenderse de otros grupos o migrar. El liderazgo emergía como una herramienta de supervivencia. La gran pregunta es ¿qué cualidades poseían esos líderes y por qué los demás les seguían sin rechistar? Es probable que el común denominador fuera que estos líderes ofrecían algo que la gente necesitaba profundamente en ese momento: seguridad, identidad, sentido, pertenencia, o venganza. Y lo ofrecían con fuerza, carisma, y un dominio del relato colectivo.

En situaciones de incertidumbre o caos, las personas buscamos orientación. Los líderes, incluso los malos, a menudo ofrecen una narrativa clara, un plan, una dirección. Eso, ya en sí, proporciona consuelo. Un líder dice: “Por aquí es”, y aunque se equivoque, seguirlo puede parecer mejor que quedarse paralizado.

Algunos líderes son seguidos no por lo que hacen, sino por los sentimientos que despiertan. Se dice que poseen eso que denominamos carisma, que es una especie de magnetismo emocional, capaz de despertar afinidades. Supongo que todos podemos pensar en alguna persona que posea ese don. Pensamos en figuras como Martin Luther King o incluso populistas actuales; su poder radica en movilizar emociones, no solo ideas. Pero, analizándolos más de cerca, vemos que no son “personas normales” ya que tienen a su alrededor instituciones que los lanzan.

Me fascina Greta Thunberg, una adolescente con síndrome de Asperger que comenzó con una pancarta solitaria frente al parlamento sueco. Recuerdo como si fuera hoy mismo, el día, un viernes, que la vi allí, sentada frente a la entrada del parlamento en Estocolmo y luego, unas horas más tarde en la calle más céntrica de la ciudad antigua, todavía llevando su cartel, junto con unas amigas de su liceo. Su carisma nacía de su autenticidad, su firmeza ética, y su negativa a edulcorar el mensaje. Yo le llamaría carisma de la verdad incómoda. Su voz no es agradable, pero resuena y llega a la médula. Yo diría que es una Juana de Arco moderna.

Igualmente me fascina Malala Yousafzai, atacada por los talibanes por querer ir a la escuela. Su testimonio valiente sacudió al mundo, el mismo mundo que ahora parece olvidar a las mujeres y niñas de Afganistán, como si no pudiésemos mantener nuestra atención más que un momento. Malala tiene el carisma del coraje sereno. Ganó el Nobel de la Paz con 17 años, sin haber solucionado nada ni gobernado, pero se lo merecía.

Uno que sí llegó al poder por la vía del carisma personal fue Lech Walesa, un electricista en los astilleros de Gdansk, que fundó el sindicato “Solidarność” y que desafió al régimen comunista polaco. Walesa tenía un carisma obrero, el obrero consciente, que inspiraba sin ser político, que llegó a político y no defraudó. Tampoco defraudó Václav Havel, dramaturgo, ensayista y disidente checo, que fue figura clave de la oposición al régimen comunista en Checoslovaquia durante la Guerra Fría. Havel fue el último presidente de Checoslovaquia y el primer presidente de la República Checa. Su discurso más célebre: “El poder de los sin poder” (Moc Bezmocných)[1], es un ensayo fundamental del pensamiento disidente. Havel fue figura central en la Revolución de Terciopelo (1989), el movimiento pacífico que derribó al régimen comunista checoslovaco, con una ética basada en la verdad, el humanismo y los derechos humanos. No era un orador apasionado, pero su autoridad moral, su coherencia personal y su capacidad para pensar con profundidad ética le hicieron enormemente respetado. Era, para mí, el tipo de líder que no quería ser líder, y precisamente por eso fue tan seguido. Pensaba citar alguna de sus frases y me quedo con esta:

“Creo que hay que despertar la buena voluntad latente en la gente. La gente necesita oír que tiene sentido comportarse decentemente o ayudar a los demás, anteponer los intereses comunes a los propios, respetar las reglas elementales de la convivencia humana.”

Otros líderes han aprovechado su carisma personal para lograr propósitos egoístas, a corto o largo plazo. Juan Antonio Perón era un comunicador natural. Sabía hablar al pueblo, no sobre el pueblo. Usaba un lenguaje claro, directo, y emocional. Dominaba el balcón de la Casa Rosada como un escenario teatral. El 17 de octubre de 1945, cuando las masas obreras exigieron su liberación, nació el “mito Perón”. No gobernaba “sobre” el pueblo, sino “con” el pueblo. Se presentaba como su defensor frente a las élites tradicionales. Evita, su esposa, amplificó este vínculo emocional. Era el rostro maternal del régimen, la que hablaba con pasión del “descamisado”. En la práctica, aumentó salarios, otorgó derechos laborales, promovió el voto femenino y fortaleció el sindicalismo. Perón creó una narrativa épica: el Estado protector, el líder justo, el pueblo agradecido. Un tipo de carisma justicialista, populista y paternalista.

Aunque Perón fue elegido democráticamente, restringió las libertades, cerrando medios opositores, persiguiendo a disidentes y propiciando y consolidando el culto a su persona. Trataba a la oposición de “antipueblo”, dividiendo profundamente el país entre peronistas y antiperonistas. El propio estado giraba en torno a la figura de Perón y las instituciones se fueron debilitando. Se favoreció la lealtad por encima de la competencia técnica.

Los primeros años fueron de bonanza, pero el gasto desmedido y el control económico crearon inflación, escasez y crisis. Se consumieron reservas sin una planificación a largo plazo. Cuando bajaron los precios de las exportaciones, la economía se tambaleó. Perón no resolvió la desigualdad estructural: la suavizó momentáneamente, pero sin transformar su base, dejando una herencia de antagonismo, donde la política se convirtió en campo de batalla emocional entre “pueblo” y “oligarquía”. Para millones, sigue siendo el líder que dignificó al trabajador, mientras que, para otros, fue el padre del populismo argentino, que generó dependencia del Estado, autoritarismo y una cultura política clientelar. Su carisma fue tan fuerte que su sombra todavía condiciona el presente argentino, para bien y para mal.

Ejemplo de un caudillo carismático-operativo, era el líder de la revolución cubana, Fidel Castro, un orador incansable, teatral, con dominio total de la escena pública. Su carisma residía en su capacidad de control, de improvisación y de resistencia. Fue un líder de larga duración, con una presencia envolvente, uno de los pocos líderes que murió en el cargo, como su “paisano” y también autoproclamado caudillo, Francisco Franco. Castro era abogado, un lector voraz, manipulador político brillante, pragmático y astuto. Se convirtió en un jefe de Estado total, controlador, ideólogo, diplomático, estratega militar. Encarnó la revolución como una gesta épica nacional y supo instalarse como figura paternal del nuevo orden, mezclando nacionalismo con marxismo. Como Perón, Castro se aferró al poder por décadas (1959-2008), reprimió disidencias internas, persiguió intelectuales críticos, homosexuales, artistas. Su liderazgo fue autoritario y vertical, aunque con un aura de legitimidad revolucionaria permanente.

Su compañero de armas, el médico argentino Ernesto “Che” Guevara, no hablaba para seducir, sino para conmover éticamente. Su lenguaje era mucho más austero que el de Castro, era un lenguaje moral, casi religioso. El Che no era un político, era un profeta armado, un Quijote de la revolución. Creía en el “hombre nuevo”: una humanidad sin codicia, con moral comunista. Su visión era austera y radical. Seguramente, no conocía la realidad que Ryszard Kapuscinski nos contó sobre el comunismo.

No era pragmático, sino dogmático en la pureza revolucionaria, lo que lo alejaba incluso de los soviéticos. Vivió y murió según lo que predicaba. Renunció a los cargos de poder, dejó Cuba, y murió en Bolivia luchando, carisma hasta en la muerte, icono después de muerto. Su ejecución en Bolivia lo convirtió en símbolo universal de rebeldía. Su carisma provenía de su entrega absoluta a la causa, su rechazo al privilegio, y su vocación de sacrificio. Hoy su rostro, inmortalizado por la fotografía que le hizo el fotógrafo cubano Alberto Korda[2], es uno de los íconos más reconocibles del mundo, aunque quizás más estético que ideológico. Para sus admiradores, el Che es el mártir incorruptible, el revolucionario puro que murió por sus ideales, pero, para sus críticos, fue un fanático intransigente, que justificó la violencia política, cometió errores económicos graves y participó en una maquinaria de represión.

Como ministro de Industria y director del Banco Nacional de Cuba, el Che impulsó políticas muy voluntaristas empezando por la abolición de los incentivos materiales, como los salarios por productividad, y apostó por el trabajo voluntario como motor económico. Estos experimentos fueron un fracaso y generaron desabastecimiento, improductividad y descontento incluso dentro del régimen. El perpetuo guerrillero rechazaba cualquier divergencia dentro del marxismo y era crítico incluso con los comunistas soviéticos por lo que él consideraba como “tibieza” y burocratización. Su idea de un modelo de “hombre nuevo” se basaba en el sacrificio, la obediencia al colectivo, y la eliminación del “individualismo burgués”.

Su intento de exportar la revolución a África (Congo) y luego a Bolivia fue romántico, pero mal planificado y terminó en desastre porque no entendía bien las culturas locales ni las dinámicas políticas específicas y quería aplicar un modelo “cubanizado” a realidades muy distintas.

Fidel y el Che representaban un tipo de liderato completamente contrapuesto al que ejerció Mahatma Gandhi, el líder ético de la no violencia. Su liderazgo era carismático-moral: Su poder no venía del cargo (carisma del cargo), ni de las armas, sino de su autoridad espiritual y coherencia ética (carisma personal). Gandhi representaba el ideal de una vida simple, austera, centrada en la verdad (satya) y la no violencia (ahimsa). Su camino hacia la independencia de la India pasaba por la desobediencia civil pacífica, organizando marchas multitudinarias, huelgas de hambre, boicots, como el de la sal, o los textiles. Siempre proclamó la resistencia activa sin violencia (satyagraha), desobedeciendo leyes injustas sin odio al opresor.

Consiguió su propósito, la independencia de la India, aprovechando la coyuntura internacional que se ofreció al finalizar la segunda guerra mundial y, paradójicamente murió de forma violenta, el 30 de enero de 1948 en Nueva Delhi, a los 78 años, por los disparos de un nacionalista hindú llamado Nathuram Godse, que consideraba que Gandhi se había mostrado demasiado conciliador con los musulmanes tras la partición de la India y la creación de Pakistán.

Otro liderazgo a resaltar fue el de Nelson Mandela, que comenzó como un activista radical, miembro del ANC (Congreso Nacional Africano), luchando contra el apartheid, que, por cierto, tambien sufrió Gandhi[3], durante su estancia en Suráfrica. En los años 50-60, apoyó incluso la resistencia armada (creó el grupo Umkhonto we Sizwe) cuando vio que la vía pacífica era ignorada. Fue arrestado en 1962 y condenado a cadena perpetua en el famoso juicio de Rivonia, pasando 27 años en prisión, 18 de ellos en condiciones durísimas en Robben Island. Mandela se convirtió en un símbolo global de dignidad y resistencia desde la misma cárcel. Aprendió afrikáans, leyó a sus enemigos, y preparó la transición. Al salir de prisión en 1990, Nelson Mandela no buscó venganza, sino una transición pacífica a la democracia, negoció con el gobierno blanco, y promoviendo una nueva Constitución, transición pacífica que evitó una guerra civil. Fue elegido primer presidente negro de Sudáfrica en 1994, en las primeras elecciones democráticas del país.

El liderato de Mandela fue altamente moral, sereno, integrador, reconciliador, democrático y simbólico. Quería destacar los valores africanos de ubuntu (“yo soy porque nosotros somos”)   Gobernó un solo mandato y se retiró por propia decisión y mantuvo hasta el final su disposición al diálogo, la inclusión, el perdón sin olvido, dejando como legado la Comisión de la Verdad, como símbolo global de justicia. Mandela no fue ni un santo ni un débil. Fue un estratega paciente, profundamente humano, que supo que el enemigo no se vence con armas, sino con una superioridad moral evidente y perdurable. En su autobiografía “Long Way to Freedom, de 1994, Mandela escribe: “A leader is like a shepherd. He stays behind the flock, letting the most nimble go out ahead, whereupon the others follow, not realizing that all along they are being directed from behind.” (“Un líder es como un pastor. Permanece detrás del rebaño, dejando que los más ágiles avancen al frente, y entonces los demás los siguen, sin darse cuenta de que todo el tiempo han estado siendo guiados desde atrás.”)

Para terminar, quiero resaltar dos lideres aupados por los nuevos medios de comunicación, Donald Trump y Volodímir Zelenski. Diréis que será una comparación muy disparatada, pero a mí al menos, me parece bastante acertada y por eso me atrevo a hacerla. Empezaremos con Donald Trump.

No se puede negar que el liderazgo de Donald Trump ha resultado victorioso hasta el punto de alcanzar la Casa Blanco por dos veces, teniendo en cuenta que, gran parte del establishment ha estado en su contra, tanto en Estados Unidos como en Europa y el resto del mundo occidental.  Nacido el 14 de junio de 1946 en Queens, Nueva York, de padre perteneciente a la segunda generación de inmigrantes alemanes, enriquecidos con negocios inmobiliarios,  estudió economía en la Wharton School, perteneciente a la Universidad de Pensilvania y tras una carrera empresarial, heredó el negocio inmobiliario de su padre y lo convirtió en una marca global: Trump Organization.

Se hizo famoso como magnate inmobiliario, dueño de casinos y campos de golf, y por su papel como presentador del reality show The Apprentice. Flirteó con la política ya desde los años 80, pero se lanzó realmente en 2015 como candidato republicano a la presidencia. En 2016, ganó contra Hillary Clinton, con un fuerte apoyo del voto rural, conservador y anti-élite. Su fuerte es el populismo combativo y, por tanto, se presentó como el portavoz del “hombre común” contra las élites políticas, mediáticas y económicas, usando un lenguaje directo, provocador y emocional. Se dijo gobernar con el lema “America First”, promoviendo políticas nacionalistas, proteccionistas y de línea dura contra inmigración.

Trump ha sido pionero en el uso de Twitter como herramienta de gobierno y confrontación, despreciando la comunicación institucional clásica y prefirió la comunicación personal, sin filtros. No ha dudado nunca en admitir su admiración por líderes fuertes como Putin o Kim Jong-un y siempre ha cuestionado el funcionamiento de instituciones democráticas, como la prensa o el sistema judicial. A Trump no le importa gobernar por decretos, sin preocuparse por la tradición ni por construir consensos. Para muchos, su autenticidad consiste en no parecer político, decir lo que otros no se atreven a decir y “romper el sistema”. Sus detractores, que son muchos en todo el mundo, y claro está, en los Estados Unidos, denuncian que ese estilo es irresponsable, dañino y peligroso para la democracia.

Volodímir Zelenski nació en 1978 en Krivói Rog, en el este de Ucrania, en una familia judía de clase media. Se formó en derecho, pero se hizo famoso como actor, comediante y productor de televisión. Su papel más famoso fue en la serie Sluga Narodu (servidor del pueblo) en 2015, donde interpretaba a un profesor que se convierte en presidente accidentalmente…De alguna manera, alguien descubrió que usando métodos hasta entonces poco convencionales se podía llegar al poder, siguiendo la ola de popularidad del programa. Es fácil ver una relación directa con un oligarca ucraniano, el empresario Igor Kolomoiski, dueño del canal donde se emitía su serie, pero Zelenski cultivó una imagen de independencia de los grandes intereses económicos que dominaban la política ucraniana.

En 2019, ganó las elecciones presidenciales con más del 70% de los votos, sin experiencia política previa, pero antes de la guerra, su gobierno fue inconsistente en la lucha contra la corrupción, con reformas lentas, tensiones internas y creciente desilusión del electorado, que Zelenski había conseguido, evitando los grandes mítines tradicionales y, en su lugar, usando redes sociales, YouTube, videos cortos, humor, con un lenguaje accesible, sin tecnicismos, dirigido a los jóvenes y al ciudadano cansado. Pero en 2022 se estaban cansando de Zelenski. Todo cambió con la invasión rusa de 2022. Con la ayuda de sus consejeros de imagen, emergió como un líder de guerra carismático y valiente. Se negó a huir, movilizó a su pueblo, se convirtió en símbolo internacional de resistencia. Utiliza desde el primer momento los medios con enorme eficacia, con discursos emotivos, ropa sencilla, comunicación directa y moderna.

Por último, y para no cansar, veremos otro liderazgo que junto con el de Trump, se está perfilando como un cambio trascendental en la vida política de América: Javier Gerardo Milei, político joven, nacido el 22 de octubre de 1970, en Buenos Aires, de familia de clase media, de padre empresario de transporte y una madre ama de casa. Milei estudió economía en la Universidad de Belgrano y obtuvo dos maestrías en economía. Fue docente universitario y trabajó como economista en el sector privado y en bancos. Se hizo conocido como un economista ultraliberal, seguidor de la escuela austríaca (Mises, Hayek, Rothbard). A partir de 2013, se hizo famoso por sus apariciones en televisión, donde criticaba con ferocidad a todos los gobiernos y a la “casta política”. Se volvió viral por sus gritos, insultos, frases rimbombantes y su defensa extrema del libre mercado. Se autoproclamaba “anarcocapitalista”, o al menos, minarquista.

En 2021 fue elegido diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires con su partido La Libertad Avanza. En 2023, ganó la presidencia de Argentina derrotando al peronismo y a la derecha tradicional, en una segunda vuelta. Su mensaje era radical: “¡Que se vayan todos!” “La casta es el enemigo.” Prometía dolarizar la economía, eliminar el Banco Central, recortar el gasto público, y reducir drásticamente el Estado.

Milei sabe cómo usar las redes sociales, los memes, los videos virales, TikTok, para conectar con jóvenes. Se presenta como auténtico y sin filtros, lo que lo diferencia de los políticos “formales”. Milei cree ser el único capaz de salvar a la Argentina y no teme mostrarse con símbolos religiosos o llevar una motosierra en actos, habla de “batalla cultural” y con frecuencia de “la verdad revelada” del liberalismo económico. Podemos considerarle como un fenómeno surgido del hartazgo social, la decadencia institucional y el desencanto con las élites tradicionales. Su liderazgo mezcla libertarismo económico radical, carisma populista, desprecio por las formas democráticas clásicas y una fuerte dosis de espectáculo y confrontación.

Liderazgos de izquierda y de derechas. Liderazgos mesiánicos, autoproclamados salvadores de la sociedad. Y, la gran pregunta es, ¿por qué les sigue la gente? Yo creo que parte de la explicación radica en que somos seres sociales. Si muchos a nuestro alrededor siguen a alguien, tendemos a hacer lo mismo. El “efecto manada” funciona fuerte, especialmente en situaciones de presión grupal, miedo o euforia colectiva.

A veces proyectamos en los líderes la figura de un padre, madre, héroe o salvador. Esta “transferencia” nos lleva a idealizarlos, perdonar sus fallas o incluso justificar lo injustificable. Es una forma de delegar responsabilidad y complejidad emocional.

Cuando un líder encarna una idea, un sueño colectivo, o una lucha compartida, gana legitimidad. Ya no lo seguimos por lo que es, sino por lo que representa. Eso puede inspirar revoluciones… o fanatismos. Y. cuanto más incierto es el mundo, más gente busca certezas. Y los líderes que ofrecen respuestas simples a problemas complejos tienen un gran poder de atracción, aunque esas respuestas sean ilusorias. Estas cuestiones son tan interesantes que seguiré profundizando en ellas en próximas entradas, si os parece bien.


[1] Václav Havel. El poder de los sin poder (Moc Bezmocných, 1979). Madrid: Encuentro, 1990.

[2] La famosa fotografía del Che Guevara, la que se ha convertido en un ícono global de rebeldía, fue tomada por el fotógrafo cubano Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 en La Habana, durante la celebración de un funeral por las víctimas del atentado al barco La Coubre, que transportaba armas desde Bélgica. La instantánea está tomada en un momento fugaz, se le ve serio, con mirada dura, con la boina de la estrella. Fue una toma espontánea, en la que el fotógrafo apenas tuvo tiempo de encuadrar. El Che estaba al fondo, Korda hizo clic casi por instinto. La foto no fue publicada en su momento y Korda la conservó como una de sus favoritas personales. En 1967, tras la muerte del Che en Bolivia, un editor italiano llamado Giangiacomo Feltrinelli, del que ya he escrito anteriormente, figura importante en el ámbito revolucionario y millonario, consiguió una copia de la foto y la empezó a distribuir sin pagar derechos. Se imprimió en carteles, camisetas, muros… Se volvió el retrato revolucionario más reproducido de la historia. Korda nunca recibió compensación económica, pero defendía el uso libre de la imagen si era con fines ideológicos y no comerciales. https://www.infobae.com/historias/2020/03/05/la-historia-detras-de-la-foto-mas-famosa-del-siglo-xx-el-che-guevara-por-alberto-korda/

[3] El abogado Mohandas Karamchand Gandhi ejerció en Suráfrica entre 1893 y 1914 y su estancia allí fue decisiva para su evolución personal y política. Allí no solo ejerció su profesión, sino que descubrió el racismo institucionalizado, vivió la humillación del colonialismo y comenzó a forjar su filosofía de la resistencia no violenta.

Centésimo nonagésimo segundo paseo. Celebrar la vida en tiempos de sombra: El renacer de la primavera y el dolor humano.

Camino entre miles de testimonios de la triunfante primavera. Todo explota a mi alrededor en una cascada de hojas verdes y capullos de flores a punto de abrirse. Ocurre tan rápido, que, si regreso a mi punto de partida por el mismo camino, lo encuentro ya cambiado, pues la vegetación lo va transformando ante mis ojos. Es sin duda una manifestación gloriosa de la vida y su triunfo. Todo esto en tiempo de la Pascua cristiana, que se celebra en primavera[1] porque está directamente relacionada con la Pascua judía, o Pésaj, que siempre cae en esa estación. El calendario judío es lunisolar, o sea que se basa en ciclos de la luna, pero ajustados al año solar, basándose los meses en las fases de la luna, pero cada cierto tiempo se añade un mes extra llamado adar sheni para que las fiestas no se desplacen respecto a las estaciones solares, por ejemplo, para que el Pésaj siempre caiga en primavera. y el Pésaj se celebra el 15 de Nisán, que siempre cae en torno al primer plenilunio de la primavera, entre finales de marzo y abril. Por eso el Concilio de Nicea en el 325 decidió que la Pascua cristiana se celebraría el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, de ahí que cada año caiga en una fecha distinta, pero siempre entre marzo y abril.

La preocupación humana por la muerte es tan antigua como la conciencia misma. Saber que vamos a morir nos distingue de otras especies y, al mismo tiempo, nos enfrenta a una de las angustias más profundas, la de la finitud, la del “no ser”. A lo largo de la historia, todas las culturas han desarrollado narraciones, rituales y símbolos para mitigar esta angustia. Religiones, filosofías y artes han girado una y otra vez en torno a esta herida abierta. En el Pesaj se celebra también un triunfo sobre la muerte. En la noche que marca el comienzo de Pésaj, según el relato del Éxodo, Dios envía la última de las Diez Plagas sobre Egipto, que es la muerte de los primogénitos. Los hebreos son salvados de esa plaga porque marcan con sangre de cordero las puertas de sus casas y el ángel exterminador pasa de largo. “Pasáj”, en hebreo significa “saltar” o “pasar por alto”, evitando la muerte de los primogénitos israelitas.

Así, Pésaj celebra, entre otras cosas, ser salvados de la muerte gracias a un acto de obediencia y de fe y marca el paso o “pasáj” de la esclavitud a la libertad, y en la tradición bíblica, la esclavitud puede verse como una forma de muerte existencial, ser esclavo es vivir sin plena vida, sin dignidad. La salida de Egipto es un nacimiento, el pueblo de Israel nace entonces como pueblo libre. Dejar Egipto es como resucitar a una vida nueva.

La Pascua cristiana, heredera del Pesáj, celebra la resurrección de Jesús después de su muerte en la cruz. No es simplemente un relato de muerte y renacimiento, es la afirmación de que la muerte no tiene la última palabra. Jesús, como figura central, no solo sufre y muere, sino que vence a la muerte, prometiendo a los creyentes una vida eterna, en un mensaje que no es solo teológico; es existencial. Ofrece a los seres humanos algo que desean con desesperación; ofrece la esperanza frente a la aniquilación. En el rito pascual, la muerte, terrible e inevitable, se convierte en un umbral, no en un final. Así, la Pascua no niega la muerte, pero la transfigura.

También es interesante que la Pascua cristiana se superponga con tradiciones anteriores de celebración de la primavera, como la propia Pascua judía y fiestas paganas de renovación. En todos estos casos, el tema es el mismo: el paso de la muerte, en forma de invierno, esclavitud, sufrimiento, a la vida en primavera, libertad y salvación. La naturaleza misma enseña esta lección cíclica de muerte y renacimiento, que la Pascua recoge y espiritualiza.

Entonces, podríamos decir que la preocupación por la muerte genera en los seres humanos una profunda necesidad de narrativas de sentido. Y la Pascua, en sus muchas formas, es una de las más potentes que hemos creado, no para negar la muerte, sino para domesticarla, darle forma, y, en cierto modo, vencerla simbólicamente. La muerte pesa sobre el corazón humano como una sombra inevitable. Saber que todo terminará, que cada latido nos acerca al silencio, podría paralizarnos. Sin embargo, es justamente ese saber lo que nos impulsa a buscar sentido, a inventar celebraciones de resurrección, a sembrar palabras contra el vacío.

La Pascua, más allá de credos, nos habla de la posibilidad de una vida eterna, aquí mismo, en medio de nuestras ruinas. No es necesario esperar milagros celestes, cada acto de amor, cada momento en que elegimos la ternura frente a la desesperanza, es ya una forma de resurrección que la naturaleza misma nos lo enseña: el árbol que parece muerto en invierno guarda en sus entrañas la promesa del brote. Así también nosotros: cuando todo parece perdido, algo en lo profundo, algo silencioso y terco, puede despertar.

Por eso, celebrar la Pascua, creyentes o no, es afirmar que somos más que nuestra caída. Que podemos atravesar la muerte, no solo la última, sino las pequeñas muertes diarias, el duelo, el fracaso, la tristeza, y emerger, aunque sea heridos, aunque sea cambiados. Vivir es morir un poco todos los días. Pero también es renacer.

Si miramos la Pascua desde un enfoque secular o filosófico, nos alejamos del dogma religioso, pero la estructura simbólica sigue siendo enormemente poderosa. la Pascua puede ser una fiesta de la esperanza, de la posibilidad de renovarnos después de las pérdidas, de afirmar que después de las noches más oscuras puede venir un nuevo amanecer.

Mis reflexiones me llevan a pensar que, en este mismo momento, están muriendo niños, mujeres, ancianos, gente inocente, en Palestina y en otras partes del mundo. En Palestina, contrasta la celebración del Pésaj, una fiesta que celebra la liberación del sufrimiento, el paso de la esclavitud a la libertad, la vida que triunfa sobre la muerte, con el que los judíos, en su relato fundacional hablan de un pueblo oprimido que logra salir hacia un futuro de dignidad y vida, con la muerte y la destrucción, en especial con el sufrimiento de la población palestina en Gaza, en Cisjordania y en otros lugares. El contraste es profundamente doloroso y trágico.

Mientras se celebra la liberación del propio pueblo, en el caso judío-israelí, otros seres humanos, los palestinos, están siendo privados de su vida, su tierra, su libertad, y a menudo, de su esperanza. Celebrar la libertad mientras otros mueren o sufren bajo ocupación o guerra genera una disonancia ética enorme y muchos judíos en Israel y en la diáspora son muy conscientes de este contraste. Por suerte, aunque no es muy conocido, hay organizaciones judías como Breaking the Silence[2], B’Tselem[3], Jewish Voice for Peace[4], entre otras, que levantan la voz precisamente porque sienten que los ideales de la liberación de Pésaj obligan moralmente a oponerse a la opresión de otros.

En los mismos textos del Séder de Pésaj, hay un momento en que se derrama vino de la copa por cada una de las plagas de Egipto, para simbolizar el dolor de los egipcios, porque incluso la caída del enemigo debe doler, no debe celebrarse con alegría total. Algunos añaden en sus ceremonias de Pésaj oraciones por todos los pueblos que hoy siguen viviendo bajo opresión, incluyendo a los palestinos. Dentro del judaísmo existe el concepto de “Tikkun Olam” (reparar el mundo), que muchos entienden como un mandato de trabajar por un mundo más justo, incluso especialmente más allá del propio grupo. Escribo todo esto, ya en mi casa, sintiendo aún el espíritu optimista que emana de la primavera, con un deseo de paz auténtica, en Palestina y en el mundo en general. Termino con un poema hecho canción-protesta de Manolo Díaz[5], que escuché en 1967 y nunca olvido:

Huele a tierra quemada,

todo es destrucción

en la guerra.

Y no hay piedra con piedra

ni existe el amor

en la guerra.

Hay que empezar a trabajar.

Volveremos a ser

lo que fuimos ayer;

nuestros hijos podrán

vivir en paz

en postguerra.

Han pasado dos años

y no hay una flor,

es postguerra.

Y ya solo nos queda

el hambre y el valor,

es postguerra.

Ni una nación nos ayudó.

Han pasado diez años

esto va mejor.

En la guerra.

Ya tenemos más bombas

y nuevo cañón.

En la guerra.

La gente ya no quiere paz.

Ya empezamos a ser

lo que fuimos ayer.

Nuestros hijos ya son

de una nación

sin postguerra.

Han pasado más años

y qué viejo que estoy.

Fui a la guerra

Si mis hijos supiesen,

supiese quien soy.

Fui a la guerra.


[1] Comprendo que muchos de mis lectores, nacidos en el hemisferio sur, levantaran una ceja, pero, es que estas tradiciones surgieron en el hemisferio norte, aunque fueran llevadas por todo el mundo, siglos después.

[2] https://www.breakingthesilence.org.il/

[3] https://statistics.btselem.org/en 

[4] https://www.jewishvoiceforpeace.org/

[5] Este Manolo Díaz es un apersona muy interesante. Esta canción protesta, grabada en París, llegó a ser una canción muy conocida en España. Díaz venía de fundar el grupo Los Bravos y crear muchos de los éxitos del su álbum Black is Black, como La moto, Los chicos con las chicas o La parada del autobús. Yo le conocí en Madrid, en la radio, en los estudios de la Gran Vía, presentando justamente su single Postguerra. Remarcable, por salir durante el tardofranquismo.

Centésimo nonagésimo primer paseo. La lección magistral de la primavera.

Cada año, la primavera llega sin hacer ruido. Regresan la luz, el color y el movimiento, aunque el invierno nos pareciera definitivo. Hay en este retorno una lección sencilla, que yo pretendo entender como que la vida no es lineal, ni permanece quieta. Vive de ritmos, de pérdidas y de renacimientos. También en la historia humana hay estaciones. Hubo un tiempo, en la Europa de los siglos XV y XVI, en que los hombres buscaron reanimar algo que sentían casi perdido: la confianza en la razón, en la dignidad de la vida terrestre, en la capacidad humana para pensar y crear. Ese movimiento, que llamamos Renacimiento, no fue un simple regreso a la Antigüedad. Fue un intento consciente de reencontrar el sentido de la libertad y la ética de la belleza.

“Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves.”[1]

Pico della Mirandola, en su Oración sobre la dignidad del hombre, escrita en 1486, lo expresó con palabras que aún resuenan. Para este pensador, el hombre no tiene un lugar predestinado; su tarea es construirse a sí mismo. Así como en la primavera cada brote nace por impulso propio, también en cada época, en cada vida, se da la posibilidad de un nuevo comienzo.

Hoy, al ver florecer de nuevo las flores de mi jardín, las mieses en los campos, recuerdo esperanzado que ninguna noche es definitiva, que todo puede ser rehecho, y que la tarea de renacer no depende de un favor exterior, sino del esfuerzo callado de cada uno.

La primavera no solo trae de vuelta la vida, sino que trae también la forma de la vida. No basta con que algo viva, importa cómo vive. El brote nuevo no es solo materia en expansión. Tiene orden, tiene proporción, tiene belleza. Su estructura no es arbitraria, porque responde a una armonía interna que hace posible su crecimiento. Me paso a veces horas contemplando y admirando las formas y los tonos de las flores.

Esta ideas me surgen caminado por mi bosque. Digo mi bosque, porque he caminado tanto por sus senderos que conozco cada recodo y echaría de menos si faltase un árbol. No exagero, no. Hoy voy caminando y la luz de abril cae oblicua entre los árboles aún casi desnudos. En el suelo, como copos detenidos en el tiempo, aparecen las anémonas de bosque, florecillas pequeñas, blancas, temblorosas. No hay tumulto en ellas, sólo un gesto de puro ofrecimiento. Me detengo y las miro de cerca.

La anémona se eleva apenas unos palmos del suelo. Su tallo es delgado, verde pálido, casi frágil, pero flexible. No se yergue en desafío, sino en escucha. No hay rigidez en su ascenso. Su curvatura ligera dice que la fuerza y la gracia no se excluyen. Al llegar a la cima, el tallo se abre en tres hojas divididas en lóbulos finos, como manos abiertas. Y entre estas manos, en el centro, brota la flor. Cinco, seis, a veces siete pétalos blancos la forman, desplegados en un círculo sereno. No son uniformes: cada uno lleva en sí una leve variación de forma y tamaño, como si la flor recordara que la perfección no consiste en la exactitud, sino en la armonía. El blanco de los pétalos no es un blanco duro, más bien tiene matices de azul, de rosa, según el ángulo de la luz.

En el corazón de la anémona, el centro amarillo recoge los estambres, menudos y numerosos, como un pequeño coro que canta en voz baja al sol. Aquí late su razón de ser, pues la flor no se exhibe para sí misma. Se ofrece para el encuentro, para la fecundación, para la continuidad de la vida. Cada anémona es un puente entre lo que fue y lo que será. Y, sin embargo, nada en ella parece calculado. Su forma responde a una ley más antigua que la memoria, la de dar sin esfuerzo, la de existir cumpliendo su medida exacta, ni más ni menos. La anémona no se pregunta por su propósito; simplemente lo cumple, con una humildad tan profunda que casi duele.

Contemplándola, uno comprende que la belleza no es un añadido a la vida, sino su forma natural cuando la vida es fiel a sí misma. Y que la levedad de la anémona no es debilidad: es la fuerza de quien no necesita imponerse para existir. Este impulso ético de la belleza se ve en todo: en la arquitectura de Brunelleschi, en la pintura de Leonardo, en la filosofía de Ficino. La belleza no era entendida como un lujo superficial, sino como un modo de ser fiel al mundo. Crear belleza, vivir de manera bella, era un deber hacia la vida misma.

En tiempos de desorden, de confusión o de ruptura, como los que precedieron al Renacimiento, o los que vivimos ahora, esta ética de la belleza se vuelve aún más necesaria. No se trata de volver al pasado, ni de imitar formas antiguas. Se trata de recordar que cada época, como cada primavera, tiene la posibilidad, y la responsabilidad, de ordenar de nuevo el mundo a partir de la belleza.

La primavera enseña que la vida verdadera no consiste solo en brotar, sino en brotar con forma, con medida, con sentido. Así también el hombre renace de verdad cuando su vida no se limita a continuar, sino cuando se ordena hacia algo más alto, ya sea hacia la verdad, hacia la bondad, hacia la belleza. Hoy vivimos en una época que, como otras anteriores, se debate entre fuerzas de creación y de destrucción. Abunda el movimiento, pero no siempre el orden. Se producen imágenes, palabras, objetos, pero no siempre belleza. La técnica avanza, pero no necesariamente la comprensión de la vida.

Volver a la belleza como medida de la acción humana no significa buscar la perfección externa, ni caer en esteticismos vacíos. Significa recordar que nuestras obras, nuestros gestos, nuestras palabras, deben aspirar a un orden interior, a una fidelidad a lo verdadero y a lo bueno. La belleza, en su sentido más alto, no se impone, simplemente se revela donde hay respeto por la vida y por su misterio.

Así como la primavera no fuerza su esplendor, sino que lo realiza naturalmente siguiendo su ley profunda, también el hombre, si es fiel a su naturaleza más alta, puede vivir de manera bella. No como un artista que adorna el vacío, sino como un ser que colabora con la creación continua del mundo. Renacer, entonces, no es simplemente empezar de nuevo. Es reordenar la vida conforme a lo que merece ser vivido. Es recordar que toda vida humana, por pequeña que sea, tiene la capacidad, y la responsabilidad, de ser un reflejo de belleza en el mundo.


[1] Giovanni Pico della Mirandola, Oración sobre la dignidad del hombre. “-Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son divinas.

¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del hombre al cual le ha sido concedido el obtener lo que desee, ser lo que quiera! https://ciudadseva.com/texto/discurso-sobre-la-dignidad-del-hombre/

Centésimo nonagésimo paseo. Lo que se puede aprender de personajes ficticios.

Hoy he dado un paseo por las calles de Ystad, ciudad costera del sur de Suecia, que enamoró a mi hermana cuando se la enseñé, hace ya muchos años. En el extremo sur de Suecia, donde el mar Báltico acaricia playas de arena blanca , bañadas por agua demasiado fría para el bañista, y el viento arrastra perfumes de sal y brezo, algo rudos a mí parecer, se alza Ystad, una ciudad que parece haber sido tallada a mano por siglos de historia y literatura. Ystad no es solo un lugar; es una atmósfera, con calles empedradas que serpentean entre casas de entramado de madera, torres de iglesias que rasgan el cielo grisáceo, y una luz oblicua que convierte cada rincón en un escenario de melancolía.

Los orígenes de esta ciudad se remontan al siglo XII, cuando era apenas un asentamiento de pescadores de arenques. Su nombre aparece por primera vez en documentos oficiales hacia 1244. Durante la edad media fue un puerto estratégico en la Liga Hanseática. Prosperó como centro de comercio e intercambio cultural con el continente europeo.

Las casas burguesas, los almacenes portuarios y los monasterios de ladrillo rojo (como el Monasterio de los Franciscanos, uno de los mejor conservados de Suecia) son vestigios vivos de aquel esplendor. En épocas de guerra y peste, Ystad sufrió como toda Escandinavia, pero su espíritu marinero, mezcla de terquedad y nostalgia, la sostuvo contra los embates del tiempo y la conservó hasta nuestros días, conservando la historia como en una capsula del tiempo. La ciudad siguió viviendo su vida somnolienta, con vestigios históricos en monumentos y calles, como la Iglesia de Santa María, con su trompetero en la torre, o la calle “Spanienfarare” que lleva al puerto, cuyo nombre indica que desde Ystad se podía viajar hasta España, hasta el mismo Cadiz en el siglo XVIII.

De repente, en los años 90 del pasado siglo, Ystad hizo su aparición en la imaginación mundial, cuando el escritor Henning Mankell eligió esta ciudad como hogar de su melancólico detective, Kurt Wallander. A través de las novelas comenzaron a conocerse las playas de Sandskogen (Bosque de Arena), el puerto adormecido, las granjas solitarias del campo de Österlen. Todo ello, junto a la propia ciudad, se convirtió en escenarios de crímenes, investigaciones sombrías y profundas meditaciones existenciales.

Mankell no embelleció Ystad; al contrario, la describió como un espejo de la crisis moral moderna: una ciudad pequeña atrapada entre un pasado seguro y un futuro incierto lleno de violencia, inmigración, racismo y desencanto. Kurt Wallander, cansado y ético, caminando por las calles de Ystad bajo la lluvia, encarnó la angustia silenciosa de una Europa en transformación. Hoy, visitantes de todo el mundo siguen sus huellas: Visitan la comisaría real donde “trabajaba” Wallander, pasean por las tiendas y cafés mencionados en las novelas, como “Fridols konditori”, donde el detective se tomaba su “fika”, y se dejan envolver por la misma sensación de inquietud, melancolía y belleza frágil.

Aquí, la historia no es un museo muerto: se respira en las fachadas torcidas por lo siglos, en los cementerios cubiertos de musgo, en los aromas de pan de centeno y pescado ahumado que flotan en el aire en la cercana Kåseberga.

Ystad es una ciudad donde el tiempo no pasa: vaga, fluctúa, se oculta tras la niebla y luego resurge en las páginas de un libro o en el recuerdo de un viajero. Una ciudad que enseña que incluso en los rincones más tranquilos del mundo, la vida, y sus fantasmas, nunca dejan de latir. Y, aquí llegamos mi compañera y yo hace 20 años, para las fiestas, y para correr una carrera popular. Ella quedo primera en su categoría y esperamos a la entrega de premios tomando un café, justamente en Fridolfs konditori. El premio consitió en la serie completa de los libros de Henning Mankell sobre el comisario Kurt Wallander, todos los publicados hasta entonces, que eran diez y solo faltaban los dos últimos, que fueron editados en 2009 y 2013 respectivamente.

Nosotros no habíamos leído nada sobre Kurt Wallander y nos llevamos el pesado paquete sin muchas esperanzas. Era verano y yo tomé el primero para tener algo que leer en una casita que alquilamos en la isla de Iv, isla situada en medio de un lago (Ivesjön). Necesitaba algo que leer porque más de la mitad de los días que pasamos allí, llovió copiosamente y los proyectos de playa y sol se fueron al garete. Pero un buen café y la lectura, compensó ampliamente la decepción ante la adversidad meteorológica.

El escritor sueco Henning Mankell, siendo él ya un escritor y dramaturgo experimentado, a principios de los años 90, decidió crear el personaje de Kurt Wallander, un policía, que es mucho más que un detective: es un hombre que carga con el peso del tiempo, de la culpa, de la incertidumbre moral. La intención de Mankell era escribir sobre la transformación profunda de la sociedad sueca en los 90: una Suecia que estaba dejando atrás su imagen de país homogéneo, seguro y progresista, y comenzaba a enfrentarse a problemas de violencia, racismo, desarraigo y desilusión. Una frase típica de Kurt Wallander es: “Ya no reconozco el país en el que nací.” Wallander consigue comunicar una conciencia aguda del declive de los valores modernos y la fragilidad de la civilización.

Aunque Mankell insistió en que no eran un panfleto político, sus novelas aumentaron la conciencia sobre los riesgos de la exclusión social, el racismo, el abandono de los servicios públicos. Alimentaron también debates sobre cómo debía Suecia gestionar la inmigración, cómo proteger el Estado de bienestar o cómo combatir la xenofobia sin perder valores democráticos. No es que Wallander dictara programas políticos, pero humanizó problemas sociales y movilizó sensibilidades progresistas, especialmente en sectores que veían en las novelas una llamada de atención contra la indiferencia y el egoísmo social. Él hizo que muchos lectores suecos, y europeos, vieran la crisis social no como un problema simple de “buenos y malos”, sino como una compleja descomposición moral de toda la sociedad. Mankell murió en 2015 a los 67 años y no llegó a vivir la explosión de violencia que vivimos en el momento en Suecia.

Kurt Wallander influyó en la percepción de la sociedad, y de manera indirecta también tocó la política, sobre todo en Suecia y Europa del Norte. Antes de Wallander, la imagen exterior de Suecia era la de un país neutral, moderno, casi utópico: “Suecia, el país perfecto”, pero, después de Wallander, Suecia empieza a verse también como un país vulnerable, en transición, lleno de contradicciones. El “nórdico melancólico” pasa a ser una figura reconocible en la cultura popular: un individuo ético pero agobiado por un mundo que se desmorona. Esto alimentó un tipo de realismo crítico que luego explotó con el llamado “nordic noir”: todo un género de novelas y series, por ejemplo, Millennium de Stieg Larsson o El puente.  

Henning Mankell, en sus novelas de Kurt Wallander, construye un contraste profundamente inquietante: por un lado, describe con un tono casi lírico la belleza serena del sur de Suecia, los campos de colza, los bosques, las playas abiertas hacia el Báltico; por otro, en ese mismo paisaje aparentemente inocente, irrumpe la violencia más brutal y absurda. Este contraste es uno de los núcleos emocionales de toda la serie.

Y es también su forma de hablar de la banalidad del mal, de la que hablaba Hannah Arendt, el hecho de que el horror no necesita de escenarios espectaculares; sucede en medio de lo cotidiano, de lo hermoso, de lo aparentemente seguro. Imágenes de luz nórdica, cielos eternamente cambiantes, el mar que “respira” en la costa, los campos de trigo meciéndose con el viento. Detalles mínimos, como los aromas de la tierra húmeda, el sonido distante de las grullas, la soledad de una carretera al amanecer. Mankell resalta la paz exterior de Ystad y su entorno para reforzar su papel como “paisaje interior” de los personajes. Esta belleza no es “pura” ni “idílica”; es melancólica, cargada ya de una especie de anticipación de la pérdida.

Mankell no pinta monstruos ajenos a la sociedad, sino productos invisibles de ella, que cometen crímenes brutales: asesinatos que a menudo parecen innecesarios, excesivos, difíciles de comprender en términos racionales. Muertes motivadas no por grandes causas, sino por odio sordo, racismo, egoísmo, venganza menor, o simplemente por indiferencia. Muchas veces, los asesinos son personas aparentemente ordinarias: granjeros, empleados, funcionarios, vecinos.

Henning Mankell retoma, en forma de novela, la idea que formuló Hannah Arendt cuando hablaba del juicio a Adolf Eichmann: El mal no siempre viene en forma de grandes monstruos o villanos caricaturescos. A veces son personas comunes que, en un contexto de soledad, alienación o ideología, cometen atrocidades sin siquiera sentir que hacen algo extraordinario.

En el mundo de Wallander, el campo sueco ya no es refugio de bondad simple, si es que lo ha sido alguna vez. La modernización, la soledad urbana y la pérdida de valores comunes crean vacíos donde el mal crece discretamente. La violencia no interrumpe el paisaje: convive con él, como una grieta en una hermosa pintura.

“El amanecer era tan claro que dolía mirarlo. Wallander se preguntó cómo podía caber tanta belleza en un mundo donde esa misma mañana dos ancianos habían sido asesinados brutalmente en su cama.”[1]

“La carretera cruzaba campos de cebada iluminados por el sol, y Wallander pensó que jamás había visto un paisaje tan sereno. Al mismo tiempo, sabía que, en algún lugar, en esa misma quietud, caminaba un asesino.”[2]

Wallander es sin duda un existencialista melancólico. Su filosofía personal se podría resumir en cuatro grandes ideas: el mundo es caótico y no tiene un orden moral claro, la responsabilidad individual es lo único que cuenta, la soledad es el estado natural del ser humano y la belleza efímera justifica la vida.

Wallander percibe que, la violencia, el crimen y la injusticia no responden a un plan racional y el bien y el mal se mezclan y a menudo no se distinguen con claridad. No hay garantía de que la vida premie a los justos ni castigue a los culpables. Su tarea como policía no es “restaurar el orden absoluto”, sino luchar para mantener pequeñas islas de sentido dentro del caos.

Wallander cree profundamente en la responsabilidad personal, cosa que comparto. No puede cambiar el mundo entero ni puede eliminar el mal. Pero sí puede actuar, cada día, según su conciencia. Esto es puro existencialismo sartriano: somos lo que hacemos, incluso en medio de un universo indiferente.

La soledad es parte de la esencia de Wallander. A nivel familiar mantiene una relación tensa con su padre y su hija. A nivel amoroso es incapaz de sostener relaciones. A nivel social se siente cada vez más desconectado de la Suecia moderna. Pero Wallander no dramatiza su soledad; la acepta como parte de la condición humana. Es una soledad silenciosa, melancólica, pero digna.

Aunque ve mucho horror, no es un cínico completo, porque encuentra sentido y momentos de felicidad en un paseo junto al mar, el sonido del viento en los campos, la breve risa de una amiga o la luz del amanecer después de una noche difícil. Estos momentos de belleza simple, aunque fugaces, son suficientes para él, para seguir viviendo.

A Wallander, lo saco aquí, paseando por Ystad, a sabiendas que no es el pionero del “nordic noir”. En realidad los pioneros fueron la pareja de escritores Maj Sjöwall y Per Wahlöö que crearon el comisario Martin Beck, el policía humanista y crítico que aparece en los años 60-70, en una serie de 10 novelas, por ejemplo, El policía que ríe, El hombre que se esfumó. Beck es un policía meticuloso, melancólico, honesto, crítico con el estado sueco y reflejan un desencanto profundo con el sueño socialdemócrata sueco.

Sjöwall-Wahlöö presentan una Suecia donde el Estado falla en proteger a los más débiles, donde la policía misma está contaminada de corrupción, burocracia y cinismo. Aunque cansado y enfermo, Beck lucha por mantener una pequeña chispa de humanidad en su trabajo. La serie de Beck fue creada como una crítica sistemática al modelo social sueco, y su tono es claramente político.

Mankell admiraba abiertamente a Sjöwall y Wahlöö y consideraba a Beck como el modelo inicial para construir su propio personaje, Kurt Wallander, el policía existencialista, que aparece como novela a partir de 1991. Mankell lleva un poco más lejos el desgarro interior: Wallander no solo lucha contra el crimen o la corrupción: lucha contra la propia descomposición de la sociedad y contra su vacío interior. Mientras Beck todavía confía algo en la acción política, Wallander ya siente que la historia misma se ha quebrado. Si tienes tiempo y encuentras alguna novela de Beck o Wallander, te las recomiendo todas. También puedes ver series, porque se han hecho varias, con diferentes actores en diferentes épocas, Anoche mismo, estuve viendo la serie de Beck, en una versión bastante reciente.  


[1] Asesinos sin rostro (1991)

[2] La falsa pista (1995)

Centésimo octogésimo noveno paseo. Palabras son. Releyendo a Victor Klemperer.

Despierto, como casi siempre, antes de que den las seis. Por los resquicios de las cortinas del balcón penetran los rayos de sol, cortando la oscuridad como cuchillos áureos. Despierta el cuerpo y, al poco, también el alma. Un nuevo día de primavera está ante mí, nada sé de él; me dispongo a vivirlo. Con el primer café de la mañana, repaso los diarios en la red. Antaño esperaba la llegada del repartidor de periódicos, con el cotidiano sonido del buzón al cerrarse, y emprendía la rutina de salir a buscarlo, traerlo a la cocina, extenderlo sobre la mesa, con la taza de café y las tostadas a mi derecha. Ahora ya es solo abrir la tapa del ordenador e ir buscando, uno por uno mis diarios, que al estar disponibles, son muchos; cada día más. Empiezo por lo local: Sydsvenskan, es un periódico regional de Escania con redacción en Lund y otras pequeñas ciudades del sur de Suecia. Ocasionalmente escribo en él algún artículo de opinión. Sigo con Dagens Nyheter, que es el diario más importante en Suecia, dónde se puede leer lo que ocurre en el mundo de la política, la cultura y la ciencia, y con análisis, normalmente bien informados, de lo que acontece fuera de nuestras fronteras. De ahí, paso a El País, para leer sobre la actualidad española. Este diario a pasado a tener un sesgo abiertamente de izquierdas y me obliga a completar con El Diario, ABC y el Mundo, ocasionalmente con el Punt Avui. De ahí me voy a The Guardian, Financial Times y The independent, para ampliar la perspectiva, Le Monde y Le Figaro para conseguir una perspectiva francesa y, ocasionalmente, algún periódico alemán o italiano y, aunque con menos frecuencia, también el órgano de información de la Unión Europea Politico Europe.

El leer tantos periódicos debería darme una perspectiva muy rica de lo que es la situación política pero desgraciadamente, parece que todos eligen la misma perspectiva, aunque con diferentes ángulos. Parece como si todos recibiesen la información de las mismas fuentes y la crítica a esas fuentes es absolutamente imperceptible. Me da la impresión de que nos encontramos ante una información completamente uniforme o uniformizada. Me faltan voces disonantes que se atrevan a analizar los acontecimientos desde perspectivas más personales. Hasta cierto punto, comprendo por qué muchos ciudadanos abandonan los medios tradicionales y se aventuran por el ciberespacio, lleno como está este de todo tipo de análisis de múltiples rasgos y tendencias. Me parece comprender que buscan la afirmación de sus ideas y creo que todos encuentran medios a su medida.

La interpretación de lo que los medios informativos nos ofrecen depende en gran manera del lenguaje que ofrecen y de cómo lo interpretamos, los que leemos las informaciones y los análisis que exponen. El lenguaje es la herramienta esencial de los medios de comunicación. No solo transmite información: configura realidades, establece relaciones de poder y define los marcos desde los cuales se interpreta el mundo. El lenguaje no es neutro; cada palabra elegida, cada giro sintáctico, cada término técnico o coloquial, tiene un peso, una intención, una carga. Y ocurre, o al menos me está ocurriendo a mí, algo curioso y a la vez preocupante: el lector puede sentirse alienado por ese mismo lenguaje, incluso cuando lo domina, este es mi caso ¿Por qué?

Yo creo que los medios muchas veces construyen un lenguaje cerrado sobre sí mismo, cargado de tecnicismos, de jergas profesionales, de giros retóricos que suenan vacíos. No es que yo no entienda las palabras, sino que no encuentro mi vida en ellas. Es como si escuchara hablar de un mundo que no me pertenece, aunque sea el mío.  Eso ocurre sobre todo cuando el lenguaje en los medios está al servicio de agendas políticas, intereses económicos o narrativas ya construidas, los lectores percibimos, aunque sea de manera vaga, que no se nos está diciendo toda la verdad. Nos sentimos tratados como objetos de persuasión y no como sujetos pensantes. Esa desconfianza crea distancia.

En tiempos de titulares veloces, de fragmentos virales, de noticias en cadena, el lenguaje se vuelve rápido, casi ansioso. Se sacrifica la profundidad por la inmediatez. Esto empobrece mi experiencia como lector, que busco comprensión y reflexión, no solo consumo de datos. Y, a veces, el lenguaje de los medios excluye ciertas voces, ciertos modos de hablar, ciertas realidades sociales o culturales. No se trata solo de palabras, sino de formas de ver el mundo. Cuando eso ocurre, los lectores no nos vemos reflejados en el discurso mediático. Y nos alejamos, sin querer, poco a poco. También hay una forma de alienación más sutil: cuando el lenguaje de los medios embellece la falsedad, disfraza la violencia o adorna la injusticia. Entonces, yo, aunque entienda cada frase, siento que hay algo falso, algo que me revuelve el estómago. Esa repulsión es también una forma de alienación.

Pero hoy quiero referirme a la alienación que causa leer textos que emplean una cantidad exagerada de neologismos. Yo soy un lector habitual. He pasado la vida entre libros, escuchando el lenguaje respirar con todos sus matices. Sé distinguir entre una palabra justa y una palabra vacía. Por eso, cuando leo un artículo de análisis cargado de neologismos innecesarios, siento que algo se cae al vacío y se rompe. Los neologismos pueden tener su función: nombrar fenómenos nuevos, realidades complejas, transformaciones del pensamiento. Pero cuando proliferan sin medida, desplazan lo esencial: la claridad, la resonancia emocional, la belleza del lenguaje bien usado. En vez de invitarme a comprender, el texto parece retarme a un juego de desciframiento. Y ese esfuerzo constante, lejos de estimular, fatiga.

A veces, los neologismos se usan seguramente como ornamento, como si el autor quisiera demostrar erudición en lugar de compartir una idea. Yo entonces ya no escucho una voz que busca decir algo con honestidad, sino a alguien que quiere brillar, complicando lo que podría explicarse con palabras más llanas. Esa pretensión estilística termina por alejarme.

Yo, como lector literario, valoro la cadencia, la armonía de una frase bien construida. Pero los neologismos, sobre todo los de raíz técnica o académica, suelen ser ásperos, intrusivos, a veces ridículos. Rompen la fluidez, como piedras en un río. Y la lectura, entonces, ya no fluye: se encalla. Las palabras nuevas, si no están bien arraigadas en el uso común o en el pensamiento crítico, no me tocan. Son formas huecas. Puedo entender su significado, incluso captar su función, pero no me dicen nada que resuene con mi experiencia. Y cuando no hay resonancia, desaparece el interés. En el fondo, quizá lo que más me incomoda es sentir que ese uso exagerado del neologismo parte de una relación desigual: como si el autor no confiara en mi inteligencia, sino que la pusiera a prueba innecesariamente. Y yo no leo para ser examinado, sino para dialogar, pensar, sentir, crecer.

En muchas ocasiones, mientras leo ciertos artículos de análisis o columnas de opinión, me detengo en seco. No por el contenido, que puede ser valioso, ni por la forma, que suele estar bien cuidada. Me detengo por las palabras. Por ese desfile de neologismos internacionales que, lejos de aclarar lo dicho, lo cubren con una pátina de presunta modernidad y profundidad. Me fastidian, por ejemplo, expresiones como “resiliencia”, importada del inglés con un barniz psicológico que pretende explicar toda la condición humana en una palabra que no tiene alma. Antes, decíamos resistencia, capacidad de aguante, entereza. ¿No bastaban?

También me incomoda “empoderamiento”, esa calca directa del empowerment anglosajón, que suena más a eslogan de empresa que a verdadera emancipación. Decíamos fortalecimiento, autonomía, asumir poder, palabras que venían con historia y cuerpo. Me irrita “narrativa”, usada como comodín. Todo se ve como narrativa: la política, el marketing, la historia personal. Y se olvida que no todo lo que se cuenta es necesariamente una narración, ni todo discurso una construcción ficcional. Detrás de esa palabra muchas veces se esconde una forma de relativizar la verdad.

Y, hablando de verdad, la “posverdad” es otra palabra que me resulta hueca, aunque ya se haya vuelto moneda corriente. Como si el engaño, la manipulación o el cinismo fueran inventos recientes. Lo que hay es mentira de toda la vida, pero ahora disfrazada con galas académicas. Y ni hablemos de “fake news”, que parece dicho a propósito para evitar decir “mentira” o “engaño mediático”. De pronto, una palabra inglesa basta para suavizar una práctica corrosiva.

No tengo nada contra la evolución del lenguaje. Sé bien que toda lengua vive, evoluciona, respira. Pero me resisto a que ese cambio venga sin necesidad, sin respeto por la claridad, sin arraigo. Cuando las palabras nuevas no nacen del suelo de la experiencia, sino de la moda, del tecnicismo o de una especie de vanidad intelectual, entonces no enriquecen el discurso, más bien lo empobrecen.

He tropezado con un libro que no conocía de Victor Klemperer: “Diario de la revolución 1919 – hay que reir y llorar al mismo tiempo”. Es un libro publicado en 2015 con un texto inédito hasta entonces que ofrece una mirada íntima y detallada de los tumultuosos eventos que siguieron al final de la Primera Guerra Mundial en Alemania. Klemperer, reconocido filólogo y profesor universitario, documenta en sus escritos las tensiones sociales y políticas que marcaron el inicio de la República de Weimar.

Releer a Victor Klemperer hoy no es solo un ejercicio histórico o literario: es, quizás, un acto de resistencia, de lucidez y de higiene mental y moral. En tiempos de polarización, manipulación mediática y banalización del lenguaje, Klemperer nos ofrece herramientas esenciales para pensar críticamente, cuidar las palabras y entender los signos del poder. De este autor conocía la obra Lingua Tertii Imperii, en la que Klemperer muestra cómo el nazismo transformó el idioma cotidiano en un instrumento de dominación. Palabras como “fanático”, “heroico”, “total”, “limpieza”, “elemento”, aparentemente inofensivas, fueron vaciadas, infladas o infectadas ideológicamente.

En un mundo saturado de propaganda, eufemismos bélicos, discursos de odio disfrazados de opinión, reaprender a leer el lenguaje como Klemperer lo hace es vital. Sus diarios, el de 1919 y el más conocido que relata sus vicisitudes de 1933 a 1945, muestran cómo una persona común, culta, pero sin poder, resiste internamente a un régimen totalitario. Su testimonio no es el de un héroe épico, sino el de un hombre que observa, anota, reflexiona, y sobrevive casi por milagro.

Cuando leo La lengua del Tercer Reich, no lo hago solo como lector curioso de historia o filología. Lo leo como alguien que ha vivido entre palabras, que ha amado el lenguaje y que sabe, como lo sabía Victor Klemperer, que en las palabras se juegan cosas más hondas que el estilo o la moda. Se juegan la verdad, la libertad, el pensamiento.

Klemperer mostró, con una lucidez que a veces estremece, cómo el régimen nazi no solo controló cuerpos, sino también conciencias, en parte a través del lenguaje. Analizó cómo ciertas palabras nuevas, ciertos neologismos y giros lingüísticos, se introducían en el habla cotidiana para moldear la percepción de la realidad. El objetivo no era solo nombrar, sino transformar el pensamiento. Hacer que lo impensable pareciera natural. Que lo brutal se volviera “normal”. Que el odio se vistiera de deber.

Esa conciencia de que el lenguaje puede ser un instrumento de dominación me ha acompañado siempre. Y por eso, aunque no estemos hoy bajo un régimen totalitario, me mantengo alerta frente a los neologismos innecesarios, a las palabras que vienen de fuera con aire de superioridad, que sustituyen sin necesidad, que enmascaran en lugar de revelar.

Muchos de esos términos, aunque vengan del mundo académico, político o empresarial, cumplen una función parecida: disciplinan el pensamiento. Nos hacen hablar de lo humano con tecnicismos, de lo social con eslóganes, de lo político con eufemismos. Nos convierten en usuarios de una jerga, en lugar de ciudadanos pensantes. Klemperer no rechazaba los neologismos por ser nuevos, sino por ser vacíos, por ser manipuladores, por camuflar la realidad. Yo, lector veterano, hago lo mismo: no me molesta la novedad cuando nace de la necesidad. Me molesta cuando empobrece, cuando encubre, cuando desplaza el lenguaje que nombra con verdad lo que vivimos.

Nombrar para existir, callar para intuir

Vivimos rodeados de cosas, de seres, de sucesos que nos atraviesan, nos habitan, nos transforman. Algunos los nombramos con nitidez: roble, tempestad, miedo, nostalgia. Otros, sin embargo, se nos escapan entre los dedos del pensamiento: un gesto fugaz en el rostro de alguien amado, una tristeza sin genealogía, una alegría que no sabemos si es presente o memoria.

¿Existen esas cosas que no podemos nombrar? Sí. Existen, pero mientras no las nombramos, permanecen en una especie de penumbra interior. Son realidades latentes, perceptibles, pero aún no compartibles. El lenguaje no crea el mundo, pero lo revela. Le da forma y lo hace comunicable. El acto de nombrar es un acto de reconocimiento: al decirlo, lo hacemos visible también para el otro. Lo traemos del silencio al ámbito de lo pensable.

Sin embargo, también existe el peligro contrario, que es creer que sólo es real lo que tiene nombre. Es el error de cierta mirada tecnocrática o excesivamente racional que reduce la vida a datos, etiquetas, categorías. Como si el mundo no fuera también lo impreciso, lo misterioso, lo que nos desborda. El niño, el poeta, el místico, lo saben bien: hay vivencias que no caben en el diccionario, hay sentimientos que no admiten resumen.

Y sin embargo, seguimos intentando nombrar. Porque encontrar la palabra justa es como encontrar la puerta adecuada: de pronto, algo que estaba encerrado se abre. Nombrar es acto de libertad. Pero también lo es callar, cuando el silencio no es vacío, sino espera. Cuando es respeto por aquello que aún no tiene forma, pero que intuimos como verdadero.

Por eso, cuando me irrito ante ciertos neologismos innecesarios, no es por nostalgia, ni por rechazo al cambio. Es porque percibo en ellos una superficialidad, una voluntad de imponer más que de revelar. Palabras que no nacen del alma ni de la experiencia, sino de la moda, del tecnicismo, del poder. Nombrar para existir. Callar para intuir. Y sobre todo, cuidar el lenguaje como se cuida un jardín, sabiendo que en él florece, si se lo cultiva bien, lo más frágil y lo más profundo de lo humano.

https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/9788418807886.pdf

Centésimo octogésimo octavo paseo. Literatura viva de un literato muerto.

Antes de salir de paseo, tomo mi café y abro los periódicos; es mi rutina habitual. Hoy, al abrir el primero, que fue La Vanguaridia, encuentro la noticia en primera página: “Ha muerto Vargas Llosa”, leo. Y esta noticia me alcanzó de lleno, porque lo que ha sucumbido al destino que nos espera a todos, no es solo un hombre, ni siquiera un escritor: ha caído una de las columnas que sostenían mi biblioteca interior.

Yo tenía apenas quince años cuando leí La ciudad y los perros, aquel puñetazo narrativo que me arrojó, de golpe, al corazón de una literatura que no se parecía en nada a lo que había leído antes. Fue como si alguien hubiese abierto una ventana en una casa en la que solo había espejos opacos. De pronto, el aire entró, sucio y violento, con olor a pólvora, a adolescencia y a rabia contenida. Nunca había visto el lenguaje moverse con ese filo, ni la vida, la mía y la de otros, ser contada con tanta urgencia.

Desde entonces, Vargas Llosa me acompañó. No como un amigo, sino como un referente inevitable. Cada nuevo libro suyo era un regreso a esa primera revelación. A veces lo admiré con devoción, otras lo miré con escepticismo o desconcierto, pero nunca me fue indiferente. Me enseñó que el escritor es, ante todo, un ser inquieto: un animal de pensamiento y palabra, alguien que cruza el mundo con la pluma en alto, como si con ella pudiera entenderlo o al menos provocarlo.

Yo tengo 73 años. He vivido casi la misma historia, pero en otro escenario. Mientras él recorría los caminos de la política y los salones del Nobel, yo recorría aulas, bibliotecas, ciudades, libros y también algunas derrotas. Pero siempre, en mi sombra, caminaban Cela, García Márquez y Vargas Llosa. Trío extraño, conflictivo incluso, pero para mí, santos tutelares. Con ellos aprendí que la literatura puede ser barro y gloria, testimonio y delirio.

Vargas Llosa fue, para mí, el que desató el deseo. No solo de leer, sino de escribir. El que me mostró que detrás de cada frase hay un mundo posible. Que la novela no es un género, sino una forma de vida.

Hoy, con su muerte, no cierro una página. Más bien, vuelvo a la primera. Abro de nuevo La ciudad y los perros, y me encuentro con aquel adolescente que fui, con los ojos abiertos por la sorpresa, el miedo y la fascinación. Y entonces entiendo: no ha muerto Vargas Llosa. Se ha convertido, por fin, en literatura pura. En esa rara sustancia que ni el tiempo, ni la muerte, pueden tocar. Como recuerdo de Mario Vargas Llosa dejo el discurso que pronunció al recoger su premio Nobel el 7 de diciembre de 2010. https://www.nobelprize.org/prizes/literature/2010/vargas_llosa/25185-mario-vargas-llosa-discurso-nobel/

Centésimo octogésimo séptimo paseo. Los finacieros del poder, a veces se arrepienten.

Los periódicos están llenos de artículos y noticias referentes a Trump y Musk. Cada vez que leo algo sobre ellos me pregunto por qué los periodistas, tertulianos o analistas no recurren a la historia, por ejemplo, a la historia de como los nazis llegaron al poder. Si lo hicieran, se darían cuenta de que hay muchas similitudes, aunque también muchas diferencias, pero yo hoy prefiero mostrar las similitudes. Se ha dicho muchas veces eso de “sigue el dinero”, frase popularizada mundialmente gracias a la película “All the President’s Men” (Todos los hombres del presidente, 1976), basada en la investigación periodística de Bob Woodward y Carl Bernstein sobre el escándalo Watergate que llevó a la caída de Richard Nixon. En la película, el personaje “Garganta Profunda” (Deep Throat), el informante secreto del FBI, le dice a Woodward: “Follow the money” y yo aquí lo repito, sin ánimo de comparar lo incomparable pero con la clara intención de mostrar que, si la historia no se repite, al menos, los mecanismos o resortes del poder tienen muchas similitudes.

Si queremos saber quién o quiénes están detrás de MAGA, basta con seguir el dinero y, muy fácilmente llegaremos a Peter Thiel, cofundador de PayPal, que donó 1,25 millones de dólares directamente a Super PACs pro-Trump y habló en la Convención Nacional Republicana. También encontramos a Sheldon Adelson magnate de los casinos y pro-Israel, que donó más de 20 millones a Trump y al Partido Republicano en 2016. Bernard Marcus, cofundador de Home Depot, Geoffrey Palmer, magnate inmobiliario de Los Ángeles y Kelcy Warren, magnate del petróleo y del gas.

Y ahora, si miramos en el retrovisor de la historia, veremos que el rápido ascenso de Adolf Hitler y su partido nazi, solo pudo acontecer gracias a la ayuda económica de algunos magnates industriales alemanes. Este es el caso, por ejemplo, de Emil Kirdorf, magnate del carbón y uno de los industriales más ricos de Alemania, que apoyó a Hitler desde los primeros años por su postura anticomunista y su nacionalismo agresivo. Kirdof dio dinero a Hitler personalmente y además lo conectó con otros empresarios. Entre todos los empresarios que dieron su apoyo incondicional a Hitler y su NSDAP el más destacado fue sin duda, Fritz Thyssen dueño del imperio industrial Thyssen de acero y carbón. El ascenso al poder de los nazis no se puede entender sin la ayuda de Thyssen que donó grandes sumas al NSDAP y usó su influencia para presentar a Hitler ante círculos empresariales conservadores, que, a medida que el partido fue ganando popularidad, se fueron sumando, pues veían en Hitler un freno útil al comunismo y al movimiento obrero. Y, ya tras la llegada de Hitler al poder en 1933, se sumaron otros muchos, como Krupp, Siemens, Bosch y otros grandes grupos industriales también apoyaron económicamente al régimen, especialmente tras la llegada de Hitler al poder en 1933. Estos empresarios no necesariamente eran nazis ideológicos, pero buscaban estabilidad política, reducción del poder sindical y expansión militar para estimular a la economía. En noviembre de 1932, Thyssen y Hjalmar Schacht fueron los principales firmantes de una carta dirigida al presidente Paul von Hindenburg para instarle a que nombrara a Hitler como canciller. Thyssen también convenció a la Asociación de Industriales Alemanes para que donara tres millones de marcos del Reich (casi un millón de euros) al Partido Nazi para las elecciones al Reichstag de marzo de 1933. Como recompensa, Thyssen fue elegido para postularse como candidato nazi en esas elecciones, siendo elegido al Reichstag y posteriormente, nombrado miembro del Consejo de Estado de Prusia, el estado más grande de Alemania.

Yo me quiero concentrar en Fritz Thyssen, porque, aunque desde 1923 estuvo donando dinero directamente a los nazis, la conducta de Hitler y del gobierno nazi desde 1938, le hizo alejarse del nazismo. Sobre todo, a partir del pogromo violento contra los judíos en noviembre de 1938, conocido como la Kristallnacht, (Noche de los cristales rotos) renunció al escaño en el  Consejo de Estado de Prusia y, más tarde, criticando amargamente las políticas económicas nazis, que se centraban en el rearme en preparación para la guerra., dejó el Reichtag, huyó del país y escribió un libro, con la ayuda de un editor famoso, que lleva el título de “I Paid Hitler” (Yo financié a Hitler).

Fritz Thyssen, el magnate industrial que fue una de las figuras más poderosas de la Alemania nazi, vivió una historia inesperada que merece ser contada. Tras apoyar y financiar a Hitler durante años, ayudando a los nazis a llegar al poder, se distanció de ellos, perdiendo todos sus bienes, y huyó a Suiza en 1939 cuando comenzó la guerra. En ese contexto, su historia despertó el interés de editoriales y medios de todo el mundo, buscando las memorias de un hombre cuya transformación en enemigo del régimen nazi resultaba desconcertante.

El autor de este libro, testigo privilegiado de los hechos, relata cómo obtuvo el acceso exclusivo a las memorias de Thyssen después de una serie de gestiones diplomáticas. La historia de su acercamiento a Thyssen, quien se mostró reacio inicialmente a publicar, revela un hombre que, aún con su pasado, deseaba colaborar en la lucha contra Hitler, incluso a costa de su propio destino. Las memorias, que fueron dictadas por Thyssen a lo largo de intensas sesiones de trabajo en Monte Carlo, no solo revelan detalles inéditos sobre su vida y sus vínculos con el régimen, sino también su profundo arrepentimiento por haber contribuido al ascenso de Hitler.

El proceso de publicación fue complicado y estuvo marcado por la incertidumbre sobre el paradero de Thyssen, quien desapareció tras la invasión alemana de Francia. Aunque el autor temió que la publicación pudiera poner en peligro la vida de Thyssen, la creciente urgencia de la lucha contra el nazismo y la relevancia histórica de sus memorias finalmente decidieron su publicación, con la esperanza de que, independientemente del destino de Thyssen, este testimonio fuera crucial para entender los mecanismos del poder nazi y las complejidades de su apoyo inicial.

Este relato no solo es un testimonio sobre un hombre que cambió de bando en medio de la guerra, sino también una reflexión sobre las decisiones morales en tiempos de extrema convulsión, sobre el arrepentimiento y la responsabilidad histórica.

Las peripecias de Thyssen a partir de 1939 fueron muchas. Al comenzar la segunda guerra mundial con la invasión de Polonia, Fritz Thyssen se opuso al conflicto, huyendo a Suiza y enviando un telegrama a Hermann Göring el 1 de septiembre. Como consecuencia fue expulsado del Partido Nazi y su empresa nacionalizada, aunque esta sería devuelta a su familia años después del fin de la guerra. En 1940, Thyssen se trasladó a Francia con la intención de emigrar a Argentina, pero se vio atrapado por la invasión alemana de Francia y los Países Bajos mientras visitaba a su madre en Bélgica. En 1941, huyó nuevamente, pero fue arrestado en Niza por el régimen de Vichy y devuelto a Alemania, donde fue confinado primero en un sanatorio y luego en el campo de concentración de Sachsenhausen desde 1943. Su esposa, Amelie, también fue detenida y pasó toda la guerra junto a él. En febrero de 1945, fue trasladado a Dachau y, tras un trato relativamente benigno, fue enviado a los Alpes a finales de abril. Allí, las SS abandonaron a los prisioneros, quienes fueron liberados por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945. Para conocer las peripecias de Thyssen y su libro, me permito traducir el prefacio escrito por el editor, Emery Rives, ante su primera edición en noviembre de 1941:

“Este libro extraordinario tiene una historia extraordinaria. Y esta historia debe ser contada. Cuando, al estallar la guerra en septiembre de 1939, Fritz Thyssen, el gran industrial alemán, huyó de Alemania hacia Suiza, casi todos los periódicos, revistas, agencias de noticias y editoriales del mundo intentaron obtener sus memorias, o al menos la verdadera historia de su ruptura con Hitler y su fuga de la Alemania nazi.

La historia del hombre que fue el mayor poder industrial de Alemania, un ferviente nacionalista alemán, quien organizó la resistencia pasiva en el Ruhr en 1923; el hombre que durante más de quince años apoyó y financió a Hitler y su movimiento — la historia del gran capitalista alemán que ayudó a los nazis a llegar al poder porque creía que eran quienes podían salvar a su país del bolchevismo, y que ahora han confiscado todos sus bienes — esta es, sin duda, una de las historias más insólitas de esta crisis mundial.

En esta gran competencia entre editoriales por obtener las memorias de Thyssen, yo mismo tomé parte, y resultó que fui el ganador. Me gustaría contar, en unas pocas líneas, por qué y cómo ocurrió.

Durante los últimos diez años, he dirigido en París un sindicato internacional de periódicos llamado COOPERACIÓN. El programa de esta organización era unir a los principales estadistas internacionales y publicar sus puntos de vista sobre los asuntos internacionales en todo el mundo. Mis primeros colaboradores fueron Lord Cecil, Sir Austen Chamberlain, Arthur Henderson, Paul Painlevé, Louis Loucheur, Henri de Jouvenel, y algunos otros. A medida que la organización creció en los años previos a la guerra, obtuvo una posición casi monopolística en el manejo de los derechos exclusivos de los artículos de unos cien estadistas de primer nivel, como Winston Churchill, Anthony Eden, Alfred Duff Cooper, Lord Samuel, Major Attlee, Hugh Dalton, Paul Reynaud, Edouard Herriot, Léon Blum, P. E. Flandin, Yvon Delbos, y muchos otros de Inglaterra, Francia, España, Bélgica, Escandinavia y los Balcanes.

Estos artículos, publicados casi a diario, han sido impresos en todo el mundo en unos cuatrocientos periódicos de unos setenta países. El público estadounidense puede recordar estos artículos que se publicaron antes de la guerra en los Estados Unidos por un grupo de más de veinte periódicos independientes importantes de costa a costa, encabezados por el New York Herald Tribune.

He tratado de presentar todas las opiniones contradictorias de Europa y, a menudo, también he publicado los artículos del portavoz fascista Virginio Gayda, en la medida en que nos fue posible, ya que de vez en cuando podíamos imprimir también artículos extranjeros de periódicos italianos. Pero nunca publiqué artículos nazis. De hecho, a medida que la crisis crecía, la política de mi organización se volvió cada vez más abiertamente anti-nazi, hasta que probablemente fue la única organización de este tipo que luchaba contra la influencia nazi y la máquina de Goebbels en el continente europeo. Estas publicaciones deben haber tenido algún efecto, ya que un día recibí el más alto tributo del propio Hitler cuando, en su primer discurso tras el acuerdo de Múnich en Saarbrücken, gritó histéricamente que “esta propaganda de Churchill, Eden y Duff Cooper debe detenerse…” Estoy obligado a mencionar esto porque, en relación con las memorias de Thyssen, tendré que hacer unas declaraciones que, bajo las circunstancias, solo pueden ser probadas por mi historial pasado.

Cuando Thyssen llegó a Locarno, no pudo responder a ninguna solicitud de publicación porque había dado su palabra de honor al gobierno suizo de que, mientras residiera en territorio suizo, se abstendría de cualquier declaración o publicación. En consecuencia, no creí que tuviera sentido ir a verlo yo mismo y, por lo tanto, traté de acercarme a él a través de varios amigos. No recibí ningún tipo de aliento. En marzo de 1940, Thyssen se trasladó de Suiza a Bruselas para visitar a su madre moribunda y supe que, desde Bruselas, iría a París.

El 3 de abril, recibí en mi oficina de París una llamada telefónica del Sunday Express de Londres y del Paris Soir, periódicos con los que llevaba mucho tiempo manteniendo relaciones comerciales, diciendo que habían estado haciendo todo lo posible para obtener la historia del Sr. Thyssen pero no habían podido acercarse a él. Me preguntaron si podía ayudarles.

Inmediatamente fui a ver al Sr. Paul Reynaud, quien era ministro de Asuntos Exteriores y también primer ministro. Le expliqué la importancia política de la publicación de las memorias de Thyssen y él enfáticamente, estuvo de acuerdo conmigo. El problema era cómo persuadir a Thyssen para que escribiera y publicara sin más demora.

Le dije al Sr. Reynaud que conocía al hombre que podría presentarme a Thyssen y que probablemente podría persuadirlo para que me confiara la publicación de sus memorias. Desafortunadamente, este hombre, que era amigo de Thyssen, estaba en Londres y era extremadamente difícil, debido a la censura existente y la prohibición de llamadas telefónicas internacionales, ponerlo en contacto con Thyssen. El Sr. Reynaud instruyó a uno de sus ayudantes para que me ayudara y me permitió usar la línea telefónica del Quai d’Orsay hacia el edificio de la Embajada Francesa en Londres.

Pasé un día muy dramático y casi toda una noche en la habitación del agregado en el Quai d’Orsay. Dejé el gabinete del Sr. Reynaud más o menos a la misma hora en que el Paris-Brussels Express, en el que Thyssen debía viajar, salió de Bruselas. Como no sabíamos dónde se alojaba Thyssen en París, se encargó de informarnos sobre sus movimientos. Recibimos mensajes cada media hora: “Thyssen cruzó la frontera…”, “Thyssen pasó por St. Quentin…”, “Thyssen llegó a la Gare du Nord…”, y finalmente, “El Sr. y la Sra. Thyssen llegaron al Hotel Crillon…”.

Inmediatamente traté de organizar una comunicación telefónica entre Thyssen y nuestro amigo común en Londres, pero nos costó casi veinticuatro horas lograrlo. Finalmente, ambos estaban en la línea telefónica, hablando sin interferencias de censura, usando la línea oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia durante aproximadamente media hora. Al día siguiente, recibí una nota del Sr. Thyssen pidiéndome que fuera a verlo al Crillon.

Nuestro primer encuentro fue muy cordial y duró casi dos horas. Él dijo que estaba dispuesto a publicar inmediatamente las cartas que había dirigido a Hitler, Goering y otros funcionarios después de su ruptura con los nazis, en las que explicaba por qué había dejado Alemania. De hecho, ya había enviado estas cartas a un amigo suyo en América con la intención de publicarlas. Dijo que estaría encantado si esas cartas también se pudieran imprimir en Inglaterra, Francia y en tantos otros países como fuera posible, pero que no le gustaría publicar nada más en ese momento.

Vi a Thyssen todos los días mientras estuvo en París. Le pregunté directamente: “¿Quieres ayudarnos a destruir a Hitler o no?” Cuando su respuesta fue un “Sí” incondicional, traté de hacerle entender que las cosas que tenía que decir y los documentos y materiales que poseía debían publicarse durante la guerra y no después, si se quería que tuvieran su máximo impacto. Después de la tercera o cuarta conversación, entendió que, en medio de una guerra contra el hitlerismo, no tenía sentido poseer poderosas armas y retenerlas de su uso inmediato.

Una vez que decidió escribir sus memorias, estaba muy ansioso por proceder lo más rápido posible. Quería que sus cartas se publicaran sin demora, incluso antes de que se completara su libro. Estas cartas aparecieron en los Estados Unidos en Life el 29 de abril de 1940. Simultáneamente, se publicaron en Londres en el Sunday Express y en Francia en Paris Soir. Thyssen estaba ansioso por recuperar algunos de sus papeles que había depositado en las bóvedas de un banco en Lucerna, en Suiza. Discutí el asunto en el Quai d’Orsay y estaban dispuestos a enviar un courier diplomático especial a Lucerna para llevar los documentos a Francia. Después de una semana de estancia en París, el Sr. y la Sra. Thyssen se dirigieron a Monte Carlo. Los documentos llegaron de Suiza cuatro días después y yo fui a la Costa Azul con un colaborador mío, quien iba a ayudar a Thyssen a preparar el libro, y una secretaria. Thyssen se alojaba en el Hotel de Paris en Monte Carlo. Coloqué a mi colaborador cerca de él en el Beau Rivage Hotel, y para evitar la atención de los innumerables espías italianos que estaban en esa región en ese momento, me alojé a unas diez millas de distancia en el Grand Hotel de Cap Ferrat, que es uno de los lugares más tranquilos en el punto más encantador de la Riviera. Solo había unos pocos huéspedes en el hotel, entre ellos Sir Nevile Henderson, el antiguo embajador británico en Alemania, quien, en ese momento, acababa de terminar de escribir su libro sobre el fracaso de su misión en Berlín. Junto al hotel estaba la villa del ex primer ministro Flandin, a quien vi con frecuencia mientras me alojaba en Cap Ferrat. Estaba muy interesado en la pregunta de por qué Thyssen se había convertido en tan enemigo de Hitler.

Pasé unas tres semanas en la Riviera, trabajando con Thyssen día y noche. Usualmente empezaba a trabajar alrededor de las nueve y media de la mañana y dictaba sin interrupción durante unas tres horas. Dictaba rápidamente y con fluidez en alemán y en parte en francés, saltando de un tema a otro, dando la impresión de un hombre lleno hasta el punto de explotar con cosas que contar, sin saber cómo deshacerse de ellas rápidamente. A la una, usualmente comíamos juntos, continuando el trabajo en largas discusiones. El dictado de la mañana era mecanografiado por la tarde y entregada para su revisión por la noche. Corregía cada página de manera meticulosa, dos o tres veces, hasta que finalmente aprobaba los capítulos individuales.

Durante nuestra colaboración en Monte Carlo, Thyssen me dejó una impresión inesperada. Nunca había conocido a Thyssen antes, pero era exactamente lo contrario del tipo de persona que uno imaginaría como un rey del acero, fabricante principal de armamento y financiador del nazismo. Era un encantador anciano, inusualmente ingenioso, con un sentido del humor perfecto. Amaba la buena comida y los mejores vinos, y nuestros almuerzos rara vez duraban menos de tres horas. Lo llevé a todos los famosos restaurantes de la Riviera, al Chateau Madrid en las montañas, a la Bonne Auberge cerca de Antibes, a la Colombe d’Or en el romántico St. Paul, y a todos los demás lugares de la más alta cultura gastronómica. Durante estos almuerzos, Thyssen contaba una historia tras otra, algunas de ellas increíbles. Ninguno de los líderes nazis y muy pocos de sus colegas industriales se libraron de sus comentarios más maliciosos. Contó docenas de historias sobre la vida privada de los líderes alemanes que, desafortunadamente, no pueden imprimirse en este libro.

Cuando hablaba de los problemas serios y de sus experiencias, casi diariamente interrumpía su monólogo, golpeándose la frente con el puño y exclamando para sí mismo: “Bin Dummkopf war ich…! Bin Dummkopf war ich…!” (“¡Qué tonto he sido…! ¡Qué tonto he sido…!”) Luego repetía la expresa esperanza de que su libro se publicara rápidamente en América. “Deseo poder contarles a los industriales estadounidenses sobre mis experiencias,” fue una de las observaciones que me hizo muchas veces.

Tuve la impresión definitiva de que su sentimiento contra Hitler no solo era sincero, sino apasionadamente sincero. Respondió todas las preguntas que le hice y me contó todo lo que sabía, con una excepción. No quiso decirme las cantidades exactas que había dado a los nazis, aunque me dijo que tenía en algún lugar seguro los recibos de todo el dinero pagado por él. Estaba bastante ansioso por conseguir una copia fotostática de estos recibos para ilustrar el libro. Pero él no quería decirme dónde estaban.

El 10 de mayo, a las 8 de la mañana, encendí la radio y escuché la voz del ministro de Información francés, M. Frossard, anunciando que al amanecer el ejército alemán había cruzado las fronteras de Holanda, Bélgica y Luxemburgo, y que la guerra en el oeste había comenzado. A las 10 a.m. llevé la noticia a Thyssen. Su reacción fue muy peculiar. Se puso pálido y simplemente no quiso creerlo. Dijo que sabía que el Estado Mayor alemán siempre había estado en contra de un ataque al oeste, y la única razón que podía ofrecer para explicarlo era que de esta manera el Alto Mando del ejército quería deshacerse de los nazis, llevándolos a una derrota segura. Dijo que conocía las exactas cifras de producción de la industria pesada alemana, la escasez de ciertas materias primas y la mala calidad del acero utilizado en algunas divisiones blindadas, y que esta guerra no podía ser ganada por Alemania. Nunca pude entender si la explicación de lo sorprendente del éxito alemán fue la extraordinaria debilidad del ejército francés o la ultraeficiencia de los señores de la guerra nazis, que habían sido capaces de esconder incluso al presidente del Trust del Acero Alemán lo que estaban produciendo.

A finales de mayo, habíamos casi terminado el trabajo. Más de la mitad del libro estaba completado, corregido y aprobado para su publicación por Thyssen. Los capítulos restantes ya habían sido dictados, pero antes de la edición final era necesario revisar algunas fechas y hechos que no podían hacerse en Monte Carlo. Así que volví a París con el entendimiento de que regresaría a Monte Carlo hacia principios de junio para dejar el libro listo para su publicación inmediata.

Cuando regresé a París, el ejército alemán ya había irrumpido en Sedán. Lo que ocurrió durante los días siguientes y cómo fue la vida durante ese período en París, todos lo saben. La situación se volvía más y más peligrosa por hora, y no podía pensar en dejar mi oficina para otro viaje a Monte Carlo sin saber si el ejército alemán sería detenido en algún lugar o si tendríamos que huir de París.

Dejé París el 11 de junio, de noche en automóvil, y después de un viaje increíble de catorce horas, bajo condiciones que ya han sido descritas en tantos libros, llegué a Tours. Solo pude llevarme muy pocas pertenencias personales, pero tenía conmigo el manuscrito de Thyssen. Dos días después, volví a la carretera hacia Burdeos, y tras la capitulación de Francia, un destructor inglés me llevó mar adentro, donde fui transferido a un barco de carga británico que me llevó a Inglaterra. Dejé mi automóvil y la mayoría de las cosas que había podido salvar de París en el puerto de Burdeos, pero pude salvar el manuscrito de Thyssen.

Tras mi llegada a Londres, amigos políticos, periódicos y editores me instaron a publicar el libro de Thyssen; pero tenía la sensación de que no podía hacerlo sin saber qué le había sucedido a Thyssen y si estaba o no en un lugar seguro. Intenté durante meses rastrearlo, pero fue imposible obtener información auténtica. Algunas fuentes decían que había escapado a América, otras que todavía estaba en la Riviera, y otras que había sido entregado por los franceses a la Gestapo. Bajo estas circunstancias, me sentí incapaz de publicar ninguna parte de las memorias de Thyssen.

Vine desde Inglaterra a los Estados Unidos en febrero de 1941, con la esperanza de poder averiguar exactamente qué le había sucedido a Thyssen y dónde estaba. Lamentablemente, nadie sabía nada, excepto que debía estar en manos de la Gestapo; de lo contrario, su familia en Sudamérica o sus amigos en los Estados Unidos habrían tenido noticias de él durante todo un año. Tuve que aceptar, por lo tanto, como una situación dada que él no había podido escapar tras la caída de Francia y que probablemente estaba en un campo de concentración en manos de la Gestapo. Sentí durante muchos meses que, bajo tales circunstancias, este libro no podría publicarse, ya que su publicación casi con seguridad causaría el asesinato de Thyssen. Quiero dejar esto claro y evitar cualquier malentendido. No tenía la intención de defender a Thyssen ni de protegerlo. Siempre fui consciente de que él fue uno de los hombres más responsables del ascenso de Hitler y de la búsqueda de poder por parte de los socialistas nacionales en Alemania. También sabía que probablemente fue el hombre más responsable del torpedeo alemán de la Conferencia de Desarme, y que él y algunos de sus amigos fueron probablemente más responsables, incluso que Hitler, de las miserias desatadas por los nazis en el mundo. Durante unos veinte años, Fritz Thyssen jugó un juego político muy grande y muy peligroso, y no creo que, ante el tribunal de la Historia, su confesión, “¡Qué tonto he sido!”, sea una defensa suficiente para la absolución.

Pero no tuve nada que ver con Thyssen en el foro público. Lo conocí cuando era un refugiado. Hice con él un acuerdo como entre autor y editor y tuve una sensación muy fuerte de que no podía publicar sus memorias hasta estar seguro de que él estaba libre o que estaba muerto.

Pero a medida que pasaron los meses y la guerra se extendió, cada vez más personas, hombres públicos y editores, trataban de persuadirme de que no había lugar para consideraciones personales en este asunto. Que este manuscrito era un documento político e histórico demasiado importante. Y que no podía asumir la responsabilidad de retenerlo de la publicación. Señalaron que si Thyssen había sido puesto en un campo de concentración, casi con certeza estaba muerto; y si seguía vivo, nada podría salvarlo. Si había tenido el mismo destino que otros enemigos del nazismo en un campo de concentración, seguramente debió haber tenido la esperanza de que sus memorias fueran publicadas, ya que esa era la única arma con la que podría contraatacar a Hitler. Pero, sea cual fuera su destino personal, no puede, no debe ser considerado cuando los pueblos libres del mundo están librando una guerra desesperada contra el Hitlerismo, y cuando la publicación de este documento único puede iluminar a las democracias y ayudarlas a actuar a tiempo para evitar que el nazismo se extienda al hemisferio occidental.

Después de catorce meses de escrúpulos y dudas, finalmente llegué a la conclusión de que este libro no podía ser retenido más tiempo del público. Ahora creo que, si Thyssen está en un campo de concentración y si sigue vivo, el aplazamiento adicional de la publicación de sus memorias ciertamente no lo salvaría. Por el contrario, incluso creo y espero que la publicación pueda brindarle algo de satisfacción.

Pero, aparte del efecto que esta publicación pueda tener en su vida personal, estamos inmersos en una lucha a vida o muerte contra el Hitlerismo, y lo que perjudique a Hitler es correcto para nosotros. Creo que no debemos tener la debilidad de ceder ante ese antiguo y horrible chantaje de la Gestapo que paraliza las actividades de los pueblos libres torturando a amigos y familiares en campos de concentración. Creo que debemos tener la fuerza para sacrificar a aquellos que están en manos de la Gestapo, por cercanos que nos sean personalmente, y seguir luchando bajo todas las circunstancias. Nunca podremos destruir este monstruoso sistema de esclavitud humana si, al tratar con él, nos dejamos guiar por el sentimiento y no por el razonamiento más frío.

Fue el ataque de Hitler a Rusia lo que me decidió y lo que proporcionó el argumento final para la decisión de publicar este libro. Inmediatamente después del inicio de la guerra ruso-alemana, escuchamos las voces de personas en las posiciones más altas diciendo que Hitler había regresado a su antiguo programa y que él es el hombre que nos salvará del comunismo. Había sido para demostrar que este último era el mayor posible error de juicio sobre el nazismo que Fritz Thyssen había decidido apelar al mundo y contar a las naciones libres sus experiencias. El destino de Fritz Thyssen, el gran nacionalista alemán, el más poderoso industrial alemán y el devoto católico, es el ejemplo más destacado de cómo Hitler está protegiendo a los patriotas, los industriales y los cristianos del comunismo.

Emery Reves,

PRESIDENTE,

Cooperation Publishing Co., Inc.[1]


[1] https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.239690/page/n7/mode/2up

Centésimo octogésimo sexto paseo. Más café, más vida.

Vengo de correr. Más que pasear, corro. He empezado con esta rutina porque se aproxima el día en que correré, quizás por última vez, un medio maratón 21 kilómetros y poco más, pero una distancia a la que le tengo mucho respeto. Esta carrera, que se realizará el 15 de junio de este año, se hace para conmemorar los 25 años de la inauguración del puente entre Suecia y Dinamarca, atravesando el Sund, desde Malmö a Copenhague. El día que se inauguró, también se corrió un medio maratón en el que participaron 80 000 corredores, este año la participación se ha limitado a 40 000, y yo he tenido la suerte de hacerme con un dorsal. Para mí es un gran reto y, saber que tendré que correr esa distancia, me espolea a entrenar. Por cierto, que he leído una cosa interesante que me hace salir a correr con una sonrisa en la boca. Se trata de un estudio científico[1] que demuestra al parecer que el que camina una hora diaria, gana 6 horas de vida, cada vez que lo hace. A mí me gusta la vida, así que, ¡caminando, que es gerundio! Aquí un resumen de los resultados:

“Si todas las personas fueran tan activas como el 25% más activo de la población, los estadounidenses mayores de 40 años podrían vivir en promedio 5,3 años más (intervalo de incertidumbre del 95%: entre 3,7 y 6,8 años).

La mayor ganancia en expectativa de vida por cada hora de caminata se observó en las personas del cuartil con menor actividad física, en quienes una hora adicional de caminata podría añadir 376,3 minutos (aproximadamente 6,3 horas) de esperanza de vida (intervalo de incertidumbre del 95%: entre 321,5 y 428,5 minutos).”

Al despertar esta mañana, en la claridad diáfana de la aurora, que se filtra entre las ramas de los arboles y penetra en mi cocina, me puse a repasar lo que escribí ayer y descubrí que había olvidado unos cuantos Cafés importantes en mi vida. Uno de ellos es antiguo y creo que ya he escrito sobre él en alguna ocasión, es el café Sudbergs Konditori, con raíces en el año 1785, aunque se trasladó al local que ahora ocupa en Järntorget, en el centro antiguo de Estocolmo, en 1793. Aquí paro siempre que voy a Estocolmo, pero no me tomo un café, sino una cerveza, que las tienen muy buenas. No es tan lujoso como los cafés de Venecia, Roma o Budapest, pero tiene una elegancia “gustaviana” que me agrada y una patina autentica, aunque, como los demás, siempre está abarrotado de turistas, pero es lo que es.

Aquí en Lund teníamos un Café con mucha solera, bueno, dos en realidad. Uno de ellos era el antiguo Café Aten, frecuentado por estudiantes y profesores de la universidad, sito en el local de la organización estudiantil, una fortaleza académica, por así decirlo. En sus salones se podía “ligar” o discutir a Heidegger y hasta ser examinado de filosofía de la religión, como el que aquí escribe hizo una primavera de los 70. Ese Café sucumbió y se convirtió en un restaurante muy concurrido, cuando la universidad se masificó y se necesitaban locales para alimentar el cuerpo, y no solo el alma, de los miles de estudiantes que poblaban las calles de Lund. Más tarde ha resucitado en locales modernos, muy acogedores, pero sin la personalidad del antiguo Aten.

En los 80 abrió un Café al lado de la catedral, muy bohemio y acogedor, que rápidamente se convirtió en un nuevo Aten, lleno de jóvenes estudiantes, algún que otro profesor y un número creciente de artistas y trotamundos. Pero, además, había otro más elegante, auténticamente “lundensisk” que era el Café Lundagård. Allí servían un café sueco tradicional, con toda la bollería que acompaña a una auténtica “fika”, con porcelana fina y un servicio educado y ameno, que nos hacía sentir como en casa. Ese Café Lundagård, cerró y se convirtió en un restaurante muy concurrido.

Y al llegar a casa, me encuentro un WhatsApp de Xavier comentando mi entrada de ayer, en el que escribe que él también ha tenido experiencias cafeteras, y me adjunta un artículo suyo que me ha transportado a la, para mí, exótica São Tomé, y al Café & companhia, KÊ KUÁ? Un artículo que de buen grado comparto aquí, porque merece la pena leerlo, para todo aquel que quiera sentirse por un momento, viajero observador en ese paradisiaco rincón del mundo.[2]


[1] https://bjsm.bmj.com/content/59/5/333

[2] http://www.saotomeprincipe.eu/caue_projetos/caue_activitats/article_99_cafecompanhia.pdf

Cetésimo octogésimo quinto paseo. Nostalgia de café.

Recuerdo aún con nostalgia el sabor de un “bica” en la plaza-jardín de Vila Franca de Xira. Sigo buscando aquel aroma en cada taza de café que voy pidiendo por el mundo. A veces, me he acercado bastante, últimamente en Esmirna, pero nunca he vuelto a sentir la emoción completa de un café perfecto, siempre falta algo y no sé qué pueda ser.  Tengo memoria de café, o café en la memoria. Todo empezó en las mañanas de Madrid, fragancia de café y tostadas, en el alba diáfana de la ciudad de los Austrias. Estoy bastante seguro de que mis mejores ideas literarias han surgido en compañía de un café solo, en la Cervecería Alemana de Madrid, sentado junto a la ventana que da a la Plaza de Santa Ana, con la cafetera enfrente, como animal ancestral, respirando y rugiendo. En una sentada, me podía tomar cuatro o cinco cafés.

Me he bebido un café en Paris, en el Procope, en la Rue de l’Ancienne Comédie, que fue centro de reunión de Voltaire, Rousseau, Diderot y demás revolucionarios franceses. Sentí las alas de Clío, pero el café no me convenció. Aquí nacieron seguramente muchas ideas de la Ilustración. Se dice que Voltaire tomaba hasta 40 tazas de café al día mezclado con chocolate. He probado la mezcla, pero no la recomiendo a los amantes del café, pero, en fin, sobre gustos…

En el Caffè Florian de Venecia, en plena Piazza San Marco, el ambiente elegante se sabe han compartido gente muy conocida, en sus más de 300 años. Me imagino a Casanova sentado a mi lado, mirando de soslayo a su alrededor, pendiente de algún peligro, o a un tímido Proust, quizás saboreando una de sus queridas magdalenas. Tampoco aquí el café era algo de otro mundo; más bien común i corriente, diría yo, aunque enmarcado en exquisito lujo, eso sí.

Si vais a Roma, tenéis que visitar el Antico Caffè Greco, a unos pocos pasos de la escalinata de la Piazza di Spagna, en Via Condotti, por el sitio, por la historia, por codearse con los espíritus de Goethe, Stendhal, Keats y Byron, que lo adoraban, y que seguramente seguirán allí, sin que los camareros con pajarita les descubran. El café, ay el café que sirven, no es mi favorito.

En Viena tengo dos favoritos; uno por su historia y otro por el café y la tarta de chocolate riquísima que ofrece. Por el Café Central, en Herrengasse 14, también llamado “universidad de los genios” pasaron gente tan interesante como Freud, Trotsky, Zweig o Lenin. Otro de los visitantes, entre 1907 y 1913, fue un joven Adolf Hitler, que vivía en condiciones bastante precarias en Viena y pasaba tiempo en diversos cafés, como el Café Central, donde se reunían estudiantes, intelectuales, artistas, políticos y filósofos. Se sabe que leía periódicos, escuchaba debates y pasaba largas horas en el café. En 1913, Stalin visitó Viena para entrevistarse con Lenin. Resulta tentador imaginar una mesa del Café Central ocupada por Lenin, Trotsky, Hitler y Stalin, ¿quién sabe?

Mi favorito, cuando se trata de café, café, en Viena, es el Café( Sacher, que forma parte del hotel del mismo nombre. Aquí se puede degustar la legendaria Sachertorte.  Si te gusta el café, te recomiendo un café melange con un trozo de tarta original. ¡Rico, rico!

De Austria a Hungría y al Café New York en Budapest.  Una maravilla barroca con techo dorado, columnas talladas, lámparas colgantes. Parece un palacio. Se dice que los escritores húngaros solían trabajar allí todo el día a cambio de café gratis.

En Portugal, conservo el recuerdo de la terraza (que no era un café) de Vila Franca de Xira, pero después descubrí el Café Majestic en Oporto,en la Rua de Santa Catalina, repleto del glamour del pasado y lugar favorito de artistas y políticos. J.K. Rowling ha admitido que solía escribir en sus mesas y que allí anotó muchas ideas para Harry Potter. Espejos, mármol, sillas de cuero… pura nostalgia. No confundáis este Majestic con el Majestic de Barcelona, donde el 28 de abril de 1996, José María Aznar y Jordi Pujol sellaron con una cena un acuerdo por el que los nacionalistas apoyarían la investidura del Aznar y darían estabilidad al Gobierno a cambio de una serie de contrapartidas.

En la propia Lisboa, la cafetería y pastelería más famosa es, sin duda Pastéis de Bélem, junto al Monasterio de los Jerónimos, con las tumbas de Vasco da Gama y el poeta Luís de Camões. La gente hacde colas interminables para entrar al café elegir uno de los originales pastéis de Belém, pastéis de nata cuya receta fue creada por los monjes. Una receta tan secreta, que se transmite solo a unos pocos pasteleros que la preparan en una cocina cerrada llamada Oficina do Segredo. Y, para acompañar, un buen café o una taza de chocolate. ¿Para chuparse los dedos?

Ya de vuelta en Madrid, me quedo con el Café Gijón. Café Gijón, donde he pasado muchas horas y he tenido la suerte de poder hablar con muchas personas interesantes, como Cela, Umbral, Gloria Fuertes y tantos otros. Para el café en sí, prefiero el de la Cervecería Alemana, la verdad, y allí he encontrado también mucha gente interesante, por no hablar del espíritu de Ernest Hemingway, que aún parece flotar en el ambiente, Me han dicho que él se solía sentar en la misma mesa en que yo trataba de hacerlo, cuando iba por allí. Circulaban por el café escritores como Valle Inclán, Jardiel o Víctor de la Serna, gentes del teatro como María Guerrero, Rivelles etc. Ava Gardner podía encontrarse a cualquier hora tomando cañas con toreros y artistas del Teatro Español, durante los quince años que vivió en Madrid, hasta 1968. Y el café, como ya he dicho antes, era buenísimo.  

Siguió acompañándome este brebaje por donde quiera que he ido y, al llegar a Escandinavia, me encontré en un mundo organizado alrededor del “fika”. Por si no sabéis lo que es, os contaré que es una tradición sueca de, a cualquier hora, en cualquier ocasión y con diferentes pretextos, que pueden ir desde recibir visitas, asistir a misa, tomar una pequeña pausa en el trabajo o, simplemente, hacer un alto en la actividad cotidiana; todo vale para hacer un “fika”, al poder ser, en compañía de algún amigo, compañero o conocido. Ahora, voy a hacer un alto y a prepararme un buen café, a mi gusto, aunque aquel “bica” de Vila Franca, no sé si llegaré a probar algún día.

Mi mesa favorita en la Cervecería Alemana, Madrid.

Centésimo octogésimo cuarto paseo. La bolsa y la vida.

La primavera sigue su curso, sin importarle los sucesos dramáticos que suceden a diario. Los bombardeos a ambulancias, los ataques indiscriminados perpetrados con drones, la destrucción masiva de ciudades enteras. Yo voy andando y, si no fuera escuchando las noticias de la radio, creería que estamos en la mejor época del año. Hoy, las noticias mas persistentes, son las de las caídas de las bolsas de todo el mundo, como respuesta a, o como resultado de, los aranceles de Trump. Dentro de unos pocos años, se estudiará en las universidades los efectos de estos aranceles y se construirán teorías que expliquen los resultados de esa política. Por ahora, todo es caos, y muchos ven sus ahorros menguar peligrosamente, sobre todo los que han preferido no comprar acciones de las compañías productoras de material bélico.

Según datos del Banco de España, aproximadamente el 12,5% de los hogares españoles poseen acciones de empresas cotizadas, lo que equivale a alrededor de 2,4 millones de familias. En Suecia, la proporción es parecida, ya que aquí 1,3 millones de suecos tienen acciones de bolsa. Fluctuaciones al alta o a la baja se ven reflejados en la dinámica de la economía. En este momento, el descenso del valor de la bolsa, conlleva un enfriamiento de la economía y, como efecto secundario, un aumento del paro. Creo que sería conveniente dar un repaso a la historia de la todopoderosa Bolsa.

La Bolsa de Valores, hoy símbolo del poder financiero global, comenzó como una invención modesta, un espacio físico donde se intercambiaban papeles, promesas de pago, acciones de compañías. Pero esa simple idea, convertir el riesgo y la ganancia en productos negociables, ha llegado a definir la economía contemporánea. Su historia es también la historia del capitalismo mismo, de sus mutaciones, sus crisis y su capacidad de absorber casi cualquier realidad.

El embrión de las bolsas modernas aparece en la ciudad de Brujas, en el siglo XIII, donde los mercaderes se reunían en la casa de la familia Van der Beurze[1], de ahí el término “bolsa” (Huis ter Beurze o casa de la bolsa). Pero fue en Ámsterdam, en 1602, con la creación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, donde surgió el modelo verdaderamente moderno de acciones fraccionarias, negociables, y una institución encargada de registrar los precios. La Bolsa de Ámsterdam, considerada la primera en el sentido moderno, permitió financiar expediciones comerciales sin depender de la riqueza de una sola persona. Así nació el capital como instrumento colectivo de inversión y especulación. Y, con la especulación, sobrevino la primera “burbuja” la tulipomanía.

En los primeros años del siglo XVII, los tulipanes fueron traídos a los Países Bajos desde el Imperio Otomano. A lo largo de la década de 1620, los tulipanes se convirtieron en un símbolo de estatus social debido a sus colores vibrantes y su relativa rareza. Pronto, los tulipanes se volvieron un objeto de deseo entre las clases altas de la sociedad holandesa. A medida que la demanda de tulipanes aumentaba, comenzó a desarrollarse un mercado de futuros para los bulbos. Los comerciantes compraban y vendían contratos para comprar tulipanes a precios futuros. Este fenómeno, junto con la disponibilidad de crédito fácil, llevó a una especulación masiva. Las personas compraban tulipanes no con la intención de plantarlos, sino de venderlos a un precio más alto. La especulación alcanzó tal nivel que los precios de ciertos bulbos de tulipanes llegaron a superar el valor de una casa en Ámsterdam.

En 1637, el mercado de tulipanes comenzó a colapsar. A pesar de la popularidad de los tulipanes, los precios se volvieron tan altos que la gente empezó a dudar de su valor real. En un mercado impulsado por la especulación, cuando los compradores se retiraron y dejaron de adquirir bulbos a precios inflados, los precios comenzaron a caer drásticamente. La crisis estalló cuando una subasta de tulipanes en Ámsterdam fracasó estrepitosamente. La pérdida de confianza fue rápida, y el valor de los bulbos de tulipanes se desplomó de manera inmediata. Muchos inversores que habían tomado préstamos para comprar tulipanes quedaron en bancarrota.

Aunque la crisis de los tulipanes fue devastadora para muchos de los especuladores, su impacto en la economía holandesa en general fue muy limitado. Sin embargo, se convirtió en un ejemplo temprano de lo que hoy entendemos como una burbuja financiera y un mercado especulativo insostenible. Inexplicablemente seguimos produciendo burbujas, aunque el evento de los tulipanes se utiliza como una advertencia sobre los peligros de la especulación irracional en los mercados financieros, y su historia sigue siendo un estudio clásico en la economía.

Siguiendo el ejemplo de Ámsterdam, emergieron durante los siglos XVIII y XIX, otras grandes plazas bursátiles como Londres (1773), París (1724), y especialmente Nueva York (1792), donde un grupo de corredores firmó el “Acuerdo de Buttonwood”[2], considerado el acta fundacional de la Bolsa de Nueva York (NYSE). En Madrid se inauguró a primera bolsa de valores en España en 1831 y en Estocolmo demoró hasta el 1863.

Con la Revolución Industrial, la bolsa se convirtió en el motor de la financiación empresarial. El ferrocarril, el acero, el petróleo, todo gran proyecto necesitaba capital, y ese capital se buscaba en los mercados financieros. Al mismo tiempo, la especulación se convirtió en un juego cada vez más complejo, alimentado por información privilegiada, redes informales de poder y una creciente desconexión entre la economía real y la financiera.

Familias muy conocidas forjaron sus enormes capitales gracias a la información privilegiada. Aunque el mito de la manipulación del mercado con la información de la Batalla de Waterloo[3] ha sido desacreditado como un bulo antisemita, la familia Rothschild, jugó un papel importante en el sistema financiero europeo del siglo XIX. Los Rothschild eran conocidos por su red de agentes en toda Europa, lo que les permitía tener acceso a información antes que muchos otros. A través de sus conexiones, especialmente con gobiernos, pudieron aprovecharse de la información sobre políticas monetarias, movimientos de divisas y otros eventos económicos clave. Esta ventaja, combinada con su habilidad para operar de manera eficiente y su capacidad de actuar rápidamente, les permitió tener una ventaja competitiva significativa.

Los Barings, con su Barings Bank fue otro ejemplo de una familia con acceso a información privilegiada. Como uno de los bancos más importantes de Londres, los Barings estaban estrechamente conectados con la corte británica y otros actores clave en la política económica de la época. Su influencia les permitía recibir información de primera mano sobre la situación política y económica, y aprovecharla para hacer inversiones que maximizaban sus ganancias. En 1825, cuando la banca británica se enfrentaba a una crisis debido a las malas inversiones en América Latina, Barings Bank pudo utilizar su red de información para sobrevivir. En 1890, rl bsnco Baring, dirigido por Edward Baring, primer barón de Revelstoke, se enfrentó a la quiebra en noviembre de 1890 debido principalmente a la toma de riesgos excesivos en inversiones malas en Argentina, país que misma sufrió gravemente durante la recesión de 1890, con su PIB real cayendo un 11 por ciento entre 1890 y 1891. Un consorcio internacional reunido por William Lidderdale, gobernador del Banco de Inglaterra, que incluía a los Rothschild y la mayoría de los otros bancos importantes de Londres, creó un fondo para garantizar las deudas de Barings, evitando así una depresión mayor. Nathan Rothschild comentó que si esto no hubiera sucedido, quizás todo el sistema bancario privado de Londres habría colapsado, lo que habría causado una catástrofe económica. Finalmente sucumbió a una crisis en 1995 debido a un fraude interno, cuando un solo empleado, Nick Leeson, comprometió al banco con pérdidas de aproximadamente 830 millones de libras, de las que no pudo recuperarse.

En el siglo XIX, durante el reinado de Isabel II, la familia Sanz de Andino, que estaba involucrada en la política y en la banca, se benefició de información privilegiada sobre las decisiones de política económica y financiera del gobierno. De hecho, esta familia fue una de las que más influencia tuvo en las decisiones económicas de la época debido a sus conexiones con la corte y la capacidad de manejar información sensible antes que otras familias. Fueron uno de los promotores de las sociedades de crédito en la etapa de pluralidad de emisión, entre 1844 y 1874, a raíz de la ley de 1856. Las leyes del bienio liberal sobre la desamortización de la tierra, el desarrollo del ferrocarril, la banca y sociedades de crédito, fueron centrales en el proceso de construcción de un sector capitalista en España.

En Suecia, la familia Wallenberg es una de las más poderosas en la historia económica de Suecia. A través de su control de grandes conglomerados financieros, como Investor AB y otras instituciones bancarias, la familia ha tenido acceso a información privilegiada sobre la economía sueca, la política y los mercados financieros. Aunque sus prácticas son legales y transparentes, su influencia sobre las decisiones políticas y económicas a menudo les ha proporcionado una ventaja considerable en sus inversiones. André Oscar Wallenberg fundó la casa financiera Wallenberg y creó el Banco Privado de Estocolmo en 1856, que es uno de los precursores del actual Banco Escandinavo Privado (SEB).

El mercado de acciones fue creciendo en importancia y posibilitando gigantescas inversiones, necesarias para la industrialización. Movidos por la posibilidad de ganar dinero fácil, millones de personas de clase media y alta, comenzaron a participar en el juego de la bolsa.  El siglo XX fue testigo de algunos de los mayores booms y crashes bursátiles de la historia. Una economía inflada por el crédito y la especulación se derrumbó en cuestión de días, arrastrando al mundo a una década de miseria. Todo empezó el Martes Negro, el 29 octubre de 1929, día en que el Dow Jones cayó un 12 %. Mientras escribo estas líneas, 11:51 del 7 de abril de 2025, la bolsa de Hong-Kong está perdiendo justamente el 12%.  

La crisis del petróleo de 1973 provocó una caída bursátil prolongada, y cuestionó la dependencia energética de Occidente. Fu cuando aquí en Suecia se racionó la gasolina, como ya he contado en otra entrada anterior.

El “Lunes Negro” en 1987, con una caída del 22% en un solo día, mostró cómo la automatización del trading podía desencadenar efectos en cascada. El 19 de octubre de 1987, el Dow Jones perdió un 22 % en un solo día. Ya, más cercano, el año 2000, cuando acciones tecnológicas sobrevaloradas hicieron colapsar a Nasdaq, con pérdidas del 75%. La crisis financiera del 2008, que tanto daño hizo en la sociedad española, comenzó con hipotecas subprime en Estados Unidos y siguió co la caída de Lehman Brothers, y los rescates bancarios. El Dow Jones perdió casi 55 % desde su pico más alto.

En 2020, el colapso provocado por el COVID-19 fue brusco, pero también reveló algo nuevo: los bancos centrales intervinieron de inmediato, inflando nuevamente los mercados. El capitalismo ya no temía a las crisis: simplemente las compraba.

Hoy, la bolsa ya no es una plaza física, sino un sistema global y algorítmico, donde las transacciones se ejecutan en milisegundos por ordenadores que siguen patrones estadísticos. Las bolsas están interconectadas, pero también son opacas. Y el volumen de dinero que circula en los mercados financieros supera con creces el valor de la economía real. Las grandes empresas tecnológicas no solo cotizan en bolsa: son la bolsa. Sus plataformas canalizan la información, sus algoritmos definen los riesgos, sus redes permiten a nuevos actores participar, y ser absorbidos, por el sistema.

Lo que comenzó como una herramienta para reunir capital, se ha convertido en un ecosistema autónomo, capaz de moldear decisiones políticas, influir en gobiernos y determinar el destino de naciones enteras. El “inversor institucional” ha reemplazado al banquero decimonónico; el fondo indexado, al pequeño ahorrador. Y el ciudadano, si participa, lo hace muchas veces sin saberlo, a través de sus pensiones, seguros o hipotecas. Una parte importante de mis cotizaciones para mi pensión, fueron colocados en la bolsa.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, los mercados financieros globales han experimentado un crecimiento impresionante, aunque marcado por fuertes fluctuaciones y crisis cíclicas. El Dow Jones, que estaba en torno a los 200 puntos en 1945, ha superado los 38.000 puntos en 2024, un aumento acumulado de más del 18.000 %. Sin embargo, este crecimiento no ha sido lineal, y ha estado interrumpido por caídas abruptas, como hemos podido ver, que reflejan las tensiones estructurales del capitalismo global.

A lo largo de estas décadas, la bolsa ha dejado de ser un espacio limitado a élites financieras y se ha convertido en un componente esencial de la economía mundial. Pero también ha reflejado el creciente poder de las élites económicas, que tienen los medios para influir en políticas públicas, manipular narrativas y beneficiarse tanto de las subidas como de las caídas.

En el modelo que promueven figuras como Yarvin o Thiel, de los que escribí ayer en mi entrada, esta dinámica bursátil no es un accidente, sino una forma funcional del sistema. La volatilidad no es una amenaza, sino una herramienta. Se elimina la incertidumbre democrática en favor de un orden corporativo, que esta nueva élite promueve, donde los flujos de capital y los algoritmos deciden más que el sufragio. Así, la historia de la bolsa de valores no es solo un reflejo de la economía, sino también un espejo del poder. Un poder que, como en las distopías elegantes, no necesita uniforme ni violencia, basta con que funcione.


[1] https://tontinecoffeehouse.com/2020/09/07/the-original-bourse-at-bruges/

[2] https://www.investopedia.com/terms/b/buttonwoodagreement.asp

[3] https://www.rothschildarchive.org/materials/nathan_and_waterloo.pdf

Centésimo octogésimo tercer paseo. La historia al revés: las distopías como advertencia ignorada.

Tras mi paseo cotidiano, me pongo a leer los periódicos. Todos están llenos de artículos y noticias referentes a Trump, Musk y los aranceles. Ya, casi no aguanto más artículos sobre lo tontos y lo irracionales que el presidente y sus seguidores parecen ser. Siento que algo ha ocurrido en el mundo, en cuanto al desarrollo de las ideas, o más bien el cambio de las ideas. Estoy seguro de que en estos momentos vivimos momentos cruciales para el mundo en general, no solo para las sociedades occidentales. Me preocupa, porque veo que casi todos los comentarios se concentran en atacar a Trump y a su entorno, sin hacer un análisis profundo de lo que está ocurriendo.

Encuentro un artículo sobre un Curtis Yarvin, también conocido por su seudónimo Mencius Moldbug. Este hombre de 52 años parece ser una figura provocadora en el panorama intelectual contemporáneo. Su pensamiento, profundamente crítico con la democracia liberal moderna, ha ganado adeptos y detractores en igual medida. Parece que entre sus seguidores se encuentran tanto Trump como Musk y otro de los poderosos en la sombra, Peter Thiel, con Yarvin como el visionario.

Lo que Yarvin propone es una inversión radical de la narrativa histórica dominante, pues el ve la historia como una serie de errores acumulativos, un declive continuo desde formas de orden tradicional hacia el caos del progresismo moderno, el enemigo a vencer. Su visión ha sido tildada, con razón, de reaccionaria, pero quizá sea más preciso llamarla “historia al revés”.

Para Yarvin, lo que la historiografía oficial describe como progreso; la Ilustración, la democracia, los derechos civiles, el estado del bienestar, la secularización, es en realidad un proceso de decadencia. A su juicio, la civilización occidental estaba en su punto más alto bajo estructuras jerárquicas, autoritarias y tradicionales, en las décadas precedentes a la ilustración. Lo que ha seguido desde entonces es, según Yarvin, una caída impulsada por una fe ciega en el igualitarismo, la democracia y el pensamiento progresista.

Yarvin llama a la estructura del poder moderno “la Catedral”, que, según él, es una alianza informal entre universidades, medios de comunicación y burocracias estatales que impone una visión moral y política progresista, sin necesidad de censura formal. En este sistema, el control no se ejerce por la fuerza, sino por la conformidad cultural. Lo que parece libertad es, para Yarvin, simplemente una ilusión mantenida por el consenso de una élite progresista que no necesita rendir cuentas.

La Ilustración, para muchos, representa el nacimiento de la razón moderna, la libertad y los derechos humanos. Para Yarvin, representa el comienzo del fin. Al poner en duda la soberanía de los reyes, al desmantelar religiones tradicionales, y al celebrar al individuo como fuente última de valor moral, la Ilustración habría roto los lazos que mantenían la cohesión social y la estabilidad política. El resultado, según él, no es una humanidad más libre, sino una sociedad desarraigada, fragmentada y manipulada por ideologías. Yo me pregunto: ¿qué clase de historia ha estudiado este señor? ¿Cuáles son sus fuentes? Parece que la lectura que Yarvin hizo de Thomas Carlyle[1] lo convenció de que el libertarismo era un proyecto condenado al fracaso sin la inclusión del autoritarismo, y el libro de Hans-Hermann Hoppe de 2001, Democracy: The God That Failed[2], marcó su primera ruptura con la democracia. Otra de sus influencias fue James Burnham[3], quien sostenía que la política “real” ocurría a través de las acciones y la manipulación del poder por parte de las élites, tras de lo que él llamaba una retórica democrática o socialista aparente. En la década de 2000, los fracasos de la construcción nacional liderada por Estados Unidos en Irak y Afganistán reforzaron las posturas antidemocráticas de Yarvin. La respuesta federal a la crisis financiera de 2008 fortaleció sus convicciones libertarias y la elección de Barack Obama como presidente de EE. UU. consolidó su creencia de que la historia avanza inevitablemente hacia sociedades de tendencia izquierdista.

Curiosamente, Yarvin no propone volver simplemente al pasado. Su propuesta es más tecnocrática que tradicionalista. Él aboga por gobiernos administrados como empresas privadas, eficientes, jerárquicos, no democráticos. Imagina ciudades-estado gobernadas por CEOs vitalicios, seleccionados no por sufragio sino por mérito y resultados, meritocracia pues. El ciudadano se convierte en cliente, cosa que ya está ocurriendo en muchos países, Suecia por ejemplo[4], y el gobierno en proveedor de servicios. Una visión inquietante, que fusiona el autoritarismo con el mercado.

En este modelo, la historia como evolución política pierde todo sentido. No hay teleología, no hay destino universal hacia el bien común. Hay, en cambio, eficiencia, orden, y la supresión del conflicto político como motor de la vida pública. Lo más perturbador de la visión de Yarvin es que, aunque se presenta como realista y racional, sus implicaciones recuerdan las distopías clásicas. En lugar de “1984”[5] de Orwell o “Un mundo feliz”[6] de Huxley, donde el poder se impone por la fuerza o el placer, Yarvin propone una distopía de la eficiencia, sin debates, sin oposición, sin participación ciudadana. Una tecnocracia estética, fría, que considera la política un error de diseño. Sus ideas, influyentes en ciertos círculos de derecha alternativa y tecno-libertarios, suscitan preguntas éticas profundas. ¿Es deseable una sociedad sin conflicto político? ¿Es sostenible un sistema que elimina la voz pública en nombre del orden? ¿Y si la historia, con todos sus errores, es también el campo de aprendizaje que nos hace humanos?

Curiosamente, aunque se sitúan en extremos ideológicos opuestos, Curtis Yarvin y el escritor soviético Andréi Platónov comparten una intuición fundamental: el desencanto ante el curso de la historia moderna. Platonov, profundamente marcado por el fracaso de la utopía comunista, narró con dolor la deshumanización que puede surgir cuando una ideología pretende rediseñar al ser humano. En obras como La excavación o Chevengur[7], la esperanza revolucionaria se convierte en ruina, y el lenguaje mismo parece quebrarse bajo el peso del absurdo histórico.

Yarvin, desde el otro lado del espectro, ve en el liberalismo moderno una utopía fracasada, con promesas de libertad que generan esclavitudes invisibles, promesas de igualdad que desembocan en tiranías burocráticas. Ambos, a su modo, son heraldos de una distopía. Platonov la vivió desde dentro del aparato soviético; Yarvin la diagnostica en la democracia contemporánea.

La gran diferencia es que Platonov escribe con una compasión trágica, casi cristiana, hacia el ser humano roto. Yarvin, en cambio, escribe con frialdad ingenieril, como si el dolor humano fuera un bug que puede corregirse con mejor código y liderazgo competente. Ambos, sin embargo, nos advierten: cuando la historia se pone al revés, ya sea en nombre del futuro o del pasado, el resultado puede ser el mismo; el olvido del presente humano, del dolor real, de la vida vivida.

Tal vez la lección más profunda sea esta: las distopías no siempre llegan con tanques. A veces, llegan vestidas de eficiencia, de buenas intenciones o de teorías elegantes. Por eso, como lectores y ciudadanos, debemos mirar con sospecha no solo las pesadillas, sino también los sueños demasiado pulcros.

Están ocurriendo muchas cosas remarcables en el mundo tecnológico, y no tiene que ver con avances en inteligencia artificial ni nuevas aplicaciones. Se trata del poder, de quién lo tiene, y quién no, y se discute si la democracia debería seguir existiendo. En el centro de este giro están Elon Musk, Peter Thiel y Curtis Yarvin, tres figuras influyentes que impulsan un futuro con menos controles y contrapesos, y más control centralizado en manos de unos pocos. No abogan abiertamente por el fin de las elecciones, pero a través de sus acciones, ideas e inversiones políticas, están orientando el sistema en esa dirección.

Peter Thiel no solo es escéptico sobre la democracia, sino que está abiertamente en contra de ella. Una vez escribió: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”[8]. A diferencia de muchos que comparten esa creencia, Thiel tiene el dinero y la influencia para actuar en consecuencia. Durante años, ha utilizado su enorme riqueza para financiar candidatos que comparten su visión de un sistema más centralizado y menos dependiente de los votantes. Una de sus mayores inversiones ha sido J.D. Vance, quien comenzó como crítico de Trump, pero desde entonces ha adoptado una postura mucho más favorable al autoritarismo.

La influencia de Thiel va más allá de los políticos individuales. Muchos de los candidatos que respalda no solo quieren ganar elecciones, sino que desean cambiar la forma en que funciona el gobierno, eliminando los controles y equilibrios destinados a prevenir el abuso de poder. En lugar de pedir el fin absoluto de la democracia, enmarcan sus esfuerzos como una corrección necesaria para un sistema roto. Sin embargo, el resultado es el mismo: un paisaje político en el que los multimillonarios deciden quién tiene derecho a participar en el gobierno.

Musk es sin duda el más visible, conocido por sus coches eléctricos y sus cohetes, pero también por actuar como un presidente oficioso, algo parecido al CEO que propone Yarvin. Thiel opera en las sombras, financiando candidatos afines a su visión. Yarvin, lleva años argumentando que la democracia está obsoleta y que debe reemplazarse por un sistema donde un líder poderoso tome las decisiones sin rendir cuentas. Sus esfuerzos unidos están empujando la sociedad americana hacia una realidad donde los multimillonarios y sus aliados tienen más poder, y cada vez menos personas pueden influir en cómo se gobierna.  Es una toma de poder silenciosa, lenta, y mucho más difícil de detener. Thiel financia a los políticos, Yarvin provee la ideología, Musk controla la narrativa.

Argumentan que el gobierno debería funcionar como una empresa emergente, ágil, centralizado, dirigido por quienes “saben hacer las cosas”, es decir, los más ricos. Lo que no dicen es que ese modelo elimina la participación pública y entrega el poder de decisión a unos pocos, que además no representan la diversidad del país. Muchos de ellos expresan sin tapujos actitudes discriminatorias hacia los grupos marginados.

Este cambio sucede mientras el poder político se ata cada vez más a la riqueza. Ya no basta con influir en las elecciones: ahora se trata de hacer que los funcionarios electos dependan directamente de sus patrocinadores. Esto no solo afecta las campañas, sino también qué voces se amplifican, qué políticas se promueven y quién puede participar en el sistema. Se presentan como anti-establishment, pero en realidad están construyendo un nuevo establishment, una oligarquía donde unos pocos ultraricos ponen las reglas, y los votantes apenas tienen voz, perdidos entre la desinformación y la propaganda.

La amenaza no es dramática ni evidente. No hay un solo momento en el que la democracia deje de existir. Es una lenta reestructuración del poder, donde las elecciones siguen existiendo, pero el control real está cada vez en menos manos. Y lo más preocupante es que se presenta como progreso, no como una toma de poder. La gran pregunta es si suficientes personas lo reconoceremos antes de que sea demasiado tarde para revertirlo.

Curtis Yarvin, Peter Thiel y Elon Musk impulsan una visión del futuro donde la democracia es reemplazada por un sistema centralizado, sin controles ni contrapesos. Yarvin critica la democracia moderna, proponiendo un gobierno tecnocrático dirigido por líderes no elegidos, mientras que Thiel financia a políticos que apoyan esta agenda. Musk, con su enorme influencia, también aboga por un modelo autoritario de gobierno empresarial. Juntos, están redefiniendo el poder político, concentrándolo en las manos de unos pocos ultrarricos, mientras la participación ciudadana disminuye. Este cambio silencioso, que se presenta como progreso, pone en riesgo la esencia de la democracia. Nos queda, a los defensores de la democracia de todo el mundo, una baza importante: el poder que tenemos como consumidores, y parece que está funcionando. Será interesante seguir el proceso.


[1] https://www.gutenberg.org/cache/epub/1091/pg1091-images.html

[2] https://dn721606.ca.archive.org/0/items/911-material/Pdfs/Democracy%20The%20God%20That%20Failed.pdf

[3] https://archive.org/details/the-managerial-revolution

[4] La educación, la sanidad y otros servicios públicos empezaron a ser gestionados como si fueran productos ofrecidos por proveedores, ya sean estatales o privados, a consumidores con capacidad de elección. Esto ocurrió a partir de la década de los 80. La eficiencia y la “satisfacción del cliente” pasaron a ser indicadores centrales de calidad, en detrimento de principios como la igualdad o la justicia social. La participación ciudadana se redujo a mecanismos de retroalimentación y encuestas, más cercanas al marketing que al debate político. Esto ocurre también en España, aunque quizás todavía de forma menos perceptible.

[5] https://archive.org/details/1984-george-orwell-espanol

[6] https://dn790005.ca.archive.org/0/items/un-mundo-feliz-aldous-huxley/Un%20Mundo%20Feliz%20-%20Aldous%20Huxley.pdf

[7] https://www.scribd.com/document/374754770/Platonov-Chevengur-pdf

[8] https://www.cato-unbound.org/2009/04/13/peter-thiel/education-libertarian/

Centésimo octogésimo segundo paseo: Europa, barbarie y memoria: un diálogo en tiempos de incertidumbre.

Voy paseando por un Lund radiante de sol. Voy pensando en el diálogo que mantuve anteayer con mi estimado amigo Víctor, el filósofo emeritense que, cada semana, nos sirve algún tema interesante para pensar y discutir. Yo disfruto con estas discusiones y trato de encontrar algún ángulo inédito por donde avivar el debate, al poder ser, clarificando aquello que yo puedo encontrar dudoso o posibles perspectivas que me parezcan interesantes exponer. Ayer el tema propuesto por Víctor fue el de “Europa y los nuevos bárbaros”[1]  y la tesis de Víctor, a mí entender, era en pocas palabras: Europa, tras haber sido la principal difusora de valores, ciencia, filosofía e instituciones en los últimos quinientos años, corre el riesgo de convertirse en un “islote perdido” o una “pieza de museo”. Aunque sigue siendo un referente en términos de bienestar, libertad y racionalidad crítica, su influencia está en declive y enfrenta amenazas tanto externas como internas. Externamente, líderes como Putin y Trump ven a Europa como un peligroso modelo de estabilidad democrática y económica que desafía sus regímenes autoritarios. Internamente, una parte significativa de los propios europeos ha abrazado la “barbarie” en la forma de la ultraderecha, que rechaza los valores fundamentales del proyecto europeo, como los derechos sociales, la pluralidad y el pensamiento crítico. Víctor advierte que la única forma de contrarrestar esta amenaza es un fuerte “rearme educativo” basado en los principios que han definido a Europa: el diálogo, la argumentación racional y el conocimiento científico. En esta tarea, la educación juega un papel crucial para evitar que Europa se desmorone desde dentro y pueda seguir siendo un modelo de civilización frente a la barbarie.

Completamente de acuerdo, respecto al papel que debe jugar la educación para contrarrestar las amenazas del autoritarismo, discrepo humildemente de alguno de los postulados presentes en el artículo, especialmente en lo que atañe a la pretendida superioridad moral de Europa y su sistema democrático. A continuación, podéis leer mi respuesta, que da cuenta de mi opinión, desde una perspectiva histórica:

“Muy interesante, Víctor. Ya ves que leo casi todos tus artículos y que me sirven de gimnasia mental. Te lo agradezco y, que mejor sello de calidad para tus escritos, que decir que sirven para entablar discusiones. Yo te voy a dar mis argumentos, que no pretenden ser los mejores o más sensatos, pero son los míos y te los presento a continuación. Veo que presentas a Europa como el epicentro de la civilización mundial, y le atribuyes una influencia y una supremacía cultural que se extiende a todas las áreas del conocimiento humano. Este punto de vista es inherentemente eurocéntrico, aunque, naturalmente, tienes todo el derecho del mundo de serlo, para eso eres europeo. Pero Europa no es el único lugar que ha producido ideas filosóficas, científicas y artísticas relevantes, pregúntales a los chinos y verás. Estamos de acuerdo en que Europa ha tenido una enorme influencia en la historia moderna, pero la afirmación de que no ha habido otra cultura en los últimos quinientos años que haya esparcido su simiente de manera similar es una generalización problemática. Filosóficamente, el relativismo cultural, que yo veo fructífero, defiende la idea de que las culturas deben ser comprendidas dentro de su propio contexto, sin imponer una jerarquía entre ellas. Desde esta perspectiva, el valor de otras tradiciones culturales y sus contribuciones al conocimiento y la civilización mundial no debe subestimarse ni ignorarse, creo yo. Puede que tú no estes de acuerdo, claro.

Escribes, y con razón, que muchos de los logros de Europa se han conseguido a través del saqueo de otros países, pero de manera implícita justificas, o pareces justificar, esta acción al afirmar que, en comparación con otros imperios, Europa ha hecho un “buen uso” de lo obtenido. Ahí no sé yo, Víctor. Esta postura es problemática desde una ética filosófica. Hay cantidad de filósofos, como Kant, Rousseau y más recientemente pensadores postcoloniales que han cuestionado la legitimidad de los imperios coloniales, especialmente cuando sus logros se basan en la explotación y el sufrimiento de otros pueblos. Estoy viendo ante mí la estatua del rey Leopoldo de Bélgica y las manos cortadas de niños congoleses, y claro, la barbarie…Estamos de acuerdo en que Europa ha sido un centro de desarrollo y reflexión, pero su historia de colonialismo y explotación no puede ser pasada por alto. El enfoque crítico, que debe ser defendido y promovido, no debe ser exclusivo de las élites europeas, sino de todas las culturas del mundo que han sido sometidas. La idea de que Europa se permitió “criar una estirpe de críticos” también debe ser considerada a la luz de la explotación global que Europa llevó a cabo, y esto cuestiona la superioridad moral de sus logros.

Criticas la decadencia de Europa, porque te parece que se está convirtiendo en una “pieza de museo”, pero esto presupone, como comprenderás, una visión lineal y progresiva de la historia, en la que las civilizaciones deben mantenerse en una constante ascensión hacia el futuro. Sin embargo, en la filosofía contemporánea, especialmente en la crítica postmoderna, como en el trabajo de Michel Foucault (por cierto, con una gran actividad en Suecia) o Jacques Derrida, se cuestiona esta visión del progreso. La idea de que Europa debe seguir liderando el mundo en términos de libertad, riqueza y racionalidad es una forma de imposición ideológica. La historia no es necesariamente un proceso de mejora constante; puede ser cíclica, regresiva o multidireccional. La “muerte” de Europa no necesariamente será, si llega o cuando llegué, debido a transformaciones culturales que debe ser entendida en su propio contexto y no necesariamente vista como una pérdida, y además no comparto la idea de “colapso”

Criticas la ultraderecha europea, y la tildas de “bárbara”. Sería importante reflexionar sobre qué entendemos por “barbarie”. El término ha sido históricamente utilizado para descalificar a aquellos que no comparten una visión cultural hegemónica. A lo largo de la historia, los “bárbaros” han sido aquellos que no se ajustan a los ideales de una cultura dominante. De esta manera, la crítica a la ultraderecha puede correr el riesgo de caer en una simplificación moralista, error en que los demócratas norteamericanos cayeron. Es preciso, creo yo, cuestionar las categorías de “civilización” y “barbarie”, pues esas distinciones pueden ser usadas para marginar y excluir. En este sentido, es crucial mantener un enfoque más inclusivo, creo yo, donde las voces y las preocupaciones de todos los grupos sociales sean escuchadas, incluso si sus puntos de vista son percibidos como radicales, en relación con nuestro propio punto de vista.

Defiendes una educación en “valores y ciudadanía europea”, enfocada en el “diálogo crítico” y “la reflexión sobre nuestros propios valores”. Sabes que estoy de acuerdo en remitir a la educación la tarea de formar ciudadanos en democracia; lo he escrito muchísimas veces y estoy dispuesto a repetirlo a todas horas. Desde un enfoque filosófico debemos preguntarnos: ¿qué significa realmente el “diálogo crítico”? Si este diálogo se limita a los valores y tradiciones europeas, supongo que desde la ilustración hasta ahora, el riesgo es que se reproduzca una visión eurocéntrica del mundo, excluyendo otras formas de conocimiento. La educación debe ser verdaderamente pluralista y fomentar el entendimiento intercultural. Paulo Freire, por poner un ejemplo, ha defendido una educación liberadora que empodere a los estudiantes a cuestionar y transformar la sociedad, no simplemente a adaptarse a una narrativa preexistente. No vivimos en el mejor de los mundos, cómo decía Pangloss, Víctor, no nos engañemos. Espero poder seguir dialogando contigo, es un placer. Un abrazo.” A esto aún no he recibido respuesta, pero estoy seguro que la tendré.

No soy el primero, ni seré el último, que piense de vez en cuando que la caída del imperio romano nos muestra la realidad de que nada puede ser eterno. Lo de “Roma, la ciudad eterna”, tiene mucho de museo, de restos de algo que fue y que, con el tiempo, dejo de ser o se transformó en algo nuevo, diferente, pero manteniendo vestigios transcendentes de su antigua civilización, capaces de, mismamente en ruinas, mantener una cierta atracción. “Panta rhei” decía Heráclito; nada permanece igual eternamente. La idea de eternidad es incompatible con la naturaleza dinámica del universo, ya que todo está en constante transformación y las mismas estructuras que tratan de explicar lo eterno o lo infinito, son, en sí, mutables en el tiempo. Volviendo a la historia, yo soy de los que piensan que la caída del imperio romano, no fue un colapso producido por la acción de “los barbaros” sino un declive a través de los años, desde una posición gloriosa durante los reinados de Augusto a Marco Aurelio, la llamada Pax Romana, a un declive lento pero perceptible, hasta quedar reducido al recuerdo de sus estructuras vitales, la lengua, las leyes, las instituciones y una religión codificada.

Sí, se pueden encontrar, creo yo, similitudes entre la caída del Imperio Romano y la crisis actual de Europa en relación con el mundo exterior, especialmente si utilizamos, como hizo Víctor, el concepto de “bárbaros”. El Imperio Romano cayó en parte debido a la corrupción, el debilitamiento de las instituciones y la pérdida de cohesión social. Europa hoy enfrenta problemas similares, con crisis políticas, polarización ideológica y pérdida de confianza en sus propias estructuras democráticas.

Además, en Roma, las invasiones bárbaras fueron una consecuencia de movimientos migratorios forzados por la presión de otros pueblos. En la actualidad, Europa enfrenta flujos migratorios masivos desde regiones en conflicto, y esto, sabemos de sobra, que siempre genera tensiones políticas y sociales. Soy consciente de que se suele pasar de puntillas por estas cuestiones porque se corre el peligro de ser malinterpretado. Lo que yo quiero decir es que hay mecanismos naturales que hacen que las migraciones masivas, a corto plazo, desestabilicen las sociedades que las reciben, de ahí que sean utilizadas políticamente por estados como Bielorrusia o Turquía para ejercer presión sobre otros estados.  Los romanos fueron asimilando progresivamente a los “bárbaros”, y su propia cultura y estructuras políticas fueron cambiando, adaptándose a la nueva realidad demográfica. Europa hoy debate sobre su identidad, especialmente en relación con la multiculturalidad y los valores que debe defender. Esto es perfectamente perceptible en nuestras sociedades, la sueca y la española, como en toda Europa.

No ha habido superpotencias que duren eternamente desde Egipto a nuestros días. Roma dejó de ser la superpotencia dominante a medida que otras civilizaciones ganaban protagonismo. Europa, tras siglos de dominio global, enfrenta el ascenso de potencias como China, India y otros actores emergentes que desafían su posición en la economía y la geopolítica. Aunque las circunstancias son diferentes, la comparación nos ayuda a entender la fragilidad de las civilizaciones cuando dejan de adaptarse a los cambios internos y externos.

Este intento de análisis me sirve a mí para aceptar que estamos permanentemente ante cambios que representan el proceso natural del desarrollo de la humanidad. Debemos comprender, creo yo, que Europa no es “el pueblo elegido” y que la misma Europa de hoy no es la Europa de 1945. Me atrevo a decir que no existen los valores eternos. Esto es algo patente en las actitudes de los jóvenes frente a la democracia. A diferencia de sus padres, que crecieron en una época de crecimiento económico y estabilidad, muchos jóvenes europeos han vivido crisis financieras que han limitado sus oportunidades laborales y económicas, lo que ha generado no poco desencanto con el sistema democrático.

Las diferencias entre ricos y pobres han aumentado en muchos países europeos, entre ellos en Suecia y España, y muchos jóvenes perciben que la democracia no garantiza justicia social ni igualdad de oportunidades. Es una realidad, nos guste o no. Conozco jóvenes que están estresados pensando que no conseguirán juntar para una pensión digna, aun trabajando hasta los 75 años. Si añadimos a todo esto la influencia de las redes sociales, de donde los jóvenes mayormente sacan su información, y bastante desinformación, comprenderemos que la democracia está en peligro.

Las redes amplifican discursos populistas, teorías conspiratorias y la polarización, debilita la confianza en las instituciones democráticas. Muchos jóvenes sienten que su voz no cuenta, ya sea por sistemas electorales poco representativos o por la falta de espacios reales de participación más allá del voto. Por tanto, algunos jóvenes consideran que los regímenes autoritarios o sistemas tecnocráticos pueden ofrecer soluciones más rápidas y eficientes a los problemas que enfrentan, aunque esto implique menos libertades. Problemas como la crisis climática, la guerra en Ucrania o las crisis migratorias han mostrado la dificultad de las democracias para responder de manera ágil y efectiva, y eso refuerza sin duda el escepticismo.

Y, hablando de los jóvenes y los menos jóvenes y su disposición a arriesgar sus vidas para defender sus derechos civiles y democráticos, se ha hecho recientemente un estudio por una universidad sueca y un instituto ucraniano que muestra una paradoja bastante interesante: aunque los ucranianos están actualmente en guerra y tienen un fuerte sentido de la identidad nacional, un porcentaje menor de ellos, el 30%, dice estar dispuesto a arriesgar su vida, en defensa de su país. Los suecos, que disfrutamos de paz, por el momento, estamos dispuestos en un 60% a arriesgar nuestras vidas. Claro que, del dicho al hecho hay mucho trecho, como decía mi madre con uno de sus refranes de cabecera. Ya veríamos cuantos suecos estaban realmente dispuestos a ofrecer su vida para defender su democracia, en caso de guerra real.

Para los suecos, la guerra sigue siendo un concepto abstracto, mientras que los ucranianos viven su brutal realidad. La experiencia directa del conflicto puede hacer que las personas sean más cautelosas al responder preguntas sobre sacrificio personal. Suecia ha tenido dos siglos de paz y estabilidad, y esto hace que las respuestas sean más teóricas. Sin embargo, el estudio sugiere que la fuerte adhesión a valores democráticos y liberales motiva el deseo de defensa entre los suecos.

La confianza en las instituciones y en otras personas es significativamente menor en Ucrania, lo que puede influir en la disposición a participar en la defensa del país. Aunque los resultados pueden parecer sorprendentes, reflejan la diferencia entre la percepción teórica y la experiencia vivida de la guerra. Es posible que, en caso de un conflicto real, los suecos reaccionen de manera diferente, al igual que los ucranianos lo han hecho a lo largo de la guerra. Además, la forma en que se formula la pregunta y el contexto social pueden afectar las respuestas. Pero queda la cuestión de si estamos dispuestos a arriesgarnos para defender nuestros derechos.[2]

Yo vivo entre jóvenes y, los que tengo a mi lado y con los que yo trato, conservan su ideología democrática. Sin embargo, soy perfectamente consciente de estos jóvenes que yo conozco no son plenamente representativos de su generación. Sigo pensando que la única solución para conservar el espíritu democrático de nuestros jóvenes es construir una sociedad verdaderamente libre, en la que todas las posiciones políticas se puedan discutir sin ser tachadas de “bárbaras”, siempre y cuando se garantice el respeto a los derechos humanos En una sociedad verdaderamente democrática, el principio de libertad de pensamiento, expresión y organización implica que todas las ideologías deberían poder existir, ser discutidas, defendidas, incluso impugnadas en público. Pero esto no significa que todo deba aceptarse sin límites. Precisamente porque la democracia es frágil, necesita reglas claras para defenderse sin traicionar sus propios valores.

Siguiendo el principio del jurista Karl Popper, la paradoja de la tolerancia[3], una democracia debe tolerar a los intolerantes hasta que su intolerancia se traduzca en acciones que busquen eliminar la libertad misma. Por tanto, se debería permitir toda expresión ideológica, excepto aquella que abogue activamente por suprimir los derechos fundamentales de otros, o por eliminar la democracia por medios no democráticos. Veo a diario como se intenta ridiculizar y demonizar toda ideología que vaya en contra de la propia. Los medios digitales se prestan a ello y esta posición destruye cualquier forma de diálogo.

La censura debe ser el último recurso. Una sociedad madura debe enfrentarse a ideas peligrosas con mejores argumentos, no con silencios. Pero hay excepciones: por ejemplo, discursos que incitan directamente a la violencia o al odio pueden y deben limitarse. Toda ideología debe poder ser debatida, incluso si resulta ofensiva, siempre que no incite a la violencia, la discriminación sistemática o la destrucción de derechos humanos.

No importa cuán popular o impopular sea una ideología, ninguna puede actuar fuera de la ley. La democracia exige que incluso quienes desprecian la democracia deban moverse dentro del marco legal, por tanto, todos los partidos, grupos y movimientos deben aceptar las reglas constitucionales, los derechos fundamentales y los procesos electorales, sin excepción. La ley, ante todo. Aceptando, naturalmente, que las leyes no son eternas y que es legítimo querer cambiarlas y que se deben cambiar con el paso del tiempo, para adaptarlas a la sociedad actual.

Una democracia solo puede permitir el debate libre si sus ciudadanos están preparados para ello. Eso exige enseñar no solo hechos históricos o normas jurídicas, sino habilidades de pensamiento crítico, ética y empatía. El sistema educativo debe formar ciudadanos capaces de debatir, escuchar, argumentar y convivir con ideas distintas. Aquí debemos estar muy atentos con los cambios curriculares que se quieran hacer, por ejemplo, aquí en Suecia, donde la preocupación por el aprendizaje de las habilidades básicas, hace que estas se potencien, dejando a parte las habilidades para el pensamiento crítico.

La democracia no solo se debe defender de ideologías extremas, sino también de los abusos del poder. Una sociedad libre necesita medios libres, instituciones independientes y ciudadanos vigilantes. Toda persona o grupo que ejerza poder debe rendir cuentas públicamente y someterse a la crítica. Lo que para un ciudadano privado puede ser completamente lícito, en cuanto a la libertad de buscar su propio provecho y enriquecerse, para un cargo público, puede ser ilegal o al menos poco ético.

La regla de la mayoría no puede ser excusa para aplastar a las minorías. Las decisiones colectivas deben respetar derechos inalienables. Ningún gobierno, por muy mayoritario que sea, puede suprimir los derechos fundamentales de una persona o grupo.

La democracia no es solo procedimiento, también es ética. Debe garantizar que toda persona, sin importar su origen, identidad o creencias, pueda vivir con dignidad. Porque, la dignidad humana es el principio que ninguna ideología puede cuestionar sin salirse del marco democrático. Porque la existencia de pobreza y personas sin techo en una democracia revela una contradicción profunda entre los ideales que la democracia proclama y la realidad que permite. Una democracia, en su sentido más noble, no es solo un sistema de votaciones o un conjunto de instituciones. Es una promesa, la de que todos los ciudadanos son iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, y que el poder público existe para garantizar el bienestar común. La libertad sin condiciones mínimas de vida se convierte en un privilegio, no en un derecho universal.

Entonces, ¿cómo se puede justificar que, en una sociedad donde cada persona tiene voz y voto, donde se habla de libertad, igualdad y fraternidad, haya seres humanos que no tienen un lugar donde dormir, que no pueden alimentarse dignamente, que viven en la marginación más extrema?

La narrativa liberal, no la social-liberal a la que yo pertenezco, sea dicho de paso, a veces culpa al individuo por su situación diciendo que no se esfuerza, o que eligió ese camino, pero en la inmensa mayoría de los casos la pobreza es el resultado de factores estructurales como desempleo, desprotección social, salud mental no atendida, alquileres imposibles, rupturas familiares, migración forzada. Una democracia auténtica debe cuidar de los más vulnerables, no responsabilizarlos de su sufrimiento. Cuando una sociedad acepta la pobreza como un “mal necesario” o un “costo inevitable”, pierde su sensibilidad ética. No se trata solo de políticas públicas, sino de compasión, de justicia moral. La pregunta de por qué permitimos que existan sin techo en medio de ciudades ricas no es económica, es profundamente humana. Sin casa, sin trabajo, sin comida, la libertad es una ficción. Los derechos civiles y políticos se vuelven letra muerta si no van acompañados de derechos económicos y sociales reales.

En un mundo donde los algoritmos saben más de nosotros que nuestros amigos, donde las ciudades brillan por fuera y duelen por dentro, donde algunos viajan al espacio y otros duermen bajo puentes, no es extraño que muchos jóvenes miren la palabra democracia con escepticismo, o incluso con desprecio. ¿De qué sirve votar si los poderosos siguen mandando? ¿Para qué participar, si nada cambia? ¿Por qué confiar, si hay pobreza en las calles y discursos vacíos en los parlamentos? Son preguntas justas. Preguntas urgentes. Y también, preguntas peligrosas si no encuentran respuestas.

Pero la respuesta no es renunciar a la democracia. Es reclamarla. Es tomarla en serio, en serio de verdad. Porque la democracia no es una estatua vieja que hay que respetar sin preguntar. No es una fórmula mágica ni una máquina que se arregla sola. Es una tarea inacabada, una promesa traicionada muchas veces, pero aún posible. Y es ahí donde los jóvenes tienen un papel que nadie más puede cumplir. La democracia no viene dada, no está garantizada. Cada derecho fue ganado por alguien que luchó antes, mujeres, trabajadores, estudiantes, minorías. Y esos derechos pueden perderse. La democracia exige memoria, vigilancia, rebeldía. Hay que apropiársela, discutirla, mejorarla. Como dijo Platonov con amargura, sus personajes no entendían cómo organizar una sociedad justa. Pues bien; la tarea es comprenderlo ahora.

Confiar en la democracia no significa ignorar sus fallas, sino comprometerse con su sentido profundo; el poder en manos del pueblo, del demos, de todos, no de unos pocos. El gobierno de la mayoría, sin aplastar a las minorías. La libertad de disentir, sin dejar de convivir. La posibilidad de que las reglas se discutan, pero también se cumplan. La dignidad como punto de partida, no como privilegio. Y para eso, hace falta juventud. No solo como edad biológica, que muchos como yo ya la hemos pasado con creces, sino como energía vital, coraje moral y deseo de cambiar lo que parece inevitable. Y eso, todavía, puede ser hermoso.


[1] https://filosofiacavernicolas.blogspot.com/2025/04/europa-y-los-nuevos-barbaros.html

[2] https://www.dn.se/varlden/enkat-svenskar-mer-villiga-an-ukrainare-riskera-livet-i-krig/

[3] https://archive.org/details/popper-la-sociedad-abierta-y-sus-enemigos-en-2-volumenes

Centésimo octogésimo primer paseo. Utopías soñadas, distopías vividas: Andrej Platonov y el futuro que ya fue.

Hoy, en este día luminoso de abril, sentado en el jardín de mi cabaña, quiero compartir con vosotros mi lo que estoy leyendo, pues me parece tan actual, que vale la pena invitar a su lectura. Estoy leyendo la obra de un autor ruso muy peculiar. Andrej Platonov, que así se llamaba el escritor que he elegido hoy, nació en la ciudad de Vorónezh en 1899, en el corazón de una Rusia que se agitaba entre imperios moribundos y revoluciones nacientes. Platonov, que era hijo de un maquinista de tren, creció con el oído afinado a los ruidos del metal y el alma herida por las promesas incumplidas del progreso. Fue electricista, ingeniero hidráulico, trabajador del campo, poeta y cronista del desencanto.

Como muchos de su generación, abrazó al principio la revolución soviética con fervor, creyendo que otro mundo era posible. Pero lo que encontró fue una realidad plagada de absurdos, hambre y burocracia, donde los ideales se oxidaban tan rápido como las máquinas mal mantenidas. En sus relatos, por partes iguales, tristes, tiernos, filosóficos, hilarantes, captó esa contradicción con una voz única: técnica y lírica, precisa y compasiva. Platonov escribió como quien intenta reparar algo roto: el alma humana, la sociedad, el lenguaje. Sus personajes no hablan, razonan; no viven, buscan sentido. Su estilo mezcla el habla popular con un lirismo seco, casi bíblico. Y sus ficciones, a menudo censuradas, marginadas o silenciadas, fueron demasiado incómodas para el régimen, demasiado extrañas para el realismo socialista, demasiado lúcidas para los tiempos.

Murió en 1951, pobre y casi olvidado, tras haber contraído la tuberculosis que también mató a su hijo. No fue hasta décadas después que sus textos encontraron el lugar que merecían: no como glorias del sistema, sino como voces que lo cuestionaron desde dentro. Hoy, Platonov se alza como uno de los escritores rusos más profundos del siglo XX, un testigo de los sueños y las ruinas del hombre moderno.

En el horizonte del siglo XX, cuando la revolución prometía redimir al ser humano y la máquina anunciaba su era dorada, Andrej Platonov escribía relatos que parecían mirar hacia adelante con telescopios invertidos: veían lejos, pero también veían dentro. Las utopías que imaginaba no eran luminosas ciudades aéreas ni jardines sin pecado; eran campos resecos, fábricas oxidadas, almas extraviadas entre engranajes, y, sobre todo, una humanidad desconcertada por su propio poder. Leyendo a Platonov, no puedo dejar de pensar en este mundo en que vivimos, en la tercera década del segundo milenio, a más de cien años de sus relatos.

Platonov no fue un visionario en el sentido habitual del término. No pretendía predecir, sino entender, poner a prueba la lógica de los sueños colectivos. En su universo literario, donde los hombres dejan la Tierra para colonizar las estrellas o fabrican máquinas para resolver la sexualidad de una vez por todas, lo utópico y lo ridículo se entrelazan como raíces que no saben de qué árbol provienen. Sus personajes hablan como tratados filosóficos con piernas, y caminan entre ruinas con la naturalidad de quien ha nacido en ellas.

En el relato “Los descendientes del sol”, que yo he leído en sueco dentro de la antología “Den tvivlande Makar” (Makar, el escéptico) la humanidad ha vencido a la naturaleza y ha conquistado el cosmos, pero ha perdido algo más esencial: la capacidad de sentir. Se ama la razón, se adora la eficiencia, pero no se echa de menos el amor ni la amistad. “Ya no necesitábamos ni amigos ni amor – teníamos una conciencia correcta y una razón numérica”, escribe Platonov, y en esa frase se revela el precio de la perfección: el vaciamiento de lo humano. Porque, puede muy bien ser que la imperfección sea justamente lo humano y la perfección, siempre buscada pero nunca encontrada, lo contrario.

Aquí la utopía técnica se desliza suavemente hacia la distopía emocional, y es en esa ambigüedad donde Platonov encuentra su tono: no el grito de advertencia, sino el murmullo irónico de quien ha visto ya demasiadas revoluciones fracasar en nombre del bien.

Lo fascinante es que estas fantasías, escritas hace cien años, resuenan con una fuerza inquietante en el presente. El futuro que soñaban los cosmistas rusos —resucitar a los muertos, viajar por la galaxia, vivir eternamente, parece, al menos como discurso, más vivo que nunca. Hoy hablamos de transhumanismo, de inteligencia artificial general, de tecnologías salvadoras como si fueran inevitable destino. Pero Platonov nos recuerda que bajo cada promesa brilla la sombra de una paradoja: cuanto más perfeccionamos al ser humano, más cerca estamos de su deshumanización.

En sus ensayos, como “La fábrica de literatura”, propone que los escritores se conviertan en ensambladores literarios, montadores de palabras prefabricadas. “El autor no debe crear – debe ensamblar. Es más eficiente y más socialista.” La ironía, involuntaria o profética, es escalofriante: en la era de los textos generados por inteligencia artificial, de la literatura sin autor, de los algoritmos que escriben novelas románticas “on demand”, el sueño industrial de Platonov se ha vuelto realidad. Pero no es la productividad lo que se ha elevado, sino la pregunta sobre qué significa aún escribir, crear, imaginar.

Platonov nunca señala con el dedo, nunca sermonea. Su crítica se disfraza de ternura absurda, de personajes como Makar, que cree en la revolución, pero no sabe por dónde empezar, o como Veretennikov, que confunde la miseria con el orden natural de las cosas. “El Estado está aquí, porque aquí hay cuidado”, declara con total inocencia, aun cuando los campesinos no tienen agua potable. Otro personaje, al ver una lombriz, exclama aterrado: “¡Se está comiendo la tierra!” El símbolo perfecto de la fragilidad de todo orden: basta una criatura mínima para provocar el derrumbe del cosmos ideológico. Así, el mundo de Platonov no es ni futuro ni pasado: es el presente mirado desde el margen. Es una advertencia sin alarma, una distopía envuelta en flores, una utopía que se ríe de sí misma antes de desvanecerse. Quizás esa sea la lección más profunda que nos deja: que ningún sueño, por hermoso que sea, puede evitar ensuciarse los pies en el barro.

Mi camino hasta encontrar a este gran escritor, ha sido a partir de un artículo de cultura en Svenska Dagbladet. Encontrado el libro “Las dudas de Makar” 13 ensayos escritos en los años 20, traducidos del ruso al sueco por Kajsa Öberg, bajo el título “Den tvivlande Makar”, se ha abierto ante mí un nuevo camino a la lectura, aunque en realidad, lo que yo necesitaría ahora es encontrar a otro Eduardo Mendoza, para reírme un poco.

 En español se pueden encontrar algunos de los libros de Platonov como, Dzhan, Madrid, Alianza, 1973, La excavación, Madrid, Alfaguara, 1990, Chevengur[1], Madrid, Cátedra, 2003, La patria de la electricidad y otros relatos, Galaxia Gutenberg, 2001, La zanja, Madrid, Armaenia, 2019. En inglés, en Archive[2] se encuentran algunas de sus obras.


[1] https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/RC/RC0117230.pdf

[2] https://archive.org/details/portableplatonov0000plat/page/n3/mode/2up

Centésimo octogésimo paseo. Pánico digital.

Como autor que soy de materiales de aprendizaje digital, observo con asombro cómo la visión sobre el uso de herramientas digitales por parte de los jóvenes cambia radicalmente de un día para otro, además de basarse en un respaldo científico muy débil. Eliminar la enseñanza de la competencia digital en la escuela primaria y postergarla hasta la educación intermedia no solo representa una gran modificación en el sistema educativo sueco, sino que también es una propuesta sin una base de investigación sólida.

La eliminación de la enseñanza de la competencia digital en la educación primaria y su postergación hasta la educación intermedia es una decisión que carece de fundamento en la investigación internacional y contradice las recomendaciones de organismos de prestigio como la Unión Europea (UE), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

El “Digital Competence Framework for Citizens”(Competencia digital para los ciudadanos) de la UE subraya la importancia de desarrollar la competencia digital desde edades tempranas. La alfabetización digital es considerada una competencia clave del siglo XXI y debe integrarse en todos los niveles educativos para garantizar que los ciudadanos puedan participar activamente en la sociedad digital. Retrasar la enseñanza de estas habilidades supone una brecha de aprendizaje que puede afectar negativamente a los estudiantes en su desarrollo académico y profesional.

En su informe “21st Century Skills and Education” (Habilidades del Siglo XXI y Educación), la OCDE destaca que la alfabetización digital es esencial para el aprendizaje continuo y la empleabilidad. Los estudios muestran que los niños expuestos a la tecnología y a la educación digital desde una edad temprana desarrollan mejores habilidades de resolución de problemas, pensamiento crítico y capacidad de adaptación a entornos tecnológicos en constante cambio.

La UNESCO, en su informe Global Education Monitoring Report (Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo), advierte que excluir la educación digital del currículo escolar temprano puede aumentar las desigualdades educativas. Los niños de entornos más privilegiados seguirán teniendo acceso a dispositivos digitales y formación en el hogar, mientras que aquellos de familias con menos recursos quedarán rezagados, profundizando la brecha digital.

El argumento de que los niños deben aprender primero a leer y escribir antes de adquirir competencias digitales es una falsa dicotomía. Numerosos estudios han demostrado que la alfabetización tradicional y la digital pueden desarrollarse de manera complementaria. La investigación en pedagogía digital indica que los niños que usan herramientas digitales de forma estructurada y guiada no solo mejoran su competencia digital, sino que también fortalecen su comprensión lectora y sus habilidades de escritura.

Además, en un mundo donde la información se consume principalmente a través de plataformas digitales, la enseñanza de la alfabetización digital desde una edad temprana es fundamental para desarrollar el pensamiento crítico, la capacidad de discernir información veraz de la desinformación y la responsabilidad en el uso de las tecnologías.

Otro aspecto clave que se debe considerar es la seguridad en el entorno digital. La UE, la OCDE y la UNESCO coinciden en que postergar la enseñanza de la competencia digital puede hacer que los niños sean más vulnerables a los riesgos en línea, como el acoso cibernético, la exposición a contenidos inapropiados y la manipulación digital.

El informe de Children and Internet Safety de la OCDE enfatiza que la educación temprana en competencia digital es esencial para que los niños desarrollen estrategias de autoprotección y uso responsable de la tecnología. Ignorar esta necesidad puede llevar a una mayor exposición a riesgos sin la preparación adecuada para enfrentarlos.

La decisión de eliminar la enseñanza de la competencia digital en los primeros años de la educación sueca y postergarla hasta los 10 años no solo carece de sustento científico, sino que va en contra de las recomendaciones de las principales instituciones internacionales dedicadas a la educación. La digitalización es una realidad ineludible y los sistemas educativos deben preparar a los niños para participar de manera segura y efectiva en este entorno. Retrasar este aprendizaje solo incrementará la brecha digital y reducirá la capacidad de los estudiantes para enfrentar los desafíos del mundo contemporáneo.

Por ello, es imperativo que las decisiones educativas se fundamenten en investigaciones rigurosas y en la experiencia internacional acumulada, garantizando así una formación integral que incluya la alfabetización digital desde la infancia. La decisión de Madrid de retirar los ordenadores y otras herramientas digitales de las manos de los niños, muestra el pánico digital que, inexplicablemente se extiende de Suecia a España.

Comparto hoy la preocupación de mi esposa y sus colegas, expresada en este artículo de opinión. Afirmar que los niños deben aprender a leer y escribir antes de desarrollar competencias digitales se basa en una falsa dicotomía. Las habilidades fundamentales y la competencia digital pueden – y deben – desarrollarse en paralelo.

Es momento de tomar decisiones sobre la educación basadas en una investigación amplia y rigurosa, y no en respuestas aisladas a consultas. Lean el artículo aquí:

“Eliminar el requisito de competencia digital para los niños carece de respaldo científico.”

La afirmación de que los niños deben aprender habilidades como la lectura y la escritura antes de desarrollar competencias digitales se basa en una falsa dicotomía. Las habilidades fundamentales pueden desarrollarse de manera fructífera junto con la competencia digital.

Eliminar la enseñanza de competencias digitales en la escuela primaria. Esa es la propuesta de la comisión curricular “Conocimiento para todos”, designada por el gobierno.

Según esta propuesta, solo cuando los alumnos tengan diez años se les enseñará a desarrollar una actitud crítica y responsable hacia la tecnología digital y a comprender cómo la digitalización afecta a la sociedad. La propuesta resulta sorprendente, considerando que la mayoría de los niños de primaria usan internet a diario, según el informe Los niños e Internet 2024 de la Fundación Sueca de Internet.

Si la propuesta se implementa, la vida digital cotidiana de los niños se volverá más arriesgada y supondrá una alteración significativa en la estructura educativa sueca actual.

El estudio argumenta que una “evidencia científica consolidada” muestra que los niños aprenden mejor las competencias digitales desarrollando primero habilidades básicas como la lectura y la escritura. Sin embargo, la comisión curricular solo se basa en una única respuesta a la consulta sobre la estrategia nacional de digitalización de la Agencia Nacional de Educación de Suecia, emitida por la Universidad de Lund en 2023. En ella se menciona que los niños aprenden mejor las competencias digitales después de adquirir habilidades básicas, pero esto es simplemente una afirmación sin respaldo en estudios científicos; no se hace referencia a ninguna investigación que demuestre que es mejor para los niños desarrollar una actitud crítica y responsable hacia la tecnología digital solo a partir de la educación intermedia.

La comisión curricular, por tanto, basa esta propuesta en una única respuesta de consulta que ni constituye una revisión sistemática de la investigación ni ha sido sometida a evaluación científica.

Además, la propuesta contradice las políticas internacionales. El Marco de Competencia Digital para Ciudadanos de la Unión Europea enfatiza que todos los ciudadanos deben tener la oportunidad de desarrollar competencias digitales a lo largo de su vida. La ONU, en su Comentario General 25 sobre los derechos del niño en el entorno digital, establece que todos los países deben garantizar la enseñanza de competencias digitales desde la educación preescolar y a lo largo de todo el sistema educativo.

El problema también radica en que la propuesta no coincide con las necesidades identificadas por los docentes en la escuela, algo que han demostrado varios estudios. Un proyecto de investigación en la Universidad de Malmö, Modelado didáctico en actividades extraescolares: Comunicación responsable en el juego y los medios digitales, destaca, por ejemplo, la necesidad que perciben los docentes de fomentar una actitud crítica y responsable en los alumnos en los entornos digitales desde la educación preescolar.

La afirmación de que los niños deben aprender a leer y escribir antes de desarrollar competencias digitales, además, se basa en una falsa dicotomía. Las habilidades fundamentales y la competencia digital pueden desarrollarse de manera conjunta y complementaria. Por ejemplo, los alumnos pueden leer libros que promuevan una actitud crítica y responsable hacia los medios digitales, como la serie “Nollan och Nätet”, que aborda los desafíos que enfrentan los niños en los entornos digitales.

Dado que la propuesta de la comisión curricular carece de una base científica sólida, es necesario designar un grupo interdisciplinario de expertos que elabore una revisión sistemática de la investigación sobre las necesidades digitales de los niños y cómo la enseñanza puede fomentar mejor estas competencias. Este grupo debería incluir especialistas en el uso de los medios por parte de los niños, su aprendizaje y el desarrollo de competencias digitales.

Implementar la propuesta tal como la prescribe la comisión curricular sería una irresponsabilidad. No posterguemos la enseñanza de competencias digitales hasta la educación intermedia.

Publicado en Sydsvenskan el 2 de abril de 2025

AUTORES DEL ARTÍCULO:

Carolina Martínez, profesora de Ciencias de la Infancia y Juventud y docente en Comunicación y Medios en la Universidad de Malmö.

Ingrid Forsler, docente en Comunicación y Medios en la Universidad de Södertörn.

Anna-Lena Godhe, profesora de Pedagogía en la Escuela de Aprendizaje y Comunicación de la Universidad de Jönköping.

Helena Sandberg, profesora de Comunicación y Medios en la Universidad de Lund.

Ulrika Sjöberg, profesora de Comunicación y Medios en la Universidad de Malmö.

https://www.sydsvenskan.se/2025-04-02/slopat-krav-pa-digital-kompetens-for-barn-saknar-vetenskapligt-stod

Centésimo septuagésimo noveno paseo. ¡Hablemos de sexo!

Sigue lloviendo y a uno le da ganas de seguir escribiendo. La verdad es que escribo sobre lo que pienso, y lo que pienso se debe casi siempre a lo que leo, a lo que veo en la tele o a alguna conversación que acabo de tener con un amigo o amiga. Lo que leo en este momento y lo que he visto en la televisión, me lleva a pensar en cómo ha cambiado la percepción que nuestra sociedad tiene de algo tan humano como es el sexo.

Yo viví mi juventud a finales de los 60 y comienzos de los 70. Todo era muy diferente en aquellos tiempos. Para empezar, yo era joven y, como cantaba Serrat, sentía “bullir la sang”. Seguro que a la mayoría no se os ha escapado la serie Adolescence. Yo la vi de un tirón, me engancho entre otras cosas por la superba interpretación de todos los roles, pero lo que quedó como poso para la posteridad, es el mensaje.

Se trata la serie de algo tan actual como los llamados incel. Bueno, con la serie “Adolescense” ya sabe todo el mundo lo que es un “incel” o célibe involuntario, léase, sujeto perteneciente a una subcultura que se manifiesta como comunidades virtuales de hombres que dicen ser incapaces de tener relaciones románticas o relaciones sexuales con mujeres, como sería su deseo, y eso tiene consecuencias muy serias, como en la serie. Tendremos quizás que buscar incel entre los votantes de los partidos de extrema derecha, que dicen querer revertir la sociedad hasta el punto de que el cuerpo de las mujeres pase de nuevo a ser objeto de posesión masculina.

Cuando quedó claro que Donald Trump había ganado las elecciones presidenciales, el ultraderechista Nick Fuentes escribió en una entrada en X que decía: “Your body, my choice. Forever” (“Tu cuerpo, mi elección. Para siempre”). Era una referencia al eslogan que los activistas por el derecho al aborto en Estados Unidos han utilizado desde finales de los años 60: “My body, my choice” (“Mi cuerpo, mi elección”). Esta entrada en X puso de manifiesto lo que está ocurriendo en el mundo en este momento, algo difícil de expresar con palabras. Un odio crudo hacia las mujeres, que encuentra su expresión más grotesca en la llamada manosfera, esa red de sitios web, pódcast y foros donde algunos hombres creen que la igualdad ha ido demasiado lejos y se regodean en la misoginia y las fantasías de venganza. El mensaje es claro: Vamos a recuperar el control sobre sus cuerpos.

Esto me lleva a pensar que aquí en Suecia, tuvimos un tiempo un científico muy criticado en su tiempo, un psicoanalista, conocido (que no amigo) de Freud y con parecida relación al mismísimo Einstein. Estoy pensando en Wilhelm Reich, un individuo que realmente se adelantó a su tiempo. Reich defendía la idea, en el emblemático año 1933, de que la represión sexual era la raíz de muchos problemas sociales. Reich sostenía que la represión sexual no solo afectaba al individuo, sino que era un mecanismo fundamental de control social. En su libro La psicología de masas del fascismo[1], argumentó que los regímenes autoritarios, como el nazismo, se basaban en la opresión del deseo y la supresión del placer sexual, fomentando así una sociedad sumisa y obediente. Las personas reprimidas sexualmente son más propensas a aceptar el autoritarismo, porque la frustración acumulada se canaliza en obediencia ciega y agresividad.

Todo empezó cuando Reich llegó a Berlín en 1930, con 27 años, justo a tiempo para presenciar el ascenso de los nazis, la máxima expresión del acorazamiento del carácter, diría él más tarde. Sin embargo, aunque continuó desarrollando sus teorías y escribiendo, ni siquiera sus correligionarios los comunistas mostraron mucho interés en su material. Su contrato con International Psychoanalytic Publishers fue cancelado después de que comenzara a defender la educación sexual y los anticonceptivos para adolescentes en lugar de la abstinencia, e incluso sugiriera que una expresión sexual saludable y desmitificada en los niños podría ser crucial para criar adultos sanos, y que sus preguntas debían responderse de manera franca. En 1932, en un folleto titulado “La lucha sexual de la juventud”[2], el Dr. Reich arremetió contra los mensajes contradictorios bajo los cuales los adolescentes intentaban comprender su sexualidad.

“Los jóvenes están contaminados, por un lado, por moralistas y defensores de la abstinencia y, por otro, por la literatura pornográfica”, escribió. “Ambas influencias son extremadamente peligrosas, la primera no menos que la segunda.” En ese momento, en Alemania, las consecuencias eran graves, observó el psiquiatra de 27 años… “La miseria sexual de la juventud moderna es inconmensurable, pero la mayor parte permanece oculta, bajo la superficie.” Sus opositores interpretaron sus declaraciones como si defendiera que los niños debían poder presenciar las relaciones sexuales de sus padres, aunque Reich nunca abogó por ello.

Persistió en su postura, argumentando enérgicamente contra la monogamia y defendiendo las “relaciones amorosas duraderas” que no estuvieran reguladas por la ley, sino sostenidas únicamente por el amor, que, de lo contrario, conducirían a una “desensibilización sexual”. Arremetió contra la dependencia económica de las mujeres, que las mantenía atrapadas en matrimonios forzados.

Lo más radical de todo fue su propuesta de que los niños fueran criados por una comunidad extendida, liberándolos así de las neurosis de sus padres biológicos. Estas ideas estuvieron, en cierta medida, influenciadas por experimentos sociales similares que se llevaban a cabo en la Unión Soviética , y en Suecia, Alva Myrdal, diseño algo muy parecido, que con el tiempo se convirtió en un sistema de cuidado de niños, que persiste hasta nuestros días.

El Dr. Reich estaba adentrándose en un territorio tabú que pocos se atrevían a cruzar, un territorio que seguiría siendo tabú mucho después de su muerte. En 1933, la postura sexual del Dr. Reich provocó que los nazis tomaran cartas en el asunto. Él y su amante escaparon a Dinamarca, solo para ser expulsados del Partido Comunista Danés. Se mudaron a Suecia, donde el Dr. Reich fue puesto bajo vigilancia, después de que la policía viera a una serie de pacientes entrar y salir de su hotel, sospechando de que se trataba de un proxeneta. Las autoridades le negaron una permiso de estancia más prolongado. A continuación, vinieron más sorpresas: no solo se canceló el contrato para publicar su libro Análisis del carácter, sino que, al llegar en 1934, cuando se presentó en la conferencia de la Asociación Psicoanalítica Internacional en Lucerna, le informaron que había sido expulsado el año anterior. Presentó un trabajo en la conferencia como invitado, pero el episodio marcó el fin definitivo de sus vínculos con la comunidad científica convencional. “Me dijeron que mi trabajo sobre la psicología de masas, que estaba dirigido contra el irracionalismo del fascismo, me había colocado en una posición demasiado expuesta”

Bueno, por seguir con el interesante Reich, en sus investigaciones, Reich afirmó haber descubierto una energía vital universal, a la que llamó orgón. Según él, esta energía estaba presente en la atmósfera y en los organismos vivos, y su flujo armonioso era esencial para la salud física y mental. Para canalizar esta energía, diseñó un dispositivo llamado Acumulador de Orgón, una caja de metal y madera donde las personas podían sentarse y, supuestamente, absorber orgón para curar enfermedades y revitalizar el cuerpo. Reich incluso afirmó que el orgón podría tratar el cáncer. La comunidad científica rechazó su teoría por falta de evidencia. En 1954, las autoridades estadounidenses lo acusaron de fraude y ordenaron la destrucción de sus acumuladores de orgón y sus libros y pasó los dos últimos años de su vida en la Penitenciaría Federal de Lewisburg, Pensilvania, donde cumplía una condena de dos años por distribuir su invento, el “acumulador de energía orgónica” (en violación de la Ley de Alimentos y Medicamentos), un dispositivo del tamaño de una cabina telefónica que supuestamente recogía energía de la atmósfera y podía curar, mientras el paciente se sentaba dentro, resfriados comunes, cáncer e impotencia.

De este señor no sabía yo nada en 1968. En aquellos años, alguno de mis amigos, me consta que eran bastantes, habían leído “El informe Kinsey”,  El de 1948[3] y, con toda seguridad el de 1953, ya explicaré por qué. Estos estudios dirigidos por Alfred Kinsey sobre el comportamiento sexual en hombres y mujeres fueron, parece ser, un golpe contra la moral tradicional. Kinsey reveló que la sexualidad real de las personas era mucho más diversa y activa de lo que se creía. Lo que Kinsey hizo fue prácticamente demostrar científicamente que la gente tenía prácticas sexuales consideradas tabú, como la masturbación y las relaciones prematrimoniales, cuestionó la moral represiva y mostró que el deseo sexual era natural. Kinsey abrió la puerta del armario, por así decirlo, para hablar de la sexualidad sin vergüenza ni culpa. El segundo informe, el de 1953, causó aún más revuelo porque hablaba de la sexualidad femenina[4] en una época donde se asumía que la mujer tenía menos deseo que el hombre.

El método que usó Kinsey y sus socios de investigación fue obtener más de 18.000 historias sexuales basadas en entrevistas presenciales. Financiado por la fundación Rockefeller y para proporcionar una ubicación segura, que garantizase la confidencialidad absoluta de las personas entrevistadas y ante la creciente colección de datos y otros materiales que Kinsey había recogido sobre la sexualidad humana, el instituto se estableció como una organización sin ánimo de lucro afiliada a la Universidad de Indiana. Con toda seguridad, el método usado por Kinsey habría tenido serios problemas para pasar la criba ética exigida hoy en Suecia y posiblemente también en España u otro país de la UE. También recibió criticas en su tiempo, tan importantes como las de la Asociación Americana de Estadística que cuestionaba la idoneidad del método empleado.

Lo mas importante del informe de 1948, sobre la sexualidad masculina era sus resultados respecto a la homosexualidad. Según el informe, la homosexualidad existía a todos los niveles sociales y ocupacionales y, nada menos que el 37% de los hombres entrevistados experimentaron alguna vez un orgasmo homosexual a partir de la adolescencia, aunque solamente un 4% de los entrevistados manifestaba una conducta estrictamente homosexual durante toda su vida y ya manifiesta durante la adolescencia. Ni que decir tiene que este informe levantó ampollas en la sociedad conservadora estadounidense, una sociedad en la que en 1953 el presidente Dwight D. Eisenhower firmó la orden ejecutiva n.º 10450 que, entre otras cosas, decía que el gobierno no podía dar trabajo a ningún homosexual en interés de la seguridad nacional. La prohibición de entrar en el funcionariado para los homosexuales se mantuvo hasta 1975.

El sexo era política entonces y lo es también ahora. No hay más que echar una ojeada a los periódicos de hoy, 30 de marzo de 2025, para ver artículos en los que furiosamente se ataca al juez que dispuso que el exfutbolista Dani Alves fuera absuelto de los cargos de violación que le llevaron a la cárcel. Yo no me atrevería a decir nada a favor o en contra de ese juicio, yo respeto las decisiones de los jueces, pero las reacciones a el juicio han sido, a mi parecer muy interesantes. Pero, quiero seguir con los informes Kinsey, porque el siguiente, el de 1953, se trataba de la sexualidad en la mujer.

Y, no es que fuera una novedad, eso de que las mujeres también tenían una sexualidad, eso lo habían discutido muchos con anterioridad como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, que vio la luz en 1949 y que es considerado como uno de los fundamentos del feminismo moderno y tuvo un gran impacto en la percepción del rol de la mujer en la sociedad y su relación con la sexualidad. De Beauvoir argumentó que la mujer no nace subordinada, sino que la sociedad la ha condicionado a ese papel. Simone de Beauvoir proponía la autonomía sexual femenina, y cuestionaba la idea de que la mujer debía ser pasiva o definir su vida en torno al hombre. De repente, se abrió un debate sobre la liberación del cuerpo femenino, la maternidad y el derecho al placer sexual que inspiró los movimientos feministas de los años 60 que abogaban por la igualdad sexual.

No puedo evitar, por cuestiones obvias, ver la problemática de la libertad sexual desde una perspectiva masculina, pero, mirando atrás, la obra de Betty Friedman, de 1963 tuvo que ser muy importante en la crítica del papel de la mujer en la sociedad estadounidense. En Suecia se recibió como una fuente liberadora que denunciaba la insatisfacción oculta de muchas amas de casa. “La mística de la feminidad”[5] fue obra clave para la segunda ola del feminismo, que defendía, entre otras cosas, la autonomía sexual de las mujeres.

Amelia Valcárcel escribe en su presentación de la edición en castellano: “La mística de la feminidad es un clásico del pensamiento feminista que se publicó originalmente en Estados Unidos en 1963. Se trata sobre todo de un libro de investigación respaldado por un abundante trabajo descriptivo. Sólo como consecuencia de esto se acaba convirtiendo en un libro militante. Y eso lo aproxima al otro gran clásico del siglo xx, El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Betty Friedman publicó su libro en febrero de 1963, pero había trabajado en él desde 1957. Lo empezó en “el medio del camino de la vida”, a Jos treinta y seis años, cuando era un ama de casa de barrio residencial con tres hijos. La mística comenzó como un artículo, algo largo que, por cierto, ninguna revista femenina quiso publicar.”

En mi juventud, quizás no entendiésemos de feminismo, pero sí creíamos en la igualdad. Muchos dichos me vienen a la cabeza: cada oveja con su pareja, nunca falta un roto para un descosido o el que busca encuentra. No sé, yo creo que eso de los medios de masas y la idea de perfección que se cultiva en ellos, hace que nadie se conforme con alguien del montón. Todos quieren el chico perfecto o la chica perfecta. Será por eso que algunos prefieren quedarse en su cuarto y planificar asesinatos o masacres o votar a políticos que rezuman odio, en lugar de salir con un chico o una chica común y corriente. Y parece que la actividad sexual está disminuyendo de una forma alarmante en todo el mundo.  La actividad sexual humana afecta la función cognitiva, la salud, la felicidad y la calidad de vida en general, y, sí, también está el asunto de la reproducción. La gran variedad de beneficios es una de las razones por las que los investigadores han comenzado a preocuparse por la disminución de la actividad sexual en todo el mundo, desde Japón hasta Europa y Australia. Un estudio reciente[6] que analiza lo que está ocurriendo en EE. UU. ha añadido más evidencia a este fenómeno, mostrando una disminución entre 2009 y 2018 en todas las formas de actividad sexual en pareja, incluyendo el coito pene-vaginal, el sexo anal y la masturbación en pareja. Los hallazgos también muestran que los adolescentes reportan una menor frecuencia de masturbación en solitario. Todo esto, a la vez que se oyen voces pidiendo el rearme.

Me viene a la cabeza, casi sin buscarlo, el símbolo de la paz y la expresión “Make Love, Not War” que surgió en el contexto de las protestas contra la guerra de Vietnam en la década de 1960 y se popularizó en círculos pacifistas y del movimiento hippie en Estados Unidos. La verdad es que no sabemos quién lanzó esta máxima por primera vez. El logo más icónico relacionado con este mensaje, el símbolo de la paz, fue diseñado por Gerald Holtom en 1958 para la “Campaign for Nuclear Disarmament” (CND) en el Reino Unido. Holtom combinó las letras “N” y “D” en el alfabeto semáforo de “Nuclear Disarmament”, y de esta manera dio forma al símbolo que luego fue adoptado por el movimiento pacifista y los manifestantes contra la guerra de Vietnam, con los que yo me identificaba. ¡Haz el amor y no la guerra!


[1] https://proletarios.org/books/Reich-Psicologia_de_masas_del_fascismo.pdf

[2] https://www.scribd.com/document/822835322/La-lucha-sexual-de-la-juventud-Wilhelm-Reich

[3] https://www.google.se/books/edition/Sexual_Behavior_in_the_Human_Male/pfMKrY3VvigC?hl=es&gbpv=1&dq=isbn:9780253334121&printsec=frontcover

[4] https://www.google.se/books/edition/Sexual_Behavior_in_the_Human_Female/9GpBB61LV14C?hl=es&gbpv=1&dq=isbn:9780253334114&printsec=frontcover

[5] https://archive.org/details/betty-friedan-la-mistica-de-la-feminidad/Betty%20Friedan%2C%20La%20m%C3%ADstica%20de%20la%20feminidad/page/8/mode/2up

[6] https://link.springer.com/article/10.1007/s10508-021-02125-2

Centésimo septuagésimo octavo paseo. La profecía del científico.

Esta mañana está lloviendo. Es normal aquí, pero, después de un día de sol como el de ayer, da pereza salir a la calle, así que me quedo a tomar otra taza de café y busco algo para leer en la estantería. Casi por casualidad encuentro un libro de tapas gastadas, señal de haber sido usado y reusado. Es un libro de Carl Sagan, el científico del que he hablado anteriormente, con motivo de las armas nucleares. El libro está escrito en 1996, un año importante en mi vida, así que lo tomo como lectura mañanera. El título es de lo más inquietante: The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark[1] (El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad), una obra en la que Sagan defiende el pensamiento crítico y el método científico como herramientas esenciales para combatir la superstición y la pseudociencia.

Sagan argumenta que la ciencia no solo es un conjunto de conocimientos, sino una manera de pensar que nos protege contra engaños, creencias infundadas y manipulaciones. ¡Que clarividente era Sagan! Sagan sostiene que el escepticismo bien aplicado es esencial para no caer en engaños. Propone el kit de detección de camelos (baloney detection kit), un conjunto de herramientas para evaluar la validez de una afirmación. Explica que la ciencia no se basa en creer ciegamente en expertos, sino en someter afirmaciones a pruebas rigurosas.

“Uno de los grandes mandamientos de la ciencia es: ‘Desconfía de los argumentos de autoridad’. La historia está llena de ejemplos de autoridades que se han equivocado.”

Sagan expone ejemplos de creencias sin fundamento, como los ovnis, la astrología, la quiromancia o la abducción extraterrestre, y cómo estas proliferan debido a la falta de educación científica y al deseo humano de respuestas fáciles. Critica también a los medios de comunicación por dar más importancia a teorías sin base científica que a la ciencia real.

Según Sagan el miedo y la incertidumbre pueden llevar a las personas a aceptar explicaciones sobrenaturales en lugar de buscar respuestas racionales. Sagan propone que el pensamiento crítico puede ayudarnos a disipar estos “demonios” creados por el desconocimiento.

“Las velas en la oscuridad son la curiosidad, el escepticismo y el método científico.”

Para liberarnos de todos esos males, la educación es, según él, la defensa fundamental contra la manipulación y yo le doy la razón, una educación basada en la curiosidad y el pensamiento analítico, es nuestra salvación. Una sociedad con poca educación científica es vulnerable a la manipulación política y mediática. Los regímenes totalitarios han utilizado siempre la ignorancia para controlar a la población. La ciencia, en contraste, debe ser una fuente de asombro y belleza que nos conecta con el universo y nos brinda una visión más profunda de la realidad.

“La ciencia no solo es compatible con la espiritualidad; es una fuente profunda de espiritualidad.”

Da mucho en que pensar al que, como yo, se siente agnóstico, porque el asombro ante el cosmos no necesita explicaciones sobrenaturales, sino un conocimiento más profundo de la naturaleza.

El mundo y sus demonios fue premonitorio respecto a muchos de los problemas actuales, sobre todo, su análisis sobre la desinformación, la pseudociencia y la manipulación de la opinión pública, fenómenos que hoy son más graves que nunca. En la obra, Sagan advertía sobre cómo la falta de pensamiento crítico haría que las sociedades fueran cada vez más vulnerables a la desinformación. Hoy en día, con las redes sociales y la facilidad para difundir noticias falsas y teorías conspirativas, sus advertencias han cobrado una importancia aún mayor. Esto se refleja en fenómenos recientes como la desconfianza en la ciencia durante la pandemia de COVID-19, la proliferación de conspiraciones sobre vacunas, cambio climático o fraudes electorales sin pruebas.

Sagan criticaba duramente la creencia en lo sobrenatural y la pseudociencia, que en su tiempo se manifestaban en la astrología, las abducciones extraterrestres y la medicina alternativa sin base científica. Parece mentira que a día de hoy sigamos teniendo programas de clarividencia en las televisiones y horóscopos en los periódicos.

Hoy tenemos además en auge terapias sin evidencia, movimientos antivacunas y “gurús espirituales” en internet, el problema ha crecido. Muchas personas, desgraciadamente muchos jóvenes, rechazan la ciencia en favor de explicaciones fáciles o atractivas, exactamente como Sagan predijo.

Sagan advertía también de los peligros que corría una sociedad con poca educación científica, pues sería fácilmente manipulada por políticos y líderes con intereses propios. Hoy estamos viendo cómo la polarización política, la manipulación mediática y la posverdad han llevado a muchas personas a rechazar hechos verificables en favor de narrativas emocionales o populistas. Lo estamos viendo a diario con ascenso de movimientos autoritarios y en la fragmentación social.

Sagan veía la ciencia y el pensamiento crítico como las mejores herramientas para combatir la manipulación y el engaño. Argumentaba que la alfabetización científica era clave para una sociedad sana y democrática. Hoy en día, este mensaje es más relevante que nunca. La crisis climática, la pandemia de COVID-19, la proliferación de sectas digitales y la desconfianza en la medicina y la tecnología muestran cuán importante es fomentar el pensamiento basado en evidencia.

“Una población desconectada de la ciencia y el pensamiento crítico estará a merced de charlatanes que saben manipular sus emociones.”

Cuando Sagan escribió El mundo y sus demonios, Internet aún estaba en sus primeras etapas, pero él ya advertía sobre los peligros de la desinformación masiva y cómo podíamos ser manipulados sin darnos cuenta. Hoy, con las redes sociales y los algoritmos de recomendación, la manipulación de la opinión pública se ha convertido en un problema global. Desde campañas de desinformación política hasta la radicalización de individuos en foros conspirativos, lo que Sagan predijo se ha convertido en una realidad cotidiana.

“Si no podemos distinguir entre lo que deseamos creer y lo que es verdad, nos encontramos en una situación peligrosa.”

Sagan alertaba sobre cómo la falta de educación científica y pensamiento crítico haría que la gente tomara decisiones basadas en emociones y no en hechos. Esto es exactamente lo que ocurre en la era de la posverdad, donde los sentimientos y creencias personales parecen tener más peso que la realidad objetiva. Lo vemos a diario en las decisiones políticas que nos afectan y que son tomadas por los lideres políticos que han sabido como utilizar los resortes emocionales. En un mundo donde la desinformación se propaga más rápido que nunca, la obra de Sagan debería servir como guía imprescindible para entender los peligros de la irracionalidad y la importancia de la ciencia. Veo que, lejos de ser un libro del pasado, esta obra,  es un libro para nuestro presente y futuro, porque, como decía Sagan:

“Siempre habrá charlatanes y demagogos que quieran aprovecharse de la gente. Nuestra única defensa es el pensamiento crítico.”


[1] https://dn790004.ca.archive.org/0/items/B-001-001-709/Carl%20Sagan%20-%20The%20Demon%20Haunted%20World.pdf

Centésimo septuagésimo séptimo paseo. Las guerras tontas.

Ya es primavera y cómo se suele decir, la primavera la sangre altera, y sí, es verdad, la sangre cuece de tantas perogrulladas como tenemos que aguantar estos últimos días. Mientras Europa parece decidida a gastar “cuanto sea menester” para defender lo que llaman “nuestras libertades y nuestra democracia” 7670 niños mueren de hambre o de enfermedades relativas a la desnutrición cada día, según informa UNICEF, son 2,8 millones de muertes al año, el 45% de todas las muertes de niños menores de cinco años, según la Organización Mundial de la Salud.[1] Según el mismo informe, el hambre es la realidad de 828 millones de personas en todo el mundo (cifras de 2021), 1 de cada 10 humanos no disponen de suficiente comida. Parar este desastre sería verdaderamente defender las libertades y los derechos, según la carta de la ONU, de una gran cantidad de seres humanos.

En lugar de preocuparnos por esas realidades, los ricos europeos preferimos gastarnos 800.000 millones de euros en armamento, bajo, según se dice, de la amenaza de Rusia. A mí me parece que debemos hacer un recuento histórico de lo acontecido durante este siglo XXI, porque parece que hemos olvidado algunas cosas. Vamos a recordar y a hacer comparaciones, que es algo que a mí me gusta hacer. Permitidme compara la actuación de las dos potencias tradicionales, Estados Unidos y Rusia, en las últimas décadas, partiendo que las dos potencias militares han intervenido en contra de los dictámenes de la ONU, saltándose por tanto las reglas del juego:

Se trata de la ocupación de Irak por los Estados Unidos y la ocupación de territorios ucranianos por Rusia.  En ambos casos, una gran potencia llevó a cabo una invasión bajo pretextos que fueron ampliamente debatidos y cuestionados. Los Estados Unidos  justificaron su invasión de Irak argumentando la existencia de armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas y la necesidad de derrocar el régimen de Saddam Hussein mientras Rusia argumentó que estaba protegiendo a la población rusoparlante del Donbás y defendiendo su seguridad contra la expansión de la OTAN.

La invasión de Irak no tuvo la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU y fue considerada una violación del derecho internacional, sin embargo, este hecho no resultó en ningún tipo de sanción contra los Estados Unidos, ni tampoco en ninguna orden de arresto y detención por parte de la Corte Internacional. La guerra de Irak tuvo un impacto profundo en la estabilidad del Medio Oriente, y provocó el auge de grupos insurgentes, altamente destructivos, como el Estado Islámico. En Irak, los Estados Unidos con la ayuda de sus aliados, derrocó al gobierno de Saddam Hussein y estableció una ocupación con el objetivo de instaurar un nuevo gobierno, que pronto se mostró sectario y corrupto. La invasión de Irak fue apoyada por algunos aliados, como el Reino Unido y España, recordemos la famosa foto de Aznar con Buch y Blair, pero generó algunas protestas. Francia, recuerdo, se reveló un poco, sin consecuencias claro. En Irak, tras destrozar el ejercito regular, la resistencia vino de insurgentes, grupos terroristas y milicias sectarias, mientras que la guerra evolucionó en una ocupación y conflicto interno prolongado.

En Ucrania, Rusia no busca cambiar todo el gobierno del país, al menos, no en la práctica actual, en todo caso Selenski, sino anexar territorios estratégicos y debilitar a Ucrania como Estado independiente. Sobre todo, según Rusia, impedir su entrada en la OTAN y su acercamiento a EU. La invasión de Ucrania ha sido condenada ampliamente como una violación de la soberanía nacional y del derecho internacional. En Ucrania, el país ha recibido un respaldo militar significativo de Occidente y ha logrado repeler parcialmente la invasión rusa, convirtiendo la guerra en un conflicto de desgaste. Esta guerra está redefiniendo la seguridad en Europa, fortaleciendo la OTAN y llevando a sanciones económicas contra Rusia.

Parece que los medios han olvidado todo esto. Algo que no deberían olvidar es que alguien o algunos se están poniendo las botas, no las militares, que eso ya vendrá, pero en sentido figurativo. ​Las empresas suecas del sector de defensa, que son las que mejor conozco, han experimentado un notable crecimiento en el valor de sus acciones durante el último año, impulsadas por el aumento del gasto militar y la creciente demanda de equipos de defensa en Europa.​ SAAB AB, el principal fabricante sueco de equipos de defensa, ha visto un incremento en sus acciones, según datos de Morningstar[2], que indican que las acciones de SAAB han subido un 36,63%. ​ Además, la empresa reportó un crecimiento orgánico de ventas del 23,4% en 2024, superando las expectativas previas, gracias a una ejecución excepcional de proyectos en el cuarto trimestre. ​

Aunque SAAB es la compañía más destacada en el sector de defensa en Suecia, existen otras empresas más pequeñas que también han mostrado movimientos positivos en el mercado bursátil. Por ejemplo, SARSYS BT ha registrado una evolución favorable en el precio de sus acciones. ​

La empresa española Indra Sistemas SA ha experimentado un incremento del 4,62% en el valor de sus acciones, alcanzando los 17,67 euros y va subiendo[3]. Rheinmetall AG, empresa alemana ha visto un aumento notable en el valor de sus acciones. El índice europeo que agrupa a las principales empresas de defensa, incluyendo a Rheinmetall, ha alcanzado récords históricos recientemente[4]. Pero más que nada suben las acciones de las compañías americanas y alemanas, como Lockheed Martin Corp. que actualmente cotiza a 441,49 dólares por acción[5]. En los últimos 12 meses, su cotización ha fluctuado entre un mínimo de 393,77 y un máximo de 508,10. Esto indica una variación aproximada del 29% entre su punto más bajo y el más alto en el último año.​ Todavía mejor es la imagen que nos da Northrop Grumman Corp[6]. con un precio actual de 512,19 dólares por acción, ha tenido un rango de cotización en el último año entre 414,56 y 556,27, cerca del al 34%.​ Y el mejor de todos es General Dynamics Corp[7]. porque sus acciones están en 269,08 dólares actualmente, con un mínimo anual de 202,35 y un máximo de 274,38, nada menos que un 36% de ganancia.

Más claro, el agua. El famoso rearme le interesa sobre todo a las empresas que fabrican armas y a los accionistas de las mismas. Ya sabemos que un rearme es bueno para el empleo, pero, ¡a qué costo! No, amigos. No olvidemos que no hay guerras justas, hay guerras tontas, y todas cuestan la vida a millones de jóvenes y destruyen familias enteras. Yo saco del baúl mi viejo collar con el símbolo de la paz y me pongo a escuchar a Bob Dylan “Blowin’ in the Wind”, aunque yo, todo hay que decirlo prefiero la versión de Joan Báez.


[1] https://www.who.int/es/news/item/06-07-2022-un-report–global-hunger-numbers-rose-to-as-many-as-828-million-in-2021?utm_source=chatgpt.com

[2] https://www.morningstar.es/es/news/251244/8-nuevas-acciones-infravaloradas-del-mes.aspx?utm_source=chatgpt.com

[3] https://www.articulo14.es/economia/el-rearme-militar-de-la-ue-dispara-las-acciones-de-defensa-en-bolsa-20250218.html?utm_source=chatgpt.com

[4] https://www.articulo14.es/economia/el-rearme-militar-de-la-ue-dispara-las-acciones-de-defensa-en-bolsa-20250218.html?utm_source=chatgpt.com

[5] https://www.marketwatch.com/investing/stock/lmt?utm_source=chatgpt.com

[6] https://es.finance.yahoo.com/quote/NTH.DE/?utm_source=chatgpt.com&guccounter=1&guce_referrer=aHR0cHM6Ly9jaGF0Z3B0LmNvbS8&guce_referrer_sig=AQAAAJTVe8WssSrHMyqs0pqKIUP1V0OHm7mtmhYzXW4bFOzCJPsgk9VKSMY8QcGkH6DZruR_P5gVxaniT1vRUwt_w6nSakvb3LMHSW_PMSRiBIx8Q5gyWNHevIXtWnj0PRcD52_Crd1I7QdWs2DUj_BvZysTosilT7s-S2z9YP41L9bL

[7] https://www.trefis.com/stock/lmt/articles/563043/general-dynamics-vs-lockheed-martin-which-defense-stock-to-choose/2025-03-04?utm_source=chatgpt.com

Centésimo septuagésimo sexto paseo. La hormiga que quería parar un tren.

En mi paseo hoy, muy temprano de mañana, me doy de bruces con una caravana militar.  Filósofo al que le toco vivir una época parecida a estaGrandes camiones, tanques y otros vehículos pintados de verde oliva. Al volante, jóvenes de ambos sexos, vestidos de uniforme. Rostros francos que denotan esperanza y júbilo, como si fueran a una excursión con el instituto. ¡Yo he visto esas caras con esas expresiones tantas veces! Contagian alegría. A punto he estado de saludar, levantando la mano, como se suele hacer cuando pasan los cortejos de estudiantes, pero pensé que no era lugar ni situación apropiada. Cuando ya habían desaparecido de mi vista, y solamente quedaba un ruido cada vez más lejano, sentí como un escalofrío, y una inexplicable tristeza me invadió. La sombra de un vago presagio me inundó.

“La guerra daña a quienes la libran, y más aún a quienes la padecen.” Dijo Bertrand Russell, filosofo al que le tocó vivir una época parecida a la que ahora vivimos. Hablamos de rearme y pretendemos explicar que lo hacemos por la paz. Es casi surrealista escuchar los argumentos que, en un país como Suecia, que ha mantenido la paz en más de 200 años, se oyen a diario. Es profundamente triste escuchar las razones que los políticos europeos nos dan a diario para comenzar esta inexplicable carrera hacia el desastre. En el libro blanco de defensa de la Unión Europea se puede leer:

“En una era de rápidos cambios geopolíticos, la Unión Europea está intensificando sus esfuerzos para proteger a sus ciudadanos y fortalecer sus capacidades de defensa. La preparación es clave: asumir la responsabilidad de nuestra propia seguridad significa invertir en una defensa robusta, salvaguardar a nuestra gente y asegurarnos de que tengamos los recursos para actuar cuando sea necesario.

El Libro Blanco sobre la defensa europea – Preparación 2030 establece una visión para rearme de Europa al asegurar que la industria de defensa europea pueda producir a la velocidad y volumen requeridos. Facilitar el despliegue rápido de tropas y recursos militares a través de la UE.

El aumento en el gasto en defensa será “hecho en Europa”: garantizando tanto nuestra seguridad a largo plazo como beneficios económicos para todos los países de la UE. También ayudará a la UE a responder a la urgencia a corto plazo de apoyar a Ucrania.”[1]

La Unión Europea confía, como se ve arriba, la paz a las armas. Esto significa que ya no se cree en la paz, conseguida a través de tratados y relaciones internacionales por el bien de todos. Terrible error, me atrevo a decir, a sabiendas de que estoy muy solo con estos pensamientos. En su libro Which Way to Peace? [2](¿Qué camino lleva a la paz?) publicado en 1936 reconocemos muchos de los rasgos que ofrece el discurso oficial en la actualidad.

“Los Gobiernos de Europa no están de acuerdo en muchos temas, pero en un punto están en perfecta armonía: todos creen que una nueva Gran Guerra es inminente. Muchos signos, más convincentes que meras palabras, muestran que esta es su expectativa. El Gobierno británico lo demuestra con la frenética prisa con la que está aumentando el ejército, la marina y, especialmente, la fuerza aérea. Muy ominosa es la propuesta, apoyada influyentemente, aunque aún no adoptada, de financiar este aumento mediante un préstamo; porque una nación financieramente prudente, como siempre lo han sido los británicos, no recurrirá a préstamos excepto para fines temporales: si las fuerzas armadas no van a encontrar pronto empleo en la guerra, sería una política derrochadora pedir prestado cualquier parte de su costo. Así, en los últimos años antes de 1914, los alemanes financiaron en gran medida su marina mediante préstamos, mostrando así su expectativa de una guerra próxima. Ahora, todos los grandes países de Europa están acumulando armamentos hasta que se convierten en una carga que pronto será insoportable, a menos que la aprensión de la guerra se intensifique continuamente; y la aprensión universal es en sí misma una causa muy potente de la guerra. El miedo a la guerra se usa para justificar los armamentos; los armamentos aumentan el miedo a la guerra; y el miedo a la guerra aumenta la probabilidad de la guerra. De este círculo vicioso, algunos gobiernos no desean encontrar una salida, y otros no pueden hacerlo.

Otra evidencia de las expectativas de los gobiernos es la institución de ejercicios aéreos civiles en Inglaterra, Francia, Alemania y Tokio. El Gobierno británico ciertamente debe haber sido muy reacio a tomar esta medida, ya que era alarmante para los ciudadanos comunes, y demostraba que se consideraba imposible prevenir un ataque aéreo sobre Londres y otros centros de población. En Gran Bretaña, sea cual sea el caso en otros lugares, esta medida ha tenido un efecto poderoso en promover el sentimiento pacifista, al mostrar lo que los no combatientes deben esperar en la próxima guerra; por lo tanto, las autoridades ciertamente la habrían pospuesto si hubieran considerado en absoluto posible hacerlo.”

La receta de Russell para conseguir una paz duradera es la que ya dieron muchos otros pensadores antes que él y que condujo a la creación de la Liga de las Naciones tras la primera guerra mundial:

“Abolir la guerra por completo no es imposible; de hecho, en lo que respecta a consideraciones técnicas, es mucho más posible ahora que en cualquier época anterior. También es más importante, ya que la guerra es una amenaza mayor de lo que era, y será una amenaza aún mayor de lo que es. Los obstáculos para la abolición de la guerra son de tres tipos: políticos, económicos y psicológicos; los tres son graves y no se pueden eliminar rápidamente. En nuestra situación actual y peligrosa, el estadismo debe concentrarse, por el momento, en posponer o minimizar la guerra mediante cualquier método posible; las grandes medidas implicadas en el establecimiento de la paz permanente no pueden lograrse de inmediato, y por lo tanto no pueden resolver nuestro problema inmediato. Por esta razón, hasta ahora no he dicho nada (excepto brevemente en relación con la Liga de Naciones) sobre ninguna de las condiciones de la paz permanente. Sin embargo, es importante darse cuenta de cuáles son, aunque solo sea para evitar que se adopten planes inadecuados, como el del presidente Wilson, como soluciones completas del problema.

La condición política para la paz permanente (ya discutida en el Capítulo IV) es la existencia de un solo gobierno mundial supremo, poseedor de una fuerza irresistible, y capaz de imponer su voluntad sobre cualquier Estado nacional o combinación de Estados. Es evidente que, mientras la soberanía de los Estados separados no esté restringida, la guerra será susceptible de ocurrir. También es evidente que una restricción meramente legal no será suficiente; debe ser posible obligar a cumplir la ley internacional. La manera más fácil de lograr este resultado será confinar las fuerzas armadas nacionales a las armas más antiguas y hacer de la guerra aérea la prerrogativa exclusiva del gobierno mundial. Los aviones, tanto civiles como militares, deben pertenecer a la autoridad internacional. Lo mismo debe ocurrir con la industria química, ya que los gobiernos nacionales no deben poder obtener suministros de gas venenoso.”

Necesitaríamos a alguien como Russell en estos momentos; alguien que dijera unas cuantas verdades ante los lideres mundiales, una voz que fuese ampliada y distribuida por los medios hasta el último rincón del mundo. Leyendo su discurso, leído ante el Congreso Mundial de la Paz de Helsinki de 1955, leido en su ausencia, “Pasos hacia la paz”[3] encontramos un análisis que parece calcado de la realidad actual.

“En una guerra en la que se empleen las bombas de hidrógeno no puede haber nadie victorioso. Podemos vivir juntos o morir juntos. Estoy firmemente persuadido de que si los que nos damos cuenta de esto nos consagramos, con la suficiente energía, a la empresa, conseguiremos que también se dé cuenta el mundo de ello.”

Y, a sabiendas de que, ante la realidad del espeluznante arsenal atómico presente en el mundo, se quiere pretender que una posible guerra, en un futuro próximo, se podrá limitar a medios bélicos tradicionales. Parece mentira que, habiendo gente tan preparada en el mundo, se siga pensando de esa manera. Aquí, en Suecia, nadie se opone. Las voces pacifistas se han extinguido como por arte de magia. Suecia ha mantenido una tradición de neutralidad y de mediación en conflictos internacionales. Históricamente, el país ha sido un defensor de las iniciativas de paz y ha trabajado en diversos foros internacionales para promover el desarme y la resolución pacífica de disputas. Por poner un ejemplo, Suecia ha sido un defensor del Tratado sobre la No Proliferación Nuclear y del desarme nuclear a nivel global.

Ahora hemos pasado a una posición completamente opuesta a la tradición sueca del desarme. Yo creo que ha tenido mucho que ver la vulnerabilidad de los países bálticos, conscientes de que, una vez que Rusia consiga sus propósitos por la fuerza en Ucrania, el camino estaría abierto a una agresión sobre estos países, ya que Rusia, considera que las minorías rusas en Letonia, Estonia y Lituania están discriminadas. Finlandia, que también tiene frontera con Rusia, tiene razones fundadas para temer ser agredida o verse obligada a actuar, en caso de que los países bálticos fueran atacados. Suecia, temerosa de un efecto dominó en la región, rompió con su tradición de neutralidad y solicitó la entrada en la OTAN, algo verdaderamente improbable hace un par de años.

 En los primeros meses de Trump en la presidencia, el debate en Europa se ha intensificado: sobre la posibilidad de desarrollar una “Eurobomba”. En Alemania, entre otros, el futuro canciller Friedrich Merz, líder del partido de centro-derecha CDU y ganador de las últimas elecciones alemanas, ha propuesto que la UE debería obtener sus propias armas nucleares o estar protegida por el actual arsenal nuclear de Francia. En respuesta, el presidente francés Emmanuel Macron ha reiterado su oferta de discutir el uso de las armas nucleares de Francia para proteger a otros estados de la UE. Se trata de proporcionar una versión francesa del paraguas nuclear como alternativa al paraguas nuclear de los Estados Unidos dentro de la OTAN.

Es curioso que justamente Francia con su Force de frappe o forcé de dissuasion, diseñada por el general de Gaulle para como el mismo dijo en 1961, disuadir a los rusos de un ataque a Francia: “En diez años, tendremos lo necesario para matar a 80 millones de rusos. Bueno, creo que no se ataca fácilmente a aquellos que tienen lo necesario para matar a 80 millones de rusos, incluso si uno mismo tiene lo necesario para matar a 800 millones de franceses, suponiendo que hubiera 800 millones de franceses.”[4]

Esa retórica me estremece, francamente. Y lo peor es que se repite en nuestros días. Además, en este contexto existe un riesgo notable de que Francia tenga una presidenta de extrema derecha en las próximas elecciones presidenciales de 2027, en la persona de Marine Le Pen. Sustituir a un nacionalista de derecha estadounidense por uno francés no puede considerarse un fortalecimiento de la seguridad europea, incluso para los más acérrimos defensores de las armas nucleares. En Alemania suceden cosas muy remarcables. Parece que ya se olvidó el debate que llevó a cerrar las nucleares y ahora, no solamente se aceptan, sino que se preparan para construir un arsenal propio de armas nucleares. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Si bien los primeros debates nucleares en Alemania estuvieron mayormente dominados por analistas, periodistas y algunos legisladores de segunda fila, aquellos que ahora discuten favorablemente las alternativas de disuasión incluyen cada vez más a figuras importantes de todo el espectro político. Entre ellos se encuentran Friedrich Merz[5], Wolfgang Schäuble y Manfred Weber de los Conservadores, Sigmar Gabriel y Katarina Barley de los Socialdemócratas, y, para mi gran sorpresa, Joschka Fischer y Sergey Logodinsky de los Verdes. Cuando el Ministro de Finanzas de Alemania, Christian Lindner, de los Demócratas Libres, se unió al coro a mediados de febrero, el Canciller Olaf Scholz finalmente tuvo que poner un alto, recordando a su socio de coalición que “Alemania decidió hace mucho tiempo no buscar sus propias armas nucleares”.

En España el debate sobre el rearme es más clásico, y me refiero a que la política española sigue oscilando entre el apoyo incondicional y el escepticismo frente a la OTAN. Hay una clara oposición por parte de muchas ONG.s y personalidades de la cultura y de la sociedad civil. Ayer y ante el congreso se presentó un manifiesto contra el rearme con razones muy fuertes para la paz que termina así “No nos resignamos a la guerra, porque no queremos la paz de los cementerios, porque la historia nos demuestra que el único camino realista para conseguir la paz no es militar, sino político. Pónganse manos a la obra y trabajen por la paz, se lo exigimos”. [6]

A favor del rearme está la cúpula del PSOE, que no la mayoría de sus votantes, el PP y posiblemente Vox, acompañados de Junts y PNV. En contra están Sumar, Podemos ERC, Bildu y el BNG, que presentó una moción pidiendo al gobierno la salida de España de la OTAN. En España, la línea divisoria está muy clara en este sentido. En Suecia no tanto, pero las únicas voces que se oyen vienen de los verdes y del partido de la izquierda (antiguos comunistas). No me gusta estar en esa compañía pero es lo que hay, así que voy a explicar por qué creo que los que piden un rearme están equivocados. He aquí mis argumentos:

En primer lugar, el comportamiento de Rusia ha sido, a mi parecer, meramente reactivo, en parte como respuesta a la expansión de la esfera de influencia occidental en lo que ellos consideran como su “patio” y a una militarización impulsada por la OTAN de Europa del Este. Esto es importante reconocerlo si queremos encontrar una solución pacífica.

En segundo lugar, es incorrecto afirmar que hemos descuidado nuestra defensa. Los miembros europeos de la OTAN ya gastan 460 mil millones de euros al año, lo que es cuatro veces más que Rusia. Lo único de lo que no disponemos en la misma medida que Rusia, es en el armamento nuclear y satélites.

En tercer lugar, la seguridad es, por definición, una seguridad compartida. La diplomacia es al menos tan importante como la defensa. Por eso, debemos nuevamente crear un diálogo con Rusia, por ejemplo, dentro de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)[7]

Es hora de reanudar el control de armamentos a través de tratados, no de fomentar la militarización de Europa. Creo que estamos dejando a nuestros hijos y nietos una situación que puede ser irreversible. Tenemos tantos retos ante nosotros, como el cambio climático, el reto demográfico, la crisis energética, la desigualdad. Hay faena, y hay agujeros donde se podrían meter esos 800 000 millones de euros, a punto de ser dedicados a producir aparatos para la muerte. Creo que hay más gente como yo, también entre los altos mandatarios. Gente que, seguramente querrá escribir en un lugar del tratado, como el obispo sueco Brask[8], una nota que diga: “a esta decisión he sido obligado contra mi convencimiento”. Yo ya casi no discuto sobre estas cuestiones con mis amigos suecos, porque parece que todos están de acuerdo con el rearme. Yo escribo mi opinión y hablo cuando me preguntan, pero, por lo general, callo y por tanto otorgo. Me siento como una hormiga que quiere parar un tren.


[1] https://commission.europa.eu/topics/defence/future-european-defence_en#:~:text=The%20White%20paper%20for%20European%20defence%20-%20Readiness,security%20and%20economic%20benefits%20for%20all%20EU%20countries.

[2] https://www.big-lies.org/russell-bertrand/which-way-to-peace.html#conditions

[3] https://www.ersilias.com/discursos-de-bertrand-russell/

[4] Cita en Serge Gadal, (2009). Forces aériennes stratégiques: histoire des deux premières composantes de la dissuasion nucléaire française. Economica. p.86.

[5] https://agendarweb.com.ar/2025/03/13/alemania-reconsidera-su-postura-sobre-energia-nuclear-y-sobre-armas-nucleares/

[6] https://forms.komun.org/manifiesto-contra-el-rearme-y-la-guerra-en-europa

[7] https://www.osce.org/es/

[8] El obispo sueco de Linköping, Hans Brask, estuvo en una reunión de Arboga en 1517. En esa reunión se decidió castigar al arzobispo Gustav Trolle (partidario del rey, el danés Cristian II) y destruir la fortaleza de Stäket. Sin embargo, Brask, en secreto, colocó una nota bajo su sello, en la que protestaba contra la decisión con la siguiente formulación: “A esta aprobación fui obligado y forzado’.” Eso le salvó la vida tres años después durante “el baño de sangre de Estocolmo” donde se ajusticiaron a los contrarios al rey danés, entre el 4 y 10 de diciembre de 1520. A mí no me servirá de nada reservarme, solo para decir ¿qué decía yo? Pero, ojalá me equivoque.

Centésimo septuagésimo quinto paseo. El espíritu liberal en tiempos revueltos.

Mis paseos este fin de semana pasado no han sido caminatas por mi ciudad, Lund, porque he estado paseando bajo una ciudad soleada en la región de Värmland, unos 600 kilómetros al norte de la habitual escena de mis paseos. Me ha llevado a esta ciudad mi condición de liberal y mi militancia en el partido Liberalerna (L), pequeño partido sueco con raíces profundas en la ilustración y una de las fuerzas políticas que consiguieron modernizar este país y convertirlo en uno de los países más democráticos del mundo. Hemos venido a Karlstad para presentar nuestra nueva visión de los que debe ser el liberalismo, dando a conocer nuestro nuevo programa y nuestra visión de cómo queremos que la sociedad sueca de desarrolle, de aquí en adelante. Como nuestro nombre lo indica, la libertad es la clave de nuestra política.

Todo tiene un principio, un origen, así también el liberalismo. En “La riqueza de las naciones”[1] (1776), Adam Smith aborda de manera central el principio de la libertad económica, que es una parte fundamental del liberalismo moderno. Smith aboga por un sistema económico basado en la competencia libre, la libertad de mercado y el principio de la mano invisible, que sostiene que la búsqueda del interés personal en un mercado libre genera beneficios para la sociedad en su conjunto. Estos principios están profundamente conectados con las ideas liberales que se desarrollaron más tarde, especialmente en relación con la libertad individual y el gobierno limitado.

En las décadas siguientes, el adjetivo «liberal» se exportó de Gran Bretaña al continente y dio lugar a los sustantivos “liberal” y “liberalismo”. Todo esto se ha podido establecer gracias a nuevos análisis que ha hecho posibles la digitalización de textos históricos. No es que este concepto naciera de la nada, por arte de gracia, sino que, durante siglos, el adjetivo “liberal” venía denotando aspectos de liberalidad. Ser liberal era ser generoso, munificente, indulgente, como en “con mano liberal”, o de mente abierta, tolerante, libre de prejuicios o fanatismos y, en general, propio de un hombre libre, como en “artes liberales” y “ciencias liberales”. Estos significados, si embargo, no eran políticos, y «liberal» no se utilizaba para etiquetar un tipo de política. Pero, lo que verdaderamente hicieron Smith y otros escoceses, como George Turnbull[2], Adam Ferguson[3] y David Hume[4], es que empezaron a hablar de principios liberales, sistema liberal, “plan liberal, política liberal, ideas liberales y gobierno liberal.

Libertad, justicia, derechos y equidad son conceptos necesarios para explicar la atracción que el liberalismo pudo tener en tiempos de la ilustración. Ilustrados son los padres de la constitución española de 1812, influidos por Puffendorf[5], Locke[6], Rousseau[7], Montesquieu[8] y Sieyès[9]. Los padres de “La Pepa”, Campomanes[10], Aranda[11], Floridablanca[12] entre otros, heredan, por así decirlo el concepto de legitimidad nacional de los ilustrados. Esta constitución es la primera que abiertamente se considera liberal.

Sirva este preámbulo para explicar que este fin de semana pasado, participé en la reunión nacional de los liberales suecos (Liberalernas riksmöte) como representante de mi región, Escania. En Karlstad se presentó la “visión Selma”: un nuevo documento de visión liberal, que delinea las aspiraciones y objetivos del partido para los próximos años. Es por eso, entre otras cosas, que hemos dedicado el último semestre al proyecto de renovación Selma, nombrado así en honor a Selma Lagerlöf[13], una de las fundadoras del partido. Bajo el lema ” Edúcate, compórtate, preocúpate”, se ha forjado una nueva visión liberal que implica un cambio en varios ámbitos políticos: la fallida integración se basa en una inmigración excesiva, la política climática no es sostenible si conlleva costos demasiado altos para los hogares, y es necesaria más represión en la política de justicia para hacer frente a la criminalidad de las pandillas.

Lo más destacable de este nuevo programa de acción es el cambio de visión sobre el Estado. El poder público se describe en Selma como necesario para más libertad, no como una amenaza para la libertad como se veía antes, un Leviatán, maligno. En línea con esto, el partido quiere terminar con las desregulaciones y privatizaciones y ofrecer una respuesta liberal al mantra de la izquierda de “recuperar el control”. La reforma del sistema de escuelas privadas ya ha comenzado, y ahora se plantea una nueva regulación de más servicios de bienestar. Es, por tanto, un giro hacia la izquierda en la visión sobre las soluciones de mercado, y la ambición es atraer de nuevo a votantes de centro-derecha que no están a favor de las ganancias excesivas en el bienestar social, que se hacen a cuenta del dinero de todos.

Se nota un cambio en la percepción del estado que va desde la visión de este como un mal necesario, donde el rol del Estado debía ser limitado para promover la libertad del individuo, a la autorregulación del mercado. Durante las décadas de 1980 y 1990, hubo un fuerte énfasis en la desregulación y privatización.

En los últimos años, el partido ha experimentado un cambio en la visión sobre el papel del mercado en el bienestar y otros sectores de la sociedad. Ha quedado más claro que los liberales ya no vemos al mercado como la solución a todos los problemas sociales. La visión Selma considera que el papel del Estado es necesario para garantizar la libertad individual, y crear condiciones justas. Esto nos lleva a un mayor enfoque en regular el mercado para evitar efectos negativos, como las ganancias dentro del sistema de bienestar.

También se ha hecho evidente un cambio en la visión sobre el papel del Estado en el sector del bienestar. El partido, que anteriormente apoyaba las privatizaciones y adaptaciones al mercado dentro del sistema de bienestar, ha comenzado a abogar por una nueva regulación de ciertas áreas del bienestar. Esto implica un giro importante en la visión de las soluciones de mercado, donde la ambición es asegurar que el bienestar no solo funcione de manera eficiente, sino también de manera justa y sin que las empresas privadas obtengan ganancias excesivas e indefensibles de los recursos públicos.

Para poder llevar a la práctica nuestra visión, debemos superar la barrera de los 4% en las próximas elecciones, cosa difícil sabiendo que solamente uno de cada ocho posibles votantes que se consideran liberales nos apoyan hoy, según DN/Ipsos. Es así que el 43 % de los votantes moderados (M) y el 42 % de los votantes cristianodemócratas (Kd) se consideran liberales.

Según una encuesta del instituto SOM de 2021, hay alrededor de 150,000 votantes en cada uno de los partidos Liberalerna y Moderaterna que consideran que “liberal” es una descripción adecuada para su ideología autodefinida. Al mismo tiempo, hay 80,000 liberales en el partido C y alrededor de 60,000 y 50,000 que se consideran liberales en S y MP, respectivamente. También en otros partidos hay liberales, aunque en menor número.

Por lo tanto, existe un gran potencial para un partido que elija una línea que presente un postulado claro a los votantes de inclinación liberal. Este grupo de votantes se encuentra tanto entre los simpatizantes de los partidos en el actual gobierno como entre los partidos de la oposición. La capacidad del partido Liberalerna (L), mi partido, para atraer a votantes liberales podría ser, por lo tanto, decisiva para los resultados electorales de 2026 y, ante todo, para el futuro del partido liberal (L) en el que milito.


[1] https://ia802908.us.archive.org/14/items/adam-smith-la-riqueza-de-las-naciones_202304/Adam%20Smith%20-%20La%20riqueza%20de%20las%20naciones.pdf

[2] https://archive.org/details/principlesofmora0002turn

[3] https://archive.org/details/anessayonhistor00ferggoog/page/n8/mode/2up

[4] https://davidhume.org/texts/e/full

[5] https://archive.org/details/introductiontohi00pufe/page/n7/mode/2up

[6] https://ia800507.us.archive.org/22/items/locke-segundo-tratado-civil/Locke%2C%20segundo%20tratado%20civil_text.pdf

[7] https://posgrado.unam.mx/filosofia/pdfs/Textos_2019-1/2019-1_Rousseau_ContratoSocial.pdf

[8] https://archive.org/details/montesquieu.-el-espiritu-de-las-leyes-2018

[9] https://archive.org/details/questcequeletie01sieygoog/page/n1/mode/2up

[10] https://archive.org/details/ACarande3512/page/n5/mode/2up

[11] https://es.wikisource.org/wiki/Memoria_del_Conde_de_Aranda esta fuente es muy importante para comprender la política actual de los Estados Unidos.

[12] https://bivaldi.gva.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=1020457&interno=S

[13] Escritora sueca premiada con el Nobel de literatura y cofundadora del partido liberal (entonces Folkpartiet) en 1934.

Centésimo septuagésimo cuarto paseo. La carta de un desequilibrado, o no.

Ayer iba yo paseando, pensando en la libertad y decidido a escribir algo sobre la libertad de cátedra, porque es algo que discutimos mucho en estos días y porque estoy leyendo un libro sobre la libertad, compuesto de ensayos escritos desde diferentes puntos de vista, que me parecen muy interesantes. Pero, al llegar a casa me encuentro con que todos los periódicos, casi sin excepción, escriben sobre los papeles, hasta hoy secretos, de la investigación sobre el asesinato de John F. Kennedy. Y yo me he puesto a pensar en aquella noticia y la conmoción en la que nos sumió tras ese 22 de noviembre de 1963. Recuerdo las conjeturas que se hicieron entonces; no quedaba ninguna organización o país comunista sin ser sospechoso. Se apuntaba a fidel Castro, claro está, a la Unión Soviética.

Se acusaba también a la mafia, particularmente la mafia de Chicago, bajo el liderazgo de Sam Giancana, o la mafia de Nueva Orleans con figuras como Carlos Marcello. La mafia podría haber tenido motivos para asesinar a Kennedy debido a su política de combate al crimen organizado. Las políticas de Kennedy y su hermano Robert F. Kennedy, quien era fiscal general, atacaron fuertemente a las organizaciones mafiosas. También se sospechaba de la CIA, debido a las tensiones con Kennedy sobre temas como la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba dos años atrás y su manejo de la crisis de los misiles en Cuba al año siguiente. Se decía que la agencia estaba descontenta con la forma en que el presidente manejó estos temas y que ciertos elementos dentro de la CIA podrían estar involucrados.

Yo escuchaba atentamente las conversaciones en mi entorno. Se les echaba la culpa a unos y a otros dependiendo de la perspectiva desde la que se partía.  Los que se consideraban estar más bien a la derecha en el espectro político, tendían a culpar a los estados comunistas, mientras que los que tenían sus simpatías en las izquierdas, culpaban al estado profundo y a intereses económicos, por ejemplo a facciones dentro del complejo militar-industrial estadounidense, grandes corporaciones involucradas en la guerra, que podrían haber tenido un interés en eliminar a Kennedy debido a sus políticas más moderadas y su deseo de reducir la intervención militar en el extranjero, especialmente en la guerra de Vietnam. También surgieron teorías que apuntaban a miembros del propio gobierno de Estados Unidos, en particular del ala más conservadora, debido a las diferencias políticas que Kennedy tenía con su administración.

El asesinato del presunto perpetrador Lee Harvey Oswald dos días después del asesinato de Kennedy, retrasmitido en directo por la televisión, complicó aún más la imagen. Jack Ruby, cuyo nombre real era Jacob Leon Rubenstein, el asesino, era un empresario del mundo de la lucha libre y propietario de un club nocturno en Dallas que inesperadamente disparó a Oswald a bocajarro mientras este era trasladado a través de un pasillo de la estación de policía de Dallas. Muchos sugerían que Ruby pudo haber estado involucrado en una conspiración más amplia, por su conexión con figuras del crimen organizado. Estas teorías especulan que Ruby podría haber sido parte de un intento para silenciar a Oswald, ya que algunos creían que Oswald podía haber sido un chivo expiatorio en una trama más compleja.

Ahora que los documentos secretos de la investigación se han desclasificado, me pongo a buscar algo que tenga que ver con España o con Suecia. Son miles de documentos de muy diversa calidad e importancia, pero, ¡albricias! Encuentro uno después de apenas una hora de búsqueda. Es un documento que no tiene desperdicio. Primero porque nos muestra paso a paso como trabajan los servicios secretos de Estado Unidos cuando, minuciosamente, estudian un documento, en este caso una carta escrita a máquina y dirigida a la embajada de Estados Unidos en Estocolmo fechada el 25 de noviembre de 1963.

En la carta, remitida al parecer en Suecia y echada al buzón en la estación central de ferrocarriles, sita en el centro de Estocolmo, muy cerca del parlamento y del palacio real, se quiere hacer entender que es China la que está detrás del atentado y que ha utilizado a Oswald, que en ocasiones previas había efectuado actos de espionaje para ese país. Al leer la carta, tuve la impresión de que estaba leyendo un esbozo o trama preliminar para una película de James Bond. Y no es de extrañar, porque “Agente 007 contra el Dr. No” se estrenó en 5 de octubre de 1962 y se pudo ver en Estocolmo a partir del 15 de marzo de 1963.

La carta, supuestamente escrita por un oficial del servicio secreto chino, que se decía llamar Rio Liang Yüang, explica como China ha utilizado a Lee Oswald para espiar a la Unión Soviética, durante la estancia de este en Moscú. China habría tramado el atentado contra Kennedy utilizando a Oswald, pensando en hacer ver que la orden venía desde Fidel Castro, lo que haría que los Estados Unidos atacasen Cuba, lo que desencadenaría una respuesta por parte de la Unión Soviética. Llegados a la confrontación directa, China ofrecería su apoyo a la Unión Soviética a cambio del control de un arsenal de bombas atómicas. China y la Unión Soviética vencerían el pulso contra los Estados Unidos y, vencidos estos, China asesinaría a los lideres soviéticos, haciéndose con el poder absoluto sobre un mundo homogéneamente comunista.

Miles de cartas de chiflados han mantenido a los servicios secretos estadounidenses ocupados durante decenios. Es interesante ver como estos servicios no se inmutan ni un ápice para poner en marcha todo el sistema de control del que disponen. Se puede ver como analizan la carta, el sobre, el papel utilizado, el modelo de la máquina, la cinta, la tinta, el sello. Todos y cada uno de los detalles físicos de la carta, su proveniencia, etc. y, en profundidad, la ortografía, la gramática, el contenido, en fin, una investigación tan detallada, que ha debido tener a muchos expertos entretenidos durante días o semanas.

Yo, que tengo tiempo, me lanzo a especular sobre lo que hay tras la carta. Sin duda ha habido alguien que se ha tomado el trabajo de idear una historia, escribirla e ir a echarla en un buzón. Lo de la película ya lo he explicado, ahora queda hablar del contexto político. ¿Qué pasaba en China en aquel tiempo? En 1963, China estaba en un período de relativa estabilidad después de los efectos devastadores del Gran Salto Adelante (1958-1962), una política económica implementada por Mao que llevó a una grave crisis alimentaria y millones de muertes por hambre. El país estaba recuperándose de las consecuencias de ese fallido plan.

En noviembre de 1963, las relaciones entre China y la Unión Soviética eran tensas. A principios de la década de 1960, China y la URSS habían roto su alianza después de desacuerdos ideológicos y estratégicos. Mao y el liderazgo chino veían a la URSS como demasiado revisionista y se distanciaron políticamente. A nivel internacional, en 1963, Mao ya había comenzado a expandir la influencia de China en el ámbito global, especialmente en el contexto de la guerra fría y las relaciones con países del Tercer Mundo. En ese momento, China apoyaba las luchas de liberación nacional en diversas partes del mundo, como África y Asia, alineándose con los movimientos antiimperialistas, pero también manteniendo una postura de aislamiento y autarquía.

Quién fuere que escribió la carta, posiblemente un sueco, a partir del análisis de ortografía y gramática, estaba bien enterado de la política internacional del momento. Si había alguna intención política, esa era la de dar las relaciones de Estados Unidos con China y con la Unión Soviética. En 1963, la Guerra de Vietnam ya estaba en marcha, y Estados Unidos estaba intensificando su involucramiento en el conflicto. China, por su parte, apoyaba los comunistas del Frente Nacional de Liberación (Vietcong) en el sur de Vietnam y al gobierno comunista de Vietnam del Norte bajo Ho Chi Minh. Esto ponía a China y Estados Unidos en bandos opuestos en un conflicto clave de la Guerra Fría.

Mao Zedong y el Partido Comunista Chino tenían una visión de internacionalismo proletario que apoyaba la revolución mundial. Esto no debe entenderse como la intención de dominar o subyugar otras naciones, sino como un deseo de difundir el comunismo en todo el mundo, especialmente en los países que eran colonias o estaban bajo la influencia de potencias imperialistas como Estados Unidos o las potencias coloniales europeas.

Mao veía la lucha contra el imperialismo como una tarea global. Creía que el capitalismo y el imperialismo eran sistemas opresivos que debían ser derrocados, y que China debía apoyar a los movimientos de liberación en todo el mundo para expandir el comunismo. En en librito rojo de Mao, oficialmente titulado “Citas del presidente Mao Zedong” que yo por cierto tengo traducido al portugués, “Mao Tse-tung: Citações” traducido en 1970, se puede leer:

“El imperialismo es el enemigo común de los pueblos de todos los países. Debemos luchar en la revolución mundial para eliminar la opresión imperialista y lograr la liberación de todos los pueblos.”

Conociendo la historia, estudiando el contexto de la carta que los detectives encargados de examinarla calificaron como “crank-letter” (carta de un desequilibrado) se comprende que estos pensamientos o temores circulaban por Suecia en estas fechas de la guerra fría. Si hubiésemos tenido internet en 1963, las redes se habrían llenado de especulaciones y memes. Si tenéis tiempo, os recomiendo la lectura de esta magnífica fuente histórica. [1]


[1] https://www.archives.gov/files/research/jfk/releases/2023/104-10020-10016.pdf

Centésimo septuagésimo tercer paseo. Monumentos para la concordia en discordia.

Legado terrible de rencor y odio, dejó la llamada Guerra Civil en España. Una entrada en WhatsApp de mi amigo Antonio Viudas conteniendo un video con una entrevista a Juan de Ávalos, uno de los escultores que dieron forma al monumento a los caídos, aviva en mí el recuerdo de muchos de esos monumentos erigidos por todo el mundo, en recuerdo de hechos tan impactantes o más, de los que ocurrieron en España durante esos terribles 988 días con sus noches que duró la guerra. Aquí en Lund tenemos “Monumentet” se le llama así “el Monumento” porque es el único que tenemos que conmemore hechos bélicos. El Monumento de Lund fue erigido para conmemorar a los caídos en la Batalla de Lund de 1676, que tuvo lugar durante las Guerras del Norte entre Suecia y Dinamarca. La batalla fue particularmente sangrienta, con más de 10,000 muertos en ambos bandos, y marcó una victoria decisiva para Suecia. El monumento se construyó para recordar no solo a los caídos en combate, sino también como un símbolo de reconciliación entre los pueblos de Suecia y Dinamarca.

La iniciativa para levantar el monumento surgió del historiador Martin Weibull, quien fue una figura clave en la fundación de la De Skånska Landskapens Historiska och Arkeologiska Förening (Asociación Histórica y Arqueológica de los Paisajes de Escania), en 1866. Weibull y otros miembros de la asociación consideraron que era importante rendir homenaje a los caídos de ambos bandos, con un enfoque en la reconciliación entre suecos y daneses.

El dinero para el monumento fue recaudado mediante una inscripción pública y una campaña de donaciones. La invitación a contribuir fue firmada tanto por suecos como daneses, reflejando el objetivo común de honrar la memoria de todos los caídos, sin hacer distinción entre vencedores y vencidos. De acuerdo con el llamado a la construcción del monumento, el propósito no era conmemorar victorias o derrotas, sino más bien actuar como un símbolo de reconciliación en el lugar de una de las batallas más sangrientas de la región. La invitación decía textualmente que el monumento debía ser “icke ett minne af segrar eller nederlag, utan en försoningens vård på den blodigaste af Nordens valplatser”, es decir, “no un recuerdo de victorias o derrotas, sino un cuidado de la reconciliación en el lugar más sangriento de los campos de batalla del norte”. El mensaje del monumento es la reconciliación entre Dinamarca y Suecia, y no la victoria sueca en la batalla. El monumento de Lund se diferencia así de otros monumentos de la época, como el de Carlos X Gustavo en Stortorget en Malmö y el de Magnus Stenbock en Helsingborg, los cuales tienen un mensaje más unilateramente nacional sueco.

El monumento fue inaugurado el 21 de octubre de 1883 con un concierto danés-sueco de los coros estudiantiles de Copenhague y Lund. Martin Weibull habló sobre la función reconciliadora de los recuerdos comunes y concluyó con la esperanza de que “la juventud nórdica del futuro peregrine al Monumento y que también ellos, como hoy, canten un vivan por nuestra gran patria, ¡por una Escandinavia unida!”. El sueño de la Escandinavia unida se había desvanecido ya pero el historiador Weibull no perdía la esperanza.

Puestos a analizar la guerra entre los países nórdicos en 1676 con los mismos ojos y las mismas medidas con las que miramos a la actual guerra en Ucrania, esa guerra y esa cruenta batalla tuvo lugar en un contexto de ocupación sueca del norte de Dinamarca. Para ser mas concretos, como un intento por parte de los daneses de recuperar una significativa parte de su territorio, ocupado desde 1658 por los suecos. Se tardó 200 años en llegar a la idea de la reconciliación, o, se había llegado antes, pero faltaba un gesto común, un símbolo, que desde entonces nos recuerda lo ocurrido y lo que hemos aprendido, o al menos, lo que hubiéramos necesitado aprender, de ello. Visto desde una perspectiva nórdica, esta guerra podría también ser vista como una guerra civil.

Lo que yo pienso, contemplando el monumento de Lund, y pensando en la comparación con el del Valle de los Caídos es si ¿será posible contemplar el monumento español dentro de cien años, si es que sigue en pie, como lo que se quería que representase al ser construido? La inscripción que encontramos en el monumento de Lund reza: “El 4 de diciembre de 1676, lucharon y sangraron aquí pueblos de la misma estirpe. Los descendientes reconciliados erigieron el monumento.”

Termino con una anécdota. Una noche de otoño de 2019, robaron cinco cañones, auténticos, pero no usados en la batalla, que formaban parte del monumento, presuntamente para hacerse con el valor que pudieran tener como chatarra. Los que hoy decoran el monumento son copias hechas de un material que no tiene valor como chatarra. El primer monumento, hecho en cemento, se fue desmoronando y tuvo que ser reconstruido en granito en 1930.

Centésimo septuagésimo segundo paseo. El eufemismo de la defensa: Una reflexión pacifista ante la militarización y la guerra

Paseo despacio y aturdido. Resuenan por doquier tambores de guerra. Solo se habla de defensa, eufemismo de guerra, de armas, de servicio militar. Parece que estamos asustando a la misma primavera, que no se atreve a venir del todo, temiendo proporcionar un escenario grotesco, de campos de batalla en flor. Parece que Europa quiere invertir 800 mil millones de euros en chatarra bélica y todos parecen estar de acuerdo. Soy, he sido y seré pacifista toda mi vida. Para mí, la guerra es el odio institucionalizado, la barbarie disfrazada de tecnología puntera, la muerte traicionera y vil, disfrazada de heroicidad. Coincido con Hannah Arendt en su temor por la militarización de la sociedad, en su análisis de los totalitarismos y en su reflexión sobre la modernidad, en la que destacaba cómo el militarismo, que ve la guerra como un medio legítimo de acción política, socava la libertad y el espacio público necesarios para la democracia. En lugar de buscar soluciones políticas pacíficas a los conflictos, el militarismo, tan extendido hoy, tiende a ver la guerra como una opción preferente, y esto erosiona la capacidad de las personas como yo para actuar libremente en el ámbito político.[1] Los que no comulgamos con la militarización, estamos considerados como enemigos.

Armas y más armas, más grandes, más potentes, de mayor alcance. Los que creen que la paz se conseguirá con más armas, y son los más, están desgraciadamente muy equivocados. La guerra busca aniquilar. ¡Gastemos el 2%, el 3% el 10%! Ganaremos y aniquilaremos al enemigo[2], nos dicen. Alcanzaremos la paz, dicen, ¿la paz justa tras una guerra justa? No sé yo, no sé, más bien, no. No, porque no existe ninguna guerra justa. Nos hemos dado instrumentos para vivir en paz, pero preferimos no utilizarlos, usamos la fuerza, militar, económica, para destruir. ¡Es tan ridículo todo! Imagínate, que personas razonablemente cultas crean que van a ganar una guerra invirtiendo en armas convencionales, cuando hay un arsenal de armas atómicas que, si se usan, aunque solamente sea una pequeña parte de ellas, pueden destruir todo lo que la humanidad ha construido en miles de años. ¿Por qué creen los animadores del gasto en defensa que el enemigo va aceptar las reglas del juego, que ellos impongan? Es como cuando nosotros, cuando éramos niños, jugábamos a la guerra tirándonos chinas a modo de proyectiles y decíamos: ¡piedras grandes y ladrillos no valen! Pero siempre había alguien que lo olvidaba, cuando le daban un chinazo en la cabeza, y tiraba una piedra gorda y el juego terminaba en llanto. La tercera guerra mundial puede ser la última y es tan posible llegar a ella como lo han sido las dos anteriores.  

Puestos a comparar lo que está aconteciendo con lo que ocurrió en 1939, deberíamos pensar ¿qué habría pasado si los nazis hubiesen dispuesto de armas atómicas? Estas armas, las atómicas, se presentaron inicialmente como garantes de la paz. El miedo a las consecuencias de una guerra atómica garantizaría la paz. Ahora se piensa que, aumentando los arsenales de armas convencionales, se va a llegar a esa paz deseada, olvidando las armas nucleares; pretendiendo que no existen.[3] ¿Hay alguna lógica en todo esto? Me duele, me duele el mundo. Me abruma ver que gente inteligente apoya la guerra. ¿Y Ucrania? Me preguntarán muchos. ¿Vamos a dejar que Ucrania se hunda? Naturalmente que no. No se trata de dejar que Ucrania se hunda, sino de llevar la paz a Ucrania y a su gente, ayudar a reconstruir el país y mostrar nuestra solidaridad de manera que puedan vivir vidas dignas y libres, sin constantes amenazas.

Se puede llegar a la paz en Ucrania de muchas maneras. Primeramente, hay que solucionar los problemas internos de Ucrania y garantizarle a Rusia la seguridad que reclama. Hay realidades geopolíticas a las que hay que concederle la importancia que tienen. Rusia justifica su invasión por la protección de la población de habla rusa en Ucrania, especialmente en las regiones del este del país, como Donetsk y Lugansk, donde existen comunidades rusas significativas. Rusia argumenta que está interviniendo para proteger los derechos y la seguridad de estas comunidades, que considera que están siendo perseguidas y discriminadas por el gobierno ucraniano.

Yo soy partidario de que se continue con el desarme general que comenzó tras la caída de la Unión Soviética. Comprendo que la idea de tener una organización mundial que nos libre de la guerra es un tanto pueril. El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas dice: “Nosotros los pueblos de las naciones unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad…” Pero, eso no ha podido evitar que haya habido más de 250 conflictos armados desde que la Carta se firmó en 1945. Soy consciente de eso, pero me parece, vamos, estoy seguro, de que un rearme general no conseguirá una paz duradera. Dudo que consiga acabar con el actual conflicto en Ucrania y lo único que conseguirá será aumentar el valor de las acciones de las empresas que se dediquen a fabricar armas y sistemas de defensa.


[1] https://archive.org/details/arendt-hannah.-sobre-la-violencia-ocr-2005/mode/2up

[2] El enemigo, fiende en sueco (Fi) en el norte de Europa es y ha sido siempre Rusia, desplazada en un lustro bélico por la Alemania nazi. Para los españoles el enemigo es algo más difuso.

[3] Deberíamos releer a Kant: https://www.almendron.com/tribuna/wp-content/uploads/2020/06/kant-paz-perpetua.pdf

Centésimo septuagésimo primer paseo. ¡ Que viene el Coco!

Paseando bajo el sol, la primavera ya definitivamente afianzada sobre Escania, voy pensando que es difícil, pero no imposible, comparar hechos históricos. ¿En qué se parece la guerra en Ucrania a la guerra civil española? ¿Hay puntos de comparación? Yo creo que sí, la verdad. Empezaré explicando el contexto internacional de la guerra civil española, muy seguro de que alguien me dirá que está muy claro que la guerra se debió a una revuelta militar contra un gobierno democrático, elegido en urnas, según una constitución democrática vigente. Hasta ahí, estamos de acuerdo, pero, yo me pregunto, ¿por qué duró casi tres años, desde el 18 de julio del 1936 al 1 de abril de 1939? ¿Por qué costó más de medio millón de muertos?

Sin meterme en detalles, me atrevería a asegurar que, en los dos casos, tanto en España como Ucrania, el miedo a Rusia llevó a la guerra. Sí, porque el miedo a Rusia ha llevado siempre a las potencias europeas a dejar por un momento sus rivalidades internas, para concentrarse en pararle los pies a esa siempre emergente potencia del este, tan peculiar, desconocida y temida. Por no extenderme demasiado, me remontaré a las guerras de Carlos XII de Suecia, un rey absolutista, por la Gracia de Dios, enfrentado desde su subida al trono a Rusia y al primer zar que realmente se involucró en Europa, Pedro I, que convirtió a su atrasado país en una potencia a tomar en serio.

Con Pedro I Alekséievich, llamado el grande entre otras cosas por su excepcional altura corporal, comienzan las alianzas para frenar la que se consideraba una amenaza rusa contra occidente. Pedro I y Carlos XII estuvieron librando la Gran Guerra del Norte entre 1700 y 1721 contra Suecia para obtener una salida al mar Báltico, una región dominada por los suecos desde hacía medio siglo. La política de Pedro I era acercarse a Europa occidental obteniendo una salida al mar Báltico. En el sur, su propósito era controlar el Mar Negro y, al lograr de los polacos la cesión de Kiev, se encontró con la necesidad de luchar contra el Jan[1] de Crimea y contra el superior de este, el sultán otomano. El primer objetivo de Pedro en el sur, fue capturar las fortalezas otomanas de Azov, junto al río Don, lo que consiguió en 1696, fundando la primera base naval rusa, Taganrog, dos años después. 

Para afianzar su presencia en el noroeste y asomarse al Báltico, fundó Pedro I la ciudad de San Petersburgo en 1703, y ordenó que la nueva ciudad se construyera con una arquitectura inspirada en las capitales europeas, especialmente Ámsterdam y Venecia, con canales, avenidas amplias y edificaciones de piedra. En 1712, vencido Carlos XII[2], trasladó la capital de Moscú a San Petersburgo, con la intención de hacer de esta ciudad el nuevo centro político y cultural del país. San Petersburgo no solo era una base naval estratégica, sino también un símbolo de la apertura de Rusia al mundo occidental, en contraste con Moscú, que representaba la Rusia tradicional.

Suecia vio la fundación de la ciudad como una amenaza directa, ya que significaba la consolidación de la presencia rusa en el Báltico, intentando recuperar el territorio, pero sin éxito. Francia veía con buenos ojos la modernización de Rusia, pero temía que Pedro I se convirtiera en un actor geopolítico más fuerte en Europa, alterando el equilibrio de poder. Los británicos celebraban la apertura rusa al comercio internacional y, en realidad, Pedro I favoreció el comercio con Inglaterra, permitiendo que mercaderes británicos tuvieran privilegios en Rusia. Preocupaba a los británicos bastante, eso sí, el crecimiento de la flota rusa. Durante la Gran Guerra del Norte (1700-1721), Gran Bretaña se opuso a la hegemonía sueca en el Báltico, por lo que veía a Pedro I como un aliado útil para debilitar a Suecia.[3] Una vez que Rusia se convirtió en la potencia dominante en la región, los británicos comenzaron a verla con recelo. A Pedro I los británicos lo consideraban un monarca ilustrado en muchos aspectos, pero se consideraba que su absolutismo y su supuesta brutalidad lo hacían impredecible. Su viaje a Inglaterra en 1698 impresionó a la élite británica.

Pedro I fue un soberano excepcional, todo hay que decirlo, por muchas razones, pero, si lo comparamos con otros déspotas de su época, veremos que no fue más cruel, sino quizás más abiertamente ambicioso. Es cierto que reprimió la revuelta de los streltsí en 1698 con extrema dureza, ordenando ejecuciones en masa y torturas. Pero si miramos a occidente durante el siglo XVII veremos una de las peores y más crueles guerras, que destrozó los territorios alemanes durante la llamada guerra de los treinta años. Algo muy parecido ocurrió en Francia durante la Fronda, cuando Mazzarino usó sobornos, exilios y ejecuciones selectivas para eliminar la resistencia y finalmente, tras años de guerra civil, el ejército real, bajo el mando de Turenne, derrotó a los rebeldes, saqueando París. En Inglaterra, una cruel guerra civil llevó a una dictadura militar, a la ejecución de rey y especialmente, la campaña en Irlanda dejó decenas de miles de muertos y redujo la población en hasta un 25% debido a las ejecuciones, el hambre y la deportación de prisioneros a las colonias. Brutalidades cometidas en guerra y crueldades de todo tipo infringidas en tiempos de paz, eran comunes tanto en Europa como en el resto del mundo. A Pedro I se le achacaba además que ordenó la ejecución de su propio hijo, el zarévich Alexéi, en 1718, tras acusarlo de conspirar contra él.

Los holandeses admiraban a Pedro I, que pasó varios meses en Ámsterdam 1697-1698, antes de viajar a Londres, por su interés en la tecnología naval. Durante su estancia en los Países Bajos, estudió técnicas de navegación y carpintería naval, pues era un hombre muy práctico y hábil y quería conocer todos los oficios necesarios para desarrollar la economía. Para los holandeses, la economía era importante, siendo como eran una de las principales potencias comerciales de la época, y Rusia era un proveedor clave de materias primas como madera y cáñamo entre otras mercancías. Pedro I fomentó el comercio con los Países Bajos y contrató ingenieros, marinos y arquitectos holandeses para modernizar Rusia, una relación que generaba beneficios mutuos. Como los británicos, los holandeses apreciaban su espíritu reformista, pero lo veían como un gobernante despótico con ambiciones expansionistas y un peligro latente. Su control del Báltico tras la derrota de Suecia preocupaba en Ámsterdam, ya que Rusia se estaba convirtiendo en un competidor naval y comercial.

Tanto Gran Bretaña como los Países Bajos veían en Pedro I una mezcla de modernizador y autócrata. Al principio, lo apoyaron como un aliado contra Suecia, pero cuando Rusia emergió como una gran potencia, empezaron a verlo con desconfianza. A pesar de esto, mantuvieron relaciones comerciales estrechas con Rusia, beneficiándose de su apertura al mundo occidental. Puestos a comparar, esto es lo mismo que ocurrió tras la perestroika y la caída de la URSS. Muchas empresas occidentales vieron oportunidades en la liberalización de la economía soviética el acceso a los recursos rusos principalmente petróleo y gas, y atrajo grandes inversiones extranjeras. En ambas épocas, Occidente inicialmente apoyó y se benefició de la apertura de Rusia, pero cuando el país se fortaleció, la relación se volvió más tensa. La historia de Pedro I, como la historia de la perestroika muestran claramente que Rusia, al abrirse a Occidente, ha sido vista primero como una oportunidad y luego como una amenaza cuando recupera influencia.

Se produce desde la ilustración un relato “antiruso” en Occidente que persiste hasta la actualidad. A lo largo de los siglos, Rusia ha sido vista como una nación exótica, despótica y atrasada, en contraste con los valores occidentales de libertad, racionalidad y progreso. Este discurso ha evolucionado según el contexto histórico, pero mantiene elementos constantes. Voltaire admiraba a Pedro el Grande[4] y Catalina la Grande, viendo en ellos monarcas ilustrados capaces de modernizar Rusia[5].

Durante las guerras napoleónicas, Rusia se convirtió en un aliado clave para derrotar a Napoleón, pero después del Congreso de Viena (1815), se la ve como el gran enemigo del liberalismo en Europa, aunque, la doctrina que emana de ese congreso, aplasta el liberalismo español, recordemos los cien mil hijos de San Luis, pero eso es otro cantar.

La Guerra de Crimea en mitad del siglo XIX refuerza la narrativa de Rusia como una amenaza expansionista, y lleva a Gran Bretaña y Francia a intervenir para frenar su avance en el Mar Negro, arrastrando a Viena a abandonar la alianza con Rusia, lo que significó la debacle austriaca en Italia y Alemania. Intelectuales como Marx y Engels veían a Rusia como un imperio reaccionario que frena el progreso revolucionario en Europa y la imagen de Rusia como un país atrasado y despótico se va consolidando en el imaginario occidental, aunque el nuevo zar, Alejandro II, que subió al poder en 1855, trató por todos los medios de reformar Rusia.

Tras la Revolución de 1917, Occidente pasa de ver a Rusia como una autocracia reaccionaria a verla como un peligroso foco del comunismo internacional y, como tal, del principal peligro contra el capitalismo. Se va construyendo la imagen de la “Rusia roja”, enemiga de la democracia liberal y promotora de revoluciones en todo el mundo. El legado intelectual de la revolución rusa y la aceptación de su ideario por gran parte de las clases trabajadoras de occidente, fue sin duda una de las fuerzas catalizadoras de los movimientos nacionalistas y fascistas de los años 20 y 30 del siglo XX.

Como aliado, Stalin y la Unión Soviética, jugaron un papel importantísimo, pero, durante la guerra fría, Estados Unidos. y sus aliados presentaron a la URSS como un imperio maligno que amenazaba la libertad mundial. Hollywood y los medios occidentales refuerzan esta imagen con películas, libros y discursos políticos. El relato cambia, pero el fondo sigue igual: Rusia es “la otra” frente a Occidente.

Con Gorbachov y la perestroika se le abrió la puerta a Rusia y a sus llamados “satélites” del este de Europa. Fukuyama declararía el fin de la historia y la definitiva victoria de los valores liberales de la sociedad “libre”.  Líderes rusos eran aceptados de nuevo, mientras más débiles y calamitosos mejor se les veía en occidente. El gran negocio de la modernización de Rusia y del Este Europeo mantenía el interés en la zona. Boris Yeltsin, con el apoyo de Occidente, implementó reformas neoliberales que llevaron a la privatización masiva y el auge de los oligarcas. Rusia dependía de Occidente para créditos del FMI y el Banco Mundial. La economía colapsó en la crisis de 1998 y llegó la guerra en Chechenia 1994-1996 con atrocidades y derrotas humillantes. La corrupción y la debilidad institucional convertían a Rusia en un miembro “enfermo” de la comunidad mundial.

La llegada de Vladímir Putin al poder en 1999-2000 marcó un punto de inflexión en la relación entre Rusia y Occidente. Durante los años 90, Rusia era vista en Occidente como un país en transición hacia la democracia y la economía de mercado, con un gobierno débil y una profunda crisis económica. Con Putin, la percepción cambió gradualmente de pragmatismo a desconfianza y hostilidad.

Putin restableció el orden interno con la represión de oligarcas y puso a los medios de comunicación bajo control y en Chechenia aplastó la insurgencia con mano dura. La imagen internacional variaba según las expectativas de los diferentes grupos políticos, y con los Estados Unidos se mantuvieron unas relaciones pragmáticas. Tras el 11-S, Rusia apoyó abiertamente a los Estados Unidos y cooperó con la OTAN en Afganistán. Gracias a los altos precios del petróleo, Rusia volvió a crecer y pagó su deuda externa. A Putin se le veía como un líder fuerte con tendencias autoritarias, de los muchos que había y sigue habiendo en el mundo.

En el 2003 se quiebra la buena relación de occidente con Rusia y Putin. Todo comienza con el encarcelamiento de uno de los mayores oligarcas rusos, Mijaíl Jodorkovski, que se presentaba como opositor político. En 2004 la llamada Revolución Naranja en Ucrania es vista por Putin como una amenaza de occidente, lanzada contra Rusia y en el 2007, en el famoso discurso de Múnich, en la Conferencia de Seguridad ubicada en la ciudad alemana. Putin acusó directamente a EE.UU. de imponer su hegemonía al mundo. El discurso de Vladímir Putin era significativo en cuanto que representaba la primera crítica pública a la expansión imperial de Estados Unidos por parte de un miembro del Consejo de Seguridad de la ONU desde el fin de la Guerra Fría. Como parece que los medios occidentales han olvidado la historia y prefieren alimentar la opinión pública con boletines de guerra sin contrastar, me atrevo a traducir el discurso de Putin ante la Conferencia de Seguridad de Múnich, para tratar de ver la opinión de la otra parte, en un conflicto muy serio, que puede tener consecuencias para todo el mundo:

“¡Muchas gracias, estimada señora Canciller Federal, señor Teltschik, damas y caballeros!

Estoy verdaderamente agradecido por haber sido invitado a una conferencia tan representativa, que ha reunido a políticos, funcionarios militares, empresarios y expertos de más de 40 naciones.

La estructura de esta conferencia me permite evitar una cortesía excesiva y la necesidad de hablar con términos diplomáticos vagos, agradables pero vacíos. El formato de este evento me permitirá decir lo que realmente pienso sobre los problemas de seguridad internacional. Y si mis comentarios parecen excesivamente polémicos, incisivos o inexactos para nuestros colegas, les pido que no se enojen conmigo. Después de todo, esto es solo una conferencia. Y espero que, después de los primeros dos o tres minutos de mi discurso, el señor Teltschik no encienda la luz roja por allí.

Dicho esto, es bien sabido que la seguridad internacional abarca mucho más que cuestiones relacionadas con la estabilidad militar y política. Implica la estabilidad de la economía global, la superación de la pobreza, la seguridad económica y el desarrollo de un diálogo entre civilizaciones.

Este carácter universal e indivisible de la seguridad se expresa en el principio fundamental de que “la seguridad de uno es la seguridad de todos”. Como dijo Franklin D. Roosevelt en los primeros días del estallido de la Segunda Guerra Mundial: “Cuando la paz se rompe en cualquier lugar, la paz de todos los países en todas partes está en peligro.”

Estas palabras siguen siendo actuales hoy en día. De hecho, el tema de nuestra conferencia – crisis globales, responsabilidad global – ejemplifica esto.

Hace solo dos décadas, el mundo estaba dividido ideológica y económicamente, y era el enorme potencial estratégico de dos superpotencias lo que garantizaba la seguridad global.

Este enfrentamiento global dejó los problemas económicos y sociales más agudos en los márgenes de la agenda de la comunidad internacional y del mundo. Y, como ocurre con cualquier guerra, la Guerra Fría nos dejó con “munición activa”, por así decirlo. Me refiero a los estereotipos ideológicos, los dobles raseros y otros aspectos característicos del pensamiento en bloques de la Guerra Fría.

Tampoco se materializó el mundo unipolar que se propuso tras el fin de la Guerra Fría.

La historia de la humanidad, sin duda, ha pasado por períodos unipolares y ha visto aspiraciones de supremacía mundial. ¿Y qué no ha ocurrido en la historia del mundo?

Pero, ¿qué es un mundo unipolar? Por más que se quiera embellecer este término, al final del día se refiere a un tipo de situación muy clara: un solo centro de autoridad, un solo centro de poder, un solo centro de toma de decisiones.

Es un mundo en el que hay un solo amo, un solo soberano. Y, al final del día, esto es perjudicial no solo para todos los que están dentro de este sistema, sino también para el propio soberano, porque se autodestruye desde dentro.

Y esto, ciertamente, no tiene nada en común con la democracia. Porque, como saben, la democracia es el poder de la mayoría teniendo en cuenta los intereses y opiniones de la minoría.

Por cierto, a Rusia – a nosotros – constantemente se nos da lecciones sobre democracia. Pero, por alguna razón, aquellos que nos enseñan no quieren aprender ellos mismos.

Considero que el modelo unipolar no solo es inaceptable, sino también imposible en el mundo actual. Y esto no se debe solo a que, en el mundo de hoy – precisamente en el mundo de hoy –, los recursos militares, políticos y económicos no serían suficientes para un liderazgo unipersonal. Lo que es aún más importante es que el modelo en sí es defectuoso, porque en su base no existen ni pueden existir fundamentos morales para la civilización moderna.

A pesar de esto, lo que está ocurriendo en el mundo actual – y apenas hemos comenzado a discutirlo – es un intento de introducir precisamente este concepto en los asuntos internacionales: el concepto de un mundo unipolar.

¿Y con qué resultados?

Las acciones unilaterales y con frecuencia ilegítimas no han resuelto ningún problema. Es más, han causado nuevas tragedias humanas y creado nuevos focos de tensión. Juzguen ustedes mismos: las guerras, así como los conflictos locales y regionales, no han disminuido. El señor Teltschik lo mencionó de manera muy suave. Y no muere menos gente en estos conflictos – al contrario, mueren más que antes. ¡Mucho más, significativamente más!

Hoy estamos presenciando un uso descontrolado de la fuerza – de la fuerza militar – en las relaciones internacionales, una fuerza que está sumiendo al mundo en un abismo de conflictos permanentes. Como resultado, no tenemos la suficiente capacidad para encontrar una solución integral a ninguno de estos conflictos. Y la búsqueda de un acuerdo político también se vuelve imposible.

Estamos viendo un desprecio cada vez mayor por los principios fundamentales del derecho internacional. Y, de hecho, las normas legales independientes se están acercando cada vez más al sistema legal de un solo Estado. Un Estado y, por supuesto, en primer lugar los Estados Unidos, ha sobrepasado sus fronteras nacionales en todos los sentidos. Esto es visible en las políticas económicas, políticas, culturales y educativas que impone a otras naciones. Bueno, ¿a quién le gusta esto? ¿Quién está contento con esto?

En las relaciones internacionales vemos cada vez más el deseo de resolver un determinado problema basándose en la llamada conveniencia política, según el clima político del momento.

Y, por supuesto, esto es extremadamente peligroso. Conduce al hecho de que nadie se sienta seguro. Quiero enfatizar esto: ¡nadie se siente seguro! Porque nadie puede sentir que el derecho internacional es un muro de piedra que lo protegerá. Por supuesto, tal política estimula una carrera armamentista.

El dominio de la fuerza inevitablemente anima a varios países a adquirir armas de destrucción masiva. Además, han surgido nuevas amenazas – aunque ya eran bien conocidas antes –, y hoy amenazas como el terrorismo han adquirido un carácter global.

Estoy convencido de que hemos llegado a un momento decisivo en el que debemos reflexionar seriamente sobre la arquitectura de la seguridad global.

Y debemos proceder buscando un equilibrio razonable entre los intereses de todos los participantes en el diálogo internacional. Especialmente porque el panorama internacional es tan variado y cambia tan rápidamente, cambios que ocurren a la luz del dinámico desarrollo de un gran número de países y regiones.

La señora Canciller Federal ya mencionó esto. El PIB combinado, medido en paridad de poder adquisitivo, de países como India y China ya es mayor que el de los Estados Unidos. Y un cálculo similar con el PIB de los países BRIC – Brasil, Rusia, India y China – supera el PIB acumulado de la UE. Y, según los expertos, esta brecha solo aumentará en el futuro.

No hay razón para dudar de que el potencial económico de los nuevos centros de crecimiento económico global inevitablemente se convertirá en influencia política y fortalecerá la multipolaridad.

En este contexto, el papel de la diplomacia multilateral está aumentando significativamente. La necesidad de principios como la apertura, la transparencia y la previsibilidad en la política es indiscutible, y el uso de la fuerza debe ser una medida verdaderamente excepcional, comparable al uso de la pena de muerte en los sistemas judiciales de ciertos Estados.

Sin embargo, hoy estamos presenciando la tendencia opuesta, es decir, una situación en la que países que prohíben la pena de muerte incluso para asesinos y otros criminales peligrosos participan sin dudar en operaciones militares que difícilmente pueden considerarse legítimas. Y, de hecho, estos conflictos están matando a personas – ¡cientos y miles de civiles!

Pero, al mismo tiempo, surge la pregunta de si deberíamos ser indiferentes y distantes frente a varios conflictos internos dentro de los países, a los regímenes autoritarios, a los tiranos y a la proliferación de armas de destrucción masiva. De hecho, este también era el centro de la pregunta que nuestro estimado colega, el señor Lieberman, le hizo a la Canciller Federal. Si entendí bien su pregunta (dirigiéndose al señor Lieberman), entonces, por supuesto, es una cuestión seria. ¿Podemos ser observadores indiferentes ante lo que está sucediendo? Intentaré responder a su pregunta: por supuesto que no.

Pero, ¿tenemos los medios para contrarrestar estas amenazas? Por supuesto que sí. Basta con mirar la historia reciente. ¿Acaso nuestro país no tuvo una transición pacífica hacia la democracia? De hecho, fuimos testigos de una transformación pacífica del régimen soviético – ¡una transformación pacífica! ¡Y qué régimen! ¡Con qué cantidad de armas, incluidas armas nucleares! ¿Por qué, entonces, deberíamos empezar ahora a bombardear y disparar a la menor oportunidad? ¿Es que sin la amenaza de la destrucción mutua no tenemos suficiente cultura política, respeto por los valores democráticos y por la ley?

Estoy convencido de que el único mecanismo que puede tomar decisiones sobre el uso de la fuerza militar como último recurso es la Carta de las Naciones Unidas. Y en relación con esto, o no entendí lo que nuestro colega, el Ministro de Defensa italiano, acaba de decir, o lo que dijo fue inexacto. En cualquier caso, entendí que el uso de la fuerza solo puede ser legítimo cuando la decisión es tomada por la OTAN, la UE o la ONU. Si realmente piensa así, entonces tenemos puntos de vista diferentes. O no escuché bien. El uso de la fuerza solo puede considerarse legítimo si la decisión está sancionada por la ONU. Y no necesitamos sustituir a la OTAN o a la UE por la ONU.

Cuando la ONU realmente una las fuerzas de la comunidad internacional y pueda reaccionar de manera efectiva ante los acontecimientos en diversos países, cuando dejemos atrás este desprecio por el derecho internacional, entonces la situación podrá cambiar. De lo contrario, la situación simplemente resultará en un callejón sin salida y el número de errores graves se multiplicará. Junto con esto, es necesario asegurarse de que el derecho internacional tenga un carácter universal tanto en la concepción como en la aplicación de sus normas.

Y no debemos olvidar que las acciones políticas democráticas necesariamente van acompañadas de discusión y de un proceso de toma de decisiones laborioso.

Damas y caballeros,

El peligro potencial de la desestabilización de las relaciones internacionales está relacionado con una evidente parálisis en la cuestión del desarme.

Rusia apoya la reanudación del diálogo sobre esta importante cuestión.

Es importante preservar el marco legal internacional relacionado con la destrucción de armas y, por lo tanto, garantizar la continuidad en el proceso de reducción de armas nucleares.

Planes para expandir ciertos elementos del sistema de defensa antimisiles a Europa no pueden sino preocuparnos. ¿Quién necesita el siguiente paso de lo que, en este caso, sería una inevitable carrera armamentista? Dudo profundamente que los propios europeos lo deseen.

No existen en ninguno de los llamados países problemáticos misiles con un alcance de entre cinco y ocho mil kilómetros que realmente representen una amenaza para Europa. Y en un futuro cercano y previsible, esto no ocurrirá ni siquiera es algo que se pueda prever. Cualquier lanzamiento hipotético de, por ejemplo, un cohete norcoreano hacia territorio estadounidense a través de Europa occidental contradice evidentemente las leyes de la balística. Como decimos en Rusia, sería como usar la mano derecha para tocarse la oreja izquierda.

Y aquí en Alemania no puedo evitar mencionar el lamentable estado del Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa.

El Tratado Adaptado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa fue firmado en 1999. Se tuvo en cuenta una nueva realidad geopolítica, a saber, la eliminación del bloque de Varsovia. Han pasado siete años y solo cuatro estados han ratificado este documento, incluida la Federación de Rusia.

Los países de la OTAN declararon abiertamente que no ratificarán este tratado, incluidas las disposiciones sobre restricciones en los flancos (en cuanto al despliegue de un cierto número de fuerzas armadas en las zonas de flanco), hasta que Rusia retire sus bases militares de Georgia y Moldavia. Nuestro ejército está dejando Georgia, incluso siguiendo un calendario acelerado. Resolvimos los problemas que teníamos con nuestros colegas georgianos, como todo el mundo sabe. Todavía quedan 1.500 militares en Moldavia que están llevando a cabo operaciones de mantenimiento de la paz y protegiendo almacenes de municiones que quedaron de la época soviética. Discutimos constantemente este tema con el señor Solana, y él conoce nuestra posición. Estamos dispuestos a seguir trabajando en esta dirección.

Pero ¿qué está sucediendo al mismo tiempo? Simultáneamente, se están estableciendo las llamadas bases avanzadas flexibles estadounidenses con hasta cinco mil efectivos en cada una. Resulta que la OTAN ha puesto sus fuerzas avanzadas en nuestras fronteras, y nosotros seguimos cumpliendo estrictamente con las obligaciones del tratado sin reaccionar en absoluto a estas acciones.

Creo que es evidente que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la Alianza ni con la seguridad en Europa. Al contrario, representa una seria provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntar: ¿contra quién está dirigida esta expansión? ¿Y qué pasó con las garantías que nuestros socios occidentales hicieron tras la disolución del Pacto de Varsovia? ¿Dónde están esas declaraciones hoy? Nadie siquiera las recuerda. Pero me permitiré recordarle a esta audiencia lo que se dijo. Me gustaría citar el discurso del secretario general de la OTAN, el señor Woerner, en Bruselas el 17 de mayo de 1990. En aquel momento, dijo: “El hecho de que estemos dispuestos a no desplegar un ejército de la OTAN fuera del territorio alemán le da a la Unión Soviética una firme garantía de seguridad”. ¿Dónde están esas garantías?

Las piedras y bloques de hormigón del Muro de Berlín hace mucho que fueron distribuidos como souvenirs. Pero no debemos olvidar que la caída del Muro de Berlín fue posible gracias a una elección histórica, una elección que también fue hecha por nuestro pueblo, el pueblo de Rusia: una elección a favor de la democracia, la libertad, la apertura y una asociación sincera con todos los miembros de la gran familia europea.

Y ahora intentan imponernos nuevas líneas divisorias y muros; estos muros pueden ser virtuales, pero aun así dividen, cortando nuestro continente. ¿Es posible que una vez más necesitemos muchos años y décadas, así como varias generaciones de políticos, para desmantelar y derribar estos nuevos muros?

¡Damas y caballeros!

Estamos inequívocamente a favor de fortalecer el régimen de no proliferación. Los actuales principios del derecho internacional nos permiten desarrollar tecnologías para fabricar combustible nuclear con fines pacíficos. Y muchos países, con toda razón, desean crear su propia energía nuclear como base para su independencia energética. Pero también entendemos que estas tecnologías pueden transformarse rápidamente en armas nucleares.

Esto genera serias tensiones internacionales. La situación en torno al programa nuclear iraní es un claro ejemplo. Y si la comunidad internacional no encuentra una solución razonable para resolver este conflicto de intereses, el mundo continuará sufriendo crisis desestabilizadoras similares, porque hay más países en el umbral nuclear además de Irán. Ambos sabemos esto. Vamos a luchar constantemente contra la amenaza de la proliferación de armas de destrucción masiva.

El año pasado, Rusia presentó la iniciativa de establecer centros internacionales para el enriquecimiento de uranio. Estamos abiertos a la posibilidad de que tales centros no solo se creen en Rusia, sino también en otros países donde haya una base legítima para el uso de la energía nuclear civil. Los países que deseen desarrollar su energía nuclear podrían garantizar que recibirán combustible mediante la participación directa en estos centros. Y los centros operarían, por supuesto, bajo estricta supervisión del OIEA.

Las últimas iniciativas presentadas por el presidente estadounidense George W. Bush están en conformidad con las propuestas rusas. Considero que Rusia y EE. UU. tienen un interés objetivo y equitativo en fortalecer el régimen de no proliferación de armas de destrucción masiva y su despliegue. Son precisamente nuestros países, con capacidades nucleares y misilísticas líderes, los que deben actuar como líderes en el desarrollo de nuevas medidas más estrictas de no proliferación. Rusia está lista para este trabajo. Estamos comprometidos en consultas con nuestros amigos estadounidenses.

En general, deberíamos hablar de establecer todo un sistema de incentivos políticos y estímulos económicos para que a los Estados no les interese establecer sus propias capacidades en el ciclo del combustible nuclear, pero que aun así tengan la oportunidad de desarrollar energía nuclear y fortalecer sus capacidades energéticas.

En relación con esto, hablaré en más detalle sobre la cooperación energética internacional. La señora Canciller Federal también habló brevemente sobre esto: mencionó y tocó este tema. En el sector energético, Rusia tiene la intención de crear principios de mercado uniformes y condiciones transparentes para todos. Es evidente que los precios de la energía deben ser determinados por el mercado en lugar de ser objeto de especulación política, presión económica o chantaje.

Estamos abiertos a la cooperación. Empresas extranjeras participan en todos nuestros principales proyectos energéticos. Según diversas estimaciones, hasta el 26 % de la extracción de petróleo en Rusia –y, por favor, piensen en esta cifra– hasta el 26 % de la extracción de petróleo en Rusia es realizada por capital extranjero. Intenten, intenten encontrarme un ejemplo similar donde los negocios rusos participen ampliamente en sectores económicos clave en los países occidentales. ¡Esos ejemplos no existen! No existen tales ejemplos.

También mencionaría la paridad de las inversiones extranjeras en Rusia y las que Rusia hace en el extranjero. La paridad es aproximadamente de quince a uno. Y aquí tienen un claro ejemplo de la apertura y estabilidad de la economía rusa.

La seguridad económica es el sector en el que todos deben adherirse a principios uniformes. Estamos listos para competir de manera justa.

Por eso, cada vez aparecen más oportunidades en la economía rusa. Los expertos y nuestros socios occidentales están evaluando objetivamente estos cambios. Así, la calificación crediticia soberana de Rusia en la OCDE mejoró, pasando del cuarto al tercer grupo. Y hoy en Múnich, me gustaría aprovechar esta ocasión para agradecer a nuestros colegas alemanes por su ayuda en esta decisión.

Además, el proceso de adhesión de Rusia a la OMC ha alcanzado sus etapas finales. Durante largas y difíciles negociaciones, hemos escuchado repetidamente palabras sobre libertad de expresión, libre comercio e igualdad de oportunidades, pero, curiosamente, exclusivamente en referencia al mercado ruso.

Y aún hay un tema más importante que afecta directamente a la seguridad global. Hoy en día, muchos hablan sobre la lucha contra la pobreza. ¿Pero qué está ocurriendo realmente en este ámbito? Por un lado, se destinan recursos financieros a programas de ayuda para los países más pobres del mundo, y en ocasiones se trata de sumas considerables. Pero, para ser honestos —y muchos aquí lo saben—, estos fondos están vinculados al desarrollo de las propias empresas del país donante. Y, por otro lado, los países desarrollados mantienen sus subsidios agrícolas y limitan el acceso de algunos países a productos de alta tecnología.

Digamos las cosas como son: una mano distribuye ayuda caritativa, mientras que la otra no solo mantiene el atraso económico, sino que también se beneficia de ello. La creciente tensión social en las regiones deprimidas inevitablemente conduce al aumento del radicalismo, el extremismo, la proliferación del terrorismo y los conflictos locales. Y si todo esto ocurre en una región como Oriente Medio, donde crece la percepción de que el mundo en general es injusto, entonces existe el riesgo de una desestabilización global.

Es evidente que los países líderes del mundo deberían reconocer esta amenaza. Y, por lo tanto, deberían construir un sistema de relaciones económicas globales más democrático y justo, un sistema que brinde a todos la oportunidad y la posibilidad de desarrollarse.

Damas y caballeros, al hablar en esta Conferencia sobre Política de Seguridad, es imposible no mencionar las actividades de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Como es bien sabido, esta organización fue creada para abordar —y quiero enfatizar esto— todos los aspectos de la seguridad: militar, política, económica, humanitaria y, especialmente, las interrelaciones entre estas esferas.

¿Qué vemos que está ocurriendo hoy? Vemos que este equilibrio se ha roto claramente. Se está intentando transformar a la OSCE en un burdo instrumento destinado a promover los intereses de política exterior de uno o varios países. Y esta tarea también la está llevando a cabo el aparato burocrático de la OSCE, que no tiene absolutamente ninguna conexión con los estados fundadores. Los procedimientos de toma de decisiones y la participación de las llamadas organizaciones no gubernamentales han sido diseñados para cumplir con este propósito. Estas organizaciones son formalmente independientes, pero son financiadas de manera dirigida y, por lo tanto, están bajo control.

Según los documentos fundacionales, en el ámbito humanitario, la OSCE está destinada a ayudar a los países miembros a cumplir con las normas internacionales de derechos humanos a solicitud de estos. Esta es una tarea importante. La apoyamos. Pero esto no significa interferir en los asuntos internos de otros países, y mucho menos imponer un régimen que determine cómo deben vivir y desarrollarse estos estados.

Es evidente que tal interferencia no fomenta en absoluto el desarrollo de estados democráticos. Al contrario, los hace dependientes y, como consecuencia, política y económicamente inestables.

Esperamos que la OSCE se guíe por sus tareas fundamentales y que construya sus relaciones con los estados soberanos sobre la base del respeto, la confianza y la transparencia.

Damas y caballeros,

Para concluir, me gustaría señalar lo siguiente. Muy a menudo —y personalmente, yo muy a menudo— escuchamos llamamientos de nuestros socios, incluidos nuestros socios europeos, en el sentido de que Rusia debería desempeñar un papel cada vez más activo en los asuntos mundiales.

En relación con esto, me permito hacer una pequeña observación. Apenas es necesario instarnos a hacerlo. Rusia es un país con una historia de más de mil años y prácticamente siempre ha ejercido el privilegio de llevar a cabo una política exterior independiente.

No tenemos la intención de cambiar esta tradición hoy. Al mismo tiempo, somos plenamente conscientes de cómo ha cambiado el mundo y tenemos una visión realista de nuestras propias oportunidades y potencial. Y, por supuesto, nos gustaría interactuar con socios responsables e independientes con quienes podamos trabajar juntos para construir un orden mundial justo y democrático que garantice la seguridad y la prosperidad no solo para unos pocos elegidos, sino para todos.

Gracias por su atención.”

Hasta aquí el discurso que me parece encierra la posición rusa, que desgraciadamente, parece como si no interesase. Se tiende a reducir el problema a la persona de Putin, y se obvia que actúa por cuenta propia, sin tener un apoyo real en la población rusa y eso a mí me parece algo que no corresponde con la realidad. Me viene a la memoria un programa de radio en el que participe, en Radio Nacional desde Barcelona, creo recordar que fue en 1992, donde se me invitó a hacer algunas preguntas a políticos rusos de muy diferentes colores políticos. Todos, y digo sin reparos, todos, se presentaron como nacionalistas. El fallecido Alekséy Navalny no era menos nacionalista, y en 2007, creó el Movimiento Ruso de Liberación Nacional, cuyo acrónimo en ruso es Narod (el pueblo) lo que le valió la expulsión de su antiguo partido liberal, Yabloko por sus posiciones nacionalistas. Navalny se definió entonces como un “demócrata nacional”.

Tras el discurso de Putin, las relaciones entre Rusia y Occidente se volvieron progresivamente más tensas. En 2008, Rusia libró una guerra contra Georgia, tras la cual reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur. La anexión de Crimea en 2014 y el apoyo a los separatistas en el este de Ucrania llevaron a sanciones económicas y a un fuerte deterioro de las relaciones con la UE y Estados Unidos. Putin consolidó aún más su control sobre Rusia, limitando la oposición y restringiendo la libertad de prensa. Se aprobaron leyes que penalizan la disidencia y fortalecen el papel del Estado en la economía y la sociedad. Rusia siguió modernizando sus fuerzas armadas e incrementando su presencia militar en regiones estratégicas. En 2015, intervino militarmente en Siria en apoyo a Bashar al-Ásad, para consolidar su influencia en Oriente Medio y se intensificaron las maniobras militares en la frontera con la OTAN y el Ártico.

La política de sanciones ha llevado a Rusia a fortalecer sus lazos con China en sectores como la energía, la tecnología y la defensa. Se han promovido organizaciones alternativas a las dominadas por Occidente, como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái.

Y ya en febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión a gran escala sobre Ucrania, desatando la mayor crisis de seguridad en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Occidente impuso sanciones sin precedentes, mientras que Rusia endureció aún más su postura y se replegó en un modelo de economía de guerra. La guerra parece marcar el fin definitivo de cualquier intento de reconciliación con Occidente y consolida una nueva era de confrontación geopolítica y, aunque la mayoría de los medios occidentales procuran dar la imagen de que la economía rusa se desploma hundida por las sanciones, serios análisis lo desmienten.[6]

Volviendo a las preguntas iniciales sobre la similitud de la guerra de Ucrania con la guerra civil en España, debemos admitir que el mejor punto de comparación radica en el miedo a Rusia. Si las llamadas democracias liberales se negaron a prestar ayuda directa al gobierno de la república española, fue por el temor de que Rusia, entonces la Unión Soviética pudiese conseguir una crucial influencia en el sur de Europa. Puestos a elegir, eligieron que el fascismo se instalara en España a que el comunismo triunfase y en eso coincidían con la Alemania nazi. Ahora, todos los esfuerzos parecen estar puestos en impedir que Rusia afiance su presencia en las fronteras de Europa.


[1] Jan o kan. El jan de Crimea era el gobernante del Kanato de Crimea, un estado tártaro que existió entre 1441 y 1783. El kanato fue un vasallo del Imperio Otomano durante gran parte de su historia y tenía su capital en Bajchisarái. Los janes de Crimea pertenecían a la dinastía Giray, que descendía de Gengis Kan.

[2] A partir de la batalla de Poltava, el 27 de junio de 1709, Rusia se consolida como una gran potencia derrotando a Suecia y expandiendo su poder hacia el Báltico.

[3] No hay más que ver la correspondencia entre el rey de Inglaterra y Peter, como por ejemplo la carta del 20 de octubre de 1699, escrita por Guillermo III a Pedro I sobre la mediación inglesa entre Rusia y Turquía:

 “Guillermo III, &c., al más alto &c. [Títulos habituales], envía saludos y desea toda felicidad y prosperidad.

Poderosísimo y nuestro muy querido y amado hermano,

Hemos recibido recientemente las cartas de Vuestra Imperial Majestad, fechadas en Moscú el 29 de julio pasado [ver doc. 26]. Sin demora alguna, respondemos que, mucho antes de que Vuestra Imperial Majestad honrara este reino con su presencia, habíamos ofrecido nuestra mediación al Emperador de Alemania y al Sultán de Turquía para resolver las diferencias que habían reinado entre ellos durante tanto tiempo, causando la destrucción de multitudes de sus súbditos. Sin embargo, dicha mediación estuvo en suspenso durante tanto tiempo que no sabíamos qué acogida tendría por su parte y, mientras la propuesta permanecía en un estado incierto, no podíamos determinar si sería útil informar a Vuestra Imperial Majestad al respecto.

Tan pronto como recibimos noticia de nuestros ministros de que nuestra mediación había sido bien recibida tanto por la corte de Viena como por la Puerta Otomana, y que se había decidido llevar a cabo un tratado de paz y se había designado un lugar para ello, consideramos sin demora los intereses de Vuestra Imperial Majestad y dimos instrucciones a nuestro embajador extraordinario en el congreso de Carlowitz para que los protegiera con el mismo esmero que los de cualquier otro de nuestros amigos y aliados involucrados en dicho tratado.

No hemos escatimado esfuerzos en hacer todo lo que la sincera amistad que profesamos hacia Vuestra Imperial Majestad nos exige, aunque el resultado no haya sido acorde con nuestras expectativas, ya que en aquella asamblea solo se logró obtener un cese de hostilidades por dos años. Ahora que Vuestra Imperial Majestad está dispuesto a extenderlo, ya sea por un período más largo o por una paz perpetua, y nos ha solicitado emplear nuestros oficios de mediación con el Sultán turco para tal propósito, hemos accedido sin demora a su petición y hemos dado órdenes…Al señor Pagett, nuestro embajador extraordinario en la Puerta Otomana, para que aconseje y asista con el máximo de sus esfuerzos al enviado extraordinario de Vuestra Imperial Majestad allí, Yeamelian Ignatyeawich Ookraintsove [E. I. Ukraintsev], y a sus colegas, para obtener lo que sea más ventajoso y satisfactorio para Vuestra Imperial Majestad.

Estos intereses nos son especialmente queridos debido a la verdadera amistad y correspondencia fraternal que felizmente existe entre nosotros, y aprovechamos esta, como cualquier otra oportunidad, para demostrar nuestros esfuerzos sinceros, no solo para confirmar, sino también para mejorar y fortalecer dicha amistad por todos los medios a nuestro alcance.

Así pues, deseando a Vuestra Imperial Majestad un largo y próspero reinado, os encomendamos a la protección del Dios Todopoderoso.

Dado en nuestra corte de Kensington el día 20 de octubre del año de Nuestro Señor 1699, y el undécimo de nuestro reinado.

Vuestro más afectuoso hermano,

William R.”

[Fuente: PRO SP 104/120, Libro de entradas extranjeras – Rusia, pp. 21-22. Copia en inglés.] https://archive.org/details/SSEES0016/page/26/mode/2up

[4] https://archive.org/details/historyofpetergr00volt/page/n5/mode/2up

[5] https://femur.ru/en/iii-volter-o-petre-i-k-semu-delu-po-pravde-voltera-nikto-ne-mozhet-byt-sposobnee.html

[6] https://carnegieendowment.org/russia-eurasia/politika/2023/04/how-sanctions-have-changed-russian-economic-policy?lang=en

Abajo el aguafuerte de Goya

Centésimo septuagésimo paseo. España: grandeza, crisis y renovación. Segunda parte.

A Déu siau, turóns, per sempre á Déu siau;

o serras desiguals, que allí en la patria mia

dels nuvols é del cel de lluny vos distingia

per lo repos etrern, per lo color mes blau.

 A Déu tú, vell Montseny, que dés ton alt palau,

com guarda vigilant cubert de boyra é neu,

guaytas per un forat la tomba del Jueu,

e al mitg del mar inmens, la mallorquilla nau.

II

Jo ton superbe front coneixia llavors,

com coneixer pogués lo front de mos parents;

coneixia també lo só de tos torrents

com la veu de ma mare, ó de mon fill los plors.

Mes arrancat després per fats perseguidors

ja no conech ni sent com en millors vegadas:

axi d’arbre migrat á terras apartadas

son gust perden los fruits, é son perfum las flors.

III

¿Qué val que m’haja tret una enganyosa sort

a veurer de mes prop las torres de Castella,

si l’cant dels trovadors no sent la mia orella,

ni desperta en mon pit un generos recort?

En va á mon dels pais en als jo m’trasport,

eveig del Llobregat la platja serpentina;

que fora de cantar en llengua llemosina

no m’queda mes plaher, no tinch altre conort.

IV

Pláume encara parlar la llengua d’aquells sabis

que ompliren l’univers de llurs costums é lleys,

la llengua d´aquells forts que acatáren los Reys,

defenguéren llurs drets, venjáren llurs agravis.

Muyra, muyra l’ingrat que al sonar en sos llabis

per estranya regió l’accent natiu, no plora;

que al pensar en sos llars no s’consum ni s’anyora,

ni cull del mur sagrat las liras dels seus avis.

V

En llemosi soná lo meu primer vagit,

quant del mugró matern la dolça llet bebia;

en llemosi al Senyor pregaba cada dia,

e cántichs llemosins somiaba cada nit.

Si quant me trobo sol, parl ab mon esperit,

en llemosi li parl, que llengua altra no sent,

e ma boca llavors no sab mentir, ni ment,

puix surten mas rahons del centre de mon pit.

VI

Ix doncs per expressar l’afecte mes sagrat

que puga d’home en cor grabar la ma del cel,

o llengua á mos sentit mes dolça que la mel,

que m’tornas las virtuts de ma innocenta edat.

Ix, é crida pel món qué may mon cor ingrat

cessará de cantar de mon patró la gloria

e passia per ta veu son nom é sa memoria

als propis, als estranys, a la posteritat.

Este poema “Oda a la Pàtria”[1] escrito 1833 por Bonaventura Carles Aribau poeta, político, economista y físico experimental, es un canto de amor y nostalgia hacia Cataluña, escrito en un momento en que la lengua catalana había quedado relegada frente al castellano en los ámbitos oficiales y literarios. Fue un primer paso hacia la recuperación cultural que se afianzaría en la Renaixença. En 1826 se trasladó a Madrid para hacerse cargo de los negocios de la casa del Marqués Gaspar de Remisa al que le dedicó en 1833 su célebre Oda, su obra cumbre escrita desde Madrid y enviada al periódico El Vapor, diario que editaba su amigo Antonio Bergnes de Las Casas, con una carta redactada en castellano:

En la carta que Aribau adjuntó al manuscrito del poema y que envió a su amigo Francisco Renart y Arús, le explica el motivo de haberlo escrito y le encarga corregirlo y remitirlo al impresor Antoni Bergnes de las Casas:

“Para el día de S. Gaspar presentamos al Gefe [sic] algunas composiciones en varias lenguas. A mí me ha tocado el catalán, y he forjado estos informes alejandrinos que te incluyo para que lo revises, y taches y enmiendes lo que juzgues, pues yo en mi vida las vi más gordas”[2]

Y es que el catalán no era la lengua en la que se comunicaban los catalanes de su clase en el primer tercio del siglo XIX. Podemos, si así lo deseamos, decir que estos versos alejandrinos significan el pistoletazo de salida de un proceso centrifugador que sigue vigente, sin desfallecer, pero sin lograr su último propósito, que sería la creación de una nación catalana en un estado catalán independiente. La ofrenda de Aribau a Gaspar Remisa apareció significativamente en el diario El Vapor en la edición del 24 de agosto de 1833, un mes antes de la muerte del rey Fernando VII, que marca el comienzo de la lucha de las dos Españas, un tira y afloja entre el centralismo centrípeto y los nacionalismos centrífugos, el liberalismo laico y los nacionalismos religiosos. Por si esto fuera poco, la escena se complicaría aún más por causa de la ascensión de una clase obrera organizada y la consiguiente lucha de clases. El conflicto quedaba servido.

A partir de la revolución de 1868, que en España logró derrocar el régimen liberal forzando a Isabel II a dejar el país[3], instalando en un breve lapsus una dinastía extranjera 1870-1873, estalló la tercera y última guerra carlista en 1872-1876. La guerra estalló a la vez que se proclamaba la muy breve Primera República (1873-1874) que finalmente dio paso a la Restauración borbónica con Alfonso XII (1874). Esta guerra, o revuelta, como se la quiera llamar, fue el último gran intento del carlismo por imponer su dinastía en España. Los principales escenarios fueron de nuevo Navarra, el País Vasco, Cataluña y el Maestrazgo.

Hasta 1898, las burguesías, tanto la catalana como la vasca o la castellana, estaban en general satisfechas con su pertenencia al Estado español por razones económicas y políticas.Las razones económicas tenían que ver con el proteccionismo, ya que Cataluña y el País Vasco eran los principales polos industriales de España en el siglo XIX. La burguesía industrial catalana se beneficiaba de las políticas arancelarias proteccionistas, que impedían la entrada de productos extranjeros más baratos y aseguraban un mercado cautivo dentro de España.La siderurgia y los astilleros vascos prosperaban gracias a la demanda del Estado español y atraían mano de obra de otras zonas menos privilegiadas dentro del estado.

Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran colonias españolas y compraban buena parte de los productos textiles catalanes y de la industria vasca. Además, la burguesía catalana tenía grandes inversiones en la isla de Cuba, donde poseía ingenios azucareros y controlaba parte del comercio. A pesar de la inestabilidad política, la burguesía catalana y vasca veía al Estado español como un marco útil para sus negocios, porque el ejército y el gobierno español protegían sus intereses en las colonias y mantenían el orden interno. Lo último muy importante, porque estaba surgiendo una clase trabajadora que hacía valer sus intereses, en algunas ocasiones, utilizando la violencia. En realidad, la burguesía catalana y vasca participaba plenamente en la construcción de una España vertebrada. Las fuentes de la época están todas escritas en castellano, con muy pocas excepciones. Hay una rivalidad palpable entre las burguesías periféricas y “Madrid”[4] porque las élites en la capital son consideradas por vascos y catalanes como privilegiadas. Son élites estatales, capitales amasados a fuerza de concesiones públicas y prebendas opacas. Pero hay sin duda predisposición a hacer del Cid y Pelayo héroes propios. Se contribuye sin apenas reservas.

Esta situación de complacencia y mutuo beneficio entre el estado y las burguesías se rompió tras el desastre del 98 y sus consecuencias, las pérdidas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas tras la guerra con Estados Unidos. Este desastre supuso un golpe durísimo para la economía de España, y especialmente para los empresarios catalanes y vascos. Cuba y Filipinas dejaron de ser mercados exclusivos para los productos catalanes y vascos y la economía de Cataluña, muy ligada a la exportación textil, sufrió una gran crisis. Los empresarios vascos también vieron afectado su comercio y sus inversiones en ultramar.

La derrota militar y la incapacidad del Estado español para defender sus intereses generaron un sentimiento de desilusión entre las élites económicas. Se empezó a ver al Estado como un obstáculo más que como un garante de prosperidad.

Muchos empresarios y sectores de la burguesía comenzaron a interesarse más por el catalanismo y el nacionalismo vasco, viendo que podrían defender mejor sus intereses mediante una mayor autonomía o incluso la independencia. En Cataluña, la Lliga Regionalista, fundada en 1901, canalizó los intereses de la burguesía en un nacionalismo moderado que pedía más autogobierno. En el País Vasco, el Partido Nacionalista Vasco PNV, fundado en 1895, comenzó a ganar más apoyo.

Un ejemplo de esta burguesía desilusionada fue Ramón de la Sota 1880-1936 fue un empresario y político vasco que se asoció estrechamente con el nacionalismo moderado representado por el PNV. Si bien su influencia se centró principalmente en el ámbito económico, su apoyo al nacionalismo vasco fue fundamental para darle una base sólida.

De la Sota fue una figura destacada en la industria vasca, especialmente en el sector del acero y la siderurgia, y tuvo un gran impacto en el desarrollo económico de la región. Con su capacidad de inversión, fue uno de los grandes impulsores de la economía vasca, que en ese momento se encontraba en un proceso de modernización y expansión industrial. Además, de la Sota estuvo vinculado a la Banca y la Industria de la región, y a través de sus empresas y contactos empresariales, se ganó el respeto y la influencia en el ámbito social y político vasco. Su apoyo al nacionalismo vasco y al PNV fue crucial para integrar los intereses de las élites económicas vascas con el proyecto político del nacionalismo moderado, que defendía la autonomía y los fueros del País Vasco dentro del Estado español. Él fue uno de los principales colaboradores de Sabino Arana, el fundador y principal ideólogo del nacionalismo vasco moderno, constituyendo el PNV en 1895 y abogando por la independencia del País Vasco, aunque el partido que fundó se inclinaba más por un nacionalismo moderado y autonomista dentro de España. La situación de la época también influyó en la postura de Sota, pues, a finales del siglo XIX, el País Vasco experimentaba un auge industrial, y la burguesía vasca buscaba mayor autonomía para proteger sus intereses económicos frente a la creciente centralización del poder en Madrid. La Sota, como empresario y figura de la élite industrial, veía el nacionalismo como una manera de asegurar el progreso económico y la autonomía de los vascos.

En Cataluña, la Liga Regionalista, fundada en 1901, fue uno de los primeros intentos de organización política que aglutinó a la burguesía catalana en torno a la demanda de autonomía política para Cataluña. Este partido, formado principalmente por representantes de la burguesía industrial y comercial, reclamaba una autonomía regional que incluyera el control sobre las políticas económicas, fiscales y educativas de Cataluña.

Además de la Liga Regionalista, la Unión Catalanista (1905) también fue un grupo importante que unió a la burguesía catalana y a los sectores intelectuales que defendían la cultura catalana y su promoción en el ámbito político. Su postura no era separatista, pero sí propugnaba un grado significativo de autonomía dentro del marco de un Estado español. La burguesía catalana no solo apoyó el catalanismo político y cultural, sino que también lo respaldó a través de la inversión en infraestructuras y en la modernización de Cataluña. En este contexto, impulsaron la construcción de ferrocarriles, puertos, y nuevas industrias que ayudaron a consolidar a Cataluña como una de las regiones más avanzadas de España, lo que también incrementó la influencia política de la burguesía catalana. Desde mediados del siglo XIX, la burguesía catalana apostaba por el catalanismo cultural como forma de afirmación política y social. Esta élite industrial y comercial financió la construcción de edificios emblemáticos, impulsó la modernización de Barcelona y promovió la creación de instituciones que reflejaran el progreso y el refinamiento de la sociedad catalana. Los grandes nombres de la burguesía industrial, como Eusebi Güell, Lluís Domènech i Montaner o los empresarios vinculados a la familia Batlló, contribuyeron al esplendor del Modernismo catalán, en estrecha colaboración con arquitectos y artistas de renombre como Antoni Gaudí y Josep Puig i Cadafalch, exponentes de la arquitectura modernista. A través de este movimiento, los burgueses catalanes buscaban afirmar su identidad regional y posicionar a Barcelona como una capital cultural y política en Europa.[5]

Pero este movimiento burgués tenía lugar en un espacio marcado por realidades socioeconómicas que contestaban el proyecto económico, cultural y político de las élites catalanas. Barcelona era un centro industrial con una fuerte presencia del movimiento anarquista y sindicalista, surgido principalmente entre los obreros procedentes de otras regiones españolas, que habían dejado sus tierras empobrecidas y atrasadas, atraídos por la llamada de la industrialización catalana. En Barcelona y otros lugares dominados por la industria, esta inmigración se vio expuesta a explotación laboral y condiciones de vida precarias, y el descontento con la boyante burguesía catalana aumentaban las tensiones.

La organización de los trabajadores comenzó ya en 1840, con los primeros intentos de organización obrera formando asociaciones de ayuda mutua y sociedades de resistencia que defendían mejoras salariales y laborales. Esta nueva situación de la sociedad española, que surge en Cataluña, pero se extiende pronto por toda la península, llamó la atención de Karl Marx que en 1855 publicó una serie de artículos en el New-York Herald Tribune, bajo el título “ Revolutionary Spain”[6] En 1868, se fundó en Barcelona la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), impulsada por Giuseppe Fanelli, un anarquista italiano enviado por Bakunin, por lo que Cataluña se convirtió en un bastión del anarquismo dentro de España. En 1874, la Primera Internacional fue prohibida en España por la represión del gobierno, pero sus ideas siguieron expandiéndose. En 1881 se fundó en Barcelona la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), una organización anarcosindicalista. Este movimiento obrero estaba marcado por el anticlericalismo, pues la Iglesia era vista como aliada del poder y de la burguesía, poseedora de tierras y bienes, que gestionaba hospitales y escuelas, y tenía gran influencia en la sociedad. Los obreros y anarquistas veían en ella un símbolo de opresión y desigualdad.

El anarquismo fue la corriente obrera predominante en Cataluña, basada en el rechazo del estado y de la propiedad privada, el apoyo a la acción directa, el sabotaje y la huelga general. Algunos grupos anarquistas adoptaron la estrategia de la propaganda por el hecho, que incluía atentados contra figuras del Estado y la burguesía, como el atentado del Liceo en 1893, cuando un anarquista lanzó una bomba en la ópera, matando a 22 personas y el asesinato del primer ministro Cánovas del Castillo en 1897 por el anarquista Michele Angiolillo. El gobierno respondió con duras represiones, como el Proceso de Montjuïc en 1897, en el que fueron ejecutados varios anarquistas sin pruebas concluyentes.

El movimiento obrero radicalizado y controlado por anarquistas y republicanos extremadamente beligerantes, se lanzó desde 1902 a continuas huelgas y altercados que culminaron con la llamada Semana Trágica, nombre que se le dio posteriormente a un levantamiento popular que tuvo lugar en Barcelona y otras zonas de Cataluña en julio de 1909. Fue una revuelta social con fuertes tintes antimilitaristas, anticlericales y obreros, originada por el descontento ante el reclutamiento forzoso para la guerra de Marruecos, pero que rápidamente derivó en una revuelta más amplia contra el Estado, la Iglesia y la oligarquía. El detonador fue la Guerra de Marruecos y el reclutamiento forzoso. El gobierno del conservador Antonio Maura decidió enviar tropas a Marruecos para proteger los intereses mineros en la región del Rif. La movilización afectó principalmente a la clase trabajadora, ya que los hijos de las familias ricas podían pagar una “redención en metálico” y evitar ir al frente[7]. Los reservistas llamados a filas eran además en su mayoría padres de familia y su jornal era el que mantenía a sus familias. Aunque los embarques de soldados comenzaron el 11 de julio, los altercados tuvieron lugar a partir del 18 del mismo mes, cuando el batallón de Cazadores de Reus, integrado en la Brigada Mixta de Cataluña, se dispuso a subir al vapor Cataluña y algunos soldados empezaron a arrojar al mar escapularios y medallas que varias señoras ricas barcelonesas les habían entregado “como protección” al subir al barco. En el muelle, las mujeres y los hombres presentes, gritaban consignas como: “¡Abajo la guerra! ¡Que vayan los ricos! ¡Todos o ninguno!”. En ese momento, comenzó una sublevación armada, porque los más organizados fueron a buscar viejos fusiles Remington que todavía se guardaban en la calle Sadurní de Barcelona y que habían pertenecido a los Voluntarios de la Libertad de la época de la Revolución Gloriosa[8]. En Manresa, Sabadell, Badalona, Sant Adrià del Besòs, Granollers y Premià de Mar, entre otras ciudades y pueblos, hubo también revueltas importantes y la huelga general paralizó Cataluña.

Esta revuelta se ha visto de formas diferentes dependiendo del sesgo político del que parten los que la estudiaron. Según mi punto de vista, la Semana Trágica, no es el comienzo de una subversión separatista. El ímpetu revolucionario y anticlerical que llevó a los sublevados a perpetrar actos de vandalismo, sabotaje y destrucción de edificios religiosos, asustó a la burguesía catalana, tanto la barcelonesa, como la rural. El somaten logro frenar muchas de las operaciones en la periferia. Los lideres de la Lliga, con Cambó a la cabeza, quedaron horrorizados, pidiendo firmeza y protección al estado. “La gran mayoría de ciudadanos de Barcelona se había horrorizado de la revolución, deseaba acercarse a la autoridad”[9] Un excelente estudio sobre los acontecimientos de la Semana Trágica que se atreve a hacer un análisis profundo es el de La Vanguardia, en su revista Historia y Vida en el número 448 de 2005, que recomiendo.[10]

Comienzan nuevos ciclos de centralización y fraccionamiento, autoritarismo y democratización que hacen que el camino de España hacia la modernización sea sinuoso y difícil. Partiendo de una base de pobreza y retraso, la neutralidad que eligió el estado español en la primera guerra mundial, resultó en una buena racha económica, que se mantuvo hasta la crisis de 1930. En política, por el contrario, España sufrió una dictadura consentida por la burguesía en general y muy especialmente aupada por la burguesía catalana y la vasca. El golpe de estado del general Miguel Primo de Rivera, el 13 de septiembre de 1923, fue recibido por la burguesía catalana con euforia. La Cámara de Comercio e Industria de Cataluña saludó al dictador “con el mayor entusiasmo”, esperando que pusiera fin “a un estado de cosas que se consideraba intolerable”. Lo mismo hicieron el resto de organizaciones patronales, como el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro que esperaba que se atajaran «las corrientes demoledoras del derecho de propiedad». Y también los partidos políticos catalanes conservadores como la Lliga Regionalista o la Unión Monárquica Nacional. Esta última se consideraba parte del movimiento de regeneración basado en los principios de “patria, monarquía y orden social”. Además, la Lliga dio crédito a las promesas descentralizadoras que había hecho el general Miguel Primo de Rivera, aunque esas expectativas se desvanecieron muy pronto. El manifiesto que el general publicó en el ABC el 14 de septiembre de 1923 fue bien recibido por la burguesía catalana:

“Españoles: ha llegado para nosotros el momento más temido que esperado (porque hubiéramos querido vivir siempre en la legalidad) de recoger las ansias, de atender el clamoroso requerimiento de cuantos amando la Patria no ven para ella otra salvación que libertarla de los profesionales de la política…Asesinatos de prelados, ex gobernadores, agentes de la autoridad, patronos, capataces y obreros; audaces e impunes atracos, depreciación de la moneda, francachela de millones de gastos reservados, rastreras intrigas políticas tomando por pretexto la tragedia de Marruecos. Indisciplina social, que hace el trabajo ineficaz y nulo; precaria y ruinosa la producción agraria e industrial; impune propaganda comunista, impiedad e incultura, descarada propaganda separatista, pasiones tendenciosas alrededor del problema de las responsabilidades…En virtud de la confianza y mandato que en mí han depositado, se constituirá un directorio inspector militar con carácter provisional… Ni somos imperialistas, ni creemos pendiente de un terco empeño en Marruecos el honor del ejército… buscaremos al problema de Marruecos solución pronta, digna y sensata. El país no quiere oír hablar más de responsabilidades… La responsabilidad colectiva de los partidos políticos la sancionamos con este apartamiento total a que los condenamos…”

Miguel Primo de Rivera, Capitán General de la IV Región. ABC, 14 de septiembre de 1923.

El detonador tanto del golpe de estado como del apoyo que este recibió por parte de la burguesía, fue la revolución bolchevique y el miedo que el movimiento obrero estaba metiéndole en el cuerpo a la burguesía catalana desde la Semana Trágica. Josep Puig i Cadafalch, el arquitecto dirigente de la Lliga y presidente de la Mancomunidad de Cataluña, un verdadero líder catalanista, escribió una nota que fue publicada en los diarios el 19 de septiembre en la que decía: “entre un hecho extralegal y la corrupción del sistema la Lliga opta por lo primero”. Pero este polifacético arquitecto, dejaba constancia de un nacionalismo que quería más, que aspiraba a un nacionalismo independentista, hasta en sus obras. En la Casa de les Punxes, construida en 1905, se puede leer en un gran mural, presente e inexplicablemente intocado durante el franquismo: “Sant patró de Catalunya, torneunos la llibertat.” Aceptando el centralismo de Primo de Rivera, se quería preservar la sociedad de un mal mayor. Y en cuanto a la economía, Cataluña prosperó como nunca lo había hecho, de lo cual quedó y queda constancia en todos los restos de la colosal feria mundial de 1929.

Uno de los radicalizados en 1909 fue Francesc Macià, militar de carrera que deja el ejército[11] a partir del ataque perpetrado por militares al periódico La Veu de Catalunya y la revista el Cu-cut! en 1905 y la ley de jurisdisciones de 1906, y se presenta a diputado en las elecciones del 21 de abril de 1907 en las listas de la Solidaridad Catalana representando a les Borges Blanques, obteniendo escaño con un gran éxito para su coalición política,  pero que en 1908, se retira de las cortes para reaparecer como carlista en una concentración en el pueblo de Butsènit d’Urgell y se radicaliza aún más tras la Semana Trágica. Fue elegido diputado de nuevo, renovando en todas las elecciones posteriores (mayo de 1910, marzo de 1914, abril de 1916, febrero de 1918, junio de 1919, diciembre de 1920 y abril de 1923) En el Congreso se dedica inicialmente a promover la regeneración de España, aunque irá deslizándose hacia el republicanismo. Tras el golpe de estado de Primo de Rivera, se exilió y se instaló en Perpiñán a mediados de octubre de 1923 y, posteriormente, en Bois-Colombes, cerca de París.

Emprendió frenéticamente la búsqueda de dinero para la compra de armas destinadas a la insurrección por la liberación de Cataluña, manteniendo contacto con los grupos de catalanes nacionalistas en América, dispuestos a ayudar económicamente en su empresa; en nombre del gobierno provisional de Cataluña, avaló el Empréstito Pau Claris en abril de 1925[12]. Tenía como ejemplo el movimiento de liberación irlandés y no quería comprender que la situación en Cataluña era muy diferente a la irlandesa.

Dispuesto a una amplia política de alianzas, siempre que se mantuviera su objetivo separatista, y fracasadas las negociaciones con Acció Catalana, intensificó sus relaciones con los sindicalistas de la CNT, con grupos irlandeses de De Valerain, intentando formar una Liga de Naciones Oprimidas, con nacionalistas vascos e, incluso, con el Partido Comunista de España, con el cual, junto a otras fuerzas, formó el Comité Revolucionario de París. De este comité surgió su viaje a Moscú, acompañado de Josep Carner i Ribalta y José Bullejos, con el fin de solicitar ayuda económica a la Internacional Comunista enoctubre-noviembre de 1925, algo que no logró, a pesar de haber sido introducido por Andreu Nin.

El fracaso en Moscú y el fiasco del complot de la Noche de San Juan en 1926[13] lo empujaron aún más a seguir adelante con su proyecto insurreccional. Preparó y organizó directamente una incursión armada en Cataluña desde Prats de Molló, que fue abortada[14]. Detenido y juzgado en Francia, se convirtió en una figura clave del independentismo catalán en el exilio, de forma muy parecida a lo que Puigdemont ha conseguido hasta ahora, buenas palabras de algunos políticos marginales y poco más.

Trasladados a la prisión de La Santé, en París, se abrió un famoso proceso en el que Macià, defendido por Henri Torrès[15], aprovechó para defender la causa catalana, haciendo buen uso del megáfono que le brindó el diario L’Humanité[16], lo que dio al proceso una notable atención internacional. Finalmente, fue condenado a dos meses de prisión, que ya había cumplido en detención preventiva, y fue expulsado a Bélgica fue condenado a dos meses de prisión, que ya había cumplido y, tras regresar a Bois-Colombes, fue obligado a trasladarse a Bélgica. Después de residir unos cuantos meses en Bruselas, en compañía de Gassol, se embarcó hacia Uruguay, donde llegó a principios de 1928.

De Uruguay pasó a Argentina, donde entró clandestinamente y, tras un proceso judicial, que también ganó, residió allí más de medio año; recorrió los centros catalanes de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, La Plata y Mendoza. Fue a Chile y se embarcó hacia La Habana, donde participó activamente en la asamblea preparada por Carner y Ribalta, por Josep Conangla y por él mismo desde Buenos Aires, la cual fundó el Partido Separatista Revolucionario de Cataluña, del cual fue presidente, y que aprobó la constitución de una futura República Catalana en septiembre-octubre de 1928.[17]

De allí se fue, siempre con Gassol, hacia Nueva York, camino de Europa (a mediados de octubre de 1928). Como no pudo entrar en Suiza, regresó a Bruselas, donde planteó llevar a cabo los acuerdos de la asamblea de La Habana para transformar Estat Català en el Partido Separatista Revolucionario de Cataluña, lo que provocó tensiones en el movimiento, sobre todo en el interior de Cataluña; por ello se decidió continuar con la denominación de Estat Català.

Siempre atento a los complots contra la Dictadura, el fracaso del gobierno de Sánchez Guerra lo impulsó a regresar a Cataluña, y solicitó nueva ayuda económica a los centros catalanes de América, para llevar a cabo una acción armada, pero esta vez desde el interior de Cataluña. Mientras tanto, cayó la dictadura del general Primo de Rivera (enero de 1930) y, en el marco de una fuerte campaña a favor de la amnistía[18], Macià atravesó ilegalmente Francia y llegó a Barcelona en septiembre de 1930.

La crisis de 1930 barrió de un plumazo la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía con ella. La falta de una solución política viable y el auge de los movimientos republicanos condujeron a la Proclamación de la Segunda República en 1931, tras la huida de Alfonso XIII al exilio. En esa situación, una parte de la pequeña burguesía catalana se lanzó a la primera línea política. ERC nació el 19 de marzo de 1931 en Barcelona como resultado de la fusión de varios partidos republicanos y catalanistas, entre ellos el Partit Republicà Català de Francesc Macià[19] y el Estat Català de Lluís Companys. Su principal objetivo era establecer una república catalana dentro de una federación española. Tras la caída de Primo de Rivera y la llegada de la Segunda República, Macià regresó a Cataluña y fundó Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en 1931. En las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, ERC obtuvo una victoria aplastante en Cataluña.

El 14 de abril de 1931, desde el Palau de la Generalitat, Macià proclamó la República Catalana dentro de una Federación Ibérica, adelantándose a la proclamación de la Segunda República en Madrid. Sin embargo, el gobierno provisional español, liderado por Niceto Alcalá-Zamora, envió emisarios para negociar con Macià. Finalmente, se llegó a un acuerdo, que suponía que, en lugar de una república catalana independiente, se restauraría la Generalitat de Cataluña con un gobierno autónomo dentro de España[20], con Macià como el primer presidente de una Generalitat que había sido abolida 217 años atrás.

La Segunda República Española (1931-1939) supuso un momento clave para la alta burguesía catalana. Este grupo social, compuesto por industriales, financieros y grandes comerciantes, había sido históricamente protagonista del crecimiento económico de Cataluña, pero también tenía una relación ambigua con el poder político, oscilando entre el apoyo al nacionalismo catalán y la defensa de sus intereses económicos dentro de España. Cuando la Segunda República fue proclamada el 14 de abril de 1931, la alta burguesía catalana vio con expectación y prudencia el nuevo régimen. Cataluña recuperaba su autonomía con la restauración de la Generalitat y la elaboración del Estatuto de Autonomía de 1932, lo que fue visto en un principio como un triunfo, pero con muchos recelos, porque, la alta burguesía catalana no se sentía representada por ERC, un partido de base popular y pequeño-burguesa, sino que tradicionalmente había apoyado a la Lliga Regionalista de Francesc Cambó, que defendía la autonomía de Cataluña pero con un enfoque conservador y favorable a la monarquía. La alta burguesía, que había apoyado el catalanismo, vio con preocupación el avance republicano y se mantuvo en una posición de oposición moderada al nuevo régimen.

Durante el bienio progresista (1931-1933), la República impulsó reformas laborales y agrarias que chocaron con los intereses de la burguesía. Reformas laborales impulsadas por Lluís Companys fortalecieron el sindicalismo y dieron más derechos a los trabajadores. La patronal catalana las consideró una amenaza. La radicalización social, el aumento de huelgas y la influencia de los anarquistas de la CNT-FAI preocupaban en gran manera los empresarios. Estos factores hicieron que la alta burguesía catalana se distanciara del gobierno republicano y buscara alianzas más conservadoras.

Con la victoria de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y el bienio conservador (1933-1936), la burguesía catalana esperó una política más favorable a sus intereses. Sin embargo, las tensiones con el gobierno central crecieron debido a la suspensión del Estatuto de Autonomía tras la proclamación fallida del Estado Catalán por Lluís Companys en octubre de 1934.[21]

Muchos sectores de la alta burguesía vieron con buenos ojos la represión del gobierno central contra la Generalitat, ya que temían que la radicalización social y la autonomía política afectaran sus intereses económicos. El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 marcó un punto de no retorno. La burguesía catalana quedó atrapada entre dos fuegos. Por un lado, la revolución anarquista en Cataluña llevó a la colectivización de fábricas y expropiaciones, tomando la CNT-FAI el control de muchas industrias, y eliminando el poder de los empresarios. Por otro lado, el proyecto catalanista quedaba enterrado, dejando tantos sueños sin realizar.

La Generalitat intentó mantener el orden, pero la burguesía sintió que Companys no podía proteger sus propiedades, visto lo cual, muchos empresarios y financieros huyeron de Cataluña y se refugiaron en Burgos, buscando el apoyo de Franco, o emigraron al extranjero. Algunos permanecieron escondidos, otros fueron arrestados y fusilados, junto a sacerdotes y monjas.  Cuando el ejército franquista entró en Barcelona en enero de 1939, la alta burguesía catalana en su inmensa mayoría apoyó la victoria franquista, esperando recuperar sus propiedades y el orden social previo a la República.

Exceptuando algunos individuos, la mayoría social burguesa aceptó el franquismo puesto que les permitía salvaguardar y aumentar sus negocios y patrimonio y mediante la represión acababa con la contestación obrera, a cambio la burguesía catalana renunciaba a las libertades políticas y nacionales. Pero estas cuestiones se consideraron prescindibles y aplazables, a cambio de recuperar y aumentar su riqueza y acabar con la conflictividad laboral. Como ejemplo podemos poner al historiador y político catalanista Ferrand Valls i Taberner[22], que en un artículo en La Vanguardia, el 15 de febrero de 1939 publicó un artículo con el título “La falsa ruta” en el que da por muerto el catalanismo, por el bien de Cataluña:

“El catalanismo no logró casi nunca dejar de presentar una significación partidista; ni alcanzó a abandonar a tiempo unos derroteros que a la postre han conducido al país a la ruina. Nadie puede hoy honradamente dejar de confesar que, en fin de cuentas, el catalanismo, al término de su trayectoria, se ha vuelto contra Cataluña; y que incluso lo que un tiempo pudo tener de generosa aspiración renovadora, en medio de la general decadencia, lo que tuvo también de idealidad, desviada sin duda, pero llena de ingenuas ilusiones, lo que haya representado en cuanto a anhelos de reforma y de perfección, bien que exaltados y turbulentos, todo ello ha sido ignominiosamente prostituido y sacrificado en estos últimos años. Lo que, en medio de la equivocación general, hubiera en él de nobles ansias renovadoras y de esencias tradicionales, ha sido muerto últimamente por los corifeos separatistas, y a consecuencia de ello el catalanismo es hoy un cadáver. Para el bien de Cataluña y de España entera no lo podemos de ningún modo dejar insepulto.”[23]

Dejemos por ahora Cataluña y miremos lo que ocurría en otra de las regiones que ejercían una presión centrifuga sobre el estado español, el País Vasco. El nacionalismo vasco experimentó un impulso significativo tras el desastre de 1898, cuando España perdió Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Esta crisis afectó a toda España, pero en el País Vasco, como en Cataluña, provocó un auge de los movimientos nacionalistas, que veían en la decadencia del Estado español una oportunidad para fortalecer sus propias reivindicaciones. El Partido Nacionalista Vasco, el PNV, fundado por Sabino Arana en 1895, ya había sentado las bases del nacionalismo vasco, pero era un movimiento incipiente y minoritario antes de 1898. Arana defendía una visión del País Vasco basado en la raza vasca, el catolicismo y la diferencia cultural con España. Propugnaba la independencia de Euskadi bajo el lema “Euzkadi es la patria de los vascos”. Su ideología inicial era fervientemente antiespañola y rechazaba la modernización industrial que atraía a los inmigrantes de otras regiones[24]. Tras la muerte de Sabino Arana en 1903, el partido abandonó parte de su radicalismo inicial y comenzó a participar más activamente en la política y se fueron creando estructuras sociales sólidas con periódicos, asociaciones, y sindicatos que promovían la identidad vasca. En unos pocos años, desde 1898, el nacionalismo vasco pasó de ser un movimiento minoritario a una fuerza política clave en la historia de España. Adaptándose a los cambios políticos, logró consolidar una identidad propia que, con altibajos, sigue marcando la política vasca hasta la actualidad.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, nunca apoyada por los vascos, como lo fue en Cataluña, el nacionalismo vasco fue perseguido, prohibiéndose el uso del euskera en documentos oficiales, ilegalizando organizaciones nacionalistas e imponiendo un fuerte control sobre la prensa y las asociaciones vascas. Tras la proclamación de la Segunda República en 1931, el nacionalismo vasco, liderado por el PNV, promovió un estatuto de autonomía. En 1932, se intentó aprobar el Estatuto de Estella, pero no prosperó debido a la oposición de sectores republicanos y socialistas, que lo veían demasiado conservador y clerical. Tras estallar la guerra civil en julio de 1936, el PNV decidió apoyar a la República y, gracias a la necesidad del gobierno republicano de asegurarse la lealtad del País Vasco, el Estatuto de Autonomía fue aprobado el 1 de octubre de 1936. José Antonio Aguirre, del PNV, fue nombrado el primer lehendakari[25] del Gobierno Vasco el 7 de octubre de 1936 en Gernika. Pero, la autonomía duró muy poco, ya que las tropas franquistas ocuparon Bilbao el 19 de junio de 1937 y el gobierno vasco quedó en el exilio.

La insurrección de Franco tuvo éxito en Navarra y rompió la desesperada defensa de la pequeña porción de territorio dominada por el gobierno vasco, alrededor de Bilbao. Navarra era un territorio mayoritariamente tradicionalista y carlista, con fuerte presencia de la Iglesia y del Requeté, las milicias carlistas. Cuando los militares se sublevaron en Pamplona el 19 de julio de 1936, apenas encontraron resistencia y Navarra se convirtió en uno de los principales centros de operaciones de los sublevados, aportando miles de voluntarios carlistas y sirviendo de base para la ofensiva hacia Guipúzcoa y el resto del País Vasco, excepto Vitoria y la provincia alavesa que quedaron bajo control franquista al principio de la contienda. A diferencia de Navarra y Álava, Guipúzcoa estaba dominada por fuerzas republicanas y nacionalistas vascas. Sin embargo, los sublevados lanzaron una ofensiva rápida desde Navarra y, a finales de julio de 1936, los rebeldes habían ya tomado Irún, cortando la conexión del País Vasco con Francia. San Sebastián, que estaba en manos republicanas, cayó el 13 de septiembre de 1936.  En octubre de 1936, la República aprobó el Estatuto de Autonomía del País Vasco, o de lo que quedaba de él, y José Antonio Aguirre fue nombrado lehendakari. Mientras tanto, el ejército franquista, con apoyo de la Legión Cóndor alemana y la aviación italiana, inició una gran ofensiva para conquistar el resto de Vizcaya.

En marzo de 1937, las tropas franquistas comenzaron su ofensiva contra Guipúzcoa y el 26 de abril de 1937, la aviación alemana bombardeó Guernica, causando cientos de muertes y destruyendo gran parte de la ciudad. Este ataque, inmortalizado en el cuadro que Picasso pintó para la feria de París, simbolizó la brutalidad de la guerra y tuvo un gran impacto internacional. Bilbao, la última gran ciudad en manos del Gobierno Vasco, cayó el 19 de junio de 1937. Cientos de miles de refugiados salieron al exilio, mientras los gudaris protegían las fabricas y las principales infraestructuras para que los comunistas y anarquistas no las destruyesen. Cientos de presos franquistas fueron puestos en libertad por orden del gobierno vasco y una delegación rindió la ciudad, para evitar un baño de sangre y su destrucción.[26]

Profundizo en las vicisitudes de la guerra en el País Vasco, porque, a mi parecer, es necesario para comprender la diferencia que existe entre lo vivido en Cataluña y lo que ocurrió en el País Vasco. Cataluña resistió durante toda la contienda, en manos de unas mayorías principalmente de izquierdas, obreros y clase media, mientras la burguesía y la Iglesia desertaban a Burgos. En el País Vasco la Iglesia y la burguesía fue, en gran medida, partidaria de la república y defendió su frágil libertad sin éxito. En parte, se comprende la diferencia entre como se desarrollaron el nacionalismo vasco y catalán durante la dictadura, partiendo de estas peculiaridades durante la guerra civil.  Al igual que en Cataluña, Franco abolió la autonomía, la lengua y las instituciones vascas, aplicando una dura represión en el País Vasco.

El régimen franquista basó su concepto de Estado en el totalitarismo de una España sin divisiones, con una fuerte represión que afectó tanto a los derechos humanos y políticos como a las lenguas y costumbres territoriales. La caída del “Cinturón de Acero” en Bilbao el 19 de junio de 1937 supuso, en la práctica, el fin de la guerra en el norte, aunque prosiguió hasta la firma del Pacto de Santoña (24 de agosto de 1937). A partir de ese momento se configuran dos bandos: los “vencedores” (carlistas, conservadores, falangistas, franquistas) y los “vencidos” (nacionalistas vascos, izquierdistas). Las consecuencias fundamentales fueron procesos a los detenidos, fusilamientos, encarcelamientos, exilios y confiscaciones de bienes. La “gran represión” se intensificó tras la finalización de la guerra.

La burguesía vasca no fue monolítica ante Franco. Un sector apoyó al régimen desde el principio, beneficiándose de la política económica franquista. A falta de estudios sobre el tema, que sorprendentemente aún faltan, dejo la relación que el antiguo lehendakari Iñaki Anasagasti hizo en 2007[27]. Otro sector, ligado al nacionalismo vasco, sufrió represión y exilio. Con el tiempo, incluso los sectores más cercanos a Franco buscaron una transición, al ver que el franquismo ya no garantizaba estabilidad. Este proceso explica por qué, tras la muerte de Franco, la burguesía vasca apoyó un modelo democrático con mayor autonomía para Euskadi.

Para finalizar, solamente apuntar que el gobierno vasco optó por emigrar en masa hacia Cataluña, donde se quedaron hasta el fin de la guerra, pasando a Francia junto al gobierno de la Generalitat con Company a la cabeza. Pero, los acontecimientos que vinieron después, la toma de Francia por la Alemania nazi y el advenimiento de Pétain como caudillo del régimen de Vichy, propició la entrega de Company, mientras el lehendakari Agirre logró mantenerse oculto, pasando a Bélgica, donde permaneció más de un año, y de allí a Berlín, donde vivió en la clandestinidad como doctor José Andrés Álvarez Lastra, natural de Panamá, hasta que logró salir de Alemania y allí no terminaron las aventuras. Consiguió reunirse con su familia, su mujer y dos hijos, que llegaron a Berlín desde Bélgica para reunirse con él y de Berlín viajaron a Suecia y desde allí a Nueva York, tras pasar por Uruguay y Argentina. Para lograr esa huida tan espectacular se movilizaron todos los resortes de que disponían los vascos de América latina, a nivel de embajadas y legaciones afines a los nazis[28].  Lluís Companys, sin embargo, detenido por la Gestapo y entregado a las autoridades franquistas, fue fusilado en el castillo de Montjuïc el 15 de octubre de 1940.


[1] https://www.xn--renaixena-x3a.cat/literatura/que-es-la-renaixenca/oda-la-patria-de-bonaventura-carles-aribau/

[2] https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-patria-trobes–0/html/fef29c48-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_1_

[3] Isabel II dejó España acompañada de su hijo, Alfonso en 1868. La armada en Cádiz, liderada por los generales Juan Prim y Francisco Serrano, se alzó contra la reina en septiembre, dando inicio a la revolución. Ante la derrota de sus tropas en la Batalla de Alcolea (28 de septiembre de 1868), Isabel II huyó de Madrid y se refugió en Francia. Se estableció en París, donde fue acogida por Napoleón III. En 1870, abdicó en favor de su hijo, Alfonso XII, con la esperanza de restaurar la monarquía borbónica. Tras su salida, España experimentó un periodo de inestabilidad política, con la búsqueda de un nuevo rey, la proclamación de la Primera República (1873) y el regreso de la monarquía con la Restauración Borbónica en 1874. En 1874, su hijo Alfonso fue proclamado rey, Alfonso XII, tras el golpe de Estado del general Martínez Campos, iniciando la Restauración borbónica.

[4] Madrid se convierte en un concepto, que para catalanes y vascos representa el centralismo pero que no excluye a las élites periféricas, siempre y cuando se adapten a la cultura y prácticas del estado, dominado por élites en su mayoría castellanas.

[5] Hay numerosos ejemplos de esta apuesta por la sociedad civil y la cultura catalana. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, diseñado por Lluís Domènech i Montaner e inaugurado en 1930, es un ejemplo del mecenazgo burgués en el ámbito sanitario. Financiado en gran parte por el banquero Pau Gil, el hospital no solo cumplía una función asistencial, sino que también se convirtió en una obra arquitectónica de gran valor artístico. Representa la fusión entre la modernidad médica y el esplendor del Modernismo catalán. Otro ejemplo es el Gran Teatre del Liceu, fundado en 1847, que es una de las instituciones culturales más emblemáticas de Barcelona. Nació como un teatro privado, promovido por la alta burguesía catalana, con el objetivo de rivalizar con los grandes teatros europeos y fortalecer la presencia de la ópera en la ciudad. Durante décadas, el Liceu fue un símbolo del poder y la sofisticación de la burguesía catalana, que utilizaba los palcos del teatro como espacios de exhibición social y política. Este teatro ha sido también la escena de actos políticos de relevancia. Por último, y por no cansar, El Palau de la Música Catalana, construido entre 1905 y 1908 por Domènech i Montaner, que es otra de las muchas joyas del Modernismo, impulsado por la sociedad coral Orfeó Català, que contaba con el respaldo de la burguesía ilustrada. Su construcción simbolizó claramente el compromiso de la clase dirigente con la cultura y con el renacimiento de la identidad catalana a través de la música y las artes.

[6] https://www.marxists.org/archive/marx/works/1854/revolutionary-spain/index.htm

[7] La legislación de reclutamiento permitía quedar exento de la incorporación a filas, consiguiendo que fuera otra persona en su lugar a cambio de dinero, o bien mediante la redención en metálico con el pago de un canon de 6000 reales. Permitidme hacer una nota en una nota. Me recuerda esta situación  al Quijote y aquella seguidilla  que el joven soldado iba cantando: “A la guerra me lleva mi necesidad, si tuviera dineros, no fuera en verdad” https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte2/cap24/cap24_02.htm

[8] La de septiembre de 1868 que supuso el destronamiento y exilio de la reina Isabel II y el inicio del período denominado Sexenio Democrático.

[9] Cambó, Francesc, El Momento político, Conferencia pronunciada en el local de la Liga Regionalista el día 4 de noviembre de 1909.

[10] https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20190719/47314131353/por-que-la-semana-tragica-de-barcelona.html

[11] Renuncia a ser ascendido a coronel y trasladado a Santoña.

[12] 8 750 000 recaudado en préstamos de catalanes en América.

[13] La Sanjuanada, que intentaba restituir la constitución de 1878, abolida por Primo de Rivera.

[14] No llegaron a la frontera los 150 voluntarios, contando 60 italianos. Se planteaban llegar a Olot y proclamar la república catalana

[15] Este abogado francés, burgués comunista, fue un destacado abogado y político francés, reconocido por su defensa de anarquistas y figuras políticas en la década de 1920. En 1923, logró la absolución de Germaine Berton, acusada del asesinato del líder monárquico Marius Plateau. Ese mismo año, fue expulsado del Partido Comunista Francés debido a su pertenencia al Comité de Defensa Comunista, participando posteriormente en la creación del Partido Comunista Unitario, que más tarde se convertiría en la Unión Socialista-Comunista. En 1924, defendió al anarquista italiano Ernesto Bonomini, acusado del asesinato de Nicola Bonservizi, representante del fascismo italiano en Francia. Aunque se presentó como candidato por la USC en las elecciones legislativas de ese año en Bocas del Ródano, no resultó electo. En 1927, con el apoyo de Louis Lecoin y Sébastien Faure, logró la liberación de los anarquistas Francisco Ascaso Abadía, Buenaventura Durruti y Gregorio Jover. Además, defendió a Samuel Schwartzbard, quien fue absuelto tras el asesinato de Simon Petlioura, a quien consideraba responsable de numerosos pogromos. El juicio a Macià tuvo lugar en enero de 1927. enero de 1927 Durante este período, Torrès se unió a la SFIO y, bajo la presión de militantes de la CGT de Alès, se presentó a las elecciones legislativas de 1928 en Gard. Ese mismo año, defendió al periodista Jacques Landau en su proceso de revisión relacionado con el caso del Bonnet Rouge. Siempre es difícil comparar. Se considera casi poco histórico hacerlo, pero no puedo dejar de pensar que este Torrès me recuerda mucho a Gonzalo Boye.

[16] Lluís Companys colaboró también con muchos artículos en este diario francés.

[17] No es raro que fuese en Cuba, porque la isla tenía una gran tradición de intereses catalanes y entre esos catalanes, los que se quedaron tras la debacle de 1898, la lealtad estaba partida. Había familias como los os Partagás, los Bacardí o los Sardá, estirpes emblemáticas de quienes habían hecho fortuna en la isla y habían establecido negocios cuya opulencia todavía tienen eco en la isla. Muchos abandonaron la antigua colonia después de la guerra y regresaron a Cataluña con el dinero que habían hecho sus familias en el comercio del tabaco, el azúcar y la esclavitud. Muchos de estos impulsaron el movimiento de renovación política y cultural que dio origen al nacionalismo catalán moderno y a fenómenos como el modernismo. Otros, que habían luchado a favor de la revolución, quedaron en la isla y estos fueron los que apoyaron a Macià con logística y dinero. Las habaneras en la Barceloneta y la estelada son recuerdos de la isla perdida y la revolución posible.

[18] ¡A que suena familiar!

[19] El abuelo, le llamaban, porque en 1932 tenía 73 años.

[20] Tras el acuerdo, se inició la redacción del Estatuto de Autonomía, conocido como el Estatuto de Nuria. Este fue aprobado en referéndum por el pueblo catalán el 3 de agosto de 1931 y posteriormente presentado a las Cortes Constituyentes en Madrid y aprobado en septiembre de 1932.

[21] Los hechos tuvieron lugar el 6 de octubre de 1934. Con la entrada de la CEDA en el gobierno de la República. Companys apostó por la ruptura total con la legalidad republicana. Dio un golpe de estado contra el gobierno de Lerroux y proclamó el Estat Català, aunque todavía dentro de la República Federal Española. De esta forma, Cataluña se independizaba de España. Pero esta declaración de independencia duró solo diez horas, porque el gobierno central mandó al general Batet con 500 soldados para reestablecer el orden legal y, aunque la Generalitat disponía de 400 mozos de escuadra y 3 400 escamots,  paramilitares afines al partido Estat Catalá, tuvieron que rendirse. El golpe de estado de Companys se saldó con 73 victimas mortales.

[22] Curiosamente, El Parlament de Catalunya lo presenta simplemente como “político de la Lliga Catalana https://www.parlament.cat/document/intrade/23195411

[23] https://repescantelpassat.cat/la-falsa-ruta/

[24] Sabino Arana, el fundador del nacionalismo vasco, se refería a España como “Maquetenia” o país de los “maketos”, neologismo inventado por él que viene del euskera “makito” que significa majadero, tonto. Arana culpaba a la inmigración de ser la causante de una supuesta degeneración de Vizcaya, siendo Bilbao la ciudad con más inmigración de fuera.

[25] Presidente, jefe del gobierno vasco, Eusko Jaurlaritzako lehendakaria.

[26][26] Tras el fin de la guerra, los que recordaban esta rendición no pudieron aceptar el castigo que se impuso a los gudaris, y está afrenta, forma aún parte del relato abertzale.

[27] https://www.eaj-pnv.eus/documentos-detalle.php?lang=https://www.eaj-pnv.eus/es&idDoc=7093

[28] El propio diario de Agirre es muy revelador en ese sentido. Aquí traducido al alemán: https://agirreinberlin.eus/wp-content/uploads/Edicion-Critica-Diario-Aleman.pdf

Centésimo sexagésimo noveno paseo. España: grandeza, crisis y renovación.

El viernes pasado di una conferencia sobre la historia de España ante un público compuesto por personas mayores, en Folkhögskolan (la Universidad del Pueblo). Esta conferencia formaba parte de un curso sobre la historia de España y se notaba que los señores y señoras que formaban la audiencia habían hecho sus tareas. El título de mi conferencia “Spanien: storhet, kris och förnyelse” (España: grandeza, crisis y renovación) avanzaba que yo pensaba concentrarme en la dinámica de transformación política de la entidad territorial llamada España. Trataré aquí de dar un resumen del contenido de mi conferencia, concentrándome en la visión teórica del proceso de construcción de la entidad territorial y la identidad nacional.

En la formación de cualquier entidad territorial concurren dos procesos, a saber: fuerzas centrípetas, que atraen el poder hacia un centro especifico, contra el cual actúan fuerzas centrifugas que ejercen su ímpetu vaciando el centro (de poder) llevándolo hacia la periferia. Estos procesos son perfectamente distinguibles a través de toda la historia de España.

Las primeras formaciones territoriales de la Península Ibérica surgieron en la Antigüedad, con la interacción de diferentes pueblos y civilizaciones. Tartessos[1] es la primera civilización documentada en la península, alrededor de los siglos IX-VI anteriores a nuestra era, ubicada en el suroeste, en la actual Andalucía y tenía una cultura avanzada, basada en la minería y el comercio con fenicios y griegos. Colonias fenicias, griegas y cartaginesas, que se instalaron durante los siglos IX-III anteriores a nuestra era y que fundaron ciudades como Gadir (Cádiz)[2], Malaka (Málaga) y Emporion (Ampurias), influyendo en el desarrollo cultural y comercial, y dejando profundas huellas culturales.

Los pueblos íberos se asentaron en el este y sur durante los siglos VI-I[3] anteriores a nuestra era, mientras que los celtas ocuparon el noroeste y el interior, aunque aquí hay exageraciones y malentendidos que ya se discutían en la antigüedad.[4] También hubo pueblos celtíberos[5] en la Meseta. ¿Podemos hablar de una identidad celtibera? En parte, sí, porque los pueblos limítrofes los consideraban como pertenecientes a una etnia, como podemos apreciar en lo que Estrabón cuenta de ellos.[6]

Con la conquista romana, la península quedó integrada en el Imperio como Hispania durante seis siglos y medio desde 218 anterior a nuestra era hasta el 476, dividida en provincias como Hispania Citerior y Ulterior, y luego en otras como Bética, Tarraconense y Lusitania. El Imperio Romano logró una integración efectiva de Hispania mediante diversos elementos que aseguraron su control político, económico y cultural. Hispania se organizó en provincias (Bética, Lusitania, Tarraconense, luego Gallaecia y Cartaginense). Se impuso un sistema legal unificado, con instituciones como los municipios y colonias, regulando la vida cotidiana y las relaciones comerciales. A lo largo del tiempo, los hispanos fueron accediendo a la ciudadanía romana, culminando con el Edicto de Caracalla del año 212, que otorgó la ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio. La extensa red de calzadas, permitió el comercio, la movilidad militar y la integración de la población. Como ejemplos, tenemos la Vía Augusta y la Vía de la Plata. También se fundaron y desarrollaron centros urbanos como Tarraco, Emerita Augusta y Corduba, que actuaron como núcleos administrativos y económicos. Acueductos, teatros, puentes, foros y templos consolidaron la romanización.

Durante la era romana, la producción de trigo, aceite de oliva y vino, abastecía las necesidades del imperio en un mercado que podíamos llamar común si no global, con la perspectiva de aquellos tiempos, un mercado mediterráneo. Participaba también en ese gran mercado romano, la producción de oro, plata, cobre y plomo para su exportación.

El latín se convirtió en la lengua común, desplazando lenguas indígenas y dando origen a las lenguas romances. El culto a los dioses romanos y al emperador reforzó la unidad, y posteriormente el cristianismo se expandió, haciendo de Hispania un importante foco cristiano en el imperio.

Las legiones romanas establecidas en Hispania no solo garantizaban el control, sino que muchos hispanos se incorporaron al ejército, favoreciendo la integración, permitiendo que hispanos alcanzaran altos cargos en el imperio, como entre muchos otros los emperadores Adriano, Trajano y Teodosio y filósofos e intelectuales como Marco Valerio Marcial, Moderato de Gades, Calcidio, Quintiliano, Lucano, Prisciliano y, sobre todo, Séneca.

Pero, en realidad, la unificación del territorio llamado Hispania no llegó hasta el establecimiento del reino visigodo, a partir del siglo V. Tras la caída de Roma, los visigodos establecieron un reino unificado con capital en Toledo, creando la primera entidad política unificada en la península. Los visigodos llegaron a la península como federados del Imperio Romano, establecidos en la Galia (Tolosa) con la misión de contener a otros pueblos germánicos. Sin embargo, tras la derrota frente a los francos en la batalla de Vouillé en el 507, se replegaron hacia Hispania, donde consolidaron su dominio, aunque tardaron hasta el 624 para lograr reunificar territorialmente la Hispania romana. El primer paso de los visigodos para reunificar el territorio fue derrotar a los suevos en 585 , que habían establecido un reino en el noroeste peninsular. El segundo paso fue expulsar a los bizantinos que habían ocupado en suroeste, algo que ocurrió el año 624 de nuestra era. Quedaba así consolidada la unificación territorial visigoda, con un centro permanente establecido por Atanagildo durante su reinado 554-567 en Toledo. Anteriormente, los visigodos se habían visto obligados a gobernar desde diferentes ciudades, como Barcelona o Sevilla y una corte parcialmente itinerante. Leovigildo fortaleció el reino durante su reinado (568-586) y reforzó Toledo como el núcleo político y administrativo del reino visigodo. Me viene a la cabeza la lista de los reyes godos, aprendida a memoria como las tablas de multiplicar. Mi primer profesor de historia en la universidad de Lund, Lars-Arne Norborg, me contaba, que él también había sido obligado a aprender de memoria esa lista, porque esa lista de 33, 34[7] si contamos a Rodrigo, que perdió el reino sin apenas llegar a reinar.  reyes visigodos era un tópico de la pedagogía reinante en Suecia en los años 30 y 40 y en España hasta mucho más tarde, que premiaba la capacidad memorística de los estudiantes. Hay que decir también que el interés sueco en la lista de reyes visigodos se debe a que sus orígenes se consideran haber estado aquí, en el sur de Escandinavia. Algo que puede considerarse altamente unificador es el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo de 654, promulgado bajo el rey Recesvinto, un código de leyes que unificó el derecho visigodo e hispanorromano. Antes de su promulgación, cada grupo tenía su propio sistema legal, lo que dificultaba la integración.

En realidad, esta unidad duró poco, ya que, tras la invasión musulmana, se estableció una nueva entidad política, cultural y religiosa que conocemos como el Al-Andalus, emirato dependiente de Damasco (711-756), luego un emirato independiente (756-929) y finalmente el Califato de Córdoba (929-1031). Posteriormente, el territorio se fragmentó en los reinos de taifas. Durante casi 800 años, la península quedó fragmentada en múltiples entidades territoriales, cristianas o musulmanas, pero con un tejido social muy parecido. Los cristianos de la península ibérica que, tras la conquista musulmana, continuaron practicando su religión, y por tanto, pagaban impuestos, adoptaron muchos aspectos de la cultura islámica, como la lengua árabe, la vestimenta y las costumbres. Los cristianos que decidieron adoptar la religión musulmana como propia quedaron exentos de impuestos, excepto el Zakat, que es uno de los cinco pilares del islam y consiste en una contribución obligatoria que los musulmanes con suficiente riqueza deben dar a los necesitados. Generalmente, se calcula como el 2.5% de los ahorros anuales y se destina a ayudar a los pobres, huérfanos, personas endeudadas y otras causas benéficas establecidas en el Corán. Los musulmanes pagaban menos impuestos que los cristianos, pero estos eran libres de seguir practicando su religión viviendo bajo dominio musulmán y tenían un estatus especial como dhimmíes (no musulmanes protegidos), lo que les permitía seguir con su fe a cambio del pago de un impuesto especial, la yizia que equivalía aproximadamente a un dinar de oro que representa 4,25 g de oro al año para personas de ingresos medios, y hasta cuatro dinares para los más acomodados. Con el tiempo, algunos mozárabes emigraron a los reinos cristianos del norte, llevando consigo influencias culturales andalusíes.

Bajo el dominio musulmán, los judíos, igual que los cristianos, fueron considerados dhimmíes, es decir, no musulmanes protegidos, a cambio de pagar la yizia. Durante los periodos de tolerancia, especialmente bajo los omeyas (siglo X), los judíos prosperaron en lo que se conoce como la Edad de Oro del judaísmo en España. Destacando figuras como Maimónides, conocido filósofo y médico. Los judíos participaron en la traducción de textos grecolatinos y árabes al hebreo y al latín y contribuyeron de esa manera a la transmisión del saber en Europa. Tambien fueron banqueros y artesanos.

De esta amalgama de culturas surgió la base de lo que más tarde constituiría la etnia española. Al menos para mí, está muy claro que el primer foco de esa etnia naciente fue la ciudad de Toledo. Tras la conquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI, la ciudad se convirtió en un centro de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. Gracias a esto, se conservaban y producían en Toledo numerosos textos en árabe y hebreo que contenían conocimientos griegos, persas e indios sobre medicina, astronomía, matemáticas, filosofía y teología, que desde allí pasaban a las universidades de toda Europa. Es en Toledo donde el termino mozárabe se utilizaba para referirse a la lengua mozárabe, un conjunto de dialectos románicos con influencias árabes, y al rito mozárabe, una forma de liturgia cristiana que se conservó en algunas regiones, especialmente en Toledo.

La escuela de traductores de Toledo pasó por distintas etapas. En la primera, impulsada por el arzobispo Raimundo de Toledo, entre los años 1125-1152, era el latín la lengua de traducción. En esa primera etapa, se traducían textos árabes al latín con la ayuda de judíos y mozárabes, que los interpretaban en romance. Entre los más destacados traductores se encontraban Domingo Gundisalvo y el judío Juan Hispano, que tradujeron a Aristóteles, Avicena y Averroes. Gerardo de Cremona, el más prolífico, tradujo más de 70 obras, incluyendo el Almagesto de Ptolomeo.

En la segunda etapa se empieza a usar el castellano como lengua de traducción y lengua científica, sobre todo bajo el reinado de Alfonso X el Sabio 1252-1284, se tradujeron textos directamente del árabe al castellano y luego al latín, haciendo accesible el conocimiento a un público más amplio. Libros de astronomía, como las Tablas Alfonsíes, textos de medicina de Hipócrates y Galeno, traducciones de textos jurídicos y filosóficos de la tradición grecoárabe. Este crisol cultural transmitió el conocimiento grecolatino y árabe a Europa y fue clave en el Renacimiento del siglo XII y en la Revolución Científica, cosa que los historiadores europeos suelen olvidar, porque sin las traducciones de Toledo, las universidades medievales como las de París, Bolonia y Oxford serían impensables. La escuela de traductores de Toledo fue, por tanto, un puente entre civilizaciones y una de las mayores empresas culturales de la edad media en Europa y, naturalmente, contribuyó a la consolidación del castellano como lengua culta y científica.

En reductos norteños, donde los godos sobrevivientes de la arrolladora invasión árabe buscaron refugio, junto a la población iberorromana, surgió, según conciben muchos historiadores, el espíritu de reconquista que hace referencia a la mentalidad y los valores que motivaron y guiaron el largo proceso de recuperación de la Península Ibérica por parte de los reinos cristianos frente al dominio musulmán, que duró desde el siglo VIII hasta 1492, con la toma de Granada. Un proceso tan dilatado en el tiempo y tan complejo tiene, por necesidad, muchas causas y, por necesidad, se va formando según las diferentes coyunturas políticas y económicas van aconteciendo.

La Reconquista fue vista por muchos como una lucha religiosa, en la que los cristianos consideraban que tenían el deber divino de recuperar los territorios ocupados por los musulmanes, al-Ándalus, y restablecer el reino de Dios en la Península Ibérica. Este sentimiento de “guerra santa” estuvo impulsado por la idea de que la cristianización del territorio que ellos consideraban suyo era una misión divina. A lo largo de la reconquista, los cristianos consideraban que estaban restaurando un orden natural que había sido alterado por la invasión musulmana, un proceso que les otorgaba no solo legitimidad sino también un sentido de justicia histórica. Aunque los reinos cristianos de la península no siempre estuvieron unidos en su lucha, el espíritu de la reconquista también se vinculó con un sentimiento de unidad entre los distintos reinos cristianos, como el Reino de León, Castilla, Aragón y Navarra, especialmente en momentos clave, como las victorias decisivas en las batallas cruciales. La Reconquista también fue una lucha contra el “otro”, es decir, contra los musulmanes, pero también contra judíos y otras culturas consideradas ajenas al cristianismo. Esta idea de lucha contra las culturas “infieles” se mantuvo presente a lo largo de los siglos. Además de la religión, la reconquista también estuvo impulsada por intereses políticos y territoriales, ya que los reinos cristianos querían expandir sus dominios y obtener recursos. Las conquistas territoriales que los reinos lograban durante la reconquista también ayudaban a consolidar el poder de la nobleza local.

Durante la reconquista, los territorios recuperados por los cristianos experimentaron simultáneamente movimientos centrípetos y centrífugos, es decir, fuerzas que promovían la unidad y cohesión del territorio, y otras que tendían a la fragmentación y separación. A medida de que iba avanzando la reconquista, los reinos cristianos ampliaban su territorio, y apartir del siglo XIII, los monarcas fortalecieron su autoridad sobre la nobleza y el clero controlando el territorio por medio de la administración real. Los reyes otorgaban fueros y cartas de población a las ciudades conquistadas para atraer repobladores cristianos, consolidando la estructura política y administrativa del reino. Las unificaciones dinásticas entre casas reales promovieron la integración de reinos, como la unión de Castilla y León en el siglo XIII y, finalmente, la de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos en 1469.

La iglesia católica actuó como unificador ideológico, proporcionando legitimidad a los reyes y fomentando una identidad cristiana común. Órdenes militares como los templarios, hospitalarios y las órdenes hispánicas (Santiago, Calatrava, Alcántara) fueron también clave en la conquista y organización de los nuevos territorios.

Sin embargo, y en paralelo, también existieron fuerzas centrifugas que favorecieron la división y fragmentación territorial. Principalmente, toda ocupación territorial, tenía como fin asegurar los recursos económicos de la nobleza, al menos hasta el momento en que los soberanos dejaron de depender de esta para la organización de su defensa. Los diferentes reinos cristianos concurrían entre sí por el territorio, aunque compartían el objetivo común de la reconquista, los reinos cristianos Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal entraron en numerosos conflictos entre sí por la posesión de tierras conquistadas, que no pocas veces, les llevaba a formar alianzas con reinos musulmanes de taifas. La reconquista no fue, por tanto, un proceso lineal de expansión cristiana, sino un fenómeno complejo donde coexistieron tendencias hacia la unidad y centralización (movimientos centrípetos) y fuerzas que promovían la fragmentación y la autonomía (movimientos centrífugos). Finalmente, los Reyes Católicos lograron unificar políticamente la península en 1492, algo que se completó en 1512 con la conquista de Navarra, aunque persistieron elementos de descentralización, como los fueros en los distintos reinos.

A partir de 1512, dejando aparte la anexión de Portugal en la Unión Ibérica 1580-1640, y la definitiva perdida del norte de Cataluña, el Rosellón y parte de la Cerdaña, tras el tratado de los Pirineos en 1659, y la pérdida de Gibraltar y Menorca (esta última recuperada en 1802) por el tratado de Utrecht en 1713, el territorio la España peninsular quedaba consolidado. Y es importante constatar que, esta entidad territorial es única en Europa y en el mundo, por su antigüedad, aún si la comparamos con Francia o Suecia, cuya centralización, bajo una monarquía quedó sellada, al menos en un núcleo central más o menos al mismo tiempo que España.[8]Pero esta unidad territorial bajo una monarquía no ha dejado de estar expuesta a movimientos centrífugos, que de continuo han querido apartar porciones de esta unidad territorial, por distintas razones y con gran variedad de actores, movidos, claro está, por intereses propios. Si vemos el territorio peninsular de España como un mosaico en el que encajan diferentes piezas, ha habido una de esas piezas que no ha llegado a encajar perfectamente. Esa pieza es Cataluña.

Para comprender ese desajuste, debemos en primer lugar constatar que es lo que llamamos Cataluña. Remontándonos a la era romana, el territorio que hoy se denomina como Cataluña, se hallaba inserto dentro la provincia romana de Tarraconensis. la más extensa de las tres provincias en las que el emperador Augusto dividió Hispania a finales del siglo I anterior a nuestra era. Su territorio abarcaba más de dos tercios de la península ibérica, desde el norte hasta el centro y el este, con toda la actual Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y gran parte de Castilla y León en el norte, toda la franja mediterránea desde los Pirineos hasta el río Júcar, incluyendo Cataluña, Comunidad Valenciana y parte de Murcia en el este, y gran parte de la Meseta Norte y Meseta Sur, la mayor parte de Castilla y León, Madrid y Castilla-La Mancha en el centro.

Los historiadores catalanes suelen exponer que, aunque Cataluña estaba inmersa en ese gran territorio llamado Tarraconensis, existía un poso étnico anterior a la romanización, que constituía la base de una cierta diferenciación. Estos pueblos eran parte de la cultura ibérica que se desarrolló en la costa oriental de la península ibérica entre los siglos VI y I anteriores a nuestra era. Entre estos pueblos se distinguían los indigetes que habitaban la actual provincia de Girona, especialmente en la costa. Sus principales asentamientos eran Ullastret y Castell de Palamós. Los laietanos ocupaban la zona de la actual Barcelona y su entorno, entre los ríos Llobregat y Tordera. Su ciudad más importante fue Barkeno la futura Barcino y actual Barcelona. Los ceretanos se establecían en el Pirineo catalán, en la zona de la Cerdanya, mientras los ausetanos se ubicaban en el interior, en la actual provincia de Barcelona, especialmente en la zona de Vic, siendo su principal ciudad fortificada Ausona. Los bergistanos vivían en las montañas del Berguedà, al norte de la provincia de Barcelona y, finalmente los ilergetes, que tenían su principal territorio en Lleida y Aragón, también controlaban parte de la Cataluña occidental. Hasta aquí, la historia de Cataluña es comparable a la historia de cualquier trozo de ese mosaico de pueblos en diversas capas que muestra toda la península. Pueblo sobre pueblo, cultura sobre cultura.

En el año 415, los visigodos, liderados por el rey Walia, entraron en la península ibérica enviados por el imperio romano para luchar contra los vándalos, suevos y alanos. Se establecieron temporalmente en la Tarraconense, incluyendo la actual Cataluña.Tras cumplir su misión, se trasladaron a la Galia, donde fundaron el Reino de Tolosa (Toulouse) en el sur de Francia. En 507, tras la derrota de los visigodos ante los francos en la batalla de Vouillé, el Reino Visigodo perdió la Galia y trasladó su capital a Hispania. Cataluña se convirtió en una región clave del Reino Visigodo con Tarraco como uno de sus principales centros políticos y religiosos.

A partir de la invasión musulmana de la península, godos y francos, unidos en el esfuerzo de resistir en sus territorios peninsulares, se afianzan en la defensa de las regiones montañosas del norte. Godos en el norte de la península y francos en el este. Desde el 732, cuando Carlos Martell paró el avance musulmán por la Galia, nobles godos comienzan a hacerse fuertes en sus regiones. En el este de la península, en el año 801, el ejército franco, dirigido por Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, conquistó Barcelona, consolidando la Marca Hispánica, con el rio Llobregat como frontera sur, lo que no fue obstáculo para que el caudillo musulmán Almanzor saqueara Barcelona el 985. Para asegurar la defensa de la Marca se formaron los condados de Barcelona, Gerona, Urgel, Rosellón y Cerdeña. Inicialmente, los condes eran designados por los francos, pero con el tiempo, las familias locales tomaron el control. En 988, el conde Borrell II de Barcelona, según una tradición discutible, dejó de prestar vasallaje a los reyes francos, lo que en principio marcaría el inicio de la independencia de los condados catalanes. A partir de este momento, el Condado de Barcelona emergió como la entidad más poderosa y la base de la futura Cataluña medieval.

Pero esa unidad territorial, supuestamente independiente, tuvo una vida muy corta, pues en 1137, la unión del Condado de Barcelona con el Reino de Aragón dio origen a la Corona de Aragón, marcando el fin definitivo de la Marca Hispánica como entidad política. Aquí comienza un relato histórico que nos sirve a unos para demostrar que Cataluña formó parte integral de la dinámica de construcción de una identidad española, formando parte del reino de Aragón, uno de los pilares de la identidad hispana, mientras que otros apuntan, con idéntica razón que Cataluña se concentra en una expansión mediterránea, que la lleva a conquistar tierras tan lejanas como Cerdeña o Atenas.

Y es en un texto italiano, un poema, Liber maiolichinus de gestis pisanorum illustribus[9] que el propio topónimo como tal se encuentra por primera vez en forma escrita hacia 1117​. El texto describe las gestas que los pisanos realizan junto con los catalanes para conquistar Mallorca. En este texto se nombra al conde Ramón Berenguer III como Dux Catalanensis, Rector Catalanicus hostes, Catalanicus heros, Christicolas Catalanensesque y se nombra Catalania. En catalán no aparece el topónimo hasta la primera mitad del siglo XIV (1343) en el Llibre dels fets o feyts[10] de Jaime I el Conquistador.

Participaban sin duda los habitantes de los condados catalanes en la reconquista. Por su parte, participaban en la reconquista de las Baleares y el litoral levantino, pero también en operaciones conjuntas en la meseta. En el siglo XIX, con el surgimiento del nacionalismo catalán o catalanismo, se consideraron las peculiaridades de la región como un hecho diferenciador (fet diferencial) que en sí justificaría el derecho a formar una nación con unas estructuras de estado aparte de las demás regiones de España. En realidad, hasta el siglo XVII, Cataluña pasaría por las mismas vicisitudes que el resto de las regiones Españolas. La catalanidad de la dinastía aragonés quedó extinguida con la muerte de Martí el humano.

La Casa de Barcelona, de origen catalán, había gobernado el Reino de Aragón desde el siglo XII. El último rey de esta dinastía fue Martín I el Humano, que reinó entre 1396 y1410 y murió sin descendencia legítima. La falta de un heredero provocó una crisis sucesoria que se resolvió con el Compromiso de Caspe en 1412, donde se eligió como rey a Fernando de Antequera, de la Casa de Trastámara. Jaime de Urgel, de la dinastía barcelonesa Berenguer, que había gobernado Catalunya durante siete siglos y Aragón durante tres, se sublevó en la primavera de 1413, con apoyo en Lérida y Balaguer, se levantó contra Fernando I, pero no pudo conseguir su propósito y se rendíó el 31 de octubre de 1413 a las tropas de Fernando de Trastámara, el nuevo rey de la corona catalano-aragonesa surgido de la asamblea compromisaria de Caspe en 1412. Jaime de Urgel y sus partidarios se habían sublevado contra lo que consideraban la imposición de la dinastía Trastamara, sublevación que no tuvo éxito porque el resto de Cataluña y los aliados ingleses no respondieron a la llamada de Urgell. Aragón siguió siendo independiente, pero la corona pasó a una dinastía castellana, que al fin resultó en una unión dinástica con Castilla en 1479, con los Reyes Católicos Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla.

Estas uniones dinásticas estaban en la línea de la política general europea de aquellos tiempos y las podemos contemplar en toda Europa. Castilla fue la región que aglutinó los reinos de la península ibérica en el siglo XIV debido a una combinación de factores geopolíticos, económicos, militares y dinásticos. Castilla era el reino más extenso de la península desde el siglo XIII, tras la conquista de la mayor parte de Al-Ándalus en las campañas de Fernando III y Alfonso X, cuyos largos reinados se extendieron 54 años desde 1230 hasta 1284. Castilla tenía una población más numerosa que los otros reinos peninsulares y contaba con ciudades florecientes como Burgos, Valladolid, Toledo y Sevilla, que eran centros comerciales y administrativos clave.

Además, contaba yo en mi conferencia, que su bienestar se debía en gran parte a la oveja merina. Se cree que la oveja merina tiene su origen en Al-Ándalus, fruto de cruces entre ovejas norteafricanas y razas locales peninsulares. Durante el dominio musulmán, la ganadería ovina se perfeccionó con técnicas avanzadas de cría y pastoreo y la lana merina comenzó a destacar por su finura y calidad, superior a la de otras razas europeas. La corona de Castilla heredó el conocimiento andalusí sobre la cría de merinas y con la Mesta, una poderosa organización de pastores fundada por Alfonso X en 1273, se reguló el traslado estacional de los rebaños, la trashumancia, lo que permitió la manutención y mejora genética de la raza. Durante los siglos XIV y XV, Castilla se convirtió en el principal productor de lana de Europa, con mercados clave en Flandes, Inglaterra e Italia.

La lana merina se convirtió en un recurso estratégico para la economía castellana y su protección era tan estricta que la exportación de ovejas merinas vivas estaba prohibida bajo pena de muerte, para mantener el monopolio. Los Reyes Católicos y Carlos I protegieron la industria lanera, que generaba enormes ingresos para la Corona. No fue hasta el reinado de Carlos III (1759-1788), cuando se permitió la exportación controlada de merinas, y su establecimiento en Francia, Alemania y Suecia.

A partir de1808, las tropas de Napoleón invadieron España. En el caos de la guerra, muchos rebaños merinos fueron saqueados y vendidos en el extranjero. Francia se llevó un gran número de ovejas a sus territorios, y a través de ellos, Inglaterra también logró algunas. Mas tarde, la oveja merina llegó a Australia, Sudamérica y Estados Unidos, donde se adaptó con éxito y se convirtió en la base de la industria lanera global. En España, la importancia de la lana merina decayó con la industrialización textil y la competencia de otras economías.

Coinciden la decadencia de la industria lanera y la debilitación del proceso centrípeto ejercido por Castilla. La capitalidad de Madrid, surgida de una orden real de Felipe II, que convirtió un insignificante pueblo mesetario en el centro del imperio, no logró del todo revertir la ralentización, aunque consiguió debilitar los procesos centrífugos que comenzaban a surgir y que competían con Madrid. Cuando Felipe II convirtió Madrid en la capital de su imperio en 1561, rompió con la tradición de las cortes itinerantes y eligió una ciudad teniendo en cuenta varios factores estratégicos, geográficos, políticos y administrativos. Su posición alejada del mar y de las fronteras, en un cruce de caminos, con acceso rápido a Castilla, Aragón y Andalucía, convertía a Madrid, a los ojos de Felipe II, en el lugar más apropiado.

No pertenecía a ningún señorío ni arzobispado importante, y esto garantizaba que la autoridad del monarca fuera absoluta. En Toledo, la capital fundada por los godos, dominaba una aristocracia poderosa y la Iglesia, pudiendo dificultar el control del rey. Felipe II quería un centro de gobierno eficiente para administrar su vasto imperio que permitiera la centralización del poder en un solo lugar, reduciendo la burocracia dispersa de las cortes itinerantes.

Esta centralización venía precedida de movimientos centrífugos en Castilla, con la guerra de las Comunidades (1520-1522) y en Valencia y Mallorca, donde sectores populares se rebelaron contra la nobleza y el poder real en las llamadas revueltas de las Germanías (1519-1523), durante los primeros años del gobierno de Carlos I.

Los procesos centrípetos y centrífugos se hacen patentes de una forma muy clara durante la guerra de los treinta años, en la que con la ayuda de Francia, principal competidor europeo en la lucha por la hegemonía, primero Portugal y luego Cataluña en 1640, se alzaron contra Madrid. Portugal, con una nobleza mayormente interesada en sus propias colonias, consiguió cortar los lazos que la unían a España desde 1580 y ganó su independencia, a la vez que la Generalitat de Cataluña se lanzaba a una lucha menos cierta que la portuguesa, en parte por carecer de una defensa monolítica y unificada. En lugar de ganar su independencia, Cataluña perdió sus territorios al norte de los pirineos, entre otros, su segunda ciudad, Perpiñán, que pasó a ser francesa.

Mientras que el estado francés aprendió la lección tras el conjunto de revueltas que ocurrieron en Francia durante la minoría de edad de Luis XIV (1648-1653), y que llevan el nombre de la Fronda, centralizando el estado a expensas de las instituciones regionales, España siguió descentralizada aún después de la pérdida de Portugal y la pacificación de Cataluña. Carente de un centro hegemónico, España se vio de nuevo sumida en el caos durante la guerra de sucesión 1701-1713, cuando una buena parte de la sociedad catalana, con Barcelona como centro, decidió presentar batalla a la dinastía borbónica, alentada por Inglaterra. Con promesas de, llegado el archiduque al poder, ser premiados con la capitalidad de España. La guerra terminó en 1713 cuando el archiduque Carlos de Austria renunció a la corona española, algo que la Generalitat no quiso asumir, continuando la guerra hasta el 11 de septiembre de 1714, fecha que se sigue señalando como la conmemoración de una derrota. Felipe V impuso los Decretos de Nueva Planta, eliminando las instituciones propias de la Corona de Aragón y centralizando el poder en Madrid. Esto acabó con muchos movimientos centrífugos, pero también generó un resentimiento en Cataluña, Valencia y Baleares, que habían apoyado al pretendiente austriaco.

En el siglo XVIII la política de los borbones facilita un proceso centrípeto que hace pensar en una centralización del estado español al estilo francés. La revolución francesa, en sí centralizadora para Francia, resultó altamente fragmentadora para España, sobre todo tras la era napoleónica, tan traumática para España. La Constitución de 1812, la famosa Pepa, intentó crear un Estado centralizado, que se vio abortado por la reacción absolutista y por la nueva corriente política, nacida de las luchas napoleónicas, que conocemos como el nacionalismo.

Las conquistas napoleónicas habían despertado el deseo de las múltiples nacionalidades europeas de formar estados independientes, inspirados en la revolución francesa y las revoluciones burguesas que la siguieron. Inspirados por la Revolución de Julio en Francia (1830), los belgas comenzaron a protestar y exigir autonomía y el 25 de agosto de 1830 durante la ópera “La Muette de Portici” en Bruselas, estalló un motín que rápidamente se convirtió en una insurrección general. Los rebeldes belgas expulsaron al ejército holandés de Bruselas en septiembre y el 4 de octubre de 1830 se proclamó la independencia de Bélgica y se estableció un gobierno provisional. Guillermo I intentó recuperar el control enviando tropas, pero fue derrotado.

El ejemplo belga, se sumaba al movimiento de liberación nacional griego que se desarrolló entre 1821 y 1830, con el objetivo de liberar a Grecia del dominio del Imperio Otomano, que controlaba la región desde el siglo XV. Ambos movimientos inspirarían en España movimientos nacionalistas y foralistas, como el carlismo en el País Vasco, Navarra y Cataluña, el catalanismo y el galleguismo y, más tarde el regionalismo andaluz.

Paradójicamente, estos dos ejemplos de revueltas nacionalistas sucedieron durante el reinado en España de Fernando VII, un lapsus absolutista impuesto por Francia que sumió a España en la más paródica vuelta al obscurantismo medieval.  Tras la derrota de los franceses y la firma del Tratado de Valençay en diciembre de 1813, Napoleón reconoció a Fernando VII como rey legítimo de España. En marzo de 1814, Fernando cruzó la frontera y llegó a Valencia, donde recibió el Manifiesto de los Persas, un documento en el que un grupo de absolutistas le pedía restaurar el Antiguo Régimen, dando marcha atrás en un proceso modernizador iniciado por las cortes de Cádiz. Un golpe militar del coronel Riego en 1820, obligó a Fernando VII a restablecer la Constitución de 1812 limitando el poder del rey, aboliendo privilegios feudales y la Inquisición y se intentó modernizar la economía y la administración, perdidas ya las colonias americanas. En 1823 un ejército francés, denominado los cien mil hijos de San Luis devolvió el poder a Fernando VII, pero, durante el resto de su reinado, finalizado a su muerte en 1833, los movimientos políticos y sociales que formaron el siglo, siguieron su curso, formando el fenómeno que ahora conocemos de las dos Españas.

“Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios,

una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.”

Decía Antonio Machado, consciente de la brecha insalvable que dividía su país y que llegó a ser aún más profunda, y lo sigue siendo en nuestros días. Por un lado, estaba la España liberal y progresista, que defendía cambios políticos, derechos individuales y el fin de los privilegios. Enfrente estaba la España tradicionalista y conservadora, que buscaba mantener la monarquía absoluta, la Iglesia y el orden tradicional. La línea divisoria era físicamente perceptible en el País Vasco y Cataluña, que quedaron divididas en dos mitades. Los mayores centros urbanos, apoyando a los liberales y por tanto a Isabel II y la monarquía constitucional. En las pequeñas urbes y en el campo, donde la iglesia y la tradición estaban más arraigados, se apoyaba al infante Carlos María Isidro, y su modelo absolutista, que garantizaba la continuidad de las antiguas instituciones, privilegios y fueros. Carlistas y liberales lucharían durante casi medio siglo por controlar España y su lucha perdura aún.

Las guerras carlistas fueron una serie de conflictos civiles en España durante el siglo XIX, originados por la disputa sucesoria entre los partidarios de Isabel II, niña de tres años a la muerte de su padre, y los defensores de su tío, Carlos María Isidro de Borbón, entre los que encontramos la alta nobleza, la Iglesia y las instituciones regionales  Más allá de una simple guerra dinástica, estos enfrentamientos representaron un choque ideológico entre absolutismo y liberalismo, entre oscurantismo y modernidad, marcando profundamente la historia de España. El carlismo contaba con el apoyo del clero medio y bajo, que percibía el liberalismo como el gran enemigo de la religión y de la Iglesia. También encontraba apoyo en una parte del campesinado, que veía amenazadas sus tradiciones y su situación económica por las reformas liberales, más encaminadas hacia el fortalecimiento de la burguesía, mediana y gran propiedad y hacia el fin de las tierras comunales.[11] También fue importante el apoyo de la media y baja nobleza del norte peninsular, que estaba vinculada al Antiguo Régimen, ostentando poderes locales y privilegios forales, frente a la alta nobleza que, con algunas excepciones, se integró sin mayores dificultades en el naciente Estado liberal. Por último, también tuvo el apoyo de los trabajadores manuales y artesanos residentes en pequeños pueblos y núcleos urbanos, afectados por el desmantelamiento gremial.[12]

La primera guerra carlista se escenificó principalmente en el País Vasco y Navarra, y en parte en Cataluña, con isabelinos (liberales) liderados por la regente María Cristina, madre de la pequeña Isabel, y el general Espartero. Los carlistas, comandados por Zumalacárregui en el País Vasco y Navarra. Tras la muerte de Zumalacárregui en el sitio de Bilbao y muchas vicisitudes, que terminaron con la derrota carlista, se llegó a un acuerdo entre Espartero y el general carlista Maroto en 1839, que mandaba a Carlos María Isidro al exilio. Para poner fin a la guerra, Espartero y Maroto aceptaron mantener los fueros e integrar a los oficiales y jefes del ejército carlista en la estructura del español, aunque Espartero, una vez en el poder, incumplirá el pacto. Se calcula que en la primera guerra carlista pudieron morir unas doscientas mil personas, aproximadamente. La brutalidad y crueldad de esta contienda, provocó la intervención británica para que se firmara un convenio que regulase la guerra, conocido como el Convenio de Lord Eliot, en honor al diplomático Sir Edward Eliot que lo impulsó. Este acuerdo pretendía el respeto de la vida e integridad de los prisioneros y regulaba el intercambio de los mismos, pero, aun así, la primera guerra carlista fue una guerra muy cruel y muy costosa[13] para toda España, que vio su desarrollo económico paralizado, quedando atrás en un momento en que los países europeos desarrollaban y modernizaban sus economías. Además, miles de personas[14] fueron ejecutadas o murieron en exilio y represión tras la guerra. Fue un conflicto devastador que dejó a España debilitada y dividida. En España, no fueron los ingenieros, los inventores y los capitalistas los héroes, sino los militares, que en continuos pronunciamientos se elevaron como garantes de las políticas de gobierno.

La segunda guerra carlista 1846-1849, que tuvo lugar exclusivamente en Cataluña, y esporádicamente en algunas zonas del Maestrazgo y Navarra, fue más breve y menos costosa que la primera, pero dejó huellas perenes en Cataluña, donde se la conoce como la Guerra dels Matiners (Guerra de los Madrugadores), debido a la rapidez con la que se iniciaban los ataques guerrilleros por la mañana. Las causas de esta segunda guerra carlista hay que buscarlas en la sensación que el campesinado catalán tenía de sufrir lo que ellos consideraban como gran presión fiscal y un aumento del liberalismo centralista. Se consideraba que el sistema foral había sido desmantelado parcialmente tras la primera guerra carlista y el anticlericalismo del gobierno liberal enfurecía a sectores religiosos y conservadores. Aunque la segunda guerra carlista fue un conflicto limitado y regional en comparación con la primera, reflejó el malestar rural y tradicionalista en Cataluña frente a las políticas liberales del gobierno central.

Fuerzas centrifugas y centrípetas siguieron actuando sobre España. Si las guerras carlistas debilitaban el poder del centro, la política internacional trataba de fortalecerlo. En este contexto hay que ver por ejemplo la llamada Guerra de África[15] 1859-1860 y la Guerra del Pacífico 1864-1866. La primera fue exitosa y, al menos dentro de España, se consideraron como un gran logro nacional. La Guerra de Marruecos fue un conflicto entre España y el Sultanato de Marruecos que tuvo lugar entre octubre de 1859 y abril de 1860. Las posesiones de España en el norte de África, Ceuta y Melilla, eran continuamente atacadas por grupos armados marroquíes. En 1859 el gobierno de la Unión Liberal, presidido por su líder el general Leopoldo O’Donnell, presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, bajo el reinado de Isabel II, firmó un acuerdo diplomático con el sultán de Marruecos que afectaba a las plazas de soberanía española de Melilla, Alhucemas ,Vélez de la Gomera y Ceuta. El Gobierno español decidió realizar obras de fortificación en torno a esta última ciudad, lo que fue considerado por Marruecos como una provocación.

Cuando en agosto de 1859 un grupo de rifeños atacó a un destacamento español que custodiaba las reparaciones en diversos fortines de Ceuta, O’Donnell exigió sin respuesta, al sultán de Marruecos, un castigo ejemplar para los agresores. Se presentaba una oportunidad para España de seguir el ejemplo de otras potencias europeas como Francia y Gran Bretaña, que expandían su poder por África. Esta campaña resultó contar la completa aprobación popular y un buen respaldo político. La guerra contó como era de esperar con el apoyo de Isabel II y de amplios sectores de la sociedad española, que la veían como una oportunidad para demostrar el poderío militar del país.

No hubo problemas para reclutar soldados en Cataluña y Navarra y el general Leopoldo O’Donnell, se puso al mando de un ejército de 38.000 soldados, para personalmente dirigir la ofensiva contra Marruecos. Las fuerzas españolas incluían tropas regulares, voluntarios catalanes y tropas procedentes de Cuba y Filipinas.

En la batalla de Castillejos, bajo el mando del general Prim, las tropas españolas avanzaron con éxito, derrotando a los marroquíes y el 23 de marzo de 1860 en la batalla de Wad-Ras, se aseguró la victoria definitiva de España. Llegando las tropas hasta Tetuán y finalmente a Tánger. Marruecos reconoció la victoria española y firmó la paz. Como compensación, España obtuvo el Sidi Ifni, además de una indemnización de 20 millones de duros, aunque el conflicto costó mucho dinero y la indemnización marroquí no compensó los gastos.

La guerra alimentó el patriotismo español, que nunca, ni antes ni después, estuvo tan al alza. A este efecto centrípeto hay que añadir tres acciones pensadas para vertebrar el estado español y permitir el surgimiento de una nación española. Estas fueron en este orden:

La Guardia Civil, que fue creada el 13 de mayo de 1844 por orden del gobierno del Regente Baldomero Espartero, aunque su desarrollo y consolidación fueron impulsados por el ministro de la Guerra, Ramón María Narváez, durante el reinado de Isabel II. La creación de la Guardia Civil se debía a que, a principios del siglo XIX, España sufría inseguridad y bandolerismo, especialmente en las zonas rurales y en los caminos. Hasta entonces, el orden público dependía de milicias locales y del ejército, lo que era ineficaz. Por ello, se decidió crear un cuerpo de seguridad de ámbito nacional.

Con la Ley General de Ferrocarriles de 1855 el gobierno de Isabel II trató de impulsar la red de ferrocarriles en España que, habiendo comenzado con la línea Mataró-Barcelona, en 1848, solo había llegado a construirse 300 kilómetros hasta la aprobación de la ley, pero que en 1866 pasó a tener una extensión de 5000 kilómetros. Ya en 1844, España había adoptado un ancho de vía de 1.668 mm, distinto del estándar europeo de 1.435 mm., queriendo así asegurar la defensa y seguridad del país.

La primera escuela nacional obligatoria en España se estableció con la Ley Moyano de 1857, que fue la primera gran ley educativa en el país. Antes de la Ley Moyano, la educación en España era muy limitada, con escuelas locales sin una regulación clara y gestionadas principalmente por la Iglesia. La necesidad de modernizar la enseñanza llevó al gobierno de Isabel II a impulsar esta ley.

la peseta, que fue creada como la moneda oficial de España el 19 de octubre de 1868, durante el gobierno provisional que surgió tras la Revolución de 1868, que derrocó a Isabel II. España necesitaba un sistema monetario unificado y moderno, ya que hasta entonces coexistían diversas monedas como reales, escudos y maravedíes.

La Guardia Civil, el ferrocarril, la escuela obligatoria y la peseta, quedaba España preparada para pasar de ser una entidad territorial fragmentada a una unidad nacional de corte francés o sueco. Pero no se contó con un, en sus comienzos, débil movimiento cultural que, llegado el día, se transformaría en movimientos políticos que actuarían con una inusitada fuerza centrífuga, y todo comenzó en Madrid.

Acaba aquí la primera parte de mis elucubraciones sobre la historia de España desde la perspectiva de fuerzas de unión y desunión. Continuará.


[1] https://construyendotarteso.com/en/cancho-roano

[2] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/fundacion-cadiz-por-fenicios-primera-ciudad-occidente_6853

[3] Los habitantes de un área comprendiendo la Cataluña francesa (el Rosellón), Cataluña al

sur del Pirineo, una franja de Aragón, más o menos cerrada por el meridiano de Zaragoza, todo el País Valenciano y la región de Murcia (comprendiendo el extremo de la Mancha, que hoy corresponde a la provincia de Albacete. Ver M. Tarradell: «Primeras Culturas». Historia de España. Barcelona , 1980.

[4] «Se llaman celtas a los pueblos que habitan cerca de Massalia, en el interior del país, cerca de los Alpes y a este lado de los Pirineos. A los que están establecidos encima de la Céltica en las partes que se extienden hacia el norte, por toda la costa del Océano bordeando los montes Hercinianos, y a todos los pueblos que se extienden desde allí hasta la Escitia, se les conoce como galos. Sin embargo, los romanos, que incluyen a todos los pueblos bajo una denominación común, los llaman a todos ellos galos. […]» «Habiendo hablado con detenimiento suficiente de los celtas, cambiaremos nuestra narración a los celtíberos, sus vecinos. En otros tiempos estos dos pueblos, los iberos y los celtas, guerreaban entre sí por la posesión de la tierra, pero cuando más tarde arreglaron sus diferencias y se asentaron conjuntamente en la misma, y acordaron matrimonios mixtos entre sí, recibieron la apelación mencionada.» (Diodoro Sículo: Biblioteca Histórica V, 32, 1 y V, 33, 1)

[5] «En efecto, de acuerdo con la opinión de los antiguos griegos, afirmo que, de la misma manera que a los pueblos conocidos de la parte septentrional se les llamaba con una denominación única, escitas –o nómadas, como hace Homero–, y después, al ser también conocidos los de la parte occidental se les llamaba celtas e iberos, o bien, combinadamente celtíberos y celtoescitas, con lo que por ignorancia se agrupaban las diferentes tribus bajo una única denominación, así también todas las regiones meridionales del lado del Océano se llamaban Etiopía.» (Estrabón: Geografía I, 2, 27)

[6] «No muy lejos de Castalon está también la montaña donde dicen que nace el Betis, que llaman Argéntea por las minas de plata que en ella se encuentran. Polibio sostiene que tanto el Anas como aquél nacen en Celtiberia, aunque distan entre sí unos novecientos estadios; porque los celtíberos, que habían acrecentado su territorio, dieron su propio nombre a todo el país vecino.» (Estrabón: Geografía III, 2, 11)

[7] https://www.cervantesvirtual.com/bib/historia/monarquia/visigodos.shtml

[8] Aunque podríamos decir que el territorio que ahora ocupa Francia quedó formado a partir del fin de la guerra de los cien años en 1453, no es hasta el siglo XVII que una dinastía tendría el control absoluto sobre el territorio. Aun así, las fronteras con los territorios alemanes quedaron permeables hasta 1945. En el caso de Suecia, en 1523 se formó la unidad territorial que llamamos Suecia, bajo una dinastía y una ley, aumentada en 1658 a costa de Dinamarca. pero esa unidad territorial quedo rota en 1809, con la perdida de una tercera parte del territorio, la actual Finlandia, que pasó a pertenecer a Rusia.

[9] https://archive.org/details/libermaiolichin00enrigoog/page/n5/mode/2up

[10] https://www.cervantesvirtual.com/obra/cronica-del-rei-en-jacme-manuscrit–0/

[11] El problema de la abolición de las tierras comunales fue también causa de revueltas en Suecia, aunque no llegaron a tener la magnitud que tuvieron en España. Las tierras comunales ofrecían la posibilidad de mantener una agricultura de subsistencia a familias que disponían de poco terreno cultivable y que podían llevar a su ganado a pastar al común y recoger leña etc. La abolición de las tierras comunales y su reparto entre los grandes propietarios obligó a miles de personas a abandonar el campo y nutrir las ciudades con mano de obra barata, una condición para el desarrollo de la revolución industrial.

[12] La liberalización de los oficios es otra de las bases del desarrollo de la revolución industrial, pero, inicialmente, significaba la perdida del monopolio de los gremios y, como consecuencia, la ruina de pequeños artesanos, que se veían a si mismos como víctimas de la competencia desleal de las fábricas.

[13] El estado se vio obligado a aumentar sus ingresos con reformas tributarias y territoriales, como la desamortización de Mendizábal, recursos que se tragaba la guerra y que no mejoraban la vida de los ciudadanos.

[14] Entre 150 000 y 200 000 personas murieron en el campo de batalla, fusilados o de resultas de heridas o enfermedades, y miles salieron al exilio.

[15]

Centésimo sexagésimo octavo paseo. Panta rhei.

Me he pasado la semana caminando sobre la nieve en Noruega. He seguido en parte el camino que Carlos XII de Suecia siguió después de dejar Lund el 11 de junio de 1718, para juntar una fuerza de ocupación que le permitiese atacar Kristiania, la actual Oslo, capital de Noruega, que entonces formaba parte de Dinamarca, la vecina y odiada, la hermana y principal enemiga de Suecia, desde la era vikinga. A Carlos XII no le fue bien la campaña, pues recibió un tiro en la cabeza que le atravesó las sienes, mientras contemplaba el asedio del fuerte Fredriksten, a eso de las nueve y media de la noche, el 30 de noviembre de 1718. El regreso lo hizo en lit de parade, llevado por sus soldados en retirada. Yo regresé en avión, desde un aeropuerto que lleva el nombre significativo de Scandinavian Montains Airport, donde suecos, noruegos y daneses se juntan para repartirse por las montañas y participar en toda clase de deportes de montaña. Todo cambia, panta rhei, todo fluye, como parece que dijo Heráclito, enfatizando que la realidad no es estática, sino que está en permanente transformación, como un rio en que no podemos sumergirnos dos veces, porque el agua ya no es la misma y nosotros tampoco. Todo está en constante cambio.  

Conectado como siempre a la radio, gracias a satélites y demás artilugios que me lo permiten, constato que, en la actualidad, la política global refleja precisamente este principio de cambio constante.

Gobiernos y liderazgos que antes parecían inamovibles están cambiando rápidamente. Ejemplos de ello tenemos en las transiciones políticas en América Latina, las crisis de liderazgo en Europa y los cambios de poder en EE.UU. La polarización y los movimientos sociales han demostrado que ninguna estructura política es completamente estable.

Aunque a muchos parece asombrarles, las ideas políticas no permanecen estáticas. Las demandas por justicia climática, derechos de las minorías y nuevas formas de democracia directa muestran que los sistemas políticos están en constante reconfiguración. La digitalización, de la que yo disfruto ampliamente, ha cambiado radicalmente la manera en que se comunican y se ejercen los procesos políticos. Redes sociales, inteligencia artificial y fake newso “verdades alternativas” han alterado la relación entre el poder y la ciudadanía. Esto refuerza la idea de que no hay un orden fijo, sino una evolución constante, como decía Heráclito, del discurso político y la forma de hacer política.

La guerra en Ucrania, el ascenso de China, los cambios en la OTAN y la reformulación de bloques políticos muestran que la geopolítica es fluida. Viejas alianzas están cambiando, y nuevas potencias emergen en el escenario global. Aunque queramos no podemos cerrar los ojos y pretender que Trump y Musk desaparecerán como si se tratasen de accesorios de una moda antiestética, como la de las hombreras anchas o os zapatos de plataforma, porque no hay un estado definitivo en la política. Cada evento, crisis o cambio de liderazgo es parte de un flujo constante. La estabilidad es solo aparente, y la única constante es el cambio. En este contexto, adaptabilidad y visión de futuro son esenciales para comprender y responder a la evolución política del mundo.

¿Qué es lo que está sucediendo en la política mundial? El discurso de Vance en la cumbre de seguridad de Múnich significa, sin duda, un cambio de ciclo. Aún no sabemos exactamente qué va a venir ahora, pero es evidente que algo ha terminado. En los últimos ochenta años, los Estado Unidos han corrido con la seguridad de Europa, y han permitido que los países europeos invirtiesen sus ganancias en el bienestar social de sus poblaciones, mientras el gran aliado del oeste corría con el gasto militar. En el juego de repartir ganancias, los gobiernos socialdemócratas podían ponerse medallas pronunciando grandilocuentes discursos de igualdad y justicia social. Las ganancias venían del libre comercio, que siempre favorecía los intereses de Europa y su industria, y provenían en gran medida del mercado americano y de la asimetría económica entre el norte y el sur. Lo que sucede ahora es que el mercado americano se blinda y la asimetría norte-sur no lo es tanto y las ganancias de Europa, por tanto, se resienten. Es tiempo de recortes y ahí, los socialdemócratas no están bien preparados para eso.

La mala memoria histórica de muchos medios de comunicación hace que se olvide que, la actitud protectora de los Estados Unidos frente a Europa, se ha debido al propio interés de los americanos de respaldar un mercado necesario para sus intereses, reforzando a la vez la frontera contra un enemigo potente, la antigua Unión Soviética. Eliminada la amenaza que el bloque comunista representaba, es lógico que la mirada de los Estados Unidos se vaya hacia Asia, donde China e India representan ambas amenazas más latentes, pero también posibilidades con más futuro de las que Europa puede hacer. Es más, en esta nueva realidad micropolítica y macroeconómica, Rusia puede muy bien ser vista como una posible aliada de los Estados Unidos, y no solo como una posible amenaza.

La guerra de Ucrania nos muestra este cambio en su total crudeza. Ni que decir tiene que aquí el agresor ha sido Rusia, que esgrime como razón su derecho a no sentirse encerrada entre fuerzas hostiles, considerando que, una Ucrania aliada a la OTAN y/o la UE, sería una amenaza para los intereses rusos. Como respuesta a esa agresión los países limítrofes como Polonia, los Países Bálticos, Finlandia o Rumania y, naturalmente, Suecia, por razones históricas y Noruega por tener frontera directa, se ven obligados a apoyar a Ucrania al menos económicamente, porque ninguno de estos países se atreve a mojarse militarmente, sin estar seguros de que el primo del oeste vendría en su ayuda.

Se olvida fácilmente que los países fronterizos con la antigua Unión Soviética encontraron una formula exitosa para convivir con la potencia comunista, cada uno a su manera. Finlandia con su finlandización, una forma de convivencia que implicaba vivir y dejar vivir, manteniendo su libertad pero declarando una neutralidad sui generis conservando su independencia y su sistema democrático, pero manteniendo una política exterior muy cuidadosa para no provocar a su poderoso vecino, lo que incluía no unirse a la OTAN ni a otros bloques militares occidentales, mantener buenas relaciones con la URSS y aceptar cierta influencia soviética en su política y, naturalmente, evitar acciones que pudieran percibirse como hostiles hacia Moscú.

Por su parte, Suecia mantenía una neutralidad aparente, que la permitía mantener relaciones con todo el mundo y, en ocasiones, actuar como una potencia mediadora, afiliada a los países no alineados, como Yugoslavia o la India. La Rumania de Nicolae Ceaușescu mantenía una propia línea con una postura independiente frente a la Unión Soviética, lo que le permitió, al menos en un principio, ganarse el favor de occidente. La posición de Ucrania desde que el presidente Volodomir Zelensky subió al poder en 2019 ha ido acercándose a la UE, tratando de liberarse del dominio que Rusia ejercía en la economía y la política del país. La relación siempre marcada por la ocupación de Rusia de Crimea y partes de las regiones de Donetsk y Lugansk en 2014.

Vestido con atuendos difusamente militares, el presidente ucraniano ha sabido utilizar los medios de comunicación para realizar campañas paralelas de sensibilización en todo el mundo, asistiendo personalmente o por la red a todas las grandes concentraciones de mandatarios europeos y todos los parlamentos, pidiendo ayuda y dinero para defender la independencia de su país. Hasta el momento, ha conseguido 132 000 millones de euros de la EU y 65 000 dólares de Estados Unidos. Recibiendo además armas de todo tipo y, lo que es imprescindible para mantener la guerra, información de los satélites americanos, que, en todo momento, mantienen a las fuerzas ucranianas informadas de todos los movimientos rusos.

Zelenski, un José Mota ucraniano[1], llegó al poder con un discurso contra la corrupción y con la promesa de mejorar la economía y las relaciones internacionales de Ucrania. Sin embargo, su mandato ha estado marcado principalmente por la invasión a gran escala de Rusia, que comenzó el 24 de febrero de 2022. Desde entonces, Zelensky ha sido una figura clave en la diplomacia internacional, presionando por sanciones contra Rusia y por más ayuda para Ucrania. Tras tres años de guerra, se enfrenta a grandes desafíos internos, como la fatiga de la población por la guerra, la corrupción y la situación económica. Quizás es en ese contexto que ahora está dispuesto a dimitir a cambio de la entrada de su país en la OTAN, o cualquier otra cosa.

Todo cambia, y el final de la historia no llegó, como vaticinaba Fukuyama tres años después de la caída del Muro de Berlín. Según él, el planeta se convertiría en un mercado único globalizado, acabando con las identidades nacionales, las fronteras y las diferencias culturales. Superado el modelo comunista, la democracia liberal occidental sería la forma definitiva de gobierno. Y regresaron paradójicamente los nacionalismos, y la libertad de mercados, que tan buen resultado había dado a algunos europeos durante mucho tiempo, se puso en entredichos.

Solía yo enseñar a mis estudiantes que, en Estados Unidos, el país más rico del mundo, había en 1980 40 millones de pobres, porque el sistema, no proporcionaba el sueño americano a todos sus ciudadanos, mientras se costeaban guerras y bases por todo el mundo. Pero todo cambia, y ahora una mayoría de americanos quiere que su estado invierta sus recursos en bien de su propio pueblo. Llamemos como queramos a esta nueva forma de concebir los deberes de un estado, pero no deberíamos tildarlo de antidemocrático. Si el pueblo ejerce su derecho al voto, hay que aceptarlo, aunque vaya en contra de nuestras preferencias políticas. Hay que aceptar a Zelensky y, de la misma manera, hay que aceptar a Trump, aunque no comulguemos con su política.

Tres años cumple hoy esa guerra, que comenzó como una expedición de castigo rusa a la díscola Ucrania y que se convirtió en un pulso entre el viejo occidente y Rusia, un pulso en el que pronto se hizo patente que estamos en un nuevo mundo en que China e India reclaman su derecho al poder político y económico del que antes gozaba occidente, liderado por Estados Unidos. Los que hemos leído la gran obra de Edward Gibbon, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, obra escrita en seis volúmenes curiosamente entre 1776 y 1789, entre la declaración de independencia de los Estados Unidos y el comienzo de la revolución francesa, sabemos que los imperios no perduran eternamente porque están  expuestos a un ciclo vital que conlleva, como todos los entes vivos, un nacimiento, un desarrollo y un paulatino deterioro que inevitablemente conduce a su ciada o muerte. En este deterioro entra la corrupción y la decadencia moral. Con el paso del tiempo, muchas élites imperiales se vuelven más interesadas en su propio bienestar que en el del imperio. Esto lleva a una administración ineficiente y al debilitamiento de las instituciones, su administración se vuelve más compleja y costosa, lo que puede hacer que colapsen bajo su propio peso. Me parece que se lo hemos oído a Musk ¿verdad? Cuando la riqueza se concentra en pocas manos y las clases bajas sufren, aumentan las revueltas y la inestabilidad interna. Me parece que se lo he oído a Trump ¿no es así? Y es que estos dos señores se han leído también a Gibbon, pero parece que no se dan cuenta que ellos mismos, como parte de esa élite, son parte del problema.

No estoy diciendo que dejemos que los acontecimientos ocurran como tengan que ocurrir. Yo no soy determinista, pero me gustaría que la gente tuviera más conciencia histórica. A los que dicen que deberíamos gastar más en defensa, les digo que traten de memorizar lo que ocurrió en 1870, 1914, 1939, tras periodos de mucho gasto en defensa y armamento exagerado por parte de todos: terminó en guerras, matanzas, genocidios. El armamento es una mala receta que solo sirve para que las industrias del ramo se hagan ricas y unas cuantas familias. Nadie ha conseguido la paz armándose hasta los dientes, porque las armas, si se tienen, se emplean tarde o temprano.

La filosofía de Heráclito nos ayuda a entender que no hay un estado definitivo en la política. Cada evento, crisis o cambio de liderazgo es parte de un flujo constante. La estabilidad es solo aparente, y la única constante es el cambio. En este contexto, adaptabilidad y visión de futuro son esenciales para comprender y responder a la evolución política del mundo. Las ideas políticas no permanecen estáticas. Las demandas por justicia climática, derechos de las minorías y nuevas formas de democracia directa muestran que los sistemas políticos están en constante reconfiguración. En muchos países, vemos el auge del populismo, pero también un resurgimiento del liberalismo y de nuevas formas de socialdemocracia, lo que demuestra que las corrientes políticas son dinámicas. Como todo cambia, contribuyamos nosotros a un cambio para mejor con nuestro trabajo, hasta construir un mundo más justo y más libre.


[1] La comparación no es baladí.  A finales de los años 90, Zelenski se hizo famoso como líder del grupo de comedia Kvartal 95, que participaba en el programa ruso KVN, un famoso concurso de humor en la ex URSS.

Luego, convirtió Kvartal 95 en una exitosa productora de televisión y cine y protagonizó varias películas de comedia romántica populares en Ucrania y Rusia, como 8 primeras citas (2012). En 2015, Zelenski protagonizó la serie Servant of the People (Слуга народу), donde interpretaba a un profesor de historia que se volvía presidente tras volverse viral con un discurso contra la corrupción. La serie fue un éxito rotundo y le dio una imagen de líder honesto y cercano al pueblo. En 2018, Zelenski sorprendió al anunciar su candidatura presidencial con el partido Servant of the People, que llevaba el mismo nombre de su serie. Con una campaña poco convencional, basada en redes sociales y evitando los debates tradicionales. Gracias a su imagen de “outsider” y su discurso anticorrupción, ganó con el 73% de los votos en 2019. De esta manera, pasó de interpretar a un presidente en la televisión a convertirse en el líder real de Ucrania en uno de los momentos más difíciles de su historia.

Centésimo sexagésimo séptimo paseo. Paseando con Newton.

Salgo a pasear con la cabeza llena de noticias, que estos días parecen agolparse en los periódicos y todos los medios de comunicación que consulto por las mañanas. Las noticias son tantas y tan preocupantes que parece mismamente que estamos llegando al fin del mundo. En mi paseo, no veo signos de nada preocupante, al menos a simple vista. ¿Deberíamos quizás tomar mas en serio las profecías alarmistas? Si nuestra respuesta fuera afirmativa, ¿qué podríamos hacer como individuos para evitar la catástrofe?

Mi viene a la memoria un viaje en coche desde la ciudad polaca de Bydgoszcz hasta Lund. Fue al final de un largo viaje que me llevó en primer lugar desde Lund a París a una conferencia, para seguir hasta Barcelona, donde pasé algunas semanas penetrando el Archivo de la Corona de Aragón. Estando allí recibí una propuesta para presentar una ponencia sobre los microestados en Polonia, en la ciudad de Bydgoszcz y hasta allí me encaminé, viajero incansable en aquellos tiempos. Corría el año 1990. La conferencia trataba de las naciones sin estado y en ella participaba un grupo heterogéneo de investigadores, historiadores, sociólogos y etnólogos que trataban de adoptar diversos enfoques para analizar el pasado, presente y futuro de las naciones que carecían de un estado propio.

Juntos tratábamos de comparar casos de naciones sin estado en diferentes regiones y épocas para identificar patrones comunes, e investigar cómo se han construido y transmitido las identidades nacionales sin un estado propio. En Polonia, los casubios de Casubia,  Kaszëbskô en polaco, son los descendientes directos de la antigua tribu eslava de los pomeranios, hoy día ubicados principalmente en el voivodato polaco de Gdańsk y sus alrededores. Estaban representados, además de los casubios, vascos, flamencos, corsos, galeses, pero, curiosamente, ningún catalán.

No es el lugar de discutir la conferencia en sí, o el propio concepto de “naciones sin estado”, aun menos de meterme en el escurridizo debate sobre la esencia de la nación. Lo que yo quería explicar hoy es otra cosa. Fue en el viaje de vuelta, con un participante sueco, investigador en el centro “Institutet för Framtidsforskning” (Instituto de estudios del futuro), que me acompañaba en el coche hasta Lund, para después seguir su viaje hasta Uppsala. Como os podéis imaginar, el viaje, por carreteras mucho peores que las actuales, nos dio tiempo a discutir a fondo algunas cosas. Yo estaba sobre todo muy interesado en el propio estudio del futuro. ¿Se puede estudiar el futuro? – decía yo, un poco en broma, para ver que contestaba. Y, claro que me dio muchas respuestas, pero aún hoy, no estoy seguro de que el futuro se pueda estudiar.

El Instituto de estudios del futuro (Institutet för Framtidsstudier) existe para analizar y anticipar desafíos sociales, económicos, políticos y ambientales a largo plazo. La razón principal es proporcionar una base de conocimiento que ayude en la toma de decisiones estratégicas y en la formulación de políticas públicas bien informadas. Suecia tiene una cultura política orientada a la sostenibilidad y la planificación del futuro, especialmente en áreas como el bienestar social, la economía y el medio ambiente. El enfoque del instituto es interdisciplinario, integrando perspectivas de la sociología, economía, filosofía y ciencia política.

Yo me preguntaba hace 35 años, y me sigo preguntando hoy, si ha sido posible predecir alguno de los escenarios en que nos encontramos hoy. Estudiando los resultados de sus investigaciones, veo que, desde 1990, el instituto ha abordado temas como el envejecimiento poblacional, la digitalización y el cambio climático, y ha proporcionado análisis que han ayudado a preparar a la sociedad sueca para estos desafíos. Por ejemplo, sus investigaciones sobre el envejecimiento de la población han contribuido al desarrollo de políticas de bienestar social adaptadas a una sociedad con mayor proporción de personas mayores. La prospectiva del instituto se centra en explorar posibles futuros y preparar estrategias para afrontarlos, más que en predecir eventos específicos con certeza. Por lo tanto, el éxito del instituto se mide más por su capacidad para influir en la planificación y la toma de decisiones informadas que por la precisión de predicciones puntuales.

Caminando hoy entre arboles escarchados pienso que hay una gran diferencia entre explorar posibles futuros a partir de datos y predecir resultados específicos. Por eso, hay quien encuadra las actividades de Donald Trump y Elon Musk en una perspectiva escatológica, prediciendo la muerte de la democracia occidental y hasta el fin del mundo. Y, claro está, nada nuevo bajo el sol, esto ya ha ocurrido muchas veces y siempre ha habido alguien que ha querido reconocer antiguas profecías o construir nuevas para explicar lo que parece ser un proceso catastrófico sin retorno.

Ante la estatua de Lineo, junto a la biblioteca municipal, pensó en un “casi” coetáneo suyo, Isaac Newton. Aunque Newton murió 1727, cuando Linné tenía solo 20 años, por cierto, el año en que Lineo comenzó sus estudios en la universidad de Lund, ambos contribuyeron significativamente al desarrollo de la ciencia moderna. Se puede decir que Lineo creció en un mundo influenciado por las ideas de Newton, especialmente en cuanto al enfoque racional y sistemático de la ciencia. Lo que no sabe todo el mundo es que Newton, además de científico era profundamente religioso y, otra de sus facetas era la de dedicar gran parte de su tiempo libre al estudio de la alquimia, la creencia medieval de que los metales podían convertirse en oro. Newton tenía también un gran interés en el ocultismo y en el apocalipsis bíblico.

De hecho, en algunos escritos privados de especulación que probablemente no estaban destinados a ser vistos públicamente, Newton intentó predecir el fin del mundo basándose en su comprensión protestante de la Biblia y en los eventos que la siguieron. En uno de sus intentos, escrito en un fragmento de carta junto a cálculos matemáticos reales, Newton aparentemente hizo referencia al año 2060:

Prop. 1. Los 2300 días proféticos no comenzaron antes del surgimiento del pequeño cuerno del macho cabrío.

2. Esos días no comenzaron después de la destrucción de Jerusalén y el Templo por los romanos en el año 70 d.C.

3. El tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo no comenzaron antes del año 800, cuando comenzó la supremacía de los Papas.

4. No comenzaron después del reinado de Gregorio VII en 1084.

5. Los 1290 días no comenzaron antes del año 842.

6. No comenzaron después del reinado del Papa Gregorio VII en 1084.

7. La diferencia entre los 1290 y 1335 días son partes de las siete semanas.

Por lo tanto, los 2300 años no terminan antes del año 2132 ni después de 2370. El tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo no terminan antes de 2060 ni después de 2344. Los 1290 días no terminan antes de 2090 ni después de 2374.

Newton creía en las visiones apocalípticas de la Biblia, donde ocurriría una batalla de Armagedón entre “Gog y Magog” al final de los tiempos. Probablemente, él mismo fue responsable de hablar sobre el “surgimiento del pequeño cuerno del macho cabrío” y de dejar sus notas por ahí. Sin embargo, cabe señalar que no estaba prediciendo el fin del mundo en 2060, sino más bien el fin de una era. Newton estaba convencido de que Cristo regresaría alrededor de esta fecha y establecería un Reino global de paz:

“Entonces, el tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo son 42 meses o 1260 días o tres años y medio, contando doce meses por año y 30 días por mes como se hacía en el calendario del año primitivo. Y si los días de las bestias de corta vida se consideran como años de reinos de larga duración, el período de 1260 días, si se cuenta desde la conquista completa de los tres reyes en el año 800 d.C., terminará en el año 2060 d.C. Puede terminar más tarde, pero no veo ninguna razón para que termine antes.”

“Menciono esto no para afirmar cuándo será el fin, sino para detener las conjeturas precipitadas de hombres fantasiosos que frecuentemente predicen el momento del fin y, al hacerlo, desacreditan las profecías sagradas cada vez que sus predicciones fallan”.

En consecuencia, determinó el año 800 d.C. como la fecha en que formalmente comenzó el abandono de la iglesia, el año en que se fundó el Sacro Imperio Romano. Luego calculó que el mundo se “reiniciaría” 1260 años después de su fundación.

Pensando, pensando, llego a la conclusión de que, aunque no entiendo muy bien las operaciones matemáticas de Isaac Newton, comparto perfectamente su idea de que no estamos ante un fin del mundo, sino ante un cambio de era. Volviendo al Instituto de estudios del futuro, una de las grandes incógnitas de nuestro tiempo es el futuro de la democracia.  El desarrollo político de los últimos treinta años y los problemas ambientales globales a los que se enfrenta actualmente la humanidad nos obligan a plantearnos preguntas sobre el alcance y los límites del gobierno democrático y sus fundamentos de valor. ¿Qué decisiones deben tomarse democráticamente? ¿Su dominio se limita solo a los estados nacionales o debería aplicarse también a estados supranacionales o quizás incluso a nivel global? ¿Puede el gobierno democrático aplicarse a entidades no geográficas como instituciones internacionales y empresas? ¿Pueden los intereses de las generaciones futuras estar mejor representados en el orden democrático actual? La pregunta central que atraviesa todas estas cuestiones es: ¿Quién debería tener derecho a participar en qué procesos de toma de decisiones? Con estas preguntas resonando en mi cabeza, llego a casa dispuesto a escribir la entrada de hoy. Del pasado conocemos algo, del presente muy poco, respecto al futuro, solo tenemos preguntas. Tratemos de entender el presente, analicemos la historia y preparémonos de la mejor manera ante un futuro incierto.

Centésimo sexagésimo sexto paseo. Historias de amor el día de los corazones.

Vengo de dar un paseo de esos que me hacen pensar que somos unos privilegiados. Todos los humanos lo somos, por la sencilla razón de que podemos disfrutar de la belleza y, como no, en un día como hoy, del amor. Y es que creo que el amor es el mayor regalo que ha recibido la humanidad; esa silenciosa promesa de esperanza cuando todo lo demás parece perdido. El amor no conoce fronteras, no siente obstáculos; fluye libremente, como el viento entre los árboles, como el sol sobre el mar.

Es el amor el que hace que nuestro corazón lata un poco más rápido cuando cruzamos la mirada con alguien a quien queremos. Es el que nos sostiene cuando el mundo a nuestro alrededor se desmorona, el que nos une cuando todo lo demás se deshace. En el amor hay perdón, comprensión y consuelo. Nos enseña a ver la belleza en lo roto, a abrazar lo imperfecto y a atrevernos a soñar con algo más grande que nosotros mismos.

Y, cuando parece que todo está dicho y hecho, cuando las palabras han callado y los días se han convertido en recuerdos, es el amor lo que recordamos. Las palabras amables, los abrazos cálidos, las despedidas llenas de lágrimas y los reencuentros radiantes. El amor es eterno, es la vida misma, y sin él estaríamos perdidos. Así que, amigo: aférrate al amor. Cuídalo, protégelo y compártelo. Porque al final, es lo que nos hace humanos, lo que nos recuerda por qué estamos aquí, que es para amar y ser amados.

Un día como hoy es fácil recordar leyendas de amores literarios y otros, más o menos históricos: Isabel de Segura y Diego Martínez de Marcilla, Tristán e Isolda, Cleopatra y Marco Antonio. Desgraciadamente parece como si las historias de amor imposible o trágico sean las que mejor recordamos, cuando el amor es vida y felicidad.

Hoy pase ante la tumba de John Madigan, en el cementerio de Klosterkyrkan, en el centro de Lund. Al pasar junto a la discreta lápida, pensé que aquí tenía el relato del día. Johan Madigan provenía de una familia de circo estadounidense, pero durante la mayor parte de su vida trabajó como artista de circo en Escandinavia. Madigan dirigía junto con su pareja y luego esposa, Laura, su propio circo. Ambos eran jinetes acróbatas. La hijastra de Madigan, Elvira, hija de Laura en su primer matrimonio, alcanzó gran éxito como funambulista. Cuando el Circo Madigan visitó la ciudad de Kristianstad, un tal teniente Sixten Sparre estaba entre el público y se enamoró perdidamente de la joven artista y aquí comienza la historia.

Elvira Madigan, nacida 1867 en Flensburg perteneciente a Schleswig-Holstein, entonces parte de Prusia, era como gran parte de los habitantes de esa región, de etnia danesa. Su nombre de pila era Hedvig Antoinette Isabella Eleonore Jensen en 1867 su padre carnal, también artista de circo, desapareció de su vida muy pronto. Elvira comenzó muy joven a trabajar en el circo de sus padres y se la conocía por su destreza como funambulista. Tenía el equilibrio de una gacela y la gracia de una bailarina, decían los periódicos de la época, y caminaba sobre la cuerda floja con la ligereza de un suspiro. Yo, mirando las fotografías, veo a una chica radiante de salud y fuerza, una verdadera valquiria.

Sixten Sparre nació el 27 de septiembre de 1854 en Malmö, en el seno de una familia noble. Pertenecía a la aristocracia sueca, lo que le otorgó un estatus social elevado desde su nacimiento. Fue criado en un ambiente de privilegio, con acceso a una educación esmerada y a los círculos culturales de la élite. Siguiendo la tradición de su linaje, Sparre siguió la carrera militar. Se alistó en el regimiento de caballería Kronoberg (Kronobergs regemente) y alcanzó el rango de teniente. Era un oficial elegante y de buenos modales, conocido por su buena planta. Sin embargo, a pesar de su posición y rango, nunca destacó como un militar sobresaliente. Su interés en el ejército parecía ser más una obligación social que una verdadera vocación. A el lo que le gustaba era el juego y las juergas, y se dedicó también a la escritura, tanto en forma de poesía como de artículos periodísticos. Publicaba en periódicos locales y era conocido en los círculos literarios por sus versos melancólicos y románticos, llenos de nostalgia y reflexiones sobre el amor y la muerte. Un lado artístico que revela un carácter soñador, en conflicto con las rígidas expectativas de su ocupación y de su clase social.

Sparre se casó muy joven con Luitgard Adlercreutz, una mujer de buena familia, aristócrata como el, y tuvieron dos hijos. Sin embargo, detrás de la fachada de una vida acomodada, Sixten luchaba con graves problemas financieros. Se sabe que había dilapidado gran parte de su fortuna en un estilo de vida extravagante y en deudas de juego. En el momento en que conoció a Elvira, estaba profundamente endeudado y enfrentando una creciente presión económica. Los acreedores le seguían a todas partes.

Sixten conoció a Elvira Madigan cuando asistió a una presentación del Circo Madigan en Kristianstad. Ella era joven, bella y lo cautivó de inmediato. Sixten comenzó a escribirle cartas de amor apasionadas, alimentando una relación epistolar clandestina, haciendola creer que estaba divorciado y económicamente estable, cuando en realidad su vida se desmoronaba. Con el tiempo Elvira se aburrió de la relación por correspondencia e intentó varias veces terminarla. Sin embargo, Sparre se mantuvo firme en su propósito e intentó convencerla de que abandonara a su familia y el circo para casarse con él. Al fin la convenció de huir juntos, dejando él atrás su carrera militar, a su esposa y a sus hijos. Según una carta que la madre de Elvira escribió más tarde al periódico danés Politiken, Sparre habría amenazado con dispararse si Elvira no accedía a sus deseos.

El 28 de mayo de 1889, Elvira abandonó su vida en el circo, cuando este estaba en la ciudad de Sundsvall, y huyó con Sixten. La pareja cruzó Suecia de norte a sur y se trasladó a Dinamarca, alojándose siempre en posadas modestas, presentándose como un matrimonio normal. Pero, como era de esperar, el poco dinero que llevaba Sparre, se agotó rápidamente, y, desesperado y sin opciones, tomó la decisión final. El 19 de julio de 1889, en un claro del bosque Nørreskov en la isla de Tåsinge, Dinamarca, Sixten disparó primero a Elvira y luego se suicidó. Ambos fueron encontrados bajo los árboles, unidos en la muerte. La pistola que usó era su arma de servicio.

La sociedad de la época condenó el acto, viéndolo como un egoísmo despiadado y un escándalo moral. Sin embargo, con el tiempo, su historia fue idealizada como una trágica leyenda romántica. La película sueca Elvira Madigan (1967) consolidó esta versión romántica, aunque alejada de la realidad. Históricamente, Sixten Sparre ha sido visto de maneras contradictorias, dependiendo de los usos y creencias de la sociedad en el momento, a veces como un poeta romántico víctima de sus pasiones, y a veces como un hombre egoísta que destruyó varias vidas, incluida la suya. Lo cierto es que fue un ser complejo, atrapado entre sus sueños y las duras realidades de su tiempo. Hoy se le tildaría de feminicida y el acto sería considerado como violencia de género.

Sparre puede muy bien haberse sentido inspirado por el archiduque austriaco Rodolfo de Habsburgo en el caso Meyerling, el gran escándalo de la época que tuvo lugar en enero del mismo año. Rodolfo era el único hijo varón del emperador Francisco José I y de la emperatriz Isabel de Baviera, conocida popularmente como Sissi. Como heredero del trono, se esperaba que continuara la línea conservadora de su padre, pero Rodolfo era liberal, culto y crítico del autoritarismo del imperio.

Rodolfo tenía 31 años en 1889 y estaba Casado con la princesa Estefanía de Bélgica, aunque el matrimonio era infeliz y distante, y él llevaba una vida marcada por las relaciones amorosas extramaritales, problemas de salud, que según se cree, se debían a que sufría sífilis, y, encima de todo eso, una creciente depresión. Rodolfo conoció a la baronesa María Vetsera, de tan solo 17 años, que provenía de una familia de la baja nobleza. Era joven, bella y se enamoró profundamente del archiduque, con quien mantenía una relación secreta. Se dice de ella que idealizaba el amor romántico hasta el punto de la autodestrucción.

El 30 de enero de 1889, los cuerpos de Rodolfo y María fueron encontrados en Mayerling, el pabellón de caza del archiduque. Ambos habían muerto de disparos, según la versión oficial inicial a causa de un accidente, pero rápidamente se habló de suicidio. Y, siguieron circulando diferentes versiones, entre las que se encontraba el asesinato de ambos por terceros. El imperio austrohúngaro trató de encubrir el escándalo, ya que el suicidio era un estigma social y religioso. Se ordenó destruir cartas y diarios, y la escena del crimen fue manipulada. María fue enterrada en secreto, mientras que Rodolfo recibió un funeral de Estado después de que el Papa emitiera una dispensa especial, justificando que habría actuado en un momento de locura. Este escandalo era bien conocido en todo el mundo y, yo me permito lanzar la hipótesis de que Sparre puede haberse sentido inspirado en los sucesos de Meyerling. Una hipótesis, nacida tras la exhumación de su cadáver en 1954, parece mostrar que ella no recibió ningún balazo, y los documentos que existen en el Vaticano, muestran que solo se disparó una bala, la que mató a Rodolfo. A partir de esos datos, hay un relato sobre si la muerte de María fue debida a un aborto y que Roberto, se suicidó tras la muerte de su amante.

Carta de despedida de Maria von Vetsera a su madre:

“Querida madre,

Por favor, perdóname por lo que he hecho.

No pude resistirme al amor.

De acuerdo con Él, quiero ser enterrada junto a Él en el cementerio de Alland.

Soy más feliz en la muerte que en la vida.”

Fotografía de María von Vetsera

Centésimo sexagésimo quinto paseo. El alto precio de un beso.

Releí ayer tarde unos bellos poemas de Gabriela Mistral y ahora, cuando paseo esta mañana ventosa, me vienen a la mente algunas estrofas, que ella dedica al beso, ese acto tan intimo entre dos personas, ese vínculo emocional y físico:

Hay besos problemáticos que encierran

una clave que nadie ha descifrado,

hay besos que engendran la tragedia

cuantas rosas en broche han deshojado.

Una relación puede cambiar de carácter en un instante, de la amistad al amor apasionado o, del apoyo mutuo y confianza, al odio mas recalcitrante, todo esto en un segundo y todo por un beso. ¿Qué es un beso? Creo que ya habrá algún lector que crea saber a dónde quiero llegar. He leído los periódicos y en casi todos leo sobre un juicio sobre un famoso beso.

Algunos investigadores creen que el beso proviene de un comportamiento instintivo relacionado con la alimentación. En muchas especies de primates, las madres mastican la comida y la pasan boca a boca a sus crías. Además, el beso tiene una función biológica en la selección de pareja. Se ha demostrado que la saliva contiene información sobre la compatibilidad genética, y el beso permite evaluar inconscientemente la idoneidad de una pareja a través del olfato y el gusto.[1]

Hasta ahora se creía que las primeras referencias al beso aparecieron en textos védicos de la India, hace 3500 años, donde se describe el beso como un gesto de afecto, en el relato de un padre besando a su hijo recién nacido tres veces en la frente. En Mesopotamia, los sumerios mencionaban besos en sus textos religiosos. Últimamente, expertos daneses han encontrado esta primera evidencia en textos cuneiformes en tablillas de barro con más de 1000 de anterioridad, pertenecientes a las culturas nacidas entre el Éufrates y el Tigris.[2] En la Grecia clásica, el beso tenía connotaciones tanto afectivas como sociales.

Los romanos distinguían los besos de amor con tres nombres diferentes. Cada beso tenía un significado único según el propósito y las circunstancias. El más común de los tres era el osculum, equivalente al beso de boca cerrada que en inglés se conoce como angel kiss (beso de ángel). El segundo beso se llamaba savium, y proviene del latín suavis, que significa dulce o suave. El savium representaba el beso más íntimo y apasionado que una pareja podía compartir, conocido en tiempos modernos como el beso francés. El tercer beso se llamaba basium, del cual se deriva el término moderno bacio, comúnmente utilizado en el italiano estándar de hoy. Con el tiempo, se convirtió en el término que los romanos usaban para referirse a cualquier tipo de beso, ya fuera para mostrar afecto a sus hijos o para compartir intimidad con su pareja.

De los tres, el osculum era sin duda el más curioso. Este tipo de beso de labios a labios tenía además otra peculiaridad sorprendente, totalmente alejada del romance. En la antigua Roma, una mujer tenía la obligación diaria de besar a su esposo en la boca. Más aún, también estaba obligada a besar a sus parientes varones, así como a los hermanos y primos de su esposo. Esta expectativa estaba dictada por el llamado “ius osculi” o “derecho al beso”. Este derecho se remonta, según la leyenda, hasta el mismo Rómulo y continuó hasta el período imperial. Este beso era un acto de control de alcalemia, ya que el aliento de la mujer podía delatar si ella había bebido vino, cosa que les estaba prohibida a toda dama casta.

Como muestra de afecto y como ceremonia social, el beso ha pasado por muchas fases desde la antigüedad a nuestros días, pero, sin lugar a dudas, sigue dando que hablar, sobre todo cuando se trata de besos no deseados o no consentidos, que pueden traer serias consecuencias.

¿Cuál es una pena apropiada por dar un beso no deseado? ¿Una multa, una temporada en la cárcel o, algo aún peor? Un caso muy sonado ocurrió en el Artichoke Public House, un bar de Londres, el 26 de diciembre de 1837.  Caroline Newton le mordió la nariz a un hombre llamado Thomas Saverland después de recibir un beso no deseado. Saverland afirmó ante el juez que Newton le había atacado después de que él hiciera una broma sobre que su hermana era más bonita que ella. Saverland presentó cargos contra ella. Sin embargo, cuando localizaron a Newton, ella afirmó que Saverland había intentado besarla repetidamente y, cuando ella lo rechazó, él se volvió violento. Newton dijo que los dos habían peleado y que le había mordido la nariz en un acto de autodefensa. El jurado absolvió a Newton y el presidente del tribunal que supervisaba el juicio le dijo al jurado:

“Caballeros, mi opinión es que, si un hombre intenta besar a una mujer contra su voluntad, ella tiene todo el derecho de morderle la nariz, si así lo desea.”

Esta declaración, conocida más tarde como la “Ley del Beso”, sentó bases legales para castigar el acoso callejero y el asalto en la Inglaterra del siglo XIX y creó un precedente para multar y encarcelar a hombres por “molestar a mujeres” y desató un debate sobre si el “no” realmente significa “no” cuando se trata de besos no deseados.[3]

Hay otros casos de besos con consecuencias, por ejemplo “The Kissing Case” que es uno de esos incidentes en los que un beso, mezclado con prejuicio racial, llevó a una grave injusticia en 1958. Los hechos sucedieron en Monroe, Carolina del Norte, donde James Hanover Thompson, de nueve años, y David Simpson, de siete años, dos niños negros, estaban jugando y se les acercó una niña blanca vecina, quien los besó a ambos en la mejilla.

La niña les contó a sus padres sobre el suceso y, motivados por el prejuicio, denunciaron el incidente como una violación a las autoridades. Thompson y Simpson fueron arrestados, acusados de abuso deshonesto, golpeados y detenidos en la cárcel durante seis días antes de que se les permitiera ver a sus familias. Tras un juicio, fueron sentenciados a permanecer en una escuela reformatoria hasta los 21 años: un castigo extremadamente severo para niños en edad preadolescente.

La noticia de su caso se difundió, y a instancias de Eleanor Roosevelt y la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color), el gobernador Luther Hodges de Carolina del Norte les otorgó el indulto después de que cumplieran tres meses de reformatorio, que les marcó de por vida. Ni los niños ni sus familias recibieron nunca una disculpa formal por parte del estado.[4]

Después tenemos esos besos que hacen época. El 22 de noviembre de 1968, la serie Star Trek presentó un beso interracial entre el capitán Kirk y la teniente Uhura, interpretados por William Shatner y Nichelle Nichols, respectivamente, que dejó una huella duradera en la cultura estadounidense. Esto ocurrió solo un año después de que la Corte Suprema dictaminara a favor de la legalidad de los matrimonios interraciales en el caso Loving v. Virginia[5], y Star Trek desafió así las normas de representación de la época.

Sin embargo, este beso revolucionario entre el capitán blanco y la teniente negra, casi no ocurre. Los productores temían que algunos espectadores del sur de Estados Unidos podrían protestar por el beso interracial. Por lo tanto, para el episodio, filmaron dos versiones del beso: una fuera de pantalla y otra en pantalla. Nichols recordó que ella y Shatner deliberadamente olvidaron sus líneas para que la cadena tuviera que elegir la toma original en pantalla.

El beso generó revuelo y rompió barreras, pero los ejecutivos nunca recibieron las quejas que esperaban. Nichelle Nichols contó al Archive of American Television que, en lugar de eso, Star Trek recibió la mayor cantidad de cartas de fans que jamás había recibido por un solo episodio, según informó NBC News. Filmado en medio del movimiento por los derechos civiles, este beso interracial, ambientado aproximadamente 300 años en el futuro, “sugería que habría un futuro donde estos problemas no serían tan relevantes”. [6]

Entre los besos más conocidos, está el beso fraternal socialista, y el más famoso de todos estos besos fraternales tuvo lugar el 4 de octubre de 1979, cuando el secretario general de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, y el líder soviético Leonid Brezhnev se reunieron para celebrar el 30 aniversario de la RDA. Alemania Oriental y la Unión Soviética acababan de firmar un acuerdo comercial de diez años para intercambiar maquinaria por combustible. Honecker y Brezhnev compartieron un beso apasionado y con la boca abierta, totalmente habitual entre los líderes comunistas de la época, hoy inmortalizado en un grafiti que muestra el beso y un texto que reza: “Mein Gott, hilf mir, diese tödliche Liebe zu überleben” (Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal).

Otro beso famoso, el más icónico a mi parecer, reproducido miles de veces en representación de una victoria señalada, es el beso que un marinero dio a una enfermera en la plaza de Times Square el 14 de agosto de 1945. En la plaza había dos fotógrafos que captaron la acción desde diferentes ángulos. Uno de ellos era el famoso fotógrafo Alfred Eisenstaedt, que tiene el copyright y el otro era un fotógrafo oficial de la marina americana, Victor Jorgensen, y su foto, al ser un empleado del estado, es de dominio público, y la podéis ver abajo. El caso es que, el beso fue robado. El marinero de 22 años, George Mendonsa, oriundo de Newport, Rhode Island, se abalanzó sobre la enfermera Greta Friedman, un año menor que él y, usando su fuerza física, la agarró y le plantó un beso en toda la boca.  “Ese hombre simplemente vino y me agarró. Era muy fuerte. Yo no lo estaba besando. Él me estaba besando a mí”, explicó Friedman en un programa de la CBS News en 2012.[7]

El entonces presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, besó en los labios a la futbolista Jenni Hermoso durante la celebración del Mundial femenino el domingo 23 de agosto. Ese breve acto, en plena celebración de haber conseguido un título histórico para España, generó una oleada de consecuencias inagotables y un profundo debate político y social en España sobre consentimiento sexual, sexismo y abuso de poder. No estaba el horno para bollos, y a Rubiales se le cayó el pelo, permítaseme la broma, siendo yo también calvo. Todo comenzó con ese beso de un segundo, pero rápidamente se le añadió un gesto bastante vulgar que, acalorado por los acontecimientos en el campo, y creyendo que estaba en un bar de su pueblo, hizo delante de la reina y la princesa. Comenzó a rodar una bola de nieve, impulsada por Pedro Sánchez y Yolanda Díaz, y este beso quedará en la historia como uno de esos besos inmortales. Si Rubiales hubiera sido un poco más viejo, podría haber recordado aquella canción de Manolo Escobar:

“La española cuando besa

Es que besa de verdad

Y a ninguna le interesa besar con frivolidad”


[1] https://onlinelibrary.wiley.com/doi/epdf/10.1002/evan.22050

[2] https://humanities.ku.dk/news/2023/humanitys-earliest-recorded-kiss-occurred-in-mesopotamia-4500-years-ago/   

[3] https://archive.org/details/compendiumofkiss0000citr/page/n3/mode/2up

[4] https://www.npr.org/2011/04/29/135815465/the-kissing-case-and-the-lives-it-shattered

[5] https://supreme.justia.com/cases/federal/us/388/1/

[6] https://www.nationalgeographic.com/science/article/star-trek-science-space-astronomy-technology-fazekas

[7] https://rarehistoricalphotos.com/v-j-day-kiss-times-square-1945/

Centésimo sexagésimo cuarto paseo. ¿Es la historia un proceso cíclico o lineal?

La dialéctica hegeliana explica cómo avanzan el pensamiento y la historia a través de un proceso de contradicción y resolución, que suele ser representado por los términos tesis, antítesis y síntesis, aunque Hegel nunca los formuló exactamente así. Este proceso no es simplemente una lucha entre dos ideas, sino una transformación en la que la síntesis supera y conserva aspectos de la tesis y la antítesis, lo que genera un desarrollo progresivo del pensamiento o de la historia, entendida como un progreso necesario hacia una meta final: la autoconciencia de la libertad en el espíritu humano. Hegel no comprende la historia como un proceso lineal en el sentido tradicional, sino que esta sigue un proceso dialéctico, en el que las sociedades y las ideas evolucionan a través de contradicciones y superaciones.

Karl Marx aceptó la dialéctica como método, pero rechazó su base idealista. Para él, no es la conciencia la que determina la realidad, sino que es la realidad material la que determina la conciencia. “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia.”[1]Marx introduce así el materialismo histórico, donde la historia ya no es el despliegue del Espíritu, sino el resultado de la contradicción entre fuerzas económicas.

El problema de las teorías que quieren predecir el futuro es que lo único que sabemos es la historia, y eso únicamente hasta cierto punto, es la historia. El futuro es impredecible, desgraciadamente. Karl Marx desarrolló su teoría en el siglo XIX basándose en un análisis de las estructuras económicas y sociales de su tiempo. Sin embargo, no pudo prever ciertos eventos clave del siglo XX y XXI, como la caída del comunismo o la llegada de líderes populistas como Donald Trump.

En la escatología de Karl Marx “el final de la historia” es el advenimiento del comunismo, que él vio como la síntesis final, que eliminaría la lucha de clases y establecería una sociedad sin explotación. Marx asumió, por tanto, que el comunismo, una vez instaurado, sería un estado final y estable, ya que eliminaría las contradicciones de clase. No contempló que los regímenes comunistas podrían generar sus propias contradicciones internas. Cayo en la misma trampa que un siglo más tarde, caería Fukuyama al proclamar “el fin de la historia” justamente basándose en la entonces reciente caída de los regímenes comunistas y la “victoria” final de las democracias liberales.

La dinámica dialéctica existe sin duda, pero el fin de la historia es completamente impredecible. Marx no previó que el capitalismo sería capaz de adaptarse y sobrevivir, implementando reformas como el estado de bienestar, el sindicalismo y la socialdemocracia. El colapsó de la Unión Soviética en 1991, sobrevino no porque el capitalismo la derrocara, sino porque su propia estructura no pudo sostenerse. Tampoco pudo prever que las democracias liberales se fueran desmoronando debido justamente a su éxito, cosa que estamos viendo en estos días.

Aunque no puedo discutir con Hegel o Marx sobre sus teorías, por razones obvias, me atrevo a lanzar una contrateoría basada en mi creencia de que la historia es más cíclica que lineal, cíclica en cuanto se refiere a la conciencia, lineal en lo material. Me explico: en lo material hemos ido avanzando como animales racionales, desde las cuevas hasta hoy, metidos de lleno en la segunda década del tercer milenio de nuestra era. Lo hemos hecho a costa de otras especies y de la propia naturaleza, dominando en el antropoceno.

Hay muchas razones por las que se puede argumentar que la humanidad nunca ha vivido una época mejor que la actual. La calidad de vida ha mejorado significativamente en comparación con cualquier otro momento de la historia. En cuanto a la esperanza de vida, en la mayoría de los países, la gente vive más años que nunca. Hace solo 200 años, la esperanza de vida global era de alrededor de 30 años; hoy es más de 70 años y sigue aumentando, debido entre otras cosas, a los avances en la medicina, la nutrición y la reducción de enfermedades infecciosas. Se han erradicado enfermedades como la viruela. Se han reducido drásticamente otras, como la polio y el sarampión. Disponemos de antibióticos, vacunas y tratamientos que antes eran impensables.[2]

A pesar de la desigualdad, la pobreza extrema ha disminuido drásticamente. En 1820, más del 90% de la población mundial vivía en pobreza extrema. Hoy, es menos del 10%, según datos del Banco Mundial.[3]

Aunque todavía existen conflictos, el número de guerras a gran escala ha disminuido en comparación con siglos pasados. En términos relativos, el siglo XXI es menos violento que épocas como la Edad Media o los siglos XX y XIX, que estuvieron marcados por guerras mundiales y coloniales.

Hoy, más personas que nunca saben leer y escribir. La tasa de alfabetización mundial supera el 85%. Internet ha democratizado el acceso al conocimiento, permitiendo que cualquier persona con conexión pueda aprender casi cualquier cosa. Ya hace más de veinte años, los teléfonos móviles habían logrado hacer penetrar el progreso en toda África. Yo pude ver como los masáis de Kenia y Tanzania lo utilizaban para comunicación, negocios, educación, pagos etc. cargándolos con energía solar.

La esclavitud, que era una práctica común en la mayoría de las sociedades antiguas, ha sido abolida en prácticamente todo el mundo, aunque desgraciadamente esta lacra sigue existiendo, bajo el radar, en todo el mundo, incluido Europa. La democracia y los derechos civiles han avanzado enormemente en comparación con épocas anteriores, aunque más adelante explicaré los recientes retrocesos, o si se quiere, recesos, en este desarrollo político. Hay sin duda más libertad individual y tenemos más opciones sobre cómo vivir nuestras vidas, más libertad para elegir el trabajo, la pareja, el estilo de vida y la identidad. Las mujeres y las minorías disfrutan hoy más derechos que antaño, aunque hay mucho que mejorar.

La electricidad, el agua potable, el saneamiento y los electrodomésticos han mejorado la calidad de vida en formas que nuestros antepasados ni soñaban. Los avances en transporte y comunicación nos permiten viajar y conectarnos con otras personas de forma más fácil y accesible que nunca.

La producción agrícola ha aumentado de manera impresionante gracias a la tecnología y la ciencia, permitiendo alimentar a una población mundial mucho mayor con menos recursos. Aunque también aquí tenemos nuevos problemas derivados del dramático aumento de la población mundial, debido en parte a los beneficios de la ciencia.

Tenemos en general mayor conciencia ambiental, aunque el cambio climático es un desafío enorme. Nunca antes habíamos tenido tanta conciencia sobre la importancia de cuidar el planeta, ni tantas herramientas tecnológicas para hacerlo. Pero, ¡ay, ese maldito pero! Parece que hemos llegado a un punto de obligado retorno. En muchos países de nuestro entorno, en Estados Unidos, en Asia y en África, hay fuerzas potentes que quieren dar marcha atrás en casi todos los aspectos del progreso.  

¿Por qué hay gente que ve el progreso con escepticismo? ¿Por qué quieren algunos dar marcha atrás en cuanto se refiere a democracia y a derechos humanos? La respuesta fácil es que no todos perciben estas mejoras como algo positivo, además, en muchos casos, la mejora respecto a otros grupos, se concibe como menor en comparación. Entre los grupos que se sienten perjudicados por el progreso, se encuentran los trabajadores de sectores tradicionales, porque la automatización, la digitalización y la globalización han hecho que ciertos trabajos desaparezcan o se transformen drásticamente, afectando a quienes dependen de ellos. Recordemos las reconversiones industriales en el norte de España o el llamado “Rust Belt” el cinturón del óxido, que fue el centro de la industria pesada y manufacturera de los Estados Unidos, especialmente en sectores como el acero, la automoción y la maquinaria, pero sufrió un declive industrial a partir de mediados del siglo XX, con estados como Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois, Míchigan y Nueva York. El cierre de fábricas o la deslocalización de industrias a países con mano de obra más barata afecta directamente a quienes dependen de estos empleos.

Avances en la ciencia, tecnología o legislación entran a menudo en conflicto con creencias religiosas tradicionales, cuestiones de igualdad de género, libre elección de identidad sexual, aborto etc. A veces la identidad religiosa puede más que otras identidades y se refleja en la intención de voto. Solo a si se comprende que la mayoría de la comunidad latinoamericana en EEUU, católica, pero con creciente presencia iglesias evangélicas y pentecostales, se han decantado por Trump en las elecciones presidenciales.

El tirón para atrás es perceptible en todo el mundo desarrollado. El liberalismo “glorioso” con su sello democrático, no logra atraer a los jóvenes, que, al contrario, se sienten más seducidos por los que prometen privilegios de raza o nacionalidad, protección en lugar de igualdad. Lo curioso del caso, es que, los paladines de estos damnificados no son líderes obreros, a la Lech Walesa, sino magnates industriales y multimillonarios, como Trump y Musk. La revuelta presente lleva signos medievales que intentaré explicar a continuación, partiendo del entorno de Donald Trump.

La palabra “hird”, que proviene del nórdico antiguo, se usaba para referirse a la guardia personal de un rey o noble escandinavo durante la era vikinga y la edad media. Eso de la conexión escandinava es algo que el mismo Trump ha afirmado tener, erróneamente, lo que se puede leer en su libro “The Art of the Deal”[4], publicado ese año ascendencia sueca al menos hasta 1987. En realidad, su padre, Fred Trump, inventó la ascendencia sueca después de la Segunda Guerra Mundial para no tener problemas al vender apartamentos a compradores judíos debido a su herencia alemana. El abuelo, Friedrich Trump, emigró a Nueva York desde Alemania en 1885. Aunque Donald Trump no es ni rey ni escandinavo, parece ser que ha llegado a la Casa Blanca rodeado de un grupo de incondicionales, que muy bien podrían entrar en la definición de hird. Podemos empezar con Elon Musk que desempeña un papel destacado en la administración del presidente Donald Trump como líder del recién creado Departamento de Eficiencia Gubernamental. Este departamento tiene como objetivo modernizar la tecnología gubernamental y reducir el gasto público, buscando eliminar regulaciones innecesarias y optimizar la estructura de las agencias federales.

Musk, uno de los más ricos del mundo, ha sido designado como empleado especial del gobierno, lo que le permite colaborar con diversas agencias federales, o más bien, manipularlas a su antojo. Su equipo ha obtenido acceso a sistemas clave, incluyendo el sistema de pagos del Departamento del Tesoro, con el propósito de identificar y eliminar ineficiencias en el gasto gubernamental. A mi me recuerda el papel de Sir Hiss[5], consejero del príncipe Juan sin Tierra en la película “Robin Hood” de dibujos animados de Disney, de los años 70.

En el hird de Trump tiene plaza también Susie Wiles, nombrada jefa de gabinete, una estratega política fundamental en las campañas presidenciales, que ahora desempeña un papel crucial en la gestión de la Casa Blanca. Otro miembro destacado de ese hird es Stephen Miller, designado como subjefe de personal para políticas, que influye en todo lo relacionado con inmigración y otros temas clave, y mantiene su posición como uno de los asesores más influyentes de Trump. A otro de los componentes de la hird, Marco Rubio, secretario de Estado, le hemos visto ya en acción. Rubio es responsable de dirigir la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump y por tanto será una pieza clave para la deseada expansión territorial proclamada por Trump, que también cuenta con un veterano de la Guardia Nacional del Ejército y comentarista de Fox News, como secretario de defensa, Pete Hegseth. Otra pieza importante, o peón, si pensamos en la política como un juego de ajedrez es John Ratcliffe, en el cargo de director de la CIA. Rodeado de un fiel equipo, Trump se dispone a dejar huella en la política internacional. Pero, todo hay que decirlo, otros presidentes americanos han tenido un hird comparable. Si nos remontamos a los años 30 del pasado siglo, casi 100 años atrás, otro equipo de “aristócratas” se dispuso a solucionar los problemas de los trabajadores y desheredados.

Franklin Delano Roosevelt, un auténtico aristócrata americano[6], tenía un equipo sumamente leal y coordinado, especialmente durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Su Brain Trust estaba formado por economistas y asesores que ayudaron a diseñar el New Deal. Durante la guerra, su equipo, incluyendo al general George Marshall[7] y al secretario de Estado Cordell Hull, trabajó con gran cohesión. Podemos decir que la política de Roosevelt fue considerada revolucionaria durante su tiempo en la Casa Blanca (1933-1945). Su enfoque transformador, especialmente a través del New Deal, cambió la relación entre el gobierno federal y la economía, expandiendo significativamente el papel del Estado en la vida de los ciudadanos. Roosevelt expandió enormemente el poder ejecutivo y la influencia de la Casa Blanca en la formulación de políticas, y estableció un precedente para futuros presidentes, como Trump. Su estilo de liderazgo carismático, se dirigía directamente a los ciudadanos con los famosos “Fireside Chats”, que revolucionó la comunicación política, utilizando la radio como medio directo. Muchos empresarios y figuras conservadoras lo consideraron un “traidor a su clase”, ya que, perteneciendo a la élite, impulsó regulaciones y políticas que limitaban el poder de las grandes corporaciones y redistribuían riqueza, un Robin Hood moderno, vamos.

Roosevelt fue ampliamente respaldado por las clases trabajadoras, los sindicatos y las minorías, quienes vieron sus políticas como un salvavidas en medio de la Gran Depresión, mientras los republicanos y algunos demócratas conservadores lo acusaron de llevar a EE.UU. hacia el socialismo. La Corte Suprema incluso declaró inconstitucionales varias de sus primeras reformas, lo que llevó a Roosevelt a su controvertido intento de expandir la Corte en 1937, para así, agregando jueces afines, lograr que sus políticas no fueran bloqueadas. No lo consiguió, porque ni siquiera encontró apoyos suficientes en su propio partido, pero logró que la corte le dejase de bloquear sus propuestas de ley.

Creo que es relevante comparar a estos dos presidentes porque, apoyados por equipos cohesionados, planificaron y en el caso de Roosevelt, lograron, imponer sus políticas revolucionarias, rompiendo con tradiciones anteriores. De alguna manera, Trump es la antítesis de Roosevelt. Mientras este último quería un estado fuerte para contrarrestar los efectos negativos del capitalismo, Trump intenta diluir el estado, para fortalecer, según él, al individuó. Con ciertas variaciones, la política de Roosevelt, su New Deal, ha marcado el desarrollo de las sociedades occidentales desde los años 30. Con Trump, comienza una era de retroceso hacia la esencia del capitalismo clásico. La historia no es lineal, señores. Se lo digo yo, aunque Hegel y Marx hayan dicho otra cosa.


[1] https://pensaryhacer.wordpress.com/wp-content/uploads/2008/06/contribucion_a_la_critica_de_la_economia_politica.pdf

[2] Para mi análisis me baso en el gran trabajo del ya fallecido científico sueco Hans Rosling https://www.gapminder.org/

[3] https://datos.bancomundial.org/tema/11

[4] “Fred Trump was born in New Jersey in 1905. His father, who came here from Sweden as a child, owned a moderately successful restaurant, but he was also a hard liver and a hard drinker, and he died when my father was eleven years old.” https://archive.org/details/TrumpTheArtOfTheDeal/page/n77/mode/2up

[5] https://disney.fandom.com/wiki/Sir_Hiss?file=Sir_Hiss_Disney.jpg

[6] Aunque los Estados Unidos no tienen una nobleza formal ni títulos de nobleza heredados, se ha utilizado el termino “aristocracia” para referirse a una élite social, económica y política que, aunque no poseía títulos nobiliarios, tenía un acceso privilegiado al poder y a los recursos.

[7] Famoso por el Plan Marshall, que contribuyó a la recuperación de la devastada Europa, después de la guerra. aunque ya bajo el presidente Truman, que asumió la presidencia tras la muerte de Roosevelt.

Centésimo sexagésimo tercer paseo. Shinrin-yoku, un baño de bosque para cargar las baterías.

Días terribles, estos primeros días de febrero. Podían haber sido días felices, de espera e ilusión, capullos que se abren al débil sol de finales del invierno, promesas de la acechante primavera. Los acontecimientos de Örebro me han afectado mucho, no puedo negarlo. Me cuesta dedicarme por completo a cualquier tarea sin pensar en ello. Cuando la maldad muestra su rostro, deja desolación y tristeza a su paso. Mi forma de escapar de estos pensamientos es, simplemente, escaparme al campo para darme un baño de bosque.

Eso del baño de bosque no me lo he inventado yo, aunque siempre he sido un amante y admirador de la naturaleza. La Shinrin-yoku, que en japonés significa literalmente “baño de bosque”, es una práctica nacida en Japón en la década de los 80 como respuesta al estrés urbano y al agotamiento laboral. No es que yo haya empezado a sentirme atraído por el bosque, su tranquilidad y belleza, inspirado por esa “moda” japonesa, no. Yo, siempre que he tenido la posibilidad de andar por el bosque, lo he hecho, en España, en Francia, en Alemania, y en todos los lugares que he visitado, que tienen bosques. Aquí, en Suecia, tengo el bosque muy cerca y lo aprovecho siempre que puedo porque, la verdad, lo necesito, sobre todo en ocasiones como esta, que estamos viviendo, cuando el odio se muestra tan crudo y frío.

Desde mis estudios del budismo, la meditación zen ha sido para mí una atracción natural, una evolución de mi exploración intelectual hacia una práctica más vivencial. El budismo, con su profundidad filosófica y su énfasis en la interdependencia, me ofreció una base sólida para comprender el sufrimiento, la impermanencia y el vacío. En especial, el zen me llamó por su enfoque directo, despojado de adornos conceptuales, donde la experiencia es el núcleo de la enseñanza.

Lo que me ha cautivado de la meditación zen es su simplicidad radical: sentarse, respirar, observar. En un mundo lleno de distracciones y abstracciones, preocupaciones y deberes, el zen me ofrece un retorno a lo esencial, a la presencia pura sin necesidad de explicaciones. La postura de zazen, con su quietud disciplinada, no busca “lograr” algo, sino permitir que la mente se revele tal como es, sin resistencias ni apegos. Además, el énfasis en la experiencia directa y en la intuición es algo que va con mi forma de ser. He pasado mi vida entre libros, y aunque el estudio sigue siendo una pasión, he encontrado en el zen un conocimiento que no puede capturarse en palabras. La idea de que la verdad última no se alcanza mediante el intelecto, sino mediante la vivencia, hace que esta práctica tenga para mí un valor único.

En cierto modo, el zen ha sido para mí un puente entre mi amor por la historia y la literatura y una forma de conocimiento más allá de las palabras. Es un camino donde no hay certezas absolutas, pero sí una profunda conexión con el momento presente, algo que quizás, en última instancia, también es una forma de amor por la vida misma.

También en los 80 encontré el tai chi y, con estas prácticas, logré encontrar equilibrio en mi vida. El zen, con su énfasis en el vacío y la aceptación de la realidad sin resistencia, encuentra un paralelo en el tai chi, donde los movimientos fluyen sin interrupción, sin forzar ni bloquear la energía. En la meditación zen, uno aprende a soltar pensamientos y expectativas; en el tai chi, se aprende a moverse sin rigidez, siguiendo la corriente natural del cuerpo y la energía. Mientras el zen se asocia a la quietud y el tai chi al movimiento, ambos buscan la misma integración del cuerpo y la mente. La postura en zazen y los movimientos en tai chi requieren relajación sin colapso y tensión sin rigidez, un equilibrio que permite la estabilidad y la fluidez simultáneamente.

El zen es una rama del budismo, pero ha recibido fuertes influencias del taoísmo, especialmente en su énfasis en la naturaleza y la espontaneidad. El tai chi, aunque surge como un arte marcial interno, también se fundamenta en principios taoístas como el Wu Wei, la acción sin esfuerzo. Ambos comparten la idea de que la verdadera maestría surge cuando se deja de forzar y se permite que las cosas sucedan naturalmente. El control de la respiración es crucial en ambas disciplinas. En el zen, la respiración es un ancla para la mente. En el tai chi, la respiración coordina los movimientos y permite la circulación de la energía vital, el “qi”. En ambas prácticas, la respiración no es solo un acto físico, sino un vehículo de transformación interna.

Volviendo a la práctica de Shinrin-yoku, y su anclaje sintoísta, los espíritus divinos, los “kami” habitan en los árboles, las montañas, los ríos y el viento. Practicar Shinrin-yoku en un bosque es, en cierto sentido, adentrarse en un santuario vivo, donde cada árbol es un ser con su propia energía. Esta concepción recuerda también al concepto budista de interconexión; la idea de que todos los seres y elementos estamos vinculados en una red de existencia mutua. El taoísmo ha enfatizado durante siglos la necesidad de alinearse con el flujo natural del Dao, la fuerza universal que impregna toda la existencia. En este contexto, sumergirse en el bosque sin prisas, dejando que los sentidos capten los sonidos, aromas y texturas del entorno, es una manera de armonizar con ese flujo y permitir que la mente y el cuerpo se recalibren o se recarguen, como yo suelo decir, cuando me preguntan que por qué voy al bosque tan a menudo.

No se trata simplemente de caminar por el bosque, no. Para que funcione, hay que hacerlo con plena atención y receptividad. Como ahora mismo, que voy caminando y algunos copos de nieve caen a mi alrededor y sobre mi rostro. siento cómo la nieve toca mi rostro con suavidad, un frío ligero que no molesta, sino que refresca. La nieve cae con una delicadeza casi irreal, flotando en el aire antes de posarse sobre las ramas, el suelo y mi ropa. Cada copo es un pequeño instante de efímera belleza. El sonido del bosque cambia. Se vuelve más apagado, como si la nieve amortiguara cada ruido, y envuelve el paisaje en un silencio casi sagrado. Mis pasos crujen levemente sobre la fina capa de nieve reciente, mientras el aire frío llena mis pulmones con una pureza que despierta todos mis sentidos. Observo cómo los copos se acumulan en las agujas de los pinos, cómo el viento los lleva en pequeños remolinos antes de dejarlos caer de nuevo. Todo parece ralentizarse. No hay prisa. Solo el bosque, la nieve y yo, compartiendo un momento de quietud absoluta. Es una sensación de plenitud, de calma profunda, como si el mundo entero estuviera respirando conmigo al mismo ritmo, envuelto en la belleza silenciosa del invierno. Una sensación que está al alcance de todos. Y, aunque parece mentira, en este mundo tan comercializado, no cuesta nada, es completamente gratis.

La práctica del Shinrin-yoku tiene efectos perfectamente perceptibles en el cuerpo y la mente, además de su dimensión espiritual. Trabajos científicos[1] ha demostrado que el Shinrin-yoku tiene efectos terapéuticos reales: reduce el cortisol, mejora el sistema inmunológico y fortalece el bienestar emocional. Pero en última instancia, para quienes tienen una sensibilidad hacia la espiritualidad oriental, estos beneficios son solo una manifestación más del equilibrio natural que surge cuando el ser humano deja de resistirse a la naturaleza y se entrega a su flujo. La naturaleza no es un lugar separado del ser humano, sino una extensión de nuestra propia existencia.

Aunque parezca mentira, se ha demostrado que caminar entre árboles mejora la memoria, la atención y la capacidad de resolver problemas.[2] En el bosque, mi mente se despeja. Es como si el ruido del mundo se disipara y quedara solo la esencia de las cosas. No pienso en problemas, no hago planes; simplemente estoy. Y en esa simple presencia, encuentro una paz difícil de describir, pero profundamente real. Si tú, querido lector, quieres experimentar algo parecido, no tienes más que buscar un bosque, lo más alejado que puedas de la civilización, donde no puedan llegar vehículos a motor, y simplemente existe allí, acompañado de la naturaleza, hasta que no distingas entre tu yo y lo que te rodea.

En el bosque no hay distracciones, no hay urgencias. Solo yo y la naturaleza, en una comunión silenciosa. Me gusta observar los detalles: el musgo cubriendo las piedras, la danza de la luz entre las hojas, la huella de algún animal que pasó antes que yo. Todo tiene su lugar, todo sigue su curso sin interferencias. Cuando camino por el bosque, siento que el tiempo adquiere otro ritmo, uno más pausado, más acorde con la vida misma. El suelo cruje bajo mis pasos, el aire es fresco y limpio, y cada respiración parece llenarme de algo más que oxígeno; es una sensación de renovación, de calma profunda. Las penas, las preocupaciones se diluyen como los copos de nieve en la palma de mi mano.

Los árboles me recuerdan la paciencia de la naturaleza, su manera de existir sin prisas ni exigencias. A veces me detengo simplemente a escuchar el susurro del viento entre las ramas, el canto de un pájaro solitario o el murmullo de un arroyo escondido. Son sonidos que, sin decir una palabra, me hablan de equilibrio y armonía. Un baño de bosque me devuelve la fuerza que voy perdiendo en luchas infructuosas contra todo lo que me obliga a tomar decisiones, todo lo que me angustia, obligándome a elegir qué camino tomar, en la encrucijada permanente, que es la vida.

Querría dedicar un poema a este bosque. Si pudiera, describiría en palabras mis sentimientos, pero no encuentro la voz que busco. Construyo estrofas que no se sostienen, imagino ritmos que no se mantienen, las metáforas me suenan cursis, falsas; la métrica no me cuadra. Es difícil concentrar en palabras la sensación que siento en el bosque. Creo que no debo ni siquiera intentarlo, porque el bosque no precisa de mis apologías. Me conformo con estos “baños” rituales, en silencio, sin palabras.


[1] https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/19568835/

[2] https://lsa.umich.edu/psych/news-events/all-news/archived-news/2014/08/6-surprising-ways-nature-improves-your-memory-and-productivity.html

Centésimo sexagésimo segundo paseo. Nordic noir y violencia real.

Ayer, al final de mi paseo, escuche en la radio que se estaba produciendo un acto de violencia en una escuela, en la ciudad de Örebro. Debo confesar que no me sorprendió demasiado, porque, en los últimos días, parece que los actos de violencia; tiroteos, bombas e incendios intencionados, se suceden con una asombrosa velocidad. No hay día en que las noticias no proclamen un atentado o una matanza.

En los últimos cinco años, Suecia ha experimentado un notable aumento de la violencia relacionada con bandas criminales, hasta el punto de convertirse en uno de los países más afectados de Europa por este tipo de delincuencia. Este fenómeno se manifiesta principalmente a través de tiroteos y atentados con explosivos, una forma de violencia inusualmente extendida para los estándares europeos. Los últimos días hemos tenido 32 atentados con explosivos y cinco tiroteos, sin contar este último. Eso desde el 1 de enero.

El aumento de esta violencia está vinculado a conflictos entre bandas criminales que se disputan el control del tráfico de drogas y otros negocios ilícitos, especialmente en las principales ciudades como Estocolmo, Malmö y Gotemburgo, y ha llegado hasta la tranquila Lund, donde vivo. Los enfrentamientos no solo ocurren entre miembros de estas bandas, sino que, en algunos casos, han afectado a personas ajenas a los conflictos. En cualquier lugar, por ejemplo en la estación de trenes, te pueden pegar un tiro.

Según datos recientes de la Agencia Sueca de Crimen sueca (Brå), el número de tiroteos mortales en el país ha crecido de forma alarmante. Mientras que otros países europeos han visto disminuir este tipo de delitos en las últimas décadas, Suecia ha seguido una tendencia contraria. En particular, los tiroteos han pasado de ser un fenómeno raro a convertirse en un problema de seguridad pública recurrente.

Las causas de esta situación son complejas. Factores como la exclusión social, la falta de oportunidades en ciertos barrios desfavorecidos, la presencia de redes transnacionales de tráfico de drogas y armas, y la dificultad para integrar a algunos jóvenes en el sistema educativo y laboral han contribuido al problema. Además, la facilidad de acceso a armas ilegales ha intensificado la letalidad de los conflictos. La ultraderecha, y muchos otros, echan la culpa a la inmigración incontrolada.

El gobierno sueco ha respondido con medidas más estrictas de seguridad, reformas en las leyes de justicia penal, refuerzo de la presencia policial y cooperación internacional para combatir el crimen organizado. Sin embargo, el desafío sigue siendo importante, y el debate sobre cómo abordar la raíz del problema continúa en la agenda política del país. Un gran problema es que las leyes no se pueden implantar de un día para otro y, mientras tanto, la violencia sigue.

Por la mañana, el día 5 de febrero, sabemos que la cifra de muertos en el atentado está en este momento en once fallecidos y seis heridos, de los cuales algunos con heridas muy graves. Estamos pues ante una masacre, aunque no es la primera en la historia de Suecia. Tenemos que remontarnos hasta hace 73 años atrás, para encontrar algo similar. Ocurrió la noche del 22 de agosto de 1952 en Hurva, un pueblo en Escania, cerca de donde vivo yo. El perpetrador fue un policía de 27 años, Tore Hedin que, tras matar a sus padres, mató a siete personas en un asilo de ancianos.

También de noche, el 11 de junio de 1994, el alférez Mattias Flink mató a siete personas en el que hasta entonces fue el peor tiroteo masivo de Suecia. Después de una discusión con su novia, Flink disparó y mató a siete personas e hirió de bala a otras tres cerca del regimiento de Dalregementet en Falun. Cinco de los asesinados eran mujeres jóvenes entre 20 y 27 años, que habían finalizado unas prácticas en el ejercito y regresaban a su cuartel tras una pequeña celebración. Condenado a 30 años de prisión, cumplió 20 y desde 2014, está en la calle, al aplicársele la rebaja general de 1/3 de la pena.

El mismo año, ya en diciembre, el día 4 por más señas, Tommy Zethraeus y Guillermo Márquez Jara fueron rechazados en la entrada de la discoteca Sturecompagniet en Estocolmo, tras lo cual regresaron armados de metralletas y abrieron fuego en la entrada, matando a un guardia de seguridad y tres clientes. Tommy Zethraeus fue condenado a cadena perpetua pero salió tras 26 años de prisión en 2020 y Guillermo Márquez fue condenado a seis años por su participación.

Ya en octubre de 2015, un hombre de 21 años entró enmascarado a la escuela Kronan en Trollhättan empuñando una espada y mató a tres personas que se le pusieron delante. Un alumno de 17 años, un profesor asistente de 20 y un profesor de 42 fueron las víctimas. El agresor, originario de Trollhättan y con simpatías de extrema derecha, fue abatido a tiros por la policía muriendo en el acto.

El 11 de enero de 2016, un alumno de 15 años fue asesinado con un cuchillo en la escuela Göingeskolan en Broby, Escania. El autor del crimen era un chico de 14 años, también alumno de la escuela. Cómo menor, no fue ni siquiera juzgado por los hechos.

El 13 de diciembre de 2017, día de Santa Lucía, muy celebrado en Suecia, principalmente en las escuelas, un estudiante de 17 años de una escuela secundaria en Enskede, al sur de Estocolmo, falleció tras ser apuñalado por un estudiante de 16 años. Otra persona resultó herida. El agresor fue condenado por varios delitos y se determinó que sufría un trastorno mental grave.

En Eslöv, también cerca de Lund, en Escania, el 19 de agosto de 2021, entró vestido con ropa de combate, una máscara de calavera y un casco, un chico de 15 años, y atacó con un cuchillo a un profesor en su escuela. El chico fue condenado por intento de asesinato y cuatro casos de amenazas graves ilegales a dos años y seis meses de internamiento juvenil.

En Malmö, el 21 de marzo de 2022, dos profesoras fueron asesinadas en una escuela secundaria en el centro de Malmö por un estudiante de 18 años armado con un cuchillo, un hacha y un martillo. El joven de 18 años fue condenado a cadena perpetua por el tribunal de distrito de Malmö.

Esta lista podría ser mucho más larga si también contemplara los incidentes menos sangrientos, pero no por eso menos importantes, que han ocurrido durante estos 73 años. Comprendo que muchos dirán que no hay porque alarmarse por un puñado de muertes, ya que, en lo que va de siglo, 90 000 personas han fallecido en Suecia de forma natural. No es que estemos ante una epidemia de muertes violentas, pero, sin duda, la evolución de la violencia en los últimos años es muy preocupante. Sobre todo, la violencia entre las bandas de delincuentes, de lo que ya he escrito anteriormente., con una media de 300 tiroteos y 100 muertes al año desde 2018 hasta el día de hoy, 5 de febrero de 2025[1], 14 tiroteos y una veintena de muertes en los que va de año.

Así que, quiero recalcar que la cuestión es preocupante y no se puede banalizar, pero sus dimensiones deben verse en la justa medida. Ahora bien, lo que me gustaría recordar, para el que ya lo sepa, o explicar, para el que lo desconozca, es que aquí en Suecia estamos fascinados por la violencia y los asesinatos, al menos como forma de entretenimiento y productos literarios. El género “nordic noir” de la literatura tiene a la pareja de escritores suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö como pioneros. Su enfoque en el realismo social sentó las bases para el género moderno, que ahora cuenta con nombres tan conocidos como Jo Nesbø de Noruega, Henning Mankell, Stieg Larsson y Camilla Läckberg de Suecia, Jussi Adler-Olsen de Dinamarca y Arnaldur Indriðason de Islandia.   El nordic noir, también conocido como scandi noir, es un género de ficción criminal que suele estar escrito desde la perspectiva de la policía y ambientado en Escandinavia o los países nórdicos, traducido a muchos idiomas, entre otros el español, que emplea un lenguaje sencillo, evitando el uso de metáforas, y se sitúa típicamente en paisajes desolados. Esto da como resultado una atmósfera oscura y moralmente compleja, en la que se representa una tensión entre la superficie social aparentemente tranquila y monótona y los patrones de asesinato, misoginia, violación y racismo que el género muestra como subyacentes. La popularidad del nordic noir se ha extendido a la pantalla, con series de televisión como The Killing: crónica de un asesinato en España, The Bridge, El Puente: Bron en sueco Broen en danés. Cuando recibo visitas de amigos extranjeros, especialmente españoles, quieren que les lleve a Ystad, ciudad donde se ambientan los relatos del ya fallecido Henning Mankell, ciudad bastante cercana a Lund y muy interesante, no solo por los relatos de Mankell.

Parece como si, los ciudadanos de países nórdicos, que tienen altos niveles de bienestar, igualdad y seguridad, precisan el nordic noir para explorar la tensión entre esta fachada de perfección y los problemas subyacentes, como la alienación, el racismo, la corrupción o la violencia doméstica. Es una forma de cuestionar la idea del estado del bienestar perfecto. Los paisajes fríos, oscuros y desolados de Escandinavia, al menos en otoño e invierno, crean una atmósfera que se presta perfectamente a la narrativa del noir. Los largos inviernos, con poca luz solar, influyen sin duda en un estado de ánimo melancólico que se refleja en la literatura y el cine, paisajes ya conocidos en obras de Ingmar Bergman, como en El manantial de la doncella.  El nordic noir no es solo entretenimiento, sino también una herramienta para criticar temas actuales. Obras como las de Henning Mankell o Stieg Larsson abordan temas como el racismo, la desigualdad de género, la inmigración o el abuso de poder, e invitan a la reflexión sobre las carencias de nuestras sociedades.

Creo que la fascinación por el crimen sangre es algo irracional que siempre ha estado ahí. Desde la teoría aristotélica de la catarsis, por irme lo más atrás que puedo, se ha planteado que el arte, incluido el entretenimiento violento, permite liberar emociones reprimidas, como la ira o el miedo, de forma segura. Al enfrentarse a situaciones extremas en la ficción, el espectador experimenta estas emociones sin las consecuencias reales de la violencia. El lector o el espectador vive una purificación de los afectos, como efectos del terror y la compasión que provoca. La violencia rompe normas sociales fundamentales. La transgresión de estas normas en contextos controlados, ya sean libros, películas o series, genera una mezcla de atracción y repulsión. Observar actos que normalmente están prohibidos despierta curiosidad, lo que mantiene la atención del público. Una parte menos atractiva de la información periodística de los actos verídicos, como los de ayer, es que se utilizan de una forma que asemeja a la ficción y que a mí me parece enfermiza.

No podemos negar que la violencia es una parte inherente de la historia de la humanidad. A través de relatos violentos, hemos explorado preguntas fundamentales sobre la moral, el poder, la justicia y la supervivencia. El entretenimiento violento no se disfruta solo por el acto de la violencia en sí, sino por lo que representa en si, una ventana a los límites de la experiencia humana, un desafío a nuestras emociones y una forma de comprender mejor la naturaleza del bien y del mal. No podemos, por tanto, echarle la culpa al nordic noir de la violencia que estamos viviendo en estos días, pero deberíamos preguntarnos, si no sería mejor luchar por erradicar la violencia de nuestras calles y residencias. Deberíamos comenzar en las escuelas. Las escuelas no solo deben ser espacios de aprendizaje académico, sino también de desarrollo emocional y social. Se precisan programas de mentoría, educación en resolución de conflictos y prevención del acoso escolar. Eso para comenzar, pero el sistema educativo debe a su vez promover el respeto por los derechos humanos, la igualdad de género y la diversidad como valores fundamentales en la sociedad sueca.


[1] https://www.svt.se/datajournalistik/skjutningar-i-sverige-ar-for-ar/

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